España, crisis de un modelo

La España de los últimos 200 años es la historia de sucesivas oportunidades perdidas que hubieran hecho posible otro país. Empezando por la Constitución de 1812 y llegando a casi cuatro décadas de dictadura franquista.

Existen entre la derecha democrática española quienes quisieran exhibir sin pudor su condición de franquistas y necesitan blanquear aquel período histórico. Se agarran ahora al argumento de que las dos últimas décadas de la dictadura, a partir del Plan de Estabilización de 1959, sentaron las bases del desarrollo español. La dictadura de Franco fue entonces un mal necesario que logró el despegue económico y creó una amplia clase media, imprescindibles cimientos ambos de una democracia sólida.

Está por demostrar que el desarrollo y una democracia estable sólo hubiera sido posible con el paso intermedio de una dictadura. Pero sobre todo olvidan o quieren olvidar los defensores de la figura de Franco como precursor necesario de la democracia esas otras dos décadas de la dictadura, las de las fracasada autarquía económica y el aislamiento internacional (1939-1959).

España se quedó descolgada justo cuando a partir de 1945 disfrutó Occidente de un período de prosperidad sin precedentes, los tiempos en que Francia vivió sus “Treinta Gloriosos” años o Alemania disfrutó de su “Milagro Económico”. Aquellos veinte años son los que separaron a España del resto de Europa en la segunda mitad del siglo XX. Pensábamos que por fin se recortaba la distancia cuando llegó la Crisis.

Las explicaciones sobre las causas de la Crisis en España varían en dar peso a la coyuntura internacional, la actuación de determinado gobierno o al desenfreno hipotecario de la atolondrada clase trabajadora en función de a quien se quiera culpar y exonerar. Pero sólo la perspectiva del tiempo nos permitirá ver que a lo que asistimos es a una crisis profunda del modelo productivo español que fue incapaz de dar el salto a una economía globalizada y postindustrial.

España se incorporó a la entonces llamada Comunidad Económica Europa el 1 de enero de 1986 como un país mediterráneo que disfrutaba de las ventajas comparativas de una mano de obra barata y abundantes horas de sol. Las fábricas españolas convertían al país en el quinto productor de automóviles mundial y el país era el segundo receptor de turistas en todo el mundo.

Tres años más tarde del ingreso en la CEE cayó el Muro de Berlín. El mismo año en que Tim Berners-Lee redactó una propuesta en el laboratorio de partículas CERN para un sistema de hipertexto en Internet. En agosto de 1991 puso en marcha el primer servidor de páginas web. Antes del fin de aquel año se disolvió la Unión Soviética.

Abierto casi todo el planeta ahora al capitalismo y con las comunicaciones cada vez más accesibles, España, como cualquier otro país desarrollado, hubo de enfrentarse a una economía globalizada donde cualquier cosa factible de ser extraída de la tierra, cultivada, fabricada o ensamblada lo será siempre de forma más barata en otra parte del planeta. En una economía postindustrial los países avanzados no sólo generan valor en el sector servicios (servicios financieros, software, publicidad, etc.), sino mediante la incorporación de tecnologías y conocimiento en todos los sectores productivos.

La agricultura española encontró competencia en países con una mano de obra aún más barata. Si antes fueron los camiones cargados de tomates españoles los que eran volcados en las carreteras francesas ahora resultaron ser españoles los que volcaban camiones con tomates marroquíes.

Con los productos agrícolas transformados en una “commodity” sólo una minoría afrontó la competencia de los países subdesarrollados haciendo la agricultura más intensiva en conocimiento y capital. Hubo quienes implantaron un modelo de agricultura más respetuoso con el medio ambiente o la salud del consumidor, buscaron el valor añadido de la denominación de origen o buscaron acortar la distancia con el cliente final mediante la comercialización directa en Internet. Pero la reacción generalizada fue sostener un sector no competitivo mediante subvenciones y enfrentar la competencia de países con salarios de miseria implantando en España también salarios de miseria y condiciones infames de explotación. Hoy España exporta temporeros locales a la vendimia francesa e importa temporeros extranjeros con la excusa de que nadie quiere trabajar en el campo.

El sector industrial español dejó de disfrutar la ventaja de la mano de obra barata tan pronto los antiguos países comunistas quedaron conectados a la economía europea. El cierre de factorías para su reubicación en la Europa del Este o en otros países extracomunitarios fue sólo retrasado temporalmente mediante las subvenciones públicas. En el caso de la factoría de repuestos Delphi de Puerto Real (Cádiz), sumaron 62 millones de euros desde 1986 hasta el anuncio de su cierre en 2007.

Sectores puntuales como la industria aeronáutica o naval sobrevivieron gracias a su naturaleza de empresas públicas y al mercado cautivo de las fuerzas armadas. Los contratos militares han mantenido con vida a empresas de capital público como Santana Motor, cuyos productos no resisten el más mínimo control de calidad y que pierde decenas de millones de euros al año.

España, al contrario del resto de países de Europa Occidental, carece de grandes empresas tecnológicas como Alcatel, Thales, BAe Systems, Siemens, Nokia, Philips, Ericsson, etc. Hablar de grandes empresas globales es hacerlo a la antigua Telefónica y Repsol YPF, de la que hay que recordar su condición de antiguas empresas estatales con una posición dominante en el mercado.

Por último, en la España globalizada y postindustrial hablar del sector servicios es hablar del turismo de “soy y playa” que se benefició durante los años noventa de la escasa competencia mediterránea por culpa de las guerras yugoslavas, los atentados contra turistas en Egipto y la guerra civil argelina. Cuando se hizo evidente que el modelo de “sol y playa”, en realidad “discoteca, cerveza, vomitona y playa” combinado con un modelo urbanístico depredador del litoral, dejaba ganancias magras no se trató de aumentar la calidad del servicio al cliente, mejorar los estándares arquitectónicos y reducir el impacto medioambiental Se buscó desesperadamente el “turismo de calidad” mediante la construcción de campos de golf, allí incluso donde los agricultores luchaban por la escasez de agua.

La salida al mercado laboral de la generación del “baby boom”, el turismo y la llegada de mano de obra inmigrante generó la burbuja inmobiliaria que convirtió a la construcción en la locomotora de la economía. Un sector conectado inevitablemente a las redes clientelares de poder de las administraciones públicas locales y que se convirtió en el símbolo del modelo de negocios español: El “pelotazo”, un concepto que dudosamente tenga equivalente en el resto de idiomas de Europa Occidental. A España en cambio se le puede aplicar un concepto repetido por la prensa económica durante la crisis asiática de 1997: “Crony capitalism”, traducido aquí como “capitalismo de amiguetes”.

Justificado como parte de la idiosincrasia latina y mediterránea, España es un país donde importan los contactos familiares y las afinidades políticas en tupidas redes clientelares que son consentidas y disculpadas porque permean todas las clases sociales. Los grandes pelotazos de alcaldes, concejales y sus parientes son disculpados cuando firman jornadas de trabajo imaginarias para cobrar prestaciones por desempleo y tramitan subvenciones para proyectos con los presupuestos inflados que benefician desde el profesor de cursos de informática al vendedor de suministros para la construcción. Son ellos los que luego jalean a los políticos que esposados salen del furgón de la Guardia Civil y entran en el juzgado.

Podríamos pensar que el mismo país donde la generación que vivió la Transición se encontró todo un país por reinventar y se convirtió en una élite que forma un tapón las siguientes generaciones estuvieran tentadas de romper las reglas de juego. Podría esperarse que una nueva generación, “la mejor formada de la historia de España”, se lanzara a la aventura de emprender, crear conocimiento y crear riqueza abriendo nuevos espacios y nuevos caminos. Pero conocer la universidad española permite comprender su incapacidad para haber formado a los profesionales necesarios y capaces de pilotar el salto de España al mundo global y a la sociedad postindustrial.

La universidad en España es un lugar donde resulta anatema hablar de la conexión con el mercado laboral, so pena de ser acusado de querer poner la educación superior al servicio del “capitalismo neoliberal” y de las “empresa privada”. Como si no existieran alternativas como el autoempleo o la unión de trabajadores en cooperativas. Curiosamente la resistencia a mejorar la empleabilidad de los estudiantes es defendida e inculcada en el alumnado muchas veces por profesores que gozan de la condición de funcionario. Otros aspectos de la universidad española, como su profundo antiintelectualismo y su endogamia, son tan de sobra conocidos que no merecen la pena detenerse en ellas.

En un país donde cuenta más de quién se es hijo y a quién se conoce escasean los ejemplos de éxito económico y social por debajo de la barrera de los treinta años si olvidamos artistas y deportistas que nunca pasaron por la universidad. Linus Torvalds hubiera sido en España un becario asqueado de su programa de doctorado. Pero quizás para ello primero tendría España que dar al mundo un Linus Torvalds, que nació en un país con unos estándares educativos a años luz de España y cuna del gigante global Nokia..

La incorporación de conocimiento e información en todos los sectores productivos tiende a polarizar los mercados laborales en las sociedades postindustriales. Por un lado se requieren de ingenieros, desarrolladores, diseñadores, consultores y ejecutivos. Por otro, la automatización e informatización del puesto de trabajo tiende a reducir aún más la cualificación de los trabajos peores pagados, como auxiliar administrativos o telefonista de call-centers.

Careciendo España de un sector dinámico, competitivo y globalizado en su economía el destino de los licenciados universitarios en España es un trabajo mcdonalizado mientras esperan que surja “algo de lo mío”. La precariedad y el “mileurismo” ha llegado hasta para carreras como arquitectura e ingeniería de telecomunicaciones. El resultado es una generación que no vivirá mejor que sus padres, trabajadores y obreros de la España de la dictadura y del subdesarrollo.

Morir de amor

“El hombre es un ser para la muerte”

Heidegger

Polvo Enamorado

Escribir, hablar, pensar de aMoR y MueRte es hacerlo de la misma vida. Un espacio-tiempo que empleáramos en ello no agotaría el venero de su semántica. Principio y fin, Génesis y Apocalipsis, Alfa y Omega, Eros y Tánatos… difícil es encontrar una estructura dual que no esté contaminada de las dos palabras. Su poder evocador es tan amplio que no sólo está enlazado molecularmente con cualquier representación cultural o instintiva, sino que, al margen del nivel intelectual del receptor, resulta inteligible en su esencia: estamos ante un arquetipo. Diría más: estamos ante “El Arquetipo”.

Mueren de Amor los personajes del kabuki y del teatro isabelino, las polvos de Quevedo y los ramos de Góngora, “la Niña de Guatemala” y la de Puertaoscura, Calixto y Margarita Gautier, Kierdkegard y Miguel Bosé cantando a Perales; no hay literatura, mejor: no hay arte sin sexo y violencia. Tampoco hay vida. Se muere de amor aquí y ahora, en el anónimo día a día de una pareja de adolescentes precipitada por el viaducto. El feroz VIH, ese kármico virus del fin de siglo, es otra inagotable muestra.

¿Se puede morir de amor?

Dada la exuberante y compleja panoplia del comportamiento humano, tan renuente a la estadística, algún caso habrá en el que la autosugestión “vudú” mate la voluntad de vivir (sea Amor el homicida o su parásito, la impotencia), más en las anecdotas visitadas se suele morir de otra cosa: “La Muerte en Venecia” se llama peste, no Tadzio; Margarita en París sucumbe ante el bacilo de Koch y en Verona, sólo un azar de venenos y puñales dará dimensión trágica a la pasión adolescente.

“¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?”

Pues, a volapié, me salen de los dedos tres referentes: el mito griego de Narciso, su explicacion freudiana y el siempre citable Nietzsche.

Todo en la naturaleza entiende que amor y muerte son una y la misma cosa, muere el magma para que nazca el granito, púdrase el roble para que amanezca el hongo, la inmolación del abuelo nutre las carnes del nieto. Es la rebeldía prometeica la que viene a deshacer esta unidad. El atroz castigo de Prometeo no pena al ladrón, sino al demócrata. Con la llama olímpica, Prometeo nos entrega la esencia misma de nuestro ser contra-natura, la inteligencia creadora que nos hace conscientes de nuestra unicidad. El hombre quiere ser dios, romper el sagrado ciclo y perpetuarse como individuo.

“¡Pues yo te amo, ¡Oh, eternidad!!”

De este envenenado regalo vive todavía el hombre: de un lado el hambre terrible de eternidad de otro un insoslayable sentimiento de culpa. ¡Qué mejor manera de expiar la culpa que Morir de Amor! Al cabo, el amor es por definición la enajenación perfecta; cualquier acto que dirigido hacia uno mismo sería tachado de execrable egoísmo, trasladado a otro objeto erótico, individuo o comunidad, es abnegación, altruismo, caridad o acto solidario. Y qué acto más totalizador, mayestático y supremo que el de la muerte. Bajo esta mirada ¡qué gratificante resulta ahora entregar la vida desinteresadamente!, morir de amor es congraciarse con la Diosa Blanca, volver al equilibrio del cosmos y formar parte de él en la eterna eternidad.

Narciso

Pero, cuando tenemos al hombre situado en esta balsa de equilibrio cósmico, congraciado al fin con la triple diosa y su matriarcal naturaleza, tiene que venir un tipo feo, cocainómano y judío a joderlo todo. Sigamos muriendo de amor a través de nuestros trasuntos literarios, pues según Freud no existe amor -ni su reflejo, el odio- fuera del que el individuo se profesa a uno mismo, aunque filosofias, religiones y nuestro propio pudor intenten enmascararlo, cubriéndolo de afeites y perfumes. “Narciso vivirá hasta ser muy viejo con tal que no se conozca a sí mismo”.

Test (SÍ / NO)

- Te llena más Camela que los Chichos

- Prefieres “Al salir de clase” que ” Xena la princesa Guerrera”

- No crees en el amor sin sexo

- Piensas que el sexo no es amor

- Ves habitualmente algún culebrón

- Te sientes más pró[email protected] a Gala que a Shakespeare

- Te aburrió “Muerte en Venecia”

- Lloraste con “Anastasia”

- Siempre utilizas preservativo

- Te gusta hacer el amor en silencio

Menos de 4 respuestas negativas: El romanticismo y tú sois incompatibles. Busca inmediatamente y cásate antes de terminar la carrera. No vales para otra cosa.

Entre 4 y 8 respuestas negativas: No todo está perdido. Si te aplicas practicando a Bécquer y leyendo el kama- Sutra, puedes convertirte en un buen romántico antes de que termine el curso.

Más de 8 respuestas negativas: Enhorabuena, quedas admitido en el club de los románticos de pro.

La nacionalidad de los peces

Sobre todo a principio de curso, Granada se empapela de cartelones que anuncian fiestas Erasmus. En esencia, una fiesta Erasmus está compuesta por un antro abarrotado de tipos tipo “Capitán Ahab ” -obsesionados por cazar a una ballena blanca (rubia, ajos azules y piernas larguísimas de vodka)-, un puñado de amigos sentados en una esquina bebiendo cerveza y comiendo cacahuetes, y un par de guiris con chanclas de dedo y estética neo-hippi más perdidas que el Guadiana. Vamos, una trampa para ratones.

Tampoco quiero que se me malinterprete, entre tanto Ahab baboso siempre se luce más de un Ismael. No en vano, la leyenda universitaria ya lo llama programa Orgasmus.

El sexo de pub, ron y látex se basa en la máxima del “there’re plenty of fish in the sea”. Y hay muchos peces en el mar; aunque pocos bilingües. Una sola noche de fiesta daría para hacer una tesis en antropología de la incomunicación; no hay mejor sitio para entender que cada acto y cada conducta tiene una carga simbólica inmensa: son en si mismas, lenguaje. Toda tecnología de la persuasión sobre las bases neurobiológicas en las que se asienta es algo profundamente cultural: lenguaje.

Y el lenguaje establece una asimetría entre el nativo y el advenedizo. Tender puentes sobre el abismo comunicativo que representa la pluralidad de lenguajes, modismos y conductas es algo complejo; ya sea el contexto de una fiesta o el de una cumbre internacional.

Es cierto que nuestra Erasmus Party es, en el fondo, una Bruselas en pequeño. Un antro lleno de personajes cojos obsesionados por llevarse la mejor parte, un puñado de amigos que se reparten los votos en Eurovisión y un par de países que pasaban por allí. Hace un par de meses, el profesor Branchadell en El País afirmaba que el lenguaje de Europa será la traducción; yo estoy más con Lodares , empezamos traduciendo y al final todos british y pagando en yuanes . Al fin y al cabo, las lenguas tienen efectos red obvios: en el garito granadino, a Pepe Nobel las noruegas se le dan como hongos. Y, ya saben, “es la economía, estúpido ”.

Por eso mismo, no tengo tan claro que el castellano tenga un futuro tan boyante como creía Lodares. Aún la globalización está poco avanzada y mientras tanto es muy posible que los movimientos migratorios (los hispanos son buena mano de obra) hagán que la lengua de Mendoza siga creciendo. Más tarde, y no mucho que ahora los años van AVE, los procesos que crearon el italiano o el alemán crearán una lengua unitaria. Pocas papeletas tiene el español.

Habríamos de quitarnos las sentimentalidades y avanzar una reflexión profunda sobre la lengua como tecnología que nos conecta al mundo. Y atrevernos a dar un paso al frente y, si es necesario, traducirnos El Quijote al inglés, al esperanto o al panocho. Así, a falta de entender la tecnología como un asunto político, al menos ligaríamos más; porque en política internacional como en el sexo o sabes latín o toca un solitario .

En un Estado Policial, la Libertad es Subjetiva

Soy extracomunitaria y también comunitaria. Soy sudamericana, y sudeuropea, por mis venas corren la sangre y las semillas de cien naciones. Pero básicamente soy (o intento). No en vano Yahvé se hacía llamar “yo soy el que soy” (lo que le evitaba dar demasiadas explicaciones sobre quién era).

¿“Y tu quién eres”? me preguntó en seco un policía italiano, vestido de civil, dentro de mi casa (o del lugar donde legalmente sobrevivo).

-“Io sono l’avvocato X”, y usted quién es”,

-“Io sono la Polizia”, dijo mostrándome su credencial al estilo de serie americana.

Pero lo interesante de ésto es que el agente pasaba por allí para preguntar si la escalera design que habíamos apenas montado en nuestro Bed & Breakfast tenía el permiso edilicio. Al escuchar mi desfachatez latina y mi acento no-puramente-italiano el policía no dudó en pedirme documentos y preguntarme “¿e’ comunitaria o extracomunitaria?”. Agregaba así -a su intención edilicia inicial- algo que poco y nada tenía que ver con la escalera. De una posible infracción comunal pasaba a una infracción internacional.

-“E’ una lunga storia” , le respondí, y él, con una forzada paciencia, me tuvo que escuchar:

En 1.853 mi bisabuelo Ferdinando, se fue desde las montañas toscanas al puerto más cercano: Génova, destino: Argentina. Se fue porque había días enteros en que no comía, la epidemia del cólera había estallado otra vez. Mi bisabuelo era agricultor como la mayoría de la población italiana (además de analfabeta) pero por esas épocas, había poco que cosechar. Argentina era, y es, un país generoso, donde todo crece casi sin querer. A Ferdinando y a los más de dos millones de italianos que emigraron a Buenos Aires, nunca le faltó ni trabajo, ni comida, ni un recibimiento bastante acogedor.

Veinticino millones de italianos emigraron entre el siglo XIX y el Siglo XX en uno de los mayores éxodos de la historia moderna.

¿Pero que relación tiene la masiva inmigración italiana con que un desorientado policía italiano me pidiera identificarme en mi propia casa?

No lo sé con certeza, pero alguna debe tener…

-Un día soleado y festivo: estoy paseando a mi perro (comunitario) y veo la siguiente escena: tres magrebíes (físicamente reconocibles) conversando tranquila y amigablemente en la calle; una patrulla de policia frena en seco frente a ellos, se baja uno de los agentes y les exige que se vayan de ahí, “que despejen”.

¿Perdón? ¿He escuchado bien?

El hecho me indigó, no sólo como jurista y como síntesis de “La Inmigracion” que soy, además como ciudadana (según el R.A.E.: habitante de las ciudades antiguas o de Estados modernos como sujeto de derechos políticos y que interviene, ejercitándolos, en el gobierno del país). Con toda la calma del mundo le dije al policía que esos señores, que efectivamente tenían todos sus papeles en regla, (por más oscuritos que sean) tenían el derecho de estar en la calle y que por más autoridad pública que él fuera, no tenía el derecho de coartarles su libertad de hablar, de asociarse, o simplemente de estar.

Son cosas tán elementales que me extraña tener que explicarlas a un funcionario público de un país democrático y donde gobierna el Estado de Derecho.

¿Estado de Derecho? ¿Qué es eso?

El Estado de Derecho está formado por el Estado como forma de organización política, y el Derecho como conjunto de normas que rigen el funcionamiento de una sociedad. De esta forma el poder del Estado queda subordinado al orden jurídico vigente.

Creo que en Italia hay un Estado de Derecho formal pero no material, o sea no se ponen a disposición del ciudadano los elementos materiales para que el Estado de Derecho sea efectivo.

Estoy hablando de hechos gravísimos que pueden ser síntomas de un nuevo Estado Policial; y la gravedad no es puramente jurídica, sino de conciencia ciudadana, global, todo está relacionado: se trata del lugar donde vivimos y de cómo queremos vivir.

-Un día cualquiera, una amiga mía de Francia me vino a visitar con su novio mulato. Estábamos dando un paseo con mi coche cuando nos paró (otra vez) la policía, justamente, porque yo estaba hablando por el móvil. La policía metió la cabeza por la ventanilla cual avestruz y lo único que hizo fue pedir documentos al más oscurito del coche.

Este hecho en un país democrático se llama legalmente racismo. Al menos así me lo enseñaron en la Facultad de Derecho.

Hace no más de un mes he visto una transmisión en la RAI 1 (la cadena nacional más importante del país) con el título “¿Cómo reaccionarías si tu hija se casa con un negro?” Sin palabras.

Y sin palabras está la sociedad italiana, que básicamente no es racista, pero no se exprime sobre el tema ¿Si aún existen, dónde están los intelectuales? ¿Dónde están los grandes juristas italianos?

En un país donde todos hablan demasiado de todo y más bien de nada, los escribidores y parlanchines oficiales han dejado fuera este argumento y muchos otros, que yo (ciudadana, o sea: nadie. Pero este es otro tema) considero urgentes.

Recientemente en Rosarno (Calabria) hubo una reyerta entre comunitarios y no-comunitarios que llegó a los disparos (con balas de aire comprimido): algunos italianos -no identificados- dispararon a algunos africanos -sin papeles-, la paradoja quiso que un refugiado político que se fue de Togo por los peligros que corría, recibiera un par de disparos en plena Reppubblica.

La Legge sulla sicurezza italiana convirtió en delito la inmigración clandestina, con la consecuente injuria jurídica de que un estatus, y no un hecho, pueda ser delito.

Pero en ningún momento de la historia la mano dura enderezó una situación que se creía torcida, al contrario.

El derecho penal medieval castigó en distintos momentos de la historia, delitos como el hurto con la pena de muerte, pero los robos en vez de disminuir siempre aumentaron; como este ejemplo encontramos muchísimos en la historigrafía jurídica.

Por más de que traten de prohibir la inmigración (que ya de por sí, es ilegal, porque el traslado de un directivo de un país a otro no es inmigración) no podrán: la vida vale más que las penas.

Los africanos se enfrentan a la muerte en alta mar, al monopolio de las mafias (a veces formadas por funcionarios públicos), pero aún así siguen, porque simplemente tienen la esperanza de vivir mejor.

Los ineptos que nos gobiernan no entienden que la vida no les pertenece, ni las esperanzas, ni las generaciones futuras, ni las ganas innatas de superarse que tiene el ser humano, ni el polvo del camino, ni el agua del mar.

Aunque el mediterráneo sea un cementerio, los africanos lo seguirán cruzando para cumplir sus promesas, como lo hizo mi bisabuelo hace más de cien años, junto con millones de italianos muertos de hambre y de deseos y como lo hace la humanidad desde que pisó esta tierra.

Vivimos en la cultura de la hipocresía y la política de inmigración no es una excepción. Varios inmigrantes me confirmaron sin ninguna sorpresa, como algunos funcionarios consulares y diplomáticos (en este caso eran consulares españoles en Rusia) venden visas para pasar la frontera de la UE. Los precios están entre 2.000 y 5.000 euros por visa.

Al policía que me pidió los documentos en mi propia casa le dije que no me hacía sentir en un país libre, y él me respondió sonriendo: “la libertad es algo subjetivo”.

Una respuesta muy interesante. Creo que la libertad puede ser subjetiva hasta un cierto punto: un preso por más que se sienta libre, no es libre.

Según el diccionario de la Real Academia Española uno de los significados de libertad es la “facultad que se disfruta en las naciones bien gobernadas de hacer y decir cuanto no se oponga a las leyes ni a las buenas costumbres”.

En mi caso, cuando la autoridad pública me pidió identificación, yo me encontraba en mi domicilio sin subvertir de ninguna manera el orden legal o moral de la sociedad.

Al final de la historia le mostré mis documentos al aprendiz de racista, y lo siento por mi bisabuelo, pero lamentablemente SOY ITALIANA.

—————————–

Para recordar:

Art. 3 (paragrafo 1). Costituzione Italiana

Tutti i cittadini hanno pari dignità sociale e sono eguali davanti alla legge, senza distinzione di sesso, di razza, di lingua, di religione, di opinioni politiche, di condizioni personali e sociali.


Art. 12. Declaración Universal de Derechos Humanos

Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques.

Ligar

“La seducción no está en unas piernas largas ni en unas tetas grandes. La seducción está en la cabeza” o, al menos, eso pensamos algunos optimistas. Los festivales brindan grandes ocasiones para el cortejo, desde el momento en que tenemos que recurrir al vecino de al lado ¡porque aún no sabemos montar la maldita tienda de campaña! Aún más difícil que montarlas es encontrarlas, al amanecer, de vuelta de los conciertos. Antes de ocupar un saco, mira que esté vacío.

UN SEDUCTOR CONTROLA SU DESTINO

“Hay un abismo entre atracción y seducción”, advierte el autor del libro Psicología y Seducción, Alberto Hidalgo. Si alguien te desea y no has hecho nada para conseguirlo, no seduces, atraes; en cambio, si te muestras atractivo y ofreces algo conscientemente, estás seduciendo. Mario Luna, que ha publicado Sex-Code: manual práctico para los maestros de la seducción, define seducción como “crear las condiciones necesarias para que dos personas tengan la oportunidad de conocerse a un nivel profundo e íntimo”.

Se aprende a seducir, inconscientemente, imitando modelos, los de nuestro entorno, pero también, los de la gran pantalla, aunque los Cary Grant cada vez son más escasos. Lo primero es estar predispuestos. Dos personas predispuestas a ligar tienen muchas posibilidades de reconocerse. Se detectan el deseo mutuamente. Frente a las tesis más románticas, pensadores como Francesco Alberoni dicen que la base del “ligoteo” es una sensación de nulidad e insatisfacción personal. Lo que nadie va a negarnos es que es muy divertido.

NO DEJES QUE MUERA VIRGEN. NEIL STRAUSS ¿UN MODELO A SEGUIR?

Poco después de la publicación en nuestro país de su libro El Método (Planeta, 2006), El Mundo nos ofreció el retrato de Neil Strauss, el retrato de un don Juan, pero además del feo que todos llevamos dentro.

Strauss, escritor, crítico musical en The New York Times y la revista Rolling Stone, fue esa clase de joven que todos los días se pelea con el espejo. “Tenía nariz con caballete, gafas, pelo que clarea, era flaco y bajito”, según su propia descripción. Su oración (mitad profana, mitad sagrada) era “por favor Dios mío, no dejes que muera virgen”.

Habiendo desechado la idea de cambiar su físico mediante el bisturí, ingresó en una comunidad llamada Pick Up Artists (artistas del ligue), una especie de escuela del ligue, de las que proliferan en Estados Unidos. Estas academias “venden un magisterio de frases hechas, técnicas, afectadísimas interpretaciones, repertorio de moderno playboy, y cobran un dineral a una clientela de lo más heterogénea” (Javier Caballero e Isaac Hernández). ¿Son una forma válida de reeducación emocional o un catálogo de machistadas útiles para jugar con los sentimientos de los demás? Los psicólogos están divididos. Los nuevos celestinos utilizan armas mucho más sofisticadas que los filtros de amor. Dan consejos sobre la vestimenta y el aroma, la retórica, el lenguaje corporal…

Strauss dio con un sacerdote de la seducción como maestro particular que le enseño todo lo necesario para poner punto final a noches solitarias, “llenas de onanismo”. Todo ello, a cambio de una cantidad muy poco discreta de dinero. Así es como nuestro hombre llegó a desdoblarse y a convertirse en Style, “el mayor ligón sobre la faz de la tierra”. Este álter ego era también producto de largas horas observando a Marlon Brando, James Dean; un cambio de look pero, sobre todo, la adquisición de nuevas costumbres y habilidades.

Cuando el patito feo se convirtió en cisne, conquistó entre otras a la playmate Dalene Kurtis. Después de un periodo orgiástico y desordenado, Strauss encontró a la mujer de su vida. Entonces no hubo ninguna técnica, ningún recurso retorcido… al menos eso reza en El Método, “Ars Amandi del nuevo milenio”.

CONSEJOS INSPIRADOS

Las revistas del kiosco nos atiborran de consejos para ligar, bajo titulares ñoños como “consigue a la [email protected] de tus sueños”. Su ineficacia está testada y entre sus redactores encontramos pocos “pick up artists”. Gracias a dios, en los blogs se encuentran otras lecciones más heterodoxas y frescas. Veamos, por ejemplo, las de un tipo que se hace llamar “paranoia con patatas” y que tiene por máxima: “todo lo que cae en la red es pescado”:

Cuida tu lenguaje

Si algo debe hacer el friki medio es hablar bien. Piensa: eres feo como una patada en la boca, pues por lo menos habla bien, escribe bien, sé agradable con el lenguaje. De lo contrario el resto de los consejos no valen ni una mierda.
Tu lenguaje tiene que ser tu bandera. No pedante, pero sí correcto. No gafapasta, pero evita por favor las constantes referencias a superhéroes (aunque siempre es mejor hablar de Batman que de Tolstoi). No grosero, pero sí rotundo…

Arréglateme un poco, chacho

No. Una camiseta de Fénix o de Elektra no son lo que una mujer quiere ver recubriendo tu cuerpo. Los pantalones cortos son para ir a correr (pff, el deporte es el néctar de los necios) y las chanclas son para ir a la playa. Las gorras no se llevan puestas en sitios cerrados… no… las que llevan el logo de Punisher tampoco.

Cómprate unos vaqueros… pero que no sean negros y que no sean iguales a unos que ya tienes porque así no necesitas pensar tanto. Y algunas camisetas normalitas, sin Homer ni un dibujo de Goku lanzando un kamehameha (…) Por último, aunque estás muy lejos de este punto… deja de ponerte calzoncillos con tu nombre bordado.

Saca partido a tus taras

Ahora ella ya sabe que existes. Si has seguido estos consejos a estas alturas ya deberías haber dejado de ser “ese tipo de allí”.

Es el momento de que se crea (ilusa ella) que no eres tan malo como parecías.
Si usas gafas, escóndete detrás de ellas.
Si estás en una discoteca, aléjate de los focos (el acné brilla en esos sitios).
Si estás en una cafetería, sentaos en una cómoda esquina, alejada de la luz.
Si no se ve no existe. Como los ninjas: oculto a plena luz.*

Hemos aprendido a seducir, inconscientemente, imitando modelos

Dos personas predispuestas a ligar tienen muchas posibilidades de reconocerse. Se detectan el deseo mutuamente

Seducir es vivir

¿Qué es la biodiversidad?

En los últimos tiempos hay una palabra que se ha popularizado notablemente, como consecuencia de la creciente preocupación social por los temas medioambientales: “biodiversidad”. La oímos y leemos constantemente en los medios de comunicación, y nosotros mismos la usamos en nuestras conversaciones. Sin embargo, ¿cuánta gente hay que sepa qué significa? Mi percepción es que, en general, se entiende la biodiversidad como el número de especies existente. Realmente, esto no es así. Se trata de algo más complejo, que va mucho más allá, expresándose a todos los niveles de la vida, desde el más fundamental al más global. Para ser exactos, se suele hablar de los tres siguientes: el genético, el específico y el ecosistémico.

La diversidad genética

El primero y más elemental es el de la diversidad observable para una molécula de gran importancia en la vida: el ADN, que contiene la información necesaria para la creación y regulación de un organismo vivo. Hace referencia a la diversidad de genes dentro de cada población. En una especie podemos hallar diferentes variedades de un gen determinado, llamadas alelos. Esto tiene como consecuencia que entre los distintos individuos de una misma especie haya variaciones para un mismo carácter. Por ejemplo, los guisantes con los que trabajó Mendel en el que debió ser el primer experimento de la genética daban semillas que podían ser rugosas o lisas, verdes o amarillentas. El color de las flores variaba entre el blanco y el púrpura, e igualmente en muchas otras características de la planta se observaban diferencias entre los individuos. También los seres humanos presentamos variabilidad genética, lo que produce que haya diferentes colores de ojos, pelo y piel, por ejemplo. En definitiva, la diversidad genética garantiza que no todos los especímenes de una población sean clones, y por tanto su importancia radica en que proporciona capacidad de adaptación y de evolución a esa especie. Si en una población fueran iguales todos los individuos, estos podrían estar excelentemente adaptados a su ambiente, pero quizás sus adaptaciones fueran inútiles ante nuevas condiciones, impuestas por un cambio climático, la entrada de un competidor en el ecosistema o, tal vez, la salinización del suelo. En cambio, una población con diversidad genética será más resistente a alteraciones como estas, pues en ella podría haber algunos individuos con las características adecuadas para afrontar la nueva situación con más éxito.

La diversidad específica

El segundo nivel hace referencia a la diversidad de especies dentro de un ecosistema. Una gran diversidad específica es importante para la estabilidad de los ecosistemas. Las relaciones dentro de un ecosistema se pueden representar como una compleja red en la que cada especie se sitúa en un nodo, es decir, un punto que se halla conectado con otros puntos a través de los hilos, que representan las relaciones. Cuantas más especies haya, más nodos habrá, más densa y enmarañada será la red, y más capacidad de resistir perturbaciones tendrá. Algunas especies ocupan un lugar clave del ecosistema, y su desaparición puede tener consecuencias muy graves, pero la desaparición de otras puede no ser tan drástica; quizás incluso las substituyan otras especies del ecosistema. En cualquier caso, la red siempre se vería más o menos debilitada. De ahí la importancia de la diversidad específica.

La diversidad ecosistémica

El tercer nivel hace referencia a la diversidad de ecosistemas dentro de un territorio. Posiblemente sea la más difícil de medir, pues existe frecuentemente cierto grado de arbitrariedad a la hora de distinguir un ecosistema de otro. Los ecosistemas están interconectados entre sí, intercambiando constantemente materia, energía e información, y no siempre es fácil decir donde acaba uno y empieza otro. En cualquier caso, la diversidad de estos también es importante. No todas las especies pueden vivir en todos los ecosistemas, motivo por el cual esta diversidad está directamente relacionada con la diversidad específica. Y obviamente, puesto que las especies son un elemento esencial del ecosistema, sin diversidad de especies tampoco puede haber diversidad de ecosistemas.

Otro motivo de importancia de este nivel de diversidad es que los ecosistemas proporcionan lo que se llaman “servicios ecosistémicos”. Los bosques producen aire limpio, madera, generan suelo y evitan la erosión, entre otras cosas. Los prados pueden proporcionar pastos para nuestro ganado, los ríos agua para el riego, pescado y un buen lugar para refrescarse, y una albufera puede comportarse como una depuradora impulsada por energía solar que evita que lleguen al mar aguas contaminadas de fertilizantes agrícolas. La diversidad ecosistémica proporciona diversidad de servicios. Hay que tener cuidado con esto: una fragmentación excesiva de los ecosistemas quizás pueda suponer gran variedad de estos en poco espacio, pero también serán más frágiles.

Como vemos, los tres niveles de biodiversidad están estrechamente conectados. Las especies necesitan diversidad genética en el seno de sus poblaciones para adaptarse, evolucionar y perdurar; los ecosistemas requieren diversidad específica para resistir las perturbaciones, y a su vez, la diversidad de los ecosistemas lleva a la diversidad de especies.

La medida de la biodiversidad

El concepto de biodiversidad va más allá del número de. También hace referencia a la estructura. Para cuantificar la biodiversidad, los científicos utilizan índices: cifras que por sí solas no significan nada, pero que sirven para comparar y observar cambios. Quizás los índices más famosos sean los usados en bolsa, que nos permiten saber si tal día ha habido ganancias o pérdidas, y con qué diferencia lo ha hecho la de Nueva York respecto de la de Madrid o la de Berlín. Existen múltiples formas de elaborar estos índices; algunos tienen en cuenta el número de clases de elementos y el de la frecuencia con que hallamos cada elemento. Es decir, es diferente la biodiversidad en un huerto en el que la mitad de lo que hemos plantado son tomateras y los dos cuartos restantes meloneras y sandías (tres tipos de elementos, uno constituyendo la mitad del total y cada uno de los otros una cuarta parte), que en otro huerto en el que hemos sembrado un tercio de cada hortaliza (las mismas tres clases de elementos, pero esta vez en proporciones iguales). Obviamente este ejemplo simplifica mucho y no tiene en cuenta las malas hierbas, los caracoles, lombrices, babosas, pájaros, hongos, arañas, insectos y demás seres vivos que aparecerán asociados al cultivo, pero creo que es bastante ilustrativo. A pesar de esto, en ocasiones podemos hallar estudios en los que se ha utilizado como índice el número de especies. En sentido estricto, en la ciencia de la Ecología, esto no es la diversidad, sino la riqueza, lo cual no quiere decir que sea incorrecto usar esos índices, si cumplen su función en ese estudio concreto. Otras veces, como ocurre en el informe de la Estrategia española para la conservación y el uso sostenible de la diversidad biológica, elaborado con motivo del Convenio sobre la Diversidad Biológica se hace referencia al número de especies que hay un área determinada.

El hecho de considerar la diversidad como algo más que el número de clases de elementos (sean especies, genes o ecosistemas) tiene una implicación muy importante: la pérdida de biodiversidad no se produce sólo con la extinción de especies o desaparición de ecosistemas: también las alteraciones en las estructuras de los paisajes donde están los ecosistemas, de las comunidades compuestas por especies, de la distribución de esas especies, etcétera, pueden suponer una pérdida de biodiversidad, con las probables consecuencias negativas asociadas.

Es posible que…

…tras leer este artículo, explicar a la abuela estos conceptos sea una tarea que a muchos se antoje más difícil de lo que pensaban, pero en mi opinión, toda esta complejidad contribuye a hacer de la biodiversidad uno de los más apasionantes objetos de estudio de la Biología.

España, los chinos y su deshumanizada proximidad

La selección ganaba el mundial a pocas horas de la manifestación iniciática del soberanismo catalán. Tantas emociones contrapuestas en el interior tenían que salir de alguna manera, y salieron por ventanas y balcones. Barcelona vive desde entonces una guerra de banderas donde las senyeres y las rojas se dan réplica de calle en calle por primera vez en democracia. La senyera tenía hasta ahora el monopolio ante cualquier alegría o agravio; la bandera española sólo ahora, y por motivos deportivos, ha salido… ¿del armario? Pues no. El arsenal está en un país de oriente, aunque muy próximo.

Si uno quería adquirir una senyera en cierta mediana ciudad catalana no tenía más que ir a alguna de las mercerías de la Rambla y allí estaba, expuesta en el escaparate como si fuera un certificado de calidad. Si uno quería adquirir una bandera española en la misma mercería imagino que también podría hacerlo, aunque tendría la misma sensación que pidiendo un preservativo en una farmacia regentada por un numerario del Opus en los ochenta. Cosa del habitus. Ahora no. Las rojigualdas ondean en los modestos esparates de los comercios chinos normalizando su existencia hasta hacerla comprable, una condición a la que ha ayudado mucho su constitucionalidad –ya no se ven banderas preconstitucionales-, pero también su desvergonzada presencia a la vuelta de cada esquina.

Y esto es así porque el chino es un comerciante puro, deshumanizado, en el sentido que sus acciones están solamente movidas por lo que los posibles compradores pueden demandar en un momento dado, sin otro cálculo que el económico. Es un comercio de proximidad, pero tan descontextualizado como una gran superficie; Un Corte Inglés en cada calle para economías desforestadas como la mía, sin rastro de brotes verdes. La dialéctica de la proximidad siempre resalta su valor humano frente a la despersonalización de lo global, pero cuando la identidad no se ajusta a la “horma” social, sólo en el anonimato del distanciamiento encontramos los mínimos resquicios de libertad para buscarnos o perdernos. Cuando el calor de la costumbre de la tribu amenaza con abrasarnos se agradece el glacial contacto de la ley del Tribunal, su frialdá.

Vía | Tangencial

El Musical Verbatim

Hoy como siempre, el teatro es un reflejo nítido de los intereses y valores de la sociedad. Actualmente, puede considerarse un género prolífico, variopinto y de un enorme dinamismo. Además, el teatro mantiene su hegemonía sobre las restantes ofertas de ocio; a excepción, claro está, del cine, la televisión, la Wii, los iPods, las novelas de vampiros adolescentes e Internet. No hay más que recorrer las grandes avenidas de la capital, para dar fe de la considerable recuperación de espacios teatrales que se ha llevado a cabo en los últimos años. En los rótulos vuelven a brillar los consagrados nombres de antaño: Lope de Vega, autor de un millar de comedias; Calderón-Häagen-Dazs, creador de más de un centenar de sabores, o Movistar, en honor a la consagrada compañía artística.

Atrás quedaron las zarzuelas y los barquillos, las tonadillas y los churros con chocolate. Afortunadamente, hace tiempo que hemos aprendido a desechar lo autóctono y a dejarnos llevar por la marea de tendencias que nos llega desde Europa y Estados Unidos; porque todos sabemos que lo que viene de fuera, si no es mejor, al menos es más exótico. Actualmente —a Dios gracias— existe una industria que se asegura de que un mismo formato se reproduzca por todo el mundo con una escrupulosa exactitud. Y así, esperamos ansiosos a que lleguen, uno tras otro, los espectáculos que triunfan en las grandes ciudades; porque si de algo tenemos garantía, es de que ya no hay que salir de España para ver lo que más se ve en el extranjero, tal y como se ve en el extranjero.

Hoy, por fin, los grandes teatros de nuestra capital se llenan de luces, música, cantantes y bailarines; de artificios grandes y argumentos pobres, pensados no ya por dramaturgos del tres al cuarto sino, nada más y nada menos, que por asesores creativos —¡algunos hasta españoles!—. En una época en que el ocio está al alcance de todos y sin salir de casa, los musicales han logrado algo impensable: que las butacas de los teatros se llenen y que el teatro se convierta, también en España, en una industria que mueve millones. Y es que, ¿cómo no sucumbir ante piezas ilustres como 40, A, Forever King of Pop, Hoy no me puedo levantar o —¡Mamma mía!El diario de Ana Frank? ¿Quién no se enterneció con las canciones y los pasos de ballet de la pequeña Ana en su buhardilla holandesa? ¿Quién pudo contener las lágrimas mientras la niña revoloteaba, como solía hacerlo, por el campo de concentración de Bergen-Belsen?

La audacia de concebir el género musical con pretensiones sociales e historicistas responde a un fenómeno que no se da en medios como el cine o la televisión: el hecho de que el teatro parece tener la necesidad de justificarse a sí mismo. A menudo, se recurre a temas socio-políticos únicamente para dar validez a lo que se cuenta o tiene lugar en el escenario.

En el Reino Unido —país mucho más avanzado que España en materia de espectáculos circenses, comúnmente conocidos como “reality shows”—, hace algunos años se puso de moda el “verbatim theatre”, modalidad extrema del llamado “teatro documento”. El “verbatim theatre” pretende reproducir, palabra por palabra, las actas judiciales de crímenes racistas o las declaraciones de grandes mandatarios que son interrogados sobre cuestiones de Estado en juicios privados. El pretexto para este teatro político es crear conciencia social y conseguir que la gente de a pie tenga acceso a información que no es de dominio público. La realidad es que este tipo de teatro presenta como verdaderos una serie de hechos que han pasado por numerosas manipulaciones. Pero, claro, ¡es que un actor joven y guapo pronuncia el discurso con mucha más gracia que Tony Blair! Y, además, con una pose aquí, un foco allá y música de fondo, la cosa se vuelve bastante más entretenida. Especialmente si un hábil dramaturgo ha sido capaz de reducir treinta y dos horas de interrogatorio a sólo dos, mostrando un increíble dominio del “corta y pega”.

En vista del éxito de los musicales en España y de lo entretenidos que están los ingleses con su “teatro verbatim”, optemos por adaptarnos a los vientos que corren: ¿qué importa que la historia se manipule y se trivialice en el teatro? ¿No está el público familiarizado con los géneros de terror y ciencia-ficción en otras disciplinas? Sin duda, el futuro del teatro está en el “musical verbatim”, género dramático-político-social-musical, del que quizás El diario de Ana Frank se considere precursor algún día.

En el futuro en España, el teatro seguirá reflejando los intereses y valores de la sociedad: será un género mercantil, abigarrado y de consumo rápido. El público acudirá al teatro María Fontaneda a sentarse durante un par de horas y zamparse cualquier guiso que le agrade la vista y el oído. Porque paladear, lo que se dice paladear, el público ya paladea más bien poco. Y de digerir mejor no hablamos.

La vanidad del escritor

Recuerdo con un cariño casi infinito aquel poema que me hicieron leer a los quince años Un soneto me manda hacer Violante, pues algo así me he sentido yo cuando me pedían salirme de mi tradicional mundo de lo alto de la torre de marfil de Literatura y viajes (muchas veces interiores y sin necesidad de sustancia psicotrópica, alcohol o hierba alguna) y escribir un artículo para estas páginas virtuales de Generación.net donde vengo colaborando con una periodicidad algo desquiciada y a golpe de volver a mis obsesiones y manías.

Por unos cuantos momentos estuve muy tentado de hablar de la razón de estado, Maquiavelo, César Borgia y la situación política española donde, no se sabe muy bien por qué nadie cree a quien avisa de lo que se avecina con responsabilidad y acierto (lleva ya tres años haciéndolo el señor Rajoy con una prosa excelente y unos discursos de altura); pero se sigue a pie juntillas lo que nos afirma alguien que nos ha engañado/mentido o se ha equivocado repetidamente (¿tengo que decir su nombre?) por exclusivos intereses personales y nunca por razón de Estado. Dudo mucho que el sujeto en cuestión sepa muy bien lo que significa eso más allá del uso del aparato propagandístico. Y es que la política es algo que me bulle dentro desde mis años más tiernos, en caso de que los hubiera. Pero decidí parar la máquina a tiempo. Tengo mucho que opinar, pero creo que como nota sirve el presente párrafo. Ya saben los lectores por donde voy y probablemente no añada mucho a lo que pueden decir desde cualquier otro medio más antiguo, y con mejor pluma y, por supuesto, con muchos más contactos y conocimiento de causa los muchos periodistas que cubren la realidad política de nuestra nación (o mejor debería prescindir de este sustantivo dado lo polémico de su contenido en los últimos tres años). Como mucho podría decir que no, que la política no me asquea, que no he perdido la fe en TODOS los políticos, que no creo que todos sean iguales y que estoy cansado de cierta moda oficial que pulula por los medios de comunicación. Quizá tenga que ver con aquello del cuarto poder y el síndrome de derrocar al gobernante por aquello de dejarles claro los límites de su actuación, aunque ahora se pega con igual saña a quien gobierna y a quien no, por si acaso alguna vez llega al sillón de mando. En cualquier caso sí hay quien me parece que sabe esperar, que hace lo que debe hacer y que no se casa con nadie a pesar de los beneficios que puede traer (y los trae al menos a corto plazo) las uniones con ciertos grupos de prensa o de poder social. Será que sólo soy un ingenuo a pesar de haber transitado por los pasillos de la Facultad de Derecho durante seis años y estar en posesión de uno de esos papelitos firmados que me acreditan como licenciado del arte/asco de las leyes.

Lo cierto es que me pidieron un artículo, ensayo o cuento que pudiera tener escrito para darle salida y me puse a pensar, a pesar de los consejos del gran Wilde sobre los desastrosos efectos que esta manía de darle al magín, tiene sobre la salud. Lo único que tengo en el cajón, listo para publicarse son decenas de poemas (de aquellos que riman y miden sílabas) y un puñado de relatos que he parido durante los últimos trece años de mi vida. Tenía la ocasión perfecta para ver colgado alguno de todos ellos en la “Red”. Sin embargo la tela de araña y su pegajosa condición de medio de publicación rápida no me tentaron ni siquiera treinta segundos. Y es que la vanidad de quien escribe no tiene límites. La mía no los tiene. Soy presa del sueño anacrónico, decimonónico y macilentamente glamouroso de ver en papel mis obras. No sólo creo que mis palabras tienen el valor suficiente para que merezca la pena sacrificar los árboles, sino que espero verlas repetidas en decenas, cientos de librerías, traducidas a diez idiomas, entonadas con devoción por estudiantes que realizarán tesis sobre los significados ocultos de mi prosa o los símbolos repetidos de mi poesía, las influencias recibidas y la relación entre mi vida y mi obra. ¡Ja! Ni que yo fuera Lorca. Sufro la fiebre del pretencioso novel, la atrevida ignorancia del neófito, la soberbia del imprudente. En mis delirios de grandeza algún gran fotógrafo consigue maquillar esta delgadez extrema o sacarle el máximo partido de poeta maldito para la contraportada de mis numerosos libros; y un ilustrador inspirado en los pre-rafaelitas diseña la cubierta de mi libro, encuadernado con amor y corregido con parsimonia de escriba por un lector de altura. Por no hablar de las colas infinitas que provocaré en la Feria del Libro para envidia de mis compañeros de bolígrafo y asombro de las cámaras que toman nota del evento. Si no fuera tan triste me reiría de mí mismo. Finalmente me río, porque es lo único que puedo hacer. No es que dude de la calidad de prescindibles que tienen mis ideas y mis palabras, sé bien que son prescindibles, es que sé que las probabilidades de que se vean impresas y vendidas en la Casa del Libro son tan escasas como la de que el pueblo español obligue a un mal gobernante a unas elecciones anticipadas. Pero a pesar de todo, decido no ceder ese pedazo de vanidad.

Me salva únicamente, el valor de seguir persiguiendo un sueño. De tener fe en aquello en lo que se cree, por lo que se ha trabajado durante años en silencio, con cariño y dedicación, poniendo lo mejor de mí mismo. No importa que tenga ya los treinta y tres años, cifra simbólica del Cristianismo; continúo guardando una ilusión adolescente por aquello que doy a luz en estado de comunión con no se sabe qué extraño numen que me impulsa y me empuja al papel o al ordenador. ¿Cabe ser una joven promesa a los cuarenta? Rezo porque así sea. Mientras eso sea posible me quedan muchos días para levantarme y seguir manteniendo mi fantasía megalómana de que mis palabras alcancen la luz sobre las delicadas y cortantes páginas más o menos amarillentas del libro físico. Y el e-book para Bill Gates. ¿Quién quiere entrar en el siglo XXI cuando aspira a tener la prosa descriptiva de Zola; la capacidad narrativa de Clarín; la habilidad con la lengua de la Pardo Bazán; el encanto de Carmela Saint Martin; la producción de Galdós; el duende de Lorca; la magia de Rimbaud; la musicalidad de Verlaine; el misterio de Pessoa; la leyenda de Yeats; el símbolo de Huysmans; la genialidad de Wilde; el dardo de León Felipe; la profundidad humana de Camus; la hondura femenina de Beauvoir; la sombría historia de Virginia Woolf; el feminismo con sabor a humo de Barnes; el don para el relato de Capote; el valor transgresor de Genet; la perfección técnica de Valle-Inclán; la evocación de Bécquer; la mordacidad de Quevedo; la melancolía de Rosalía de Castro; el realismo de Balzac; la pasión de Pietro Bembo; el perfeccionismo del orden de Poe; o la inventiva del mito moderno de Stoker, Mary Shelley o Robert Louis Stevenson y así hasta un magnífico quasi-infinito que sabe a paraíso?

Creo que, este striptease del escritor, podría valer como artículo para el mes de julio. ¿Qué piensan ustedes?

Su reino no es de este mundo. A propósito de Cajasur

Los anarquistas querían traer el paraíso de la felicidad a través del infierno del terrorismo, para lo cual parafrasearon la lápida que esculpió Diderot dedicada a la nobleza y el clero: “El hombre no será libre hasta que el último capitalista no sea ahorcado con las tripas del último cura”. En el caso de Cajasur no habrían sabido por donde comenzar.

En su momento la Conferencia Episcopal no firmó el pacto antiterrorista. El obispo Setién aclaró que de haberlo rubricado los obispos vascos se habrían desmarcado. Antes vascos que obispos.. Antes vascos que católicos. Muchos se escandalizaron pero Setién y sus discípulos -o sus secuaces, como prefiera el indómito lector- no hacían sino cumplir religiosamente el mandato neotestamentario: Al César lo que es del César…

… y a Dios lo que es de Dios. Jesús trazó la frontera entre el dominio de los asuntos político-económicos y los estrictamente religiosos, pero la jerarquía católica suele hacer caso omiso de su líder espiritual y por estas fechas todos los años recuerda a sus fieles que marquen la casilla eclesial en la declaración de Hacienda, para que el erario público le ceda parte de la recaudación. El Estado, sorprendentemente para cualquier laico ilustrado y para Jesús si levantara la cabeza, se convierte así en recaudador al servicio de instituciones privadas. A Dios lo que es del César. O a Dios rogando y con el IRPF recaudando.

La curia cordobesa ha debido de pensar lo mismo que en su momento Setién pero adaptado a la gestión de entidades financieras: “¡Qué nadie vaya a sospechar que sabemos nada de economía!” Los curas, ni de política, ni de economía y a ser posible, dado como se las gastan los centuriones de sus legiones, tampoco de sexo. Y, claro, los asuntos domésticos, terrenales, materiales, económicos, les terminan confundiendo. Con el esperpento de Cajasur los andaluces volvemos a dar una imagen de folclórica dejadez y la jerarquía católica de divina incompetencia. Su reino no será de este mundo pero, como observó Napoleón, ponen sus manos sobre todo lo que pueden.

« Página anteriorPágina siguiente »