Morir de amor

“El hombre es un ser para la muerte”

Heidegger

Polvo Enamorado

Escribir, hablar, pensar de aMoR y MueRte es hacerlo de la misma vida. Un espacio-tiempo que empleáramos en ello no agotaría el venero de su semántica. Principio y fin, Génesis y Apocalipsis, Alfa y Omega, Eros y Tánatos… difícil es encontrar una estructura dual que no esté contaminada de las dos palabras. Su poder evocador es tan amplio que no sólo está enlazado molecularmente con cualquier representación cultural o instintiva, sino que, al margen del nivel intelectual del receptor, resulta inteligible en su esencia: estamos ante un arquetipo. Diría más: estamos ante “El Arquetipo”.

Mueren de Amor los personajes del kabuki y del teatro isabelino, las polvos de Quevedo y los ramos de Góngora, “la Niña de Guatemala” y la de Puertaoscura, Calixto y Margarita Gautier, Kierdkegard y Miguel Bosé cantando a Perales; no hay literatura, mejor: no hay arte sin sexo y violencia. Tampoco hay vida. Se muere de amor aquí y ahora, en el anónimo día a día de una pareja de adolescentes precipitada por el viaducto. El feroz VIH, ese kármico virus del fin de siglo, es otra inagotable muestra.

¿Se puede morir de amor?

Dada la exuberante y compleja panoplia del comportamiento humano, tan renuente a la estadística, algún caso habrá en el que la autosugestión “vudú” mate la voluntad de vivir (sea Amor el homicida o su parásito, la impotencia), más en las anecdotas visitadas se suele morir de otra cosa: “La Muerte en Venecia” se llama peste, no Tadzio; Margarita en París sucumbe ante el bacilo de Koch y en Verona, sólo un azar de venenos y puñales dará dimensión trágica a la pasión adolescente.

“¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?”

Pues, a volapié, me salen de los dedos tres referentes: el mito griego de Narciso, su explicacion freudiana y el siempre citable Nietzsche.

Todo en la naturaleza entiende que amor y muerte son una y la misma cosa, muere el magma para que nazca el granito, púdrase el roble para que amanezca el hongo, la inmolación del abuelo nutre las carnes del nieto. Es la rebeldía prometeica la que viene a deshacer esta unidad. El atroz castigo de Prometeo no pena al ladrón, sino al demócrata. Con la llama olímpica, Prometeo nos entrega la esencia misma de nuestro ser contra-natura, la inteligencia creadora que nos hace conscientes de nuestra unicidad. El hombre quiere ser dios, romper el sagrado ciclo y perpetuarse como individuo.

“¡Pues yo te amo, ¡Oh, eternidad!!”

De este envenenado regalo vive todavía el hombre: de un lado el hambre terrible de eternidad de otro un insoslayable sentimiento de culpa. ¡Qué mejor manera de expiar la culpa que Morir de Amor! Al cabo, el amor es por definición la enajenación perfecta; cualquier acto que dirigido hacia uno mismo sería tachado de execrable egoísmo, trasladado a otro objeto erótico, individuo o comunidad, es abnegación, altruismo, caridad o acto solidario. Y qué acto más totalizador, mayestático y supremo que el de la muerte. Bajo esta mirada ¡qué gratificante resulta ahora entregar la vida desinteresadamente!, morir de amor es congraciarse con la Diosa Blanca, volver al equilibrio del cosmos y formar parte de él en la eterna eternidad.

Narciso

Pero, cuando tenemos al hombre situado en esta balsa de equilibrio cósmico, congraciado al fin con la triple diosa y su matriarcal naturaleza, tiene que venir un tipo feo, cocainómano y judío a joderlo todo. Sigamos muriendo de amor a través de nuestros trasuntos literarios, pues según Freud no existe amor -ni su reflejo, el odio- fuera del que el individuo se profesa a uno mismo, aunque filosofias, religiones y nuestro propio pudor intenten enmascararlo, cubriéndolo de afeites y perfumes. “Narciso vivirá hasta ser muy viejo con tal que no se conozca a sí mismo”.

Test (SÍ / NO)

- Te llena más Camela que los Chichos

- Prefieres “Al salir de clase” que ” Xena la princesa Guerrera”

- No crees en el amor sin sexo

- Piensas que el sexo no es amor

- Ves habitualmente algún culebrón

- Te sientes más pró[email protected] a Gala que a Shakespeare

- Te aburrió “Muerte en Venecia”

- Lloraste con “Anastasia”

- Siempre utilizas preservativo

- Te gusta hacer el amor en silencio

Menos de 4 respuestas negativas: El romanticismo y tú sois incompatibles. Busca inmediatamente y cásate antes de terminar la carrera. No vales para otra cosa.

Entre 4 y 8 respuestas negativas: No todo está perdido. Si te aplicas practicando a Bécquer y leyendo el kama- Sutra, puedes convertirte en un buen romántico antes de que termine el curso.

Más de 8 respuestas negativas: Enhorabuena, quedas admitido en el club de los románticos de pro.

El don de la ebriedad

2-diciembre-2009 · Imprimir este artículo

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Por Carlos Aguirre

Es público y notorio que a ninguno de nuestros contemporáneos se le ocurriría entender la alteración de la conciencia como algo más que un divertimento para el consumo. A lo sumo algunos intelectuales un poco locos y ya en los márgenes de lo socialmente correcto se han ocupado de este tema. Pienso en un Nietzsche, un Benjamin, un Jünger, un Huxley, un Evola… Lo cierto es que el signo de los tiempos nos muestra la ebriedad con resonancias degradadas y degradantes. Capas enteras de la población se encuentran enganchados a ansiolíticos o antidepresivos. Otras sustancias, peor tratadas por el poder farmacrático, son entregadas al mercado negro e introducidas en la espiral de la marginalidad a mayor gloria del capital financiero. Tanto en un caso como otro se persigue lo mismo. Alterar la conciencia para así escapar por unas pocas horas a las miserias de una rutina psíquica en exceso interferida por las codificantes y masificadoras sociedades modernas. Por lo que se refiere a las propias sustancias, en su inconsciencia, se ven arrojadas a una u otra categoría de maneras bastante arbitraria.

Así las cosas, la pauta de consumo que determina la legalidad o ilegalidad de la sustancia construye la relación con la misma y, por tanto, la peligrosidad de la droga, y es que las sustancias no son tan inconscientes como parece. El resultado es un consolidado escenario donde las divergencias acerca de los psicoactivos y su prohibición no son más que parte del decorado. No me cabe duda alguna de que nuestro cruzado-paladín Gonzalo Robles y Lou Reed cantando a la heroína son dos caras de la misma moneda, marionetas del mismo escenario, muy necesitadas la una de la otra. Solo un irracional consumo compulsivo, socialmente problemático, legitima una política de prohibición tan irracional como la que hoy se practica. Solo la prohibición construye ese delirio de consumo donde cualquier efecto, sin distingo alguno, es siempre el deseado.

Vista así, la relación de nuestros contemporáneos con la ebriedad, es de las más desoladoras de toda la historia. No es de extrañar, ya que los inmensos y titánicos despliegues de poder de nuestro tiempo exigen un hombre pequeño, frágil y moldeable como engranaje de la inmensa maquinaria de la que todos formamos parte. Existe mucha propaganda contraria a la ebriedad, y una gran incriminación pública de los embriagantes, pero la realidad es que nunca se había dado en toda la historia un consumo tan extendido y masivo de alteradores de la conciencia. La hipocresía y la idiocia son extremas, la ignorancia acerca de la ebriedad también. Antes ya apunté el enganche masivo y creciente a ansiolíticos y antidepresivos. Por otro lado el pararritual pseudorrebelde que constituye la ingesta compulsiva de sustancias, sin discriminación ni arte alguno, y la reducción de la ebriedad a un objeto de consumo más, sólo deja el saldo de que con la ebriedad no se puede jugar. Esta siempre pasa su factura. Sus viejas cuentas pueden llegar lejos y hondo.

ORIGEN Y CATARSIS

Toda alteración de la conciencia implica un verse de otra manera, un emerger de nuestros déficits, apegos y dependencias. Toda ebriedad puede ser fuente de la mayor de las delicias, pero al tiempo puede ser no más que puro escapismo y asidero, exclusiva huida hacia adelante. Son muchas las culturas que han elaborado complejos saberes y desarrollado detalladas técnicas acerca de la ebriedad. Todas ellas eran conscientes de aquello que la ebriedad conjuraba, espacios donde uno no puede sino perderse, como quien se pierde en el mar y lo infinito, para constatar la propia mortalidad y limitud… o, acaso, la propia destrucción. Asuntos estos muy delicados por apuntar a esos puentes que, rebasando la propia individualidad, devenida puro artificio, indican lo sagrado y eterno, es decir, aquello que no es mortal ni perecedero. Dicha ebriedad tradicionalmente encontraba diferentes catalizadores, el uso de sustancias u otras técnicas de éxtasis como la repetición de mantras, los ritmos de respiración, la danza o la música. Todos estos procedimientos tenían como objetivo la ruptura de la rutina psíquica y sus resortes sempiternos. Las culturas no modernas conocían bien la inmensa fuente de sabiduría, poder y placer que esta salida consciente de uno mismo depara. De hecho, la etimología de éxtasis alude a la salida o viaje fuera de uno mismo. Estos viáticos constituían experiencias donde el propio distanciamiento con nuestros hábitos psíquicos corrientes otorgaba llaves y revelaba como constructo lo que era tal, limpiando así el ojo de nuestra consciencia que dejaba atrás los lastres que arrastra nuestra particular representación del mundo. Elevar el tono general de nuestra experiencia de la vida y sanear nuestra propia naturaleza, limpiándola de polvo y paja, eran la recompensa al que transgredía los miedos de la propia muerte y limitud. A este respecto es curioso cómo las tradiciones chamánicas, la alquimia y la medicina tradicional otorgan una signicación sanadora a la ebriedad. Vistas así las cosas, la ebriedad para los pueblos antiguos era un auténtico don, una de las bellas artes, que diría Antonio Escohotado, a cultivar no como objeto de consumo sino como auténtico viático para la alquimia y el conocimiento de uno mismo. La catarsis del espíritu era la recompensa, catarsis que resultaba de la aceptación del límite mortal que el hombre representa, del carácter evanescente de su individualidad más inmediata. Catarsis que encontraba su comienzo en la foto fija que de uno mismo ofrecía la ebriedad, para desde ahí amparar la intensificación de la propia naturaleza y la orientación de la misma de acuerdo a su arquetipo, naturaleza y eternidad. Todo esto tenía sus peligros, ya que ese viático necesariamente abisma, a aquel que lo emprende, al socavón de sus propias contradicciones y miedos. Al desvelamiento de los condicionamientos inconscientes de la conducta. Socavón que como constructo encuentra su aparente consistencia en la inconsistencia de nuestra propia individualidad, juego de hechicería negra, en palabras de Carlos Castaneda, por el cual nosotros mismos generamos el mundo que nos determina y maneja.

EBRIEDAD Y DESTRUCCIÓN

Toda ebriedad destruye. Aún en el mejor sentido. Si no, que se lo digan a quien se adentra en sus laberintos sin tomar las necesarias precauciones ni realizar ablución alguna. Un yonqui, un alcohólico, alguien atrapado por el barroquismo de su propio subconsciente en un trance visionario… Toda destrucción de lo que siempre fue efímero, construido y falso, puede ser el comienzo de un descubrir lo que siempre estuvo debajo de tanta paja y hojarasca psíquica. Nuestra cultura es completamente ignorante por lo que a la ebriedad se refiere. Por ello se generan esas dependencias y estragos que no hacen sino manifestar desajustes de la propia conciencia moderna. Si algo no permite nuestro precario modo de vida es la relativización del mismo, proclamar su carácter fugaz o incluso falaz, destapar que no somos lo que creemos ser, revelar que el flujo de nuestras aspiraciones, pensamientos, sugestiones, deseos y fobias no son más que hábitos sociales y constructos educacionales. De esas cosas, hoy en día, nadie quiere saber, y es eso precisamente lo que hace imposible el desarrollo de una cultura refinada acerca de la ebriedad. Quisiera ilustrar esta apretada exposición con una cita de Martin Heidegger que muestra a la perfección la desafiante cifra de ese don que en la ebriedad reside: “La época sigue indigente no solamente porque Dios haya muerto, sino porque los mortales apenas conocen lo que tienen de mortal”. Siempre Heidegger, tan griego. Nuestros padres los griegos, maestros de la Tragedia, sabían que ésta siempre brinda una ocasión para la elevación. Aristóteles de manera muy explícita habla de esa catarsis de los sentimientos que procura la hermeneútica de lo trágico. Por todo ello, como dice Antonio Escohotado, “La ebriedad siempre será gratitud”.

SOBRE LO LÚDICO

La ebriedad integra, quizá como ningún otro escenario, momentos y usos estrictamente lúdicos. Desde luego, no deja de ser una luminosa directriz para el viaje. Es muy evidente que delicias de la misma son el placer, físico, estético o mental, y las sintonías personales que enmarca. No habiendo nada más sagrado que la alegría y la plenitud del espíritu, lo lúdico se inserta como el necesario complemento de la catarsis que la ebriedad supone. Toda limpieza del propio dial lo primero que produce es una suerte de reconciliación con la vida y por ello la celebración de la misma. La ebriedad, limpia de polvo y paja, es acaso la fiesta y celebración por excelencia donde la propia libertad se goza y se agasaja. La ebriedad, en la alegría que ésta muestra, no entiende de nada que la ignore, ni de apropiamientos psíquicos de la misma, ni de pesanteces que interfieran su devenir inocente. Es sin por qué, como la rosa del poema de Silesius. La entrega sincera a la misma abre escenarios donde la comunicaci¢n humana encuentra sintonías, siempre más allá de uno mismo. Son hermosos los momentos para la ebriedad en buena compañía, tiempo para la confianza, el festejo y la broma, donde la existencia y los seres que la pertenecen parecieran elevarse, quedando rotos los limes de la propia individualidad. Muy ajenas son a todo esto esas borracheras donde el genio de la sustancia ofrece al que no es capaz de dar la talla un habitar la ebriedad encerrado en sí mismo, cosificando la realidad, para convertirla, toda ella, en una innoble construcción, paranoica y proyectiva. Ese es el castigo de los dioses a los que no son capaces de compartir la alegría, de recibir lo lúdico, de contemplar el juego de la inocencia. Larga vida a Dionisos, el niño que juega y se mira en el espejo, Dios de la ebriedad.

BIBILIOGRAFIA:

* EL DIONISIO MODERNO Y LA FARMACIA UTOPICA; Enrique Ocaña.
* HASCHISCH; Walter Benjamin.
* LAS PUERTAS DE LA PERCEPCION & CIELO E INFIERNO; Aldous Huxley.
* MUNDO INTERIOR, MUNDO EXTERIOR; Albert Hofmann.
* LAS PLANTAS DE LOS DIOSES; Albert Hofmann, Richard Evans Schultes.
* LSD; Albert Hofmann.
* CAMINO A ELEUSIS; Albert Hofmann, Gordon Wasson.
* HISTORIA GENERAL DE LAS DROGAS. Antonio Escohotado.
* ALUCINOGENOS Y CULTURA; Peter T. Furst.
* ENSEÑANZAS DE DON JUAN; Carlos Castaneda.
* VISITA A GODENHOLM; Ernst Jünger.
* ACERCAMIENTOS; Ernst Jünger.
* NACIMIENTO DE LA TRAGEDIA; Fiedrich Nietzsche.

Existen muchas formas de ocio: se puede leer un libro, salir a correr, jugar a baloncesto o incluso relajarse en casa. Lo bueno de internet es que ha traído la oportunidad de jugar en un casino desde casa. Lo mejor es que se puede jugar con bonos gratis, aprovéchese de ellos.

¿Basura psíquica?

Me atrevo a decir que el noventa por ciento del arte actual es basura psíquica.

No hay más que darse una vuelta por Arco, si el cuerpo lo aguanta, para aclararse al respecto. La experiencia resulta, en cierta manera, más frustrante que un paseo por Ikea o por la planta de oportunidades de El Corte Inglés. De Arco se espera mucho más.

Es muy difícil encontrar algo original, sugestivo o siquiera agradable en dicha feria, otrora estandarte del mercado de arte contemporáneo y hoy – salvo en contados casos- gran almacén de novedades y patetismos creativos. Arco es el espejo de un mundo repetitivo, absurdo y falaz.

El descubrimiento renacentista de la persona como medida de todas las cosas ha dado paso al del individuo como creador absoluto. A lo largo de la modernidad, y traspasando las vanguardias, el individuo se ha convertido en el centro de toda creación. Pero el individuo, por si mismo, es esencialmente una máscara y una psicología. Por eso el culto a las pequeñas personalidades geniales y egoicas resulta tan risible. Genios, lo que se dice Genios, hay muy pocos. Si existen los creadores es porque hay hombres que captan, conectan, sintonizan o reflejan la belleza, la pasión, la originalidad. Están en una frecuencia que comunica a los demás algo que se hace presente, con algo que los trasciende. Su originalidad está muy vinculada al amor por lo que hacen. Hay genios de la música, pero también de los aviones o de la etnobotánica.

No importa el qué se haga, sino el cómo lo hacemos.

El paisano Ortega mirando vanguardias como un dominguero acomplejado resulta penoso. Ha llegado un tiempo donde casi todo lo que se crea es feo porque es un detritus del creador al servicio de un mercado especulativo.

El adagio jodorowskiano de que el arte debe aspirar a curar, muchas veces significa justamente lo contrario: el arte cura al artista, pero enferma al espectador que lo padece.

El complejo de inferioridad del arte y la espiritualidad frente a la ciencia es el padre de las vanguardias, madre de todas las posibilidades del artista absoluto y atómico sin más referente que su nigredo interior. El sobrehumanismo pretende que la originalidad es un valor psíquico individual, cuando lo que tiene el hombre son antenas.

Es cierto que durante toda la historia se ha producido basura artística a raudales, lo que sucede es que sólo lo mejor sobrevive al paso del tiempo.

Hay muchas personas que al acudir a Arco y fijarse en algo bueno, descubren al aproximarse a la obra que se trata de un “clásico” como Picasso o Modigliani. El tiempo lo cura todo. No quedará casi nada de Arco, aunque aumenten sus ventas en medio de la debacle.

El Método, sólo para iniciandos

19-diciembre-2008 · Imprimir este artículo

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sexcode1

El Método es la pastilla roja que te revela las claves del juego. Sabes por qué unos fracasan y otros no. De repente puedes decodificar el Matrix. En pocos meses se consiguen más resultados que con años jugando a ciegas. Pero hay que tener cuidado, es información muy caliente. Puede llegar a quemarte.

PARTE DE SARGEO. Barrio La Latina, Madrid, 12:30 de la noche
(léase antes y después del glosario)
Localizo a mi objetivo, TB8 como mínimo. Está en un set 4, mixto y con un MAG. Me acerco y rompo el set con un abridor enlatado, me concentro en el MAG y le mageo en unos diez minutos. Me falco y entretengo al set entero, pero sin dedicar ni una mirada a mi objetivo que ya empieza a reclamarme atención. Lejos de dársela le lanzo un par de negas muy medidos. Gracias al método indirecto (centrarme en el MAG y en los distractores en lugar de en el objetivo) he conseguido burlar su radar y sus denfensas. Me doy cuenta de que la cosa marcha cuando empiezan sus intentos de validación. Apenas ha hecho falta generar valor enlatado y ya he conseguido invertir el marco. Cuando ya estoy usando mis rutinas más fuertes aparece mi ala y se encarga de los distractores. Claramente hay una blocapollas (me parece que yo le gusto) así que se la señalo para que se la trabaje con especial cuidado. Calibro la situación: a pesar de haber recibido varios IDI’s, me parece que aún no está madura para cambiar de fase, así que pivoto con una TB7 que encuentro al lado. Observo que no muy lejos hay un natural, lo que me da la idea de dejar a mi objetivo con un pobre FRUSCO para evitar problemas (además, mi ala estará al loro). Al rato vuelvo con mi objetivo y utilizo un aislador estándar. Cuando ya estamos fuera doy inicio a mi campaña de romance y empiezo a soltar rutinas cargadas de 4CP y a aumentar la intensidad de mi kinoescalda. Unas cinco horas más tarde ya he cerrado. Me veo acariciando el cabello del objetivo, que yace en mi cama, plácidamente dormida a mi lado.

GLOSARIO

- Sargeo: práctica de El Método o Artes Venusianas o El Juego, es decir, práctica de la seducción o el ligue científico.

- Objetivo: Chica a la que se pretende sargear.

- Set: grupo de personas en el que se encuentra el objetivo. Se suele adjuntar el número de integrantes de un set. Así un set 3 simple, sería un set compuesto de tres chicas y sin ningún hombre.

- TB: o Tía Buena; hay varias formas de calificarlas, la más habitual es poner el tope en TB10, que sería aquella mujer por la que venderías a tu madre; y por abajo TB5 aquella con la que nos iríamos a la cama por los pelos. La simpatía también puede dar puntos.

- Marco: Contexto de la interacción. Es la arena real donde se juega la partida. El “subtexto”, lo que se mueve de fondo. El marco al que cualquier TB está habituada sería algo como: “yo soy el centro de atención y el premio por el que todos compiten”. En El Método lo primero que intentamos (con negas, desarmadores y rutinas de valor) es robarle su marco a la TB: será ella la que tendrá que luchar para conseguirnos.

- MAG: Macho Alfa de Grupo, es un hombre que tiene cualidades Alfa, que son la esencia del Juego: seguridad, sociabilidad, atractivo, etc. Normalmente el MAG es el que impone su “marco”. Su realidad siempre es más fuerte, si no, no sería el MAG. Digamos que los machos beta compiten por las hembras, mientras que las hembras compiten por el macho alfa. Esa es la regla del Juego.

-Abridores u openers: rutina para “romper” o abrir un set. A veces habrá que utilizar varias seguidas, a este se le llama “apilar abridores”. Se pueden hacer aproximaciones sin establecer una interacción directa con el set (por ejemplo pasar al lado y hacer distraídamente algo que llame la atención). A esto le llamamos “pre-openinig”

-Magear: conjunto de estrategias, técnicas y rutinas destinadas a desplazar a un MAG y ocupar su puesto, ganándonos de paso todos los puntos que él hubiera podido acumular por el camino. La mejor forma de magear es la insidiosa, cayendo bien al pobre MAG. Podemos imponer un nuevo marco que el MAG no sea capaz de rechazar, por ejemplo, evaluándole positivamente mientras, por otro lado, le asociamos a todo aquello que resulte directamente antierótico.

-Falcarse: ocupar el lugar preferente de un set, de tal manera que seamos el único centro de atención. Es preferible que a nuestra espalda no haya nada que pueda distraer (mejor una pared o la barra). Falcarse no sólo es útil con el set sobre el que se está trabajando, sino también con los que haya al lado que, inmediatamente, nos sentirán como el MAG de nuestro set. Puede llegar a ser un auténtico pre-opening.

-IDI’s: o Indicadores De Interés: cualquier cosa que haga nuestro objetivo para demostrar interés por nosotros: preguntarnos, tocarnos, acercarse… Hay IDI’s clásicos, por ejemplo, que ella apriete tu mano cuando se la ofreces. O que quiera indagar datos sobre ti. Lo mejor, por cierto es no ofrecer ninguno, para permitir que ella imagine lo que quiera. El objetivo normalmente ha salido a buscar una fantasía y, ¿qué derecho tienes tú para destruírsela hablándole de tu trabajo de bedel o auxiliar administrativo?

-Negas (y desarmadores): piropos envenenados destinados a reforzar nuestro marco. El desarmador es un tipo especial de nega diseñado para despojar de sus armas a la TB. Por supuesto, la principal es su belleza. Suelen tener además una bella estructura de “priva y dale” en el que primero se da una cucharadita de miel para, inmediatamente, retirar el bote. Son más efectivos si, además, tendemos un aro psicológico de validación, en el que ella intente validarse o cualificarse ante nosotros (lo que ya supone invertir el marco. Recuerda: ahora, tú eres el premio). Por ejemplo: “eres una chica muy guapa (cucharadita de miel), pero hoy en día la belleza es algo muy común (retirada del bote); qué tienes tú que te distinga de las demás (aro psicológico de validación)”.

- Distractores, obstáculos y blocapollas: otras personas que se encuentran en el set y que no son el objetivo. Un tipo especialmente molesto de distractor es el blocapollas (que puede ser masculino o femenino). El blocapollas es alguien que sin pretender nada real con el objetivo intentará por todos los medios que nosotros tampoco lo consigamos, el “perro del hortelano”, vaya.

- Ala o wingman: Otro iniciado en las Artes Venusianas que nos hace la cobertura. Su principal misión es entretener a los distractores para que podamos aislar al objetivo. También puede valer para aportar “prueba social”, es decir, para confirmar lo alfa que somos.

- Rutinas o material enlatado: material aprendido y prefabricado que tiene diferentes fines según la fase del sargeo en la que nos encontremos. Pueden servir para generar alto valor, romance, etc.

- Método indirecto y cambio de fase: El método indirecto o método VA-RO-SE se compone de tres fases o campañas de intensidad creciente: 1. VAlor, en la que se intenta generar la atracción; usualmente finaliza cuando el objetivo intenta validarse ante nosotros. 2. ROmance (esencialmente 4CP, ver abajo) y 3. SEducción propiamente dicha.

- FRUSCO: tipo FRUStrado COrriente que ni es un natural ni un artista venusiano.

- Natural: seductor efectivo que no necesita método. El método indirecto así como algunos otros han sido desarrollados a partir de la observación de los naturales. Es imprescindible conocer alguno para aprender, sobretodo en lo relativo a lenguaje no verbal y marcos de

- Radar y defensas: Conjunto de reacciones automáticas de las TBs para espantar FRUSCOS. Hay que burlarlas, escondiendo nuestras intenciones hasta que se haya completado la fase de atracción.

- Calibraje: Tomar el pulso de la situación, sobre todo para ver si está madura y cambiar de fase o aumentar la intensidad de la quinoescalada. Muchos IDI’S e intentos de validación indican buen pronóstico.

- Pivotaje: triangular con una tercera persona para dar celos a nuestro objetivo. Un pivote puede improvisarse ya que la mayoría de las chicas están dispuestas a entrar en el juego y divertirse. Una técnica clásica es decirlo directamente, lo que además supone un nega o “dale y priva” para el pivote: “hola, hay una chica que me gusta en este local (pausa dramática para que disfrute su “dale”)… Es aquella (señalando a otra) y quiero darle celos, ¿me ayudas?”.

- Aislador: rutina diseñada para aislar al objetivo y quedarnos a solas con él. Lo ideal es emplearlo entre la campaña de atracción y la de romance.

- 4CP: los “ingredientes” del romance: Confort, Conexión emocional, Confianza, Caballerosidad y Predestinación. Existen muchas rutinas enlatadas para generarlos. Sin haber trabajado a fondo estas áreas será casi imposible llegar a la fase final de seducción. Suelen necesitarse un mínimo de cinco horas.

- Quinoescalada: Conjunto de acciones destinadas a ir aumentando el contacto físico con el objetivo. Suele empezar por las manos, idealmente hasta el beso y más allá. Hay muchas rutinas ideadas para meter “quino” de forma indirecta.

- Cierre: el final de la campaña de sargeo, puede ser con teléfono, con e-mail, con beso o cierre propiamente dicho.

EEES: Espejo y Rostro de Europa

La construcción del soñado Espacio Europeo de Educación Superior es en última instancia imposible, porque imposible es la idea meramente ilustrada de Europa que sigue siendo la matriz de la que el EEES se alimenta.

Con el diseño del llamado Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) trata Europa de ofrecer salida a la aporética situación económico política actual. Pero justamente la educación superior no puede considerarse un campo especial, disociable de concepciones y programas relativos a la idea de Europa que portan sus diseñadores. Es necesario rastrear las raíces del presente remontándonos a la estructura histórica latente bajo la coyuntura actual para estimar el valor de las respuestas que hoy se ofrecen, es urgente hacerlo en el caso del EEES.

La incorporación al proceso histórico de las tecnologías derivadas de las ciencias modernas, contribuyó a un cataclismo cuyo alcance, todavía hoy, estamos tratando de medir. Se trata de un peculiar estado del mundo, la modernidad, cuya peculiaridad no radica en resultar de una crisis, lo que es común a toda novedad histórica, sino en haber instituido la crisis como norma. El EEES es el último índice de esta paradoja.

El efecto inmediato de la dialéctica que gobierna la relación entre ciencias y tecnologías ha consistido en una metamorfosis de la escala productiva de nuestras sociedades. Fue entonces necesaria la ocupación de las instituciones educativas por los contenidos científicos y tecnológicos que posibilitaron esa transformación de la producción. Hasta aquí todo se limitaría a la simple bendición de la abundancia y el aludido cataclismo a una “crisis de crecimiento” que dejaría inalterada la estructura de las sociedades afectadas. No es éste el caso.

Este proceso económico se realiza bajo las coordenadas de un nuevo orden filosófico a través del cual la Europa moderna promovió la apoteosis de una Razón, definida en términos de las ciencias físico-matemáticas y erigida en clave de bóveda de su arquitectura ideológica. Luminosa – acaso cegadora – razón que niega todo lugar a la fe en su concepción del hombre y del mundo. Razón que, frente a la tradición y el dogma, brilla en la conciencia individual de un sujeto apto para la verdad al margen de toda revelación. Así, aunque la cosmología moderna diseñe un mundo que es “una (horrorosa) esfera infinita, cuyo centro está en todas partes y el perímetro en ninguna”, se encuentra entre sus contenidos una conciencia racional que, en el ejercicio de la ciencia, conoce la verdad que permite el dominio del mundo. En virtud de esa potencia racional, cognoscitiva y hegemónica, el hombre ocupa un lugar singular en el mundo; pero no escapa al inexorable proceso de su naturalización. En efecto, esta conciencia, en cuanto “cualidad emergente”, figurará como término de la scala naturae a modo de ápice de la misma. La Europa moderna intentó constituirse en torno a esta idea de Razón, avatar de la ciencia natural en curso.

Pero semejante constitución es imposible, y su ruina patente desde el final de la Gran Guerra. Vemos tres signos fundamentales de su hundimiento: 1. el fracaso final del proyecto positivista de la ciencia unificada, 2. la crisis ecológica asociada a la nueva productividad y 3. el despliegue de una nueva forma de consumo que involucra el desmoronamiento último de toda forma de vida comunitaria. Son tres dimensiones conjugadas del desorden europeo contemporáneo. El programado EEES se nos presenta como un momento de ese desorden, manifiesto en estos signos de nuestro tiempo. Los glosamos en orden inverso:

3. La nueva escala productiva, resultado de la moderna codeterminación de las ciencias y las tecnologías, ha supuesto no sólo un incremento del consumo capaz de absorber la escalada productiva, sino también su transformación esencial. La producción envuelve al consumo y mediante una compleja técnica de producción del consumidor, arroja una forma inédita de subjetividad: desligada, enfática y emotiva. Se trata del sujeto del consumo contemporáneo: individual, lúdico-libidinal y de masas. El riesgo que supone la implantación de esta forma de subjetividad en los ciudadanos-consumidores tienen un eco cierto en el proyectado EEES.

En efecto, asumida la enorme extensión de la educación superior, que ha pasado en España de unos cien mil estudiantes universitarios en los años treinta al millón y medio actual, es preciso acomodar estas multitudes universitarias al mercado de trabajo. El problema aparece cuando este mercado fluctúa sin dirección, tratando de orientarse por un principio delirante que exige multiplicar la producción, diversificando los productos en una vana multiplicación de lo mismo, que satisfaga la subjetividad caprichosa y anhelante de los nuevos consumidores. El mercado de trabajo se hace así errático e indefinidamente fluctuante; y ha de ser en función de este proteico panorama laboral como se diseñe la estructura de una formación que habrá de resultar crecientemente indeterminada, infinitamente expectante de una maduración sin horizonte que ahora se espera en el postgrado. De aquí el énfasis, propio del más vacuo “pedagogismo”, en la formación de indefinidas habilidades, capacidades y procedimientos que den lugar a un nuevo hombre extremadamente versátil y flexible en armonía con el mercado de trabajo al que se dirige. La corrosión del carácter (R. Sennett) que genera esta “forma de formación” – sin materia – coadyuva a la figura del imprescindible consumidor a quien la mención misma de la voz “disciplina” (forma y materia de la educación) pondrá en estado de alerta nerviosa. Pero este hombre nuevo, de suyo inviable, sólo puede subsistir sobre los restos heredados de estructuras comunitarias. El hundimiento de estos elementos comunitarios de la civilización no conlleva únicamente inconvenientes materiales, suplidos por sucedáneos “servicios sociales”, sino sobre todo “la desintegración tanto del antiguo código de valores como de las costumbres y usos que regían el comportamiento humano, una pérdida sensible, reflejada en el auge de lo que se ha dado en llamar (…)“políticas de identidad”, por lo general de tipo étnico/nacional o religioso, y de movimientos nostálgicos extremistas que desean recuperar un pasado hipotético sin problemas de orden ni de seguridad. Estos movimientos eran llamadas de auxilio más que portadores de programas: llamamientos en pro de una “comunidad” a la que pertenecer en un mundo anómico; de una familia a la que pertenecer en un mundo de aislamiento social; de un refugio en la selva” (Hobsbawm.2004. p. 343)

2. Otra dimensión del colapso señala a los efectos destructivos del medio asociados a la nueva productividad. El general reconocimiento del desastre deriva, a mi parecer, de la perspectiva naturalista propia del ecologismo y de su pretensión científica, que armoniza inmediatamente con el enfoque moderno. La modernidad incurre en una plena naturalización del hombre, de suerte que halla un problema ecológico donde hay un problema histórico-político. En efecto, las condiciones biológicas del planeta están integradas y refundidas en el mundo – categoría ontológica – de suerte que su recuperación sólo puede lograrse tratando del mundo a su propia escala. Pero el mundo es sólo un producto de las sociedades históricas de cuya crisis deriva la descomposición y negación del mundo mismo, nuestro actual in-mundo. Es fácil que este lenguaje resulte extraño al lector, que puede tildarlo de metafísico. Indudablemente lo es, pero también es meramente moderno el desprecio de los contenidos metafísicos de una existencia humana que el proyecto de la modernidad quiere estrictamente naturalizada: mera-física frente a metafísica. También esta dimensión del desorden europeo tiene su eco en el EEES, bajo la forma de una privación de contenidos metafísicos y un fuerte acento en la autosuficiencia de los estudios científicos y tecnológicos. Los estudios de Humanidades – definidos por sus contenidos metafísicos: destino del hombre, universalidad cósmica o teológica… – sólo se asumen bajo la consideración de ornamentos culturales o reliquias arqueológicas, inutilidades gratuitas que pueden permitirse sociedades ricas. Ahora bien, esos contenidos metafísicos, al parecer demolidos por la crítica razón moderna, reclaman su pertinencia. No sólo porque es a su escala como ha de afrontarse la cuestión ecológica (el problema del mundo), sino también porque esa es la escala que exige el problema del hombre: baste señalar el aumento del número de suicidios que acompaña al Progreso y contra el que ni el “Programa de la Felicidad” del gobierno chino, ni la plétora de libros de autoayuda… parecen eficaces.

Finalmente, 1. signo metafísico del desmoronamiento de la modernidad meramente ilustrada es el incontestable derrumbamiento del programa positivista de la Ciencia Unificada. La clave metafísica sobre la que descansara el edificio ideológico de la Europa del progreso y la ilustración puede darse por perdida. Esta Ciencia Unificada bajo la forma de una Ciencia de las ciencias (Moral positiva, biología evolutiva, epistemología genética…) ha resultado inviable y con ella se obscurece el horizonte programático de la razón universal, única bóveda metapolítica que podría haber trascendido la fractura de hecho de la Europa moderna en una pluralidad polémica de unidades políticas. La Verdad cede su puesto a una república ingobernable de ciencias plurales e inconmensurables, contradictorias y enfrentadas cuyo sistema sólo logra un estatuto filosófico, que ha de admitir junto a teoremas demostrativos saberes infectos, junto a ciencias estrictas saberes opinables, junto a una razón fracturada, creciendo en sus brechas y sosteniendo el sistema del mundo, un basamento de creencias conformadas. La actual tarea, sobrepujando el lastre de este anacrónico EEES, consistirá en construir esta nueva filosofía si no antimoderna, al menos ya no meramente moderna. Otra tarea no cabe.

La historia, maestra de la hispánica ignorancia

La historia es maestra de los necios. Pero esto ya se ha dicho. Sin embargo, conviene repetirlo, porque las verdades, por el hecho justo de serlo, necesitan frecuentarse cada cierto tiempo para que no se conviertan en espuma devorada por el mar corruptor del tiempo.

Pues sí, la historia es maestra de los necios, y esto se cumple al milímetro en el tratamiento que en España se ha hecho de la historia a lo largo de los años –qué digo años, siglos… Pero no se preocupen, amigos míos, porque ahora los historiadores, esas almas de butaca caliente y dedos ágiles, nos van a sacar del atolladero… ¿Acaso el historiador influye en la opinión que tienen los ciudadanos sobre su propio tiempo pasado? En absoluto. Es más, ni siquiera los historiadores serios intervienen, con su saber crítico y objetivo, en la redacción de los libros de texto que nuestros jóvenes estudian, con ese celo que ponen siempre en todo cuanto seduzca a su pasividad de no hacer nada, excepto respirar y la digestión…

Por eso, en España, desde casi siempre, la historia no ha servido más que para lanzarse muertos unos a otros, para lanzarse reproches… La historia, en manos de los españoles, no es más que otra arma para atacar al otro –no es casi nunca la comprensión de un tiempo mutuo ya pasado, sino que es ordinariamente el cajón de sastre donde todos quieren rescatar culpas que activen los resentimientos de los vivos contra los vivos.

Cuando preparaba los materiales para mi primer libro, Las indecisiones del primer liberalismo español, me di cuenta de que el destino de Juan Sempere y Guarinos (intelectual liberal conservador al que he dedicado años de trabajo) era el destino funesto de cualquier español que se alzara en el presente como un enemigo de la historia de España. Pues bien: yo, con Juan Sempere y Guarinos, me declaro enemigo de la historia de España, porque es de este modo como marco mis distancias críticas con el pasado de una nación a la que, inevitablemente, amo. Amo España; desprecio su historia, rezongo contra su presente y anhelo su futuro. La tercera España, la verdadera tercera España, es la que funda su legitimidad en el presente, antihistoricista, la que considera, como Sempere, que el pasado no puede facilitarnos el camino, sino antes al contrario, sólo nos lo entorpecerá, porque en España el pasado es a menudo el principal obstáculo para el presente. No se trata de olvidar el pasado. En absoluto. Lo importante es que deje de ser una herramienta de odio y distancia, para que nuestra mirada sobre el tiempo anterior sea la sosegada constatación de que el pasado no puede ayudarnos, porque no es ejemplar. Como aquel Sempere, yo me considero hijo de la ilustración preliberal más antihistoricista. Por eso amo España, por su historia inejemplar, a la que trato de conocer, pero de la que no espero nada para mi presente –nuestro presente.

Dicho queda.

Del mismo autor sobre España:

Mentira e historia (Una lección de Sempere y Guarinos sobre lo histórico)
La II república de los irresponsables (De las chocheces históricas)
España: primer país postmoderno. (Reflexiones sobre la “política débil”)
España: primer país postmoderno. (Terror y culpa)
España: primer país postmoderno. (Románticos y postmodernos)

Bloguers que me inspiran al pensar la España actual:

Políticamente acorrecto
Noches confusas en el siglo XXI
Y sin embargo se mueve

La Tercera España olvidada

“En su carácter general la ciudad es pacífica y piadosa. Por sus calles de ordinario se cruzan y saludan el sacerdote y el militar, el seminarista y el colegial con el quinto o agente del gobierno” (1) . Un fraile vasco describía así la estática e inmóvil Vitoria de 1914, una urbe que no pasaba de ser un pueblo grande y mesocrático, capital de una provincia agraria y compuesto por una pequeña aristocracia anclada en arcaicas costumbres y una burguesía apática que completaban, junto a militares y clérigos, el fresco social fielmente dibujado en las primeras líneas.

La ciudad de las cuatro iglesias góticas, las dos catedrales y los tres seminarios tenía un pulso débil, lento, pausado. Allí regresó, acabada la primera gran contienda bélica intercontinental, Pedro Salinas Arregui, un alavés que había partido de su provincia siendo aún muy joven para ganarse la vida junto a su hermano en Canadá y en unos Estados Unidos emergentes. A Vitoria llegó pero en su Galarreta natal, un pequeño núcleo rural enclavado en la Llanada oriental alavesa, fijó su residencia desde el primer momento. Ningún fraile metido a cronista o a relator costumbrista espontáneo nos ha legado descripción alguna de Galarreta pero Salinas sí nos dejo valiosos comentarios escritos sobre la complicada sociabilidad en la conservadora Álava de la época. Se quejaba amargamente de la vida en el pueblo, en el que se aburría “sin tener con quién poder hablar ninguna cosa de algún interés”. Los ritmos vitales estaban descompensados: de la frenética actividad que exigía el mantenimiento de la veta minera explotada en América por Salinas, éste había pasado a vivir en una casa de arquitectura indiana en un pueblo habitado por pequeños propietarios agrícolas acostumbrados a desenvolverse en espacios no superiores a los diez o quince kilómetros. En Galarreta no existía más ocio que el que propiciaba la taberna más cercana (situada a un kilómetro, en un pueblo vecino); las jornadas laborales en el campo sólo tienen horario de inicio, nunca de fin.

Salinas había comprado una porción de tierra transformada en huerta que le distrajera durante el día. Para él, la explotación agrícola era una forma de ocio que, en todo caso, no podía sustituir a las grandes pasiones importadas en sus años americanos, especialmente la caza. Hombre de grandes inquietudes culturales y con gran capacidad para la asimilación de idiomas (hablaba inglés y francés), pronto comenzó a relacionarse con el maestro del pueblo y con aquellos que desempeñaban su labor docente en otros núcleos de población cercanos. Con ellos charlaba sobre aquellas cuestiones que resultaban aburridas a quienes el campo absorbía su intelecto potencial. Su oportunidad política llegó con la proclamación de la República el 14 de abril, convirtiéndose en primer alcalde republicano en su municipio. La República era para el aún joven indiano un ideal de libertad e igualdad más que un sistema político alternativo al monárquico. Y así lo expresó en su primer bando como alcalde; “los pueblos más cultos de la tierra se percatarán de que una cosa es el robusto y sano pueblo español que conserva incólumes las magníficas virtudes de la raza, amante del Derecho como el que más, y otra cosa era el régimen caduco, reminiscencia de los siglos tétricos, que España padecía como un dogal impuesto al cuello. ¡Ciudadanos! ¡Viva la República Española! ¡Viva España!”.

Era la primera vez que alguien se dirigía a los habitantes del municipio como ciudadanos y no como contribuyentes o vecinos. No era un recurso semántico de sustitución, sino toda una declaración de intenciones. Sin embargo, España ni era Canadá ni se asemejaba a Estados Unidos y republicanos, monárquicos, accidentalistas, curas trabucaires y militares llevaron a España una guerra fratricida en la que el adversario político, antiespañol para unos, fascista para otros, no debería ser vencido ni por el poder de los votos ni por la fuerza de las botas militares sino, sencillamente, aniquilado. No existían los matices, las medias tintas: se era rojo o azul. Sólo las ideas que no atenten contra la libertad del otro merecen fidelidad y no los partidos ni los bandos. Así lo entendieron personas coherentes como Luis Lucia, perseguido por los republicanos, encarcelado por los nacionales. Algunos hoy le recuerdan pero nadie escribirá sobre otro Pedro Salinas que no fuera el extraordinario poeta y, sin embargo, aquél también fue un Lucia pero de la izquierda. Un hombre cultivado, liberal, alejado de todo fanatismo y que se alejó de sus conmilitones republicanos desde el día en el que éstos le tacharon de fascista tras advertirles de que con la destitución de Alcalá Zamora como Presidente de la República el régimen español estaba condenado a adentrarse en un callejón sin salida.

Era tarde para casi todo. Los republicanos ajustaban cuentas con la disidencia política tras dos años de contrarreformas. La derecha, mientras, planeaba golpear el Estado con más fuerza de lo que lo hizo Sanjurjo cuatro años antes. La derrota ya no se penalizaría con estancias en la Cárcel Modelo de Madrid o con destierros en Portugal: era un órdago a la grande y no había sitio para los que ni eran aficionados a ese macabro juego ni disfrutaban con el derramamiento de sangre del adversario político. No había tiempo para pensar. Así lo entendieron a los quince días de comenzar la guerra un nutrido grupo de requetés navarros, esos de los que se decía que eran la bestia más inmunda sobre la faz de la Tierra una vez que un cura adicto les había dado su bendición de muerte, la carta blanca eclesial para el odio. Algún chivato de la zona, quizá padre o tal vez abuelo de uno de esos que desempeñan tan innoble oficio en la actualidad pero dando parte a ETA en vez de a Franco, señaló a Salinas y a tres de los maestros con los que compartía frías tardes de invierno y largas jornadas de caza, literatura o pelota vasca, afición deportiva principal del indiano. Llevados al monte los cuatro, sólo Salinas logró evitar la muerte: según él, escapando, según otros, sobornando a aquellos desgraciados carlistas.

Ese penúltimo acto de la tragedia vital de Salinas marcó su vida hasta el final; tres años de exilio en Francia, un regreso por la puerta de atrás y la condena al ostracismo por los republicanos, que le consideraban traidor a su causa, y por los nacionales, para los que siempre sería un “no adicto a los ideales del Glorioso Movimiento Nacional”.Ironías del destino, Pedro Salinas montó poco después un hotel en plena Nacional I a su paso por Alsasua, en la intersección fronteriza entre Navarra, Guipúzcoa y Álava y que, debido a su privilegiado emplazamiento, no sólo fue lugar para el alojamiento de franceses de paso sino de las propias huestes de compañía del Generalísimo. El éxito hostelero del indiano no pudo compensar ni los tres años de exilio exterior ni los más de veinte de huida interior forzosa.

Ser un ciudadano que piensa libremente, no se adscribe a ninguno de los dos bandos, decide por sí mismo y cree en la libertad y en la igualdad, estaba castigado entonces y sigue penado ahora. Sólo han cambiado las formas: de cárcel, exilio o muerte a odio declarado, desprecio, incomprensión y boicot mediático y financiero. Pedro Salinas rompió el cerco y triunfó en la España de los mediocres afectos al Movimiento. Un indiano luchador que quiso formar parte de una nación de ciudadanos libres e iguales y dejar de ser súbdito de un Estado totalitario. Salinas, no cabe duda, perteneció siempre a la Tercera España que se alzaba frente a la ignorancia, el sectarismo y la radicalidad. Entonces hacía falta y ahora también en una España que sigue tratando de excluir a quien osa pensar. Porque es de justos pedir la palabra para rebelarse contra aquellos que pretenden anular los matices bajo justificaciones peregrinas .

Adaptando a Kavafis, buen viaje para los ciudadanos que a sus ideales liberales y democráticos son fieles. Merece la pena.

1. Recogido en RIVERA BLANCO, Antonio, La ciudad levítica. Continuidad y cambio en una ciudad del interior (Vitoria, 1876-1936), Diputación Foral de Álava, 1992, pág. 15.

7 Límites (…y Retos del Ciberactivismo)

Este texto se ha escrito a partir de mi intervención en la mesa redonda “Ciudadanos conectados: Ciberactivismo y Política 2.0” que se llevó a cabo en el marco de las Jornadas I-Cities, celebradas en Candelaria (Tenerife) los pasados 9, 10 y 11 de mayo de 2008.

Antoni Gutiérrez-Rubí
Mayo 2008

Quizás ha llegado la hora de hacer balance sobre los límites del ciberactivismo. Y de hacerlo de manera esperanzada y comprometida, aunque crítica y humilde. Conscientes de nuestras potencialidades, pero también de nuestras debilidades. Para convertir los límites en una agenda de retos pendientes y compartidos.

La revolución tecnológica y el (des)orden económico global en los que estamos inmersos han generado un contexto de profundos cambios sociales, económicos y culturales. Cambios que no siempre significan desarrollo, ni justicia. Vivimos un momento histórico de revoluciones múltiples en donde, más que nunca, las reformas progresistas y la gobernabilidad democrática global son la respuesta esperanzada a un mundo abierto en canal. Un mundo atrapado entre un modelo de desarrollo insostenible y las fracturas sociales que no cesan de aumentar.

En la última década y, especialmente hace pocos años, con la cultura de la web social o web 2.0, organizaciones diversas y ciudadanos on line han encontrado en el ciberactivismo una opción útil y activa para pasar a la acción (local y global), para desarrollar campañas, iniciativas y peticiones. Nunca como hasta ahora hemos podido ejercer la presión, la denuncia, la sensibilización o la movilización con tal capacidad de convocatoria. Es un hito sin precedentes. Las manifestaciones globales a las que hemos asistido, por causas diversas, no hubieran podido existir sin Internet. Millones de personas han salido simultáneamente, en todo el mundo, en el norte y en el sur, para defender causas comunes. Empresas poderosas e intratables han tenido que ceder en algunas de sus pretensiones más injustas o excesivas por la presión organizada de una ciudadanía conectada y en red.

Pero es justo reconocer que el esfuerzo colectivo y la positiva orientación de muchas de estas iniciativas no siempre han conseguido sus resultados, rozando superficialmente las alamedas corporativas o gubernamentales que protegen algunos de los crímenes o delitos globales más miserables.

¿Qué nos pasa? ¿Por qué a pesar de la generosidad y la eficacia de muchos de estos eCiudadanos globales y de la potencia de nuestras redes, no conseguimos objetivos evaluables de cambios sociales? ¿Es la desproporción de fuerzas y medios en este combate desigual, entre poderosos insensibles y conectados solidarios, la única explicación?

Quizás hay que reflexionar nuevamente sobre lo que hacemos para evitar que el activismo sin resultados (o con pocos resultados ante la urgencia y la magnitud de los temas que reclaman nuestra atención) genere una frustración generacional, emocional y vital entre los ciberactivistas.

El planeta, y sus urgencias, no puede permitirse el desánimo. Pero éste puede cundir si no “medimos” bien nuestras fuerzas y nuestros límites. ¿No sería conveniente “parar”, aunque fuera sólo un instante, para retomar nuestras causas y compromisos, rectificando lo mejorable y convirtiendo nuestras limitaciones en retos compartidos?

1. Objetivos. Hay un déficit de definición de objetivos, acompañado de un exceso de pretensiones. La urgencia de nuestras causas no debe confundirnos en un activismo disperso y sin eficacia. Necesitamos objetivos posibles, realizables, programables; pensados en fases y etapas; que sean progresivos y evaluables. Objetivos de amplias y transversales bases. Y más autocrítica.

2. Propuestas. Entre la agitación y la reflexión… encontremos un punto medio, más matizado. Necesitamos más propuestas concretas y menos causas constantes. Propuestas con continuidad, intensidad y constancia estratégica. Bien dirigidas a públicos según sus responsabilidades y sus contextos. Además, la base de activistas de muchas campañas está cerrada y es poco plural, perdiendo su capacidad de malla de resistencia. Hay un déficit de reflexión colectiva que impide que algunas de nuestras propuestas no estén suficientemente contrastadas y documentadas. A veces perdemos la fuerza por la boca… Y necesitamos más neuronas aplicadas a la propuesta.

3. Argumentos. Los argumentos deben ser más proactivos y dirigidos a las personas clave de las organizaciones. Colgar, subir o postear… puede no ser suficiente si no hacemos llegar el argumento con el formato adecuado, en el momento preciso, a la persona de referencia y en la organización clave. Comentamos mucho, pero no argumentamos suficiente. Tenemos buenas y creativas ideas… pero con un déficit de “empaquetamiento” para que se compartan mejor y lleguen más lejos, más fuertes y más hacia adentro de las organizaciones. Argumentar bien para sumar razones, ideas y propuestas. Resumir, identificar lo estratégico, lo vital de lo secundario, y priorizar lo necesario e inaplazable entre tanta urgencia abrumadora.

4. Liderazgos. Hay hiperliderazgos en el ciberactivismo, pero también hay mucho recelo. Necesitamos liderazgos más compartidos. Hay que saber correr en carreras de relevos. Corremos en calles paralelas pero hay que saber correr en equipo. Para competir por la audiencia pero para sumar registros. Los líderes deben servir para generar cambios, tienen una responsabilidad ineludible. Si no, ¿para qué la audiencia de feeds, rankings o visitas? Estamos demasiado fragmentados corriendo sin parar, ni mirar atrás, ni hacia los lados. Lo importante no es llegar solos y los primeros, sino con todos y a tiempo.

5. Activistas. Muchos, múltiples, diversos pero… sin suficientes y potentes organizaciones para gestionar los cambios o los avances. Demasiado alérgicos (y escépticos) a las organizaciones. No es incompatible, todo lo contrario, y podemos hacerlo sin renunciar a las redes. Hay activistas por causas injustas, pero necesitamos leyes que las combatan, y eso nos obliga a una mirada menos autista y soberbia respecto a la sociedad 1.0, al espacio público y democrático. Otra mirada a la política y a los partidos… Sí, esas organizaciones tan refractarias, a veces, a lo emergente, a lo libre y a la creatividad. Impulsemos las agrupaciones virtuales, rompamos los muros férreos de las agrupaciones sectoriales y otros restos del naufragio ideológico de un modelo jerárquico y vertical que todavía atenaza a los partidos y los hace tan poco atractivos y sugerentes. Que nadie decida por nosotros y no esperemos cada cuatro años. No hay tiempo que esperar.
Y multipliquemos nuestra capacidad de comunicación y persuasión, sumándonos a los ARTivistas, esos ciberactivistas de la creatividad. Seremos más fuertes y más inteligentes.

6. Pluralidad. Tenemos redes plurales y sin fronteras, pero en realidad estamos, demasiadas veces, en la trinchera ideológica, cultural, estética o relacional. Mucha red… pero también mucho prejuicio y pedantería técnica que nos impide ver las relaciones y los aliados posibles. Las causas están conectadas entre sí. Sólo podremos abordarlas con miradas múltiples y complejas.

7. Influir. El activismo que no influye es estéril. Hay que ganar credibilidad, hay que estar más cerca de lo establecido para cambiarlo. Sin prejuicios, sin esa vanidad petulante que nos hace ignorantes. Hay que influir en la opinión, en la realidad 1.0, si no tendremos un déficit muy serio como actores del cambio. El ciberactivismo corre el riesgo de ahogarse en su propio líquido amniótico si no es capaz de influir decisivamente en los espacios de poder legitimado.

No hay tiempo que perder.

Walt Disney y los terroristas suicidas

Hay básicamente dos formas de reírse y dos fuentes distintas de comicidad. A la segunda la llamamos gag.
El gag forma parte de la tradición humorística y teatral, especialmente circense, y define algo así como una unidad cerrada de hilaridad pura: tiene que ver con el gusto muy infantil y muy primitivo por la sorpresa desintegradora, por el desorden irrumpiente, con el placer muy instintivo de que las cosas se salgan de su sitio, caigan o se desplomen inesperadamente, descarrilen fuera de su curso natural liberando una cadena causal -las fichas de dominó derribadas en fila- a contrapelo de la estabilidad convencional. Más o menos simple o más o menos elaborado (la silla rota que desbarata la solemnidad del payaso “listo” o la traca de torpezas de Peter Sellers en El Guateque), el gag agota en sí mismo, y en su repetición ilimitada, toda su potencia expresiva. Nos toca y abrimos la boca; nos golpea y sonamos, como un tambor o una campanilla; y si no nos cansa nunca es precisamente porque lo hace todo él, sin necesidad de que nosotros pongamos otra cosa que nuestro cuerpo. Si el arte es la posibilidad -según Kant- de pensar al margen del concepto, el “gag” es la obligación de reírse sin mediación racional o narrativa: una especie de “universal” de las vísceras ante el que rendimos una y otra vez, con ruido de sonajero, todo lo que hemos aprendido y todo lo que hemos experimentado. No hay nada malo, sino al contrario, en responder con cuerpo de niño a un desorden indoloro (en desencajarse de vez en cuando del orden severo de la historia y la naturaleza), pero esta obligación de reírse sin razón, al margen del mundo, se ha convertido hoy en la ley misma que organiza nuestra percepción y eso hasta el punto de que lo que no comparece bajo la forma de gag ni nos compromete ni nos conmueve. Sólo los estímulos que inducen en nuestro cuerpo una respuesta mecánica, sólo los que nos arrancan -con una carcajada o una emoción atómica- del mundo común nos interpelan y nos excitan. Es lo que llamamos equivocadamente “el triunfo de la imagen” para describir una experiencia caleidoscópica construida a base de golosinas visuales cuyos residuos diurnos (el dolor, la miseria, la muerte) no nos incumben.

Miguel Brieva

El gag más reciente, el gag paradigmático al que tratan en vano de imitar todos los autores y todos los géneros -lo he dicho otras veces- es el de las Torres Gemelas de Nueva York: cayeron de un modo al mismo tiempo tan increíble y tan familiar que sus 2.500 muertos apenas mancillaron el espectáculo. Puede que algunos, en Palestina o en Pakistán, contemplaran la escena como la inversión vindicativa del relato imperialista y se alegraran del golpe con rabia de revancha, pero los demás reaccionamos, en Madrid e incluso en Washington, de un modo menos elaborado, por debajo de toda ideología y antes de toda reflexión: sencillamente disfrutamos muchísimo. Técnicamente fue un gag tan bueno que un placer superior sólo podrá ya proporcionárnoslo una explosión nuclear. Tan bueno fue, nos impuso un gozo tan elemental, tan puro, tan infantil, que implorábamos sin descanso, como hacen los niños con el tío que se saca un bombón de las orejas: “hazlo otra vez”, “que ocurra otra vez”. Y como reconstruir las torres, infiltrarse en EEUU, aprobar un curso de vuelo y secuestrar un avión hubiese exigido un esfuerzo (y enseguida un pensamiento), nos limitábamos a ver la repetición por televisión. Aún podemos verla una y otra vez, como el traspiés del payaso listo, y sentir la misma alegría inocente y primitiva y desear sin maldad que ocurra de nuevo, aunque sólo sea en nuestro vídeo. ¿Somos más humanos que en Pakistán? Alegrarse sin razón y sin relato, ¿nos hace más justos o más morales? Después del 11-S vino el gag de Afganistán y el de la destrucción de Bagdad y el de las torturas de Abu Gharaib, mezclados sin solución de continuidad con otros gags menos logrados: un accidente aéreo, unas Olimpiadas, el cabezazo de Zidane, la boda del príncipe, el terremoto del Perú, el mundial de Japón. Todos los gags nos alegraron por igual o al menos de la misma manera, sin residuos ni remordimientos. Habría que haber rebajado un poco su calidad para que la realidad hubiese inundado las pantallas; tendrían que haber costado menos -en dinero y en muertos- para degradarnos hasta el pensamiento o la compasión. Así es el gag: no nos importa que el payaso se caiga, con tal de que se caiga aparatosamente; no nos importa que el torturado se retuerza, con tal de que se retuerza verdaderamente; no nos importa que las torres se desplomen, con tal de que se desplomen desde muy arriba; no nos importa el número de cadáveres con tal de que sea incontable. O como he escrito en otras ocasiones: no nos importará el apocalipsis, con tal de que podamos verlo por televisión. Se ha hablado mucho del terror como instrumento de la política, pero no se ha hablado de la tranquilidad que nos inspira su presentación, de la doméstica trivialidad que nos transmite el formato bajo el que comparece (el terror) ante nuestras miradas. No se ha hablado de la falsa tranquilidad como instrumento de la política. El terror nos calma cada vez que aparece en televisión; el terror nos garantiza la supervivencia cada vez que en un periódico, al lado de la noticia del aumento del PIB o del fichaje de Ronaldinho, leemos este apetecible titular: “La tierra, en peligro de extinción”. Todo son buenas noticias a condición de que nos arranquen del mundo común. ¿16.5000 especies animales amenazadas de muerte? Es un buen gag. ¿El fin del petróleo? Qué emocionante. ¿El encarcelamiento de la Pantoja? Eso quizás nos concierna ya un poco más…
Es esta falsa tranquilidad la que denuncian y desnudan las viñetas que viene construyendo desde hace años Miguel Brieva. Hay una que me gusta especialmente porque constituye el esquema mismo de una corrupción radical que otros hemos tratado de explicar de un modo menos eficaz mediante esos largos rodeos que llamamos libros. En ella se ve a dos jóvenes muy alegres con sendos paquetes de explosivos atados a la cintura, a punto de accionar un detonador. No son palestinos desesperados ni salafitas fanáticos al asalto del paraíso; no han pensado mal y han llegado a conclusiones equivocadas; no quieren cambiar el mundo, ni siquiera para peor. Se trata en realidad de un spot publicitario, el “eidos” de todos los spots publicitarios, el paradigma oculto al que pueden reducirse todos los anuncios y todos los impulsos al consumo. “Y ahora… mátese”, se lee en la parte superior. “Nuevo”, “Adelgace más de 75 kilos en 3 segundos”, “y en su propia casa”, “¡mátese ahora y pague en 12 meses!”. El joven sonríe tentador tratando de vencer las últimas resistencias puritanas de la chica: “¡Ey! ¿Nos matamos? ¡Lo anuncian por televisión!”. Y ella, con esa audacia un poco mimética de las clases medias cuando cometen un exceso -cantar en el karaoke o jugar a las prendas- secunda femeninamente con entusiasmo: “¡Veeengaaaa!”.
Miguel Brieva dibuja y escribe una y otra vez contra el gag de los terroristas suicidas. Ese es casi su único tema, como el de Blake es la alegría sobrenatural, el de Proust la memoria y el de Goya la locura humana. Un terrorista suicida es un sujeto que incurre en la antinomia lógica de matarse matando. Están por todas partes. Están también dentro de nosotros. Matarse matando es lo que hacen, sí, algunos desesperados fanáticos, algunos desesperados, algunos fanáticos, en lugares donde se vive mal por nuestra culpa. Pero “matarse matando” es lo que hacemos también nosotros, sin ninguna desesperación ni fanatismo, en lugares donde se vive ciertamente mejor sin ningún mérito nuestro, y en los que el convencimiento mismo de nuestra superioridad, motor de un consumo -es decir, una destrucción- desenfrenada, instrumento de una producción -es decir, una destrucción- delirante e irracional, derrite muy deprisa los polos, seca los ríos, despeina los bosques, envenena el aire, vacía los pueblos y desnuda a los niños. ¿Cómo se convence a un hombre de que se mate matando? En Pakistán, en Afganistán, en Palestina, en Iraq, se les empuja mucho, se les da una bomba y se les promete el paraíso a cambio de su gesto. Pero, ¿cómo -cómo- se convence a las clases medias occidentales de que acometan el atentado suicida más grande de la historia? Se les persuade de que el gesto es el paraíso mismo. Para una empresa de persuasión tan descomunal hacen falta medios también descomunales: es lo que llamamos capitalismo. Hacer estallar una bomba exigiría más conciencia (aunque fuese negativa) y más valentía por nuestra parte: en su lugar, se nos dan lavadoras, hamburguesas, pantallas de plasma, coches, ordenadores, teléfonos móviles, billetes de avión, refrescos, lencería fina y chocolates belgas. Es ese gag material, placentero, cotidiano (derribo ininterrumpido de mil Torres Gemelas) llamado “mercancía”, que nos arranca del mundo común y que no exige de nosotros sino que pongamos infantilmente el cuerpo. Es el gag de los 300.000 niños esclavos que recogen cacao en Costa de Márfil; es el gag de los 4 millones de congoleños muertos extrayendo de las minas nuestro coltán; es el gag de los millones de campesinos que ayunan para alimentar nuestras vacas. “Un estadounidense bate el récord al engullir 66 perritos calientes en 12 minutos”, nos cuenta, no un chiste de Brieva, no, sino un periódico español que describe el entusiasmo de los 50.000 espectadores que aplaudieron y ovacionaron a Joey Chestnut, el joven terrorista suicida de California capaz de derrotar al seis veces campeón mundial, Takeru Kobayashi, que no pudo devorar más de 63 hot-dog.
Pero el gag de la mercancía no basta. Hace falta también una operación de propaganda sin precedentes históricos, eso que perversamente denominamos “publicidad” para describir y celebrar la invasión del espacio público por parte de los intereses privados. No es extraño que Miguel Brieva utilice una y otra vez la publicidad para iluminar este dominio terrorista del gag. No es extraño que la publicidad -eso es lo que ven certeramente sus viñetas- concentre ahora toda la audacia estética, antipuritanismo moral y rupturismo revolucionario que hace cien años movilizó el arte de vanguardia para escandalizar al burgués y que hoy se inscribe en el corazón mismo de la mentalidad burguesa: es necesaria, sí, mucha audacia para persuadirnos de destruir alegremente el universo. El spot de Miguel Brieva citado más arriba, esquema categorial del género, no hace sino traducir la famosa síntesis capitalista excogitada por la casa Nike (“just do it”, “sólo hazlo”), eslogan donde convergen naturalmente Bin Laden y Joey Chestnut, Mohamet Atta y el Carrefour. Vemos al monstruo de Nueva York dirigiendo el avión de pasajeros contra la torre de Mahattan y a Dios detrás, tonante en su nubecilla, ordenándole: “Just do it”, “sólo hazlo”. Vemos a James Carney o a Jacob Cohen, pilotos de un B-52 estadounidense y de un F-16 israelí respectivamente, volando sobre Faluya o sobre Beirut, con la barriga de hierro repleta de bombas de racimo, y detrás una Biblia impresa en billetes de dólar que les dicta: “Just do it”, “sólo hazlo”. Vemos a un alegre consumidor madrileño en Toys’araus a punto de arrancarle la play-station, al mismo tiempo que la ropa y una pierna, a un negrito cuya casa ha sido destruida por una bomba y detrás a Papá Noel, al volante de un mercedes, que le conmina: “Just do it”, “sólo hazlo”. Y vemos a la humanidad aún vacilante, con un pie en el abismo, tentada de dar un paso hacia adelante, y detrás a la casa Nike y a Monsanto y a Roche y a Bayern y a Nestlé y a Coca-Cola y a Siemens y a Sony y a Repsol y a Chevron y a Renault y a Ford -y a los gobiernos que las empresas han elegido- señalando con el dedo el vacío: “Justo do it”, “sólo hazlo”.
Para que una verdad de este tipo no resulte ni demagógica ni solemne, para que no se convierta a su vez en un gag hay que ser un genio y basta un vistazo a sus viñetas para darse cuenta de que Miguel Brieva lo es. Un genio es alguien capaz no sólo de crear ciertas criaturas -frases o figuras- sino de crear, al mismo tiempo, la única atmósfera en la que pueden desenvolverse. Esa atmósfera es tan potente, tan precisa, tan orgánicamente sostenible que acaba por invadir y contaminar la nuestra, de tal manera que, a fuerza de imponer su extrañeza, acaba por impugnar nuestra familiaridad. Lo inquietante del universo de Brieva es que es el nuestro (como lo es el de los grabados luciferinos de Goya o el de las cabales metamorfosis de Kafka): es lo que Freud llamaba lo siniestro para describir un alejamiento repentino de la normalidad doméstica pero también un reconocimiento -una identificación súbita- de la irracionalidad integrada. Lo reprimido asalta de pronto nuestro horizonte visual corriendo o desplazando mínimamente la superficie consciente; basta un leve empellón al lenguaje en la misma dirección en la que habitualmente se expresa y basta amortiguar suavemente el color, tensar un poco las líneas de los rostros, aumentar artificialmente la alegría, vestir los cuerpos de otra manera -cosas que sólo puede hacer un gran artista-, para que todo lo que nos parece lleno aparezca horrendamente vacío. Basta seguir hasta el final el espíritu de Disney para que él mismo se voltee en el reverso de Disney, repentinamente amenazador, agresivo, un poco viscoso, un poco metafísico, inesperada cópula entre el capitalismo y el fascismo. Nadie ha sabido entender como Brieva el terror salvaje que abriga Disneylandia, el desorden metafísico de Mickey Mouse. El más allá del mercado está precisamente acá, en lo más próximo, al lado de la cuna, en el sofá del salón, en el peluche hitleriano, en el Bambi matón, en todas esas criaturas encantadoras y saltarinas que nos hielan la sangre con su felicidad irresistible, con su marcial alegría obligatoria. Miguel Brieva no es sólo un gran viñetista político (como lo son Quino o El Roto) sino un gran artista político, un gran iluminador de civilizaciones cuya obra -este Dinero o su anterior Enciclopedia- pueden compararse quizás, por su refinamiento gráfico y por sus efectos, al inmenso Grandville y a su Otro Mundo (1844), ese inquietante visionario capaz de imaginar exactamente el capitalismo industrial, mientras sus contemporáneos se limitaban a vivirlo vagamente, como Brieva es capaz de imaginar con precisión el capitalismo financiero y consumista mientras nosotros nos limitamos a experimentarlo borrosamente. Como la realidad no es verdadera -digamos con Alfonso Sastre-, para que la verdad llegue a ser real hay que imaginarla intensamente y con todo detalle.
Una imagen no vale más que mil palabras, pero un concepto sí. Un concepto vale de hecho más que mil imágenes. Los conceptos, al contrario de lo que pretendía Spinoza, se pueden mirar, tienen color y a veces hasta nos ladran. Nos dan también miedo. Dan siempre que pensar. Por eso el concepto es lo contrario del gag. ¿Pero puede hacernos también reír? Esa es la primera fuente de risa -en orden ontológico y racional- a la que me refería al principio. Los conceptos imaginados de Miguel Brieva nos hacen reír exactamente al revés que la costalada del payaso listo o el derribo de las Torres Gemelas; no por algo que ocurre fuera y sin residuos, no por algo que les ocurre a otros y que al mismo tiempo los anula, sino por una caída aparatosa en nuestro interior de la que ya no podemos recuperarnos. Está la risa mediante la cual renunciamos a conocer -en la que sólo ponemos el cuerpo- y está la risa extraña, un poco angustiosa, de conocernos, la que acompaña al hecho de caer de pronto dentro de nuestra mente y tener luego que activarla para levantarnos y levantar con ella todo lo que el gran gag del terrorista suicida está a punto de derribar: “no lo hagas, piénsalo”. Hay risas que se agotan en sí mismas y risas que te dejan tan mal sabor de boca que uno no puede dejar de enjuagársela enseguida con una acción (o con una omisión decente). El arte genial de Miguel Brieva es de los que te hacen reír sólo a la mitad del camino y de los que te obligan después a recorrer, quieras o no, la otra mitad. Con esas dos mitades debemos intentar alejar el abismo.

Los errores históricos de España

10-abril-2008 · Imprimir este artículo

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En España hubo renacimiento, humanismo y erasmismo. Todo esto llegó a España, vía el dominio italiano de la Corona de Aragón y su unión definitiva con Castilla, y antes el heliocentrismo o el esferismo de la Tierra, sin el cual no hubiese habido viaje de Colón. En España, en la Escuela del Toledo reconquistado ya por el año 1000, se tradujeron los clásicos griegos que luego serían estudiados en toda Europa, en algún caso con aportaciones originales como las de Averroes y Maimónides, entre otros. También están los “Libros” de Alfonso X el Sabio o la obra de Ramon Llull.

Hubo todo esto y sin embargo no hubo revolución científica ni posteriormente política. Hay razones. Empecemos con Boscán, en Barcelona, cuya obra no tiene continuidad. Cómo la había de tener si traduciendo al castellano a Castiglione -el “hombre renacentista”, el ideal del humanismo- y escribiendo en castellano una obra de “nuevo estilo” (del que Garcilaso, en Toledo, tomará buena nota), la Biga derrota a la Busca y no hay cambio alguno en la rígida estructura medieval de Barcelona (hasta hoy mismo). Recordemos que el ejemplo de político renacentista de Maquiavelo era Fernando el Católico. Sigamos con Vives, en Valencia, un autor de primera categoría en filosofía y pedagogía que, sin embargo, una vez marcha de estudios al continente no puede volver porque si no lo matan, como han matado antes a su familia, por judía (el segundo apellido de Vives era March, de la familia del poeta Ausias March). Vives estuvo en París y en Oxford, y en Brujas, donde se quedó. Continuemos en Salamanca. En su Universidad es conocido Copérnico y se realizan teorías económicas proto-modernas, pero su rector, Fernán Pérez de Oliva, quizá el humanista español más destacado junto a Vives, muere muy joven y seguramente ignorado. Libros suyos son la “Oración sobre la dignidad humana”, al modo de Pico della Mirandola, y un estudio proto-científico sobre el imán y la acción magnética a distancia. Pasemos a Sevilla, y a las Indias, es decir, América, en donde Bartolomé de Las Casas ve y apunta. Su derrota en la Controversia de Valladolid en 1555 marca un poco el punto y final de este Renacimiento español humanista, que incluye las avanzadas Leyes de Burgos de 1520, pero que apenas tendrá continuidad en algunos pocos autores como Francisco de Vitoria, el padre Mariana, la escuela de economistas de Salamanca (donde fue profesor, expedientado, Luis de León) y Suárez, ya alejado de sus contemporáneos Descartes, Galileo, Bacon, etc.

Y es que a todo esto hay que sumar la religión. Empezando por la expulsión o conversión obligatoria de los judíos, justo el año de la llegada de Colón a América. A continuación viene, claro está, la Contrarreforma. El primer punto del acuerdo de Trento supone en España sustituir el exitoso erasmismo de principios de siglo por el jesuitismo. España era el país en el que más se traducía a Erasmo, en ediciones en Castilla y Valencia muy populares, pero eso sí, exceptuando precisamente su obra más radical, el “Elogio de la locura”. El erasmismo, entre otras cosas, impregna la recién fundada Universidad de Alcalá de Henares y ya Bataillon estudió su influencia en Cervantes y antes en Valdés, Laguna y Huarte. Sustituir a Erasmo por Loyola es otro paso en falso. Por no hablar del posterior jansenismo, tan despótico como poco ilustrado.

En segundo lugar, la Contrarreforma aplastó sin más los minoritarios focos protestantes de este siglo, en Valladolid y Sevilla sobre todo, y por tanto no hubo conflicto religioso ninguno que pudiera luego dar lugar a una especie de acuerdo de tolerancia mutua mayor o menor como se produjo en otros países (de forma muy relativa, pero efectiva, en Inglaterra, en Holanda, en Francia y en Alemania).

Finalmente, la segunda etapa de Felipe II echa el cierre definitivo a la puerta que podría haber conducido a España a la revolución científica y a los primeros puestos de salida de la modernidad, que en propiedad se inicia en 1600. Este candado tiene dos claras manifestaciones: la imposibilidad de estudiar allende las fronteras españolas si no es en centros católicos, y el cierre de la Academia de Matemáticas de Herrera, arquitecto de El Escorial. Cuando sobre 1660 se fundan la “Royal Society” de Londres y poco después la Academia de Ciencias de París, modernizando aquellos círculos científicos italianos de Roma, Padua, etc., de finales del siglo XVI, ¿qué suelo quedaba en España para fundar sobre el mismo una academia científica? Ninguno. Apenas algunos autores, imagino que medio aterrados, hasta el valenciano Juan de Cabriada y los llamados despectivamente “novatores” de Sevilla, ya a finales del siglo XVII y principios del XVIII, incomparables con un Newton. Pero es que incluso cuando en Berlín y en Estocolmo se fundan en los inicios del siglo XVIII sendas academias de ciencias, la española, cuyo proyecto es encargado al alicantino Jorge Juan sobre mediados de 1700, no llega a fundarse, a diferencia de lo que ocurre con las aun hoy demasiado veneradas academias de la Lengua (con antecedentes en Nebrija, Covarrubias y las academias de buenas letras) y de la Historia (con antecedentes en los cronistas medievales y en la “historia crítica” de Nicolás Antonio). No será hasta 1840 cuando España tenga su academia científica. Y lo que hubo en el siglo XVIII fueron escritores ilustrados como Feijoo (“teatro crítico universal”) y Mayans (“elocuencia”), o los de la segunda mitad del siglo, Aranda, Jovellanos y compañía, contemporáneos de las Sociedades Económicas de Amigos del País -éstas, casi antecedentes de las Juntas políticas de 1808-1812- y de Carlos III, en este caso. Pero ciencia, innovación tecnológica, desarrollo económico, más bien poco. España había destacado en la mística o en autores de un refinamiento sin igual, los del siglo de Oro, justo en el momento del callejón sin salida, la gran literatura de la villa y corte de Madrid que marca un antecedente en la definición del estilo cultural europeo, en la novela inglesa y en el teatro francés, sobre todo. Un poco en el ensayismo (Gracián). Pero nada más.

Las consecuencias de aquel cierre felipino se muestran muy a las claras en este hecho: cuando en 1500 el fantasma de la “dignidad humana” recorre Europa, también recorre España y ahí está el libro de Pérez de Oliva, alguna ley y más de un debate. Pero cuando a partir de un siglo y medio después, a partir de 1650, el fantasma de la “tolerancia”, de la “libertad de conciencia” y por lo demás de la “libertad política” moderna recorre Europa (tras las obras de Spinoza, Locke y Montesquieu), y por cierto, a partir de 1700, América, especialmente la británica (Franklin funda sobre 1750 la primera Sociedad Americana de Filosofía en Filadelfia), no recorre España sino para ser rechazado o admitido con muchos recelos o precauciones. La pedagogía autóctona más libre del siglo de la Ilustración española viene de Portugal, y los libros más radicales son una “Philosophia libera” de Cardoso (en 1673), un “Escudo atomístico” de un tal Guzmán, una “Disertación sobre la libertad de escribir” de Foronda, y la obra del físico Piquer, autor de una “Lógica moderna”, dedicado no obstante más bien a la medicina desde un punto de vista aun “orgánico” (que no distingue claramente ciencia y cristianismo) en Valencia. Están Clavijo y Cavanilles. Y está la obra de Luzán, residente en la embajada de París, su poética ilustrada, pero no precisamente su “Perspectiva política”, perdida desde entonces.

Así que solo la obra de Foronda trata explícitamente de la “libertad de”, en este caso, de escribir. Por supuesto, ninguno de estos libros, amén de la “Oración” de Pérez de Oliva y la obra filosófica de Vives, son fáciles de encontrar hoy, si es que son encontrables.
No es que, entonces, no hubiera apenas ciencia en España, y desarrollo tecnológico y económico-social, es que tampoco había a inicios del siglo XIX apenas audacia política verdadera, esto es, democrática (quien más lejos va a finales de 1700 en la comprensión de la democracia es un tal Ibáñez de Rentería, pero mirándola como de lejos), suavizada por el toma y daca de muchos años, una tradición moderada de desarrollo civil, etc. Significativo de esto es el hecho de que pudiendo haber sido el primer reino en reconocer la institución de los EEUU de América (a quienes se ayudó mediante la intervención del comerciante alicantino Miralles, que muriera en una residencia militar de Washington junto al que sería después el primer presidente de los EEUU), Carlos III esperó por miedo a ver lo que hacía Francia, que en seguida reconoció a los EEUU, y entonces hubo tal reconocimiento del nuevo país, pero luego Carlos III cerró paradójicamente toda vía a Francia tras su revolución de 1789, echando por tierra buena parte del trabajo de sus ministros ilustrados. Si a todo esto añadimos el hecho de que Castilla, que era la que desde 1700 detentaba el poder centralizado absoluto de la monarquía española, lo hacía en Madrid bajo una forma imperial desde que en 1520 perdiera sus Cortes originarias en favor del dominio de Carlos V, nos encontramos a inicios del siglo XIX con un panorama más bien desequilibrado, pese a la apertura comercial del reino en el Norte y en el Mediterráneo hacia América y la expansión territorial de la monarquía en aquel continente. El resultado es que en 1812, en las Cortes de Cádiz presididas por Jovellanos, esto es, en tiempos de la primera Constitución más o menos democrática, había demasiada intransigencia “persa” y demasiada intransigencia “revolucionaria”. A finales del siglo XIX, tras la pérdida de las colonias en América y a pesar de algunos avances notables como la misma academia de ciencias, una codificación legal moderna, un cierto desarrollo técnico, social y científico, etc., España en tanto potencia entra en barrena cuando Europa se dispone a una guerra fraticida por el dominio mundial y EEUU emerge como nueva potencia. Así, de los grandes países occidentales, España (y con ella Suramérica) ha sido el país que menos años ha vivido en un régimen democrático durante el siglo XX, con una severa guerra civil de por medio.

Dice Santayana que quien conoce su pasado puede evitar la repetición de sus errores. Sea así en este siglo XXI.

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