¿Es un crimen discutir el cambio climático?

Concha García Campoy rompió su habitual neutralidad moderadora en el debate de su programa en Cuatro: no podía tolerar a los que denominó “negacionistas” del cambio climático. El “negacionismo” se suele emplear para denominar a los historiadores que niegan que ocurriese la Solución Final, el exterminio programado de los judíos.

Normalmente en una sociedad liberal y abierta cualquier tesis o hipótesis puede ser mantenida. Las ideas no delinquen, se sostiene. Lo cual siempre me ha parecido de una ingenuidad pragmática asombrosa. Con las palabras se pueden hacer muchas cosas, no hace falta ser J. L. Austin para darse cuenta de ello. Por ejemplo, delinquir. Pero también he creído que en presencia de unas reglas que favorezcan el debate fair play al final la verdad acaba por triunfar. Ahora el ingenuo soy yo, lo sé.

A los negacionistas de la Solución Final les dedicó tanto tiempo como a la Iglesia de la Cienciología y las hipótesis galácticas de Ron Hubbard: ni un segundo. Pero me parece equivocado que en algunos países como Alemania o Francia se les persiga. Quizás acabar con su libertad para creer en lo que quieran ocasiona un bien general estratosférico. Pero en primer lugar lo dudo. Y en segundo, y siguiendo la línea lógica, tendríamos que prohibir a todas las ramas del Islam, al Barcelona F.C. (por ser más que un club deportivo, es decir una alucinación colectiva) y la cocina de Ferrán Adríá. Y en Argentina el psicoanálisis si no fuera porque entonces habría que encarcelar a todos los argentinos.

Si empezamos a ponerle la etiqueta de negacionista a todo aquel que discrepa del “consenso científico” entonces estimada señora Campoy tendríamos que meter retrospectivamente en el trullo a Galileo, volver a burlarnos de Darwin y expulsar a Einstein de Princeton de por su manía contra la mecánica cuántica. El triunfo de la metodología científica occidental se basa en el reconocimiento del disenso, el valor de la refutación, la antipatía hacia los dogmas por muy consensuados que estén.

Un buen ejemplo de discusión sobre el cambio climático, de las diferentes perspectivas para enfocarlo, es este cruce dialéctico entre afirmacionistas y negacionistas en el Consejo Editorial de Expansión tal y como nos lo cuenta en su blog Manuel Conthe. De lectura obligada en las escuelas, la Moncloa y Cuatro (estos niños…)

Burkas y otras obscenidades en la vestimenta

No hace falta tener el buen gusto y la elegancia natural de Nati Abascal (siempre y cuando no abra la boca) para encontrar ofensivo y obsceno a la gente que para pasear por la calle se disfraza con burkas, camisetas estampadas con el “guerrillero heroico” Che Guevara y la gatita presumida Hello, Kitty o sandalias con los pies sin haber pasado por la pedicura.

Algunos consideran que los disfraces deberían ser exclusivos del Carnaval.  Y por ello en países como Luxemburgo, salvo en la Fiesta Católica, está prohibido para cualquier persona aparecer enmascarado en las calles, plazas y lugares públicos, lo que vale para luchadores mexicanos, practicantes del BDSM y mujeres fans del burka.

Arcadi Espada, gotas de sangre jacobina, se apunta a la censura preventiva.  ”La máscara incuba un delito” sostiene.  Y aduce “razones de orden público“.  Si a los talibanes se les reconoce porque llevan el rostro oculto tras una frondosa y descuidada barba, los jacobinos se distinguen por su rostro limpio de polvo y paja, rasurados por cuchillas afiladas como guillotinas.

Entre medias estamos los liberales, por perillanes.  Llevar perilla lo considera Espada, siguiendo a Javier Marías, un signo de maldad.  Los talibanes también nos refutarían rápido a los perillanes, vía horca, por demasiado blandos y amanerados en comparación con sus tupidas y malolientes pelambreras faciales.

Frente a los jacobinos, y aunque nos repatease las tripas, defenderíamos el derecho de las chicas a prostituirse, digo… (¿en qué estaría pensando?) a cubrirse de los pies a la cabeza.  Pero para horror de los talibanes les haríamos saber que están en su derecho a negarse a vestirse de tal guisa y las protegeríamos en el caso de que despertarán de la alucinación cultural que las lleva a ese enclaustramiento textil.

Estoy de acuerdo con Espada en considerar la costumbre del burka una parte de ese conjunto de folie à plusieurs, trastornos psicóticos colectivos, que como el nacionalismo o la religión, el fascismo o el comunismo, oscurecen la razón y el porvenir de la civilización.  Pero me mantengo en este lado de la línea de la tolerancia: aunque no respete lo que se diga o la forma en que uno se vista (burkas, Che Guevaras, sandalias con calcetines, etc.), defiendo el derecho a decirlo o a vestirse como venga en gana.

Una metodología más adecuada para estos casos que la multa-y-tentetieso viene dada por la negociación basada en argumentos y las exigencias institucionales.  Dentro del espacio público hay zonas abiertas y zonas cerradas.  En las calles y las plazas públicas, zonas abiertas, nadie está obligado a mirar.  Siempre cabe la posibilidad de cambiarse de acera o mirar al tendido.  Y los casos de fuerza mayor (de la amenaza terrorista al escándalo público) deberían ser manejados con precaución por las autoridades encargadas del orden.  Lo contrario sería abrir la puerta para la instauración de una ley marcial de carácter moral.

En las zonas cerradas del espacio público, sin embargo, de las escuelas a los juzgados, las normas pueden ser más restrictivas porque hay una concurrencia obligada de distintos individuos, cada uno de su padre y de su madre, lo que exige una puesta en común de las partes involucradas para trazar los límites de la convivencia.  O requisitos objetivos de transparencia e identificación.  Pero estas normas deberían ser establecidas de abajo-arriba, por los sujetos involucrados mejor que por la arrogancia del monopolio de la fuerza que es el Estado.

PD.  ¿Aceptamos “despotismo ilustrado” como una forma de folie à plusieurs?

Vale, quitamos los crucifijos. Pero, ¿qué ponemos?

7-diciembre-2009 · Imprimir este artículo

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El asunto de los crucifijos en los centros educativos no es baladí. Se suele plantear como una derivada de la libertad religiosa, del derecho de creer o no creer. Lo plantearé desde otro punto de vista: el de la “muerte de Dios”. Hegel y Nietzsche fueron los dos pensadores que anunciaron la muerte de Dios. “Dios” era un resumen de la objetividad ingenua, en el caso de Hegel, y de todos los valores trascendentes para lo que atañe a Nietzsche. Los occidentales nos habíamos vuelto demasiado lúcidos, también demasiado cínicos, para creer en fundamentos absolutos y trascendentes para justificar nuestra conducta civilizada.

La noticia de la muerte de Dios produce un sobrecogimiento. Un temor y temblor paralelo, aunque de sentido contrario, al que sentía Kierkegaard ante Jehová. En lugar de la Presencia Infinita, la Nada Infinita. El nihilismo como horizonte del tiempo sin dioses, sin valores trascendentes. En la práctica, campos de concentración, Auschwitz y Gulag. La civilización dio paso a la barbarie científico-tecnológica. Salimos de la trampa divina para entrar en la jaula de hierro burocrática (Weber dixit).

Si ahora quitamos los crucifijos y no sustituimos su vacío en las paredes estaremos ahondando en el nihilismo. Lo característico del Occidente Ilustrado, el que ha asesinado a Dios, reside en su autocrítica como método y como actitud. Y sobre esa autocrítica se han construido las instituciones sociales que han modelado su perfil: el capitalismo, la ciencia y el Estado de Derecho. Por ello, en modesta propuesta, los crucifijos, recordatorio de una época sobrepasada en los que realmente no creen ni sus nominales partidarios, deberían dar lugar en todas las aulas a los retratos simbólicos de una época que, como diría Kant, es de Ilustración pero aún no es ilustrada. No se me ocurren ejemplos mejores -tanto por lo que significaron en su campo de especialización como por su ejemplaridad personal- que Charles Darwin -ciencia-, Adam Smith -capitalismo- y el Barón de Montesquieu -Estado de Derecho, y por lo mucho que molestaría a Alfonso Guerra-

A diferencia de los crucifijos no se enseñaría a los estudiantes a aprender su doctrina, sino su método, y se les animaría a criticarlos, a superarlos, a pensar con ellos pero contra ellos.

Evo Morales, falangista auténtico

21-noviembre-2009 · Imprimir este artículo

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“…  un modelo económico donde los trabajadores también fueran protagonistas en la gestión y los beneficios de las empresas, mediante un sistema que hoy se conoce como economía social… Para mayor provocación, se pretende además, vincular la figura y el pensamiento de nuestro héroe con postulados racistas y xenófobos que él mismo no hubiera tolerado jamás…  Por todo ello, queremos manifestar a nuestros conciudadanos, a los medios de comunicación y a todos aquellos que pudieran sentirse identificados con las ideas de Patriotismo integrador y solidario, Justicia social y Democracia avanzada, nuestra más enérgica condena a cualquier tipo de acto que contribuya a mantener secuestrado a…”

José Antonio, ¡Presente!  Evo, ¡todavía más Presente!

Si abril es el más cruel, noviembre es el más obtuso.  Proliferan los actos de adhesión a figuras tétricas como José Antonio Primo de Rivera o Evo Morales, personajes que hacen de la retórica florida y el enaltecimiento de la mitología patriótica una máscara para un talante del resentimiento y una actividad política estatalista, intervencionista y profundamente inquisidora.  Se proclaman fans de la Libertad pero su gran enemigo es el Liberalismo…

El texto citado proviene de la web de la denominada Falange Auténtica (de las JONS) pero, salvo matices, resulta indistinguible de la Izquierda Auténtica (del KAOS), falangistas avant la lettre

El muro de Berlín y la agonía del liberalismo

10-noviembre-2009 · Imprimir este artículo

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Vale, salvo despistados, el comunismo fue derribado en noviembre de 1989. Los liberales lo celebran con entusiasmo. Fascismo, acabado en 1945. Comunismo, finiquitado en 1989. Adam Smith y Hayek finalmente han ganado por KO técnico a Marx, Sartre, Heidegger, Strauss y demás líderes antiliberales.

Sin embargo… a quince años de que China se convierta en la primera potencia del mundo, mientras Obama en el Norte y Chávez en el Sur están rediseñando el socialismo del siglo XXI -a diferentes velocidades pero con la misma dirección- y los países que emergieron del frío soviético ven como se implanta un capitalismo sin liberalismo, el Reich de la libertad negativa va perdiendo, decreto a decreto, reglamento a reglamento, primacía frente al Despotismo de la libertad positiva: el intervencionismo estatal es cada vez mayor, del cinturón de seguridad al tabaco pasando por los dogmas políticamente correctos.

La agonía del liberalismo está siendo, si se quiere, menos traumática y dolorosa pero no por ello menos radical. Cada vez es menos comprensible, entre tanta solidaridad impuesta e imperio de la comunidad, qué es cosa que un día se denominó “individuo”.