La cultura del sexo casero

Ya no se respeta nada; ni tan siquiera la antigua y venerable industria de la pornografía está a salvo de la ‘piratería’ en Internet. En sitios como Marqueze.net o RedTube, millones de paisanos y paisanas en alegre confusión están minando a una de las principales y más antiguas industrias editoriales del planeta. Una industria que comenzó allá por el Paleolítico con dibujos obscenos en paredes de cavernas, y que ha estado siempre en la vanguardia de la tecnología, desde la imprenta al DVD, está en peligro. Y todo porque los consumidores de pornografía
prefieren, horror, el ‘porno’ amateur al profesional. Prefieren hacerse ellos mismos sus propias películas, textos o fotos, en lugar de consumir las que se les ofrecen. ¿Qué está ocurriendo?

Es difícil comprender por qué los consumidores de pornografía prefieren otra cosa que el material profesional. Esas señoras imposiblemente neumáticas con gesto aburrido; esos señores bigotudos de espectaculares y fláccidos miembros; esas coreografías rituales y manidas; esas
cicatrices de cirugía estética barata resaltadas por iluminaciones inexistentes… La gente, inculta que es, prefiere en cambio entusiastas parejas aficionadas dedicándose con vigor e imaginación a algo tan humano y sencillo como hacer el amor. Prefieren mujeres y hombres
normales en lugar de las extraterrestres estrellas del porno profesional, probablemente porque resulta mucho más erótico fantasear con la vecina de enfrente o con el mecánico de la esquina que con un cuerpo plástico y supermaquillado de características anatómicas poco vistas (fuera del mundo del cine). Decididamente la gente prefiere sus imágenes de sexo explícito caseras, entusiastas y sencillas. Y lo que ocurre es que hasta ahora eso era complicado, o directamente
imposible. Cámaras, focos y el resto de los artilugios de un rodaje cinematográfico estaban fuera del alcance del pueblo llano. Si se podía echar mano de un tomavistas o una cámara de vídeo, había dificultades para tomar las imágenes, y después para revelarlas y proyectarlas; las
empresas de revelado nunca han sido conocidas por su discreción. Las películas amateur así conseguidas carecían de circuito de distribución, lo cual limitaba mucho el ‘efecto morbo’ de imaginarse a alguien ahí, mirando. La autopornografía estaba severamente limitada por factores de coste y oportunidad.

Hoy, en cambio, las cámaras de vídeo las venden baratas los periódicos, el revelado es innecesario, y hay miles de sitios en la Red donde este material es recibido con entusiasmo. El personal, ya lo hemos visto, gusta de sexo doméstico para sus necesidades de pornografía, y los aficionados que graban sus ‘performances’ ahora pueden hacerlas circular con facilidad y con el reconocimiento del público entendido. Las ventas disminuyen, porque las películas de larga duración profesionales encuentran dificultades para competir con los ‘cortos’ de los aficionados; mucho más adecuados en longitud a las necesidades del consumidor. Se ha generado toda una subcultura del sexo casero que está empujando a la industria profesional hacia temas más salvajes, posturas más acrobáticas y prácticas más inverosímiles, en el intento de
conservar un margen de originalidad.

Pero existen límites a lo que las entradas naturales de un cuerpo humano, o el gusto del público, pueden tolerar. El intento de la industria de explorar más allá de las fronteras habituales tropezará con barreras en breve. La difusión del ‘porno’ amateur, hecho por amantes, no cejará. Y una de las más antiguas, rentables y seguras industrias editoriales dejará de existir. Las demás, todas aquellas empresas dedicadas a la publicación de material no pornográfico, harían bien en empezar a aterrorizarse. Porque como no reaccionen, su destino es el mismo.