La literatura y los Borgia

La larga, ya centenaria, y apasionada historia de la familia Borja/Borgia con la Literatura (así, con mayúscula) es la que los ha catapultado a la fama y el recuerdo entre muchos de nosotros, pasados ya más de quinientos años de su poder y tiempo. Creo poder decir, sin temor a equivocarme, que la Literatura es realmente la responsable de que estén “vivos” a día de hoy, aunque sin el poder no habrían llegado a ella, ciertamente.

El “calumnia que algo queda” se ha convertido en la principal baza para que aquellas personas se hayan convertido en personajes casi arquetípicos de nuestra cultura: Lucrecia la envenenadora; Alejandro VI el Papa depravado; César el Príncipe Renacentista y maquiavélico. ¿Qué los ha convertido en carne de tinta para tantos autores? No sólo escribieron sobre ellos en su momento Ludovico Ariosto, Pietro Bembo, Antonio Tebaldeo, Ercole Strozzi… ni sólo en Italia. El siglo XIX los rescató gracias a los grandes, aunque fuera para arrastrarlos por el fango: Apollinaire; Dumas padre, Víctor Hugo, Donizetti… y el XX los trajo a los españoles de nuevo: Vicente Blasco Ibáñez, Manuel Vázquez Montalbán, Carmen Barberá, Luis Racionero quien con ellos ganaría merecidamente el premio Azorín, o Luis Antonio de Villena en la poesía, decadente y hermosa… para acabar de nuevo en Italia: Mario Puzo con un libro perfectamente prescindible desde mi punto de vista… En fin, se podrían dar nombres hasta la saciedad: Hella S. Haasse, Byron (quien robó unos cabellos de Lucrecia durante su estancia en Milán); Barnabe Barnes (del área británica, que los aprovechó para atacar al mundo católico), You Higuri (autora de exquisito cómic).

Y volvemos a empezar: ¿por qué? ¿Qué los vuelve capaces de embaucar y seducir a escritores de todo tiempo y nacionalidad? ¿Por qué, de entre todas las familias escandalosas y amorales desde la perspectiva de nuestro siglo ha caído en ellos el honor de ser carne de mito? Su ascenso y caída fueron rápidos. Fulminantes, podría decirse. Si bien su poder llegó a extenderse cincuenta años, su cúspide no sobrepasó la quincena. Y sin embargo, ¿no son acaso más conocidos que emperadores e imperios que se mantuvieron mucho más? Sin duda hay en ellos un elemento mágico, una cantarella (el famoso veneno de los Borgia cuya existencia nadie ha podido probar aún) que no mata pero que genera adicción.

No poco tendría que ver en ello que fueron, como el Renacimiento, justa medida del hombre, y no sólo por cuanto pueda tener de espiritual y de bestia a un tiempo, como señalaba su contemporáneo Maquiavelo, sino por cuanto en ellos se mezclaba el refinamiento más elevado con la crueldad más despiadada y lo hacían con equilibrio prodigioso, propio de castillos de cristal sostenidos sobre una gota de agua evaporada. También en ellos se reunía el especial hecho de ser extranjeros, “catalanes”, como les llamaron sus enemigos. No peores en sus acciones que sus contemporáneos, encarnaron la bajeza moral de su tiempo, pues en ellos hubo tal concentración de astucia, poder, lujo, estrategia, diplomacia, capacidad, bajeza y grandeza, que se convirtieron el “no va más” de la Roma que se despedía de los últimos flecos de la Edad Media para entrar de nuevo en una nueva era de la mano de pensadores, filósofos, poetas y artistas plásticos que grabaron sus nombres con letras indelebles en la Historia humana.

En las páginas de esta revista he reseñado La cárcel del amor, la obra del mencionado Luis Racionero que me ataría hasta el día de hoy (y ya va para siete años) a ellos, cuya lectura recomiendo a todo aquel que esté cerca. Pero también podría señalar La ciudad escarlata como una magnífica obra para aquellos que quieran desentrañar las primeras nieblas del misterio borgiano. No obstante los amantes de las leyendas negras (de las que somos especialistas los españoles, víctimas de nuestra propia indefensión) deberían acercarse a La Roma de los Borgia y, en menor medida a Crímenes Célebres: Los Borgia, de un Dumas padre un tanto panfletario y soso en comparación a Apollinaire. La lista, si no interminable, es desde luego inmensa, larga como la muralla China y capaz de atraparte como una red de oro, ligera y fascinante de la que no se quiere salir una vez que se ha probado. Porque los Borgia son, sobre todo, Literatura, y como tal envenenan el alma al tiempo que la colman de placeres.

Sobre la creación

24-enero-2010 · Imprimir este artículo

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De la inspiración

La búsqueda de lo bello se concibe como una necesidad muy por encima de cualquier otra “baja” actividad humana. De ahí la distinción del artista como un genio que levita sobre el resto de los mortales. Oh, Ellos que satisfacen ese deseo, interno y humano, de armonía, entendimiento y perfección.

El artista no es considerado como un ser común; una fuerza superior le dicta y marca la naturaleza de su obra: La inspiración. El arte nos refleja esa otra realidad que tiene conexión directa con la cotidianidad pero que la transforma y sublima, hasta hacernos la vida, básica y primigenia, más merecedora de respeto. Su poder, el de los artistas y el del arte, como pretendieron monarcas absolutos, proviene directamente de una entidad suprema que, no obstante, podría encontrarse en algún lugar recóndito del propio interior, aunque el propio ejecutante no sepa expresar fehacientemente ni el qué ni el porqué profundo y último de lo que produce. Él ve y enseña. Un hombre en apariencia semejante a los demás, pero que lleva dentro una fuerza visionaria y misteriosa.

(Otros, sin embargo, aseguran que sólo la constancia y la propia voluntad, la diaria laboriosidad, acabará dando su fruto. Y que todos esos epígrafes de seductora connotación, ese denominado fuego emocional, está ubicado por la neurociencia dentro del sistema límbico del cerebro. Un músculo).

Platón, proclamó que únicamente el poeta inspirado puede crear excelente poesía. Esa Musa que Homero clamaba. Ese Apolo que con su serenidad armoniosa debería invadir el interior hasta colmarlo. El arte, con su poder de gnosis y su escondida conducta moral.

Aristóteles -y quién iba a discutírselo- dijo que “el arte poética es cosa del hombre bien dotado o del loco”. Shelley, puntualizó que: “la mente en el ejercicio de la función creadora es como un carbón que va apagándose…”. Y la conciencia no puede predecir cuándo se acerca ni se aleja esa influencia.

Pero Freud, cada uno con su tema, proclamó que la inspiración brota del inconsciente; siendo así que la obra de arte constituye una especie de sondeo de la psique humana. El artista, de esta manera, expresaría de forma intuitiva lo que el psicoanálisis puede traducir en términos científicos; es decir, vuelta al inconsciente. Existía, pues, para Freud, una relación directa entre la obra artística y la biografía, o mejor, la patología del autor.

Será por eso que los surrealistas trataron de crear fuera de todo control.

Y Picasso manifestó: “Yo no busco, encuentro”.

De la belleza

El concepto de mímesis aristotélica, según el cual, el arte debería imitar fielmente el propio modelo de la creación del mundo, es decir, la naturaleza -hecho del que se derivaban determinadas relaciones entre belleza y verdad-, fue admitido durante tanto tiempo y de forma tan categórica que, aun hoy en día todavía está presente en un gran número de personas que consideran que todo lo que no esté dentro de esa idea no es arte, sino otra cosa. Así, determinadas manifestaciones, como es el caso del movimiento abstracto, son despreciadas de un plumazo ante la deliberación del espectador por buscar en la obra alguna semejanza con la realidad visual. (Tàpies manifiesta que lo abstracto hizo comprender que el arte puede hallarse en la expresividad de los puros colores y formas).

A esta mimetización griega, elaborada a partir de la idea de una estrecha relación entre los dioses y el hombre, se une el concepto de armonía que el Renacimiento aplicó y que también traerá bastante cola. Aquí Alberti tendrá mucho que decir: La proporcionalidad es el origen del placer estético.

Ficino, ése otro renacentista italiano, puntualizó que La belleza del arte participa de la belleza universal en tanto que en ella resplandece la idea.

Kandinsky nos habla de la espiritualidad en el arte, imprescindible para que la obra encierre alguna potencia de futuro; porque, aclara, lo que sólo es hijo de su tiempo, representa un arte castrado.

El protagonista de la novela de Balzac, Frenhofer, lleva todavía más lejos la idea de belleza y el concepto de creación. La obra artística, aun cuando técnicamente posea la perfección y esté concebida según todos los principios de la tradición clásica, si no encierra en sí el aliento vital, será una obra muerta. “Habéis logrado la apariencia de la vida -dirá-, pero no habéis sabido expresar su desbordante abundancia, ese no sé qué que es probablemente el alma y que se halla suspendido vaporosamente por encima de la corteza”.

De esta manera, el mito de Frenhofer buscará la expresión suprema que sólo llevará al artista a la impotencia y a la inactividad.

Una propuesta más, representada por otro personaje de ficción, Bartleby, refleja la voluntaria decisión de abandonar la posibilidad del arte. En el no hacer está el principio. Crear, no siempre compensa.

De la locura y la muerte

Se levanta cuando aún Londres dibuja el amanecer de un día que, una vez más, se presiente impávido. Se asoma apenas unos segundos por la ventana. Sylvia Plath decide preparar el desayuno a sus hijos, antes de abrir la llave del gas y meter la cabeza dentro del horno.

Para saludar a las almas de los héroes, a las cabezas sangrantes, Trakl toma una sobredosís de cocaína y se sonríe ante el espejo.

En un hotel de Roma, Pavese piensa que la muerte vendrá y que tendrá sus ojos. Mira los dieciséis envases de somníferos perfectamente alineados sobre la mesilla y descuelga el teléfono.

Van Gogh se levanta más excitado que de costumbre. El torbellino interno habita en las botellas de vino, junto al revólver. Sale de la casa. El cielo de Auvers, esos cirros tumultuosos de un azul-sangre, le hablan de desesperación y pena. “Quisiera morir ahora”, murmura.

Tarkovsky derramó el desgarro del espíritu ausente en su total Sacrificio. Schumann se retuerce sobre su propia partitura plena de alucinaciones y desvaríos…

La creación, ese acto supremo, cobra un cuantioso precio a quienes elige para manifestarse.

Burger-Art

“Para decir tonterías en verso, es mejor escribir en prosa, o no escribir en prosa ni en verso, que es lo que hago yo”.

Sirva esta declaración de Ganivet, otro creador suicida, para enlazar ambos mundos. Porque esa profundización en la realidad que requiere un estado de angustia písquica, de tensión espiritual, ya no parece existir.

Ahora los artistas no deben nada ni a la libertad, ni a Prometeo. Todos cohabitan en glorificada, burguesa plenitud.

Pertenecientes a la clericatura secular, admirados y requeridos para todo tipo de eventos; sonríen ufanos a su propia excelencia.

La mercadotecnia les ha engullido: ella es su madre, ella les amamanta y les salvaguarda de todo mal. El equilibrio les mantiene bajo el régimen de su cordura. El arte está envuelto en bolsa de estraza, listo para ser consumido de forma rápida. Y después eructarlo. Así, su imparable declive.

Tal vez, dicen algunos, porque la belleza dejó hace tiempo de ser la categoría por excelencia. Pero igual ocurrió con los objetos sublimes. Incluso lo terrorífico y patético ya no impresiona. Puede que todo empezara por alcanzar el extremo, cuando Picabia creó el arte “amorfo”, que no sólo no debía representar nada sino que no debía ser nada; apenas un gesto.

El destino trágico y excelso de la creación y del artista, ha llegado a su fin.

Terenci Moix y la “literatura gay” hoy

28-noviembre-2009 · Imprimir este artículo

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No ignoro que el título de este artículo será considerado ofensivo por no pocos: para unos molestará el hecho de hablar de temática homosexual por rechazo hacia su misma existencia; a otros les parecerá aburrido y tópico el ahondar en algo que ya empieza a dejar de estar de moda por saturación; y a los de en medio, les parecerá un horror que hable de “Literatura gay” o, lo que es peor, que relacione a Terenci con este concepto.

De los primeros y los segundos (y para ellos) nada diré. Con respecto a los terceros no entraré en la discusión bizantina de si existen las literaturas de género (femenina, gay…) o no, o si la homosexual es aquella escrita por o para homosexuales, en la que aparecen protagonistas o personajes homosexuales o que tratan de temas de interés para el colectivo. Daré por sentado que, sea o no literatura de género, englobo con esta expresión todo lo que acabo de mencionar, y por eso mismo tiene sentido citar a Terenci, que la Gloria de Osiris esté, que era un Escritor con Mayúscula más allá de su orientación sexual o de la temática de sus libros, todos maravillosos.

Una vez dicho todo esto, y a tenor de la exposición y coloquios que están teniendo lugar en el Centro Cultural Blanquerna, en la calle Alcalá 44, Madrid, y que continuarán hasta el 5 de enero, he vuelto a recordar a mi querido escritor. En realidad, teniendo en cuenta que ocupa una de mis estanterías, no dejo de tenerlo presente. ¿Cómo podría haber imaginado él cuando redactaba aquella escena de El día que murió Marilyn, en el que un personaje homosexual le contaba con desparpajo sicalíptico a un familiar el encuentro sexual frustrado con un extranjero, auténtica audacia del enfant terrible que fue, la profusión de novelas, cuentos y ensayos escritos por y para homosexuales que caen sobre nosotros en la actualidad? Hablando de literatura de temática homosexual escrita por hombres (con respecto a la femenina o la escrita por mujeres debo confesar una imperdonable falta de conocimiento más allá de Djuna Barnes, Virginia Wolf, Marguerite Yourcenar, Mary Renault y el espléndido recopilatorio de blogs organizado hace unos años por Nuria Rita Sebastián), está claro que se pueden mencionar autores de habla hispana de larga experiencia como Mendicutti o Luis Antonio de Villena, seguidos por una generación que ya ha demostrado ser más que una promesa: Pedro Víllora, Jorge Marchant… Pero es, sobre todo, sorprendente, la cantidad de títulos que llegan a nuestras manos hoy, obra de hombres jóvenes que auguran un buen futuro para esta literatura, y en definitiva para la literatura en general: Raúl Portero (premio, por cierto, Terenci Moix); Javier Quevedo… E incluso se echa de menos, no obstante, y pesar de la gran cosecha, el regreso a las librerías de Óscar Hernández, uno de los más vendidos ganadores del premio Odisea, y Valentín Castrege, autor de la valiente Fondos marinos, autores ambos que hicieron una aparición también digna de mencionar. La lista es mucho más larga y espero que nadie se sienta ofendido por no haber traído su nombre a estas palabras, pues escribo desde mi pequeña pero apasionada experiencia lectora.

Me habría gustado conocer la opinión de Terenci respecto a todos estos autores nuevos, con respecto a esta libertad creativa y de publicación que ha agrandado sus límites tanto con respecto a otras épocas no tan lejanas. Él, amante barroco de las palabras, autor de laberintos emocionales y dueño de un conocimiento tan inmenso como su sentido del humor, era un escritor muy exigente con su obra, el significado y el alcance de la misma. Se arriesgó hasta donde ni la crítica (que él llamaría pacata en su momento) ni el público esperaban que nadie lo hiciera, en el fondo y en la forma, y nos fascinó y nos ató para siempre a su mundo de fantasía erótica y siempre imbricadamente emocional.

Me pregunto también a menudo qué saben estos jóvenes escritores de un maestro como Moix, qué han leído de él y en qué medida su obra les sirve de guía y tutelaje; desde qué perspectiva le contemplan y hasta qué punto habrán calado sus lecciones sobre la palabra de esta generación tan abundante.
El futuro nos mostrará quiénes, de entre todos ellos, conseguirán consagrarse y seguir aportando al mundo literario con su trabajo y su talento, pero es evidente que gracias a la labor de editoriales como Egales, Odisea, Desatada, se abren caminos para autores que, hasta hace treinta años tenían que estar callados o circular en secreto. ¿Será esta apertura beneficiosa o supondrá una red con calado demasiado grande? El público y el mercado tienen mucho que decir. Por desgracia nos falta ya la opinión de uno de los grandes, el inmortal Terenci.

PD: También se echa en falta una Isis reparadora, que, recogiendo los trozos desperdigados del marido muerto (el Orisis-faraón-Terenci) lo vuelva a la vida, publicando la totalidad de su obra y especialmente aquellos títulos hoy imposibles de encontrar como El sadismo de nuestra infancia, Amami, Alfredo!, Nuestro virgen de los mártires…

¿Basura psíquica?

Me atrevo a decir que el noventa por ciento del arte actual es basura psíquica.

No hay más que darse una vuelta por Arco, si el cuerpo lo aguanta, para aclararse al respecto. La experiencia resulta, en cierta manera, más frustrante que un paseo por Ikea o por la planta de oportunidades de El Corte Inglés. De Arco se espera mucho más.

Es muy difícil encontrar algo original, sugestivo o siquiera agradable en dicha feria, otrora estandarte del mercado de arte contemporáneo y hoy – salvo en contados casos- gran almacén de novedades y patetismos creativos. Arco es el espejo de un mundo repetitivo, absurdo y falaz.

El descubrimiento renacentista de la persona como medida de todas las cosas ha dado paso al del individuo como creador absoluto. A lo largo de la modernidad, y traspasando las vanguardias, el individuo se ha convertido en el centro de toda creación. Pero el individuo, por si mismo, es esencialmente una máscara y una psicología. Por eso el culto a las pequeñas personalidades geniales y egoicas resulta tan risible. Genios, lo que se dice Genios, hay muy pocos. Si existen los creadores es porque hay hombres que captan, conectan, sintonizan o reflejan la belleza, la pasión, la originalidad. Están en una frecuencia que comunica a los demás algo que se hace presente, con algo que los trasciende. Su originalidad está muy vinculada al amor por lo que hacen. Hay genios de la música, pero también de los aviones o de la etnobotánica.

No importa el qué se haga, sino el cómo lo hacemos.

El paisano Ortega mirando vanguardias como un dominguero acomplejado resulta penoso. Ha llegado un tiempo donde casi todo lo que se crea es feo porque es un detritus del creador al servicio de un mercado especulativo.

El adagio jodorowskiano de que el arte debe aspirar a curar, muchas veces significa justamente lo contrario: el arte cura al artista, pero enferma al espectador que lo padece.

El complejo de inferioridad del arte y la espiritualidad frente a la ciencia es el padre de las vanguardias, madre de todas las posibilidades del artista absoluto y atómico sin más referente que su nigredo interior. El sobrehumanismo pretende que la originalidad es un valor psíquico individual, cuando lo que tiene el hombre son antenas.

Es cierto que durante toda la historia se ha producido basura artística a raudales, lo que sucede es que sólo lo mejor sobrevive al paso del tiempo.

Hay muchas personas que al acudir a Arco y fijarse en algo bueno, descubren al aproximarse a la obra que se trata de un “clásico” como Picasso o Modigliani. El tiempo lo cura todo. No quedará casi nada de Arco, aunque aumenten sus ventas en medio de la debacle.