Terenci Moix y la “literatura gay” hoy

28-noviembre-2009 · Imprimir este artículo

Por Guillermo Arróniz


No ignoro que el título de este artículo será considerado ofensivo por no pocos: para unos molestará el hecho de hablar de temática homosexual por rechazo hacia su misma existencia; a otros les parecerá aburrido y tópico el ahondar en algo que ya empieza a dejar de estar de moda por saturación; y a los de en medio, les parecerá un horror que hable de “Literatura gay” o, lo que es peor, que relacione a Terenci con este concepto.

De los primeros y los segundos (y para ellos) nada diré. Con respecto a los terceros no entraré en la discusión bizantina de si existen las literaturas de género (femenina, gay…) o no, o si la homosexual es aquella escrita por o para homosexuales, en la que aparecen protagonistas o personajes homosexuales o que tratan de temas de interés para el colectivo. Daré por sentado que, sea o no literatura de género, englobo con esta expresión todo lo que acabo de mencionar, y por eso mismo tiene sentido citar a Terenci, que la Gloria de Osiris esté, que era un Escritor con Mayúscula más allá de su orientación sexual o de la temática de sus libros, todos maravillosos.

Una vez dicho todo esto, y a tenor de la exposición y coloquios que están teniendo lugar en el Centro Cultural Blanquerna, en la calle Alcalá 44, Madrid, y que continuarán hasta el 5 de enero, he vuelto a recordar a mi querido escritor. En realidad, teniendo en cuenta que ocupa una de mis estanterías, no dejo de tenerlo presente. ¿Cómo podría haber imaginado él cuando redactaba aquella escena de El día que murió Marilyn, en el que un personaje homosexual le contaba con desparpajo sicalíptico a un familiar el encuentro sexual frustrado con un extranjero, auténtica audacia del enfant terrible que fue, la profusión de novelas, cuentos y ensayos escritos por y para homosexuales que caen sobre nosotros en la actualidad? Hablando de literatura de temática homosexual escrita por hombres (con respecto a la femenina o la escrita por mujeres debo confesar una imperdonable falta de conocimiento más allá de Djuna Barnes, Virginia Wolf, Marguerite Yourcenar, Mary Renault y el espléndido recopilatorio de blogs organizado hace unos años por Nuria Rita Sebastián), está claro que se pueden mencionar autores de habla hispana de larga experiencia como Mendicutti o Luis Antonio de Villena, seguidos por una generación que ya ha demostrado ser más que una promesa: Pedro Víllora, Jorge Marchant… Pero es, sobre todo, sorprendente, la cantidad de títulos que llegan a nuestras manos hoy, obra de hombres jóvenes que auguran un buen futuro para esta literatura, y en definitiva para la literatura en general: Raúl Portero (premio, por cierto, Terenci Moix); Javier Quevedo… E incluso se echa de menos, no obstante, y pesar de la gran cosecha, el regreso a las librerías de Óscar Hernández, uno de los más vendidos ganadores del premio Odisea, y Valentín Castrege, autor de la valiente Fondos marinos, autores ambos que hicieron una aparición también digna de mencionar. La lista es mucho más larga y espero que nadie se sienta ofendido por no haber traído su nombre a estas palabras, pues escribo desde mi pequeña pero apasionada experiencia lectora.

Me habría gustado conocer la opinión de Terenci respecto a todos estos autores nuevos, con respecto a esta libertad creativa y de publicación que ha agrandado sus límites tanto con respecto a otras épocas no tan lejanas. Él, amante barroco de las palabras, autor de laberintos emocionales y dueño de un conocimiento tan inmenso como su sentido del humor, era un escritor muy exigente con su obra, el significado y el alcance de la misma. Se arriesgó hasta donde ni la crítica (que él llamaría pacata en su momento) ni el público esperaban que nadie lo hiciera, en el fondo y en la forma, y nos fascinó y nos ató para siempre a su mundo de fantasía erótica y siempre imbricadamente emocional.

Me pregunto también a menudo qué saben estos jóvenes escritores de un maestro como Moix, qué han leído de él y en qué medida su obra les sirve de guía y tutelaje; desde qué perspectiva le contemplan y hasta qué punto habrán calado sus lecciones sobre la palabra de esta generación tan abundante.
El futuro nos mostrará quiénes, de entre todos ellos, conseguirán consagrarse y seguir aportando al mundo literario con su trabajo y su talento, pero es evidente que gracias a la labor de editoriales como Egales, Odisea, Desatada, se abren caminos para autores que, hasta hace treinta años tenían que estar callados o circular en secreto. ¿Será esta apertura beneficiosa o supondrá una red con calado demasiado grande? El público y el mercado tienen mucho que decir. Por desgracia nos falta ya la opinión de uno de los grandes, el inmortal Terenci.

PD: También se echa en falta una Isis reparadora, que, recogiendo los trozos desperdigados del marido muerto (el Orisis-faraón-Terenci) lo vuelva a la vida, publicando la totalidad de su obra y especialmente aquellos títulos hoy imposibles de encontrar como El sadismo de nuestra infancia, Amami, Alfredo!, Nuestro virgen de los mártires…

Bestialismo

19-noviembre-2009 · Imprimir este artículo

Por Antonio Dyaz

Cuando Roberto Carlos cantaba aquello de “Yo quisiera ser civilizado como los animales”, Greenpeace aún no tenía mucha influencia internacional, pero el estribillo del desaparecido vate escondía lúbricas inclinaciones. Sin ir más lejos, la temida gripe aviar es una consecuencia vírica de estas costumbres, cuyo origen se pierde en la niebla de los tiempos.

La bestia” es una maravillosa película que dirigió el fallecido Walerian Borowczyk en 1975. Una joven, guapa y calenturienta heredera se desplaza a conocer a quien habrá de ser su marido para poder acceder a la jugosa herencia, que resulta ser una gran hacienda inglesa, con espaciosas cuadras en las que podremos asistir a escenas de sexo explícito entre caballos y yeguas… La muchacha se impresiona vivamente al presenciar lo que cualquier caballo adulto calificaría como “Horse Hardcore”, y regresa a la mansión a dormir la siesta. Pero ¡Ay! Esas imágenes no se le van de la cabeza, y se entrega a todo tipo de fantasías de sobremesa, que el rijoso director no nos escatima (eran otros tiempos). La película, menos inocente de lo que sugiere su factura visual, nos empuja de bruces a una incómoda realidad: el sexo con otras especies animales puede ser GUAY (Véase la saga “StarTrek”).

Irnos a la cama (o al pajar) con animales no está tipificado como delito en el actual Código Penal, a no ser que alguien resulte dañado. Si usted sodomiza a un grillo, la Ley hará la vista gorda. Pero si llega al clímax en el interior de una jirafa, puede ser denunciado como un monstruo sin escrúpulos (sin que nadie se preocupe de interrogar a la chica del cuello largo).

Las imágenes de pastores desahogándose en los cuartos traseros de cabras, ovejas, burras… constituyen un elemento entrañable del acerbo popular. Pero hay que respetar las leyes del tamaño, pues a excepción de la burra, la vaca o algún ejemplar ovino de generosa entrepierna, los bichos sufren lo suyo con esta intrusión “contra natura”. Otra cosa sería que de esos encuentros bestiales surgieran entrañables retoños, gracias a las modernas técnicas de generación de quimeras in vitro.

Para no incomodar al lector más de lo estrictamente necesario (y sobre todo, para no excitar sus instintos más asquerosos), volveremos al cine, que es un pasatiempo inocuo. La mejor película sobre estos menesteres (y la más rigurosa) es la desasosegante “Max, mon amour” (Nagisa Oshima, 1986). Protagonizada por Charlotte Ramplig, que encarna a una elegante y fría esposa de un diplomático, en París. Ambos adquieren un chimpancé, al que llaman Max. La mujer y el lúbrico primate tienen una relación que no puede ser disimulada en las recepciones y cenas políticas a las que la pareja se ve abocada. Como dato curioso, la gran Victoria Abril interpreta a la criada de ambos, que resulta ser alérgica a los monos. Y todo dentro de la más exquisita burguesía de los años 80’s. ¡Resérvela ya en su veterinario habitual!

Castración química. (Una quema de libros como otra cualquiera)

28-octubre-2009 · Imprimir este artículo

Por María Velasco


¿Qué será después de la castración química? ¿Los tatuajes cerebrales? ¿O los cochecitos de niño bilingües? Hay gente que no cree en la reinserción, mis padres los primeros; ellos nunca creyeron en la reinserción, pero de ahí a… El holocausto de la testosterona ya está aquí.

Es triste la castración. ¿Conocen el caso del último castrato? Sus padres lo caparon cuando la práctica operística de desollar en pro de la consecución de voces angelicales (soprano, mezzo-soprano o contralto) mitad humanas, mitad gatunas, ya había quedado atrás. Y lo más tétrico: el chico resultó no poseer el talento necesario para hacer una carrera musical. ¡Y qué alaridos daba cantando el Ave María de Schubert! Parecía entonarlo, pardiez, en el mismo momento de la mutilación. Sin arias. Ni Fausto ni Mefistófeles. Y, para colmo, tan poco penetración. No está bien. No está bien… A veces, práctica social (con el rabo entre las piernas); otras, religiosa (¿qué es el celibato sino una castración simbólica?), pero existen más y mejores propuestas. El ilustre don Pío Baroja sugería con humorismo que el Estado en España debería prohibir al escritor tener hijos. Estoy de acuerdo. Pero lo haría extensivo a otras disciplinas artísticas. No debieran tener hijos, se me ocurre, aquellos cineastas anderground que aprendieron a hacer cine con una lata de sardinas. Ni tampoco las presentadoras de televisión operadas. Incluyo a aquellos actores demasiado irresistibles como para tener descendencia: no se puede dejar, impunemente, una de tus secuelas por el mundo, un virus con tu apellido. No, señor. No cuando uno forma parte del mito. ¡Pobres eunucos! ¡Si ni siquiera quise castrar al gato, so pena de que golfeara con todas las mininas del barrio! Se lo intente explicar con buenas palabras. ¡Cuidado con el Cristo que es de plata! Y él dale que dale. Y no encontró Simone de Beauvoir que le maullase más alto que otra. Por favor, no capen a sus animalitos de compañía, ellos no lo harían, o sí, probablemente. Lo comprobaremos cuando los bonobos dominen el planeta.

Pero la modernidad tiene medios más virulentos y sutiles para todo. Hoy la castración es química. No hace sangre. Prodigioso ¿no? Es como en Vigilar y Castigar. Ese cuento de Foucault da más miedo que Barba azul, pero en todos los velorios hay bebida gratis. Pues eso. Foucault decía que las cárceles cada vez se parecían más a los hoteles, y que no era casualidad, y que los hoteles, por su parte, cada vez se asimilaban más a un minibar gigante. Y el clímax: la violencia estatal tiene mejor camuflaje que una aguja en un pajar (da tres vueltas y la encontrarás).

Ahora la castración es química, ¿indolora? Made in California. Lo bueno es que te dejan escoger: “susto o muerte”. Y aunque yo no tengo testosterona, también me duele el “punto G”. Sólo me consuela, que existan antecedentes en el derecho medieval y que lo apruebe la misma comunidad médica que una vez por semana nos pone polvos de prozac en el cromo dorsal. Un titular anuncia que Cataluña, a partir de septiembre, aplica la castración química voluntaria a los violadores. Puede que Quimicefa nos libre del mal universal y de los saltimbanquis, pero yo, de momento, no me lo creo. Mientras tanto, una revista de renombre anuncia que una de las consecuencias de este tratamiento es la “feminización”. Es una buena noticia para Marie Claire. ¡Cuántas suscripciones! Disminución del vello, mayor finura de la piel, crecimiento de las mamas… Lo más parecido a Jeckyl y Mister Hyde.

Si se hubiese aplicado la sumarísima sentencia de Pío Baroja, la ficción supera a la realidad y Kenny G suena en los tanatorios, si la castración hubiera llegado al pen club, sin duda que uno de los primeros caídos hubiera sido el señor Henry Miller. June y la adorable Anaïs Nin se hubieran quitado el luto de los ojos, cambiando de color, como algunos juguetes, al sumergirse en su propio llanto. “Coños como maletas”, “matrices del revés”, “erecciones motivadas por el desnudo de las estatuas”. Muchos ojos, aparte de los de la cara. El ser humano es un colador y nadie podrá evitarlo.

Miller, ese salido sabio, tenía mucha razón cuando afirmaba “que nuestros héroes o se han matado o están matándose”. Nada indultará a la testosterona. No señor. Si no nos capan, arrancarán las páginas de los libros.

“Este mundo ha muerto, pero no ha recibido sepultura.”
Henry Miller

La literatura y los Borgia

La larga, ya centenaria, y apasionada historia de la familia Borja/Borgia con la Literatura (así, con mayúscula) es la que los ha catapultado a la fama y el recuerdo entre muchos de nosotros, pasados ya más de quinientos años de su poder y tiempo. Creo poder decir, sin temor a equivocarme, que la Literatura es realmente la responsable de que estén “vivos” a día de hoy, aunque sin el poder no habrían llegado a ella, ciertamente.

El “calumnia que algo queda” se ha convertido en la principal baza para que aquellas personas se hayan convertido en personajes casi arquetípicos de nuestra cultura: Lucrecia la envenenadora; Alejandro VI el Papa depravado; César el Príncipe Renacentista y maquiavélico. ¿Qué los ha convertido en carne de tinta para tantos autores? No sólo escribieron sobre ellos en su momento Ludovico Ariosto, Pietro Bembo, Antonio Tebaldeo, Ercole Strozzi… ni sólo en Italia. El siglo XIX los rescató gracias a los grandes, aunque fuera para arrastrarlos por el fango: Apollinaire; Dumas padre, Víctor Hugo, Donizetti… y el XX los trajo a los españoles de nuevo: Vicente Blasco Ibáñez, Manuel Vázquez Montalbán, Carmen Barberá, Luis Racionero quien con ellos ganaría merecidamente el premio Azorín, o Luis Antonio de Villena en la poesía, decadente y hermosa… para acabar de nuevo en Italia: Mario Puzo con un libro perfectamente prescindible desde mi punto de vista… En fin, se podrían dar nombres hasta la saciedad: Hella S. Haasse, Byron (quien robó unos cabellos de Lucrecia durante su estancia en Milán); Barnabe Barnes (del área británica, que los aprovechó para atacar al mundo católico), You Higuri (autora de exquisito cómic).

Y volvemos a empezar: ¿por qué? ¿Qué los vuelve capaces de embaucar y seducir a escritores de todo tiempo y nacionalidad? ¿Por qué, de entre todas las familias escandalosas y amorales desde la perspectiva de nuestro siglo ha caído en ellos el honor de ser carne de mito? Su ascenso y caída fueron rápidos. Fulminantes, podría decirse. Si bien su poder llegó a extenderse cincuenta años, su cúspide no sobrepasó la quincena. Y sin embargo, ¿no son acaso más conocidos que emperadores e imperios que se mantuvieron mucho más? Sin duda hay en ellos un elemento mágico, una cantarella (el famoso veneno de los Borgia cuya existencia nadie ha podido probar aún) que no mata pero que genera adicción.

No poco tendría que ver en ello que fueron, como el Renacimiento, justa medida del hombre, y no sólo por cuanto pueda tener de espiritual y de bestia a un tiempo, como señalaba su contemporáneo Maquiavelo, sino por cuanto en ellos se mezclaba el refinamiento más elevado con la crueldad más despiadada y lo hacían con equilibrio prodigioso, propio de castillos de cristal sostenidos sobre una gota de agua evaporada. También en ellos se reunía el especial hecho de ser extranjeros, “catalanes”, como les llamaron sus enemigos. No peores en sus acciones que sus contemporáneos, encarnaron la bajeza moral de su tiempo, pues en ellos hubo tal concentración de astucia, poder, lujo, estrategia, diplomacia, capacidad, bajeza y grandeza, que se convirtieron el “no va más” de la Roma que se despedía de los últimos flecos de la Edad Media para entrar de nuevo en una nueva era de la mano de pensadores, filósofos, poetas y artistas plásticos que grabaron sus nombres con letras indelebles en la Historia humana.

En las páginas de esta revista he reseñado La cárcel del amor, la obra del mencionado Luis Racionero que me ataría hasta el día de hoy (y ya va para siete años) a ellos, cuya lectura recomiendo a todo aquel que esté cerca. Pero también podría señalar La ciudad escarlata como una magnífica obra para aquellos que quieran desentrañar las primeras nieblas del misterio borgiano. No obstante los amantes de las leyendas negras (de las que somos especialistas los españoles, víctimas de nuestra propia indefensión) deberían acercarse a La roma de los Borgia y, en menor medida a Crímenes Célebres: Los Borgia, de un Dumas padre un tanto panfletario y soso en comparación a Apollinaire. La lista, si no interminable, es desde luego inmensa, larga como la muralla China y capaz de atraparte como una red de oro, ligera y fascinante de la que no se quiere salir una vez que se ha probado. Porque los Borgia son, sobre todo, Literatura, y como tal envenenan el alma al tiempo que la colman de placeres.

Explotáis, luego existo

16-octubre-2009 · Imprimir este artículo

Por Rubín de Celis

Prometo, como Orson Welles al comienzo de su hermosísima Fraude, que, a pesar de tratar de simulacros, ficciones y otras imposturas, lo que sigue es totalmente cierto y está basado en rigurosos hechos reales, pero solo hasta cierto punto.

Santiago Rubín de Celis

Las cosas son así: cada día es más difícil saber quién es quién, quiénes somos. Como en el sueño de Chuang Tzu ya no estamos seguros de si somos nosotros mismos o el sueño que alguien tiene de nosotros. Una pérdida de identidad que ha alimentado las obras de Kafka, Roland Topor, Kôbô Abe o Philip K. Dick y que parece no querer quedarse solo ahí. Baudrillard ha expuesto largamente la lógica de la simulación, la sustitución de los hechos por precisos modelos previos a la realidad. Bienvenidos a la era del simulacro, la de Matrix y el ciberpunk, aquella en la que los avatares virtuales del Second Life pronto parecerán más reales que la propia realidad, puesto que de simulacros vamos a hablar.

La lógica deleuziana de que el Poder no quiere ser medido por el rasero de la Historia sino por el tamaño de sus enemigos resulta más que evidente en la sociedad en la que vivimos. Es el uso del conflicto como fórmula de publicidad pret-à-porter. De ahí el resurgir mediático de un terrorismo internacional que tan bien les sirvió a Reagan y Thatcher para regir el mundo con mano de hierro. Pero en esta era de la información ya no se trata tanto de inventar enemigos (como en el caso de los fascismos o las dictaduras totalitarias) como de magnificar a los contrincantes de uno. Imaginémonos a los managers de un púgil que primero agrandan el currículo de su adversario para luego, al haberle derrotado, ensalzar homéricamente la figura de su pupilo. Las generaciones futuras, al revisar quién fue George W. Bush, lo más parecido a un siniestro alcaide de película carcelaria del Hollywood de los años 40, encontrarán su nombre inevitablemente engarzado al de otro. Es más, mediarán su cruzada salvífica contra el terror a partir del terror mismo. Osama Ben Laden, aquel que osó desafiar la paz y el orden del mundo libre, será pues, históricamente, su némesis. Para siempre.

Pero, detengámonos un momento a calibrar a ese enemigo. Parafraseando el comienzo de la primera entrega del Fantomas de Souvestre y Allain, podríamos responder a la pregunta “¿Quién es Ben Laden?” con un idéntico “No es nadie… ¡y sin embargo es alguien!”. Su identidad es esquiva: es lo que los medios nos han contado de él. Los retazos conocidos de su biografía (su origen acomodado, sus estudios en Oxford, su colaboración con la C.I.A.) poseen un poderoso hálito romántico subrayado por el hecho de ser un personaje condenado a una eterna huida. En cuanto a su profesión, ésta es evidentemente ―como en el caso del “genio del crimen”― la de “dar miedo”. Desde la cúspide de al-Qaeda, lo más similar a una gran multinacional del terrorismo (pensemos en la Spectra de James Bond o en la férrea organización criminal del Dr. Mabuse), atemoriza al mundo no islámico con una guerra de religión al estilo del Siglo XXI. También como Fantomas, en él habitan dos mitades extrañamente complementarias: la del dandi (jinete avezado, con una estilización que parece sacada de las pinturas de El Greco, elegantemente vestido, distinguido incluso disparando su ametralladora) y la del bandido. Precisamente el límite de su dandismo, como han apuntado Philippe Azoury y Jean-Marc Lalanne, no es otro que su furioso activismo contra la sociedad occidental. Una comparativa detallada entre ambos, de su gusto por la espectacularidad a su dominio de los medios de comunicación (copando las portadas de los periódicos y telediarios, con una cadena de televisión ―Al Yaseera― transmisora de sus designios) da vértigo. ¿Será posible que la figura del villano esté tan firmemente aferrada al imaginario colectivo planetario que, incluso alguien como él, tan distante de la cultura occidental, no puede evitar reproducir ciertos estereotipos? ¿O será, bien al contrario, que detrás de su figura existe un diseño premeditado? ¿Cómo saberlo, si Fantomas siempre consigue evitar las manos prestas a apresarle?

La inmortalidad

29-abril-2009 · Imprimir este artículo

Por José Cervera


Maldecidos con un exceso de inteligencia, los humanos somos los únicos mamíferos que saben que van a morir; monos que conocen su propio final, y que desde hace milenios albergan una común y viva fantasía: burlar a la muerte. Con este fin inventamos hace milenios la religión y la arquitectura, la alquimia, la literatura y el espiritismo. Con este fin diseñamos filosofías y construimos imperios, exploramos nuevos mundos y hacemos el amor: para dejar de morir, para seguir viviendo para siempre. Desde hace apenas un par de siglos nuestra confianza está sobre todo en la ciencia; abandonada la persecución de la piedra filosofal y la Fuente de la Eterna Juventud esperamos desentrañar las causas físicas de la vejez y la muerte con el fin de contrarrestarlas; de curar de una vez para siempre al Enemigo Final. Vanidad, tan sólo vanidad de alcanzar mediante nuestro ingenio lo que al resto del mundo natural le está vedado: la vida eterna, durar por siempre, ser quienes somos sin fecha alguna de caducidad, sin fin.

Nuestra arrogancia sin límites sólo se ve superada por nuestra infinita ignorancia. Pero seguimos intentándolo.

En la Sima de los Huesos, en Atapuerca, tenemos la primera prueba de que hace medio millón de años nuestros antepasados ya diferenciaban entre sus propios muertos y los del resto del reino animal. Los cadáveres humanos eran con toda probabilidad separados y arrojados a un lugar especial, tal vez hasta honrados con ofrendas, como el hallazgo del hermoso bifaz rojo apodado ‘excalibur’ sugiere. Tal vez por entonces ya hubiésemos inventado nuestro primer mecanismo para asegurarnos la inmortalidad: la religión y la vida después de la muerte.

Todas las religiones se basan en la promesa abierta de la inmortalidad; una inmortalidad invisible a nuestros ojos, una impalpable vida eterna que continua después de la muerte sin interrupción. Lo cual exige inventar una porción de nosotros que, a diferencia de este cuerpo de carne, sangre y hueso, no muere jamás: el alma. La muerte deja de ser el final para pasar a ser la liberación de nuestra inmortal porción del resto, y su viaje a un plano diferente de la existencia donde nos espera la eternidad. De castigo, si no hemos cumplido con las exigencias de nuestro dios; o de recompensa, si hemos llevado a cabo los adecuados rituales de la manera prescrita, pero siempre eterna. El cuerpo y sus indignidades y debilidades no es más que una crisálida, un contenedor temporal: nuestro verdadero yo vive para siempre.

Lamentablemente nadie jamás ha vuelto del otro lado de la muerte para confirmarlo; aunque muchos hayan alegado haberlo hecho, las pruebas indican lo contrario.

Así que aunque esta visión religiosa de la vida eterna sea tentadora y consoladora, siempre ha habido escépticos incapaces de reunir suficiente fe en dios.

Así nacieron la alquimia, la escritura y la arquitectura funeraria; la una prometiendo el fin de la muerte mediante pócimas y sahumerios, la otra proporcionando inmortalidad en forma de ecos eternos del nombre y las palabras, por fin la última confiando en la perdurabilidad de las montañas de piedra artificial. Incontables incautos han pagado con dinero y salud los engaños propios y ajenos de los alquimistas, algunos de los cuales han dejado eco por su arte. Incontables escritores y escribas conocidos y anónimos han descubierto que la mayoría de las palabras acaban llevadas por el viento de los milenios.

Algunos reyes y emperadores, no todos ni mucho menos, han conseguido su objetivo de ser recordados por los monumentos que ordenaron construir. Pero ningún alquimista medieval, autor de comedias de la Atenas clásica, ni faraón sigue hoy vivo por alta que fuera su pirámide, por perfecta que fuera su quintaesencia o hermosa su metáfora. Que el mundo recuerde tu nombre o incluso se conserve tu estatua está bien, pero no es lo mismo que estar vivo dentro de 5.000 años.

Es el mismo problema con la reproducción; tener hijos está bien, y es una forma de inmortalidad, claro, pero no es lo mismo que dejar de estirar la pata.

Hoy tenemos ecos de la alquimia y la escritura en nuestro mundo moderno, pero dirigidas esta vez a asegurar no la inmortalidad de la leyenda o la historia, sino la ausencia de muerte. O, como mínimo, la promesa de la resurrección.

Confiados en el progreso, hay personas que piensan realmente que es posible curar la muerte. Que tenemos mecanismos, recetas, trucos para obviar el fin y vivir eternamente.

Hay quien deposita su fe en el futuro y la ciencia en lugar de hacerlo en el pasado y los dioses. Un sustancioso grupo de seres humanos que se caracterizan por vivir en un lugar rico y tecnificado sufren porque piensan que su vida acabará antes de que los laboratorios produzcan la cura de la muerte. Y para trampear este inconveniente fatal de haber nacido demasiado pronto disponen, y pagan, que a su aún inevitable muerte aquello que ellos son sea preservado en hielo. Congelados, a la espera de que futuros milagros de la medicina les curen no sólo su avanzado estado de muerte, sino la enfermedad original que los llevó allí. Sus cabezas son cortadas a su muerte, sus arterias y venas irrigadas con anticoagulantes y anticongelantes, y el precioso estuche del cerebro (donde están “ellos”) es sumergido en nitrógeno líquido. Así abordan un viaje al futuro, sólo ida. El pasaje no es barato.

Tampoco es muy probable que sea eficaz. El Panteón de Roma, Santa Sofía en Estambul, el Partenón en Atenas, las Pirámides egipcias y Mayas y Macchu Picchu pueden todos atestiguar lo complicado que es asegurarse un buen servicio postventa que mantenga las cosas en orden durante milenios. Las empresas que se dedican a la conservación de cabezas en nitrógeno líquido tendrán que sobrevivir durante todo ese tiempo sin perder el frío a través de revoluciones, terremotos, tornados, desplomes bursátiles, apagones eléctricos, ataques terroristas, cambios tecnológicos y todo tipo de accidentes históricos, lo cual es poco probable. Y aunque así lo hicieran: ¿Quién nos asegura que los hoy prometedores campos de la nanotecnología y la medicina regenerativa cumplirán mañana y serán capaces de volver a la vida cabezas muertas hace milenios?

Ciencia: La esperanza de vida y la eterna juventud

Salvo avances indistinguibles de la magia lo más que los estudios con células madre, desintoxicación celular o reparación de ADN van a proporcionarnos en el futuro inmediato son algunas décadas más, no siglos. Y no hablemos del nivel de deterioro físico e intelectual que suponen esas décadas o años extra: muchas de las enfermedades que hoy asolan la ancianidad eran simplemente desconocidas en el pasado, porque son producto de la pura, simple y acumulativa vejez. Claro que la esperanza de vida ha aumentado durante el siglo XX a pasos agigantados en todo el mundo; sí, incluso en los peores países del África profunda la gente vive más años, por término medio. En algunos momentos incluso la tasa de aceleración se ha acelerado, abriendo la curiosa posibilidad de que en algún momento del futuro cercano la esperanza de vida crezca a un ritmo superior a un año al año. Poquito a poco podríamos así alcanzar la inmortalidad.

Pero claro, estamos hablando de estadísticas, el tercer grado de la falsedad tras las malditas mentiras. La esperanza de vida de una población puede ser en la práctica infinita, pero eso de poco sirve si los individuos que la forman (usted y yo, un suponer) siguen pudiendo morir en un accidente, o por un simple problema de azar. No es agradable ser el único que palma de una población de inmortales, simplemente por estar en el lado equivocado de la Campana de Gauss. Se debe sentir uno como un bobo.

La informática o el “uploading”

De ahí que haya quien ha abandonado la biología, y su hija bastarda la medicina, para depositar sus esperanzas de alcanzar una edad infinita en una disciplina sorprendente: la informática. El último alarido en la cosa de curar la muerte consiste en hacer una copia de seguridad de uno mismo: se llama “uploading”, y los escritores de ciencia ficción de la rama cyberpunk lo adoran.

La cosa se basa en un presupuesto básico que podría perfectamente estar equivocado, a saber: no hay ninguna parte inmortal en nosotros, pero lo que somos (pensamos, vivimos, recordamos, percibimos, sentimos) está dentro de nuestras cabezas: en el cerebro, que es un ordenador, y nosotros su programa. La mente sería el conjunto de instrucciones que forman ese programa; tarde o temprano encontraremos la manera de cargarlo en otro ordenador, uno artificial y no biológico esta vez. Una vez ahí, el programa (nuestra mente) podría vivir en simulaciones informáticas del mundo exterior, algo así como en una versión en technicolor y multisensurround de World of Warcraft o Second Life. O se podría instalar el programa (la mente) en un nuevo cuerpo fabricado por ingeniería genética avanzada, tantas veces como los accidentes lo hagan necesario. Con un buen mantenimiento, haciendo copias regulares, la muerte podría evitarse para siempre.

Claro que la idea tiene otros problemas, aparte del obvio de que no tenemos la más remota idea de cómo está programado nuestro cerebro, o si es siquiera posible separar mente y cerebro como si fueran totalmente independientes. No sabemos desinstalar una mente, lo que quiere decir que acabaríamos haciendo una copia de nosotros en programa informático; una emulación indistinguible. Sí, claro, pero una copia al fin y al cabo. Que una copia mía siga viva de poco me sirve a mí, la copia vieja, si he de morir. Puede que a mis seres queridos les encante tener un yo eternamente, pero no es un yo, sino centenares, miles de copias sucesivas construidas sobre otros tantos cadáveres; sobre una creciente pila de cuerpos muertos. ¿Merece la pena morir mil muertes para que una copia de uno mismo sea inmortal?

No debería extrañarnos la obsesión por la muerte

El instinto de supervivencia es básico en los animales; el impulso visceral y brutal para esquivar a la muerte, el frenético deseo de vivir estaba ahí mucho antes de que nuestro redondeado y prominente cerebro cayera en la cuenta de que a uno mismo le toca morir. Los animales matan y mueren, pero no saben que les va a ocurrir a ellos; no hay impulso a vivir eternamente, dado que en cierto sentido todos ellos viven en una eternidad, un tiempo sin futuro ni pasado. Un tiempo sin muerte.

Sólo en nosotros, que sabemos lo que es la muerte y que nos va a tocar, este ansia de vida se convierte en manía y crea la idea de la inmortalidad. Sólo a nosotros, que hemos sido capaces de multiplicar la longitud de nuestras vidas por medio del ingenio y la herramienta, se nos podría ocurrir perseguir esa inmortalidad por los vericuetos de la realidad con miras a alcanzarla, y si no existe crearla. Y entonces, casi con certeza, comercializarla. Vivamos más o menos años, no tenemos ni tendremos remedio.

¿Basura psíquica?

Me atrevo a decir que el noventa por ciento del arte actual es basura psíquica.

No hay más que darse una vuelta por Arco, si el cuerpo lo aguanta, para aclararse al respecto. La experiencia resulta, en cierta manera, más frustrante que un paseo por Ikea o por la planta de oportunidades de El Corte Inglés. De Arco se espera mucho más.

Es muy difícil encontrar algo original, sugestivo o siquiera agradable en dicha feria, otrora estandarte del mercado de arte contemporáneo y hoy – salvo en contados casos- gran almacén de novedades y patetismos creativos. Arco es el espejo de un mundo repetitivo, absurdo y falaz.

El descubrimiento renacentista de la persona como medida de todas las cosas ha dado paso al del individuo como creador absoluto. A lo largo de la modernidad, y traspasando las vanguardias, el individuo se ha convertido en el centro de toda creación. Pero el individuo, por si mismo, es esencialmente una máscara y una psicología. Por eso el culto a las pequeñas personalidades geniales y egoicas resulta tan risible. Genios, lo que se dice Genios, hay muy pocos. Si existen los creadores es porque hay hombres que captan, conectan, sintonizan o reflejan la belleza, la pasión, la originalidad. Están en una frecuencia que comunica a los demás algo que se hace presente, con algo que los trasciende. Su originalidad está muy vinculada al amor por lo que hacen. Hay genios de la música, pero también de los aviones o de la etnobotánica.

No importa el qué se haga, sino el cómo lo hacemos.

El paisano Ortega mirando vanguardias como un dominguero acomplejado resulta penoso. Ha llegado un tiempo donde casi todo lo que se crea es feo porque es un detritus del creador al servicio de un mercado especulativo.

El adagio jodorowskiano de que el arte debe aspirar a curar, muchas veces significa justamente lo contrario: el arte cura al artista, pero enferma al espectador que lo padece.

El complejo de inferioridad del arte y la espiritualidad frente a la ciencia es el padre de las vanguardias, madre de todas las posibilidades del artista absoluto y atómico sin más referente que su nigredo interior. El sobrehumanismo pretende que la originalidad es un valor psíquico individual, cuando lo que tiene el hombre son antenas.

Es cierto que durante toda la historia se ha producido basura artística a raudales, lo que sucede es que sólo lo mejor sobrevive al paso del tiempo.

Hay muchas personas que al acudir a Arco y fijarse en algo bueno, descubren al aproximarse a la obra que se trata de un “clásico” como Picasso o Modigliani. El tiempo lo cura todo. No quedará casi nada de Arco, aunque aumenten sus ventas en medio de la debacle.

Monarquía y nacionalidades

25-noviembre-2007 · Imprimir este artículo

Por generacion.net

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La legislatura agoniza como ha vivido, bajo presión constante de los partidos nacionalistas sobre el Gobierno que se apoya en ellos. La debilidad del Ejecutivo es extraordinaria ante nacionalistas que no engañan sobre sus intenciones. Ejercen el método del “consenso” de Gramsci consistente en “sustituir una palabra por otra que dé menos miedo”. Juego de apariencias para una sociedad infantil. Se sustituye “autodeterminación” por “derecho a decidir”. La finalidad permanece y las tácticas se adaptan ante un gobierno en el alambre.

Restan cinco meses hasta los idus de marzo, si se mantiene el empate entre PSOE y PP quien gane se verá sometido al “aro” de los partidos nacionalistas para repetir una historia de presiones y chantajes con precio al alza. La legislatura moribunda ilustra la trayectoria de un Gobierno que ha exhibido y mantiene las grandes estrellas de su acción política. La primera, a lomos del falso “derecho a decidir” en el Estatuto de Autonomía de Cataluña. La segunda ha sido el mal llamado “proceso de paz”, sobre otras cuestiones de menor calado.

Con “derecho a decidir” en el Estatuto de Cataluña quedó patente la voluntad de quebrar la Constitución. Los nacionalistas son tan conscientes de su inconstitucionalidad que han pedido al PP que retire su recurso ante el TC. La directriz es inequívoca: “Cataluña es una nación”, cosa que no se atrevieron a introducir en el texto de la propia Constitución en la que participaron los nacionalistas sin convocar al poder constituyente. Han usado la peor técnica de reforma de una constitución, la mutación constitucional en materia tan grave como la forma de Estado. Desde una ley orgánica cambiar una norma de rango superior. La finalidad la han señalado Maragall al decir que “Cataluña será una nación reconocida en la Constitución de su Estado”, y Pujol al afirmar que “la Constitución ha de adaptarse a Cataluña y respetarla”. Queda patente la formidable barbaridad. Parece ser que Cataluña es la nación y el Estado, los demás tienen que plegarse a su antojo.

Los nacionalistas no solo han ejercido el “chantaje” con los recursos financieros del Estado y las Comunidades Autónomas, también apuntan al Poder Judicial, al blindaje de competencias y otras importantes cuestiones. No les importa que el Estatuto surge de la Constitución, que el “derecho a decidir” es propio del poder soberano y que éste es el pueblo español en su conjunto, no una parte insignificante (10%), como es el cómputo nacionalista global. La parte –y minúscula- no decide por la Nación. Guste o no.

El Gobierno es dócil instrumento de intereses y objetivos nacionalistas, con saldo en fracaso absoluto: el Estatuto de Cataluña en el Tribunal Constitucional, al que ha puesto en trance. El llamado “proceso de paz” con la T-4, los atentados, extorsiones, amenazas etc. Basta una imagen de la legislatura de ZP –léase el Zote del Proceso- con de Juana Chaos paseando con escolta de dos policías. Resultado, un presidente del gobierno en lo peor que se puede decir de un gobernante, en la alta traición a su pueblo. Negociando en secreto y sin enseñar lo que negoció con ETA a la espera de retomar el proceso si pasa los Idus de marzo.

En quiebra flagrante de la legalidad se queman fotografías del Rey. Acto simbólico, sí, pero violencia simbólica de quienes rechazan a España. El Rey ha tenido un aviso de su desnudez política. Zapatero no fue al Congreso a presentar la respuesta del Gobierno por esos actos vandálicos, como hubiese ocurrido en una monarquía parlamentaria como la inglesa. Recuérdese que Major tuvo que defender a la Corona en los Comunes, igual que tuvo que hacer Blair. Aquí, copiadores malos de una pésima forma de gobierno, el presidente del Gobierno sólo terció con unas palabras desde su estancia en la ONU (fuera del territorio nacional) y algunas palabras en el Senado. Ha recibido el Rey una lección de lo que puede esperar.

Nacionalidades y monarquía son dos pactos de la Transición. Cuando la forma de Estado se intenta cambiar sin el concurso del poder constituyente se le da una advertencia al Rey. Es una secuencia cómica porque quienes pretenden atacar al Rey quieren mantener la misma forma de gobierno que les ha permitido atentar contra la forma de Estado. Ya lo advirtieron los nacionalistas vascos en el Senado a comienzos de los años noventa cuando defendían una confederación de Estados, unidos por el hilo inane y suprimible de la Corona.

Es evidente que el régimen de la transición, del consenso, nos ha deparado este rumbo de las nacionalidades. Es hora de decir que la solución proviene del cambio de la forma de gobierno para pasar o bien a una monarquía donde se elija directamente al jefe de gobierno que represente al pueblo español por mayoría directa de sufragios e impida toda pretensión nacionalista de ejercer el chantaje o bien a una república presidencialista. El Rey en su papel constitucional “moderador” no ha moderado ni la corrupción, ni el crimen, ni el asalto al Estado por parte de los nacionalistas. Por tanto lo que hay que superar es un gobierno débil en su diseño constitucional que impida estos espectáculos. No se trata de quemar, sino de razonar y dar la solución superadora, con monarquía o sin ella, a un gobierno sólido, firme, fuerte y garantista de la independencia frente a los tortuosos y torticeros nacionalismos

Vía: Generación XXI

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