Identidad sexual performativa


Ni celeste ni terrestre te hicimos, ni mortal, ni inmortal, para que tú mismo, como modelador y escultor de ti mismo, más a tu gusto y hora, te forjes la forma que prefieras para ti (…) ¡altísima y admirable dicha del hombre! Al que le fue dado tener lo que desea, ser lo que quisiere. – Giovanni Pico della Mirandola, Oración acerca de la dignidad del hombre (1484).

Con “identidad sexual performativa” no nos referimos al paisaje humano de una de Almodóvar, a Toni Cantó vestido de Lola (Todo sobre mi madre), ni tampoco al reciente reconocimiento de la justicia española de parte de los derechos de gays, lesbianas y transexuales. No sólo a eso. Se trata de una cuestión mucho más antigua, que alcanza al Renacimiento, la época de Pico della Mirandola. Estamos hablando, quizás, del último peldaño del Individualismo.

Una cita -muy manida- de Simone de Beauvoir dice que “no se nace mujer, se llega a serlo”. Dos conclusiones pueden sacarse al respecto. La primera es que nadie nace con un género, el género es siempre adquirido. Podemos admitir ciertos condicionamientos biológicos (nada contra lo que no pueda la “cirugía de reasignación”, vulgarmente llamada, “cirugía de cambio de sexo”), pero lo que ya está totalmente demostrado y reconocido es que el género es un artificio, una ficción; es performativo y se fabrica mediante un conjunto de actos aprendidos, conductas repetidas, gestos y otros medios discursivos. Resulta de un proceso de imitación y trabaja, únicamente, en la superficie del cuerpo (Judith Butler, El género en disputa). Va a estar restringido por unas circunstancias dadas, sociales y políticas. El sexo de los griegos (proclives a la homosexualidad y la pederastia) no era igual al sexo de nuestros padres, que aún recordarán la “ley de vagos y maleantes” y la de “peligrosidad social”, hostiles a homosexuales y transgénero. No es casualidad que Foucault escribiese su Historia de la sexualidad de seguido, después de Vigilar y castigar. Vigilan y castigan nuestro cuerpo, nos roban el género con frases como “ya no eres una niña”, “haz el favor de cruzar las piernas”, “no seas marimacho”…

La segunda conclusión, en relación a la cita de Beauvoir, es más optimista. Si el género es construcción, podemos inventarnos a nosotros mismos: “como modelador y escultor de ti mismo, más a tu gusto y hora, te forjes la forma que prefieras para ti”. Consiste, todo esto, en un salto cualitativo, del “CONÓCETE A TI MISMO” al “INVÉNTATE A TI MISMO”. Dejamos de reconocer la biología como destino. Matamos la biología. No nacemos ni hombre ni mujer; no somos, por mandato divino, varón o hembra (diga lo que diga Ana Botella). DEVENIMOS… Gilles Deleuze y Félix Guattari empleaban este verbo, “devenir”, para proponer una construcción del sujeto alternativa a los imperativos de lo masculino y lo femenino, esta máquina dual que tiene su más ingenua expresión en el color de los patucos (azules para ellos, rosas para ellas).

La sexualidad es una producción de mil sexos, que son otros tantos devenires incontrolables. – Deleuze y Guattari. Mil mesetas, capitalismo y esquizofrenia.

El arte de los últimos tiempos ha dado testimonio de un profundo malestar con relación al cuerpo (humano). Antonin Artaud fue el primero en “declarar la guerra a los órganos”, en concebir “un cuerpo sin órganos”. Decía: “Pues atadme si queréis, pero yo os digo que no hay nada más inútil que un órgano”. Esta guerra armada a la anatomía encubría una problemática asociada a la identidad. Artaud nunca aceptó su sexualidad, su anhelo era “dilatar el cuerpo de su noche interna”. Su posición, su difícil relación con un mundo fagolocéntrico, con un canon heteronormativo, se perpetúa y da lugar a una crítica a la propia estructura física, a la constitución biológica del cuerpo. El arte no quiere los límites de la piel, suprime los orificios. El rostro se convierte en espacio vacío. La carne, condenada a la podredumbre, anhela la consistencia de lo metálico. El arte sueña un cuerpo electrónico. Nacen las Bad Girls; el Cyberfeminismo, que vindica un cuerpo posthumano que es el cyborg, “híbrido de máquina y organismo, criatura de realidad y ficción”. Asociaciones entre el hombre y la máquina diversas, excitantes y peligrosas (herramientas tecnológicas como extensiones del cuerpo, experiencias con robótica…), como las que desarrollan el australiano Stelarc o el catalán Marcel.li Antúnez. Todas estas elucubraciones en el campo de las artes suponen o han de suponer una redefinición de lo sexual y demuestran que “los géneros también pueden volverse total y radicalmente increíbles”.

Puede parecer que todo esto no son sino blasfemias contra natura, pero no dejo de pensar, como Lord Henry (El retrato de Dorian Gray), que “la naturalidad también es afectación, y la más irritante”. Es común el miedo a rebasar la escala humana, un “temor frankestenianao” a jugar con el cuerpo… Tecnofobia aliñada con “pellizquitos” de homofobia y una “puntita” transfobia; un sentir apolillado que nos impide rediseñarnos y entender el género como “artificio libre de ataduras en pro del pleno desarrollo de nuestra personalidad”. Todo cambio es una amenaza, mas “de donde nace el peligro nace la salvación también” (Hölderlin). La salvación (al menos en este mundo, hecho de carne y fragilidad): superar los estereotipos identitarios y quitarnos, de una vez por todas, esos patucos-grillete de las categorías sexuales.

Dos sexos son ya pocos, dada la vastedad y variedad del mundo. – Virginia Woolf, Una habitación propia.

Para nosotros no hay uno ni dos sexos sino muchos: hay tantos sexos como individuos. – Gilles Deleuze y Félix Guattari, El Antiedipo.

Mi cuerpo es mi escultura. – Louise Bourgeois

El arte del sexo

Sucedió algo extraño de camino a la revolución.

Como escribió Chesterton la historia de la ideas en Europa no es la historia de grandes conceptos que han sido llevados a la práctica y abandonados cuando sus resultados no fueron satisfactorios. Al contrario, las ideas se ponen en práctica a medio camino y se abandonan por la mitad sin llegar a ninguna conclusión satisfactoria. Por eso nada termina de desaparecer en nuestro panorama mental y cuando nos encontramos con alguna idea que sí ha sido llevada a la práctica y con resultados desastrosos –como pueda ser cualquier variable del fundamentalismo religioso que nos aflige- el subjetivismo posmoderno imperante permite a sus defensores negar la realidad, alegando que se trata de grandes discursos equiparables. Pero la realidad resulta bastante tozuda y una de las más universales es que la represión sexual es una mala idea con muy malos resultados, que crea personas bastante peligrosas.

En la década de los sesenta del pasado siglo se intentó hacer algo al respecto y se empezó a hablar de “revolución sexual”. Una de las revoluciones que como apuntaba un cómico del momento, debió de tratarse de una de la que menos gente ha tenido en las barricadas.

El asunto terminó de muy mala manera. Lo que se llamó amor libre resultó ser una forma más de explotación de la mujer con figuras tan patéticas como las “groupies”. Para hacerse una idea de a lo que me refiero me remito a películas como Casi famosos, de Cameron Crowe, donde se presenta en términos positivos que el protagonista cambie a una chica por unas latas de cerveza.

Y en cualquier caso el SIDA puso fin a esa era de promiscuidad sexual. A la sombra de la plaga todo tipo de grupos fundamentalistas han intentado imponer sus agendas a sociedades que eran más que reacias. En Occidente la lucha de la Iglesia Católica, y de otras Iglesias, para frenar el uso de preservativo es una lucha perdida, pero en el África subsahariana no y los resultados solo se pueden calificar de catastróficos. No menos grave es su rotunda negativa, igualmente en contra del consenso de la ciencia medica, de que la homosexualidad no es una patología.
A día del hoy el erotismo, entendiendo como tal la actividad sexual que no está orientada a la reproducción, está seriamente amenazado.

Se trata por supuesto de un movimiento social propiciado, como apuntaba Bataille, por el miedo que despierta esta faceta del ser humano por lo que tiene, o mejor dicho puede tener, de incontrolable.

Por favor, no miren al elefante en el salón.

Pero volviendo a Occidente el resultado es verdaderamente extraño. Somos una sociedad cada vez más puritana que se niega a hablar de sexo en otros términos que no sean de cotilleo – lo que hacen o no hacen los famosos- o de curiosidades más o menos divulgativas, pero no de algo que es una necesidad individual de un ser humano equilibrado.

Pero… ¿Quién necesita una vida sexual sana si tiene un coche de último modelo? La comprensión por parte de los expertos de marketing de los mecanismos de la sexualidad resulta cómica para quien entienda los mensajes subliminales que contienen este tipo de anuncios. “La potencia sin control no sirve de nada” es un reproche que a ningún hombre le gustaría tener que escuchar en un pasillo, ni en un armario, ni mucho menos dentro de un dormitorio.

Y si la sexualidad masculina parece haberse vinculado al consumo ostentoso de símbolos de potencia viril que apelan a la magia (¿Qué otra cosa es sino pensar que si te compras un conche que coge las curvas con precisión incansable, tú vas a “coger las curvas” con no menor precisión?), la sexualidad femenina parece vinculada a un intento de buscar la eterna juventud, que ríete tú de Ponce de León.

La presencia de Internet ha hecho que la pornografía sea infinitamente más accesible que antes. Encontrar fotos de hombres y mujeres desnudos está ahora solo a un clic de ratón. Lo que es más, el disco duro del ordenador es desde luego preferible al reverso del colchón para esconder estás fotos.

Sin embargo, se da la curiosa circunstancia que la proliferación del material pornográfico –y su fácil acceso– han hecho que se desvanezca el erotismo.

De qué hablamos cuando hablamos del amor.

Existen abundantes manuales de anatomía que explican la faceta digamos hidráulica del sexo. No faltan manuales -modernos kamasutras- que explican la faceta técnica del sexo. Qué hacer, cuándo hacerlo y por qué.

Y sin embargo… No creo que nadie se excite con las fotos de un manual de fisiología. No creo que nadie se haya masturbado nunca utilizando un manual de ginecología o urología. (Aunque de esto uno no puede estar absolutamente seguro. En el sexo no se puede estar seguro de casi nada.)

Creo que todos hemos pasado por la experiencia en la primera adolescencia de recibir clases de educación sexual donde se ofrece una detalladísima explicación del proceso reproductivo humano, pero que son absolutamente inútiles a la hora de entender todas esas emociones que bullen en tu interior. Y mucho menos a la hora de entender las emociones de los demás.

Las acrobacias eróticas del Kamasutra despiertan en más de uno una sonrisa de incredulidad.

Existen psicólogos que analizan las emociones relacionadas con el amor. ¿Pero quién acude a un psicólogo sino es cuando ya hay un problema que no puedes seguir ocultándote a ti mismo?

En el intervalo, la mejor opción para entender el sexo, mejor dicho, para entender la forma en que somos criaturas sexuales, procede del arte. De la misma manera que aprendemos a apreciar un paisaje o que reconocemos una situación kafkiana, las obras de arte –de El último tango en Paris a La Celestina– nos permiten refinar nuestra sensibilidad y aprender de vidas ajenas. Desarrollamos nuestra empatía.

Sin el arte somos analfabetos emocionales. Para entendernos a nosotros mismos y entender a los demás, nuestra mejor guía son los artistas.

Danza con lobas


Las puntillas de las enaguas se ensucian con el lodo de las trincheras. Y sí, las mujeres aprendimos a usar vestidos de telas vaporosas o aún peor: aparatosos miriñaques, y a pesar de ello seguir adelante. Un resultado práctico del proceso histórico: el discurso agresivo del feminismo tampoco nos sienta bien, nos demacra, nos aleja de nuestra esencia y además -está visto- no nos conduce a nada.

Noches de vals, encajes, suspiros y apretados corsets que retenían el aliento, una manera de contener, cortar de raíz los impulsos -como en Juana la Loca – de nuestras hormonas e instintos que generan un movimiento que no pretende ser ni social ni político. La “movida” es como la Carmen: de abajo hacia arriba. Subversiva y con esencia; tan primigenia como la simiente que olvidamos día tras día, con una amnesia progresiva.

Sin embargo, Clarissa Pinkola Estés -terapeuta junguiana y doctora en Psicología- apuesta porque el relato ancestral popular ayude a reestructurar el arquetipo real del “ser femenino”, a través de los símbolos que rememoran la fragancia, el resplandor y la sabiduría de la Mujer Salvaje que fecunda, alcanza el instante cósmico, “pariendo” la realidad. La mujer y su tiempo propio, análogo al universo, responsable del cuidado de las cosechas en construcción con el espacio sagrado de la renovación de la tierra, la naturaleza y su propia simiente. La mujer initiatrix y creatix.

Lo femenino en la antigüedad y la agricultura; con una sacralidad similar y compartiendo el ciclo cósmico: nacimiento-crecimiento-muerte y regeneración. Como menciona Mircea Eliade, la siembra y cosecha son rituales arcaicos, que se practican sobre el cuerpo de la Madre Tierra la que sabiamente desencadena las fuerzas de la vegetación. A la vez se introduce al espacio cósmico en el que se diferenciará cuáles serán los tiempos benignos. Su rol como hacedora con una gran energía interna sumada a la magia sexual, han sido usadas por varias culturas considerándola decisiva y necesaria.

“Arrástrate hacia la tierra: tu madre”, señala el Rig Veda. Las eslavas y alemanas recorrían los campos desnudas para propiciar una buena cosecha en un ritual que aumentaba la fertilidad de las cosechas. Eróticamente, en Finlandia las mujeres llevaban los granos en una camisa menstrual, en el zapato de una prostituta o en la media de un bastardo, aumentando la fecundidad de las semillas con una alta carga sexual emanada por esos objetos. El lino en Suecia era cultivado por las mujeres y las remolachas eran más dulces cuando eran sembradas por esas sabias manos.

La tarea de “La Loba” se inicia con la recolección de huesos. La loba es la propuesta de Pinkola Estés, una imagen que significa la conexión total con su parte intuitiva, distinguiéndola del hombre. “La mujer salvaje como arquetipo es una fuerza inimitable e inefable”. Cuando tiene su esqueleto formado “se sienta junto al fuego y piensa qué canción va a cantar”, entonces la osamenta toma forma, se cubre de carne y comienza a respirar. “La loba canta con tal intensidad que el suelo del desierto se estremece y, mientras ella canta, el lobo abre los ojos, pega un brinco y escapa corriendo cañón abajo”. En algún momento se transforma en mujer que corre riendo a carcajadas. Ahora podrá identificar las falsas trampas en un equilibrio psíquico natural que se pierde en una crianza con exagerados sistemas de “domesticación” de estas virtudes. Vive en estado de alerta y cautela para defenderse en los profundos y oscuros bosques psíquicos.

De la “matrilocación” a la admiración y sacralidad de la hierogamia de las diosas míticas. Es ahí donde se despliegan el tramo de eslabones perdidos pero que claramente exponen a mujeres guerreras, sabias, seductoras, intuitivas y amantes. Como Isis y Osiris. Como Ishtar y Anaku.

La cananea “Anat” parte en búsqueda de su amado, una constante que se repetirá en varios relatos míticos. Esta diosa guerrera heredera de Inanna, concepción babilónica de las diosas que afirman la fortaleza física conjugada con una gran sensualidad, una lógica interna profética y por sobre todos estos rasgos: una visión universal sin la necesidad de ninguna mediación. El secreto no consistiría ni en la superioridad, ni en la inferioridad de la mujer; sino como en las parejas míticas, la numinosidad de lo femenino se manifestaría en el poder oculto de la mujer para lograr en conjunción con el hombre la Unidad de los Opuestos.

Xena y Diana, más conocida como la “Mujer Maravilla”, no se alejan tanto de este arquetipo. Diana recordando a las “amazonas”, con sus cacería de sementales masculinos para su reproducción, se diferencian de las diosas babilónicas que luchaban como la griega Psique lo hizo por su amor, Eros. Fue más fácil elaborar un decálogo para cazar “brujas”, como lo fue Malleus Malleficarum y echar un manto de promiscuidad y de malignidad sobre otras como “Lillith”, del linaje de la sumeria Ishtar, la cananita Astarté y Anatu. Muchos serán nombres que se le concederán a la misma Diosa.

En cuanto a Lillith, es el primer intento divino de satisfacer “carne y espíritu” de Adán en el solitario Edén. Luego de otro intento llega Eva, Isha, se “tornará en una sola carne” y será la madre de la célebre dupla Caín y Abel. La existencia de Li o Lillitú -otras de sus denominaciones- deviene de la interpretación del Génesis y las exégesis rabínicas que recopilan tradiciones orales ancestrales. Graves y Patai, citan del Bereshit Rabba interpretación del Génesis, que Adan y Lillith nunca hallaron armonía juntos, pues cuando él deseaba yacer con ella, por su parte La Diosa Hebrea, se sentía ofendida por la postura reclinada que él exigía.

“Por qué debo yacer debajo de ti?”, pregunta irreverente. Adán intenta someterla y ella lo abandona para vivir cerca del Mar Rojo donde abundaban los demonios y donde la visitaba su amante Samael, allí engendrará a los Lilim. Para la religión judía, será la eterna e insaciable seductora, que se entromete en los sueños de los hombres y estrangula a los bebés. “Yacer debajo”, sería inadmisible en el contexto de la tradiciones babilónicas donde las mujeres “gozaban” de sus encuentros sexuales realizando el coito “sobre” sus consortes. Evidentemente estaba en contacto con esas costumbres anteriores a su aparición en la mitología. Lillith, Ishtar y Anat son representadas escoltadas por búhos, serpientes y leones, haciendo explícito su “parentesco”.

Bienvenida al patriarcado, la producción y el voto!!!

Lillith, de “Diosa” a “Ramera” con un golpe de pluma, como consecuencia de la tergiversación y la consecuente manipulación del arquetipo. Barbara Koltuv explica que su imagen fue rechazada y se convierte en una descastada en la época post-bíblica oponiéndose a Eva, concubina formal de Adán.

Las mujeres quedan expulsadas de los templos y rituales. Afrodita terminará siendo banalizada al convertirse en una imagen “romántica”. Hera será la mujer celosa de Zeus. Artemisa, una salvaje. Demeter, una madre con serios trastornos psíquicos. Atenea, un cerebro con faldas.

El patriarcado, indica Fromm, emergió al mismo tiempo que la propiedad privada, en la cultura india, en la egipcia, judeo-cristiana, musulmana, griega o romana. Los monoteísmos, sacrificaron las diosas de numerosos cultos y las sumergieron en el mar del olvido. El sistema, en el que el “pater famlias” tenía el control económico y legal absoluto, el hijo más apto quedará a cargo de los bienes de la familia, será el heredero en ideología.

En cuanto a lo social, el Antiguo Testamento ya esboza sutilmente “la envidia” del poder que implica la fecundación de la mujer: tanto Dios como Eva tienen el “don” de crear otros seres semejantes y esto quizás sea uno de los motivos por los que se la expulsa del paraíso. Jean Baudrillard, comenta que “este privilegio de la mujer inexplicable, hacía falta inventar a toda costa un orden diferente, social, político, económico, masculino, donde este privilegio natural pudiera ser rebajado”.

Ya dentro del sistema, fuera del centro como lo representaba el matriarcado, la mujer ingresa a la institucionalización, legalización, regulación, especialización en la fuerza de trabajo. Todo esto conforma una excusa para participar de la decisiones políticas y de las normas que la rigen laboral y civilmente lo que les otorga un interés particular, esta vez no son sólo voluntades anónimas: son votos.

Pues entonces: el orden, la jerarquía, y el convencimiento-aceptado perpetúa y sustenta este paradigma en el cual tanto como hombres como mujeres quedan sujetos y limitados a un macro-sistema económico y político; la paradoja de la especie si no hay ni “vencedores ni vencidos”.

“Había una vez…”, introducción mágica y fórmula inconsciente que iniciaría el viaje del “ser femenino” a un valle calmo de armonía donde la naturaleza comulgará con ellas en una “danza con lobas”; y una vez más renacerán en sus cuerpos y con un poder de orientación sin precedentes, comenzarán a correr soltando carcajadas en búsqueda de su propio yo.

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Bibliografía

Tratado de la Historia de las religiones e Historia de las creencias religiosas, Mircea Eliade
El lenguaje de la diosa, Marija Gimbuta
De la seducción, Jean Baudrillard
El arte de amar, Erich Fromm
El libro de Lillith, Barbara Koltuv
La diosa Hebrea, Raphael Patai

Bestialismo

19-noviembre-2009 · Imprimir este artículo

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Cuando Roberto Carlos cantaba aquello de “Yo quisiera ser civilizado como los animales”, Greenpeace aún no tenía mucha influencia internacional, pero el estribillo del desaparecido vate escondía lúbricas inclinaciones. Sin ir más lejos, la temida gripe aviar es una consecuencia vírica de estas costumbres, cuyo origen se pierde en la niebla de los tiempos.

La bestia” es una maravillosa película que dirigió el fallecido Walerian Borowczyk en 1975. Una joven, guapa y calenturienta heredera se desplaza a conocer a quien habrá de ser su marido para poder acceder a la jugosa herencia, que resulta ser una gran hacienda inglesa, con espaciosas cuadras en las que podremos asistir a escenas de sexo explícito entre caballos y yeguas… La muchacha se impresiona vivamente al presenciar lo que cualquier caballo adulto calificaría como “Horse Hardcore”, y regresa a la mansión a dormir la siesta. Pero ¡Ay! Esas imágenes no se le van de la cabeza, y se entrega a todo tipo de fantasías de sobremesa, que el rijoso director no nos escatima (eran otros tiempos). La película, menos inocente de lo que sugiere su factura visual, nos empuja de bruces a una incómoda realidad: el sexo con otras especies animales puede ser GUAY (Véase la saga “StarTrek”).

Irnos a la cama (o al pajar) con animales no está tipificado como delito en el actual Código Penal, a no ser que alguien resulte dañado. Si usted sodomiza a un grillo, la Ley hará la vista gorda. Pero si llega al clímax en el interior de una jirafa, puede ser denunciado como un monstruo sin escrúpulos (sin que nadie se preocupe de interrogar a la chica del cuello largo).

Las imágenes de pastores desahogándose en los cuartos traseros de cabras, ovejas, burras… constituyen un elemento entrañable del acerbo popular. Pero hay que respetar las leyes del tamaño, pues a excepción de la burra, la vaca o algún ejemplar ovino de generosa entrepierna, los bichos sufren lo suyo con esta intrusión “contra natura”. Otra cosa sería que de esos encuentros bestiales surgieran entrañables retoños, gracias a las modernas técnicas de generación de quimeras in vitro.

Para no incomodar al lector más de lo estrictamente necesario (y sobre todo, para no excitar sus instintos más asquerosos), volveremos al cine, que es un pasatiempo inocuo. La mejor película sobre estos menesteres (y la más rigurosa) es la desasosegante “Max, mon amour” (Nagisa Oshima, 1986). Protagonizada por Charlotte Ramplig, que encarna a una elegante y fría esposa de un diplomático, en París. Ambos adquieren un chimpancé, al que llaman Max. La mujer y el lúbrico primate tienen una relación que no puede ser disimulada en las recepciones y cenas políticas a las que la pareja se ve abocada. Como dato curioso, la gran Victoria Abril interpreta a la criada de ambos, que resulta ser alérgica a los monos. Y todo dentro de la más exquisita burguesía de los años 80’s. ¡Resérvela ya en su veterinario habitual!

Castración química. (Una quema de libros como otra cualquiera)

28-octubre-2009 · Imprimir este artículo

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¿Qué será después de la castración química? ¿Los tatuajes cerebrales? ¿O los cochecitos de niño bilingües? Hay gente que no cree en la reinserción, mis padres los primeros; ellos nunca creyeron en la reinserción, pero de ahí a… El holocausto de la testosterona ya está aquí.

Es triste la castración. ¿Conocen el caso del último castrato? Sus padres lo caparon cuando la práctica operística de desollar en pro de la consecución de voces angelicales (soprano, mezzo-soprano o contralto) mitad humanas, mitad gatunas, ya había quedado atrás. Y lo más tétrico: el chico resultó no poseer el talento necesario para hacer una carrera musical. ¡Y qué alaridos daba cantando el Ave María de Schubert! Parecía entonarlo, pardiez, en el mismo momento de la mutilación. Sin arias. Ni Fausto ni Mefistófeles. Y, para colmo, tan poco penetración. No está bien. No está bien… A veces, práctica social (con el rabo entre las piernas); otras, religiosa (¿qué es el celibato sino una castración simbólica?), pero existen más y mejores propuestas. El ilustre don Pío Baroja sugería con humorismo que el Estado en España debería prohibir al escritor tener hijos. Estoy de acuerdo. Pero lo haría extensivo a otras disciplinas artísticas. No debieran tener hijos, se me ocurre, aquellos cineastas anderground que aprendieron a hacer cine con una lata de sardinas. Ni tampoco las presentadoras de televisión operadas. Incluyo a aquellos actores demasiado irresistibles como para tener descendencia: no se puede dejar, impunemente, una de tus secuelas por el mundo, un virus con tu apellido. No, señor. No cuando uno forma parte del mito. ¡Pobres eunucos! ¡Si ni siquiera quise castrar al gato, so pena de que golfeara con todas las mininas del barrio! Se lo intente explicar con buenas palabras. ¡Cuidado con el Cristo que es de plata! Y él dale que dale. Y no encontró Simone de Beauvoir que le maullase más alto que otra. Por favor, no capen a sus animalitos de compañía, ellos no lo harían, o sí, probablemente. Lo comprobaremos cuando los bonobos dominen el planeta.

Pero la modernidad tiene medios más virulentos y sutiles para todo. Hoy la castración es química. No hace sangre. Prodigioso ¿no? Es como en Vigilar y Castigar. Ese cuento de Foucault da más miedo que Barba azul, pero en todos los velorios hay bebida gratis. Pues eso. Foucault decía que las cárceles cada vez se parecían más a los hoteles, y que no era casualidad, y que los hoteles, por su parte, cada vez se asimilaban más a un minibar gigante. Y el clímax: la violencia estatal tiene mejor camuflaje que una aguja en un pajar (da tres vueltas y la encontrarás).

Ahora la castración es química, ¿indolora? Made in California. Lo bueno es que te dejan escoger: “susto o muerte”. Y aunque yo no tengo testosterona, también me duele el “punto G”. Sólo me consuela, que existan antecedentes en el derecho medieval y que lo apruebe la misma comunidad médica que una vez por semana nos pone polvos de prozac en el cromo dorsal. Un titular anuncia que Cataluña, a partir de septiembre, aplica la castración química voluntaria a los violadores. Puede que Quimicefa nos libre del mal universal y de los saltimbanquis, pero yo, de momento, no me lo creo. Mientras tanto, una revista de renombre anuncia que una de las consecuencias de este tratamiento es la “feminización”. Es una buena noticia para Marie Claire. ¡Cuántas suscripciones! Disminución del vello, mayor finura de la piel, crecimiento de las mamas… Lo más parecido a Jeckyl y Mister Hyde.

Si se hubiese aplicado la sumarísima sentencia de Pío Baroja, la ficción supera a la realidad y Kenny G suena en los tanatorios, si la castración hubiera llegado al pen club, sin duda que uno de los primeros caídos hubiera sido el señor Henry Miller. June y la adorable Anaïs Nin se hubieran quitado el luto de los ojos, cambiando de color, como algunos juguetes, al sumergirse en su propio llanto. “Coños como maletas”, “matrices del revés”, “erecciones motivadas por el desnudo de las estatuas”. Muchos ojos, aparte de los de la cara. El ser humano es un colador y nadie podrá evitarlo.

Miller, ese salido sabio, tenía mucha razón cuando afirmaba “que nuestros héroes o se han matado o están matándose”. Nada indultará a la testosterona. No señor. Si no nos capan, arrancarán las páginas de los libros.

“Este mundo ha muerto, pero no ha recibido sepultura.”
Henry Miller