Luis Cencillo

8-febrero-2010 · Imprimir este artículo

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El olvido en el que murió y hasta cierto punto vivió el profesor Luis Cencillo (Madrid 1923) es todo un síntoma del malestar de la cultura española, de su dependencia de camarillas y sectas universitarias, y del desinterés general por el saber en nuestra sociedad. En cualquier país europeo Luis Cencillo tendría un equivalente al Cervantes y funerales casi oficiales, pero aquí no tendría ni una esquela. Éste fue su sino.

El saber humanista de Luis Cencillo era impresionante, y ello impregna su extensa obra de un carácter panorámico e interdisciplinario único. Además de un brillante e incansable investigador, Luis Cencillo fue doctor en Filología Clásica, licenciado en Filosofía, Derecho y Teología, Antropólogo y diplomado en Psicología. Luis se formó con gentes como Max Müller, Martin Heidegger, Rahner, Erich Wolff y Jaspers.

Después de pasarse media vida aprendiendo, Luis Cencillo abandonó la Compañía de Jesús al negársele la posibilidad de impartir docencia “por tener ideas peligrosas”. Gracias a ello, fue profesor en Innsbruck, Freiburg, Munich, Bonn, Colonia, Valladolid (Fundamentos de Filosofía), Madrid Complutense (Historia de los Sistemas y Antropología General) y, finalmente, Catedrático de Antropología (Salamanca).

Al volver a España en los sesenta de su exilio cultural, Luis Cencillo encontró un ambiente “rancio y beatorro”, lo que dificultó su carrera, que luego chocaría con “el positivismo” imperante en las escuelas de antropología y psicología. Inclasificado e inclasificable, Luis Cencillo no dejó de pensar, debatir y trabajar hasta el día de su muerte. Despreció a su clase social burguesa y se consideró, además de un investigador dedicado, un cristiano “con chándal”, de “los que quieren amar al prójimo”. Demasiado insolente para la Academia y para la Jerarquía.

Pese al aislamiento al que fue sometido por su condición de pensador sin escuela, pocos españoles han gozado de su creatividad. Entre sus más de cien obras catalogadas (muchas veces necesariamente autoeditadas) se encuentran verdaderas joyas de la antropología, como su estudio sobre el desfondamienro del ser humano o su magistral obra de interpretación de los sueños. El profesor Cencillo realizó contribuciones a la Ontología, la Antropología filosófica, la Gnoseología, la Filosofía de la ciencia, la Filosofía del lenguaje, la Ética, la Estética y la Filosofía de la cultura. Destacan sus estudios y publicaciones en Antropología cultural, estudio de los mitos, Historia de las religiones, Psicología, Psicopatología, Psicoterapia, Sexología, Teoría de la comunicación, investigación sobre la mística y Teología. Luis Cencillo pensaba en alemán, pero podía conversar en sáncrito o griego clásico, además de conocer casi todas las lenguas occidentales.

Cencillo fue un peatón cristiano que no dejó de denunciar en sus homilías y libros la naturaleza injusta y opresora de la sociedad y la siniestra alianza de las jerarquías con los poderosos, lo que también le privó del paraguas cultural católico. En Friburgo compartió banco de universidad con Ratzinger, al que irónicamente se refería como “el marmolillo”.

Su interpretación y estudio de los evangelios merece un capítulo aparte. El gran esfuerzo de su obra fue intentar un estudio riguroso y metodológicamente científico desde el humanismo interdisciplinario. Luis solía bromear diciendo que si los sueños se pesaran o midieran como los mocos, siendo como son reveladores de mucho más que aquellos, los positivistas le habrían dado el Nobel. Pero tal y como soñó a los cuatro años, nunca recibió en vida premio o reconocimiento, sino polémica y dificultades. Pasó los últimos años impartiendo terapia a gentes necesitadas, de manera altruista. La Fundación que presidió y a la que donó sus bienes, es ahora la encargada de intentar sacarlo del olvido. Luis Cencillo tuvo, en sus propias palabras, una vida contra viento y marea.

Luis Cencillo: “Necesitamos Genios”

Luis Cencillo, filósofo, psicólogo, antropólogo y filólogo pero, sobre todo, uno de los últimos intelectuales españoles. En todos esos campos ha destacado, innovado y publicado decenas de tratados. Actualmente, tras haber pasado por distintas universidades, imparte clases y terapia en su Fundación Cencillo de Pineda*. Para algunos estudiosos, Cencillo es, simplemente, uno de los mayores pensadores de los últimos tiempos, y el hecho de que se le ignore sistemáticamente en medios académicos españoles (especialmente en las Facultades de Psicología), tal vez sea la mejor prueba de su profundidad y universalidad. Con él, tenemos la oportunidad de diagnosticar los males de nuestra sociedad.

Se habla mucho del malestar social. Al mismo tiempo, los índices de enfermedades mentales se han disparado, pero quizá haya que preguntarse si no es nuestra civilización, en conjunto, la que está enferma…
Sí, así es. Está enferma porque nadie tiene identidad, ni los grupos ni las personas. Todo se ha vuelto montaje o creencia: sólo queremos “creernos algo” o “encarnar un ideal”. Lo tenemos todo, pero no sabemos lo que queremos. Somos como niños que no juegan a nada porque tienen demasiados juguetes.

Pero, en tu opinión, ¿podemos hablar de enfermedad de civilización o de una especie de plaga de individuos enfermos?
Lo enfermo es la civilización, pero luego cada uno participa de la enfermedad o es víctima de ella. Es una enfermedad creada y, además, contagiosa: lo que hace uno lo repiten muchos por imitación, gracias a los mass media que generan un embarramiento ambiental cada vez mayor. Los media producen enfermedad porque hay mucha información, pero está vacía y desajustada.

Entonces, ¿los medios de comunicación expanden nuestro malestar?
La facilidad actual para moverse y comunicarse podría ser algo sumamente útil y positivo, pero sólo si tenemos algo que comunicarnos o algún sitio a donde ir. Ahora se habla de la sociedad de la comunicación pero estamos cada vez más incomunicados. Sólo se comunican tonterías debido a que el desarrollo humano y el de los canales de comunicación no han ido parejos.
El problema se manifiesta en que ya no preocupan en absoluto las cuestiones profundas o sustanciales. Lo que genera una gran preocupación es estar desocupado, enganchado todo el día a banalidades. En eso consiste la enfermedad.
Lo curioso es que esta situación tiene por origen algo sumamente positivo, como es la libertad. El hombre aprende a controlar su vida a partir de la Ilustración (con la llegada de la libertad de opinión, sindicación laboral, fomento de la lectura…) y esa misma libertad es la que le confunde.

Lo que no significa que haya vuelta atrás ni que haya que buscar soluciones fuera de la libertad.
El problema es que las instituciones que hemos conocido antes de la Ilustración eran represivas. Y así, el remedio es peor que la enfermedad. Lo verdaderamente importante es desarrollar la capacidad de conducirse a uno mismo. Yo creo tener esa capacidad y estoy encantado con el estado de cosas, me siento libre e informado. Pero la gente que tiene una estructura afectivo-mental gregaria se desorienta con tanta libertad. No saben a dónde ir o qué comunicar.

Lo “natural” es el perverso polimorfo de Freud que está sin programar. Vive como un manojo de deseos incolmables. Esto ocurre porque no hay educación, esa es la enfermedad de fondo. Que no hay programación ninguna ni en un sentido ni en otro.

¿Esa “falta de educación” es la que hace difícil que los jóvenes crezcamos en nuestra sociedad?
Claro. Pero no sólo eso, además hay horror a sentirse maduro o antiguo, horror a tener alguna convicción excesivamente personal… porque entonces parece que te separas de la moda, de la masa gregaria o de lo que “se lleva”. Entonces eres raro o antiguo, que es lo más negativo que hay.

¿La complicidad de los gobernantes sería el otro lado de esta extraña enfermedad que padecemos?
Encima, eso. Los partidos políticos imponiendo su pequeña dictadura. La democracia (al menos, la americana y la europea) no es más que un mosaico de pequeñas oligarquías. Rousseau y Montesquieu pensaban que todos debían tener representación, pero eso ya no es posible en una sociedad tan inmensa.
Además, ahora se votan listas cerradas (lo que limita tanto, que yo ya no voto). Y luego hacen con tu voto lo que les da la gana, según los compromisos del momento. El voto se convierte en un valor de cambio que no tiene ninguna eficacia para el votante. Es como un cheque en blanco, un instrumento de juego sometido a los vaivenes del mercado de intereses en que se ha convertido la política actual. Y eso, por supuesto, lleva al caos.

Todo esto forma parte del diagnóstico de lo que nos sucede, ¿pero hay soluciones?
La curación es la terapia.

¿Una terapia colectiva?
La situación actual de las sociedades exige una respuesta universal macro-occidental, casi cósmica. Necesitamos una serie de genios que se ganen el crédito de las masas y empiecen, como en el Renacimiento, a establecer nuevas referencias.

¿Es eso el gobierno de los sabios?

No, no puede ser un movimiento organizado, sino algo generado como en la “teoría del caos”, porque esos genios no se pueden producir pedagógicamente. Tienen que surgir como en el Renacimiento: en todas partes y sin ponerse de acuerdo, pero coincidiendo en una misma visión del mundo. Lo malo es que en el Renacimiento había mucha más libertad que ahora. En eso hemos perdido: hoy los pensadores y los artistas están canalizados mediatizadamente por los galeristas y los editores y si no sigues sus intereses, pues ya te has caído. Es como si hubiera muchos Francos o Hitlers por ahí, en cada área del saber o del crear, controlándolo todo. Y eso genera el riesgo de ahogar esos genios que en siglo XV brotaron como producto del pueblo. Ahora, sin embargo, tienen que estar promovidos por una Operación Triunfo, donde la selección natural de Darwin opera invertida, ya que se elige siempre al más débil o al menos peligroso, es decir, al que resulta comprensible para el director o para el mecenas. Se promueve a quien se comprende desde arriba y no hace sombra.
Además, resulta que los que dirigen suelen ser gente intelectualmente muy vulgar. Si no, no habrían aplicado los medios, más bien espurios, para llegar al “triunfo”.

¿Los intelectuales o maestros han dejado de tener una voz propia en nuestras sociedades?
Depende del lugar. En el caso de Alemania yo creo que el poco o mucho de influencia judía que había (los judíos son más creativos que los alemanes), eran un condimento. Y al perderse ese condimento se ha quedado lo germánico puro que es muy “plump” (como se dice en Alemania) o como un pisapapeles, que diría Nietzsche.
En España es diferente. Aquí ocurre, sencillamente, que no se ha estudiado. Primero, con el antifranquismo, se tenía un “soborno de la conciencia”, que diría Freud, para hacer huelgas y no estudiar. Sólo se leía sobre marxismo. Nadie estudiaba a los clásicos. Saber griego, latín y sánscrito era un auténtico demérito. Conocer letras clásicas era como ser antiguo y reaccionario. Lo que había era mucha matemática y neurologismo. En España, por ejemplo, ni siquiera se estudiaba a Freud (que era lo último en Europa) porque el que representaba a la izquierda era García Hoz que era conductual. En esas condiciones…

Para entendernos, ¿qué es ser sabio o intelectual?

Hoy en día mucha gente cree que los intelectuales son los actores de cine [risas]. Yo diría que los intelectuales son las personas que tienen ideas claras y un sistema organizado de su mundo (hegeliano, kantiano, tomista…), además de la perspicacia suficiente para relacionar causal y lógicamente unas cosas con otras.
El sabio sería lo mismo pero “sápidamente”, saboreando con cierto regusto casi estético el ser mismo de las cosas.

¿Crees que los nuevos descubrimientos de la ciencia y la técnica nos pueden acercar a un nuevo humanismo?
En los nuevos descubrimientos priman la tecnología y las explicaciones espaciales. Humanismo hay poco. Quizá pueda surgir algo a partir de la ruptura del paradigma físico legalista, lineal y abstracto, a través de la visión fractal de Mandelbrot, los atractores de Lorenz, la nueva física, y por ahí. Lo cierto es que al romperse el viejo paradigma se genera un espacio más flexible en el que caben otros contenidos. Hoy día, hasta los filósofos son demasiado cientifistas. Es una cierta derecha la que se ha apropiado de la línea más humanista (Sastre, Heiddeger, etc.) mientras cierta izquierda sigue todavía en un cientifismo estéril. Falta la fecundidad de un centro que sepa superar, como vértice, estas dos visiones parciales.

Para mejorar la sociedad, ¿podemos hacer algo?
Sólo podemos dejarlo al azar, esperar que aparezcan sujetos que hayan conservado su integridad y su amplitud mental en medio de este corsé matemático de leyes lógicas y principios conductuales. Genios que empiecen a inaugurar en grupo una nueva visión del hombre y de la vida. En política, por ejemplo, llevamos más de un siglo sin avanzar. Seguimos con el Manifiesto Comunista y no hemos hecho nada más que degenerar.
El marxismo se volvió dictadura y el liberalismo, neoliberalismo mercantil. El anarquismo se transformó en postmodernidad caótica, pero en un caos no creativo y poco interesante. Porque, claro, el anarquismo clásico de Bakunin está muy bien por la supresión de las estructuras intermedias buscando que lo vital tome la delantera. A mí me parece el mejor ideal. Pero es inaplicable porque los más pillos machacan siempre a los más creativos.

¿Qué crees que puede ocurrir sin ese grupo de sabios o esa mutación social? ¿Hacia dónde se dirige nuestra sociedad?
Podríamos buscar antecedentes en los siglos VI, VII, VIII y IX en los que no pasó nada. Pero no deberíamos hablar sólo de Occidente hay que contar con las poblaciones de África, China y los países árabes, que no paran de crecer, mientras los occidentales van reduciendo su número. Las poblaciones de Occidente serán sustituidas por otras venidas de fuera. Habrá nuevos pensadores africanos o sudamericanos que no son de tradición lógica griega y que tendrán cierto condimento mágico y arcaico, aunque con la tecnología occidental. Serán un par de siglos de superstición. Éste será el primer rinoceronte. Luego todo van a ser rinocerontes, al menos hasta la aparición de un nuevo grupo de genios completamente diferentes a los que estamos acostumbrados. Volveremos a algo como los presocráticos o los sacerdotes egipcios.

(*) La fundación Cencillo de Pineda se encuentra en la calle del Pisuerga, 3, Madrid. www.cencillo.com

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Entrevista realizada por Rafael Millán y Javier Esteban en enero de 2004.

¿Es posible ser feliz?

27-diciembre-2000 · Imprimir este artículo

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Por LUIS CENCILLO

¿Es la felicidad una “mariconada”? No es mía la expresión sino de un psiquiatra que en una terapia de grupo experimental, se descolgó con estas aladas palabras. El nombre de “felicidad” es cierto que suena cursi y que en castellano no tiene sinónimos de repuesto, como los hay en griego, salvo “dicha” que suena todavía peor…

El hecho social es, sin embargo, innegable: Todos quieren obtener un estado afectivo y práctico que sea distendido, difusamente gratificante, sereno, seguro y que suponga encontrarse francamente bien consigo mismo. Un estado de flexible autonomía capaz de logros importantes y seguros.

Autoestima y autoidentificación en relación con un poder de motivarse activamente, son la base de la llamada felicidad, si es que es posible. Y, desde luego, lo opuesto nadie desea experimentarlo, salvo algún masoca patológico (que si es lúcido acudirá a un terapeuta para salir de este tipo de emocionalidad deseante). Posiblemente nadie desearía estar confuso, no saber de sí, despreciarse, ser indeciso, inseguro, resentido y tender a ocuparse de tonterías o de cosas destructivas y arriesgadas. Pues bien, esto es lo opuesto a eso que se suele llamar “felicidad”.

Se trata de dos constelaciones de posibilidad: “dicha” y desgracia, buena o mala suerte. La última es frecuente y nos vemos en ella sin comerlo ni beberlo, casi solemos partir de ese riesgo como de un estado inicialmente forzoso; la primera es rarísima y hay que construirla como se pueda.

Pero la felicidad es asequible (ahora trataré de explicar cómo), y, desde luego, ¡no depende de los otros…! Sólo de nosotros. Supone crear un ser estable, no fácilmente vulnerable, y “autoposeído”. Aunque pueda ser atacado de muchos modos y tenga que luchar para no perder.

No se pierde la felicidad sino por quien lo cifra todo en la estabilidad del tener (“capitalista”). Así componen la felicidad conjuntamente estos factores:

– Autoposesión, l i b e r t a d no alienada y no arbitraria/destructiva: no dependencia de opinión y afecto ajenos.
– Integración Psicológica y social, ambas dinámicas y en una praxis. Poseyendo la claves de la propia comprensión.
– Lucidez de juicio y de valoración, capacidad de elaborar duelos y encontrar soluciones.
– Dominio mental claro sobre los factores, la relación de medios a fines y la previsión de amenazas reales.
– Aceptación objetiva para dialécticamente trasformarse.

Precisamente uno de los rasgos de la felicidad, es su independencia de la circunstancia, o mejor, su capacidad de superar los condicionamientos extraños que se le opongan.

Ganarse con cierto esfuerzo este estado anímico y existencial, le añade un sabor colateral. Parece que se es “más feliz” cuando se debe a uno mismo la estabilización segura de lo positivo e importante que se ha logrado. Pero aún hay más ingredientes de la llamada “felicidad”.

Es bastante desolador y estéril carecer de autoestima. No es humildad sino depresión, lo mismo que la autoestima no es soberbia sino justeza. No es imaginarse ser más de lo que se es, sino sentir lo que se es -poco o mucho- pero apreciarlo como propio y no tirárselo a la cara, resentidamente, a la providencia. Más vale lo poco, real y propio, que somos, que lo ajeno e irreal que fantaseamos ser. Sin autoestima y sin moderación no se puede ser feliz. Esto, vaya dicho ya de antemano.

Todo viene de una dicotomía absurda creada por Bender que divide a los humanos en perdedores y ganadores. ¿Perdedores de qué? Naturalmente este modo de hablar no tiene sentido tratándose de seres humanos. Lo único que significa, muy en el fondo, es que uno está perdido de sí mismo. Y así no se puede ser feliz. Lo mismo que sin autoestima.
Pero, ¿se puede ser feliz de alguna manera? ¿Se ha preguntado alguien alguna vez en serio qué es la felicidad? En serio sí, pero con un planteamiento inadecuado.

Hay quien no cree en la felicidad, como no cree en el amor… eppur si muove: hay quien lo experimenta al vivir.

El hombre es un animal utópico: no desea más que la felicidad y ésta no le es dada nunca. Al menos no con “F” mayúscula. Sólo se le promete y ello mediante una fe. O sea que la especie humana sólo puede sentir que tiene acceso a la “Felicidad” honda y completa desde la apuesta de una fe, no desde la demostración de las ciencias. Éstas hablan de buena salud y de economía saneada, y a lo más (la Sociología) de habilidades sociales y de éxitos de público. Y es la felicidad lo más importante en el humano existir. Luego lo más valioso es lo más inseguro.

La especie humana, en la incertidumbre de su deseo, trata de construir “un mundo feliz” sobre unas científicamente inciertas posibilidades de utopía dudosamente realizable.

La felicidad lograda no corresponde a ilusiones, sino a sólidas y asertivas conductas comprometidas. A pesar de que les parezcan ilusas a algunos. Y es que la realización personal radica en la dinámica de elaboración de duelos, maduración de afectos, modos de motivarse ilusionadamente -a pesar de las decepciones . No en otra cosa. Y esto es duro.

Desde luego, si se espera que todo sean facilidades y suerte, casualidades afortunadas y coincidencias favorables, nunca se verán realizadas las expectativas del deseo.

Ni quien espera la suerte ilusamente, ni quien trata de forjarla voluntarísticamente la encuentran: La suerte genera la felicidad sólo como una frágil asociación casi impensada de casualidad o tras tenaz dedicación. Y entre los pocos que llegan a obtener esta felicidad, la mayoría no repara y tropieza en las limitaciones que presenta su felicidad, para aguarse la fiesta.

Aun la felicidad mejor lograda y completa, tiene interrupciones, sombras y puede que también tenga un final, por lo menos con la muerte del hombre feliz… Si no, no sería humana.

¿De qué va pues la vida? La vida es la doma del deseo. No su anulación… Es el ir despertando la conciencia y la consolidación de sí mismo. Es una oportunidad de hacer y de hacerse, de amar y de amarse, de incrementar el propio ser actuante con la dialéctica cooperación de todas las cosas posibles (lúcidamente seleccionadas).

La vida no consiste en realizaciones perentorias ni en estados puntuales, sino en oportunidades de caer en la cuenta de quién se es y de qué son las cosas (¿grandes mentiras?).

Por esta razón, todo el que trate de actuar para su realización propia ha de pasar por la superación de su dependencia de las cosas y por el desenmascaramiento de las expectativas vulgares de su deseo. No es posible que nadie pierda si se gana a sí mismo. Sólo se pierden las imágenes de las cosas que no se tienen, pero que se cargan de libido deseante. Por eso desazonan.

Mas la felicidad pertenece al orden del ser, no al de tener ni al de aparecer; aunque algunos se sientan felices con sólo parecer que son más de lo que son. Y a veces parecen porque tienen o creen tener.

La felicidad es ante todo una vivencia.
Puede tenerse todo para ser “feliz” y no vivenciarlo así.
Desde luego nunca se tiene todo, por lo menos no por mucho tiempo, pero sí se puede llegar a tener:
La vivencia continuada de estabilidad
realizando bienes productivos y participativos
y solucionando cuestiones sustanciales.

La posesión de lo no productivo, de lo intransitivo, de lo que no es participable, ni enriquece a otros, no llega a reunir las condiciones de felicidad sustantiva.

El mal planteamiento clásico ha sido no centrar la felicidad en la vivencia, sino en el objeto: poder, placer, fama, dominio…

Todo esto nos descubre otras dos condiciones de la felicidad:

a) El no obtenerse a costa de nadie.
b) El poder realizarse en cada generación y época y no depender de una evolución macrohistórica de la praxis (que es el defecto condicionante de la teoría marxiana).

La felicidad ha de ser algo más sencillo y casero que el resultado macroeconómico de una “revolución mundial”.

El altruismo y el sacrificio del bienestar propio por el bienestar colectivo absolutamente nadie lo censura, salvo algún cínico, y sólo se atreven a hacerlo con un cierto tono humorístico.

Hay quienes son francamente desgraciados tan sólo por no tener ideas claras que les ayuden a elaborar sus duelos: se ahogan en sus problemas cotidianos. Y más sutil aún: cuando en una vida objetiva o aparentemente feliz no se llega a serlo, pues todo su estar en el mundo se halla minado por tensiones profundas de impaciencia, amor propio narcisista, deseos secretos e inconfesables de “ser más que nadie”, o que los demás y las circunstancias objetivas se plieguen al propio deseo.

Nadie comprende nada a fondo.

Hay, por lo tanto, dos grandes paradojas en la cuestión de una búsqueda de felicidad consistente: A. Gran parte de los seres humanos nutren su sensación de felicidad y de identidad valiosa a costa de humillación, sujeción, explotación de otros y de violencia. B. Gran parte se encastilla en aparecer como no es, adoptando modelos extrínsecos que falsean su autenticidad, para perecerse a figuras consagradas por cualquier moda, sin contenidos humanos ni “verdad”.

Podemos ya sistematizar distinguiendo cuatro grupos de tipos, bastante diferentes entre sí, de vida feliz:

Primer Grupo: Felicidad práxicamente productiva. En ella el aspecto negativo puede ser el afectivo amoroso, la soledad íntima o la incomprensión de la pareja exigente de atención. Y su riesgo, el narcisismo y el orgullo: creerse autor de la propia buena suerte y forjador de su brillante destino….

Segundo Grupo: Felicidad afectiva y amorosa en el seno de la familia (aunque profesionalmente haya sus contradicciones y luchas competitivas). Su gran riesgo es que el afecto, en lugar de ser un amor genuino y limpio, se haya convertido en simbiosis fijativa, que aliene en la fusión grupal las personalidades de los hijos (que ni siquiera lleguen a darse cuenta de ello y permanezcan por mucho tiempo adheridos al grupo o a la pareja parental). Aparte de que otro peligro frecuente en tales familias es que el grupo feliz y logrado se cierre sobre sí mismo y reduzca a los demás a objeto de beneficencia o sujeto de admiración obligada de sus logros modélicos.

Tercer Grupo: Felicidad procedente de la moderación del deseo y la sensatez cooperante con la praxis ajena y objetivamente orientada. Es la más sólida de todas y la que más carece de riesgos, pues la moderación y la sensatez evitan o ahogan los riesgos en su momento de ir a brotar. En esta línea, su grado máximo es la creatividad en apariencia fácil pero muy cualificada que resuelve las cuestiones con acierto a pesar de su aire de improvisación osada.
Cuarto Grupo: Felicidad laboriosa y dialéctica que sabe obtener la ácida satisfacción del logro de la elaboración de numerosos duelos y de la aceptación del duro e indudable “destino”, como lo inevitable, lo providencial y lo predestinado a uno mismo como vía de realización. Si a esta dialéctica de dolor y de logro se une fe en algo más que la praxis intrasocial y se adquiere una identidad escatológica, de modo que se logre vivir intensamente en otros planos más de diferente valor y trascendencia, tanto mejor. En este caso la felicidad puede ser más plena que la del primer grupo y por añadidura con la afectividad viva y abierta a todo y a todos y el respeto al otro (hijos incluidos) íntegro y objetivo.

Parece que lo más consistente y real es afirmar, como primera condición o componente la independencia del juicio ajeno (sin llegar a la insolencia, a la desconsideración y a la insensatez de no tener en cuenta las repercusiones del propio comportamiento). No puede ser del todo ni básicamente feliz quien se siente tributario de la aprobación de otros. Por lo tanto, la base sólida y firme de toda felicidad radica en aceptarse como se es:

sin ilusiones maníacas
ni temores paranoides

Con una dinámica genuinamente dialéctica de avance y de mejora desde la modestia de las posibilidades iniciales y con una tenacidad nunca crispada ni ambiciosamente motivada.

La felicidad no puede estribar en lo externo: radica en la actitud y la disposición de ánimo. Varios son los factores esenciales o requisitos de la felicidad, aun compatibles con hostilidades y contrariedades externas:

– Claridad mental y capacidad de discernir ideas, afectos, valores y logros.
– Aceptación de las propias limitaciones circunstanciales.
– En consecuencia capacidad de elaboración de duelos y contrariedades, pues unos y otras fatalmente se producen.
– Libertad elástica, tanto respecto de la opinión ajena como de los propios apegos.

Lo que no da resultado alguno es la dispersión de deseos, el tejer y destejer, el oscilar realmente de modo contradictorio y pronunciado entre contrarios, sin lograr establecer un equilibrio dialéctico entre ellos. La mayoría se malogra en esta oscilación perpleja. Y no llega a producir en concreto nada consistente. Lo más decisivo del tiempo se les pasa en proyectar, a veces minuciosamente, pero les falta decisión para dar el primer paso que cambie su ritmo de vida o su dedicación… Así no se puede ser feliz.

* Luis Cencillo fue terapeuta, antropólogo, psicólogo, filósofo y humanista.