Arrabal – Mandelbrot

16-diciembre-2009 · Imprimir este artículo

Por

Aterriza en Nueva York. En parapente, globo, dirigible o 747.

Benoît Mandelbrot el inventor de la nueva geometría, acaba de editar «The Fractalist». Memoir of a geometer ISBN 978-0-307-37735-7(0-37737-307-0). 320 páginas. Su biografía. Trascendente.

El conjunto de Colegios de Patafisica del mundo entero (después de informar a los cinco T.S) le ha discernido el título de “Trascendente Sátrapa”

Será nombrado, urbi et orbe, gracias a la ‘excepcionalidad patafísica’, dentro de un mes, el 22 de noviembre. Se me ha encargado (sin mérito alguno) de entregarle, a las 4 y 23 minutos de la tarde, el diploma, durante la manifestación científica que el Representante Hipostático de Su Magnificencia y los C. de’ P. organizaron en la Cité des Sciences de París.

Intentaré mostrarme digno, en Faustroll, de mis 41 predecesores (de Marcel Duchamp a Man Ray) y de mis colegas (de Eco a Fo) en satrapía.

Desde mi primer encuentro con Benoît Mandelbrot (el más eminente matemático vivo) en casa de Mary Cronson, en Nueva York (con Tom Bishop y Françoise Gilot, la viuda de Picasso), me fascinó su “cerebro” en estado permanente de gracia. ¡Y acaba de cumplir 85 años !

Fernando Arrabal: En noviembre de 1985 Dalí organizó en Figueres el simposio Proceso del azar. A pesar de la presencia de varios científicos (Landsberg, Ludwing, Schatzman, Margalef), el encuentro se convirtió en una agarrada, (acompañada de una agria polémica) entre René Thom e Ilya Prigogine. ¿Cabe imaginar que fue por culpa de su ausencia?

Benoît Mandelbrot: Mucho admiré varios aspectos de la personalidad de René Thom, aunque no todos, y siempre me negué a entablar una polémica con él al respecto. De hecho, trabajo constantemente con el azar, y aquella polémica (y el consecuente proceso) no pudieron cambiar nada a mi práctica.

FA: ¿Se puede pensar que Ud. no estaba presente en el simposio porque le habían escondido a Dalí la presencia de los objetos fractales?

BM: Lamento que no me hayan invitado pero -a lo mejor me confundo- no creo en las conspiraciones.

FA: ¿Su nueva geometría de la naturaleza acaso no habría mostrado los límites de la controversia Thom-Prigogine?

BM: En el mundo de la ciencia nadie se ha percatado de esta controversia. No ha tenido, pues, ningún esfecto práctico y bien podría ser que hubiera desaparecido con los contrincantes.

FA: ¿Se apoya la irregularidad fractal en unas construcciones rematadas por el azar?

BM: Sí y no. Ni el conjunto de Mandelbrot ni los attracteurs étranges deben NADA en absoluto al azar. Pero los montes fractales sí que le deben mucho. Se trata de un tema delicado y sutil.

FA: ¿Mide su grado de ruptura e irregularidad la dimensión fractal de un objeto?

BM: Sí. Se puede decir -lo mismo que una fracuencia es una medida del color de una luz pura y de la altura de un sonido puro – que la dimensión fractal es una medida de la rugosidad, la primera que se propuso. Mi obra ha constituido la primera etapa cuantitativa de una teoría de la rugosidad -un fenómeno que se da en todas partes y del que apenas se hablaba por la simple razón de que no había nada que decir al respecto-.

FA: ¿Es también para Usted “una forma extrema del desorden natural” la noción de caos tal como la definió Norbert Wiener en 1920?

BM: Se ha empleado la palabra “caos” en todos los sentidos que se puedan imaginar; se ha vuelto una noción muy difícil de manejar. El caos de Wiener era aditivo. El caos multifractal es multiplicativo.

FA: ¿Qué opina Ud. de esta paráfrasis de Srent (1972) “tener uno adelanto con relación a su época sólo merece compasión en el olvido”?

BM: Tener uno adelanto con relación a su época resulta romántico pero molesto. Seguir siendo activo cuando la época llega a alcanzarte es muy molesto.

FA: ¿Puede Ud. darme un ejemplo para precisar su pensamiento: “aquel que reconoce tener precursores da armas a sus detractores”?

BM: Este “pensamiento” no era sino una “reacción epidérmica” a una situación histórica que no duró. Excepto en unas circunstancias muy particulares, suelen ser mal aceptadas las novedades. He aquí una serie de reacciones que no son universales pero sí típicas: 1) Es estúpido. 2) Es falso, ni más ni menos. 3) Alguien lo dijo hace mucho. 4) Todo el mundo lo sabía. 5) Yo mismo lo había dicho ya (o mi director de tesis). El caso de los fractales fue extremo, porque yo mismo había recopilado los menores precedentes de forma muy completa. En efecto, había que replicar de antemano a la etapa 1). También había que demostrar a la 2): a pesar de ser totalmente original la teoría de las fractales -como todo lo que cuenta- tiene raíces históricas muy profundas. Lo malo: cuando todos llegaron a la etapa 3) mi lista les facilitó la tarea a ciertos detractores. Pero todo eso pertenece al pasado. Soy yo -que no ellos- quien iba a seguir descubriendo raíces aún más profundas, pero la originalidad ha dejado de ponerse en tela de juicio.

FA: ¿Cree Ud. que las matemáticas son un lenguaje?

BM: “Las matemáticas son un lenguaje” es una boutade que se puede atribuir con toda exactitud. El eminente físico Josiah Willard Gibbs, gloria de Yale, hablaba muy poco. Pero asistió a una reunión de facultad en la que se disertaba a propósito de las lenguas vivas obligatorias. Intentó hacer que se aceptasen las matemáticas como una lengua viva. Le falló el intento, pero la boutade ha perdurado. Creo que es muy acertada y muy errónea.

FA: ¿Podemos sobrevolar el lenguaje fractal pretendiendo que lo fractal es una panacea?

BM: Las fractales no son una panacea, ni mucho menos. En el desorden ambiente, proporcionan, al lado de lo euclidiano, un segundo oasis de sencillez.

FA: ¿Qué siente Ud. que a sus ochenta años trabaja todos los días viendo que tantos jóvenes investigadores se dedican a la geometría fractal?

BM: Un inmenso placer y lo hago lo mejor que puedo para que no haya competencia entre los jóvenes y yo. A fines de los ochenta, un amigo mío, un pensador muy sutil, me halagó diciendo: “Qué suerte tiene; ayer, era una moda, pero hoy ha llegado a ser un estilo”.

FA: ¿Qué opina de los que pretendían que estaba muerta la geometría poco antes del enorme salto hacia adelante debido a la informática?

BM: Nada más demoledor que los dogmatismos y las ideologías, y yo hice todo lo que pude para dejar de añadir otro nuevo. Además, en el contexto de su pregunta, la palabra “pretender” es una palabra floja. Una vez convencidos de que algo resulta inevitable, los ideólogos presionan cuanto pueden para que se realicen sus predicciones.

Dragó & Soseki: donde un trigre se oculta, nace un libro

20-noviembre-2009 · Imprimir este artículo

Por


Soseki Inmortal y Tigre es un libro sencillo pero profundo, sentimental pero culto. Una historia dirigida al niño que todos llevamos dentro. La literatura sobre animales de compañía es un género poco conocido en España, país de maltratadores consuetudinarios. Dragó se interna en esa literatura por la puerta grande, en un rotundo cambio de estilo y quizá de personalidad.

Soseki es un ejercicio didáctico, pero también un ejercicio de meditación con el que el autor se enfrenta al espejismo de la muerte. Soseki es semilla de conocimiento para Caterina, la nieta del escritor que encarna el futuro, pero también es tradición y estoica reflexión del que sabe porque ha vivido.

Juntos, pero no revueltos, hemos querido entrevistar a Soseki y a Dragó. Poco importa que uno haya muerto y que otro esté vivo y coleando. Permitámonos, por una vez, transgredir el umbral de la certeza o la ignorancia que separa a los vivos de los muertos… Freud parafraseó el adagio latino para enseñarnos aquello de Si quieres la vida / prepara la muerte.

Fernando: nuestro caro Alejandro Jodorowsky, al conocer la muerte de Soseki, te escribió algo muy bello inspirado en un haiku: Murió tu gato, morirán los astros, desaparecerá el cosmos. Pero ahora, solo te queda aceptar y respetar ese dolor que te convierte en humano…

Es lo que he hecho al escribir el libro. Tal vez sea Alejandro la persona que mejor me comprende. Él perdió un hijo y tiene cinco gatos. La gente me dice que Soseki sólo era eso, un gato, y se equivoca. Era también hijo, y amigo, y compañero, y ejemplo, y maestro. A las pocas horas de morir Soseki escribí a Jodorowsky, convencido de que me entendería. Y lo hizo. Le pedía árnica, y me la dio. La belleza de ese haiku no enjugó mis lágrimas, pero les dio sentido. Me recordó algo que yo sabía, pero que en ese momento, ofuscado por la tragedia y por el sentimiento de culpa, se había escondido en el fondo de la conciencia: hay que aprovechar el impulso del dolor para transformarlo en amor.


Soseki, donde quiera que estés, no sé si esto te consuela o te parece una obviedad humana y pretenciosa. Sabemos que los elefantes realizan enterramientos y duelos, y quizá los gatos también sentís la muerte sin necesidad de ser humanos pero sí divinos…

Miau. Desde aquí puedo percibir todo el dolor que mi muerte causó a Fernando, pero no debería sufrir por ello, porque lo hice como un acto de amor y de generosidad. Los guerreros numantinos y los siete infantes de Lara, a los que conocí durante mis correrías por las Tierras Altas. Me habían enseñado el arte y el deber de la inmolación. No importa lo que nosotros esperamos de la vida, sino lo que la vida espera de nosotros. Él no lo vio, porque mi cabeza había desaparecido bajo el travesaño del montacargas, pero morí sonriendo y con una expresión de gratitud en la mirada. Todo, en ese instante, cobró sentido. ¡Por fin tenía alma! Fue mi salto a la eternidad.

Fernando: ¿tu nagual o animal interior es un gato, un toro, un escarabajo, un águila?

Veo que conoces bien la obra de Carlos Castaneda, pero no mi zoo interior. Mis animales totémicos son el gato, el lobo, el oso, el lagarto y el escarabajo. Libres todos y solitarios todos. Nunca voy en grupo. Mi héroe novelesco favorito es Sinuhé, el egipcio que pasó en soledad todos los años de su vida, lo que no le impidió mezclarse estrechamente con ella y apurarla hasta su último sorbo.

Y tú, Soseki, imagino que desearías ser un escritor, como el que te da nombre, ¿o piensas que eso no es más que vanidad? ¿Acaso hay algo que no sea vanidad en los humanos?

Miau. De hecho estaba aprendiendo a escribir a máquina. Al principio no sabía muy bien qué era aquel aparato que Fernando manejaba tan a menudo. Luego, con el paso de los días a su lado, me fui dando cuenta de que, cada vez que pulsaba una tecla, una varilla se desplazaba y marcaba una letra con tinta en la hoja de papel. Entonces comprendí que Fernando debía ser un gran escritor a tenor de lo mucho que escribía. Él siempre bromeaba con que, cuando él no pudiera hacerlo, yo podría sustituirlo y ser su negro. ¿Vanidad? No, porque la literatura y el arte empiezan en el momento en que vivir no basta para expresar la vida. Pero aquello, para mí, era un juego. Para Fernando, no. Era su vocación, desde la primera infancia, y la vocación es destino. No cabe sustraerse a él.

Fernando: Has hecho de esta muerte tu muerte, y de esta inmortalidad tu inmortalidad… Pareces un puro siete en el eneagrama, al que las muescas de la vida han tocado el corazón abriendo uno de sus nueve puntos que vigila lo sensitivo…

Al hombre se le mide por sus cicatrices. Quien no las tiene, ha vivido en vano. Ya conoces esa frase de Jung que cito a menudo y que también aparece en el libro: “la vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir”. Las cicatrices son el carnet de identidad y el certificado de garantía del samurái, del guerrero, del torero, de los discípulos de Dionisos y Siva, de quienes tienen a la muerte por compañera, la miran cara a cara y bailan siempre, felices, feroces y feraces, sobre el filo de la navaja . Y nadie sale indemne de esa danza. Ya lo dijo Miguel Hernández: Llego con tres heridas: / la del amor, / la de la muerte, / la de la vida. Soseki también era un guerrero, lo contrario de un soldado. Los soldados tienen soldada y oficiales. Los guerreros, no. Ni cobran ni obedecen.

Soseki: Tu amo (o quizá el superyó del escritor) te hizo cosas que no sé si querías que te hicieran. ¿Le perdonarás algún día tratar de domesticarte, castrarte y hacerte un poco pequeñoburgués…?

Por lo pronto, no era mi amo ni quería serlo. ¿Cómo va a ser amo de alguien quien nunca tuvo amo? Cuando Fernando hizo la mili, la mili de verdad, no la de milicias, dijo en su filiación que no sabía leer ni escribir para que no lo hiciesen cabo. Los gatos, por otra parte, jamás tenemos dueño. Somos nosotros los que elegimos a las personas con las que queremos vivir. Yo lo elegí a él y a su esposa, Naoko, porque me gustaba su forma de vida, su casa y el misterio que de ella manaba. No me domesticaron. Yo no lo habría permitido. El gato y el toro de lidia son los únicos mamíferos que no se dejan domar. Mi tiempo de aventuras, además, ya había pasado, aunque algunas veces me escapase para irme de botellón.. En mi infancia recorrí todas las Tierras Altas de Soria, conversé con los guerreros de Numancia, combatí contra brujas en sus aquelarres a la luz de la luna, incluso me las vi con el mismísimo diablo. Cuando Fernando me abrió la puerta de su coche, sabía que mi vida ya sólo permanecería ligada a su persona, a su familia y a su campamento. Respecto a los efectos de la castración, sólo puedo hablar de oídas, porque me emascularon antes de que me subiera la fiebre del celo. He oído las historias de Fernando en las que cuenta los líos en los que a lo largo de su vida se metió por culpa de las faldas, así que eso que me ahorré. La lujuria es mala consejera.


Fernando: ¿hay sentido de culpa en este libro?

La culpa, pese a que yo no la reconozca racionalmente por ser ésta legado del judeocristianismo, no deja de estar presente, al menos a nivel subconsciente, pues fui educado en el catolicismo y cargado al nacer con el peso del pecado original. Soseki murió por mi causa, por la generación de una larguísima cadena de acontecimientos de la cual yo fui artífice, involuntariamente, por supuesto. En el mundo no existe el bien ni el mal, sólo las reacciones y los efectos derivados de nuestros actos. La instalación del montacargas donde pereció Soseki partió de una orden mía hacia mis ayudantes. No me siento culpable, pero debo reconocer que este libro es, entre otras cosas, redoble y descargo de conciencia. La deuda está saldada. Nunca, que yo sepa, ha rendido nadie tamaño homenaje a un gato. ¡Imagínate! ¡Trescientas cincuenta páginas peleadas línea a línea! Es oración fúnebre e himno dedicado a un héroe.

¿Estás de acuerdo, Soseki?

¡Cómo no voy a estarlo! Alguien, después de leer la novela, la definió así: “un libro de un gato que es persona, un libro que enseña a las personas a ser un poco gatos y, por ello, más personas”. Fernando, además, abriga el propósito de fundar en Castilfrío un centro de acogida de gatos que llevará mi nombre. ¡Ojalá lo consiga, aunque vete tú a saber, porque para todo lo que sea gestión y organización mi no-amo es un desastre! Pero ya decía mi amigo Buda, el de la estatua del jardín, que lo que cuenta es la recta intención. Fernando lo tiene.

Fernando: sostienes que el gato simboliza ante todo la libertad, pero tal vez lo sea por puro instinto, y en el instinto no somos libres, sino liebres…

La libertad siempre ha sido un dilema paradójico en la historia de la filosofía. Ésta, además, se mide en términos humanos. No podemos saber cómo siente un gato su libertad. ¿Instinto? Todos los animales lo tienen, pero sólo el gato lleva la libertad hasta sus últimas consecuencias. No, no es instinto. Es voluntad, es decisión, es convicción, es sabiduría, acaso kármica. Si fuese instinto, los gatos se parecerían entre sí, cosa que no sucede. No hay dos gatos iguales.


Soseki: ¿es verdad el rumor bizarro de que quisiste acabar con esta vida o todo fue un accidente inesperado? Ahora que haces guardia junto a los luceros, ¿crees como Shakespeare, que las cosas suceden… como y cuando tienen que suceder?

Miau. Mi intención no era morir. Nadie quiere morir, y menos un gato, que es el animal con mayor instinto de supervivencia que existe. Sentí que mi obligación era llamar la atención de Fernando hacia el peligro que suponía ese Minotauro de fauces metálicas para su nieta Caterina, que planeaba jugar con él, y ―sin sospecharlo― con la muerte. Cuando, ese mismo día, Ayanta llamó para avisar a Fernando que llegarían ella y Caterina por la noche, supe que el momento había llegado. Acepté mi responsabilidad y me lancé a la boca del monstruo, sin saber si sobreviviría. Luego todo se volvió oscuro durante unos instantes… Las cosas suceden como y cuando tienen que suceder, en efecto. Mi destino no consistía en salir del laberinto, sino en perecer allí y pasar a formar parte de la casa de Kokoro ―que es como se llama―, guardando su entrada, nutriendo la tierra bajo el olivo bajo el que solía jugar, frente a la mirada serena de Buda. Lee el haiku de Alicia Mariño, madrina hoy de mi hermanillo Sensei, que figura en mi lápida: “Ser como tú / surcando el infinito / tigre de luz”.

Fernando: ¿Le pediste a Antonio (uno de los protagonistas de la historia) que durmiese en tu casa de Castilfrío para ver si aparecía el fantasma de Soseki? ¿Dónde crees que está Soseki? ¿Perturbará su alma la sosekimanía que se avecina?

Antonio Panza y Soseki llegaron a ser muy amigos cuando la historia del gato se echaba a andar, y luego, aquí, en mi casa de Castilfrío, se veían a menudo. Parte de ese sentimiento de culpa del que hablábamos antes también le alcanzó a él, al que se le había encargado clausurar el montacargas y no lo hizo. Pero no, no le pedí que viniera. Se muere a solas, y yo, aquella noche, descendí al abismo. Soseki seguía en la casa. Naoko, que tiene el olfato muy fino, percibía su olor. Tardó cuarenta y nueve días en irse, pero sigue en contacto conmigo. Me ha enviado varias cartas. No es broma. Dos de ellas están reproducidas en el libro. Desde la aparición de éste me han llegado otras dos. ¿Quién las escribe? No lo sé, aunque tenga mis sospechas, pero ahí están. Soseki está ahora en el cielo de los gatos, al otro lado del Puente del Arco Iris. Tengo ganas de reunirme con él, pero sin prisa, porque para eso tendré que morir y aún tengo varios libros por escribir y unos cuantos países por recorrer.

Soseki: Desde aquel lado de la vida, ¿qué consejo nos darías a Fernando y a todos los demás humanos? ¿Crees ahora que la bondad es superior a la inteligencia?

Lo he creído siempre. Todos los animales son buenos, aunque no todos sean tan inteligentes como los gatos. De poco sirve la inteligencia si no está al servicio de la bondad. Sólo los hombres pueden ser malos. Sé que mi muerte ha hecho a Fernando mejor persona, aunque ya lo era. Ha escrito un libro que es pura emoción, sonrisas, lágrimas, ternura y buenos sentimientos. Se ha enfrentado a la apuesta más alta de la literatura: la de escribir, por una parte, no sólo para los adultos, sino también para quienes no lo son, y la de hacerlo esgrimiendo sólo la bondad. He empezado ya a traducir su libro al idioma de los gatos.


Soseki: ¿Tendrás celos si Fernando y Naoko tienen, como anuncia en tu libro, un hijo? ¿Acaso no fuiste tú también su hijo adoptado?

No, todo lo contrario. Precisamente mi función habría sido la de guardar el sueño de ese niño cuando naciera. Ninguno de los dos le habría quitado su sitio al otro, puesto que cada cual habría sido amado por sí mismo. Y sí, durante esos dos años de inmensa felicidad que compartí con Fernando y Naoko, sentí que era para ellos como un hijo, y ellos, para mí, como mis verdaderos padres.

Luís Antonio de Villena, el escritor esteta

15-diciembre-2008 · Imprimir este artículo

Por

Luis Antonio de Villena nos ha hecho planear, a través de sus versos, de sus prosas cargadas de fantasía y autobiografía, de sus prólogos, sus traducciones y sus ensayos, entre cuerpos glabros y jóvenes brunos; nos ha hecho respirar el ansia de la libertad; nos ha infundido el amor por la belleza (entendida ésta de múltiples maneras); y nos ha llevado de la mano por finales de siglo y pasiones artísticas. La crítica y el público se lo han agradecido con premios y ventas. Pero él no es un “hacedor” de best-sellers… es, ¿es quizá Luis Antonio de Villena un hombre escapado del siglo XIX?

LUIS ANTONIO DE VILLENA: En alguna época pude creer que sí. Y me hubiera gustado, concretamente de finales del siglo XIX. Pero eso es imposible. Todos somos de nuestro siglo. Creo que soy una persona muy de mi siglo pero he intentado investigar una serie de tradiciones del pasado que explican el presente, o al menos las líneas magistrales del pasado que hacen que se entienda mejor el presente. He estudiado el fin de siglo XIX, el romanticismo negro, el decadentismo… Y también el mundo grecolatino, ambos muy alejados entre sí, no sólo cronológicamente sino también desde su visión del mundo. Pero el objetivo era ver qué tenían que ver con el presente no buscaba volver a ese tiempo, ni me sentía un superviviente.

GXXI: Te sientes ante todo poeta, según has afirmado en varias ocasiones, y tu lenguaje lírico, tu vocabulario atípico lo confirman. ¿Qué tiene la poesía que te seduce más que el resto de las formas?
LA: Es lo primero que me sedujo. Y sería lo primero que escribiría en serio, con conciencia de vocación de escritor. Leía entonces poesía del Modernismo y esto me influyó. Me sentí muy identificado con “Adelfos” de Manuel Machado. La Poesía, para mí, es la quintaesencia de la Literatura. Pero cuando alguien tiene una vocación literaria muy grande, como es mi caso, acaba escribiendo otras formas: novela, ensayo… En cualquier caso creo que al poeta le resulta más fácil escribir novela que al novelista poesía. Pero la crítica, que necesita poner etiquetas, me ha colocado la de poeta. Es una injusticia pero no me quejo.

GXXI: Han transcurrido ya 26 años desde la publicación del aclamado poemario Huir del invierno. ¿Sigues escapando de los largos y fríos dedos de la estación oscura?
LA: Ese libro salió cuando acababa de cumplir treinta años. Entonces me consideraba ya maduro, ahora creo que era un niño. Yo era un adorador del verano donde veía un mundo de la plenitud, de la Grecia clásica, el mundo de lo sensual… En días de verano si aparecían dos o tres nubes ya me ponía nervioso. El tiempo todo lo cambia. Ahora me gustan todas estas cosas pero no las emblematizo en esa estación, la libertad moral también se puede dar en el invierno… A veces me gustaría entusiasmarme como lo hacía con el verano.

GXXI: Dos años antes, en 1979, había aparecido Hímnica. Es un poemario donde se celebra la belleza de los cuerpos jóvenes… algo que permanece en tu obra, en cualquiera de los géneros que abarca. ¿Hay un límite literario para expresar la belleza?
LA: Está considerado hoy como el libro emblemático de mi escritura y la verdad es que fue el resultado de mi propia liberación. Empezado en la primavera del 74 y terminado en abril del 78 resulta un libro muy juvenil. Lo escribí cuando empecé a vivir una vida gay de verdad. Mis amigos empezaban a llevarme a sitios gays y tuve mis primeras experiencias en ese mundo aún marginal, raro, como consecuencia del franquismo. Y tuve la necesidad de contar todo eso. Antes mi literatura era más culturalista, ahora, sin perder de vista ese culturalismo estallaba la vida en medio. A todo esto yo le ponía máscaras históricas pero que no fuera tan directo, claro. El caso es que los estereotipos griegos con los que yo “vivía” existían, y me dedicaba a perseguir este modelo. Desechaba a todos los que no cumplían ese modelo… A los veintisiete años era un cabeza loca… Ahora probablemente también. Estaba marcado, pero era una equivocación. Sin embargo, sin esa tendencia no habría hecho la Literatura que me ha caracterizado.


GXXI: ¿Qué piensa el autor de Madrid ha muerto, esa obra coral sobre “La Movida” , de esta recuperación de su memoria? ¿Sigue muerto Madrid?

LA: Madrid es hoy menos llamativa y divertida que entonces pero eso pasa en todas las ciudades. Había unos iconos que se siguen identificando pero la “movida” era mucha gente, una gran parte de la juventud. Era una vida muy liberal, con mucha gana de libertad… También el Londres de los 60 era una ciudad más alegre que ahora no existe. Todas las ciudades tienen momentos pletóricos y el de Madrid estuvo en los ochenta, fue la liberación del franquismo.
Y este libro tiene un lado de crónica y un lado de ficción, al cincuenta por ciento. Se pone letra a cosas que yo vi, digamos que es mi testimonio personal de la “movida”.

GXXI: En esa obra el protagonista, un guionista de cine y televisión, canta a la libertad continuamente. Y es una oda de elogio casi sin lindes. ¿No crees que la libertad llegó a entenderse bastante mal durante aquella década?
LA: Se dice siempre que la libertad se entiende mal cuando se cometen equivocaciones. Pero no siempre se está educado para la libertad. En este caso se suele hacer referencia al uso de las drogas. Hubo gente que murió, otros se convirtieron en drogadictos… se equivocaron, es verdad, pero estaban viviendo la libertad. Si los hombres fueran perfectos o se habrían convertido en ángeles o se habría acabado la libertad: el poder estaría sujetando totalmente las riendas, como lo está haciendo ya. Ahora se es menos libre de lo que se era íntimamente en el franquismo. Entonces, cuando te situabas en lo marginal, a la afueras del sistema, lo individual pasaba más desapercibido. Para ponerte un ejemplo te diré que en las farmacias se vendía sin receta. La gente se metía muy poco con la vida sexual de los demás, especialmente si tenías un poquito de dinero (otra cosa era la vida sexual colectiva: todo estaba prohibido).
GXXI: El bello tenebroso y El mal mundo (premio Sonrisa Vertical), así como la traducción de El libro de los hermosos, dan a tu obra una gran rotundidad erótica. ¿Qué tiene el deseo que impulsa a escribir a Luis Antonio de Villena?
LA: Pues sobre todo el deseo. Exactamente el deseo. Soy mucho más sensual que sexual. Puedo estar horas mirando a un chico guapo.

GXXI: Por otro lado, también has escrito numeroso y bien documentado ensayo. Como ejemplo, citaremos Diccionario Esencial del Fin de Siglo. Uno de sus términos es “Acidia”. ¿Ha desaparecido hoy o parece invisible en su propia abundancia?
LA: Hoy se llama de otra manera: melancolía, incluso estrés, lo que los romanos llamaban tedium vitae. Ya se conocía la pulsión por la vida, Darwin había hablado del instinto de supervivencia, que por otro lado es muy cruel, pero fue Freud quien descubrió que existía el impulso “tanático”, un extraño afán de morir que existe en nuestro subconsciente. La vida te cansa porque no cumple tus expectativas, no está a la altura de las circunstancias, y eso provoca una sensación de abandono. Acidia es un término medieval que se aplicaba a los monjes. En mi caso, si no hubiera sido por la Literatura probablemente me hubiera dejado llevar por ese impulso…

GXXI. Víctor Hugo dejó escrito que Misericordia es el más bello de los nombres que La Biblia da a Dios. Tu libro Chicos termina con unas bellísimas e inesperadas palabras: “Nuestra última columna, total y sola, es la misericordia… la misma materia del universo. Y presiento que no hay nada más: Vacío y misericordia”. ¿Es la Misericordia más que el Amor? ¿O es, sencillamente el Amor en estado prístino?
LA: Yo creo que eso es una costa muy budista: vacío y misericordia, el vacío como la nada y la misericordia porque el sentido humano hace pensar que un ser perfecto sólo puede ser misericordia. La condición humana es tan feble que sólo puede aspirar a la Misericordia, no a la culpa, a la misericordia. Pero no la de Dios o la de la Iglesia, sino un Ente que rige el universo. Yo me siento más budista que católico. Bueno… católico no me siento casi nada (al menos en su faceta española).

GXXI: ¿Qué nos dirías de tu última novela, El sol de la decadencia, tan compleja, tan orientada a navegar en las zonas profundas de la moral?
LA: Yo creo que es una obra interesante, con varias voces, y varios puntos de vista… aunque pienso que no es complicado seguirla. Es una novela con zonas de sombra, es verdad. La prostitución siempre ha sido un tema delicado que la sociedad no ha abordado bien, y ahora peor que nunca.