Danza con lobas


Las puntillas de las enaguas se ensucian con el lodo de las trincheras. Y sí, las mujeres aprendimos a usar vestidos de telas vaporosas o aún peor: aparatosos miriñaques, y a pesar de ello seguir adelante. Un resultado práctico del proceso histórico: el discurso agresivo del feminismo tampoco nos sienta bien, nos demacra, nos aleja de nuestra esencia y además -está visto- no nos conduce a nada.

Noches de vals, encajes, suspiros y apretados corsets que retenían el aliento, una manera de contener, cortar de raíz los impulsos -como en Juana la Loca – de nuestras hormonas e instintos que generan un movimiento que no pretende ser ni social ni político. La “movida” es como la Carmen: de abajo hacia arriba. Subversiva y con esencia; tan primigenia como la simiente que olvidamos día tras día, con una amnesia progresiva.

Sin embargo, Clarissa Pinkola Estés -terapeuta junguiana y doctora en Psicología- apuesta porque el relato ancestral popular ayude a reestructurar el arquetipo real del “ser femenino”, a través de los símbolos que rememoran la fragancia, el resplandor y la sabiduría de la Mujer Salvaje que fecunda, alcanza el instante cósmico, “pariendo” la realidad. La mujer y su tiempo propio, análogo al universo, responsable del cuidado de las cosechas en construcción con el espacio sagrado de la renovación de la tierra, la naturaleza y su propia simiente. La mujer initiatrix y creatix.

Lo femenino en la antigüedad y la agricultura; con una sacralidad similar y compartiendo el ciclo cósmico: nacimiento-crecimiento-muerte y regeneración. Como menciona Mircea Eliade, la siembra y cosecha son rituales arcaicos, que se practican sobre el cuerpo de la Madre Tierra la que sabiamente desencadena las fuerzas de la vegetación. A la vez se introduce al espacio cósmico en el que se diferenciará cuáles serán los tiempos benignos. Su rol como hacedora con una gran energía interna sumada a la magia sexual, han sido usadas por varias culturas considerándola decisiva y necesaria.

“Arrástrate hacia la tierra: tu madre”, señala el Rig Veda. Las eslavas y alemanas recorrían los campos desnudas para propiciar una buena cosecha en un ritual que aumentaba la fertilidad de las cosechas. Eróticamente, en Finlandia las mujeres llevaban los granos en una camisa menstrual, en el zapato de una prostituta o en la media de un bastardo, aumentando la fecundidad de las semillas con una alta carga sexual emanada por esos objetos. El lino en Suecia era cultivado por las mujeres y las remolachas eran más dulces cuando eran sembradas por esas sabias manos.

La tarea de “La Loba” se inicia con la recolección de huesos. La loba es la propuesta de Pinkola Estés, una imagen que significa la conexión total con su parte intuitiva, distinguiéndola del hombre. “La mujer salvaje como arquetipo es una fuerza inimitable e inefable”. Cuando tiene su esqueleto formado “se sienta junto al fuego y piensa qué canción va a cantar”, entonces la osamenta toma forma, se cubre de carne y comienza a respirar. “La loba canta con tal intensidad que el suelo del desierto se estremece y, mientras ella canta, el lobo abre los ojos, pega un brinco y escapa corriendo cañón abajo”. En algún momento se transforma en mujer que corre riendo a carcajadas. Ahora podrá identificar las falsas trampas en un equilibrio psíquico natural que se pierde en una crianza con exagerados sistemas de “domesticación” de estas virtudes. Vive en estado de alerta y cautela para defenderse en los profundos y oscuros bosques psíquicos.

De la “matrilocación” a la admiración y sacralidad de la hierogamia de las diosas míticas. Es ahí donde se despliegan el tramo de eslabones perdidos pero que claramente exponen a mujeres guerreras, sabias, seductoras, intuitivas y amantes. Como Isis y Osiris. Como Ishtar y Anaku.

La cananea “Anat” parte en búsqueda de su amado, una constante que se repetirá en varios relatos míticos. Esta diosa guerrera heredera de Inanna, concepción babilónica de las diosas que afirman la fortaleza física conjugada con una gran sensualidad, una lógica interna profética y por sobre todos estos rasgos: una visión universal sin la necesidad de ninguna mediación. El secreto no consistiría ni en la superioridad, ni en la inferioridad de la mujer; sino como en las parejas míticas, la numinosidad de lo femenino se manifestaría en el poder oculto de la mujer para lograr en conjunción con el hombre la Unidad de los Opuestos.

Xena y Diana, más conocida como la “Mujer Maravilla”, no se alejan tanto de este arquetipo. Diana recordando a las “amazonas”, con sus cacería de sementales masculinos para su reproducción, se diferencian de las diosas babilónicas que luchaban como la griega Psique lo hizo por su amor, Eros. Fue más fácil elaborar un decálogo para cazar “brujas”, como lo fue Malleus Malleficarum y echar un manto de promiscuidad y de malignidad sobre otras como “Lillith”, del linaje de la sumeria Ishtar, la cananita Astarté y Anatu. Muchos serán nombres que se le concederán a la misma Diosa.

En cuanto a Lillith, es el primer intento divino de satisfacer “carne y espíritu” de Adán en el solitario Edén. Luego de otro intento llega Eva, Isha, se “tornará en una sola carne” y será la madre de la célebre dupla Caín y Abel. La existencia de Li o Lillitú -otras de sus denominaciones- deviene de la interpretación del Génesis y las exégesis rabínicas que recopilan tradiciones orales ancestrales. Graves y Patai, citan del Bereshit Rabba interpretación del Génesis, que Adan y Lillith nunca hallaron armonía juntos, pues cuando él deseaba yacer con ella, por su parte La Diosa Hebrea, se sentía ofendida por la postura reclinada que él exigía.

“Por qué debo yacer debajo de ti?”, pregunta irreverente. Adán intenta someterla y ella lo abandona para vivir cerca del Mar Rojo donde abundaban los demonios y donde la visitaba su amante Samael, allí engendrará a los Lilim. Para la religión judía, será la eterna e insaciable seductora, que se entromete en los sueños de los hombres y estrangula a los bebés. “Yacer debajo”, sería inadmisible en el contexto de la tradiciones babilónicas donde las mujeres “gozaban” de sus encuentros sexuales realizando el coito “sobre” sus consortes. Evidentemente estaba en contacto con esas costumbres anteriores a su aparición en la mitología. Lillith, Ishtar y Anat son representadas escoltadas por búhos, serpientes y leones, haciendo explícito su “parentesco”.

Bienvenida al patriarcado, la producción y el voto!!!

Lillith, de “Diosa” a “Ramera” con un golpe de pluma, como consecuencia de la tergiversación y la consecuente manipulación del arquetipo. Barbara Koltuv explica que su imagen fue rechazada y se convierte en una descastada en la época post-bíblica oponiéndose a Eva, concubina formal de Adán.

Las mujeres quedan expulsadas de los templos y rituales. Afrodita terminará siendo banalizada al convertirse en una imagen “romántica”. Hera será la mujer celosa de Zeus. Artemisa, una salvaje. Demeter, una madre con serios trastornos psíquicos. Atenea, un cerebro con faldas.

El patriarcado, indica Fromm, emergió al mismo tiempo que la propiedad privada, en la cultura india, en la egipcia, judeo-cristiana, musulmana, griega o romana. Los monoteísmos, sacrificaron las diosas de numerosos cultos y las sumergieron en el mar del olvido. El sistema, en el que el “pater famlias” tenía el control económico y legal absoluto, el hijo más apto quedará a cargo de los bienes de la familia, será el heredero en ideología.

En cuanto a lo social, el Antiguo Testamento ya esboza sutilmente “la envidia” del poder que implica la fecundación de la mujer: tanto Dios como Eva tienen el “don” de crear otros seres semejantes y esto quizás sea uno de los motivos por los que se la expulsa del paraíso. Jean Baudrillard, comenta que “este privilegio de la mujer inexplicable, hacía falta inventar a toda costa un orden diferente, social, político, económico, masculino, donde este privilegio natural pudiera ser rebajado”.

Ya dentro del sistema, fuera del centro como lo representaba el matriarcado, la mujer ingresa a la institucionalización, legalización, regulación, especialización en la fuerza de trabajo. Todo esto conforma una excusa para participar de la decisiones políticas y de las normas que la rigen laboral y civilmente lo que les otorga un interés particular, esta vez no son sólo voluntades anónimas: son votos.

Pues entonces: el orden, la jerarquía, y el convencimiento-aceptado perpetúa y sustenta este paradigma en el cual tanto como hombres como mujeres quedan sujetos y limitados a un macro-sistema económico y político; la paradoja de la especie si no hay ni “vencedores ni vencidos”.

“Había una vez…”, introducción mágica y fórmula inconsciente que iniciaría el viaje del “ser femenino” a un valle calmo de armonía donde la naturaleza comulgará con ellas en una “danza con lobas”; y una vez más renacerán en sus cuerpos y con un poder de orientación sin precedentes, comenzarán a correr soltando carcajadas en búsqueda de su propio yo.

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Bibliografía

Tratado de la Historia de las religiones e Historia de las creencias religiosas, Mircea Eliade
El lenguaje de la diosa, Marija Gimbuta
De la seducción, Jean Baudrillard
El arte de amar, Erich Fromm
El libro de Lillith, Barbara Koltuv
La diosa Hebrea, Raphael Patai

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