Los manuales del sexo.

16-diciembre-2008 · Imprimir este artículo

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Volvemos a explorar en el baúl de los recuerdos. Lo digo porque la aparente modernidad de los manuales de sexo se remonta, por ejemplo a los primeros siglos de la era cristiana. El Kama Sutra, por citar el más famoso, pertenece a esta época. Por no hablar de los manuales chinos de los que sólo quedan ciertos fragmentos y que databan de la dinastía Han, entre el 202 a.C. y el 24 a.C. El Ananga ranga, también famoso, ya pertenece al siglo XVI. Aunque también son cuatro siglos de nada.
En definitiva, no estamos inventando nada. Si acaso modernizamos la presentación con unas fotografías en vez de con delicadas representaciones pictóricas o escultóricas: basta recordar los templos de la localidad de Khajuraho, también en la India; sin que con esto quiera decir que la fotografía no es un arte.
Y el sexo, ¿es un arte?, ¿una ciencia?, ¿un acto natural? ¿O un acto natural que puede sofisticarse, hacerse ciencia, arte o ciencia artística por puro placer? Doctores y sexólogos tiene la ciencia, no iré tan lejos yo en mis pesquisas. Me limitaré a constatar que lo que tanto nos escandaliza en la sociedad occidental (aunque ya aparentemente menos) era y es lo más natural en otras culturas. ¿No es natural el cuerpo y sus circunstancias? Habrá quien, por puro instinto, sea un maestro en estas artes, como los hay en otras, pero habrá quien necesite formación, práctica y dedicación para llegar a disfrutarlas y compartirlas con disfrute, que es algo fundamental en tales lides. No todo el mundo goza de igual imaginación.
¿Qué habrá de malo en que algún libro les ayude o nos ayude a un mayor y mejor disfrute de la vida? Habrá quien encuentre mucho de malo. Pero eso no está, yo creo, en los manuales.

Banderas y vidas

Tras los últimos acontecimientos ocurridos en China he tenido la ocasión de conocer la bandera del “desparecido” estado del Tíbet. su simbología es rica y variada: la montaña cubierta de nieve: las banderas rojas que representan a sus antepasados (tribus Se, Mu, Dong, Tong, Dru, Ra); las bandas azules que son el cielo protector y maestro, los dos leones de nieve, las joyas que personifican la reverencia, el aprecio, la guarda… Cada elemento tiene su significado, como cabría esperarse de una “nación” tan espiritual.

Ahora bien, a raíz de haber analizado la tibetana, me surgio la necesidad de hacer lo mismo con la bandera china, el famoso estandarte rojo con cinco estrellas en su parte superior izquierda (una más grande que las otras cuatro). También responde, por supuesto, a una clara simbología: su color, que recuerda el comunismo, el astro mayor que representa al partido político, y los cuatros menores que responde alegóricamente a cuatro estratos sociales o grupos (ya trabajadores, campesinos, pequeños burgueses y burgueses nacionales, ya maestros, agricultores, trabajadores y soldados).

Supongo, en mi ingenuidad, que ambas, como todas, buscan la representación de los valores que aspiran a lo mejor en y para el Estado en su conjunto. Ahora bien, ¿merece cualquiera de ellas el precio de una vida? ¿El sacrificio de una persona, en lo alto de pirámide del orden-estado? ¿Qué valor tiene una persona? ¿Qué peso la tragedia de una muerte? ¿Cuánto pesa en la balanza de los hombres de Estado? ¿En algún caso se puede matar por la posesión de un territorio, la riqueza de una nación, el bienestar de una sociedad, la pureza de un pensamiento, el funcionamiento de un aparato administrativo?

¿Y morir? ¿Por qué libertad personal o realidad nacional se puede o se debe morir?.

Ignoro las respuestas. Ignoro, incluso, si alguien está en posesión de las mismas.