Centroeuropa

3-diciembre-2010 · Imprimir este artículo

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(Finalista del 1er premio Addison de Witt, :p)

[1]

Huele a jueves.

Dos trazos de sombra pasean

por el camino de ronda,              más allá de la muralla.

-        Hace frío.

Unos operarios cuelgan

guirnaldas de los merlones y parecen

yedras y golondrinas.

-        Nadie ha venido a buscarme

y hace frío y nadie ha venido a abrazarme

Un hombre y una mujer se aman. Y hacen

el amor,               en camas separadas,     a varios km de distancia.

Al día siguiente (autobuses, taxis) media Europa

se derrama.

[2]

-        Dame la mano.

Hace frío. Los árboles

crepitan bajo el asfalto.

-        Dame la mano, por favor.

[3]

Antes de entrar en el desierto

los soldados bebieron largamente         el agua de la cisterna.

Él y ella decidieron fingir un último encuentro:

ni las luces de navidad disimulan los túmulos,

ni los cuerpos aspiran a fertilizar el desierto.

Y no,

nadie tiene el valor de darle sentido…

Cosas del Norte

20-noviembre-2010 · Imprimir este artículo

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Una poetisa mete en un sobre marrón tres ejemplares, mecanografiados a doble espacio y debidamente encuadernados, y manda el sobre a una ciudad del norte (o Burgos o León o Bilbao). Y luego hace vida normal: compra el pan, tiende los tangas en el tendedero, se lía un cigarrillo y se pone a leer “Lo real” de Gopegui (pero en seguida se cansa). Luego, antes de ir a clase, hace la comida: tortilla con queso y cola ligth.

Va a clase y se dedica a hacer un “yo-que-sé-que” con el pelo sobre el que otros muchos –Petrarca, Neruda, Jose Antonio, el bioquímico, que fue un novio suyo de la secundaria– han escrito. La vida sigue en una sucesión de patatas fritas, san jacobos y bebidas ligth. Y batidos de nata y sirope de chocolate. Y fuma, fuma mucho: aunque al menos, es tabaco de liar y claro, entiéndalo, la pereza salva los pulmones – y lo que es más importante – el bolsillo: porque estar sin pulmones es malo, pero si tienes dinero te compras un par de ellos en China y santas pascuas.

A lo que iba: que la vida sigue.

Unas semanas más tarde un número raro le llama al móvil. De una ciudad del norte (o Burgos o León o Bilbao; aunque tomaremos León a efectos de economía narrativa. Que uno se cansa de copiar y pegar siempre lo mismo) una voz del norte le dice que ha ganado el concurso. Y ella, claro, salta de alegría, volcando las hebras de tabaco por el aire y casi (pero sólo casi) derramando el té (agua caliente, hirviendo, y sin azúcar) por todo el piso.

Hace la maleta que con el premio piensa cambiar por una samsonite color pistacho con ruedas y tira hacia León.

En León un frío del carajo. No porque meteorológicamente hiciera frío aquel día en León, sino, más bien, para enfatizar recurso retórico mediante la idea de que era una ciudad del norte (como Burgos o Bilbao). La poetisa no llevaba ropa de abrigo: la emoción del momento le hizo olvidar que en el norte del País podía hacer un frío como aquel (de un nítido y afilado color violeta).

Unas horas después habla por teléfono con la organización del concurso. Se le corta el cuerpo cuando se entera de que tiene que leerlo en público. Esa noche no duerme, no puede; le entra una fiebre rara y febril la mirada ve monstruos por todas las esquinas. Sinceramente, no sabe que hacer; desde pequeña, desde que no levantaba un palmo y medio del suelo, el público le parecía una masa informe y terrorífica: el monstruo de los mil dientes del desierto de Tatooine, una cosa verde y con pelos, Jack Nicholson en El Resplandor. Y no, no podía, no, no podía leer delante de él.

Pero no podía no leer: era el sueño de su vida. Desde que de pequeña, desde que no levantaba tres cuartos de un palmo del suelo, había decidido ser escritora. Y ese premio era la puerta: no leer, no ganarlo era, por decirlo en palabras llanas sin recurrir a los románticos, una cagada.

Pensó, pensó y pensó: y llegó a la conclusión de que pensar estaba sobrevalorado: que no servía para una puta mierda. Unos veinte minutos antes del acto de entrega, llamó a la organización imitando como mejor podía (y, en justicia, podía muy bien) una afonía del carajo – el frío del norte ya saben.

El señor Chinarro, organizador del evento, estaba cabreado. Se había comprometido con el director del periódico local(el Norte o el Correo o el Heraldo, vete a ver) a que su periódico tendría una entrevista en exclusiva con la autora: y la muy hija de puta se había puesto enferma.

Pensó, pensó y pensó: aunque, claro, como el señor Chinarro estaba acostumbrado a pensar, rápido, encontró una solución: se fue a su casa.

Minutos antes del acto, el señor Chinarro llamó a su secretaria: no podría acudir al evento pues tenía una afonía del carajo y tal.

Segundos antes del acto, la poetisa apareció rubísima en el lugar del acto. Leyó los poemas y se sentó con el redactor jefe de la sección de cultura del periódico local para charlar un rato (a modo de entrevista, eso sí). Desde el primer momento se gustaron locamente. Una cosa llevó a la otra y, horas más tarde, en un pub de la zona, la poetisa se ausenta (un segundo, aclara) al baño. El redactor espera un poco pero escasos 10 segundos después va él también al baño. Al entrar, ve en el lavabo una peluca rubia y en el urinario, de pie, reconoce al señor Chinarro con un vestido, eso sí, despampanante. Furioso grita muchas cosas, tantas y tan inapropiadas que el buen gusto sólo nos permite transcribir lo que sigue:

-        ¿Lleva toda la tarde haciéndose pasar por la poetisa?

El señor Chinarro, todavía meando largamente, levanta los hombros y dice:

-        Nadie es perfecto.

Café Palahniuk

5-noviembre-2010 · Imprimir este artículo

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[1]
- ¿Qué tal va la noche?
- Es un capuchino y un muffin de chocolate, ¿no?
- Sí, una magdalena.
- Puff… No sé, macho; dos, cincuenta; me apetece muchísimo desahogarme un rato, ya sabes.
- Hmmm… ten; y ¿Qué? ¿No va a haber suerte?
- No creo, faltan tres cuartos de hora para cerrar y nada; nadie contesta a mi S.O.S. ¿Tú no estarás libre, no?
- Nop, noche de mus.
- Va, preferir el mus… estoy por entrarle a alguien de aquí.
- Pues aquel de la esquina no está mal.
- ¿Verdad? Además tiene la nariz y las manos grandes…
- Buen calibre, aunque no sé: parece algo misterioso, no sé…
- Va, chaval, a mi me gusta el peligro.
- Bueno, preciosidad, entonces nada: que te desahogues mucho y bien.
- Hasta mañana, Fran.

(Ella le guiña un ojo)

[2]
- ¿Qué? ¿Cómo fue la noche?
- Fatal ¿Te pongo lo de siempre? Le insinué al chaval de la esquina lo del…
- ¿Desahogo?
- Justo. Además fueron esas palabras.
- ¿Y qué? ¿Nos engañó la nariz?
- No sé. Se me.. Ten el capuchino… se me puso a llorar aquí mismo.
- No jodas…
- Justo. No jodas…

(Él se aleja riendo. Ella maldice la riqueza del lenguaje y la pobreza de lenguas)

Quaestiones quodlibetales alrededor de esa cosa llamada cumpleaños

12-octubre-2010 · Imprimir este artículo

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Happy Birthday to you

- Mr. P. W. Orem & Mrs. R.R. Forman

A esas alturas del año (y de la vida) Alicia seguía siendo una mujer bastante hermosa de enormes ojos con bajísimas cantidades de melanina; mantenía un pelo largo y lacio y rubio recogido con una cinta negra. E incluso seguía usando a diario un vestido color azul cielo, un delantal y zapatos de punta redonda. Sin embargo, a esas alturas del año (y de la vida) mientras entraba en la consulta de su psicoterapeuta, Alicia estaba morena oscura casi negra.

-        El verano… – dijo Alicia mientras cruzaba el umbral de la puerta.

-        Hmmmm… – respondió el psicoterapeuta.

Alicia había comenzado a ir al psicólogo unos meses antes para tratar de superar su fobia a los sombreros, al arroz con conejo y a los dodos disecados del Natural History Museum.  Un viejo amigo le había recomendado a Giancarlo Ammaniti por la rapidez y efectividad de su terapia. El ‘doctor’ Ammaniti, que se había graduado en Ingeniería Industrial por la ‘Università degli Studi di Siena’ y había cursado un máster llamado ‘Análisis psicoanalítico aplicado al diseño industrial’ en la Freie Universität Berlin, era un discípulo confeso del teólogo danés Nicolai T. Sennels, descrito por Carpintero en su ‘Historia de los estudios psicológicos’ como un Freud mudo, malhumorado e implosivo.

Una vez Alicia se acostumbró a la luz de la consulta, vio que ésta estaba llena de cadenetas de colores y que había refrescos y tarta encima del diván que a modo de cliché antediluviano copaba gran parte de la estancia. El doctor se había colocado un sombrero enorme comprado seguramente en una tienda oficial de Agatha Ruiz de la Prada. En ese momento, la puerta se cerró tras Alicia.

Ammaniti había preparado todo: había una liebre (loca como si fuera Mayo) y un lirón y té a raudales. Había recreado hasta el último detalle siguiendo concienzudamente los apuntes de las innumerables veces que había Alicia verbalizado en voz alta aquella tarde de no cumpleaños: cuando esos engendros con sus manos flácidas le abrieron las piernas y la percutieron hasta casi romperle las entrañas.

Aquello era una obra maestra del sennelismo psicológico, un estudio de caso digno del Nobel de medicina: Se había repetido Ammaniti mientras preparaba todo. Mientras imaginaba una y mil veces como Alicia chillaría y lloraría y golpearía todo lo que tuviera cerca. Y, además, se curaría: porque tal y como explicaba Nicolai T. Sennels en su libro clásico ‘Jesus døde på korset, og at der indbragte ham en perfekt mental sundhed i efterlivet’ (en castellano: ‘Jesús murió en la cruz y eso le reportó una perfecta salud mental en la otra vida’), lo que nos lleva a la enfermedad es la evitación: afrontar las cosas es la clave de la salud psicológica. Así que Alicia pondría una cara de terror profundo, oscuro y salvaje.

Pero para su sorpresa (y la del lirón y la liebre), Alicia pasó al centro cogió un vaso y se sirvió un trozo de tarta.

-        Pero… – Musitó el doctor Ammaniti.

-        Upss… Doctor, lo siento. Creí que lo sabía. Es que hoy es mi cumpleaños.

Bolsas del mercado

[a]

Las siete menos cuarto de la mañana. Parpadeo. Las siete (y creo que sobre esto existe cierto consenso) es la hora más cruel; por eso, nunca pongo el despertador a esa hora, antes o después pero nunca a las siete en punto. Parpadeo.

Me duché y, desnudo aún, tomé café frío y un trozo de pan untado en mermelada de ciruela. Encendí el portátil para comprobar que la bandeja de entrada del email estaba ya a rebosar: aunque, a primera vista, no había nada importante. ‘Móvil, cartera, ipod, llaves…’ repasé mentalmente antes de salir.

En el segundo, la nueva vecina (se había mudado, creo, aprovechando el fin de semana) trataba de entrar en su piso cargada con un montón de bolsas de papel a la americana de las que últimamente daban en el mercado general. Tenía el pelo rubio y dulce (como de cabello de ángel) y los ojos raros azul muy oscuro (pantone 425). Recuerdo que estaba preciosa pero recuerdo más aún lo raro que me resultó verla como si recién hubiera hecho la compra ¿Quién va de compras al mercado a las seis de la mañana? Es más, me pregunté aún medio dormido, ¿Está abierto el mercado a las seis de la mañana?

-        ¿Te ayudo?

-        Pues mira, gracias. A ver si puedes encontrar las llaves, las debo de tener en el bolsillo. – Y movió la cadera hacia mí. He de confesar que me pareció extraño que alguien a quien no conocía de nada me pidiera que le metiera la mano en el bolsillo del pantalón pero en seguida cambió de opinión. – O mejor, ten las bolsas.

Y me dio las tres bolsas. Abrió la puerta y me cogió una, dándome a entender que la siguiera. Su casa, post-mudanza, parecía un hospital robado. Dejamos las bolsas en la cocina, me dio un beso en la mejilla y me acompañó a la puerta.

-        Muchas gracias

-        Nada, por cierto, Cinto Gimeno el vecino del 3ºB.

-        Carla Donluis. – Me guiñó un ojo.

Paré en un Starbucks y puse rumbo al departamento. Aquella noche, antes de dormir, me agregó a facebook. Había estudiado biología en Valencia y después había estado yendo y viniendo por el país ocupada con trabajos temporales. Le gustaba escuchar a Marlango en la ducha y era rubia natural. “Rubia y bióloga como la Obregón” se me ocurrió decir y si las miradas mataran (y las webcams catalizaran sus rayos mortales) me hubiera visto reducido a cenizas en ese mismo momento.

Al día siguiente no la vi en el descansillo pero charlamos por internet.

Yo: No, en verdad… no te pareces casi en nada a Ana Obregón.

Carla: Jajajaj, ¿Mala conciencia? Mira que no te guardo rencor.

Yo: No, que va. Es que acaba de salir en la tele… Es para que lo sepas, vamos. A mí me comparan con Florentino Fernández y no acabo de verme: siempre me he visto más parecido a George Clooney.

Carla: Jajajaj, a mi me das un aire… si eso te sirve.

Así se sucedieron los días, muchas mañanas nos encontrábamos y la ayudaba con las bolsas y estaba siempre preciosa. Otras no y, he de reconocerlo, la buscaba en internet con cierta ansiedad para hablar con ella.

No pasaron muchas mañanas, aunque sí muchas bolsas, hasta que decidí invitarla a tomar algo: un café, un pitillo (aunque yo no fumara), una copa o un amanecer, lo que quisiera. Luego, tardé varios días en proponérselo. Pero, al final, nos anocheció una tarde con dos copas de vino y un paquete de trufas de chocolate.

-        Lo que no acabo de entender y llevo dándole vueltas un tiempo es por uqé vas tan temprano al mercado. – sonrió.

-        Normalmente cuando me preguntan esto les digo que me gusta el olor a cilantro fresco y a pescado azul y a carne roja, y sólo cuando es muy temprano se puede oler bien. Siempre digo eso, siempre, pero es mentira. – Puse la cara de sudoku que tantas veces había ensayado de monitor en campamentos de verano.

-        ¿Mentira?

-        Sí, la mayoría de las veces es más fácil mentir.

-        ¿Y ahora por qué no?

-        No sé, me das confianza.

-        ¿Y, entonces, por qué vas al mercado tan temprano?

-        Porque estoy enamorada. – “Toma confianza”, pensé mientras trataba de contener la cara de gilipollas que todos los músculos de mi cabeza habían comenzado a poner. – Uno de los primeros trabajos que tuve aquí en Valparaíso fue en un restaurante italiano y, claro, todas las mañanas me tocaba ir con el ‘responsable de compras’ al mercado general. Allí la conocí – ¿’La’ conoció? –, no pongas esa cara, no soy lesbiana ni nada de eso.

-        Que tampoco pasaría nada.

-        Bueno… – me rozó la mano con dos de sus uñas mientras arqueaba los labios, traviesa.

-        …

-        El caso es que Cristina, tardé un montón en saber cómo se llamaba porque me daba (y hasta me sigue dando) vergüenza iniciar una conversación con ella, trabaja a media jornada en la quesería que hay al lado una pequeña frutería especializada en frutas rojas silvestres, ¿sabes dónde digo? Por eso empecé a ir tan temprano, porque si no iba a primera hora, antes de entrar a trabajar, luego en la tarde es imposible encontrarse. ¿Por qué te sonríes?

-        No, por nada. Me parece tan raro que una mujer tan guapa como tú este enamorada en secreto de una quesera a media jornada y que para verla vaya a las 6 al mercado todas las mañanas. Es tan de argumento de novela pulp para adolescentes.

-        ¿Qué problema tienes? – me dijo y frunció el ceño.

-        No, no, no me malinterpretes. Piénsalo así, sin detalles: tienes que reconocer que es un argumento de folletín romántico y lo último que quiero es un relato romanticón, paso de alcanzar la fama con un ‘Crepúsculo’ y tener que aguantar a un montón de niñatas locas. Y, además, como dijo Hank Moody “El mundo no necesita más libros sobre vampiros”.

Ella había cambiado la cara de ofendida por una de ‘¿¡Qué carajo estás diciendo?!’ y, acto seguido, se puso a reír a cántaros. Me contó que en algún momento Cristina le había llevado a planearse seriamente su sexualidad pero que siempre habían sido comidas de olla en tardes de lluvia. Me habló también de su pueblo cuando nos sirvieron dos copas de un blanco de Rueda que se bebía como el agua y yo le conté que había estado viviendo unos años en la capital pero había vuelto a Valparaíso porque en Madrid hacía más frío (frío de noches solas, de caras y camas anónimas, de ‘ego solus ipse’) que en el resto de España aún sumando cada una de las mínimas del invierno más frío de la Historia.

Bebimos mucho más vino y camino a casa ella insistía en pararse en cada estatua de Calvo-Sotelo y pedirme que le echara fotos. Estaba tan bonita. Yo le decía lo mismo en cada estatua: “Amor, no tenemos cámara”.

E hicimos el amor y, casi en seguida, ella se quedó dormida con su pelo ensortijado sobre el pecho y la respiración entrecortada.

Y llegamos a la noche de marras. Aquella noche yo estaba preparando un paquete de fideos asiáticos (iba a decir chinos pero en realidad no recuerdo de que país eran); era tarde y como el dicho de ‘vísteme despacio que tengo prisa’ siempre me ha parecido una chorrada (si tengo prisa, yo al menos, me visto deprisa) pues, esto, iba rápido. Llamaron a la puerta.

-        ¿Don Jacinto Gimeno Cuenca?

-        Sí, soy yo.

-        Muy buenas noches, perdone que le molestemos tan tarde. Soy Francisco Laurel, subinspector del Cuerpo Nacional de Policía y mi compañero el agente Álvarez. Va a tener que acompañarnos a la comisaría.

-        ¿Yo? Pero ¿Qué ha pasado? ¿Qué he hecho?

-        Lo ideal sería tratarlo en comisaría pero es un asunto vinculado con una de sus vecinas.

El resto ya lo saben, estoy aquí.

[b]

-        Entonces… – justo aquí, el subinspector habría dado una larga calada para imprimir tensión a la pregunta que estaba a punto de hacer pero la puta ley antitabaco prohibía fumar en lugares públicos. – ¿De verdad quiere hacernos creer que aunque mantenía una relación con la sospechosa y hemos encontrado sus huellas en la mayoría de las bolsas de material, no tenía ni idea de nada?

Cinto pensó bastante su respuesta: estaba seguro de que pensaban que o era el peor mentiroso del país o el tío más tonto de todo Valparaíso.

-        Sabés que estás siguiendo la peor estrategia de todas, ¿ah? – Era la primera vez que el agente Álvarez abría la boca y el acento argentino (o uruguayo, tanto da) le desequilibró. – Si vos no sabés nada de la chiquita esa, lógicamente no podés llegar a un trato. Pero si la vecinita esa te acusa, sabés que andás jodido.

-        Claro, chaval. Ten en cuenta que ella te va a vender, a eso se dedica. Lo tiene fácil. Y cuando te cargue el muerto, estará todo hecho. Esta es una jugada muy habitual, la historia de la chica guapa que lía a un chaval para usarlo de cabeza de turco, ya me entiendes, es tan vieja como yo o más. – Es cierto, hasta ese momento no se había dado cuenta de lo mayor que era (o parecía) el subinspector Laurel – Despierta que no es que te quede mucho tiempo.

-        Sé perfectamente lo que tratan de hacer, se llama el dilema del prisionero: soy becario del departamento de lógica en la Universidad y sé cómo funciona y de verdad les digo que si supiera algo se lo hubiera dicho ya. Estoy acojonado. Pero es que, de verdad, no tengo ni idea ni de drogas ni de nada. De verdad, se lo juro. Nos cruzábamos en el descansillo y la ayudaba con las bolsas. Punto. ¿Qué nos acostamos? Sí, una vez y todavía ni me lo creo. Pero eso no tiene nada que ver, de verdad, créanme, por favor. ¿Cómo quieren que les diga cosas que no sé? ¿Qué quieren, qué me lo invente?

-        Pará, tranquilizáte, que parecés Usain Bolt. Respirá. ¿Querés agua?

-        No

-        Mejor. No tenemos.

[c]

Cuando Cinto salió acababan de dar las siete de la mañana: la ciudad empezaba a desentumecerse: había lagañas en las esquinas y bostezos en los semáforos. Las siete de la mañana.

Caminó hacia casa. Cuando llegara tendría que ducharse e ir a la facultad y aún así llegaría muy tarde. Por eso paró en la estación de autobuses y, en la cafetería, pidió un café con leche.

Bebía el café a pequeños sorbos y miraba a los viajeros. Conforme pasaban los minutos recordaba cada vez con más nitidez cómo aquella noche, en su cama con su pelo ensortijado sobre el pecho y la respiración entrecortada, hablaron hasta el amanecer y ella le confesó todo: cómo empezó en un viaje de fin de carrera a México, cómo lo terminó borracha de tequila y limón y sal y vete tú a saber que cosas en brazos de un familiar michoacano, cómo pasaban la droga en el queso Chihuahua y cómo Cristina, natural de Ciudad Juárez, se lo iba entregando cada día en una bolsa de papel sin mediar más palabra. Lo recordaba casi perfectamente: el tono de su voz, el color nacarado de sus ojos, el sabor de su piel aún en su boca.

Y tendría que recordarlo mejor si no, en el juicio, nunca la condenarían.

Espíritus

Con respecto a los espíritus, existen muchos puntos de vista opuestos acerca de dónde se encuentran, cuál es su estado en el cuerpo, su consistencia y sobre si están separados y son distintos de la sangre y de las partes sólidas, o bien están mezclados con ellas. En consecuencia no es sorprendente que estos espíritus, cuya naturaleza ha sido puesta en duda, sirvan como un común subterfugio de la ignorancia. Dado que los estudiosos superficiales, no conociendo qué causas asignar a un suceso, dicen rápidamente que los responsables son espíritus y los presentan como factota generales. Y, como los malos poetas, los llaman Deus ex machina en el intento de escenificar su trama y su catástrofe.

- William Harvey, On the circulation of blood (1649)

Un camarero fregaba los vasos, las tazas, las cucharillas y los platos del desayuno. Lo normal es que esa tarea la hiciera, él solito, el lavaplatos. Pero se había roto, nada grave, no se preocupen, sólo, dijo el técnico, un ligero constipado.

Excepto por eso, el bar que nos ocupa es un bar normal en un barrio normal. Y eso a pesar de su dueño, un chaval joven que recién heredarlo de su tío había tratado de buscar nuevos nichos de mercado y organizar actividades de todo tipo: desde lecturas poéticas o monólogos hasta reuniones de una peña de forofos del curling. Pero nada de nada; allí en la barra sólo estaban los parroquianos de siempre: que sumaban, más o menos, dos. Uno, el Sebas, que era vendedor de cupones de la ONCE, estaba pagando un café con leche y media tostada de tomate antes de irse al kiosko de lotería. El otro en cambio, Don Manuel, antiguo taquígrafo comunista ya jubilado, tomaba un Sol y Sombra con cara contenida de cabreo.

Minutos después entró Antonio, que además de capataz forestal en paro era sobrino político de don Manuel por parte de madre.

-           ¿Qué tal anda? ¿Y la tía?

-           La tía bien. Allí la he dejado, bordando.

-           ¿Y usted? ¿Le pasa algo?

-           ¿A mí?: El capital.

-           ¿El capital? ¿Qué le ha hecho el capital?

-           ¿Te parece poco? Cuatro millones de parados, recortes en las pensiones… El soplapollas del Presidente es un ‘papafrita’ que sólo sabe bailar al son del Deutsche Bank. ¿Sabes que te digo? Una mierda para él y para los que le votaron.

-           Ponme un vermutito, maestro. – dijo Antonio al camarero.

-           La banca, los grandes capitales, el Club Bilderberg ese que sale ahora en la televisión: entre todos me tienen negro. Las pérdidas se socializan y las ganancias se las llevan a Suiza… Fíjate que sólo Europa está en crisis: China, por ejemplo, crece y crece y crece sin parar. ¿Por qué? – Antonio ya no escuchaba absorto en la lectura de la sección de opinión del periódico deportivo. – Pues porque aquí tenemos derechos sociales y quieren cargárselos. Puto capital. – y siguió mascullando en arameo antiguo sobre cuando el PCE era el PCE y los sindicatos aún no se habían vendido como meretrices tailandesas.

-           No si lleva razón, toda la del mundo. Si esta crisis no es del capital que baje Dios y lo vea. – Dijo Antonio mientras pensaba que para qué habría preguntado.

-           Perdonen que les moleste, ¿Me pasan el aceitero? – De la nada más absoluta, y coincidiendo con una leve iluminación extra del local, Jesús, el nazareno para más señas, les pedía los utensilios de aliño.

-           ¡Dios Santo! Si usted es Jesús.

-           Sí, veo que me han reconocido.

-           Pero, quiero decir ¿Qué hace aquí?

-           ¿Yo? Desayunando.

En seguida Jesús les explicó que estaba allí de vacaciones. Había épocas buenas y épocas malas para irse de vacaciones. Por ejemplo, por la Edad Media no podía ni pasarse porque cada vez que se asomaba por allí se liaba una que ni en Woodstock. En ese sentido, los primeros años del siglo XXI eran ideales, la explosión social del frikismo lo hacía casi irreconocible. Hablaron también el tiempo y de la crema que había usado para cicatrizarse los estigmas, que por cierto estaban muy bien cicatrizados.

-           Aprovechando que está aquí, ¿Qué piensa de la crisis?

-           ¿La crisis? Yo siempre digo lo mismo: A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.

-           ¿Y lo que queda? – preguntó el joven.

-           ¿Lo que queda? Mételo en un plan de pensiones y reza, hijo mío, reza.

-           Jesusito, vamos, anda, deja ya de evangelizar que se nos hace tarde. – Tocándole el hombro vieron, con los ojos como platos, la gordinflona cara yidish de Karl Marx.

-           Vale, Charlie, vamos.

-           ¡Señor Marx! Encantado de conocerle – dijo el anciano con el equivalente senil a lágrimas en los ojos. – Pero, disculpe mi sorpresa, ¿Cómo es que va usted con Jesucristo? Entiéndame, y siempre desde el respeto más absoluto, pero ¿No era el opio del pueblo?

-           Por eso… – respondió Jesucristo a carcajadas – es que soy su camello.

-           No le haga caso, don Manuel. Lo que pasa es que venía una excursión de niños al cielo. Yo me encargo de tener entretenido a Jesús y Engels, a Michael Jackson. Ya sabe lo de “dejad que los niños se acerquen a mi”.

-           Juas, juas. De verdad, Carlos, me parto contigo. No sé cuál es el mejor, ésta o la del fin del capitalismo.

-           Anda, vamos. Mucho gusto, don Manuel; Antonio.

-           Que pasen buenos días.

Y esto diciendo, Marx y Jesucristo salieron del bar ante la atónita mirada de Manuel, Antonio y, bueno, sólo de ellos. Y justo en ese momento echó a andar el lavaplatos y el anciano dio un coscorrón a su sobrino.

-           “Que baje Dios y lo vea”, “que baje Dios y lo vea”. Si es que ya lo dice Juanillo el del Kiosko: ten cuidado con lo que pides que te lo venderán a fascículos. – don Manuel apuró el Sol y Sombra.

En otro lugar de la ciudad, apoyados en una marquesina, los dos personajes históricos esperaban al autobús.

-           Jesús

-           Dime, Charlie

-           Para ser una fiesta de disfraces ¿No estábamos muy pocos?

-           Y tanto, estábamos tu y yo solos.

-           Ya ves.

Nombres y apellidos

¿Te preguntas, viajero, por qué hemos muerto jóvenes,

y por qué hemos matado tan estúpidamente?

Nuestros padres mintieron: eso es todo.

Juaristi [1987]

-        […]

-        ¿Oiga? ¿Sigue ahí?

-        Sí. Verá, no lo sabemos.

-        ¿Qué no saben si murió? Entonces no se puede poner esquela.

-        No sí, es que… No es que no sepamos si falleció o no, es que no sabemos cuando murió, ni donde, ni nada.

-        Vamos a ver, debe usted entender que tenemos una política muy estricta con este asunto. No podemos publicar esquelas de personas vivas y si ni ustedes lo tienen claro…

-        No. Como le decía, sí que murió. De no ser así tendría, no sé, unos 120 años. Pero no sabemos nada más: sólo su nombre y su fecha de nacimiento.

-        Me va a tener que explicar esto con un poco más detalle.

-        Si quiere puedo pasar por la redacción con la documentación Siguen en la calle Imprenta ¿No es cierto?

Laura Stirling-López era un muchacha joven de caballo oscuro que vestía un traje demasiado sobrio como pretendiendo disimular una belleza demasiado llamativa. Por lo que le contó a Jaime, pasó su infancia en Ponferrada y estudió enfermería en León. Tras acabar la carrera y al cabo de seis meses de paro, su abuela enfermó y decidió bajar a la Ciudad a cuidarla. De aquello hacía ya dos años. Hacía unas semanas que había muerto pero durante las largas noches de demencia e insomnio, en lo que parecían leves periodos de lucidez su abuela hablaba de su padre, repetía una y otra vez que no fue enterrado, que ni una lápida fue encargada con su nombre y apellidos, que ni una esquela fue impresa.

Su bisabuelo, Juan López, miembro del Radical-Socialista de Domingo fue asesinado en plena guerra civil y nunca se supo nada de su paradero. Por eso estaba allí, para honrar, aún simbólicamente, la memoria del padre de su abuela.

La historia, Jaime se dio cuenta en seguida, era redonda: un relato humano en pleno debate sobre la memoria histórica con una estructura interna casi novelística y, como guinda, una cara guapa como protagonista. Sería absurdo negar que para Jaime Victoria aquello no era sólo una historia para un artículo, sino su oportunidad de salir por piernas de aquella Siberia que era la sección de necrológicas de un periódico segundón en una ciudad gris de provincias. En una profesión plagada de cínicos, Kapuscinki incluido, el periodista Victoria se había reivindicado como casi platónico (con sus verdades transcendentales ocultas entre tanta basura empírica y todo) y, tras años de irrelevancia, estaba convencido de que era su momento.

Compuso la crónica y empezó a moverla. En diez días se publicó en el dominical del periódico, en portada y, rápida, saltó a los medios nacionales y a los programas de máxima audiencia. El caso estaba adquiriendo proporciones titánicas, el alcalde de la ciudad anunció que el consistorio iba a donar 100.000 euros para la creación de una fundación cuya patrona sería Laura Stirling-López. Y días después se hizo la entrega del cheque en una rueda de prensa multitudinaria.

Ante la negativa a hablar de la bisnieta, celosa de su intimidad, era Jaime el que atendía a la voracidad de los medios. El periodista, que ya sonaba para los Ortega y Gasset, iba camino de adquirir una popularidad impresionante a golpe de declaración: para El País (“La memoria histórica es una necesidad casi física de todos los que nos consideramos demócratas”), para El Mundo (“Los que se oponen a la recuperación de la memoria van contra el tejido moral de la sociedad. Los deportaría a los años 50, allí estarían en su salsa”), para la Noria (“Belén Esteban es un ejemplo de gente que merece ser recordada”) e, incluso, para revistas universitarias hippies y medio-pensionistas (“Sabemos que algo es verdad porque nos aparece como evidente en la conciencia: por eso, con esta historia hemos recuperado no sólo la memoria, sino también la conciencia: el que no está hoy con Laura Stirling-López sólo merece un calificativo, mezquino”).

Su recién estrenada fama se unía a su deseo de ser un gran (y respetado) periodista: cambió el maletín por un cachivache electrónico porque hacía tiempo que su imagen con él le recordaba le recordaba a uno de los personajes de ‘Closer’ (la versión cinematográfica de una obra de Patrick Marber); cambió su corte de pelo e, incluso, dejó de desayunar colacao por las mañanas.

Casi un mes después de la publicación, el periodista Victoria estaba invitado a unos desayunos informativos de una agencia regional de noticias. Esa mañana el primer periódico en distribución de la ciudad sacó en portada dos fotos de Laura Stirling-López: una de la presentación de la Fundación, de hacía poco, y otra, años antes, de la base de datos de la Policía Nacional, de cuando fue detenida por fraude financiero. Se llamaba Elena Vilas y era una reconocida profesional del timo. Jaime no lo supo hasta que llegó al acto y todas las cámaras y micrófonos le esperaban con los cargadores repletos y las sonrisas atiborradas de una envidia muy profesional.

Huyó.

A mediamañana, el director llamó a Jaime a su despacho. Sobre el escritorio había dos copas y una botella de vino blanco. Al verlo entrar, el director sirvió las copas y le tendió una a Jaime.

-        No te preocupes. Lo que te ha pasado puede pasarle a cualquiera. En el fondo, es lo que tienen las historias humanas; retienen de las personas una inconmensurable capacidad para decepcionarnos, para jugar con nosotros. – Jaime, que había intentado hablar en dos ocasiones temiendo ser despedido, bebió vino y dejó e intentarlo. – Buscamos la verdad pero no hay nada más efímero, más manipulable, más precario que la verdad. Ni siquiera los estudiantes de universidad. “Hazte periodista y verás mundo”, algo así le dijeron a mi padre para que se alistara en la División Azul. Hijos de puta, todo mentira. “Hazte periodista que verás mierda, miseria y dolor”; y cuando intentes denunciarlo se reirán de ti. Lo siento mucho pero no te preocupes – le abrazó – ser periodista no es encontrar la verdad y escribirla sino seguir el rastro de la verdad cueste lo que cueste.

-        Muchas gracias – acertó a decir Jaime, emocionado ante tan raro gesto de apoyo. Aquel, pensó, era un director de raza, de los que aún tenían estómago para encajar los golpes y proteger a su gente.

El director hizo un ademán como de haber acabado y se sentó en su silla. Jaime se dio la vuelta y abrió con cierto aire de triunfalismo.

-        Ah, por cierto, se me olvidaba: estás despedido.

Cortar por lo sano

“Estando contigo se me endureció el carácter; a ti, la polla.”

Sara Toro

-        Hola, soy Juan Carlos ¿Qué tal? ¿Cómo te llamas?

Él la saludó en la parada del autobús, rompiendo todos los protocolos, con una fórmula que ya andaba en desuso incluso en las discotecas (al fin y al cabo cuando tan solo se busca ‘mambo’, la ‘intimidad’ es un trasto incómodo). Este es el comienzo de esta historia (porque toda historia tiene introducción, nudo y desenlace). Casi todo el resto del affaire la verdad es que es una sucesión frases cortas con verbos de acción (hacer, conducir, lamer, etc…), normalmente en presente para así dar una mayor sensación de velocidad.

Junto al único adjetivo que hay en todo el desarrollo de la historia se lee la descripción del traje de novia de Eva (blanco roto, quizá – con esfuerzo – marfil; corpiño, sin velo) y, frase seguida, se sugiere una boda americana en el muelle de un lago de algún estado de Nueva Inglaterra.

Continúan las frases cortas que sin acabar desembocan en ‘dos puntos’: como recreando el efecto de una cascada: emulando los artículos que Haro Tecglen siempre pensó que su hijo hubiera escrito si la heroína no le hubiera abierto las venas: sucesiones de ideas con cierto aire lógico (y la lógica es hoy lo que en su día fue la teología) de causalidad.

Y de repente, dos hijos, jornadas de doce horas, pelo (mucho pelo) en la ducha. Y de repente, Eva llega a casa antes: tiene el cuerpo roto y aprovecha la excursión de los pequeños para pasar un rato sola y darse quizá – depende de cómo tenga el día, depende de lo que pongan en la tele – una ducha con las perlas que Enrique y Marga les trajeron de La Toja.

Pero Juan Carlos está comiéndole el coño a una chavalita que a duras penas llega a los dieciocho años sobre la colcha de patchwork de su madre (de la madre de ella, la de Juan Carlos murió cuando él tenía pocos años). Ya no hay frases cortas, rápidas, sucesivas. Ahora la historia está escrita en castellano: en frases eternas que si acaban lo hacen en cola de pescado.

Eva está, y créanme que una evaluación psicológica lo corroboraría, en estado de shock. Juan Carlos con la cara perdida de jugos vaginales y los ojos de cachorro inocente, trata de racionalizar la escena: que como los dos saben, aunque no lo digan, la relación lleva tiempo estancada y que él, inocente bienintencionado, trataba de encontrar alguna forma de revitalizar su matrimonio (con disfraces, swinging, tríos, etc…) y, a más largo plazo, salvarlo.

Y para sorpresa de todos (de Juan Carlos, de la púber e incluso de él que esto escribe con, reconózcanlo, un estilo impecable), Eva responde, con aquella sonrisa de niña mala que llevaba demasiados años en el desván, que le parece una idea buenísima y, sin mediar más palabra, ocupa el lugar que antes de su llegada ocupaba Juan Carlos, lamiendo el sexo de la chica con pasmosa devoción cristiana (bueno, quizá ‘cristiana’ no es el mejor adjetivo en este contexto, pero se hacen una idea, ¿no?).

Varios minutos después, Eva tiene el pene de su marido en la boca: lo está volviendo loco. En ese momento justo, con la boca a rebosar, arquea levemente los labios y muerde hasta juntar los dientes.

Mientras un hilo de sangre asoma por la comisura de los labios, se sienta en el suelo pensando que lo que algunos llamarán “violencia de género” o “ablación cerebral” o incluso “regresión a la media” es simplemente un acto de “justicia dietética”.

Literatura

“Why don’t you write books people can read?”

Nora Joyce

Era de noche, una larga y oscura y silenciosa noche cerca de la Clochán an Aifir. Terminé de leer con voz temblorosa y quebrada aquella carta y levanté los ojos volcando la habitación en ellos: unos muchachos agarrados a las barras de las literas, una silla divorciada en el centro de la estancia, una niña al fondo llorando la madrugada.

- La literatura es un género de la magia.

- ¿Por eso decidiste escribir? ¿O me dirás que no se elige escribir, que es la literatura quien te elige?

- No, eso es una tontería. Yo elegí escribir y lo hice por lo que otros eligen tocar la gitarra.

- ¿Por las chicas?

- Por las chicas.

Crucigramas

Las sendas que se bifurcan del camino, las flores que lo orillan todo entero. No te olvidé (eso me costará muchas, muchas velas), hice por olvidarte. Las flores que pintan de luz las estaciones. Las tardes de abril que juegan a recordarme de manzana, su cuerpo.

Me hice muchas, muchas preguntas esas noches. Y, a veces, sólo queda aferrarse a una respuesta y buscar a tientas las demás luces. Lirios de nieve, lágrimas de sal.

Empecemos de nuevo: soy yo; detesto el plátano, me dan miedo las películas de miedo y no me gustan las rosas: más que flores son clichés.

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