Putin (o impasible el ademán)

18-diciembre · Imprimir este artículo

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Los americanos se llevaron una gran sorpresa cuando Yeltsin (elefante alcohólico) dejó el poder y un agente secreto enjuto y modesto se hizo cargo de Rusia. Se habían acabado los títeres como Gorbachov, los golpistas como Tejerov, los disminuidos como Yeltsin. Un hombre nuevo (madelman) surgido de las cloacas del Estado soviético, iba a tomar las riendas. Era frío y calculador, con pocas pasiones y escasos vicios. Sólo quería poder, como los vampiros. No pestañeaba, el funcionario de aluminio. Y nunca se sabía lo que pensaba.

Ese homo sovieticus llamado Putin haría del terrorismo su mejor argumento para desarrollar un poder que venciera la anarquía reinante tras la caída del Sistema. Cien millones de muertos parecían pocos a la última utopía planetaria. Por eso Rusia volvió a mirar para atrás y a soñar ser un Imperio de barbudos popes y señoras bien.

Lo primero era arreglar su patio trasero, “devolver la dignidad ” (esa palabra llena siempre de mentira) a los rusos y a las rusas (que diría Ibarreche). Para ello era necesario aplastar al nuevo Estado checheno y por eso mandó a sus coronelitos, asesinos profesionales, a reducir a los rebeldes, a quienes habían concedido la independencia previamente. La matanza costó cincuenta mil muertos. Putin decidió entonces acabar con cualquier forma de disidencia interna. Y lo consiguió. Mientras el terrorismo se cebaba con la población de ambos países, el mundo civilizado miraba para otra parte. Rusia tenía y sigue teniendo barra libre en Chechenia. Por eso muchos chechenos se echaron en brazos de los porcachones saudíes, siempre cachondos al ver sangre cristiana derramada y niñas rubias desnudas. Putin permaneció impasible ante los golpes de terror, que por otra parte legitimaban y ampliaban sus extrapoderes, como habían hecho antes Stalin o Lenin.

Era frío por escuela. Ni las madres ni los niños achicharrados le conmovían. Era el hombre que necesitaba la sufridora Rusia.

Un neofascismo gobierna Rusia mientras en Occidente se mira para otro lado. Nacionalcomunistas con trajes de Milano. Los generalotes mafiosos han aprendido que con este tío no se juega. Putin es el Estado y el Estado es Putin. Seguramente nos cae muy mal, pero a los rusos les recuerda a sus antecesores pero sin lastres ideológicos. Es poder en estado puro. Cada ruso lleva dentro un obediente ruso. A los anarquistas los mató la revolución. Por eso Rusia encuentra irresistible al inmutable. Sinceramente incomprensible para un occidental, Putin es un centrista por aquellos lares.

Torrente

No dudo que la simpatía, el olor corporal y la inteligencia de Santiago Segura sean muy nuestras, pero lo sucedido con su última película es la rendición incondicional de toda una sociedad. Es como si cada español llevara dentro un Santiago Segura. Sólo así se explica el triunfo nacional de esa cosa llamada Torrente.

Torrente es más que un personaje: es un genio del extrarradio que se ha apoderado del humor de varias generaciones que van desde Mortadelo y Filemón hasta el mejor Ozores, pasando por Álex de la Iglesia y Almodóvar; pero también con algo del Buscón y de la mejor tradición picaresca.

Torrente cosifica y concreta algo soez y divertido que se oculta en el inconsciente celtibérico y que supone una carga secular de putadas, cochinadas, desafueros machistas, burlas y crueldades de la tierra. Tiene algo de Sancho Panza, de antihéroe español, pero muy lejos de la mirada humana o sensibilidad de Cervantes. Algo pancesco y grotesco que todos llevamos reprimido por dos siglos de liberalismo y que explota en carcajadas al verlo en la pantalla.

Luego está el Torrente político. El Torrente fachoso es un espectro de la Transición, un fantasma y un chivo expiatorio al que caricaturizamos con toda dureza pero que al final resulta un personaje familiar que viene a normalizar al ultra, a integrarlo con humor y desfachatez. En la España de la corrección política Torrente es la sombra de la incorrección.

Caso aparte supone lo de las mujeres y Torrente. Y todavía más lo de las primeras modelos con Torrente. No creo sinceramente que ésta sea la mejor manera de comenzar a hacer cine. Esther Cañadas debería haber tenido un bautizo de pantalla con glamour y champán en lugar de lechazos y gaseosa. El papel que aceptó la modelo fue contraproducente para su belleza hermética, gótica y lobuna.

Es cierto que el cine torrentiano es un cine de bajo vientre, pero las salas están repletas de chicas que se negarían a ver una película de Ozores. Las mujeres, últimamente, están hasta en los campos de fútbol, conquistando parcelas de orden social y haciéndose un poco torreznas también ellas.

Cuando Santiago estrenó la primera peli montó una fiesta en una discoteca para frikis de Atocha y nadie del cine bien y europeo se asomó por allí. La cosa, ahora, es muy distinta.

Todo resulta demasiado real con Torrente, que alimenta el divertido basurero del inconsciente español y que en un país moderno, progre, aburrido y correcto representa la sombra del incorrecto, divertido, facha y del Atleti. Torrente es la vergüenza nacional.

Quien no sale en la foto de Torrente no existe. Todos somos zarajos a través del ojo de este cochinillo pluscuanibérico metido a director de cine esquizo.

Lo de Torrente en realidad es psicoanálisis de brocha gorda para este parque temático que se empeñan en llamar España. La pobre.

Ilustración: Malagón

ALMODÓVAR

¡Almohades, almorávides y almodóvares!

¿Es Almodóvar Quijote? ¿Es Almodóvar Panza? ¿Acaso no es Panza y Quijote al mismo tiempo? Yo creo que sí: Genio hipercatólico, barroco, posmoderno y manchego semicurado.

Cuando llegó la Transición las calles se llenaron de personajes de Almodóvar. Sobre todo de chicas almodóvar. Pedro es nuestro Calderón de la posmodernidad. Solo él ha sido capaz de captar y proyectar una parte de la sociedad española para después volcarla en las pantallas, pasada por la túrmix del vicio y el humor, del pecado y la absolución, la cocaína y el póper.

Esa parte de la sociedad antes estaba oculta, como reverso del pueblo. En todas las familias teníamos escondidos unos cuantos personajes Almódovar esperando ser presentados en sociedad, salir de la marginalidad, dejar de ser topos. Esperando poder ponerse la tanga y doblarle la cabeza al pulpo que todos llevamos en la entrepierna. Esos personajes Almodóvar (el buen abejorro) son las flores guarras de la libertad española. Querían un WC propio y pintaron a este país como un gran water con estampitas, velas y amorcillos, rallas de speed y condones. Como aquel que había en muchas discotecas y antros posmodernos de Madrid, donde podía verse a Pedro rodeado de sus chicos y amigos, entre guiones rococós y paredes de colores pop.

Es curioso que un fenómeno marginal se haya hecho hegemónico en nuestra sociedad. Aquel retrato de transición era bastante realista y familiar, además de católico y por tanto universal, y por eso triunfaría fuera formando el cine de la Edad de Bronce española. Debe de ser que los genes más atávicos de nuestra especie están en descomposición insalvable. La vieja España tolerante y mestiza responde una vez más a la consigna fraterna, al sentido decadente, dulce, cervantino, terminal: Almohades, almorávides y almodóvares…

Con el paso del tiempo España está un pelín menos almodovarizada, más europea y aburrida, sin tanto genio y guarrada; tal vez por eso Almodóvar siente nostalgia de los ochenta, que seguro que no volverán. Lo que ha pasado es que el genio ha dejado de hacer sociología revolucionaria para hacer comedia sexual con bragas de Victoria Secrets y psicología de la hembra, que es lo que le pone a Pedro.

El otro día estuve viendo ese maravilloso culebrón donde un percherón travesti deja embarazada a toda la Barcelona burguesa, monjita incluida, expandiendo la enfermedad de Dios o Sida. Barroquismo exacerbado contrarreformista y manchego.

Mel Gibson (o la contrareforma australiana)

1-agosto-2010 · Imprimir este artículo

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Mel es un tipo raro. Un tradicionalista católico y un barroco gore que hace porno con su particular calvario. Detrás de Mel se esconde una ex-vida de alcohólico y putañero (esto lo cuenta él y no yo, que soy pagano). No me interesa la vida privada de nadie (y menos la de un masoca integral), pero para entender algunas de sus películas hay que tenerla en cuenta, para empezar porque el chavalote tiene cierto gusto en que lo veamos arrastrando su cruz (que en mi opinión no es la de todos).

La película de La Pasión de Cristo me recordaba a esa cosa que decía ETA de que había que socializar el sufrimiento. La derechota tridentina quiere que todos socialicemos mal rollo, y vaya que lo ha conseguido. Como decía dice el teólogo Carlos Aguirre, “no estábamos ante una película realista sobre la crucifixión, sino ante la versión cinematográfica del universo simbólico y psicológico del catolicismo más encarnizado, según la versión de la pasión imaginada por la monja y visionaria alemana del siglo XIX Ana Catalina Emmerich”.

Vaya visiones tenía la señorita, pura monja gore, que diría Jesús Palacios. Esta Catalina con apellido de ricachona que inspiró a Mel en lugar de soñar con pepinos, como todas las beatas responsables, soñaba con clavos y latigazos de verdad. Qué fácil se lo ponía el imaginario a esta chica. Qué extrañas tentaciones tenía que esquivar la pobre. Amenazas de un infierno que nos aproximan al cielo…

La rareza de Mel es una curiosidad en estos tiempos de encefalograma plano, ciudadanos bovinos y corrección política. Otra cosa, insisto, es la exportación de sus problemas personales a los demás a través de su arte gore. Como dice Jodorowsky, el nuevo arte debe sanar y no llenarnos de pústulas o neurosis propias de Kafka (Kafka se comporta como hoy lo hace cualquier empleado de correos sindicado, sigue diciendo el autor de Psicomagia).

Me dicen, por último, que el fachote Mel se ha reconciliado con su papá, que también es partidario de la misa en latín. La llamada misa tradicional me parece una buena elección estética para ateos, estetas y fachas de cafetería Manila.

Mel anda, quizá sin saberlo, entre el gore y la magia negra.

Salir de la Sacristía

20-julio-2010 · Imprimir este artículo

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Aquellos pellizcos de monja se han convertido en posesiones pornográficas, poluciones nocturnas, curas que salen de la sacristía, ataques indiscriminados a monaguillos y a niñas vírgenes con campanillas.

Ya sé que es malo generalizar, ya sé que una parte de la Iglesia sigue siendo asexuada por convicción (amojamante) y está en su derecho y es de respetar. Pero sorprende que no haya semana en que no leamos que algún miembro de la Iglesia cometa actos contra el sexto mandamiento, con especial repugnancia y alevosía. ¿Qué está pasando entre los faldones del clero?

El mismo Papa parece sentir asco ante semejante espectáculo, y algo de eso ha tenido que decir ya. Toda la industria informativa del escándalo se ha puesto en marcha sin que exista para ello ninguna conjura pagana. Es como si el Decamerón hubiera vuelto a los conventos. Como si el destape hubiera llegado tarde y a lo bestia a la Iglesia. Como si tanta represión hubiera sofisticado el mal en lugar de erradicarlo. Una suerte de morbo ataca a los curas con especial virulencia. Volviendo de Roma en avión pude observar el juego de miradas y parlanchines entre un sacerdote de gimnasio y rayos uva (me confesó su amor por la palestra) y unas malignas azafatas

Que me perdone la Iglesia, pero el espectáculo que está dando se lo tiene merecido por dar lecciones de sexo para niños sin que nadie se lo ordene. Un respeto a la libertad. Esto no tiene que ver nada con el demonio. La represión es el preludio del esperpento. El cilicio precede al sadomaso. Es ley de vida. Querer hacer místicos a todos lo oficinistas (curas) es un error gravísimo. Sublimar no está al alcance de cualquier pajillero de lugar.

Es como cuando el Partido Comunista (que ha sido la otra gran Iglesia en este siglo) pretendió que sus jerarcas vivieran como obreros. Ya sabemos cómo acabó aquello. Cuando uno es humano (demasiado humano) no debe jugar a ser dios, hombre nuevo u otras gilipolleces. Eso es desconocer la naturaleza humana. Y luego pasa lo que pasa.

Hubo un tiempo en que la Iglesia fue refugio de gentes perseguidas; eso explica lo de salir de la sacristía. Lo demás es una vieja historia de morbo y represión. Que se lo digan si no al curita de Iberia y a las azafatas juguetonas.

Detrás del conflicto entre la Iglesia y el Movimiento Gay se esconde una pelea por saber quien se lleva de calle a los mejores monaguillos.

Ilustración: Malagón

Zapatero (antes de ser ZP)

6-junio-2010 · Imprimir este artículo

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(Nota de la redacción: Todavía le quedaba un largo para alcanzar la Moncloa. Paco Obrer nos sorprendió con un retrato que le daba por ganador. Raúl del Pozo, que también “apostó” por ZP, retrató al retratista: Un día estaba yo en la cantina, con el sombrero sobre los huevos y, de pronto, observé un pistolero tan rápido como yo; es decir, uno de los forajidos más rápidos del salvaje oeste literario. Como hubiera dicho Góngora, en los dos giros de una casi invisible pluma, con baile de tambor, hurtó el viento.

Se hacia llamar Paco Obrer… detrás de la máscara se esconde el mejor retratista español del S.XXI. Escribe en Generacion.net. Entonces, cuando el retrato, Zapatero no era “nadie”. Al final de la brazada, recuperamos esta sátira de “ayer”. Satura tuta nostra est

Dicen que no ha hecho otra cosa que servir al pueblo, que perdió su juventud en el Congreso de los Diputados.

Salió de la facultad de Derecho con un pie en el coche oficial y tiene en el armario un Catedrático que le escribe conferencias ¡Si Prieto levantara la cabeza!

De tarde en tarde, como para matar el tedio, Solbes se le posa en el hombro como un loro borracho, acariciándole la oreja con sus tentaciones neoliberales y trilateralinas.

Es fruto joven y viejo del poder constituido. Zapatero, si las cosas no cambian, lleva camino de jubilarse como agente del bien, angelito en paro o presidente de una ONG.

Parece un sucedáneo de político, como lo son todos en estos tiempos; un raro administrador ético, un cura civil más que la estricta gobernanta que pide este pueblo. Zapatero, en la familia socialista, equivale a un Indalecio Prieto de la Nueva Era. Llano, aparentemente moderado, con tendencia a inclinarse como un ciprés misterioso y grave del que salen esos ojos de abubilla estupefacta. Tiene pupilas de astronauta soviético, que dan mucha confianza. Y luego está su sonrisa, esa sonrisa que no tiene el otro, que no tiene el feo. Esa sonrisa de chupar pezones que conquista a las madres. Esa sonrisa que lo llevará al poder.

Zapatero ganará, y lo hará a golpe de errores ajenos y paciencia, de alfombrilla, de cupones de la ONCE de café con leche y churros en la cafetería del Congreso. También ganará por su mayor simpatía y porque sus niveles de concentración de ácido úrico son menores que los de la derecha. Y porque es godo.

Lo que choca en este personaje con carta astral de funcionario es que nos hable de socialismo libertario y venga defendiendo a la sociedad civil. Defendiendo a los que no somos políticos, ni afiliados, ni funcionarios, ni curas, ni militares, ni sindicalistas ni rentistas de ínsula bancaria alguna. Zapatero, a quien no se conoce gesto ni obra ni palabra ni pecado alguno fuera del microcosmos del poder y del salón kity de los representantes del pueblo, ahora resulta que es libertario como Durruti (otro leonés).

Cuando pienso en Zapatero -que para eso me pagan- no acabo de ver la claridad de los cielos de su infancia libertaria, sino a un funcionario que va de bueno, con jubilación garantizada y menú de pescadilla. ¿Quién eres? ¿A quién sirves?

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Ilustración: Malagón

Operación Triunfo

28-mayo-2010 · Imprimir este artículo

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Las gordas vuelan, los feos resplandecen y las porteras lloran. Españeta es una cebolla rosa con el culo amarronado. O. T. es la cosa más hortera que los españoles hemos hecho en siglos, y por eso se exporta a mansalva como si de unas muñecas cagonas, cantarinas y lloronas valencianas se tratara. Hay que remontarse al tardofranquismo, a Manolo Escobar o a Karina, para encontrar algo así. La culpa es de la caridad. La culpa es del mal gusto.

Con la excusa de la competencia, el buen rollo y el sentimiento a flor de piel se montaron un show orwelliano en medio de una tele letal. Esos chicos fueron los monos amaestrados del aznarismo. Por eso nos identificamos con ellos, porque somos un pueblo de desgraciados y sometidos. La jaulita de la tele, la fabriquilla de sueños, nos hace enormemente felices y consumistas. De la tele al curro, y del curro a la tele. Y de ahí al tanatorio.

En Españeta importa más la vida del prójimo que la propia. Esa coña de la honra, ese fantasma de la fama, son cosas de un pueblo de natural tonsura y desgracia secular que es envenenado por la TV a diario.

Los españoles entramos en la Era de Acuario de la mano de la ortopedia: cualquier pecho es sustituible, cualquier abutarda es fina paloma, cualquier telonero es artista con ayuda de los efectos. Esta es la patria de Perales y José Luis Cobos.

O. T. es el triunfo sonoro y rotundo de la mesocracia tocha de la raza, de la democracia medieval y del hijo del vecino. O. T. somos todos y por eso nos gusta hasta potar, a los muy fijodalgos, pueblo de musiquetas y tambores del Almanzor con azafatas en pelotas.

La clave del triunfo de aquella Operación Trepanadora hay que hallarla en siglos de caridad nacional. Sólo desde un alma deformada por el mal gusto podemos creernos algo de lo que ha salido de allí.

Eurovisión, ese museo de cera que quieren rehabilitar, es una escuela de limítrofes que hay que suprimir. Los etarras matan por poder ir un día a Eurovisión con la ikurriña en el taparrabos, que es el sueño de todo pueblo feo al que no hacen caso. Por esa Eurovisión pasea la peste y la baba de Europa envenenando a los niños turcos, que son los únicos que todavía confían en ella. El sentimentalismo es peor que la cicuta.

Donald Rumsfeld (o el malo de la película)

22-febrero-2010 · Imprimir este artículo

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Es el Tío Sam embuchado, el demonio vestido de Cortefiel, el malo de la película, el funcionario asesino. Si todos somos responsables de nuestra cara después de los cuarenta años, Donald Rumsfeld merece que alguien lo siga vigilando. A Donald se le ha puesto cara de lo que es. Y además se ríe de la desgracia ajena, sin cirugía estética ni careta que valga. Es un escarabajo de mil patas que se nos escapa de la tele como muy contento de haberse conocido. Es la cara (y el recto) de esa cosa espesa que llaman Razón de Estado…Razón de Estado con pretensiones de Estado Mundial.

Cuando este animal habla de necesidades de la guerra nos está diciendo que hay que dilatar esfínteres con los embudos del odio, usar las sogas y electrocutar los genitales en esa Disneylandia del terror que ahora se asoma por aquellas tierras.

Los americanos han infantilizado el mundo y con sus guerras tenemos la impresión de que cualquier mercenario puede venir un día a follar con nuestras madres o a dar por saco a nuestros abuelos mientras saca la Polaroid y hace unas fotos para enseñarlas en su pueblo.

Hace veinte años Rumsfeld hacía negocios con el propio Sadam Husein. Entonces se trataba de achicharrar iraníes con todo tipo de armas químicas. Todavía el perro Sadam era perro fiel. Ya por entonces, Donalito puso su granito de arena en la matanza de disidentes iraquíes por parte del partido Baaz. Comenzaba su carrera asociado a los servicios secretos, vendedores de armas y poderes ocultos. Sólo un idiota puede negar la existencia de los intereses creados que se ocultan detrás de cada guerra.

Rumsfeld ha cultivado la descomposición, la mentira y la hipocresía dentro de su alma, por lo cual dudo que llegue de ninguna manera al apocatástasis o al perdón, que viene a ser lo mismo, como dice el cura de mi pueblo.

Bin Laden, al lado de Rumsfeld, parece una buena persona, aunque evidentemente no lo sea. Lo que pasa es que Rumsfeld lleva a lavar el coche todas las semanas y paga su fondo de pensiones puntualmente y eso le convierte en ciudadano del Imperio.

Garzón

2-febrero-2010 · Imprimir este artículo

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El hámster jurídico Garzón roe sus legajos en la jaulita de la Audiencia Nacional. Entre legajo y jibia de calamar, el roedor se saca unas fotos para la eternidad con el buche lleno de ética y fama.

No hay pirata, ruín, terrorista o mafioso que duerma seguro desde que Baltasar está en la Audiencia. Tiemblan los delincuentes y los hombres poderosos. No hay mes sin sumario, sin decisión o auto polémico, sin instrucción accidentada que explote ante la opinión pública.

La fama se ha apoderado de él sin quererlo. Le ha atrapado el corazón como si de un personaje de Tragedia se tratara. Baltasar es un caso: el juez más universal del mundo, al que puede volver loco la gloria. Desgraciadamente Baltasar tiene al gañán de Josu Ternera para recordarle (en euskera) que es mortal.

Baltasar ha sufrido la política, a la que entró seducido por Bono (amor a primera vista) para salvar un régimen en descomposición y premiarnos (de carambola) con tres años más de lo mismo. De allí salió escaldado por las cosas del poder, para volver –como super ratón- a volar con la toga, más juez que nunca. Estela del firmamento, Baltasar salió fortalecido por las banderillas en sus ímpetus justicieros.

No se explican muchos ciudadanos por qué le tocan a Baltasar asuntos tan relevantes o cómo él los convierte en tan importantes. La razón profunda de esto la hallamos en lo más hondo de su mirada: La mirada de Garzón es como la de un percherón en el momento del acoplamiento. Con esa impronta se enzarza donde haga falta, con una pasión ciega, casi reproductora (instintiva), hacia lo que él considera lo justo: múúúúúú.

Muchos querrían ver al super juez simplemente eliminado, colgado como un recental de un gancho. Sus enemigos coinciden muchas veces con los del pueblo, pues en otra vida Baltasar fue tribuno y no se acuerda.

Es posible que algún sumario deje mucho que desear, que el geniecillo de la opinión pública se apodere a veces de sus decisiones convulsivas de manera garrafal, pero Baltasar cree firmemente en lo que hace.

Su pasión es la que lo hace el Juez más cabezón del mundo, con demasiada hormona a mi gusto. Baltasar se comporta como el gran pitecántropo erecto del derecho natural, que como decían en la facultad, si bien no existe, algo hay…

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Ilustración: Malagón

Gran Hermano

24-diciembre-2009 · Imprimir este artículo

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Gran Hermano es la portera mediática que echaba de menos el pueblo.

Hay antecedentes. En otros tiempos, existía aquella historieta de tebeo del genial Ibañez llamada 13 Rue del percebe, que era como el gran hermano pero con bata y garbanzos, pensión decente, porteros del Movimiento y serenos.

Los porteros han sido siempre policías en alpargatas, agentes del orden desde tiempos de Maura.

Este Gran Hermano televisivo no es otra cosa que un gran policía invisible. Lo que pasa es que el policía es siempre uno mismo y al pueblo le gusta ser policía de sí mismo. Toynbee aclaró que las sociedades occidentales se sostienen porque la gente normal quiere ser como sus modelos sociales o clase dirigente, haciendo girar, inconscientemente, la rueda del progreso. Ello explica el éxito de la revista Hola, y así sigue funcionando parte de la prensa del pirulí y el cunilingus. Lo de Gran Hermano es ya otra historia. Aquí lo que queremos es meter las narices en el retrete del vecino. Otra cosa es el plan invisible, el protocolo certero de estabular a la humanidad y someterla a los dictados autónomos de la Técnica. Heiddeger tenía razón ¿No será este programa una prueba de esclavitud a la que nos someten los extraterrestres?

Quien no vea esta fuerza invisible y titánica de la técnica no entenderá nada de todo lo que pasa. Eso aparte del morbo que produce socializar las fisiologías, el retorno a la comuna con wc incorporado.

Los criterios de selección para esta granja televisiva son los mismos que para la nueva humanidad: progresismo, slips unisex, banalidad, esterilidad, simulacro de libertad, pseudosocialismo antiheróico, prozac y condón: no se trata de dar ejemplo, ni siquiera de dar españolísima envidia, se trata de representar, sin saberlo, una suerte de españoles de terrario y de regadío, que es lo que queda de España después de la caída de libido noventayochista.

Cuentan que el general Cabrera, al bajar de los montes, gritaba: ¡a por ellos, que son de regadío! Pues eso.

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