Pesadilla entre los brazos de la muerte

24-noviembre-2010 · Imprimir este artículo

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Su madre le ha tapado la boca con la bufanda antes de salir casa. “hay que cerrar la puerta, que se escapa el gato”. Va de la mano con su padre camino del colegio y ante él aparece un paisaje de pasamontañas y botas de goma, de niños sobreprotegidos a los que apenas si se les ven los ojos.

Las lombrices del charco lo saludan divertidas sabiendo que no tiene tiempo para molestarlas partiéndolas en dos o en tres, según el aburrimiento, según la crueldad infantil.

De pronto un hecho sorpresivo y misterioso le hace olvidar su nostalgia del barrizal y de los cebos que en él habitan. De la boca de su padre, aún soñoliento, escapa una bocanada de humo. ¿Desde cuando es un dragón?

Imagina unos hombrecillos haciendo fuego en un hueco del estómago, junto al píloro. Han conseguido hacer lumbre pese a las oleadas nefastas de jugos gástricos; en ella, calientan sus pequeñas manos subdesarrolladas. Uno de ellos canta una canción marinera y las tripas de su padre, que aún no ha saboreado el primer café de la mañana, rutan completamente desconsoladas.

Una nueva bocanada escapa de la boca del progenitor. El pequeño busca sin resultados una pipa o un puro, imagina volcanes y úlceras de hiato.

Acostumbra a tener pesadillas en la oscuridad, pero el cielo raso de los días nevados es también alucinante.

Está apunto de mearse encima, cuando el nudo que su madre hizo en la bufanda amaina y su boca y sus dientes de leche, algo temblones, quedan al descubierto.

Cuando observa que también él es capaz de producir alguna que otra fumarada, adquiere la conciencia de ser monstruo. Una conciencia que acompañará el cambio de la voz, el crecimiento vello genital y la primera erección un día al despertar. Da miedo hacerse mayor.

Se abraza dentro del anorak como para que ningún carterista le quite la infancia.

Ilustración: Aarón Lobato

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