EEES: Espejo y Rostro de Europa

La construcción del soñado Espacio Europeo de Educación Superior es en última instancia imposible, porque imposible es la idea meramente ilustrada de Europa que sigue siendo la matriz de la que el EEES se alimenta.

Con el diseño del llamado Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) trata Europa de ofrecer salida a la aporética situación económico política actual. Pero justamente la educación superior no puede considerarse un campo especial, disociable de concepciones y programas relativos a la idea de Europa que portan sus diseñadores. Es necesario rastrear las raíces del presente remontándonos a la estructura histórica latente bajo la coyuntura actual para estimar el valor de las respuestas que hoy se ofrecen, es urgente hacerlo en el caso del EEES.

La incorporación al proceso histórico de las tecnologías derivadas de las ciencias modernas, contribuyó a un cataclismo cuyo alcance, todavía hoy, estamos tratando de medir. Se trata de un peculiar estado del mundo, la modernidad, cuya peculiaridad no radica en resultar de una crisis, lo que es común a toda novedad histórica, sino en haber instituido la crisis como norma. El EEES es el último índice de esta paradoja.

El efecto inmediato de la dialéctica que gobierna la relación entre ciencias y tecnologías ha consistido en una metamorfosis de la escala productiva de nuestras sociedades. Fue entonces necesaria la ocupación de las instituciones educativas por los contenidos científicos y tecnológicos que posibilitaron esa transformación de la producción. Hasta aquí todo se limitaría a la simple bendición de la abundancia y el aludido cataclismo a una “crisis de crecimiento” que dejaría inalterada la estructura de las sociedades afectadas. No es éste el caso.

Este proceso económico se realiza bajo las coordenadas de un nuevo orden filosófico a través del cual la Europa moderna promovió la apoteosis de una Razón, definida en términos de las ciencias físico-matemáticas y erigida en clave de bóveda de su arquitectura ideológica. Luminosa – acaso cegadora – razón que niega todo lugar a la fe en su concepción del hombre y del mundo. Razón que, frente a la tradición y el dogma, brilla en la conciencia individual de un sujeto apto para la verdad al margen de toda revelación. Así, aunque la cosmología moderna diseñe un mundo que es “una (horrorosa) esfera infinita, cuyo centro está en todas partes y el perímetro en ninguna”, se encuentra entre sus contenidos una conciencia racional que, en el ejercicio de la ciencia, conoce la verdad que permite el dominio del mundo. En virtud de esa potencia racional, cognoscitiva y hegemónica, el hombre ocupa un lugar singular en el mundo; pero no escapa al inexorable proceso de su naturalización. En efecto, esta conciencia, en cuanto “cualidad emergente”, figurará como término de la scala naturae a modo de ápice de la misma. La Europa moderna intentó constituirse en torno a esta idea de Razón, avatar de la ciencia natural en curso.

Pero semejante constitución es imposible, y su ruina patente desde el final de la Gran Guerra. Vemos tres signos fundamentales de su hundimiento: 1. el fracaso final del proyecto positivista de la ciencia unificada, 2. la crisis ecológica asociada a la nueva productividad y 3. el despliegue de una nueva forma de consumo que involucra el desmoronamiento último de toda forma de vida comunitaria. Son tres dimensiones conjugadas del desorden europeo contemporáneo. El programado EEES se nos presenta como un momento de ese desorden, manifiesto en estos signos de nuestro tiempo. Los glosamos en orden inverso:

3. La nueva escala productiva, resultado de la moderna codeterminación de las ciencias y las tecnologías, ha supuesto no sólo un incremento del consumo capaz de absorber la escalada productiva, sino también su transformación esencial. La producción envuelve al consumo y mediante una compleja técnica de producción del consumidor, arroja una forma inédita de subjetividad: desligada, enfática y emotiva. Se trata del sujeto del consumo contemporáneo: individual, lúdico-libidinal y de masas. El riesgo que supone la implantación de esta forma de subjetividad en los ciudadanos-consumidores tienen un eco cierto en el proyectado EEES.

En efecto, asumida la enorme extensión de la educación superior, que ha pasado en España de unos cien mil estudiantes universitarios en los años treinta al millón y medio actual, es preciso acomodar estas multitudes universitarias al mercado de trabajo. El problema aparece cuando este mercado fluctúa sin dirección, tratando de orientarse por un principio delirante que exige multiplicar la producción, diversificando los productos en una vana multiplicación de lo mismo, que satisfaga la subjetividad caprichosa y anhelante de los nuevos consumidores. El mercado de trabajo se hace así errático e indefinidamente fluctuante; y ha de ser en función de este proteico panorama laboral como se diseñe la estructura de una formación que habrá de resultar crecientemente indeterminada, infinitamente expectante de una maduración sin horizonte que ahora se espera en el postgrado. De aquí el énfasis, propio del más vacuo “pedagogismo”, en la formación de indefinidas habilidades, capacidades y procedimientos que den lugar a un nuevo hombre extremadamente versátil y flexible en armonía con el mercado de trabajo al que se dirige. La corrosión del carácter (R. Sennett) que genera esta “forma de formación” – sin materia – coadyuva a la figura del imprescindible consumidor a quien la mención misma de la voz “disciplina” (forma y materia de la educación) pondrá en estado de alerta nerviosa. Pero este hombre nuevo, de suyo inviable, sólo puede subsistir sobre los restos heredados de estructuras comunitarias. El hundimiento de estos elementos comunitarios de la civilización no conlleva únicamente inconvenientes materiales, suplidos por sucedáneos “servicios sociales”, sino sobre todo “la desintegración tanto del antiguo código de valores como de las costumbres y usos que regían el comportamiento humano, una pérdida sensible, reflejada en el auge de lo que se ha dado en llamar (…)“políticas de identidad”, por lo general de tipo étnico/nacional o religioso, y de movimientos nostálgicos extremistas que desean recuperar un pasado hipotético sin problemas de orden ni de seguridad. Estos movimientos eran llamadas de auxilio más que portadores de programas: llamamientos en pro de una “comunidad” a la que pertenecer en un mundo anómico; de una familia a la que pertenecer en un mundo de aislamiento social; de un refugio en la selva” (Hobsbawm.2004. p. 343)

2. Otra dimensión del colapso señala a los efectos destructivos del medio asociados a la nueva productividad. El general reconocimiento del desastre deriva, a mi parecer, de la perspectiva naturalista propia del ecologismo y de su pretensión científica, que armoniza inmediatamente con el enfoque moderno. La modernidad incurre en una plena naturalización del hombre, de suerte que halla un problema ecológico donde hay un problema histórico-político. En efecto, las condiciones biológicas del planeta están integradas y refundidas en el mundo – categoría ontológica – de suerte que su recuperación sólo puede lograrse tratando del mundo a su propia escala. Pero el mundo es sólo un producto de las sociedades históricas de cuya crisis deriva la descomposición y negación del mundo mismo, nuestro actual in-mundo. Es fácil que este lenguaje resulte extraño al lector, que puede tildarlo de metafísico. Indudablemente lo es, pero también es meramente moderno el desprecio de los contenidos metafísicos de una existencia humana que el proyecto de la modernidad quiere estrictamente naturalizada: mera-física frente a metafísica. También esta dimensión del desorden europeo tiene su eco en el EEES, bajo la forma de una privación de contenidos metafísicos y un fuerte acento en la autosuficiencia de los estudios científicos y tecnológicos. Los estudios de Humanidades – definidos por sus contenidos metafísicos: destino del hombre, universalidad cósmica o teológica… – sólo se asumen bajo la consideración de ornamentos culturales o reliquias arqueológicas, inutilidades gratuitas que pueden permitirse sociedades ricas. Ahora bien, esos contenidos metafísicos, al parecer demolidos por la crítica razón moderna, reclaman su pertinencia. No sólo porque es a su escala como ha de afrontarse la cuestión ecológica (el problema del mundo), sino también porque esa es la escala que exige el problema del hombre: baste señalar el aumento del número de suicidios que acompaña al Progreso y contra el que ni el “Programa de la Felicidad” del gobierno chino, ni la plétora de libros de autoayuda… parecen eficaces.

Finalmente, 1. signo metafísico del desmoronamiento de la modernidad meramente ilustrada es el incontestable derrumbamiento del programa positivista de la Ciencia Unificada. La clave metafísica sobre la que descansara el edificio ideológico de la Europa del progreso y la ilustración puede darse por perdida. Esta Ciencia Unificada bajo la forma de una Ciencia de las ciencias (Moral positiva, biología evolutiva, epistemología genética…) ha resultado inviable y con ella se obscurece el horizonte programático de la razón universal, única bóveda metapolítica que podría haber trascendido la fractura de hecho de la Europa moderna en una pluralidad polémica de unidades políticas. La Verdad cede su puesto a una república ingobernable de ciencias plurales e inconmensurables, contradictorias y enfrentadas cuyo sistema sólo logra un estatuto filosófico, que ha de admitir junto a teoremas demostrativos saberes infectos, junto a ciencias estrictas saberes opinables, junto a una razón fracturada, creciendo en sus brechas y sosteniendo el sistema del mundo, un basamento de creencias conformadas. La actual tarea, sobrepujando el lastre de este anacrónico EEES, consistirá en construir esta nueva filosofía si no antimoderna, al menos ya no meramente moderna. Otra tarea no cabe.

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