Ciudad Rodrigo en Fernando Arrabal

16-Septiembre-2008 · Imprimir este artículo

Por Raúl Herrero

“Las murallas de Villa Ramiro son altas. Abuela nos había prohibido bajar al foso o jugar en las troneras. Yo, con mis amigos, bajaba al foso y veía desde abajo el cielo; las troneras se recortaban en él. Los amigos querían que yo también subiera por la pared del pasadizo, y yo también subía, aprovechando los salientes de las piedras”—así comienza el capítulo octavo de la novela Baal Babilonia.

Esa “Villa Rodrigo” supone una radiografía de Ciudad Rodrigo, localidad amurallada, próxima a Portugal, “Villa Rodrigo” con calles empedradas, caserones y recovecos incendiados; Ciudad Rodrigo donde un sábado recalaba Fernando, ¿un sábado quizá como homenaje a la judería de la localidad arrebatada en otros tiempos a sus legítimos ocupantes?; en fin, digo, decía, que las autoridades y los árboles y las piedrecitas que tropezaban en los zapatos y la loza, y el paseo, junto a las murallas, nombrado como Fernando Arrabal con el busto del escritor y, en definitiva, todo lo silente aunque vivo, tanto como lo bullicioso con frescas carnes, o sea, como los más de diez amigos, escritores, actores y poetas que acompañábamos al autor en su homenaje; toda Ciudad Rodrigo, en verdad, exclamó que nombraba al melillense hijo predilecto mirobrigense; en el teatro, que lleva su nombre, el escritor recitó, y digo bien, recitó un discurso que “ dio a la caza alcance”; el poeta evocó a su familia, a Feliciano de Silva —autor de la buena Celestina— y a la Madre Mercedes, la monja que le enseñó a leer, a escribir, que tenía respuesta apropiada a las preguntas que, en sus palabras, “ a los demás niños les parecían difíciles, pero que a mí me resultaban evidentes”; la emoción rodaba por la voz del conferenciante mientras describía que encontró a su profesora transmutada en el carcelero que, años después, le animaba a comer, con tristes y pacientes cucharadas, bajo el sonsonete “esta por papá, esta por mamá”, para que no desfalleciera al día siguiente durante el juicio; también, según el poeta, la Madre Mercedes se encarnó en las palabras de los dramaturgos Bertolt Brecht y Pirandello; a éste último le visitaba todas las noches una dama vestida de negro, la Madre Mercedes, por supuesto, —replicó Arrabal—, a esta mujer Pirandello la llamó fantasía, pero Fernando Arrabal, gracias, de nuevo, a las enseñanzas de la Madre Mercedes, reconoció en esa visita nocturna a la imaginación, es decir, “al arte de combinar los recuerdos”, como ya definiera en su manifiesto Pánico en el año 1963, de nuevo inspirado ¿por la madre Mercedes?; como preludio a la descrita ceremonia oficial autoridades y amigos seguimos al autor, así como a su tan discreta como radiante esposa Luce, al colegio donde el homenajeado recibiera el magisterio de aquella monja “tan hermosa”, en palabras del alumno; en esa Ciudad Rodrigo, donde se refugió bajo el manto de sus abuelos un niño cuyo padre, por mantenerse fiel a la República, fue condenado a muerte, pena posteriormente conmutada por cadena perpetua; así, ese niño señalado por las graves acusaciones paternas de “santidad civil” encontró asiento en las altas murallas de “Villa Ramiro”, donde hoy ese niño no habla del perdón, sino de la compasión, que él sitúa junto a la generosidad…

De entre la abundante obra de Fernando Arrabal agrupo, según un criterio personal, una deliciosa trilogía formada por las novelas Baal Babilonia y Ceremonia por un teniente abandonado, seguidas por la pieza dramática (representada en España durante dos años de constante éxito) Carta de amor (Como un suplicio chino).

Quizá por las vivencias y dolores, por los ángeles combatidos y batidos en la imaginación de Arrabal, es decir, en la tela de la memoria, tal vez por el talento que tensa la escritura del “hijo predilecto”, tal vez por el tiempo o el dolor del padre perdido… el caso es que esa trilogía reúne algunas de las mejores páginas escritas sobre la guerra civil y la posguerra española …
Tal vez porque son páginas vividas y rumiadas, quizá porque la ingenuidad del niño de Baal Babilonia se descarna a paso lento hasta la tragedia adulta, ya sin consuelo ni excusas, de la magnífica Carta de amor

Los amigos celebramos ese día hasta tarde, hasta casi el solar domingo, a Fernando Arrabal. En uno de los altos muros de la hermosa ciudad, se lee con letras grandes: José Antonio Primo de Rivera, un golpe de pintura roja, bajo el nombre rotulado, se extiende con desiguales brazos, desgarra la piedra.

Comentarios

2 comentarios en el artículo “Ciudad Rodrigo en Fernando Arrabal”

  1. Mister Mandrake en 24-Septiembre-2008 6:39 pm

    Ojalá hubiera podido asistir a ese encuentro pero me pilla demasiado lejos. Saludos a todos y ¡viva Arrabal!

  2. Mr. Mandrake en 25-Septiembre-2008 9:36 am

    Bravo! Me ha encantado de nuevo este artículo de Herrero. Arrabal necesita todo el apoyo, sobre todo ahora que lo han “censurado” en el periódico El Mundo.

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