Se recuerda el perfume que se odia

Podría decirse que había acumulado pequeños éxitos: publicaciones, premios, algún que otro estreno… el último ayer. Hoy estaba arrodillada frente a un retrete. Muchas veces antes había tomado esa postura para vomitar en el baño de algún bar: había chicos a los que no les importaba besarle luego, pese al aliento a vómito. Aquella postura, similar a la de la oración, solía preceder aquellos sueños que se confunden bruscamente con la resaca y de los que se despierta con una cicatriz en la ceja. Estaba limpiando el retrete, intoxicada por el olor a ambientador e hipnotizada por el fuliginoso azul del producto de limpieza, pensando en lo que hasta entonces le había deparado la vida, negando que la historia fuera un vector, cagándose en el marxismo dialéctico. Todo aquello era un engorro. Cada sábado y cada domingo comenzaba su día en el restaurante limpiando los retretes. Nadie le obligaba, era amiga de la encargada y de todos los inmigrantes que se dejaban el culo por seis euros la hora, ellos se ofrecían a turnarla, pero prefería vaciar las papelera de los restos de la noche anterior, de las compresas y expósitos donde todavía correteaban las ladillas, rebañar las excrecencias de váter, que atender a la primera clientela, compuesta de self-made-man burgueses, que tomaban el café y leían el periódico en la terraza aunque estuviera granizando; los detestaba, los detestaba más cuanto mayor era su educación, su sonrisa y su propina. Era fácil sonreír desde el otro lado de la barra: se recuerda el perfume del que se odia. Apenas tenía faltas de ortografía cuando se trataba de textos académicos (su especialidad eran las esdrújulas) y, sin embargo, siempre se equivocaba copiando el menú del día. Se incorporó del retrete y se sacó de la nariz el terrible olor de naftalina, se sacudió la ropa con orgullo de clase. En ese momento le invadía el sentimiento de que ese trabajo, sucio hasta la ignominia, era el principio de la perfección moral. Sólo las tareas manuales matan el ego: lo sabía por los monjes y los jardines zen, por su padre (que había trabajado desde los catorce para cobrar la pensión mínima) y por Bukowski. Pero lo cierto es que tenía el ego lleno de tiritas, como la barba de un vejestorio.

Ilustración: Aarón Lobato

El deseo en Mettray

La menor desobediencia tiene su castigo y el mejor medio de evitar delitos graves es castigar muy severamente las faltas más ligeras: una palabra inútil se reprime en Mettray – Michel Foucault

Lo sé todo. No voy a preguntarte nada. Cuando llegan los nuevos tengo que preguntarles. Es una ceremonia inútil. Tu nombre. Tu edad. Tu altura. Tu peso. Y sobre todo, tus delitos. Tus delitos los conozco. No son diferentes. Todos habéis cometido las mismas estupideces. Robar, violar, matar.

Vamos a saltarnos el interrogatorio, por una vez. Yo no te voy a preguntar nada. Y así tú no me mientes. Voy a escribir en tu historial lo que yo considere conveniente. Si estás aquí, en este momento, frente a mí es porque eres basura. Aquí, a Mettray, llega lo que no quiere nadie. Cuando ya no saben qué hacer con vosotros os traen aquí. Os habéis escapado del buen camino, habéis huido tan lejos, que ya es imposible regresar. En algún momento, pensasteis que desviaros era una buena idea. Pensasteis que podíais vivir sin las reglas de los demás. Y no sólo creísteis que sería posible, sino que no habría consecuencias. Creísteis que nadie os encontraría porque el mundo es grande y debía haber lugares donde ser vosotros mismos. Sólo a los jóvenes se les puede ocurrir semejante estupidez, vivir sin reglas. Habéis escapado del buen camino y antes o después, llegáis al callejón sin salida: Mettray.

Has oído hablar de Mettray, ¿verdad?

Sí, claro, ¿quién no ha oído hablar de Mettray?

A muchos les encanta entrar aquí. ¿Te acuerdas del asesino del río? Aquel pobre diablo les hizo creer a todos que había pasado aquí su juventud. ¡Mentía! ¡No me preguntes por qué pero mentía! Ese idiota fue hallado inocente, no había ahogado a ninguna de esas muchachas… Y te puedo asegurar que jamás pisó Mettray. No se me olvida ni uno sólo de vosotros, ni uno sólo.

Eres de esos. Te gusta insultarme en silencio. No eres el primero. Me gusta cuando venís furiosos. 315. Ahora te llamarás así, 315. Aprenderás rápido, como los demás. Mañana habrás dejado de mirarme a los ojos. En tres días te habrás apagado y serás una colilla mojada. Ve desnudándote. Este momento es muy importante. Deja aquí todo lo que traes. Vamos, vamos, vamos. Bien.

Ahora comprendes realmente dónde estás entrando, quién eres tú y quién soy yo. A partir de ahora te conviertes en un cuerpo útil.

¿Tienes 16 años? Cállate. Sí, llevas 16 años estorbando, aprovechándote del esfuerzo de los demás. Déjame ver tus manos. No has trabajado nunca. Sólo los ladrones tienen las manos así. Los ladrones y los estudiantes. En definitiva, los cuerpos vagos. Si hay algo que no soporto son los cuerpos vagos. Date la vuelta. Vamos, vamos, vamos. Bien.

No sé demasiadas cosas, pero sé leer y reconocer un cuerpo. Ahora ya no me hace falta mirar tu rostro, ni escuchar tu voz. El rostro siempre se endurece. Y la voz siempre se hunde. Pero el cuerpo… El cuerpo es diferente. Mi trabajo consiste en transformar tu cuerpo vago en un cuerpo útil. Cuando un cuerpo es sometido y productivo, es útil.

No es tan sencillo como parece. Todo ha cambiado mucho, aquí en Mettray. Ahora no nos dejan usar el látigo. Es más difícil transformar un cuerpo vago en un cuerpo útil sin dejar huellas. Es más difícil, hay que pensar más, hay que estar más atento. Hay que estar atento cada minuto. No puedo permitirme ni el más mínimo descuido. Antes era distinto, no era tan minucioso. Y me costó mucho. Me costó muchísimo trabajar sin látigo. Qué es un vigilante sin látigo, sin fusta, sin vara, sin cuero, sin cuerdas… Qué es un hombre sin armas.

Estuve sin dormir 13 noches. Entonces sucedió algo extraordinario, inexplicable. Empecé a soñar. Yo no había soñado jamás, no sabía lo que era eso. Me habían contado sueños, pero nunca me creía nada. Pensaba que eran invenciones, cosas que se inventaban por las mañanas. Nunca lo había experimentado. Imaginar sin tener que hacer ningún esfuerzo. Sin voluntad. Sin control.

Empecé a soñar. Y soñaba cómo hacer sin látigo lo que hacía con el látigo. Jamás se me hubiese ocurrido despierto, jamás se me hubiese ocurrido buscar la forma de aplicar exactamente la misma cantidad de sufrimiento y humillación… Se puede medir, el sufrimiento se puede medir igual que se mide la temperatura de un cuerpo enfermo o la velocidad de un cuerpo que corre. Hay que ser muy preciso, saber exactamente hasta dónde llegar…

¡315! No me estás escuchando ¿verdad?

Lo sé todo. Puedo leerlo en tu cuerpo. No me estás escuchando porque no quieres tener miedo. No quieres empezar a temblar ahora. Pero esta noche, cuando todos duerman, tú seguirás despierto. Recordarás cada una de mis palabras y empezarás a temblar. Entonces comenzarás a dar vueltas.

Todas las primeras noches son iguales. Tú crees que eres diferente, que no tienes nada que ver con los demás, que eres incluso mejor que los demás. Pero vas a pasar tu primera noche en Mettray exactamente igual que todos los demás, dando vueltas y temblando.

Toma, vístete. Vamos, vamos, vamos. Bien.

No pudieron hallarte culpable. Sin embargo, estás aquí. Les diste razones suficientes para pensar que eres peligroso y que no puedes andar por ahí suelto, alegremente, quemando casas. No pudieron hallarte culpable, cualquiera puede encender una cerilla. Lo hiciste muy bien. Pero se dieron cuenta de que no querías a tus padres, no querías a tu madre porque la muy cerda no tenía fuerzas para abandonar a ese cabrón. No querías a ese cabrón porque no se parecía en nada a tu padre y no soltaba la botella.

Y ellos se dieron cuenta. Se dieron cuenta y dejaron de importar los hechos. Un hombre y una mujer habían sido quemados vivos. No te enviaron aquí por encender una cerilla ni por subirte a un tren después. Te enviaron aquí porque no les querías y los jueces saben cuando alguien va por el mal camino.

Mira, que te quede claro una cosa: a mí me da igual lo que hayas hecho o hayas dejado de hacer. Yo escribo en este historial lo que me da la gana. No me importa lo peligroso que seas. Si vuelves a mirarme a los ojos, te mando a la celda de aislamiento y asunto solucionado. Muévete. Vamos, vamos, vamos. ¡No! Espera.

Sólo dime una cosa. ¿Te gustó? ¿Te gustó encender la cerilla?

Nota. Mettray es una colonia penitenciaria para jóvenes abierta en 1840.

… y maté a París

8-diciembre-2010 · Imprimir este artículo

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Subimos a un sexto sin ascensor, por una angosta escalera de caracol que más bien parece una trampa humana. No puedo creer que este agujero de mierda esté sólo a unas manzanas de la casa de Sarkozy, de las tiendas Gucci y de las tiendas Versace.

Traté de salvar lo nuestro en París, y maté a París.

El retrete está detrás de una ligera cortina que deja ver los tobillos del usuario. Aquí ni siquiera se puede cagar en paz. Tendré que pagar la entrada a un museo para utilizar el inodoro. El Museo de Arte Moderno resultó ser un lugar amable para la deposición.

Traté de salvar lo nuestro en París, y maté a París… De París sólo quedaron las cenizas.

Fue un genocidio: los imanes de frigorífico de Toulouse-Lautrec, el café au lait por cuatro euros; mato Las flores del mal, de Baudelaire: lo que queda del look bohemio, los malos modales de los parisinos en el metro; los crépes y las omelettes; esa estúpida manera de pronunciar la “r”; la felación.

Traté de salvar lo nuestro en París, y maté a París… Motivos pasionales.

Los mendigos de la ópera de Madrid no dan ni la mitad de pena que los de París. No hay peor sitio para un sin techo que esta maldita ciudad sobre estilizada, parque temático de la sífilis, los cafés exquisitos y los pintores muertos de hambre.

Traté de salvar lo nuestro en París, y maté a París… Como cuando un perro atropella a un camión.

Es difícil venir aquí y no sentirse gitano rumano, mientras los turistas siguen fotografiando cada gárgola de Notre Dame, cada caca de perro parisina pinchada en un palo parisino en el escaparate de una galería parisina valorada en millones de pesetas.

Traté de salvar lo nuestro en París, y maté a París… He de confesar que lo envenené poco a poco.

Voy al cementerio, porque tengo el ánimo de plañidera, pensando todas las veces que te maté sin ni siquiera dejar señales de violencia, con sangre invisible chorreándote por la frente y la nariz.

Traté de salvar lo nuestro en París, y maté a París… Me entregué a la policía.

El cementerio de Montparnasse es como los museos: hay una exposición fija; otra, temporal. Es mentira que morimos para siempre. Dejo un billete de metro en la tumba de un poeta.

Traté de salvar lo nuestro en París, y maté a París… En una sucia buhardilla arrojamos los restos a los perros de la melancolía.

Ilustración: Aarón Lobato

Pesadilla entre los brazos de la muerte

24-noviembre-2010 · Imprimir este artículo

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Su madre le ha tapado la boca con la bufanda antes de salir casa. “hay que cerrar la puerta, que se escapa el gato”. Va de la mano con su padre camino del colegio y ante él aparece un paisaje de pasamontañas y botas de goma, de niños sobreprotegidos a los que apenas si se les ven los ojos.

Las lombrices del charco lo saludan divertidas sabiendo que no tiene tiempo para molestarlas partiéndolas en dos o en tres, según el aburrimiento, según la crueldad infantil.

De pronto un hecho sorpresivo y misterioso le hace olvidar su nostalgia del barrizal y de los cebos que en él habitan. De la boca de su padre, aún soñoliento, escapa una bocanada de humo. ¿Desde cuando es un dragón?

Imagina unos hombrecillos haciendo fuego en un hueco del estómago, junto al píloro. Han conseguido hacer lumbre pese a las oleadas nefastas de jugos gástricos; en ella, calientan sus pequeñas manos subdesarrolladas. Uno de ellos canta una canción marinera y las tripas de su padre, que aún no ha saboreado el primer café de la mañana, rutan completamente desconsoladas.

Una nueva bocanada escapa de la boca del progenitor. El pequeño busca sin resultados una pipa o un puro, imagina volcanes y úlceras de hiato.

Acostumbra a tener pesadillas en la oscuridad, pero el cielo raso de los días nevados es también alucinante.

Está apunto de mearse encima, cuando el nudo que su madre hizo en la bufanda amaina y su boca y sus dientes de leche, algo temblones, quedan al descubierto.

Cuando observa que también él es capaz de producir alguna que otra fumarada, adquiere la conciencia de ser monstruo. Una conciencia que acompañará el cambio de la voz, el crecimiento vello genital y la primera erección un día al despertar. Da miedo hacerse mayor.

Se abraza dentro del anorak como para que ningún carterista le quite la infancia.

Ilustración: Aarón Lobato

El valor de ser aquel hombre

Mi tío, cuando va a hacerme un regalo, tiene la costumbre de acercarse al Corte Inglés y comprar el libro más gordo que haya en la mesa rotulada con el palabro “best-seller”. Esta navidad, cayó ‘La mano de Fátima’ y ya lo teníamos amontonado en casa. Así que hoy he ido a la tienda y, tras buscar un rato entre los estantes, me he regalado la ‘Poesía Completa’ de Borges.

De joven fui un lector casi obsesivo de Borges, pero del Borges cuentista, prosista, no del Borges poeta. De éste último había leído, mucho más tarde, un poema de ‘La cifra’ titulado ‘El desierto’ que descubrí en El sindicato del mono degollado, un blog sui géneris de poesía.

Antes de entrar en el desierto

los soldados bebieron largamente el agua de la cisterna.

Hierocles derramó en la tierra

el agua de su cántaro y dijo:

Si hemos de entrar en el desierto,

ya estoy en el desierto.

Si la sed va a abrasarme,

que ya me abrase.

Ésta es una parábola.

Antes de hundirme en el infierno

los lictores del dios me permitieron que mirara una rosa.

Esa rosa es ahora mi tormento

en el oscuro reino.

A un hombre lo dejó una mujer.

Resolvieron mentir un último encuentro.

El hombre dijo:

Si debo entrar en la soledad

ya estoy solo.

Si la sed va a abrasarme,

que ya me abrase.

Ésta es otra parábola.

Nadie en la tierra

tiene el valor de ser aquel hombre.

Creo que voy a empezar a degustar el libro por ‘El hacedor’, por lo que he leído es una especie de punto de inflexión en el cual la poesía oral y “popularista” de Borges da paso a una más angustiosa, como de un otoño que agoniza a las puertas del oscuro invierno.

De todas formas, lo más interesante que he encontrado hasta ahora es una frase del prólogo que me parece una de esas pequeñas joyas de crítica literaria que se encuentrar dispersas en el bosque de las bibliotecas.

Como todo joven poeta, yo creí alguna vez que el verso libre es más fácil que el verso regular; ahora sé que es más arduo y que requiere la íntima convicción de ciertas páginas de Carl Sandburg o de su padre, Whitman

Aquí Borges acierta de lleno. El verso libre es un riesgo y un valor como pocas cosas en este mundo. El verso libre exige, por tanto, de ti mismo en esas palabras que normalmente la apuesta es descabellada. Por eso, quizá, la poesía contemporánea, la poesía libre, libérrima, se encuentra sumida en tan honda crisis; porque para escribir poesía hay que tener la convicción de Whitman y, claro, nadie en la tierra tiene el valor de ser aquel hombre.

Limpieza de bajos

Como lo suelo mandar todo, generalmente, a tomar por el culo… de cuando en cuando limpio un poco lo que me rodea, por ver si todavía existe algo debajo de la mierda…

después de unas cuantas borracheras, de buscar a mi sombra por las barras de los bares, manteniendo absurdos equilibrios de los que ya no me disculpo, buscando mi casa, joder, tengo demasiados pilotos automáticos programados… una sombra me dice alcobendas, una vomitona tres cantos, una piedra salamanca, un perro que ladra vigo… ¿dónde cojones estoy?…

vengo de que me rapen… la paisana, como no había pedido hora, se ha vengado amputándome las patillas con la disculpa de siempre: “tenías una más larga que la otra… te queda mejor así”… esto es un pueblo, pueblo que se reduce a un barrio, el barrio a una tienda, la tienda a los habituales: “¿eres de bilbao?” , vale, prefiero el acento vasco al gallego y, sobre todo, al madrileño… pero no sé cómo lo he conseguido… en todo caso, me gusta seguir siendo de fuera de león…

muevo el cuello, retuerzo la espalda en una extraña danza que tiene como único fin el volver a sentir la vida, que cruja la vida… el dolor de espalda va remitiendo, las borracheras ya no lo mitigan como antes, quizá han sido pocas, he de consultarlo con el de cabecera… miro a mi alrededor: todo son restos, la resaca no se lleva los papeles tirados por la habitación, las colillas, los gallumbos sucios de mi ceniza, la mirada de la paisana que jugaba con la mirada en el espejo, asistiendo con ojos húmedos a la ejecución de mis patillas, la cajonera que iba encastrada en una mesa de despacho, que ahora me sirve de mesilla, lleva muchos miles de kilómetros conmigo, desde la basura de un polígono en madrid, señora, que estamos mal acostumbrados, lo tiramos todo y yo ya llevo amuebladas tres casas con lo que se encuentra en la basura, al lado de ikea, que los hay que vivimos de su estética, y la estética es consumismo y manda renovarse continuamente, por eso hicieron de Bukowski una moda de la que ahora reniegan y mañana retomarán, no me mire, que a lo mejor me empalmo y se va a creer la peluquera que es por la parte baja de su barriga en la que desaparece mi codo, es así, no hay criterio, aunque puede ser bueno, el no tenerlo… pero con agallas…

me gusta que a Bukowski le guste knut hamsun, quizá porque su vida fue errante y anduvo un poco antes los caminos del hambre, aunque, al igual que a Céline, en su desesperación por encontrar una solución a esta puta sociedad, le deslumbró un fantasma, el de la locura, señora, por el que me trae y me lleva el viento que calienta su mirada y que ha pelado mi cabeza, el que rellena de aire los meatos de su pelo, de mi cuerpo que me insufla el vicio caduco de sus ojos, las manos de la peluquera en mi nuca, que lo aprendí de una gallega, me alquilaba una habitación en tres cantos, su madre la había dejado en casa de unos señores a los doce años, a servir, y joder si servía, ¡cómo se buscaba la vida la hijaputa!, comía las sobras de las verduras de los mercados, hacía la ronda de los polígonos, cada dos semanas cargaba el coche de cachivaches y montaba un mercadillo en su pueblo en lugo, joder, alquilaba su habitación los fines de semana a graduados alemanes que venían a conocer el terreno para hacer prácticas en danone, sólo la vi, en los nueve meses que viví con ella, enternecerse una vez, y para ella enternecerse fue beber una copa de orujo después de haberse liao a hostias con un mueble-cama para transformarlo en una estantería, escuchando una canción de maritrini, entonces me miró y me dijo: “estás perdiendo forma”, y debajo de su cama sacó un banco de abdominales plegable y me lo endiñó por un talego, dios, creo que fue la época que mejor cagué de mi vida, señora, la casa empezó a llenarse de francesitas y alemanes, habíamos conseguido echar a los seminaristas que se laceraban las espaldas porque chueca les tiraba, la eterna lucha contra el instinto, al refugio de las américas que se iban, a los niños neurótico-depresivos que sus padres largaban de casa unos meses a ver si estabilizaban, a ese moro de ojos del color del polen y cara afilada como la navaja que siempre enseñaba, yo había conseguido curro, ya éramos una familia… de cobayas, como usted, señora, que he hecho demasiadas prácticas mal pagadas y sé lo que se cuece, en este caso su pelo, únalo a mis patillas, a mi calva, a todo lo que está por el suelo de mi habitación, todo lo caído, las putas vueltas que da un pelo en su derrota hacia la escoba, y siempre el zumbido de la guillotina en nuestra nuca, de eso hablan mis libros, es lo que tengo en mi cara, los dolores de espalda que me restan, las borracheras del tratamiento paliativo bajo prescripción médica, el deseo que se muere entre espejos, lo que usted fue, lo que me resta por ser, por hacer, levantar los libros de la cajonera, limpiarlos de las cenizas de los faros que arden en mi insomnio, donde poco a poco se van revelando las imágenes de mi derrota, del viaje a ningún sitio que me regresó al principio de la noche, a la deriva, buscando la vida en primera línea, allí donde se dan y reciben las hostias, y no ante el espejo, señora, que por los extremos de la mesita pululan muchas voces, que no se pierden en unos de los bucles de douglas r. hofstadter que me llevan de gödel a escher a bach en una fuga a seis voces por donde aparecen dos ensayos sobre satán, el secreto de la flor de oro de jung y wilheim, mi admirada plaza de dante de dragan velikic, los tres tomos de los sonámbulos de broch, maestro broch, dos o tres estudios sobre jazz y blues, los señores de los dragones de jack vance, novela editada en pulp, ganadora de un hugo, siguen las fugas, heráclito, los diarios de musil, parnaso en llamas de vicente muñoz álvarez, siempre el libro que me sosiega de pessoa, un libro de khalil gibran, el profeta, debajo de un destartalado nuevo testamento, y, cómo no, shakespeare

en el título de un libro de Bukowski:

“shakespeare nunca lo hizo”,

ni usted, señora, pero yo sí conozco a mucha gente que lo hace, que vive su vida como hay que vivirla, embriagado, como la vivió el viejo Hank, y no hablo sólo de sus borracheras, hablo de la gente que le echa pasión, alma y sinceridad a las cosas, en sus diversos trabajos, en sus diversas vidas, y caminan abriendo senderos de los que beberán muchos para después renegar de lo que les dio la vida, porque Bukowski es vida, sinceridad, un pelotazo suyo me reconforta de las marañas donde se pierde mi cabeza, su literatura es una puta explosión de palabras que a todos nos baña y a mí me limpia y me deja suave, como han quedado mis mejillas sin las patillas, como era la francesa con la que hacía abdominales sobre la tabla, que nos tiraba los yogures caducados que traía la patrona de cáritas, y rellenaba la nevera de las prácticas que hacían en danone, dios, hizo yogures con mi lefa y el aroma de su coño, yogures impensables al estilo que suponen de todos los países del mundo, joder, también los demás empezaron a cagar bien, todo fluía, por mi polla, por su culo, joder, recuerdo que a los de aquí, decía que nos gustaba la nata, cómo no, siempre dándonos de hostias, como las que le dio la gallega de medio metro a un enorme alemán que hacía de la casa el laboratorio de sus mohos, los mismos que corren por los espejos señora, los suyos, los míos, lo que va quedando en el suelo por donde hoy miro, debajo de la cama, donde guardo algún trasto inservible que pillé en los polígonos, un maletín, que me hizo una ilusión del copón en su momento, donde voy guardando las piedras que recojo del camino,

cuando limpio los bajos

—-

Nota de la Redacción: Este primer capítulo de Limpieza de bajos fue publicado en Hank-Over (resaca) Homenaje a Charles Bukowski (2008) de la Editorial Caballo de Troya. Con este post el magnífico escritor Alfonso Xen Rabanal iniciaba su colaboración especial en Generación. Era un anuncio de continuidad de lo que sería una novela… escrita en directo para vosotros, como ya lo fue en otro blog su primera novela: La cámara de Niebla. Meses después de publicar este primer post la novela-blog se desparrama, aquí, en caída libre.

Enmarañada

Tengo una tendencia innata a complicarme la vida, hasta rozar y sobrepasar los limites de lo irreal. Es parte de mi, como mis ojos,como mi sonrisa. Una seña de identidad mas. Que allí donde hay un problema, estoy o estaré tarde o temprano. Y es que me espantan los caminos llanos,planos y vacíos, prefiero los barullos, siempre encuentras algo oculto entre la maleza, y allí,entre las malas hierbas, encontraras mi alma. No me asusta, nunca lo hizo, lo difícil, lo que algunas personas califican de imposible. Irremediablemente me tienta lo complicado, lo prohibido, la senda de los pecados capitales. Lo que de verdad me da miedo son los caminos preestablecidos, las etiquetas, los trajes. Obviamente, sufro por todo esto, me equivoco un millón de veces, me golpeo contra todo, y muchas veces fracaso. Pero se, y de eso no tengo ninguna duda, que cuando soy feliz, consigo ser más feliz que nadie. Así que siempre adelante, siempre a ciegas, que como me ha dicho un poeta, es como mejor se ve.. aunque a veces ni siquiera yo pueda entenderme. Hay cosas que no se hicieron para ser entendidas. Prefiero mi caos al orden de otros.

Cuando se acaben las balas

23-marzo-2010 · Imprimir este artículo

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-Es importante cuidar la munición. Ahora no queda nada. Pero cuando la tengas, no puedes derrocharla. Cuando estás en medio de una emboscada te das cuenta de que cada vez hay menos tiempo y menos munición. Y más peligro, más cansancio, más muertos. No se trata de matar. Se trata de cómo hacerles sufrir más. Nunca te conformes sólo con matar. Si tienes tiempo, piensa qué puede ser más doloroso. Y no lo dudes. Lo mejor que puedes hacer es empezar desde abajo hacia arriba. Primero un pie, luego una rodilla. Así hasta la cabeza. Se retuercen y echan espuma por la boca. Te suplican y rezan. Tardan varias horas en irse del todo. El cabo nos felicita cuando hacemos bien las cosas. Tienes que estar preparada en todo momento y seguir las órdenes. A los rebeldes muertos los pateamos y escupimos, les robamos la droga, las municiones y las provisiones. Me da risa verles muertos. Intenta llevarte todo lo que puedas. Hay que conseguir cada vez más cosas, porque cada vez hay menos. Si hay algo que no te puedas llevar tú, quémalo. Así no se lo lleva nadie más. Hay que destruirlo todo. Todo es para nosotros o para nadie. Y no puedes abandonar, podrían enfadarse contigo.

¿Por qué crees que somos más fuertes? ¿Por qué crees que merecemos ganar? ¿Por qué estamos dispuestos a todo? ¿Por qué siempre queremos más? ¿Por qué estamos cada vez más cerca? ¿Por qué no podemos conformarnos ahora?

Porque lo hacemos por el bien, no somos como ellos, lo hacemos por el bien.

- ¿Pero qué pasará cuando acabe todo?

- ¿Qué quieres decir? Cuando todo acabe, cierras la boca. No has hecho nada, tú no has hecho nada. Eres demasiado joven para hacer nada. Ni siquiera tienes “la edad” para hacer nada. Eres demasiado joven.

- El mundo se acaba. Venimos al mundo y el mundo se acaba.

- Mira, a éste ya se lo están comiendo las moscas. Cada vez hay más moscas. Nada se acaba.

- No sé hablar inglés ¿y tú?

- ¿Crees que sin alas podrían seguir comiéndose sus ojos?

- Sin inglés no puedes ir a Europa, te meten en la cárcel. En Europa no puedes hacer lo que quieras, tienes que saber inglés. Cuando todo acabe, habrá que saber inglés para empezar de nuevo. Ni siquiera sé leer un libro. No sé de qué hablan los libros ni de qué hablan los hombres. No sé hablar con los hombres mayores. No sé casarme. No sé si tengo la sangre enferma. Si tienes la sangre enferma no puedes casarte.

-¿Para qué quieres saber inglés? ¿Crees que se va a arreglar algo? No hace falta saber nada… Nos van a seguir haciendo daño aunque sepamos todo el inglés del mundo. Nosotras no tenemos nada que hacer en Europa. En Europa no les gusta cómo olemos.

En Europa se apartan de nosotros. En Europa no nos miran a los ojos. Creen que vamos a robarles en cuanto se descuiden. Creen que comemos carne humana. Creen que somos asesinos, delincuentes, ladrones, maleantes, estafadores, indigentes y sobre todo, creen que somos vagos. Creen que no nos gusta trabajar y que por eso vamos a Europa, para trabajar menos y ganar más, para mendigar, para quitarles lo suyo. Lo único que sé es que si los europeos vienen a preguntarme no voy a contarles la verdad. Porque ellos no quieren saber la verdad. No quieren saber qué es lo que pasa aquí en realidad, no quieren comprender. No hay nada que comprender. Sólo quieren una historia más para conmoverse y olvidar. Y no voy a ser yo la que alimente su compasión. Sé lo que quieren oír, sé la historia que quieren llevarse a Europa. No quieren la verdad.

Nunca permitas que se acerquen los europeos. Quieren sacarte del ejército y educarte. Quieren enseñarte a olvidar, quieren que dejes de tener sed. Como si fuese tan fácil. No dejaré que eso ocurra. Te cuidaré mejor que todos los europeos del mundo. Están obsesionados por quitarnos las armas. Nos quitan las armas, nos quitan las armas. Qué podemos hacer sin armas. Qué tienen de malo las armas. Qué hacemos sin armas si vienen los rebeldes, si nos cruzamos con uno de ellos. Quieren que hagamos como si no hubiese pasado nada. Eso es lo que quieren los europeos, que hagamos como si no hubiese pasado nada. Y tú quieres saber inglés… Cuando todo acabe, nadie querrá saber nada de nada. Nadie va a empezar a desenterrar a los muertos. Nadie sabrá la cifra exacta de muertos. Alguien se inventará una cifra, una cifra cualquiera. Dirán que matar no es un delito tan grave. Si matar fuese un delito grave todos los hombres de este país serían encarcelados. No pueden hacer eso, no pueden encarcelar a todos los hombres. ¿Quién violaría a las mujeres entonces? No pueden encarcelar a todos los hombres. Por eso dirán que matar no es un delito tan grave. Nosotros sabemos quién ha matado a quién, y con eso basta. Tenemos que aprender a apretar los dientes, mordernos la lengua. Aquí no hay nadie a quien se pueda culpar. No es tan fácil como en Europa. Aquí es distinto. ¿Sabes tú cómo se llama nuestro presidente? No lo sabes, porque no tenemos presidente. Ha habido muchos, cada día hay un nuevo presidente, alguien que toma el poder y alguien que se lo roba. No sabemos el nombre de nuestro presidente.

- Y si hubiese un presidente…

- Nadie va a devolverte a tu madre.

- Vámonos de aquí.

- Nadie va a devolverte a tu madre.

- Por favor, vámonos. Me ahogo.

- Son ellos. Se les ha escapado el alma. Por eso huelen así.

- Vamos a enterrarlos.

- No.

- Pero me ahogo…

- Aquí estamos más seguras. Aguanta. Así podrás odiar a los rebeldes todavía más. Este olor es necesario. El mundo entero debería conocer este olor. Sólo los débiles entierran a los muertos.

Silencio

Quietud. Calma relativa. No se escucha nada. La ciudad duerme a mis pies como un gato, ronroneando, emitiendo pequeños quejidos e ininteligibles lamentos. Quizá sólo esté soñando inmersa en una pesadilla. A veces pueden parecer tan reales… Esto es Madrid, pero podría ser cualquier otro lugar. A millones de kilómetro, eso no importa. Nada parece vivo, todos dormitan el sueño de los no muertos. Es en estos momentos cuando entro en contacto con mi alma y sus profundidades. Cuando nadie nos escucha. Para que nadie se asuste. Silencio. No,está bien así, no lo rasgues con tus palabras. Si acaso lo rompes,que sea para darle color. Si no, calla, haz como yo, es fácil, sólo tienes que mantener los pensamientos tras la barrera de las palabras. Que no la sobrepasen. Quizá algún día lleguen a aletargarse y dejen de armar tanto jaleo…. Reconozco que adoro el silencio, que me forjé a base de sílabas mudas y he aprendido a interpretarlos mucho mejor que las largas charlas. Las palabras pueden engañar, traicionar, herir. Algunas duelen, con un dolor sordo que se queda dando vueltas dentro del estómago. Los silencios siempre son sinceros, no llevan ningún adorno. Silencios desnudos. Esta es mi ciudad, esta es mi casa, esta soy yo. No tengo nada que decir, a veces sólo nos queda el silencio cuando ya todo es sabido. Es una forma de sinceridad. Hoy tengo que sellar mis labios. Y en esta noche de insomnio, sólo la Luna sabe por qué. Ella ha aprendido ha leer todo en mis ojos. Sobran las palabras…duerme, mundo, duerme, ciudad, duerme, cielo. Yo sólo deseo contemplarte. No te preocupes, no haré ningún ruido.

Vía La Maga Lunera

La condena del bufón

6-febrero-2010 · Imprimir este artículo

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De cómo el bufón fue acusado ante el tribunal y del discurso que hizo para defenderse a sí mismo.

Aunque no pueda alegar nada a mi favor, al menos déjenme que lo haga en su contra – dijo el bufón dirigiéndose al rey-.

Su Majestad extiende el manto de su reinado, cubriendo con decoro la estulticia. Mas esa corte de falsos aduladores, nobles intrigantes y obscenos paladines de la ignorancia ¿en qué aprovecha a vuestra inteligencia?. Nada mejor que mis desatinos para esclarecer verdades y desnudar intrigas palaciegas.

Bufón soy y, por lo tanto, carezco del privilegio de verme aliviado de mi cabeza, elegante prerrogativa de la que sí disfrutan nobles y clérigos y por cuya razón, cuchicheos y silencios han venido a instalarse en el esplendor de sus pasillos y salones.

Mas como yo tan sólo puedo ser molido a palos o, a lo sumo, descuartizado en infinitas partes de mí mismo, sírvase su majestad de esta lengua siempre propietaria, capaz de aconsejaros sabiamente y sin disimulo, como la de aquel Will Sommers, bufón de Enrique VIII o la de Nasr-ed-Din Hodja, turco del siglo XIII. De éste se cuenta que un día, mirándose su rey en un espejo y apesadumbrado por lo viejo y decrépito que se veía, rompió a llorar incontenible, y toda la corte, como un reflejo suyo, se puso a llorar con él, dejando de hacerlo cuando el rey hubo terminado. Excepto Nasr-ed-Din, a quien el rey preguntó irritado por qué seguía llorando: “señor –dijo – os mirasteis en un espejo un instante y os pusisteis a llorar. Yo tengo que miraros todo el tiempo”.

A decir verdad –continuó el bufón- en mucho os aprovecha mi existencia. Si la fealdad y desproporción de mis miembros os encumbran, por contraste, en paradigma de hermosura, no menos ventajosas son para vos mis ridículas acciones y grotescas piruetas. Tupido velo extienden que lleva a segundo plano vuestra incompetencia en los asuntos del Estado. Contrapunto soy de su Necedad Real y de la caricatura de su gobierno me erijo en único actor y perjudicado.

¡Habráse visto qué descaro! – cacareó el filósofo-, debería su majestad cortarle la lengua a este enano desvergonzado –gritaba furibundo mientras el bufón se burlaba de él con gestos solemnes y groseras muecas que levantaron la risa de todos los asistentes.

Respecto a vos, ilustrísimo bienpensante –espetó el bufón- no dudo que por sus muchas lecturas conocerá que la libertad consiste en la observación juguetona de las cosas. No os sulfuréis conmigo, pues en muchas cosas coincidimos nosotros, los bufones, y los filósofos. Ambos jugamos con ideas y conceptos pues, qué otra cosa es un chiste sino un juicio juguetón. Mas, vuestras peroratas doctas y de altos vuelos carecen de todo humor y son huérfanas del don de la brevedad, que como dijo Shakesperare, es el alma del ingenio. Nuestros chistes, sin embargo, dicen lo que han de decir, no siempre en pocas palabras, pero sí en menos de las necesarias.

¡Insolente paticorto! –Chilló el filósofo cada vez más enfadado.

Y contrahecho, como vos – contestó el gracioso -. Asiduamente competimos en fealdad, pues no he visto humanos más desprovistos de gracia y hermosura que aquellos que dicen llamarse a sí mismos “amantes de la sabiduría”, título que profesan sin denuedo aquellos craneogordos incapaces de deleitar o seducir a otra mujer que a una tal llamada “Sofía”, vieja prostituta al servicio del mejor pagador. En el arte del gorroneo y del ingenio filósofos y bufones poseemos las mismas destrezas. Ya desde la antigua Grecia rivalizábamos con nuestros ingeniosos comentarios para asegurarnos libre entrada en los banquetes de los nobles y, a la par que llenábamos de perspicaces ideas las molleras de nuestros comensales, iban redondeándose nuestras panzas con exquisitas comidas y mejores vinos.

Su Graciosa Majestad debería impedir este alboroto – conminó el filósofo.

Más que graciosa, su majestad es hilarante –continuó el bufón-. Además, no sé por qué os escandalizáis tan fácilmente, eminente filo-soso. De todos es conocido que, si vuestras investigaciones desfloran todo sentido, nosotros os mostramos, riendo, su desatino. Nace la broma cuando otorgamos a la palabras un significado que, sin embargo, es imposible concederle. Vuestras teorías son tanto más descabelladas cuanto más os proponéis defenderlas, como esa de un tal Leibniz, que decía que vivimos en el mejor de los mundos posibles, cuestión que debía haber mantenido en un estricto plano personal, pues sólo él vivía con los posibles mejores del mundo.

¡Este bufón es un revolucionario! –se escandalizó el clérigo- deberíamos empalarle inmediatamente o quemarle en la hoguera como se merece.

Esta caritativa oferta es muy digna de vuestra fe, señor clérigo. Ya Voltaire muy cándidamente advirtió que vuestra religión, que en el más allá promete beatitudes, en el más acá instaura infiernos. No otra finalidad concedió Dios a este mundo, que la de hacernos de rabiar.

¡Loco blasfemo! –exclamó el clérigo mientras se hacía de cruces por todo el cuerpo-. ¡Que Dios perdone tu atrevimiento!

Perdóneme Dios si le place, que yo a Él no se lo concedo. Loco soy, como aquel teólogo hermano suyo llamado Erasmo, cuya elocuencia queda manifiesta en su mordaz Elogio de la locura, donde no queda títere con cabeza: ni reyes ni papas, ni campesinos ni nobles, ni mujeres ni monjes se sustraen al dominio de la locura, la stultitia, la estupidez. Amigo de Erasmo y ancestro mío fue Tomás Moro, insigne político cuyo apellido proviene de la palabra moria, latinajo de locura. Tuvo éste entre sus enseres y otros familiares de la casa a un bufón para que los amenizara con sus sutilezas, pues como dijo Erasmo, presentad un filósofo en medio de una fiesta; hacedle bailar y desplegará las gracias de un camello. Sin embargo, Tomás Moro no tuvo la valentía ni la entereza de proponer que fuera el bufón el gobernante de su utópica república. Plagiando a Platón, determinó que los filósofos gobernaran (“aunque lo hicieran con la misma habilidad con la que un asno pulsa la lira”) o, idea aún más extravagante, que los políticos filosofaran.

El juez se levantó indignado, llamando al orden a todos los presentes que se desternillaban de la risa -, ¡Basta ya! Dictemos sentencia y acabemos de una vez!

¿Y el veredicto?- insinuó el bufón-.

¡La sentencia primero, el veredicto después!, determinó el juez Carroll, ilustre descendiente de la Reina de Corazones.

Y sin dejar pronunciarse al jurado, el juez ordenó:

¡Que le peguen siete veces en los órganos genitales con ramas de árboles, se le queme en la hoguera y sean sus restos arrojados al mar!-.

No me intimidan vuestras zarandajas de togas y sotanas. No le tengo miedo a la muerte, lo que pasa es que no quiero estar allí cuando suceda,-dijo el bufón, al que le hicieron tanta gracia sus propias palabras que, allí mismo y sin ningún decoro, cayó muerto de la risa-.

Por MMM (Marquesa Macarra de Montemayor)

Bibliografía

* Elogio de la locura, de Erasmo de Rotterdam
* Utopía, de Tomás Moro
* República, de Platón
* Diccionario de símbolos, de J. Eduardo Cirlot
* Alicia en el Pías de las Maravillas y A través del espejo, de Lewis Carroll
* Hamlet, de Shakespeare
* El chiste y su relación con lo inconsciente, de Sigmund Freud.

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