No me gusta Amenábar

3-noviembre-2009 · Imprimir este artículo

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La palabra “cine” engloba hoy demasiados fenómenos. Una industria irracional y fagocitaria, íntima de la publicidad, y el arte heredero de la linterna mágica, el favorito de los surrealistas.

Cada vez que veo el trailer de la nueva película de Alejandro Amenábar me acuerdo de Tolerancia, de Griffith. El padre del clasicismo cinematográfico se empeñó económicamente construyendo unos inmensos decorados que emulaban el esplendor babilónico. Durante años, esta Babilonia efímera y desmesurada, esta escenografía de gigantomaquia, amenazó ruina a los productores. Ágora se nos presenta y vende como la gran “reconstrucción arqueológica”. De ahí la asociación, que no es casual ni arbitraria.

Tildar a ese niño precoz del cine español que escribe sus guiones, compone sus propias bandas sonoras y conquista los corazones hollywoodienses de mediocre parece una alevosía. Sin duda, muchos de sus acólitos atribuirán el título de esta columna a ese defecto de gran hálito nacional que es la envidia. Para evitar sospechas, diré que la técnica de Amenábar es irreprochable… Este chico sabe contar historias, pero eso no es suficiente.

Uno de los personajes de su primer largometraje, Tesis, thriller basado en el género snuff, se apellidaba Castro. Amenábar confió a sus entrevistadores que había escogido este apellido por hacer un guiño. Se trataba del subnombre del profesor que le suspendió la asignatura de dirección en la facultad. Antonio Castro, docente de la Complutense y crítico de cine, desmintió la anécdota. El único desprecio que hizo a “cinecito” fue decir en público que su cortometraje fin de carrera, el embrión de Tesis, era una medianía, repleta de referencias a otras películas (que no referentes).

Abre los ojos, su segunda película, acusaba importantes defectos de guión. La causalidad se obviaba en pro del efectismo. Los otros tenía una fotografía imponente. Por lo demás, era una traslación más bien obvia de The innocents, de Jack Clayton. De sus líneas de diálogo, Amenábar extrajo inclusive el título. De nuevo, toda la ficción giraba en torno al efecto final. Ninguna línea de pensamiento. Tan sólo, una dosis somática y más bien anodina de entretenimiento.

Por último, Mar adentro (no confundir con Más adentro), adaptación al cine de la historia de Ramón San Pedro, confirmó que el estilo de Amenábar se definiría por la propia falta de estilo.

Tanto éxito, tan machacona publicidad, me hacen pensar en esos otros directores de cine-club y distribución marginal; tantos artistas suicidados por la sociedad. Una y otra vez nos encontramos con reescrituras de las mismas historias (y no me refiero a las metatramas), citas mitómanas, una carencia absoluta de ambición formal y una fe ciega en el realismo. A uno le dan ganas de interrumpir una proyección gritando, “Godard es el padre”, de repartir ediciones de bolsillo de Notas sobre el cinematógrafo a la salida de los multicines y de tatuarse Bergman en una pernera y Antonioni en la otra.

¿Es el cine sinónimo de industria? Al margen de los estrenos de postín y de los photocall, donde los famosos van a exhibir modelito y cinefilia, están los espectadores avezados y los profesores como Antonio Castro.

En El soldadito se dice una de las frases más hermosas acerca del polisémico y diluido séptimo arte: “El cine son veinticuatro verdades por segundo”. Me gustaría escribir esta sentencia, en letras grandes, con ayuda de un “graffitero” experto, en las salas de cine cerradas de la Gran Vía, hoy convertidas en H&M. El eslogan por bello que sea, tiene su anverso. Y es que el cine también puede ser (echen un vistazo a la cartelera) veinticuatro trolas por segundo.

“Sexus” o el despertar sexual

Aquella noche, mi madre llegó a casa con una bolsa de basura llena de libros, literatura contemporánea. Una amiga suya había decidido deshacerse de ellos, porque estaban físicamente muy viejos; es cierto, tenían las páginas amarillas; algunos, incluso, verde moho; olor a ropavejería. Mi progenitora nunca sabrá lo que ese día puso en mis manos. Entre aquellos volúmenes se hallaba “Sexus”, de Henry Miller (¡gracias mamá!).

Entonces yo no era una mujer, pero tampoco era una niña ni un avión. A través de sus páginas tomé conciencia de mi cuerpo como un juguete infinito, un tren eléctrico gigante. “Sexus” hizo mucho más por mí que las clases de sexología que un fraile viejo me impartía en el colegio monjil; más, que los besos robados de la primera adolescencia, que los besos lúbricos de las películas de Hollywood. ¡Sean bienvenidos a los pliegues de la sexualidad humana!
Años después leí algo sobre el autor (poco a poco lo había ido conociendo) que me pareció muy lúcido, muy verdadero para venir de un prologuista: Miller “como un apóstol de la religión del amor, agita el látigo de la obscenidad para expulsar a los rufianes y mercenarios del templo”. Huelga decir que muchas veces la pluma de Miller fue acusada de obscena y coactada por la censura. En “La obscenidad y la ley de reflexión”, el escritor alegaba que “los únicos protegidos por la censura son los censores mismos”. Con un argumento similar se defendía el cineasta Nagisa Oshima de una acusación de obscenidad por el guión ilustrado de El imperio de los sentidos. Su admirable película era toda una puesta en escena de la hermosa frase de D. H. Lawrence: “Apriétate para que yo exista más”.

Teniendo que apresurar una conclusión para esta columna, que alargaría por los siglos de los siglos, diré que no se conoce mejor despertar sexual para el niño (y niños somos todos) que la literatura para adultos.