Imaginar es ver

Si hay alguna noción maltratada por la cultura dominante, de corte criptopositivista, es la del imaginario. De acuerdo la misma la mera creencia y la imaginación quedarían confrontadas con la certeza de la racionalidad y del acceso luminoso –ilustrado- a la objetividad. Se hace obvio que el precio de lo dicho será arrojar al cajón de sastre de lo subjetivo o de la mera elaboración fantasiosa asuntos tan relevantes como el de la relevancia cognoscitiva de imágenes y sentimientos en los muy diversos mundos que instauran. Acaso una nueva manera de entender la imaginación sea precisa, una manera que se haga consciente de la relevancia Imaginar, Michel Fde las facultades imaginativas de la vida anímica del hombre y, especialmente, de la creatividad de nuestros procesos perceptivos. Maticemos que apelo a un sentido de la palabra imaginación muy distante del uso corriente que le adjudica la cultura dominante. Al aludir al imaginario, convocando su sentido helénico, aludo al modo de conocer y percibir inherente a una determinada imagen del mundo, que enhebra la mirada, y de la que no se puede prescindir. Por eso, la facultad imaginativa de la vida anímica, para un griego antiguo, lejos de quedar confrontada con la racionalidad será condición constituyente del percibir humano en tanto posibilidad de vida. De tal suerte que según imagines y veas así vives. O dicho de otro mundo, según acojas el mundo éste te devolverá tu mirar. En resumen, percepción y pensamiento no serían sino el sello del carácter creador y creativo del conocer humano y de la reciprocidad existente entre exterior e interior… Ni que decir tiene que lo más común será que el operar de esa imago mundi, constitutiva tanto de la identidad propia como del mundo que se reconoce, sea completamente inconsciente. Nociones como la de episteme de Michel Foucault o la de paradigma de Thomas S. Kühn estarían muy en relación con todo lo dicho

Interior y exterior, lejos pues de venir a cancelar su relación en las gastadas nociones de lo “objetivo” y lo “subjetivo”, encontrarán así una relación de reciprocidad y copertenencia tremendamente rica y dinámica. De ahí que tomar conciencia de la propia riqueza de la percepción humana en su acceso a texturas de ser de lo más diverso será tomar conciencia de la propia creatividad de la vida anímica. Desde la perspectiva apuntada los estados internos de la vida anímica y la cualidad del mundo percibido estarán en constante retribución. Las variedades del percibir humano quedarán insertas así en el natural “darse de la vida” en tanto expresión de las posibilidades de esa misma vida. El hombre, lejos de ser un mero espectador, será pues partícipe y agente de las diversas expresiones de la propia vida desde la creatividad de sus procesos anímicos. La realidad siempre será pues encuentro, cópula y cruce entre quien percibe y entre “aquello” que interpela nuestra percepción y nuestra capacidad de conocer. Tal encuentro acontecerá en un plano continuo que vincula y enlaza dejando de lado todo dualismo y toda ficción de separatividad. Así, perceptor y realidad percibida no serán sino ese enlace en el que se asienta la propia expresión de la vida.

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Bajoimperio


El universo cultural del llamado Bajo Imperio y sus texturas espirituales de encuentro y síntesis nos indican una época tan apasionante como constituyente para nuestra civilización. Tal tiempo, el de los paganos Hipatia o Proclo o los cristianos Sinesio de Cirene o San Gregorio de Nisa -todos ellos helenistas y filósofos-, no se deja acartonar en esquemas simples ni en proyecciones de corrección política y demás tópicos contemporáneos. Atender a Hipatia, en tanto mártir del helenismo tardío, es atender a esa complejidad y a las líneas de tensión existentes en el tiempo que transcurre entre las últimas décadas del siglo III y la caída del Imperio Romano de Occidente. Acaso una primera sorpresa sea que la línea de tensión entre helenismo y antihelenismo, la misma que emerge en los diversos ataques que padeció la Biblioteca de Alejandría o en el martirio de Hipatia, no sólo acontece en la tensión entre cristianos y paganos sino que es interna al propio campo cristiano. Y es que ya desde el siglo III el primer filósofo cristiano, Clemente de Alejandría, quedó confrontado con la posición antihelénica de Taciano. El hecho de que Taciano fuera declarado hereje no impidió que esta sensibilidad, antifilosófica y antihelénica, se mantuviera en el campo cristiano en autores como Tertuliano, también declarado hereje, para finalmente volver a emerger en tanto pulsión populista y anti-sapiencial -al día de hoy diríamos integrista- que terminaría imponiéndose en la derrota teológica de los teólogos alejandrinos y en las llamadas controversias origenistas. Y eso por mucho que el pensamiento teológico cristiano-católico hubiera sido ya elaborado en los mimbres del pensamiento griego a partir de unos textos evangélicos vertidos originalmente en la lengua griega y sus categorías expresivas. En este sentido, no deja de ser curiosa la victoria del helenismo cristiano a la hora de desarrollar la propia teología cristiana para encontrar tardíamente importantes límites a tal victoria desde lo que sería un talante, de hecho fideista, que desconfiaba de la especulación filosófica y de la realización espiritual de sus decires. Quizá en este antihelenismo encontremos la expresión de viejas sensibilidades que venían a liberarse, especialmente, a través de la crítica al esclavismo que promovía la naciente comunitas cristiana… O sencillamente sean expresión de las evidentes dificultades que las religiones abrahámicas tienen a la hora de organizar la diversidad constitutiva de las expresiones del espíritu y la cultura. Este problema propio del cristianismo, a la hora de organizar la diversidad religiosa y espiritual, fue advertido por muchos. De ahí que ante su ascensión hubo quien, seducido por su verdad, se esforzara en hermanarlo con la filosofía –Clemente de Alejandría, Orígenes, Gregorio de Nisa- o quien, sencillamente, lo denunciara y le marcara distancias –Hipatia, Damascio, Porfirio, Proclo-. En realidad, todos ellos, intentaban preservar un determinado legado en periodos de cambio e incertidumbre. La complejidad descrita atravesará la historia entera de Occidente.

La apisonadora china

Ernst Jünger se refiere a la tradición tibetana como a la gran reserva humana de la quietud y del silencio, de la templanza y de la capacidad de encuentro con la Nada. En tal capacidad, glosada por tradiciones espirituales diversas, se decidiría esa potencia de transformación de la nada que nos quiebra y se nos confronta en esa otra Nada, vacía, plena y fértil, que acoge toda perspectiva como si de una retícula huidiza se tratara. Visto así el Tíbet, y el holocausto del pueblo tibetano, podrían ser entendidos como el devenir de una tierra mítica que en su tragedia a todos nos convoca. Acaso el más lamentable exponente de una época engustada en despreciar y degradar toda referencia espiritual que vaya más allá de las necesidades más corrientes y vulgares del hombre masa. No en vano esta alusión jungueriana al Tíbet y a la sabiduría del Buda se nos brinda en el diálogo Sobre la Línea que mantuvo con Martin Heidegger a propósito de cómo remontar el sesgo nihilista y tanático del Occidente moderno…
Si bien son los chinos quienes sistemáticamente vienen devastando la tierra tibetana no olvidemos que esos mismos chinos se limitan a reproducir el propio proceso de devastación cultural y humana al que fue sometida la propia tradición china en la época del maoísmo. Lejos de una mera confrontación entre chinos y tibetanos el etnocidio que día a día acontece en el Tibet no es sino un exponente privilegiado de las diversas tragedias que se derivan de la aplicación de las programáticas surgidas de los más sombríos laboratorios políticos de la Ilustración. Por eso no nos debe sorprender la pasividad del Occidente moderno, en tanto auténtico exportador de tales programáticas de ingeniería social. Sobre esto recuerdo las palabras del maoísta Pol Pot a un periodista francés sobre la carnicería de los jemeres rojos en Camboya: “Lo único que he hecho es aplicar las ideas revolucionarias que me enseñaron en tu país”. Décadas después, tras la “pedagogía maoísta”, lo que primamos es la globalización y la “orgía” del mercado. Y es que la pasividad de los países occidentales ante el etnocidio del Tíbet nos interpela a todos.