Morir de amor

“El hombre es un ser para la muerte”

Heidegger

Polvo Enamorado

Escribir, hablar, pensar de aMoR y MueRte es hacerlo de la misma vida. Un espacio-tiempo que empleáramos en ello no agotaría el venero de su semántica. Principio y fin, Génesis y Apocalipsis, Alfa y Omega, Eros y Tánatos… difícil es encontrar una estructura dual que no esté contaminada de las dos palabras. Su poder evocador es tan amplio que no sólo está enlazado molecularmente con cualquier representación cultural o instintiva, sino que, al margen del nivel intelectual del receptor, resulta inteligible en su esencia: estamos ante un arquetipo. Diría más: estamos ante “El Arquetipo”.

Mueren de Amor los personajes del kabuki y del teatro isabelino, las polvos de Quevedo y los ramos de Góngora, “la Niña de Guatemala” y la de Puertaoscura, Calixto y Margarita Gautier, Kierdkegard y Miguel Bosé cantando a Perales; no hay literatura, mejor: no hay arte sin sexo y violencia. Tampoco hay vida. Se muere de amor aquí y ahora, en el anónimo día a día de una pareja de adolescentes precipitada por el viaducto. El feroz VIH, ese kármico virus del fin de siglo, es otra inagotable muestra.

¿Se puede morir de amor?

Dada la exuberante y compleja panoplia del comportamiento humano, tan renuente a la estadística, algún caso habrá en el que la autosugestión “vudú” mate la voluntad de vivir (sea Amor el homicida o su parásito, la impotencia), más en las anecdotas visitadas se suele morir de otra cosa: “La Muerte en Venecia” se llama peste, no Tadzio; Margarita en París sucumbe ante el bacilo de Koch y en Verona, sólo un azar de venenos y puñales dará dimensión trágica a la pasión adolescente.

“¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?”

Pues, a volapié, me salen de los dedos tres referentes: el mito griego de Narciso, su explicacion freudiana y el siempre citable Nietzsche.

Todo en la naturaleza entiende que amor y muerte son una y la misma cosa, muere el magma para que nazca el granito, púdrase el roble para que amanezca el hongo, la inmolación del abuelo nutre las carnes del nieto. Es la rebeldía prometeica la que viene a deshacer esta unidad. El atroz castigo de Prometeo no pena al ladrón, sino al demócrata. Con la llama olímpica, Prometeo nos entrega la esencia misma de nuestro ser contra-natura, la inteligencia creadora que nos hace conscientes de nuestra unicidad. El hombre quiere ser dios, romper el sagrado ciclo y perpetuarse como individuo.

“¡Pues yo te amo, ¡Oh, eternidad!!”

De este envenenado regalo vive todavía el hombre: de un lado el hambre terrible de eternidad de otro un insoslayable sentimiento de culpa. ¡Qué mejor manera de expiar la culpa que Morir de Amor! Al cabo, el amor es por definición la enajenación perfecta; cualquier acto que dirigido hacia uno mismo sería tachado de execrable egoísmo, trasladado a otro objeto erótico, individuo o comunidad, es abnegación, altruismo, caridad o acto solidario. Y qué acto más totalizador, mayestático y supremo que el de la muerte. Bajo esta mirada ¡qué gratificante resulta ahora entregar la vida desinteresadamente!, morir de amor es congraciarse con la Diosa Blanca, volver al equilibrio del cosmos y formar parte de él en la eterna eternidad.

Narciso

Pero, cuando tenemos al hombre situado en esta balsa de equilibrio cósmico, congraciado al fin con la triple diosa y su matriarcal naturaleza, tiene que venir un tipo feo, cocainómano y judío a joderlo todo. Sigamos muriendo de amor a través de nuestros trasuntos literarios, pues según Freud no existe amor -ni su reflejo, el odio- fuera del que el individuo se profesa a uno mismo, aunque filosofias, religiones y nuestro propio pudor intenten enmascararlo, cubriéndolo de afeites y perfumes. “Narciso vivirá hasta ser muy viejo con tal que no se conozca a sí mismo”.

Test (SÍ / NO)

- Te llena más Camela que los Chichos

- Prefieres “Al salir de clase” que ” Xena la princesa Guerrera”

- No crees en el amor sin sexo

- Piensas que el sexo no es amor

- Ves habitualmente algún culebrón

- Te sientes más pró[email protected] a Gala que a Shakespeare

- Te aburrió “Muerte en Venecia”

- Lloraste con “Anastasia”

- Siempre utilizas preservativo

- Te gusta hacer el amor en silencio

Menos de 4 respuestas negativas: El romanticismo y tú sois incompatibles. Busca inmediatamente y cásate antes de terminar la carrera. No vales para otra cosa.

Entre 4 y 8 respuestas negativas: No todo está perdido. Si te aplicas practicando a Bécquer y leyendo el kama- Sutra, puedes convertirte en un buen romántico antes de que termine el curso.

Más de 8 respuestas negativas: Enhorabuena, quedas admitido en el club de los románticos de pro.

El don de la ebriedad

2-diciembre-2009 · Imprimir este artículo

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Por Carlos Aguirre

Es público y notorio que a ninguno de nuestros contemporáneos se le ocurriría entender la alteración de la conciencia como algo más que un divertimento para el consumo. A lo sumo algunos intelectuales un poco locos y ya en los márgenes de lo socialmente correcto se han ocupado de este tema. Pienso en un Nietzsche, un Benjamin, un Jünger, un Huxley, un Evola… Lo cierto es que el signo de los tiempos nos muestra la ebriedad con resonancias degradadas y degradantes. Capas enteras de la población se encuentran enganchados a ansiolíticos o antidepresivos. Otras sustancias, peor tratadas por el poder farmacrático, son entregadas al mercado negro e introducidas en la espiral de la marginalidad a mayor gloria del capital financiero. Tanto en un caso como otro se persigue lo mismo. Alterar la conciencia para así escapar por unas pocas horas a las miserias de una rutina psíquica en exceso interferida por las codificantes y masificadoras sociedades modernas. Por lo que se refiere a las propias sustancias, en su inconsciencia, se ven arrojadas a una u otra categoría de maneras bastante arbitraria.

Así las cosas, la pauta de consumo que determina la legalidad o ilegalidad de la sustancia construye la relación con la misma y, por tanto, la peligrosidad de la droga, y es que las sustancias no son tan inconscientes como parece. El resultado es un consolidado escenario donde las divergencias acerca de los psicoactivos y su prohibición no son más que parte del decorado. No me cabe duda alguna de que nuestro cruzado-paladín Gonzalo Robles y Lou Reed cantando a la heroína son dos caras de la misma moneda, marionetas del mismo escenario, muy necesitadas la una de la otra. Solo un irracional consumo compulsivo, socialmente problemático, legitima una política de prohibición tan irracional como la que hoy se practica. Solo la prohibición construye ese delirio de consumo donde cualquier efecto, sin distingo alguno, es siempre el deseado.

Vista así, la relación de nuestros contemporáneos con la ebriedad, es de las más desoladoras de toda la historia. No es de extrañar, ya que los inmensos y titánicos despliegues de poder de nuestro tiempo exigen un hombre pequeño, frágil y moldeable como engranaje de la inmensa maquinaria de la que todos formamos parte. Existe mucha propaganda contraria a la ebriedad, y una gran incriminación pública de los embriagantes, pero la realidad es que nunca se había dado en toda la historia un consumo tan extendido y masivo de alteradores de la conciencia. La hipocresía y la idiocia son extremas, la ignorancia acerca de la ebriedad también. Antes ya apunté el enganche masivo y creciente a ansiolíticos y antidepresivos. Por otro lado el pararritual pseudorrebelde que constituye la ingesta compulsiva de sustancias, sin discriminación ni arte alguno, y la reducción de la ebriedad a un objeto de consumo más, sólo deja el saldo de que con la ebriedad no se puede jugar. Esta siempre pasa su factura. Sus viejas cuentas pueden llegar lejos y hondo.

ORIGEN Y CATARSIS

Toda alteración de la conciencia implica un verse de otra manera, un emerger de nuestros déficits, apegos y dependencias. Toda ebriedad puede ser fuente de la mayor de las delicias, pero al tiempo puede ser no más que puro escapismo y asidero, exclusiva huida hacia adelante. Son muchas las culturas que han elaborado complejos saberes y desarrollado detalladas técnicas acerca de la ebriedad. Todas ellas eran conscientes de aquello que la ebriedad conjuraba, espacios donde uno no puede sino perderse, como quien se pierde en el mar y lo infinito, para constatar la propia mortalidad y limitud… o, acaso, la propia destrucción. Asuntos estos muy delicados por apuntar a esos puentes que, rebasando la propia individualidad, devenida puro artificio, indican lo sagrado y eterno, es decir, aquello que no es mortal ni perecedero. Dicha ebriedad tradicionalmente encontraba diferentes catalizadores, el uso de sustancias u otras técnicas de éxtasis como la repetición de mantras, los ritmos de respiración, la danza o la música. Todos estos procedimientos tenían como objetivo la ruptura de la rutina psíquica y sus resortes sempiternos. Las culturas no modernas conocían bien la inmensa fuente de sabiduría, poder y placer que esta salida consciente de uno mismo depara. De hecho, la etimología de éxtasis alude a la salida o viaje fuera de uno mismo. Estos viáticos constituían experiencias donde el propio distanciamiento con nuestros hábitos psíquicos corrientes otorgaba llaves y revelaba como constructo lo que era tal, limpiando así el ojo de nuestra consciencia que dejaba atrás los lastres que arrastra nuestra particular representación del mundo. Elevar el tono general de nuestra experiencia de la vida y sanear nuestra propia naturaleza, limpiándola de polvo y paja, eran la recompensa al que transgredía los miedos de la propia muerte y limitud. A este respecto es curioso cómo las tradiciones chamánicas, la alquimia y la medicina tradicional otorgan una signicación sanadora a la ebriedad. Vistas así las cosas, la ebriedad para los pueblos antiguos era un auténtico don, una de las bellas artes, que diría Antonio Escohotado, a cultivar no como objeto de consumo sino como auténtico viático para la alquimia y el conocimiento de uno mismo. La catarsis del espíritu era la recompensa, catarsis que resultaba de la aceptación del límite mortal que el hombre representa, del carácter evanescente de su individualidad más inmediata. Catarsis que encontraba su comienzo en la foto fija que de uno mismo ofrecía la ebriedad, para desde ahí amparar la intensificación de la propia naturaleza y la orientación de la misma de acuerdo a su arquetipo, naturaleza y eternidad. Todo esto tenía sus peligros, ya que ese viático necesariamente abisma, a aquel que lo emprende, al socavón de sus propias contradicciones y miedos. Al desvelamiento de los condicionamientos inconscientes de la conducta. Socavón que como constructo encuentra su aparente consistencia en la inconsistencia de nuestra propia individualidad, juego de hechicería negra, en palabras de Carlos Castaneda, por el cual nosotros mismos generamos el mundo que nos determina y maneja.

EBRIEDAD Y DESTRUCCIÓN

Toda ebriedad destruye. Aún en el mejor sentido. Si no, que se lo digan a quien se adentra en sus laberintos sin tomar las necesarias precauciones ni realizar ablución alguna. Un yonqui, un alcohólico, alguien atrapado por el barroquismo de su propio subconsciente en un trance visionario… Toda destrucción de lo que siempre fue efímero, construido y falso, puede ser el comienzo de un descubrir lo que siempre estuvo debajo de tanta paja y hojarasca psíquica. Nuestra cultura es completamente ignorante por lo que a la ebriedad se refiere. Por ello se generan esas dependencias y estragos que no hacen sino manifestar desajustes de la propia conciencia moderna. Si algo no permite nuestro precario modo de vida es la relativización del mismo, proclamar su carácter fugaz o incluso falaz, destapar que no somos lo que creemos ser, revelar que el flujo de nuestras aspiraciones, pensamientos, sugestiones, deseos y fobias no son más que hábitos sociales y constructos educacionales. De esas cosas, hoy en día, nadie quiere saber, y es eso precisamente lo que hace imposible el desarrollo de una cultura refinada acerca de la ebriedad. Quisiera ilustrar esta apretada exposición con una cita de Martin Heidegger que muestra a la perfección la desafiante cifra de ese don que en la ebriedad reside: “La época sigue indigente no solamente porque Dios haya muerto, sino porque los mortales apenas conocen lo que tienen de mortal”. Siempre Heidegger, tan griego. Nuestros padres los griegos, maestros de la Tragedia, sabían que ésta siempre brinda una ocasión para la elevación. Aristóteles de manera muy explícita habla de esa catarsis de los sentimientos que procura la hermeneútica de lo trágico. Por todo ello, como dice Antonio Escohotado, “La ebriedad siempre será gratitud”.

SOBRE LO LÚDICO

La ebriedad integra, quizá como ningún otro escenario, momentos y usos estrictamente lúdicos. Desde luego, no deja de ser una luminosa directriz para el viaje. Es muy evidente que delicias de la misma son el placer, físico, estético o mental, y las sintonías personales que enmarca. No habiendo nada más sagrado que la alegría y la plenitud del espíritu, lo lúdico se inserta como el necesario complemento de la catarsis que la ebriedad supone. Toda limpieza del propio dial lo primero que produce es una suerte de reconciliación con la vida y por ello la celebración de la misma. La ebriedad, limpia de polvo y paja, es acaso la fiesta y celebración por excelencia donde la propia libertad se goza y se agasaja. La ebriedad, en la alegría que ésta muestra, no entiende de nada que la ignore, ni de apropiamientos psíquicos de la misma, ni de pesanteces que interfieran su devenir inocente. Es sin por qué, como la rosa del poema de Silesius. La entrega sincera a la misma abre escenarios donde la comunicaci¢n humana encuentra sintonías, siempre más allá de uno mismo. Son hermosos los momentos para la ebriedad en buena compañía, tiempo para la confianza, el festejo y la broma, donde la existencia y los seres que la pertenecen parecieran elevarse, quedando rotos los limes de la propia individualidad. Muy ajenas son a todo esto esas borracheras donde el genio de la sustancia ofrece al que no es capaz de dar la talla un habitar la ebriedad encerrado en sí mismo, cosificando la realidad, para convertirla, toda ella, en una innoble construcción, paranoica y proyectiva. Ese es el castigo de los dioses a los que no son capaces de compartir la alegría, de recibir lo lúdico, de contemplar el juego de la inocencia. Larga vida a Dionisos, el niño que juega y se mira en el espejo, Dios de la ebriedad.

BIBILIOGRAFIA:

* EL DIONISIO MODERNO Y LA FARMACIA UTOPICA; Enrique Ocaña.
* HASCHISCH; Walter Benjamin.
* LAS PUERTAS DE LA PERCEPCION & CIELO E INFIERNO; Aldous Huxley.
* MUNDO INTERIOR, MUNDO EXTERIOR; Albert Hofmann.
* LAS PLANTAS DE LOS DIOSES; Albert Hofmann, Richard Evans Schultes.
* LSD; Albert Hofmann.
* CAMINO A ELEUSIS; Albert Hofmann, Gordon Wasson.
* HISTORIA GENERAL DE LAS DROGAS. Antonio Escohotado.
* ALUCINOGENOS Y CULTURA; Peter T. Furst.
* ENSEÑANZAS DE DON JUAN; Carlos Castaneda.
* VISITA A GODENHOLM; Ernst Jünger.
* ACERCAMIENTOS; Ernst Jünger.
* NACIMIENTO DE LA TRAGEDIA; Fiedrich Nietzsche.

Existen muchas formas de ocio: se puede leer un libro, salir a correr, jugar a baloncesto o incluso relajarse en casa. Lo bueno de internet es que ha traído la oportunidad de jugar en un casino desde casa. Lo mejor es que se puede jugar con bonos gratis, aprovéchese de ellos.

¿Basura psíquica?

Me atrevo a decir que el noventa por ciento del arte actual es basura psíquica.

No hay más que darse una vuelta por Arco, si el cuerpo lo aguanta, para aclararse al respecto. La experiencia resulta, en cierta manera, más frustrante que un paseo por Ikea o por la planta de oportunidades de El Corte Inglés. De Arco se espera mucho más.

Es muy difícil encontrar algo original, sugestivo o siquiera agradable en dicha feria, otrora estandarte del mercado de arte contemporáneo y hoy – salvo en contados casos- gran almacén de novedades y patetismos creativos. Arco es el espejo de un mundo repetitivo, absurdo y falaz.

El descubrimiento renacentista de la persona como medida de todas las cosas ha dado paso al del individuo como creador absoluto. A lo largo de la modernidad, y traspasando las vanguardias, el individuo se ha convertido en el centro de toda creación. Pero el individuo, por si mismo, es esencialmente una máscara y una psicología. Por eso el culto a las pequeñas personalidades geniales y egoicas resulta tan risible. Genios, lo que se dice Genios, hay muy pocos. Si existen los creadores es porque hay hombres que captan, conectan, sintonizan o reflejan la belleza, la pasión, la originalidad. Están en una frecuencia que comunica a los demás algo que se hace presente, con algo que los trasciende. Su originalidad está muy vinculada al amor por lo que hacen. Hay genios de la música, pero también de los aviones o de la etnobotánica.

No importa el qué se haga, sino el cómo lo hacemos.

El paisano Ortega mirando vanguardias como un dominguero acomplejado resulta penoso. Ha llegado un tiempo donde casi todo lo que se crea es feo porque es un detritus del creador al servicio de un mercado especulativo.

El adagio jodorowskiano de que el arte debe aspirar a curar, muchas veces significa justamente lo contrario: el arte cura al artista, pero enferma al espectador que lo padece.

El complejo de inferioridad del arte y la espiritualidad frente a la ciencia es el padre de las vanguardias, madre de todas las posibilidades del artista absoluto y atómico sin más referente que su nigredo interior. El sobrehumanismo pretende que la originalidad es un valor psíquico individual, cuando lo que tiene el hombre son antenas.

Es cierto que durante toda la historia se ha producido basura artística a raudales, lo que sucede es que sólo lo mejor sobrevive al paso del tiempo.

Hay muchas personas que al acudir a Arco y fijarse en algo bueno, descubren al aproximarse a la obra que se trata de un “clásico” como Picasso o Modigliani. El tiempo lo cura todo. No quedará casi nada de Arco, aunque aumenten sus ventas en medio de la debacle.

El Método, sólo para iniciandos

19-diciembre-2008 · Imprimir este artículo

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sexcode1

El Método es la pastilla roja que te revela las claves del juego. Sabes por qué unos fracasan y otros no. De repente puedes decodificar el Matrix. En pocos meses se consiguen más resultados que con años jugando a ciegas. Pero hay que tener cuidado, es información muy caliente. Puede llegar a quemarte.

PARTE DE SARGEO. Barrio La Latina, Madrid, 12:30 de la noche
(léase antes y después del glosario)
Localizo a mi objetivo, TB8 como mínimo. Está en un set 4, mixto y con un MAG. Me acerco y rompo el set con un abridor enlatado, me concentro en el MAG y le mageo en unos diez minutos. Me falco y entretengo al set entero, pero sin dedicar ni una mirada a mi objetivo que ya empieza a reclamarme atención. Lejos de dársela le lanzo un par de negas muy medidos. Gracias al método indirecto (centrarme en el MAG y en los distractores en lugar de en el objetivo) he conseguido burlar su radar y sus denfensas. Me doy cuenta de que la cosa marcha cuando empiezan sus intentos de validación. Apenas ha hecho falta generar valor enlatado y ya he conseguido invertir el marco. Cuando ya estoy usando mis rutinas más fuertes aparece mi ala y se encarga de los distractores. Claramente hay una blocapollas (me parece que yo le gusto) así que se la señalo para que se la trabaje con especial cuidado. Calibro la situación: a pesar de haber recibido varios IDI’s, me parece que aún no está madura para cambiar de fase, así que pivoto con una TB7 que encuentro al lado. Observo que no muy lejos hay un natural, lo que me da la idea de dejar a mi objetivo con un pobre FRUSCO para evitar problemas (además, mi ala estará al loro). Al rato vuelvo con mi objetivo y utilizo un aislador estándar. Cuando ya estamos fuera doy inicio a mi campaña de romance y empiezo a soltar rutinas cargadas de 4CP y a aumentar la intensidad de mi kinoescalda. Unas cinco horas más tarde ya he cerrado. Me veo acariciando el cabello del objetivo, que yace en mi cama, plácidamente dormida a mi lado.

GLOSARIO

- Sargeo: práctica de El Método o Artes Venusianas o El Juego, es decir, práctica de la seducción o el ligue científico.

- Objetivo: Chica a la que se pretende sargear.

- Set: grupo de personas en el que se encuentra el objetivo. Se suele adjuntar el número de integrantes de un set. Así un set 3 simple, sería un set compuesto de tres chicas y sin ningún hombre.

- TB: o Tía Buena; hay varias formas de calificarlas, la más habitual es poner el tope en TB10, que sería aquella mujer por la que venderías a tu madre; y por abajo TB5 aquella con la que nos iríamos a la cama por los pelos. La simpatía también puede dar puntos.

- Marco: Contexto de la interacción. Es la arena real donde se juega la partida. El “subtexto”, lo que se mueve de fondo. El marco al que cualquier TB está habituada sería algo como: “yo soy el centro de atención y el premio por el que todos compiten”. En El Método lo primero que intentamos (con negas, desarmadores y rutinas de valor) es robarle su marco a la TB: será ella la que tendrá que luchar para conseguirnos.

- MAG: Macho Alfa de Grupo, es un hombre que tiene cualidades Alfa, que son la esencia del Juego: seguridad, sociabilidad, atractivo, etc. Normalmente el MAG es el que impone su “marco”. Su realidad siempre es más fuerte, si no, no sería el MAG. Digamos que los machos beta compiten por las hembras, mientras que las hembras compiten por el macho alfa. Esa es la regla del Juego.

-Abridores u openers: rutina para “romper” o abrir un set. A veces habrá que utilizar varias seguidas, a este se le llama “apilar abridores”. Se pueden hacer aproximaciones sin establecer una interacción directa con el set (por ejemplo pasar al lado y hacer distraídamente algo que llame la atención). A esto le llamamos “pre-openinig”

-Magear: conjunto de estrategias, técnicas y rutinas destinadas a desplazar a un MAG y ocupar su puesto, ganándonos de paso todos los puntos que él hubiera podido acumular por el camino. La mejor forma de magear es la insidiosa, cayendo bien al pobre MAG. Podemos imponer un nuevo marco que el MAG no sea capaz de rechazar, por ejemplo, evaluándole positivamente mientras, por otro lado, le asociamos a todo aquello que resulte directamente antierótico.

-Falcarse: ocupar el lugar preferente de un set, de tal manera que seamos el único centro de atención. Es preferible que a nuestra espalda no haya nada que pueda distraer (mejor una pared o la barra). Falcarse no sólo es útil con el set sobre el que se está trabajando, sino también con los que haya al lado que, inmediatamente, nos sentirán como el MAG de nuestro set. Puede llegar a ser un auténtico pre-opening.

-IDI’s: o Indicadores De Interés: cualquier cosa que haga nuestro objetivo para demostrar interés por nosotros: preguntarnos, tocarnos, acercarse… Hay IDI’s clásicos, por ejemplo, que ella apriete tu mano cuando se la ofreces. O que quiera indagar datos sobre ti. Lo mejor, por cierto es no ofrecer ninguno, para permitir que ella imagine lo que quiera. El objetivo normalmente ha salido a buscar una fantasía y, ¿qué derecho tienes tú para destruírsela hablándole de tu trabajo de bedel o auxiliar administrativo?

-Negas (y desarmadores): piropos envenenados destinados a reforzar nuestro marco. El desarmador es un tipo especial de nega diseñado para despojar de sus armas a la TB. Por supuesto, la principal es su belleza. Suelen tener además una bella estructura de “priva y dale” en el que primero se da una cucharadita de miel para, inmediatamente, retirar el bote. Son más efectivos si, además, tendemos un aro psicológico de validación, en el que ella intente validarse o cualificarse ante nosotros (lo que ya supone invertir el marco. Recuerda: ahora, tú eres el premio). Por ejemplo: “eres una chica muy guapa (cucharadita de miel), pero hoy en día la belleza es algo muy común (retirada del bote); qué tienes tú que te distinga de las demás (aro psicológico de validación)”.

- Distractores, obstáculos y blocapollas: otras personas que se encuentran en el set y que no son el objetivo. Un tipo especialmente molesto de distractor es el blocapollas (que puede ser masculino o femenino). El blocapollas es alguien que sin pretender nada real con el objetivo intentará por todos los medios que nosotros tampoco lo consigamos, el “perro del hortelano”, vaya.

- Ala o wingman: Otro iniciado en las Artes Venusianas que nos hace la cobertura. Su principal misión es entretener a los distractores para que podamos aislar al objetivo. También puede valer para aportar “prueba social”, es decir, para confirmar lo alfa que somos.

- Rutinas o material enlatado: material aprendido y prefabricado que tiene diferentes fines según la fase del sargeo en la que nos encontremos. Pueden servir para generar alto valor, romance, etc.

- Método indirecto y cambio de fase: El método indirecto o método VA-RO-SE se compone de tres fases o campañas de intensidad creciente: 1. VAlor, en la que se intenta generar la atracción; usualmente finaliza cuando el objetivo intenta validarse ante nosotros. 2. ROmance (esencialmente 4CP, ver abajo) y 3. SEducción propiamente dicha.

- FRUSCO: tipo FRUStrado COrriente que ni es un natural ni un artista venusiano.

- Natural: seductor efectivo que no necesita método. El método indirecto así como algunos otros han sido desarrollados a partir de la observación de los naturales. Es imprescindible conocer alguno para aprender, sobretodo en lo relativo a lenguaje no verbal y marcos de

- Radar y defensas: Conjunto de reacciones automáticas de las TBs para espantar FRUSCOS. Hay que burlarlas, escondiendo nuestras intenciones hasta que se haya completado la fase de atracción.

- Calibraje: Tomar el pulso de la situación, sobre todo para ver si está madura y cambiar de fase o aumentar la intensidad de la quinoescalada. Muchos IDI’S e intentos de validación indican buen pronóstico.

- Pivotaje: triangular con una tercera persona para dar celos a nuestro objetivo. Un pivote puede improvisarse ya que la mayoría de las chicas están dispuestas a entrar en el juego y divertirse. Una técnica clásica es decirlo directamente, lo que además supone un nega o “dale y priva” para el pivote: “hola, hay una chica que me gusta en este local (pausa dramática para que disfrute su “dale”)… Es aquella (señalando a otra) y quiero darle celos, ¿me ayudas?”.

- Aislador: rutina diseñada para aislar al objetivo y quedarnos a solas con él. Lo ideal es emplearlo entre la campaña de atracción y la de romance.

- 4CP: los “ingredientes” del romance: Confort, Conexión emocional, Confianza, Caballerosidad y Predestinación. Existen muchas rutinas enlatadas para generarlos. Sin haber trabajado a fondo estas áreas será casi imposible llegar a la fase final de seducción. Suelen necesitarse un mínimo de cinco horas.

- Quinoescalada: Conjunto de acciones destinadas a ir aumentando el contacto físico con el objetivo. Suele empezar por las manos, idealmente hasta el beso y más allá. Hay muchas rutinas ideadas para meter “quino” de forma indirecta.

- Cierre: el final de la campaña de sargeo, puede ser con teléfono, con e-mail, con beso o cierre propiamente dicho.

EEES: Espejo y Rostro de Europa

La construcción del soñado Espacio Europeo de Educación Superior es en última instancia imposible, porque imposible es la idea meramente ilustrada de Europa que sigue siendo la matriz de la que el EEES se alimenta.

Con el diseño del llamado Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) trata Europa de ofrecer salida a la aporética situación económico política actual. Pero justamente la educación superior no puede considerarse un campo especial, disociable de concepciones y programas relativos a la idea de Europa que portan sus diseñadores. Es necesario rastrear las raíces del presente remontándonos a la estructura histórica latente bajo la coyuntura actual para estimar el valor de las respuestas que hoy se ofrecen, es urgente hacerlo en el caso del EEES.

La incorporación al proceso histórico de las tecnologías derivadas de las ciencias modernas, contribuyó a un cataclismo cuyo alcance, todavía hoy, estamos tratando de medir. Se trata de un peculiar estado del mundo, la modernidad, cuya peculiaridad no radica en resultar de una crisis, lo que es común a toda novedad histórica, sino en haber instituido la crisis como norma. El EEES es el último índice de esta paradoja.

El efecto inmediato de la dialéctica que gobierna la relación entre ciencias y tecnologías ha consistido en una metamorfosis de la escala productiva de nuestras sociedades. Fue entonces necesaria la ocupación de las instituciones educativas por los contenidos científicos y tecnológicos que posibilitaron esa transformación de la producción. Hasta aquí todo se limitaría a la simple bendición de la abundancia y el aludido cataclismo a una “crisis de crecimiento” que dejaría inalterada la estructura de las sociedades afectadas. No es éste el caso.

Este proceso económico se realiza bajo las coordenadas de un nuevo orden filosófico a través del cual la Europa moderna promovió la apoteosis de una Razón, definida en términos de las ciencias físico-matemáticas y erigida en clave de bóveda de su arquitectura ideológica. Luminosa – acaso cegadora – razón que niega todo lugar a la fe en su concepción del hombre y del mundo. Razón que, frente a la tradición y el dogma, brilla en la conciencia individual de un sujeto apto para la verdad al margen de toda revelación. Así, aunque la cosmología moderna diseñe un mundo que es “una (horrorosa) esfera infinita, cuyo centro está en todas partes y el perímetro en ninguna”, se encuentra entre sus contenidos una conciencia racional que, en el ejercicio de la ciencia, conoce la verdad que permite el dominio del mundo. En virtud de esa potencia racional, cognoscitiva y hegemónica, el hombre ocupa un lugar singular en el mundo; pero no escapa al inexorable proceso de su naturalización. En efecto, esta conciencia, en cuanto “cualidad emergente”, figurará como término de la scala naturae a modo de ápice de la misma. La Europa moderna intentó constituirse en torno a esta idea de Razón, avatar de la ciencia natural en curso.

Pero semejante constitución es imposible, y su ruina patente desde el final de la Gran Guerra. Vemos tres signos fundamentales de su hundimiento: 1. el fracaso final del proyecto positivista de la ciencia unificada, 2. la crisis ecológica asociada a la nueva productividad y 3. el despliegue de una nueva forma de consumo que involucra el desmoronamiento último de toda forma de vida comunitaria. Son tres dimensiones conjugadas del desorden europeo contemporáneo. El programado EEES se nos presenta como un momento de ese desorden, manifiesto en estos signos de nuestro tiempo. Los glosamos en orden inverso:

3. La nueva escala productiva, resultado de la moderna codeterminación de las ciencias y las tecnologías, ha supuesto no sólo un incremento del consumo capaz de absorber la escalada productiva, sino también su transformación esencial. La producción envuelve al consumo y mediante una compleja técnica de producción del consumidor, arroja una forma inédita de subjetividad: desligada, enfática y emotiva. Se trata del sujeto del consumo contemporáneo: individual, lúdico-libidinal y de masas. El riesgo que supone la implantación de esta forma de subjetividad en los ciudadanos-consumidores tienen un eco cierto en el proyectado EEES.

En efecto, asumida la enorme extensión de la educación superior, que ha pasado en España de unos cien mil estudiantes universitarios en los años treinta al millón y medio actual, es preciso acomodar estas multitudes universitarias al mercado de trabajo. El problema aparece cuando este mercado fluctúa sin dirección, tratando de orientarse por un principio delirante que exige multiplicar la producción, diversificando los productos en una vana multiplicación de lo mismo, que satisfaga la subjetividad caprichosa y anhelante de los nuevos consumidores. El mercado de trabajo se hace así errático e indefinidamente fluctuante; y ha de ser en función de este proteico panorama laboral como se diseñe la estructura de una formación que habrá de resultar crecientemente indeterminada, infinitamente expectante de una maduración sin horizonte que ahora se espera en el postgrado. De aquí el énfasis, propio del más vacuo “pedagogismo”, en la formación de indefinidas habilidades, capacidades y procedimientos que den lugar a un nuevo hombre extremadamente versátil y flexible en armonía con el mercado de trabajo al que se dirige. La corrosión del carácter (R. Sennett) que genera esta “forma de formación” – sin materia – coadyuva a la figura del imprescindible consumidor a quien la mención misma de la voz “disciplina” (forma y materia de la educación) pondrá en estado de alerta nerviosa. Pero este hombre nuevo, de suyo inviable, sólo puede subsistir sobre los restos heredados de estructuras comunitarias. El hundimiento de estos elementos comunitarios de la civilización no conlleva únicamente inconvenientes materiales, suplidos por sucedáneos “servicios sociales”, sino sobre todo “la desintegración tanto del antiguo código de valores como de las costumbres y usos que regían el comportamiento humano, una pérdida sensible, reflejada en el auge de lo que se ha dado en llamar (…)“políticas de identidad”, por lo general de tipo étnico/nacional o religioso, y de movimientos nostálgicos extremistas que desean recuperar un pasado hipotético sin problemas de orden ni de seguridad. Estos movimientos eran llamadas de auxilio más que portadores de programas: llamamientos en pro de una “comunidad” a la que pertenecer en un mundo anómico; de una familia a la que pertenecer en un mundo de aislamiento social; de un refugio en la selva” (Hobsbawm.2004. p. 343)

2. Otra dimensión del colapso señala a los efectos destructivos del medio asociados a la nueva productividad. El general reconocimiento del desastre deriva, a mi parecer, de la perspectiva naturalista propia del ecologismo y de su pretensión científica, que armoniza inmediatamente con el enfoque moderno. La modernidad incurre en una plena naturalización del hombre, de suerte que halla un problema ecológico donde hay un problema histórico-político. En efecto, las condiciones biológicas del planeta están integradas y refundidas en el mundo – categoría ontológica – de suerte que su recuperación sólo puede lograrse tratando del mundo a su propia escala. Pero el mundo es sólo un producto de las sociedades históricas de cuya crisis deriva la descomposición y negación del mundo mismo, nuestro actual in-mundo. Es fácil que este lenguaje resulte extraño al lector, que puede tildarlo de metafísico. Indudablemente lo es, pero también es meramente moderno el desprecio de los contenidos metafísicos de una existencia humana que el proyecto de la modernidad quiere estrictamente naturalizada: mera-física frente a metafísica. También esta dimensión del desorden europeo tiene su eco en el EEES, bajo la forma de una privación de contenidos metafísicos y un fuerte acento en la autosuficiencia de los estudios científicos y tecnológicos. Los estudios de Humanidades – definidos por sus contenidos metafísicos: destino del hombre, universalidad cósmica o teológica… – sólo se asumen bajo la consideración de ornamentos culturales o reliquias arqueológicas, inutilidades gratuitas que pueden permitirse sociedades ricas. Ahora bien, esos contenidos metafísicos, al parecer demolidos por la crítica razón moderna, reclaman su pertinencia. No sólo porque es a su escala como ha de afrontarse la cuestión ecológica (el problema del mundo), sino también porque esa es la escala que exige el problema del hombre: baste señalar el aumento del número de suicidios que acompaña al Progreso y contra el que ni el “Programa de la Felicidad” del gobierno chino, ni la plétora de libros de autoayuda… parecen eficaces.

Finalmente, 1. signo metafísico del desmoronamiento de la modernidad meramente ilustrada es el incontestable derrumbamiento del programa positivista de la Ciencia Unificada. La clave metafísica sobre la que descansara el edificio ideológico de la Europa del progreso y la ilustración puede darse por perdida. Esta Ciencia Unificada bajo la forma de una Ciencia de las ciencias (Moral positiva, biología evolutiva, epistemología genética…) ha resultado inviable y con ella se obscurece el horizonte programático de la razón universal, única bóveda metapolítica que podría haber trascendido la fractura de hecho de la Europa moderna en una pluralidad polémica de unidades políticas. La Verdad cede su puesto a una república ingobernable de ciencias plurales e inconmensurables, contradictorias y enfrentadas cuyo sistema sólo logra un estatuto filosófico, que ha de admitir junto a teoremas demostrativos saberes infectos, junto a ciencias estrictas saberes opinables, junto a una razón fracturada, creciendo en sus brechas y sosteniendo el sistema del mundo, un basamento de creencias conformadas. La actual tarea, sobrepujando el lastre de este anacrónico EEES, consistirá en construir esta nueva filosofía si no antimoderna, al menos ya no meramente moderna. Otra tarea no cabe.

Walt Disney y los terroristas suicidas

Hay básicamente dos formas de reírse y dos fuentes distintas de comicidad. A la segunda la llamamos gag.
El gag forma parte de la tradición humorística y teatral, especialmente circense, y define algo así como una unidad cerrada de hilaridad pura: tiene que ver con el gusto muy infantil y muy primitivo por la sorpresa desintegradora, por el desorden irrumpiente, con el placer muy instintivo de que las cosas se salgan de su sitio, caigan o se desplomen inesperadamente, descarrilen fuera de su curso natural liberando una cadena causal -las fichas de dominó derribadas en fila- a contrapelo de la estabilidad convencional. Más o menos simple o más o menos elaborado (la silla rota que desbarata la solemnidad del payaso “listo” o la traca de torpezas de Peter Sellers en El Guateque), el gag agota en sí mismo, y en su repetición ilimitada, toda su potencia expresiva. Nos toca y abrimos la boca; nos golpea y sonamos, como un tambor o una campanilla; y si no nos cansa nunca es precisamente porque lo hace todo él, sin necesidad de que nosotros pongamos otra cosa que nuestro cuerpo. Si el arte es la posibilidad -según Kant- de pensar al margen del concepto, el “gag” es la obligación de reírse sin mediación racional o narrativa: una especie de “universal” de las vísceras ante el que rendimos una y otra vez, con ruido de sonajero, todo lo que hemos aprendido y todo lo que hemos experimentado. No hay nada malo, sino al contrario, en responder con cuerpo de niño a un desorden indoloro (en desencajarse de vez en cuando del orden severo de la historia y la naturaleza), pero esta obligación de reírse sin razón, al margen del mundo, se ha convertido hoy en la ley misma que organiza nuestra percepción y eso hasta el punto de que lo que no comparece bajo la forma de gag ni nos compromete ni nos conmueve. Sólo los estímulos que inducen en nuestro cuerpo una respuesta mecánica, sólo los que nos arrancan -con una carcajada o una emoción atómica- del mundo común nos interpelan y nos excitan. Es lo que llamamos equivocadamente “el triunfo de la imagen” para describir una experiencia caleidoscópica construida a base de golosinas visuales cuyos residuos diurnos (el dolor, la miseria, la muerte) no nos incumben.

Miguel Brieva

El gag más reciente, el gag paradigmático al que tratan en vano de imitar todos los autores y todos los géneros -lo he dicho otras veces- es el de las Torres Gemelas de Nueva York: cayeron de un modo al mismo tiempo tan increíble y tan familiar que sus 2.500 muertos apenas mancillaron el espectáculo. Puede que algunos, en Palestina o en Pakistán, contemplaran la escena como la inversión vindicativa del relato imperialista y se alegraran del golpe con rabia de revancha, pero los demás reaccionamos, en Madrid e incluso en Washington, de un modo menos elaborado, por debajo de toda ideología y antes de toda reflexión: sencillamente disfrutamos muchísimo. Técnicamente fue un gag tan bueno que un placer superior sólo podrá ya proporcionárnoslo una explosión nuclear. Tan bueno fue, nos impuso un gozo tan elemental, tan puro, tan infantil, que implorábamos sin descanso, como hacen los niños con el tío que se saca un bombón de las orejas: “hazlo otra vez”, “que ocurra otra vez”. Y como reconstruir las torres, infiltrarse en EEUU, aprobar un curso de vuelo y secuestrar un avión hubiese exigido un esfuerzo (y enseguida un pensamiento), nos limitábamos a ver la repetición por televisión. Aún podemos verla una y otra vez, como el traspiés del payaso listo, y sentir la misma alegría inocente y primitiva y desear sin maldad que ocurra de nuevo, aunque sólo sea en nuestro vídeo. ¿Somos más humanos que en Pakistán? Alegrarse sin razón y sin relato, ¿nos hace más justos o más morales? Después del 11-S vino el gag de Afganistán y el de la destrucción de Bagdad y el de las torturas de Abu Gharaib, mezclados sin solución de continuidad con otros gags menos logrados: un accidente aéreo, unas Olimpiadas, el cabezazo de Zidane, la boda del príncipe, el terremoto del Perú, el mundial de Japón. Todos los gags nos alegraron por igual o al menos de la misma manera, sin residuos ni remordimientos. Habría que haber rebajado un poco su calidad para que la realidad hubiese inundado las pantallas; tendrían que haber costado menos -en dinero y en muertos- para degradarnos hasta el pensamiento o la compasión. Así es el gag: no nos importa que el payaso se caiga, con tal de que se caiga aparatosamente; no nos importa que el torturado se retuerza, con tal de que se retuerza verdaderamente; no nos importa que las torres se desplomen, con tal de que se desplomen desde muy arriba; no nos importa el número de cadáveres con tal de que sea incontable. O como he escrito en otras ocasiones: no nos importará el apocalipsis, con tal de que podamos verlo por televisión. Se ha hablado mucho del terror como instrumento de la política, pero no se ha hablado de la tranquilidad que nos inspira su presentación, de la doméstica trivialidad que nos transmite el formato bajo el que comparece (el terror) ante nuestras miradas. No se ha hablado de la falsa tranquilidad como instrumento de la política. El terror nos calma cada vez que aparece en televisión; el terror nos garantiza la supervivencia cada vez que en un periódico, al lado de la noticia del aumento del PIB o del fichaje de Ronaldinho, leemos este apetecible titular: “La tierra, en peligro de extinción”. Todo son buenas noticias a condición de que nos arranquen del mundo común. ¿16.5000 especies animales amenazadas de muerte? Es un buen gag. ¿El fin del petróleo? Qué emocionante. ¿El encarcelamiento de la Pantoja? Eso quizás nos concierna ya un poco más…
Es esta falsa tranquilidad la que denuncian y desnudan las viñetas que viene construyendo desde hace años Miguel Brieva. Hay una que me gusta especialmente porque constituye el esquema mismo de una corrupción radical que otros hemos tratado de explicar de un modo menos eficaz mediante esos largos rodeos que llamamos libros. En ella se ve a dos jóvenes muy alegres con sendos paquetes de explosivos atados a la cintura, a punto de accionar un detonador. No son palestinos desesperados ni salafitas fanáticos al asalto del paraíso; no han pensado mal y han llegado a conclusiones equivocadas; no quieren cambiar el mundo, ni siquiera para peor. Se trata en realidad de un spot publicitario, el “eidos” de todos los spots publicitarios, el paradigma oculto al que pueden reducirse todos los anuncios y todos los impulsos al consumo. “Y ahora… mátese”, se lee en la parte superior. “Nuevo”, “Adelgace más de 75 kilos en 3 segundos”, “y en su propia casa”, “¡mátese ahora y pague en 12 meses!”. El joven sonríe tentador tratando de vencer las últimas resistencias puritanas de la chica: “¡Ey! ¿Nos matamos? ¡Lo anuncian por televisión!”. Y ella, con esa audacia un poco mimética de las clases medias cuando cometen un exceso -cantar en el karaoke o jugar a las prendas- secunda femeninamente con entusiasmo: “¡Veeengaaaa!”.
Miguel Brieva dibuja y escribe una y otra vez contra el gag de los terroristas suicidas. Ese es casi su único tema, como el de Blake es la alegría sobrenatural, el de Proust la memoria y el de Goya la locura humana. Un terrorista suicida es un sujeto que incurre en la antinomia lógica de matarse matando. Están por todas partes. Están también dentro de nosotros. Matarse matando es lo que hacen, sí, algunos desesperados fanáticos, algunos desesperados, algunos fanáticos, en lugares donde se vive mal por nuestra culpa. Pero “matarse matando” es lo que hacemos también nosotros, sin ninguna desesperación ni fanatismo, en lugares donde se vive ciertamente mejor sin ningún mérito nuestro, y en los que el convencimiento mismo de nuestra superioridad, motor de un consumo -es decir, una destrucción- desenfrenada, instrumento de una producción -es decir, una destrucción- delirante e irracional, derrite muy deprisa los polos, seca los ríos, despeina los bosques, envenena el aire, vacía los pueblos y desnuda a los niños. ¿Cómo se convence a un hombre de que se mate matando? En Pakistán, en Afganistán, en Palestina, en Iraq, se les empuja mucho, se les da una bomba y se les promete el paraíso a cambio de su gesto. Pero, ¿cómo -cómo- se convence a las clases medias occidentales de que acometan el atentado suicida más grande de la historia? Se les persuade de que el gesto es el paraíso mismo. Para una empresa de persuasión tan descomunal hacen falta medios también descomunales: es lo que llamamos capitalismo. Hacer estallar una bomba exigiría más conciencia (aunque fuese negativa) y más valentía por nuestra parte: en su lugar, se nos dan lavadoras, hamburguesas, pantallas de plasma, coches, ordenadores, teléfonos móviles, billetes de avión, refrescos, lencería fina y chocolates belgas. Es ese gag material, placentero, cotidiano (derribo ininterrumpido de mil Torres Gemelas) llamado “mercancía”, que nos arranca del mundo común y que no exige de nosotros sino que pongamos infantilmente el cuerpo. Es el gag de los 300.000 niños esclavos que recogen cacao en Costa de Márfil; es el gag de los 4 millones de congoleños muertos extrayendo de las minas nuestro coltán; es el gag de los millones de campesinos que ayunan para alimentar nuestras vacas. “Un estadounidense bate el récord al engullir 66 perritos calientes en 12 minutos”, nos cuenta, no un chiste de Brieva, no, sino un periódico español que describe el entusiasmo de los 50.000 espectadores que aplaudieron y ovacionaron a Joey Chestnut, el joven terrorista suicida de California capaz de derrotar al seis veces campeón mundial, Takeru Kobayashi, que no pudo devorar más de 63 hot-dog.
Pero el gag de la mercancía no basta. Hace falta también una operación de propaganda sin precedentes históricos, eso que perversamente denominamos “publicidad” para describir y celebrar la invasión del espacio público por parte de los intereses privados. No es extraño que Miguel Brieva utilice una y otra vez la publicidad para iluminar este dominio terrorista del gag. No es extraño que la publicidad -eso es lo que ven certeramente sus viñetas- concentre ahora toda la audacia estética, antipuritanismo moral y rupturismo revolucionario que hace cien años movilizó el arte de vanguardia para escandalizar al burgués y que hoy se inscribe en el corazón mismo de la mentalidad burguesa: es necesaria, sí, mucha audacia para persuadirnos de destruir alegremente el universo. El spot de Miguel Brieva citado más arriba, esquema categorial del género, no hace sino traducir la famosa síntesis capitalista excogitada por la casa Nike (“just do it”, “sólo hazlo”), eslogan donde convergen naturalmente Bin Laden y Joey Chestnut, Mohamet Atta y el Carrefour. Vemos al monstruo de Nueva York dirigiendo el avión de pasajeros contra la torre de Mahattan y a Dios detrás, tonante en su nubecilla, ordenándole: “Just do it”, “sólo hazlo”. Vemos a James Carney o a Jacob Cohen, pilotos de un B-52 estadounidense y de un F-16 israelí respectivamente, volando sobre Faluya o sobre Beirut, con la barriga de hierro repleta de bombas de racimo, y detrás una Biblia impresa en billetes de dólar que les dicta: “Just do it”, “sólo hazlo”. Vemos a un alegre consumidor madrileño en Toys’araus a punto de arrancarle la play-station, al mismo tiempo que la ropa y una pierna, a un negrito cuya casa ha sido destruida por una bomba y detrás a Papá Noel, al volante de un mercedes, que le conmina: “Just do it”, “sólo hazlo”. Y vemos a la humanidad aún vacilante, con un pie en el abismo, tentada de dar un paso hacia adelante, y detrás a la casa Nike y a Monsanto y a Roche y a Bayern y a Nestlé y a Coca-Cola y a Siemens y a Sony y a Repsol y a Chevron y a Renault y a Ford -y a los gobiernos que las empresas han elegido- señalando con el dedo el vacío: “Justo do it”, “sólo hazlo”.
Para que una verdad de este tipo no resulte ni demagógica ni solemne, para que no se convierta a su vez en un gag hay que ser un genio y basta un vistazo a sus viñetas para darse cuenta de que Miguel Brieva lo es. Un genio es alguien capaz no sólo de crear ciertas criaturas -frases o figuras- sino de crear, al mismo tiempo, la única atmósfera en la que pueden desenvolverse. Esa atmósfera es tan potente, tan precisa, tan orgánicamente sostenible que acaba por invadir y contaminar la nuestra, de tal manera que, a fuerza de imponer su extrañeza, acaba por impugnar nuestra familiaridad. Lo inquietante del universo de Brieva es que es el nuestro (como lo es el de los grabados luciferinos de Goya o el de las cabales metamorfosis de Kafka): es lo que Freud llamaba lo siniestro para describir un alejamiento repentino de la normalidad doméstica pero también un reconocimiento -una identificación súbita- de la irracionalidad integrada. Lo reprimido asalta de pronto nuestro horizonte visual corriendo o desplazando mínimamente la superficie consciente; basta un leve empellón al lenguaje en la misma dirección en la que habitualmente se expresa y basta amortiguar suavemente el color, tensar un poco las líneas de los rostros, aumentar artificialmente la alegría, vestir los cuerpos de otra manera -cosas que sólo puede hacer un gran artista-, para que todo lo que nos parece lleno aparezca horrendamente vacío. Basta seguir hasta el final el espíritu de Disney para que él mismo se voltee en el reverso de Disney, repentinamente amenazador, agresivo, un poco viscoso, un poco metafísico, inesperada cópula entre el capitalismo y el fascismo. Nadie ha sabido entender como Brieva el terror salvaje que abriga Disneylandia, el desorden metafísico de Mickey Mouse. El más allá del mercado está precisamente acá, en lo más próximo, al lado de la cuna, en el sofá del salón, en el peluche hitleriano, en el Bambi matón, en todas esas criaturas encantadoras y saltarinas que nos hielan la sangre con su felicidad irresistible, con su marcial alegría obligatoria. Miguel Brieva no es sólo un gran viñetista político (como lo son Quino o El Roto) sino un gran artista político, un gran iluminador de civilizaciones cuya obra -este Dinero o su anterior Enciclopedia- pueden compararse quizás, por su refinamiento gráfico y por sus efectos, al inmenso Grandville y a su Otro Mundo (1844), ese inquietante visionario capaz de imaginar exactamente el capitalismo industrial, mientras sus contemporáneos se limitaban a vivirlo vagamente, como Brieva es capaz de imaginar con precisión el capitalismo financiero y consumista mientras nosotros nos limitamos a experimentarlo borrosamente. Como la realidad no es verdadera -digamos con Alfonso Sastre-, para que la verdad llegue a ser real hay que imaginarla intensamente y con todo detalle.
Una imagen no vale más que mil palabras, pero un concepto sí. Un concepto vale de hecho más que mil imágenes. Los conceptos, al contrario de lo que pretendía Spinoza, se pueden mirar, tienen color y a veces hasta nos ladran. Nos dan también miedo. Dan siempre que pensar. Por eso el concepto es lo contrario del gag. ¿Pero puede hacernos también reír? Esa es la primera fuente de risa -en orden ontológico y racional- a la que me refería al principio. Los conceptos imaginados de Miguel Brieva nos hacen reír exactamente al revés que la costalada del payaso listo o el derribo de las Torres Gemelas; no por algo que ocurre fuera y sin residuos, no por algo que les ocurre a otros y que al mismo tiempo los anula, sino por una caída aparatosa en nuestro interior de la que ya no podemos recuperarnos. Está la risa mediante la cual renunciamos a conocer -en la que sólo ponemos el cuerpo- y está la risa extraña, un poco angustiosa, de conocernos, la que acompaña al hecho de caer de pronto dentro de nuestra mente y tener luego que activarla para levantarnos y levantar con ella todo lo que el gran gag del terrorista suicida está a punto de derribar: “no lo hagas, piénsalo”. Hay risas que se agotan en sí mismas y risas que te dejan tan mal sabor de boca que uno no puede dejar de enjuagársela enseguida con una acción (o con una omisión decente). El arte genial de Miguel Brieva es de los que te hacen reír sólo a la mitad del camino y de los que te obligan después a recorrer, quieras o no, la otra mitad. Con esas dos mitades debemos intentar alejar el abismo.

Tíbet: El genocidio impune

El mundo y la prensa empiezan a despertar ante la brutal represión del gobierno chino sobre los manifestantes tibetanos. La cifra de muertos asciende sin parar pero sin saberse el número de ceros que la censura china oculta. Los mismos reflejos de brutalidad e impunidad típicos de todas las dictaduras.

Pero no hablamos de la dictadura de una pequeña republica bananera o país africano, estamos hablando de un gigante militar y económico que tiene el honor de albergar los próximo Juegos Olímpicos el próximo mes de Agosto. El país con un gobierno con el espíritu quizás menos olímpico y más represivo sobre la faz de la tierra.

El pasado 10 de marzo, una vez más el pueblo tibetano, ha decidido abiertamente rechazar el poder impuesto desde Pekín desde hace más de medio siglo. No es casual que en este día, siete monjes tibetanos decidieran manifestarse pacíficamente en la capital del Tíbet, Lhasa, enarbolando banderas tibetanas, celebrando el día del levantamiento nacional tibetano de 1959 ante la ocupación militar china, 10 años después de la invasión en el año 1949. Pronto las protestas se extendieron a todo el territorio del Tíbet y la espiral de violencia asimétrica volvió a reproducirse alimentada como siempre por la represión salvaje del poderoso y bien armado y la frustración del indefenso pueblo tibetano.

Todo empezó con la ocupación ilegal del entonces Estado independiente del Tíbet. Ya en aquel entonces a las protestas le siguieron por una parte, el exilio del Dalai Lama a India, y por otra, una represión violenta por parte del Ejército de Liberación Popular, que en pocos días se cobró miles de víctimas. Meses después de esta tragedia, la Comisión Internacional de Juristas en un informe que distintos Estados llevaron a la Asamblea General de la ONU, calificaron los hechos de genocidio.

Y de nuevo la historia se repite, y desde este incidente de hace unos días que acabó con el arresto inmediato de los manifestantes pacíficos a palizas, de nuevo en el Tíbet se han encendido las llamas de la protesta. Esa misma tarde más de 300 monjes del monasterio de Drepung, situado a las afueras de Lhasa, intentaron dirigirse al barrio antiguo del Barkhor para manifestarse, pero las fuerzas paramilitares chinas sitiaron todo el enclave monástico, impidiendo la salida de los manifestantes. En éstos, y en días sucesivos, miles de tibetanos de todas las antiguas regiones tibetanas de Amdo y Kham (territorios que tras la invasión fueron separados de la hoy llamada Región Autónoma de Tíbet para integrarse en las nuevas provincias chinas de Gansu, Qinghai, Sichuan, Yunnan) salieron a la calle con banderas nacionales tibetanas y retratos de su líder espiritual, el Dalai Lama, desafiando con ello al poder impuesto por China.

Como consecuencia de estas protestas generalizadas, días después, el 14 de marzo, se impuso un toque de queda en la capital, que muchos tibetanos desafiaron. Las autoridades chinas no dudaron en ordenar ocupar las calles por los tanques y los militares, y ese mismo día más de 80 tibetanos fueron asesinados en Lhasa. La escalada de la violencia y de las protestas tibetanas no ha cesado, como tampoco ha dejado de aumentar el número de manifestantes asesinados y de detenciones y torturas en los centros de detención. La envergadura precisa de la represión se desconoce, ya que de inmediato tanto los turistas como la prensa internacional han sido expulsados del Tíbet con la misma rapidez, con la que los refuerzos del Ejército de Liberación Popular se han dirigido al interior del Tíbet.
Según los datos publicados por el Gobierno Tibetano en el Exilio, más de un millón de tibetanos han muerto desde la ocupación del país, como consecuencia directa de la nueva dominación china. Estos últimos hechos, no son acontecimientos nuevos o aislados, sino que son una perpetuación de las mismas acciones y actitudes. Además la represión política y judicial del Partido Comunista Chino a la oposición tibetana, las detenciones arbitrarias, las ejecuciones arbitrarias y extrajudiciales, las frecuentes torturas en las cárceles del Tíbet, las desapariciones forzosas, los abortos y esterilizaciones obligatorias, el control policial de los monasterios, la supresión violenta de las manifestaciones pacíficas como las recientes, la violación de las libertades de movimiento y de expresión, y la discriminación en la salud, el empleo, la educación, la cultura y la vivienda de todo un pueblo, apuntan a una política que las Naciones Unidas, ya ha denunciado en casos similares como los de Sudáfrica, de régimen racista y apartheid. A todo ello debe añadirse, que el masivo traslado de población, junto con la explotación humana y de los recursos naturales del Tíbet, comprometen la futura supervivencia de este pueblo neo-colonial, que según Pekín goza plenamente de los beneficios de ser una Región Autónoma y tiene como único instigador del descontento del pueblo tibetano al Dalai Lama, “un monje disfrazado de lobo”, según una de las últimas declaraciones de Zhang Qingli, máximo responsable de la represión actual en Tíbet, al estar ocupando el cargo de Secretario del Partido Comunista Chino en esta región. Tampoco resulta extraño que dicho cargo obviamente sigue a pies juntillas los dictados del máximo líder en China, el Presidente Hu Jintao, el cual de entre su amplio currículum cuenta con ser el ejecutor personal en 1989 de una represión de las mismas características en Tíbet, cuando ocupaba precisamente el mismo cargo que su actual sucesor, Zhang Qingli.

Todos estos hechos están siendo investigados en la Audiencia Nacional que el 10 de Enero del 2006 admitió a trámite una querella criminal por genocidio, crímenes contra la humanidad, torturas y terrorismo de estado con las autoridades chinas. La primera vez en la historia que se denunciaban y reconocían estos crímenes en un Tribunal. La querella fue presentada por la pequeña ONG Comité de Apoyo al Tíbet (CAT) en nombre de las víctimas tibetanas. El denunciar cualquier crimen no es solo un derecho sino una obligación y los crímenes universales como el genocidio no son una excepción. Consideramos por tanto la admisión trámite de esta querella como una buena noticia histórica que por más que digan y como veremos mas adelante, demuestra que sí existe un sana separación de poderes (judicial y ejecutivo) en la democracia española. Gracias a dios no todo es una vergüenza.

Respecto a las reacciones de Occidente, queremos apuntar a los hechos que nos siguen produciendo sonrojo y los que de alguna forma nos pueden permitir escapar de ese bochorno individual y colectivo. Veamos:

Los lideres de nuestras “grandes democracias occidentales” a los que se le llena la boca de consignas genéricas de libertad, democracia y justicia, callan, permiten y miran hacia otro lado cuando es el gigante chino quien comete los abusos. Sorprende y avergüenza que estos encorbatados y poderosos “hombres de estado” no se atrevan ni a recibir, cuando visita nuestros países, al Dalai Lama, Premio Nobel de la Paz y embajador de la no violencia, un simple monje tibetano con mucho que decir. No se atreven ni siquiera para tomar un té con pastas con la primera dama. Claro, no vaya a protestar la Embajada China y cancelar alguna visita comercial. Luego no cancelan nada porque necesitan nuestro negocio igual o más que nosotros el suyo. Sin embargo el miedo, la ignorancia o la hipocresía política persiste y en unos 15 años de varias visitas del Dalai Lama a España no se dignan a recibirle ni los Presidentes del PSOE, ni los del PP. Mientras tanto la maquinaria económica diplomática avanza como una apisonadora sobre los principios y derechos humanos en Tíbet y China y con masivos encuentros y fastos económicos, culturales y “Reales” con nuestro Gobierno, que desenrolla la alfombra roja invitando al Presidente Hu Jintao y su inmenso sequito como si de un idilio comercial se tratara. Y es exactamente eso de lo que se trata.

El problema por supuesto no es tanto el idilio comercial-económico sino el precio de credibilidad que se paga al bajar la cabeza y silenciar cualquier critica o denuncia a la situación de los derechos humanos en Tíbet y China.

Pero para paliar parte de este vergonzoso espectáculo llega la sorpresa hace unos meses y una “mujer de Estado”, la Canciller alemana Angela Merkel, decide que piensa saludar al Dalai Lama cuando visite Hamburgo. Los medios de comunicación de todo el mundo se estremecen como si se tratara de acercarse a Hanibal Lecter o como dice el propio gobierno chino a “un monje disfrazado de lobo”. Seguimos hablando de uno de los personajes más pacíficos y sabios que nadie pueda tener la oportunidad de conocer. Más sorpresas: Ahora el Primer Ministro Británico Gordon Brown que no iba a recibir al Dalai Lama en su próxima visita al Reino Unido parece que si le va a recibir. Y antes de las revueltas recientes el Príncipe Carlos de Inglaterra se niega a ir a los Juegos Olímpicos por la ocupación China del Tibet, Spielberg dimite como director artístico de los Juegos por la implicación de China en el genocidio de Darfur, la actriz Uma Thurman, hija de un prestigioso y querido tibetólogo de la Universidad de Columbia le recuerda que podría haber incluido al Tíbet en sus razones para dimitir sin gastar mucha más tinta y la genial Bjork en un reciente concierto en Shangai se pone a gritar Tíbet, Tíbet!!! en una canción con segundas, sobre la independencia, que originalmente se refería al yugo danés sobre Islandia. Tardarán en volver a invitarla y han anunciado que investigarán y censurarán con más cuidado el repertorio de los grupos que actúen en China… los grupos, los periodistas, Google, Youtube y un largo etc, para intentar contener la falta de libertad, las mentiras y el descontento que se acumulan.

A estas alturas del artículo esperamos que haya quedado más o menos claro lo que ha pasado y está pasando en el Tíbet pero sobre todo, los elementos más sangrientos, frustrantes e incompresibles de la historia y las actitudes que nos acercan o nos alejan de esta vergüenza incomprensible. Para terminar queremos acercaros a organizaciones y gente que trabajan desde hace tiempo para alejarse de la vergüenza y acercarse a la solidaridad echando una mano a la causa del Tíbet. Quizá la única manera de que toda esta pesadilla sirva para algo y no para incrementar el número de muertos desde la invasión del Tíbet, es informarse, movilizarse, asociarse y ayudar de mil maneras al trabajo de las organizaciones que ya lo están haciendo. Todo menos formar parte de la vergüenza del silencio, la pasividad o el miedo.

¡Es tiempo de actuar, y no de silencios complacientes!

La mejor manera de hacerlo estos días es:

En España:

Enlaces a nivel internacional

  • Para participar en la campaña de los Juegos Olímpicos: BeijingWideOpen.org
  • Por favor firmad la petición creada por Avaaz, una de las redes de activistas más importantes del mundo, que está ayudando con un millón de firmas para presionar a China para que la violencia en el Tíbet termine.
  • Por favor, firmen ésta otra petición para presionar al Comité Olímpico Internacional para que no lleven a cabo el plan de pasar la antorcha Olímpica por el Tíbet.
  • Para apoyar la histórica Marcha al Tíbet:aquí y aquí.

No entido por qué el cine español quiere dejar de ser insignificante

yo-soy-la-juani

No entiendo por qué el cine español quiere dejar de ser insignificante. Amenábar y sus pupilos nos meten en caserones donde asistimos al gran espectáculo del mundo. Se aseguran, así, un recibimiento caluroso más allá de nuestras fronteras, pero, ¿quién quiere ser universal? ¿Quién quiere ser comprendido, aplaudido, interpretado en los salones ojerosos de los festivales de cine y de las entregas de premios?
Con lo bonito que es ser localista e insignificante. Fijémonos en Volver (2006), la última película de Pedro Almodóvar: ¿se puede ser más vallecana que Penélope? O en Princesas (2005), de Fernando León de Aranoa: ¿se puede hacer un cine social verista y una égloga pastoril al mismo tiempo? ¿Quién quiere ser verosímil? ¿Quién quiere ser vallecana?
En nuestro país existen, afortunadamente, “autores” a los que esto de la verosimilitud se la trae al pairo. Pongamos a Julio Medem. Su Caótica Ana (2007), proporciona estados de ridículo más allá de la sensatez, y también más allá del genio. Su completa desconexión con nuestras ansias de verosimilitud no le detiene, no obstante, a la hora de componer una obra multicultural, poliédrica, como un ser mitológico de múltiples cabezas al que nadie retará en duelo por pura y simple estupefacción. Medem, con su rico mundo interior y su globo terráqueo en el ombligo, está muy lejos de la insignificancia. Tal vez si nos movemos hacia historias que tengan que ver con nuestro poso cultural nos encontramos con un cine español menos huérfano y no tan comido por sus referentes. Pero pongamos a Emilio Martínez Lázaro. Después de sus comedias musicales que tratan el tema de cómo a unos buenos tipos les suceden cosas ocurrentes y dinámicas, ahí va una de la Guerra Civil: Las trece rosas (2007). Las dos Españas. Lágrimas, dignidad y memoria histórica. Nada que ver con las dos Españas que Carlos Saura retratara en Deprisa, deprisa (1981), filmando un duelo verbal y generacional muy significativo en pleno Valle de los Caídos. No, la cosa ha cambiado. Ahora hay que lavar y vender muy bien una imagen, y decir luego eso de que hay historias que deben ser contadas (como si hubiese historias mayores y menores, vidas y muertes más relevantes que otras). La de Ramón Sampedro también era una historia que debía ser contada, mejor si además va al compás de las arias de Puccini. Nuestro cine está lejos de ser insignificante; es enorme, gigantesco.
En la periferia de este ente azaroso llamado “cine español” también encontramos adalides de la modernidad (también llamados ‘francotiradores’), lo que no quiere decir, necesariamente, que sus pretensiones tengan menos significación. La tienen, y mucha. Una película tan esquiva como Las horas del día (2003), de Jaime Rosales, contiene dos crímenes que no por inexplicables dejan de ser grandiosos. En esa línea, La soledad (2007), del mismo director, resulta más satisfactoria a nivel argumental e interpretativo, si bien Rosales es un enamorado de la filigrana, con todo el derecho del mundo. Viva la catarsis. Dentro de esta corriente de cine menos comercial, nos encontramos auténticos subgéneros como el de los barceloneses de clase media-alta que se retiran a los Pirineos catalanes a encontrarse consigo mismos, como es el caso de Remake (2006) de Roger Gual o Ficción (2006), de Cesc Gay (una de las películas más estimables de los últimos años). En otra rama aún más marginal (que en el caso de el “cine español” ya es decir) se encuentra el género documental, circuito en el que se agradece la presencia de José Luis Guerín, excepcionando cuando se copia a sí mismo, y en el que se observan casos como el del culto convocado alrededor de El cielo gira (2005), de Mercedes Álvarez, un intento desesperado de trascendencia fílmica que no mejora las cosas incluyendo la voz en off de la propia directora. Todo tiene un significado apabullante en el cine que se hace en este país. Queremos películas grandes sobre gente grande. Pongamos Alatriste (2006), dirigida por Agustín Díaz-Yanes, relato del maravilloso subgénero de Flandes que comienza como una película del subgénero de Vietnam para convertirse en una gran cantidad de tiempo en la que se cuenta una gran cantidad de nada. Eso sí, con muchos personajes.
Todos los años hay una película española importante que todo el mundo va a ver. Es normal que, al calor de su éxito, se alcen las críticas que perciben un todo a uno en el “cine español”. Porque no siempre se tiene el dinero para imitar las fórmulas que creemos que funcionan y que conviene perpetuar. Está claro, entonces, cuál es el panorama actual: una renuncia ciega ante nuestro fracaso, una sobre-exposición, y una vulneración de la auténtica materia de la que están hechas las historias, que no es otra que la absoluta insignificancia del ser humano. Voy a ser decididamente imparcial: el cine que me gusta no transmite el discurso oficial sobre las relaciones humanas, y con lo cual no suele estar dentro del juego de la meritocracia que tanto se practica en este país. Curiosamente, las dos películas españolas que más impacto me han provocado desde comienzos de este siglo han sido dos óperas primas, León y Olvido (2004) de Xavier Bermúdez, y La línea recta (2006), de José María de Orbe Klingenberg (productor de la ya mencionada Las horas del día). Termino con ésta última, a la que considero una obra emblemática. La línea recta tiene la virtud de no contar nada especial, nada concreto. Es imprecisa y áspera, casi antipática, con colores que inspiran virus gripales y aspereza. Aína Calpe, su protagonista, hace la más desapasionada de las interpretaciones mientras transita de un lado a otro de Barcelona dibujando fragmentos incompletos de una radiografía que es tan sincera como radicalmente comprometida con el lenguaje fílmico y sus formas. Todo un canto al vacío que somos y al vacío que dejamos.

Desventuras del cine español

3-diciembre-2007 · Imprimir este artículo

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todo-sobre-mi-madrePor Santiago Rubín de Celis y José Antonio Jiménez de las Heras

Resulta raro hablar de “cine español”, así, utilizando un genérico, cuando el espectro de una fractura parece querer descomponer el término. ¿El cine español es solo uno?

Cada vez parece más radical la ruptura, dentro de la producción cinematográfica realizada en nuestro país, entre dos conceptos, culturas, éticas y estéticas del cine bien diferenciadas. Entre una minoría, un cierto cine construido a partir de la búsqueda, del riesgo, de la reflexión y la consciencia; y una mayoría, que las más de las veces no solo no tiene nada que contar sino que, además, ni siquiera se plantea cómo hacerlo, y que se reproduce gracias a una industria puramente mercantilista y endogámica. Hoy me gustaría ocuparme de este último, pues él es la cara pública del “cine español”, el producto –nunca mejor dicho– que se esconde detrás de una etiqueta conciliadora y homogeneizadora.
El cine español, las estadísticas nos lo han confirmado, pierde cada año más y más espectadores. Su fisura con el público es cada vez mayor. Hay aquí dos razones posibles. Una (cierta, aunque generalmente utilizada como simple justificación; tampoco el cine coreano, alemán o argentino pueden competir con él) es la “oficial”: nuestro pequeño y desvalido cine no puede hacer frente al monopolio de Hollywood. La otra (mucho más grave) radica en el hecho de que ese público le da la espalda como demostración de su falta de interés y conexión por/con él. ¿Cuáles pueden ser los motivos de esa deserción? Sin duda, varios. De un lado el que ese cine, tan abiertamente comercial, haya perdido todo asomo de personalidad al resultar una (mala) imitación de modelos importados; el que resulte previsible al apoyarse en una rudimentaria narrativa de manual, obsesionada con un respeto clásico al guión, que, sin embargo, confunde casi siempre la perfección con el formulismo. También, el que su principal valor referencial sea la palabra en vez de la imagen; un dominio de lo textual/escritural que reduce el hecho cinematográfico a un grado cero visual. A esto, habría que sumarle una muy significativa influencia cada vez mayor de la ficción televisiva sobre nuestro cine que ha provocado inmediatamente el uso estandarizado de fórmulas expresivas propias de la pequeña pantalla y sobre todo el desarrollo de un “costumbrismo televisivo”, caracterizado principalmente por el protagonismo coral, la estructuración del relato en torno a un núcleo argumental común, la fuerte tipificación de unos personajes supuestamente cotidianos y representativos de nuestra sociedad, la diversidad en el tono (que mezcla drama y comedia con denuncia social) y el apoyo referencial de un medio en el otro –decisivamente cimentado en un star system que utiliza la tele como cantera, en una continuidad tanto argumental como a nivel de personajes entre ambos medios, en el uso de los roles desempeñados por determinados actores televisivos para conformar sus posteriores personalidades cinematográficas, además, por supuesto, de todo lo anterior–, que nada tiene que ver con el mundo real que nos rodea. Esta influencia, lejos de haber resultado positiva, como lo fue, por ejemplo, la irrupción de la generación de la televisión en el cine norteamericano a finales de la década de los años cincuenta, ha conseguido ayudar a desactivar un poco más la creación cinematográfica nacional tanto en lo que respecta a sus temáticas como en sus aspectos narrativos y estructurales. Pero, sin embargo, existe una problemática aún más grave a la hora de provocar esa desactivación: la imposibilidad de que ese cine esté en relación con lo real, que dé cuenta del mundo que nos rodea, ya que su idea de representación –me niego aquí a hablar de modo–, artificial y falsa, nos proporciona, a lo sumo, un simulacro de realidad. ¿Es o no preocupante, entonces, la gravedad de la situación del “nuevo cine español”?

El cine español, las estadísticas nos lo han confirmado, pierde cada año más y más espectadores. Su fisura con el público es cada vez mayor.

Un manifiesto por el cambio global de la educación.

6-noviembre-2007 · Imprimir este artículo

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Por Claudio Naranjo

Estoy convencido de que la educación sea nuestra mejor esperanza, pero de ninguna manera la educación que tenemos. Tenemos una educación para que nuestra próxima generación se nos parezca, pero nos urge tener una educación que nos ayude a evolucionar –personal y socialmente- para que podamos así dejar atrás nuestras plagas. Más específicamente, necesitamos una educación para trascender la mentalidad patriarcal, raíz de casi todos nuestros problemas colectivos y meollo de nuestra siempre más grave problemática: una educación que nos inste a dejar atrás modos de pensar y vivir peligrosamente obsoletos.
Cada vez se nos hace más evidente que nuestra vida civilizada surgió como respuesta al reto de un hecho cataclísmico en la historia de la Tierra: el calentamiento y desertificación que sucedieron al fin de los glaciares y de las inundaciones de su deshielo durante nuestra tardía prehistoria. Los territorios del actual Sahara, el cercano Oriente y las estepas rusas fueron un día un oasis verde que constituyó algo así como un jardín del Edén para nuestros antepasados, hacia el fin de nuestro último periodo glacial. Se piensa hoy que con el calentamiento y menor rendimiento agrícola de estas tierras, la adaptación de sus habitantes a la vida sedentaria dejó ya de servirles, y éstos, para poder sobrevivir, no sólo debieron volverse nuevamente nómadas, sino nómadas depredadores, violentos e insensibles. De tales nómadas somos nosotros los descendientes, pues tales “bárbaros” fueron aquellos que conquistaron, invadieron, “civilizaron” o reemplazaron a las poblaciones antiguas de Europa, India y el lejano Oriente.
Decía Gurdjieff que los problemas de la humanidad derivan de que los seres humanos, siendo tricerebrados, no consiguen conciliar sus tres cerebros; y ha descubierto la neurofisiología un cuarto cerebro —la corteza prefrontal— que por su función integrativa respecto al intelecto, la emoción y la instintividad pudiera decirse el asiento de la humanidad propiamente tal.
Decía Tótila Albert que los problemas del mundo derivan de la desarmonía entre nuestras tres personas interiores. Gran parte de mi trabajo ha sido inspirado por las ideas de Gurdjieff y de Tótila Albert, quien, yendo un poco mas allá de Bachofen (historiador suizo que descubrió el matriarcado a fines del siglo XIX), planteaba que nuestra historia ha atravesado por una etapa de nomadismo original “filiarcal” (en que dominaron los valores de la juventud y la instintividad animal), luego la etapa “matriarcal” del temprano Neolítico y finalmente la era patriarcal, iniciada hace unos seis mil años. Planteaba también que estas tres formas de vida fueron la respuesta a las situaciones traumáticas del momento, y que ya es hora de que nos tornemos en hombres completos, en cuya vida familiar, valores culturales y sobre todo, mundo interno, se establezca un “abrazo a tres” entre Padre, Madre e Hijo. Entreveía una era “de los tres”, más allá de la sociedad patriarcal. Pero pensaba que sólo podría ser alcanzada tal sociedad sana a través de la realización de la plenitud “trinitaria” en el corazón de muchos; lo que entrañaría algo así como un cruce colectivo de un “mar Rojo” de la conciencia: un proceso de búsqueda, sanación e iluminación colectivas del que dependerá que dejemos atrás nuestra condición crítica.
Tótila Albert hablaba de una integración entre padre, madre e hijo en nuestra “familia interior”. Pero yo he traducido su lenguaje de las tres “personas interiores” a uno que contempla tres amores: el eros o amor-goce, que se expresa en el amor a sí mismo y ejerce la libertad en la búsqueda de la felicidad; el ágape, benévolo y materno, que subyace al amor al prójimo; y el amor-respeto o philia, que deriva del amor del niño hacia el padre.
En La civilización, un mal remediable, expliqué la “mente patriarcal” como un desequilibrio en el cual se ve exaltado el amor-respeto (que mira hacia los padres, las autoridades y los ideales), se ha eclipsado y falsificado el amor materno, e inconscientemente criminalizado el eros. Por ello, vengo proponiendo una “educación trifocal” dirigida a las partes “padre”, “madre” e “hijo” de nuestras mentes. He sugerido, también, que a la actual educación eminentemente intelectual que ofrecen hoy en día nuestras escuelas se incluya una “educación del corazón”, y que no se olviden el aspecto emancipatorio de la educación o su relevancia a la felicidad (inseparable de la salud y de la virtud). También me parece evidente que la educación (más relevante ahora a pasar exámenes que a comprender el mundo y la vida) deba ayudar también a la gente a conocer su mundo interno y no solo su mundo exterior, y que con ello deba dejar de lado su orientación excesivamente tecnológica.
Pero para que la educación llegue a ser así, es evidente que necesitaremos formadores especialmente preparados. Y será vital para la transformación de la educación, así, la transformación de los educadores a través de un proceso educativo mucho más amplio y profundo que el proporcionado por las actuales escuelas de pedagogía. Además, para que pueda haber tal formación de formadores que se ocupe de proporcionar aquellas competencias que Salamanca non presta, será necesario un método de educación transformador, eficiente y rápido. Y es este, diría yo, mi más significativo aporte a la posible transformación de la educación.
Años atrás me sentía como un campesino de cuento de hadas que, después de mucho tiempo de cultivar los frutos de su tierra experimentando con toda clase de híbridos, se encuentra con algo así como un tesoro: una planta cuyo jugo pudiera matar al dragón que está asolando la comarca.
De pronto me vi habiendo inventado (casi sin quererlo) lo que hacía falta para una transformación rápida y masiva de la educación en el mundo occidental. Sin ignorar el hecho de que la educación ha sido una de las más retrógradas de nuestras instituciones, albergaba la loca esperanza de que pudiera hacerse el milagro. Pues parecía hacerse obvio que nuestra salvación depende de un cambio de conciencia y que solo la educación podría permitirnos inducir masivamente tal cambio evolutivo en el mundo.
Proponía que está en nuestras manos llegar a educar seres más sabios, benévolos y libres de lo que nosotros hemos sido y dejarles la Tierra por herencia a nuestros hijos a través de un acto que nos haría salvadores de nuestra especie. Hablaba para todos porque la comprensión compartida por todos tendría un poder determinante para cómo se desarrollasen las cosas.
Pero ya no me siento como uno que puede decir que es posible transformar la mente patriarcal por medio de la educación. Me parece que, más bien, tal transformación “podría ser posible”.
Pues hay resistencias, ¡y qué resistencias! Ni son muchos quienes quieren el cambio de la educación entre los profesores, cansados, desmotivados, decepcionados e insuficientemente dispuestos a arriesgar sus puestos; ni parecen quererla los ministerios, según ha estado siempre a la vista a pesar de innumerables comités para la Reforma. No la esperan ya los estudiantes, no interesa a los que dictan políticas educativas y menos aún parece quererla el espíritu del imperio comercial global, que solo parece querer que se pueda seguir repitiendo business as usual. Así, digo ahora más bien que tenemos la visión, la metodología y hasta la estrategia, pero no podemos decir que la educación pueda cambiar; sólo que podría cambiar si llega a haber suficiente voluntad política a través de la maduración de la conciencia de los poderosos; o si llega a haber suficiente claridad y consenso en la opinión pública, de cuya legitimación —más tarde que temprano— todo depende.
Les hablo a las autoridades, que tal vez algo pueden hacer en vez de rendirse al imperio comercial pseudodemocrático de Mamón. Les hablo a los profesores, instándoles a que dejen atrás su resignación depresiva y se hagan agentes de un gran sueño. Les hablo muy especialmente a los potentados anodinos, cuyo despotismo oligárquico se oculta tras la máscara de un supuestamente benigno y democrático despotismo del mercado. Y les hablo muy especialmente a los funcionarios de los grandes organismos del comercio global, con la esperanza de comprender colectivamente cómo no solo nos convendría a todos, sino a ellos mismos, cumplir con la responsabilidad que nos cabe de velar por el rumbo de nuestra nave espacial Tierra.

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