Viaje al corazón del mendigo, o el sentido de la vida.

San Martín y el mendigo. El Greco. (Detalle)

Hay viajes que se hacen corazón adentro, que nos llevan a replantearnos nuestro día a día… aunque sólo sea durante unos segundos. Nuestras prioridades y preocupaciones vienen marcadas muchas veces por asuntos de escasa importancia, aunque no somos capaces de verlo. La inmediatez de las pequeñas cosas las hace tomar peso y volumen a nuestros ojos. Los pintores del Románico, o los egipcios, por ejemplo, atendiendo a la simbología, representaban de mayor tamaño a los personajes de mayor importancia, aunque estuvieran en la misma línea que el resto. Desde el punto de vista técnico no habían aprendido o desarrollado la perspectiva; desde el punto de vista emocional no habían desaprendido todavía. Asumimos nuestra salud, por ejemplo, como una obligación que se nos debe, un bien adquirido de tal manera que ni siquiera es un bien por el que dar gracias, en el que pensar. La nuestra y la de los nuestros. Es algo sobre lo que se ha hablado mucho y muy a menudo, pero no por ello es menos cierto y, lo que es peor, no por eso lo aprendemos y lo disfrutamos. Pero no se trata sólo del bienestar de nuestro cuerpo.

Hay viajes que no se hacen subiendo a aviones, ni a trenes, conduciendo automóviles o reservando camarotes de primera, sino mirando a nuestro alrededor. Fijando bien la vista y pensando sobre lo que hay frente a nosotros. Pero cuesta hacer cualquiera de las dos cosas, no digamos ya hacerlas simultánea o consecutivamente. Nos obsesionamos por un ascenso, por un modelo de coche, por el último disco de nuestro cantante favorito o por conseguir entradas para el último concierto que dará en nuestra ciudad. Dejamos que la posición de una fotografía nos amargue el día y discutimos por la forma en que doblamos las camisetas. Obviamos decenas de detalles que nuestros seres queridos tienen con nosotros a lo largo del día, pero nos enrabietamos cuando no conseguimos ponernos de acuerdo. Cientos de pequeños disgustos son tan absurdos como innecesarios. Pero seguimos sin entenderlo.

A lo largo de la semana tan sólo tengo unos segundos de lucidez en que consigo comprenderlo. Hago un viaje al sentido mismo de la vida y recibo una luz que aprovecho apenas. Tengo la costumbre familiar de visitar todas las semanas una pequeña y antiquísima iglesia de las muchas que pueblan mi ciudad, Madrid, de la que siempre prometo hablar. Allí hay una imagen muy venerada por el pueblo madrileño, cuya boca entreabierta transmite una respiración dolorosa pero contenida de aceptación de un Destino grande como ninguno pero sacrificial, doloroso. Sin embargo, no es la talla la que me hace reflexionar, aunque el lugar, como templo, invita al recogimiento.

En las inmediaciones del edificio y de su torre de ladrillo hay, siempre que voy -probablemente porque soy hombre de costumbres que tiende a volver a las mismas horas a los mismos lugares- encuentro tres pobres cuya imagen me duele. Gracias a ellos soy persona, aunque sea tan sólo unos segundos. No se trata de que sean gente sin dinero o sin trabajo, los pensamientos que esto me provoca los puedo tener en cualquier vagón de metro, en cualquier esquina del centro de nuestra ciudad o de muchas otras del mundo donde los desfavorecidos esperan con la mano extendida un giro de la fortuna o sencillamente la consecución de la supervivencia un día más. No se trata tampoco de que procedan de otro país (¿quizá Rumanía?) lo que me lleva a considerar las diferencias que el mismo nacimiento implica para las personas y sus posibilidades, algo tan arbitrario como triste. Se trata de la pureza de sus miradas, de la claridad de sus ojos, tranquila aunque melancólica. Hay luz en sus rostros. En los tres rostros. Son dos hombres y una mujer. Jóvenes. No entraré a describirlos pues no es mi intención que se los identifique, baste decir que son diferentes entre sí, pero transmiten bondad, resignación, aceptación de su existencia. Con lo cual tampoco deseo decir que no quieran mejorar su situación, o que se hayan acomodado a que otros les den lo imprescindible para vivir. No. He hablado con ellos brevemente y sé que buscan empleos, que se mantienen gracias a instituciones religiosas que los acogen por las noches, que cuando consiguen encontrar alguna actividad laboral envían dinero a sus familias. Su salud es precaria, sobre todo la de uno de los hombres, lo cual no es sorprendente puesto que aguantan los días de lluvia y de frío, a veces envueltos en una manta, apenas cubiertos a la espera de la generosidad de los que visitan la iglesia. Pero a pesar de todo, sus voces, sus palabras transmiten una serenidad del alma, una sencillez de deseos que me parte el corazón. Por comparación me siento vacío, hueco, egoísta, vanidoso, orgulloso de mi nada y mi pequeñez, mezquino y muy absurdo. Ninguno de los tres alcanzará siquiera la edad de Cristo, deberían tener todo el futuro por delante, todas las realidades para ser devoradas por sus cuerpos aún fuertes y vitales. Pero están, con su pequeño vaso de plástico (hasta la hucha es precaria), esperando la misericordia de quienes visitamos la iglesia, mirando al horizonte como quien tiene las esperanzas reducidas, vapuleadas, hechas a la medida de las circunstancias.

Cuando los veo se me olvidan todas mis historias, todas mis preocupaciones. Siento un gran deseo de abrazarlos, de invitarlos a comer, de charlar con ellos sobre su vida, sobre su país. Pienso en quién o en cómo podría ayudarles a conseguir un empleo, una situación menos precaria… aunque mi pensamiento no da frutos, lamentablemente. En su presencia se me llenan los ojos, y entro a la iglesia pidiendo perdón, de verdad, por mis pecados. Miro al rostro de la talla religiosa y busco en sus ojos la reprobación por mi incapacidad para aprender, por mi tontería obcecada, por mi cerrazón materialista. En esos instantes de veras siento el arrepentimiento por mi ambición o mi egoísmo, corto de miras, por ende. Quisiera ser el amigo de la Humanidad completa y viajo a los sentimientos más nobles de los que es capaz mi corazón. Mi anhelo es compartir, comprender, establecer lazos con quienes soy incapaz de hacerlo a lo largo de la semana. Me siento ahogado de agradecimiento por haber recibido tanto sin haber hecho nada para ello: el lugar de mi nacimiento, mi hogar, mis padres, todo el inmenso amor que me rodea, mi trabajo, la salud, los sentidos y todo cuanto se ha puesto frente a mí y que puedo disfrutar de forma continua, sin pagar más canon que la mera existencia. Todo es un cúmulo de pequeñas y grandes gracias que no sé valorar en su justa medida.

Se trata de un periplo luminoso, templado, una alucinación cálida que me recorre por dentro. Me brota una luz, un color blanco acongojado pero feliz al mismo tiempo.

Salgo de la iglesia para encontrarme de nuevo con sus rostros y desearles una feliz semana, que no pasen frío, que tengan suerte. Son tan agradecidos como dulces cuando te responden, y eso hace que uno vuelva a sentirse injustamente bien tratado por la vida. ¿Qué hice yo para merecer estas diferencias? Unos pasos más y los habré dejado atrás, y con ellos mi momento de claridad mental, mi regocijo del alma, mi girar el rostro a Dios y sentirme parte de algo cierto que va más allá de los estrechos lindes de este mundo inmenso. A los cien metros una taberna con azulejos representando cuadros de Velázquez y escenas chulapas disipará mis propósitos de enmienda. Al medio kilómetro las multitudes que abarrotan el centro de Madrid mantendrán mis sentidos ocupados para encontrar el camino sin ser arrollado. Me faltarán siete días para viajar de nuevo al corazón del mendigo libre de acritudes y envidias, pues así los imagino cuando leo en la claridad de sus ojos, verdes u oscuros. Siete días de oscuridad profunda en la noche del materialismo menos inteligente. Siete días envuelto en brumas y equivocaciones. Siete días estancado, por mucho que no deje de caminar y coger medios de transporte hacia todos los rincones de la ciudad o incluso de Europa.

Esta semana no podré visitaros, ni dejaros mi mezquina limosna. Pero he pensado en vosotros. Y me habéis devuelto, unos minutos más, el escalofrío de la vida. Ojalá pronto el mundo os sonría y, cuando lo haga, no se lleve, como mala marea, esa pureza transparente de vuestras pupilas cansadas.

Joven Mendigo. Murillo

Fragante Córdoba.

Mateo Inurria. Placa Glorieta de Quevedo. Madrid.

 
 

Nunca he sido, aunque no puedo decir si seré, un amante del flamenco, un admirador del cante jondo ni un bailarín de sevillanas. No he tenido nunca como especial referente la Giralda de Sevilla por encima de otros símbolos de la Hispanidad (ahí están el Faro de Hércules, la estatua de Colón, o el Museo del Prado). Y no he llorado más ante la Semana Santa malagueña que ante la pucelana. Ni creo que sea más fiesta grande la Feria de Abril o el Rocío que las Fallas, la Peregrinación a Santiago, San Antonio de la Florida, la Paloma en las Vistillas, o el día del Pilar. Es decir que, aunque Andalucía me parece una fuente inagotable de cosas bellas y un lugar de encuentro para las buenas experiencias, también me fascinan la capital del Imperio de Carlos V, la gótica Burgos, la Borgiana Xátiva , la modernista Barcelona o la mediterránea Mallorca.

Con estos precedentes, no sería de extrañar que cuando pisé por primera vez nuestro sur peninsular, estuviera mucho más “excitado” por la idea de hacerlo con mis compañeros de colegio (apenas contaba con trece años) que por ver los vestigios de la época del imperio musulmán en nuestro país. Y sin embargo no era así. Me sentía ya embargado de una curiosidad y una obsesión por los edificios, la Historia y los rincones por descubrir y mucho más interesado por ello que por las travesuras y experiencias vitales que el viaje grupal pudiera proporcionarme. “Aterricé” por primera vez en Córdoba, la ciudad del califato, y aunque aquellas horas “sólo” me dieron margen para ver la mezquita al trote, pedir que me sacaran unas fotos delante del Mihrab, y caminar en pantalón de chándal por los Alcázares Reales, ya me quedé con los ojos puestos en aquella esquina nacional cuyos muchos otros encantos tardaría casi veinte años en descubrir frente a frente.

Veinte años, que se dice pronto. De hecho en aquel viaje ya sólo tuve tiempo de ver Mijas y un parque de atracciones porque mi rodilla me ancló a la cama y al autobús y a nadie se le ocurrió facilitarme unas muletas para que pudiera recorrer los encantos de la Alhambra , o ayudarme a bajar y disfrutar de las misteriosas formas de las cuevas de Nerja. Tardé casi una eternidad en regresar a Andalucía y lo hice por la puerta olorosa y bella del Atlántico, por Cádiz; para viajar poco después a Granada y sacarme la espina clavada no sólo paseando por el conjunto de palacios nazaríes y el de Carlos V sino además tomando té por la noche en el Albaicín, como manda la tradición turística. Y luego dejé escapar otro lustro largo para visitar Sevilla y agotarme dando mil paseos. Desde entonces he vuelto tanto a Córdoba como a Granada. Y aunque aún le debo muchas visitas a esta tierra de minaretes/campanarios y pasados gloriosos, hoy quiero hablar de esa Córdoba maravillosa por la que entré a esta tierra de luz, alegría, dolor profundo y música de raíz gitana.

Soneto Plaza de los Dolores

A Córdoba le debo no sólo la hospitalidad de los Hermanos de la Muy Humilde y Antigua Hermandad Sacramental del Santísimo Cristo del Remdio de Ánimas y Nuestra Señora Madre de Dios en sus Tristezas, o la dulzura de las monjas que conocí intentando tener frente a mí la imagen de Nuestra Señora de los Dolores. A Córdoba le debo experiencias culturales de primer orden como el Soneto que da entrada a la plaza del Cristo de los Faroles, el descubrimiento de Mateo Inurria (inolvidable el Naúfrago del que hablaré a continuación) o los rincones de la Mezquita /Catedral uno detrás de otro y sin parar, desde la tumba de Góngora a los altos techos de la catedral. Para quien quiera experiencia mística, por ejemplo, que se acerque a ese Cristo que menciono más arriba en su estrecha plaza de tapias y paredes blancas, en plena noche, iluminado por la luna y las decenas de velas que tiritan al ritmo de los corazones que las pusieron, fruto de la fe, al pie del crucificado. Por no hablar de esa conmoción interna de ver la gran escultura del Gran Capitán (del ya citado Mateo Inurria), que preside la plaza de las Tendillas. Gonzálo Fernández de Córdoba, muy querido en la ciudad, aunque enterrado en Granada, despierta mi mayor admiración y respeto por sus dotes como gran soldado y por sus innegables éxitos; sin embargo no puedo dejar de sentir el pequeño rencor de haber cometido una única traición confesada, la que perpetró contra César Borgia (mi adorado Príncipe, retorcido, sagaz, melancólico, fuerte, solitario y culto, hijo -¿o sobrino?- de Papa y mecenas de Leonardo da Vinci…). ¿Por qué tuvo que faltar a su palabra justo ante el astro que caía? ¿Por qué probablemente su obediencia a Fernando el Católico tuvo que cobrarse tan bella y terrible pieza a costa de su honor?

Puede que Córdoba no sea una ciudad del tamaño de su vecina Sevilla; puede que no cuente con el encanto del imperio decadente que se dedica al arte y la cultura, como fue Granada; y puede que no sea famosa por con la gracia del carnaval gaditano, pero enamora por sobradas razones. Los paseos por sus calles blancas, o la iluminación de la mezquita cuando cae la noche pueden ser dos entre muchas. Por supuesto el museo de Julio Romero de Torres es siempre un valor para quien guste del simbolismo (fue a mi prima María Luisa López, hace años, la primera a quien escuché vez defender la relación del pintor con la corriente pictórica sobre todo francesa) o de las mujeres profundas de mirada oscura. Lo esperaba como un plato fuerte de mi viaje y su sabor no defraudó, hay en su casa como una tela de tristeza que invade el corazón del recuerdo. Lo que me sorprendió estaba frente a su puerta: el Museo de Bellas Artes escondía la perfección y el sentimiento de las obras de Mateo Inurria, magnífico escultor que junto a Agustín Querol o Ángel García Díaz ha sido tragado por la historia a pesar de sus espléndidas dotes. La belleza realista del Náufrago me sobrecogió en lugar de escandalizarme como le sucedió a no pocos de sus contemporáneos. Tantos años pasando por la glorieta de Quevedo e ignorando la plaza conmemorativa que el Ayuntamiento de Madrid le dedicó al artista… y vengo ahora a descubrirlo directamente, sin anestesia, frente a frente su obra y yo. Y la belleza siempre es algo que me noquea, y la escultura una rama del arte que me encarceló en sus redes probablemente desde que Miguel Ángel entrara en mi vida, primero con el David, luego con las tumbas de los Medicis y el voluminoso Moisés… finalmente con los esclavos y su última Piedad, la Rondanini. Por eso mismo las salas dedicadas al autor cordobés en el Museo de Bellas Artes fueron todo un encantamiento que aún dura. Ese hombre desnudo que se agarra en su último aliento al palo salvador, labios abultados y ajados por el salitre del mar, gesto exhausto, no puede ser más trágico, más auténtico… ni más hermoso en su pureza sin engaños.

Ah, pero, por supuesto, no puedo olvidar Medina Azahara. La ciudad me atrajo ya cuando era niño y su nombre era una evocación con poder de Las mil y una noches. Le escribí un cuento a los veinte (la historia estaba ambientada en ella, pero, ¿qué importaba la historia sino la evocación del lugar?). Y la visité a los treinta y uno. Día de sol radiante, tierra amarillenta seca, alguna palmera y a unos cientos de metros el comienzo de la vida verde. Bloques de piedra, columnas, cimientos, estrechas calles que se adivinan, anchas avenidas que son hoy tan sólo rampas. Una gran sala vacía que habla de riquezas pasadas y efímeras. El poder del hombre no dura nada. Y en este caso menos aún la mezquita que las construcciones civiles. Todo un enorme complejo que tuvo vida de ciudad protagonista y ahora es pasto de los turistas que ignoran las fechas de su erección, su abandono y su rescate de entre las profundidades de las arenas. No me defrauda a pesar de las decenas de personas que deambulan por el amplio conjunto. No es lo mismo que una visita en solitario pero el lugar tiene fuerza y aniquila nuestra presencia de hormigas pasajeras. Nos ignora como toda mujer hermosa que ha entrado en la decadencia pero sigue siendo majestuosa, orgullosa de su pasado glorioso, aunque fuera tan breve. Ni siquiera 35 años estuvieron en pie su tersura y su influencia y en tan sólo 75 su destrucción era una realidad.

Aquella mañana fue un sueño cumplido de forma inesperada, pues no era objetivo del viaje. Un regalo de dioses golosos que se entretienen con el color de pálida y pura miel de estas piedras mordidas por el sol y ocultas por la arena caprichosa.

Y, finalmente, los naranjos. Ah, los naranjos, con ese olor que embriaga, con esa esencia sutil que bautiza las calles de la ciudad como una serie de hisopos reverdecidos y colocado bocabajo. Este olor a azahar y fruta que significa vida, jugo, frescor, amargor y dulzor al mismo tiempo. Este perfume grandioso también es para mí Córdoba, su firma inconfundible, su seña de identidad. Una escultura podría estar en cualquier parte (o casi), pero una escultura que parece desprender este olor sólo podría ser Córdoba con su Mezquita-Catedral y su ciudad abandonada; con su pintor protagonista de coplas y su escultor sin pelos en la lengua. Qué momento es mirarte desde el otro lado del puente, qué experiencia mirar al río desde tus calles, qué suerte inhalar tu fragancia de naranja que crece para entregarse, casi al alcance de la mano ya, cuando te visito. Pienso en ti y los árboles me hacen llegar su esencia… tu esencia.

Londres. La quinta puerta.

Iglesia de la Inmaculada Concepción, Farm Street.

¿Será posible que vuelva a hablar de Londres? Lo es. A pesar de la hermosa lista de lugares hermosos que conozco en el mundo, incluso al lado mismo de mi casa, rincones de Madrid de los que siempre digo que voy a escribir pero que, por unos motivos u otros, nunca parecen llegar a este blog. Podrían pensar los lectores asiduos al mismo (en caso de tenerlos, no quiero yo presumir de tanto) que quizá debería cambiarle el nombre por el de “Crónicas londinenses” o el menos ampuloso de “Reflexiones cansinas sobre mis visitas a Londres”. Sin embargo hago propósito de enmienda. A pesar de que no puedo prometer nada, el acto de contrición es auténtico y trabajo desde antes de empezar estas palabras en nuevas entradas ajenas a esta ciudad sobre la que medito de nuevo.

No obstante, creo poder justificarme pues, ¿en qué ciudad del mundo pueden encontrarse en perfecta sintonía una oriental de cutis fino, boca pequeña y redonda, casi anaranjada, abrigo de lana marrón, como recién salido de un desfile de moda, larguísima bufanda negra, medias caladas con dibujos de flores, elegantes hasta la desesperación, zapatos de tacón y melena caoba oscuro, como recién cortada, suelta y ligera, con un vagón de metro pequeño, sucio, lleno de periódicos hechos pedazos, bolsas de hortalizas fritas, vasos de take away del Nero, del Costa o del Starbucks, y voces de lata profunda que cantan repetidamente, como una salmodia críptica: mind the gap, mind the gap. Creo que sólo aquí. Igual es que no estoy tan viajado como creo.

En cualquier caso estoy ya finalizando el quinto viaje a Londres desde el pasado septiembre y aunque el trabajo y la oficina han ocupado la mayor parte de mi tiempo las iglesias de la ciudad me han permitido aprovechar esta visita más allá del pragmatismo más puro. Dos descubrimientos: St. Peter en Vere St. y La Inmaculada Concepción. La primera anglicana, la segunda católica. Nada que ver. Ambas cercanas a mi oficina y ambas ignoradas hasta este momento.

En los “triforios” de la primera, de 1724, se encuentra una biblioteca, posiblemente muy funcional, pues el edificio se ha convertido en un Instituto del Cristianismo Contemporáneo. Sin embargo, yo que me las doy de “culturetas”, ignoro toda esta actividad de investigación religiosa y cruzo la nave central, espacio diáfano y casi cuadrado, sin bancos ni sillas, cubierto de moqueta descolorida, para concentrarme en las últimas aportaciones artísticas que se hicieron a este lugar: las vidrieras, de Morris and Co., a partir de diseños firmados por Sir. Edward Burne-Jones, inconfundibles. Nada menos. Sobre el altar mayor una hermosa representación (con mujer algo lánguida incluida) de la buena samaritana; a ambos lados dos ángeles con ropajes de complicados pliegues, que sostienen unas largas cartelas. El conjunto transporta a otro lugar: es luminoso, bello y melancólico, dulce como una gota de miel disuelta en un gran vaso de agua.

La segunda, The Church of The Inmaculate Conception, Farm St, abierta en 1849 (y por lo tanto neogótica), que resulta escondida, y algo difícil de encontrar, es oscura, bellísima, repleta de altares y santos de piedra… aunque todo con un marcado estilo inglés. Aquí la atmósfera respira espiritualidad, recogimiento, devoción y sobrenaturalidad. El conjunto, de tres naves, con sus arcos apuntados y su gran vidriera al fondo, atrapa por su belleza entre una tiniebla dulcificada. A mano derecha desde el altar mayor, una sorprendente y luminosa escultura blanca de la Virgen de los Siete Dolores, con un corazón dorado, que refulge, rodeado y atormentado por siete largas espadas… Este encuentro me llena por dentro. Todos los retrasos aéreos, los sinsabores, la frustración y la tensión, habrían merecido la pena aunque sólo fuera por esto. Oh, Señora, a vos os doy gracias por todos los dones concedidos, y os pido, con una humildad que tantas veces me falta, que me guiéis por el buen camino frente a la adversidad.

Interior de la Iglesia de la Inmaculada Concepción, Farm St.

Cuando salgo de la iglesia el día parece menos frío y algo menos tenebroso, aunque la capa de nubes sigue siendo densa. Me he perdido buscándola (y, como en una metáfora, por el camino he visto un templo de la Cienciología, que he dejado atrás), pero encontrarla ha valido el paseo y la cara de turista sin mapa que sin duda debía llevar como bandera.

Después de cuatro jornadas de gélido y azul cielo, la ciudad se despide de mí con su cara tradicional y triste. Tras esta quinta puerta a la ciudad que me asombró ocho años atrás, he encontrado el camino a los restaurantes (un chino, un inglés, un italiano, una Fridays… nada espectaculares pero sí una novedad en mis viajes solitarios, siempre ajenos a toda gastronomía), a las mismas calles de Soho, Picadilly, Leicester Square, Oxfrod Street… Y el camino a la reflexión, los deseos encontrados, y dos iglesias que están ya en mi rosario particular de paradas por la ciudad, mi experiencia única e intransferible que quisiera compartir con otros.

A tan sólo unos metros de mi lugar de estancia se suicidaba, sin yo saberlo, Alexander McQueen, el gran modisto, dicen que incapaz de asumir la muerte de las mujeres de su vida: su descubridora, tres años atrás (también víctima del suicidio, una plaga que se extiende), su musa, hace tan sólo unos meses, y, por último, hace unos días, su adorada (supongo) mamá. Por eso a esta ciudad hay que venir de pesca cultural, o de caza carnal (aunque para eso hay lugares mejores desde mi punto de vista), de rebajas o para captar los modelitos más horteras del mundo, pero no a quedarse, pues con su inmensidad solitaria, a medio camino entre el futurismo y el acento victoriano, con su inhumanidad de tamaños y fríos (nunca tanto como este febrero del 2010), con su pertinaz y triste lluvia transforma a todos los que vienen a establecerse o los devora. Los hace independientes, fuertes, sensibles solo hasta las primeras capas de la epidermis, puras células mecánicas que le permiten seguir viva, dando movimiento vertiginoso a sus venas y arterias de gran tamaño. Incluso a los naturales les resulta difícil este mundo aislado: un conocido mío se retrasaba como consecuencia de la paralización, durante horas, de la línea del tren, a cuyas vías se había arrojado otro británico incapaz de ver esperanza, también el fatídico día once.

En paz descansen ambos, el famoso y brillante hombre de la moda y el anónimo inglés, víctimas de la desesperanza o el desaliento.

Ser latino (o tener espíritu de tal), ser mediterráneo en esta ciudad es todo un rasgo heroico que sólo algunos consiguen mantener a pesar del paso del tiempo. A un alto precio, sin duda. Sé bien de lo que hablo: yo mismo, un día, la dejé atrás para desear siempre regresar… sólo, y exclusivamente, de visita.

No voy a continuar, parece que, sorprendentemente, el vuelo saldrá a su hora. Madrid me espera con su noche fría pero de corazón caliente.

Gracias por la cámara de fotos a V. F.

Y a aquellos que me han hecho pensar tanto durante este viaje también. Las distancias, a veces, no importan.

Viaje al Fin de Año.

Viaje al comienzo.
 

 

 

Reloj Puerta del Sol

Fin de año. Día treinta y uno de diciembre. Normalmente me gusta ponerme reflexivo y pesado la noche anterior, pensando que es la última del año realmente, la última madrugada para dejarse llevar por el ánimo poético y aullarle a la luna. Pero este año ha sido diferente y su final, también distinto a mis costumbres hogareñas, parece anunciar un 2010 todavía más marcado por la variación de lo que solía ser mi vida.

Todos los fines de año nos ponemos tremendos y creemos que se marca el límite de una etapa y el comienzo de una nueva, un nuevo viaje (de ahí que este artículo tenga cabida en este blog según yo lo entiendo). Como consecuencia nos fijamos una serie de objetivos como los profesores o los políticos en septiembre: dejar de fumar, aprender idiomas, aprender a conducir… en definitiva conseguir formarnos a nosotros mismos para crecer paulatinamente. Aprender a sobrellevar una dieta para estar sanos también es un arduo trabajo que implica fuerza de voluntad y conocimiento de uno mismo, por ejemplo.

Sin embargo, y aunque mentalmente nos sea necesario marcar ciclos, finales y comienzos, esto es un círculo, un proyecto que sigue adelante, un suma y sigue que no borrará lo anterior ni nos cambiará por arte de magia. No estamos ante una muerte y un renacimiento, sino ante un existir que continúa.

Son las ocho y treinta y ocho en mi reloj, faltan menos de cuatro horas para las famosas campanadas, y este año estaré más cerca de ellas que nunca, en un hotel céntrico desde el que espero tener vistas al Madrid de los Austrias. No me he ido fuera (ya pasé las Navidades en United Kingdom una vez y de momento no me apetece repetir), pero gracias a la generosidad de un familiar muy cercano recibiré el año en mitad de gente desconocida, en el mismo corazón de esta ciudad que amo y rodeado de algarabía y una atmósfera desconocida para mí. Todo ello, como decía al principio, muy diferente de lo que suelen ser mis finales y comienzos de año en casa con el canal más viejo de todos en la tele y echando algo de oro a la copa (vaya, me acabo de acordar que no traje nada de oro ¿será posible?).

María I

Pero no nos engañemos: ¿cómo espero empezar el año? Pues… después de unos bailes tengo intención de retozar entre las páginas de Internet, buscando datos de María I, reina de Inglaterra, conocida como Bloody Mary (María la Sanguinaria), para documentar un cuento. Es decir, más de lo mismo. Soy incorregible. Tanto en mi obsesión por el país de los piratas como en la forma pedante de empezar el día uno. Recuerdo incluso una noche que empecé copiando con un magnífico lapiceroo 3B un cuadro de Federico Madrazo, si no recuerdo mal: La condesa de Vilches. A mí a pretencioso me gana poca gente. Y a desvergonzado lo mismo. Sobre la mesilla, por si no me vence el sueño, un libro fantástico escrito por un rumano a principios de siglo: Cuentos transilvanos, una traducción que considero muy acertada y que nos lleva al corazón mismo de las supersticiones reales de los aldeanos de las tierras marcadas por la leyenda de Drácula.

En fin, vamos a ver qué queda de mis propósitos en un rato. Voy a empezar este viaje al corazón de un final y un principio que no son sino un minuto que sigue al anterior.

Palacio Real

Como decía la noche me ha deparado viajes a lugares en los que nunca he estado: una rusa (probablemente la mujer joven más elegante de la fiesta) me saca a bailar; una niña italiana de trece meses da sus primeros pasos ante nuestras atónitas narices, sin llorar nunca tras sus caídas; otra niña, en este caso de cuatro o cinco años, con cara de vampiro (blanca, pálida, de ojos algo hinchados y mirada maligna) revolotea alrededor; mi madre se bebe un cubata a los taitantos años (ya quisiera llegar yo a su edad en sus condiciones) y no dejo de asombrarme. Frente a mí, en la privilegiada sexta planta de este edificio con vistas al corazón de la capital, el Palacio Real, un fantasma de piedra iluminado en la oscuridad punteada de farolas y ventanas tras las que se adivina también una fiesta multiplicada por una incógnita X de personas que acogen el año con ilusión y esperanza, cumpliendo un ritual de baile y risas para atraer los buenos espírityus. Como un inmenso mausoleo, el blanco de palacio es casi azulado, su presencia la de un muerto del pasado que continúa en pie gracias al embalsamamiento continuo. Es tan hermoso en este horizonte negro que dan ganas de adentrarse en sus pasillos hasta desembocar en su capilla y arrodillarse a rezar.

No, no he bebido más que dos sorbos de cava y otros dos de vino blanco, y los que me conocen saben que no miento. No suelo beber y esta noche no ha sido la excepción. Prefiero marcarme los excesos por la dieta y el azúcar. El alcohol lo llevo en sangre, y cuando se prende no hay quien me soporte. En consecuencia toda esta perorata aparentemente inconexa no es fruto de ingesta alguna. Es marca de la casa.
Pienso en el futuro, viajo callado hacia donde nadie conoce y fantaseo, imagino, invento, deseo, temo y construyo con propósitos ese año del que antes hablábamos. Se trata del mismo ciclo que hace apenas seis horas y media, pero sé que estoy a punto de empezar una nueva andadura. La edad adulta se acerca más que nunca. Creo que, por fin, podré dejar atrás la adolescencia. Esto no quiere decir que desee olvidar al niño alocado o irreflexivo que todos llevamos dentro, sino al adolescente egoísta e incapaz de asumir responsabilidades y restricciones. Ya es hora de emprender este viaje que he ido postergando por unos motivos u otros. Es el momento de empezar a enfrentarme a la vida, es el momento, al mismo tiempo, de empezar a vivir de verdad. Estoy cansado, algo constipado, me duele la garganta, y se me acumula el sueño, pero aún me dura el razonamiento. Me siento muy cerca de empezar un viaje que he ido retrasando por miedo, por comodidad, por falta de decisión o quizá sencillamente porque no era mi momento. Es posible que pase un tiempo antes de que vuelva a desplazarme por ocio, lo cual imagino que lo convertirá en una decisión muy pensada, muy calculada… y por lo mismo espero que muy productiva. Pero aún tengo muchos viajes por recordar en este espacio. A pesar de todo no dejo de ser yo mismo, de hecho, ya estoy abriendo las páginas de Internet que me llevarán a acercarme un poco más a la orgullosa hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón; la ferviente católica; la enamorada esposa de Felipe II y la mujer que reposa bajo la tumba de Isabel I, en la abadía de Westminster donde osé preguntar por ella y me respondieron con una ira concentrada de pueblo que no olvida (“she is beneath”); esa Isabel que se llevaría su memoria y sobre todo su gloria consigo, como, aunque de otra forma, sucedió también con sus respectivas madres.
A pesar de todos los pesares, sigo teniendo las mismas ganas de escribir. Tengo todos los síntomas del cuadro descrito: creo en principios y finales, en cambios marcados por la llegada del día trescientos sesenta y cinco después de otros trescientos sesenta y cinco; pero continúo idéntico mi ciclo y mi camino.  

Feliz año nuevo.

 

 

 

Praga, los Jardines Wallenstein. Cuando el vampiro caza a plena luz del día.

15-diciembre-2009 · Imprimir este artículo

Por Guillermo Arróniz

Jardines del Palacio Wallenstein

En espera de centrarme algún día en mi bella ciudad y mi hermoso y complejo país, voy a regresar, literariamente hablando, a Praga. Esa ciudad con la que creo que he sido injusto en mi anterior artículo. Me dicen mis lectores que me he mostrado duro con una ciudad llena de encanto. Y entiendo que no he conseguido transmitir mi decepcionada expectación de la forma adecuada. Ahora, que estoy en el aeropuerto de nuevo, a punto de subir a otro cacharro volador para dirigirme a la ciudad del Thames de nuevo (sí, otra y otra y otra vez como un círculo vicioso del que fuera imposible escapar y en cuyo maleficio uno se complaciera), retomo otra capital de imperio. Vuelvo a las calles de la ciudad de Ian Neruda y Frantz Kafka para intentar cumplir con ella, y rendirle la pleitesía que, como toda dama merece, y la veneración que toda bella enigmática reclama.

            Para ello dejaré vagar mis recuerdos por los caminos de arena de los jardines del Palacio Wallenstein, casa del que fuera el más importante general de su época, caído en desgracia al intentar conspirar contra Fernando II. Uno de esos lugares a los que hacía referencia en mi pasado artículo como ejemplo de capacidad para conservar su personalidad y encanto.

            Aquí se demuestra que el misterio puede darse a plena luz del día y el sortilegio envolvernos al aire libre… aunque en este caso ciertas sensaciones de aislamiento y soledad son necesarias. La primera se consigue tanto por los altos muros que rodean a todo el conjunto arquitectónico y que impedirán al paseante no avisado dar con estos maravillosos jardines, como por los altos setos que, por zonas, limitan la visibilidad del visitante. En ciertos momentos, y aunque no hay laberinto posible pues el plano de setos es muy sencillo, no se sabe qué vendrá al otro lado de ese seto de verdor profundo, oscuro, lleno de agua, de tierra que barros y riquezas minerales.

            La soledad viene marcada tanto por lo anterior como por esta mañana fría de octubre, clara como una sonrisa durante el sueño. Azul cielo que sirve de límite a este jardín abierto de pronto a un gran espacio, avenida de esculturas que terminan en una altísima logia de delicados frescos de tonos pastel, a cuya izquierda una jaula maquillada con grutescos, encierra un punto de exotismo en las especies animales en ella aprisionadas.

            Caminar se convierte es una seducción inevitable, pero al mismo tiempo casi un punto imposible. La hipnosis del vampiro se extiende por el cuerpo al tiempo que lo impele a acercarse. El peligro, incierto, desconocido en sus límites, en su definición, nos atrae desde algún lugar impreciso y desde todos. El bronce de las esculturas, oscuro y frío, se vuelve fulgente en sus formas sensuales, en sus pies desnudos e insinuantes. Hércules, Apolo, centauros… el mundo clásico nos envuelve petrificado, hecho instante para nuestra contemplación. Pero, como en todo metal, brilla en estas estatuas la vida ardiente de lo que fue fuego e imaginación. En su caso, de lo que fue libertad y fuerza, erotismo e idea transformados en carne. Todas estas copias de los originales robados durante el triste acontecer de alguna de las guerras que asolaron la ciudad, y la Europa renacentista y barroca al completo, son los habitantes aparentemente mudos de este mundo cerrado al exterior por altas paredes y edificios donde una vez brillaron las conspiraciones con acento épico y hoy sólo se discuten las aburridas propuestas de ley y los presupuestos generales del estado, supongo, como cámara del Senado que es. Este carácter me cierra sus puertas, pues como edificio oficial sólo permite el acceso a los representantes de la vida pública checa, políticos que probablemente se dormirán bajo las cúpulas pintadas con pasión y entre las esculturas testigos de tanta historia.

Jardines del Palacio Wallenstein 2.

            Y volviendo a las esculturas, no sería extraño creer que, en cualquier momento, sus ojos van a moverse, espiando nuestros pasos tan pronto les demos la espalda, expectantes, incapaces de ser indiferentes a pesar de los años transcurridos, todavía curiosos, aún ávidos de conocer al caminante que por su lado pasa. En sus cuerpos, copias de aquellos que fueron sustraídos, pareciera que se hubieran reencarnado los espíritus de los representados, que prefirieron quedarse vagando por estos parterres cuando las primeras obras fundidas, sufrieron la devastación y el robo. Estos seres de pretendida inmovilidad, condenados por el escultor a reproducir un momento de su historia de forma permanente (y con vocación de eternidad como los arquetipos que representan), muestran una vida propia en su quietud, bajo los sonidos tenues de una fuente, de unos trinos, de unos patos que hunden el pico en las aguas del pequeño estanque en busca de un alimento inidentificable para nosotros. La soledad de este lugar se acrecienta por su presencia y el loco que habita en nosotros se siente tentado de dirigirse a ellas, de preguntarles por lo que han visto y lo que han oído, de acariciarles los fríos músculos y besarles los duros labios, de dejar bajar los dedos por sus cuellos y probar el sabor salado de sus pies perfectos. Su belleza subyuga y lo hace doblemente cuando no nos sentimos observados por otros seres de carne y hueso cuya vulgaridad nos parece, en este momento, insoportable. ¿Quién habrá que pueda juzgarnos en este rincón de locura y paraíso? Los argonautas corren tras el vellocino en los muros de la logia y, bajo el cielo raso de octubre nadie más puede vernos. Sólo, allá en la lejanía, el perfil majestuoso de la catedral de San Vito, enigmática ella misma, solitaria y profunda a pesar de los miles de visitantes que estarán recorriendo sus entrañas en este momento.

            Me pregunto si, desde aquí, podrán escucharse sus campanadas o las de la cercana San Nicolás, gritos, del mismo metal probablemente, que da carne y cuerpo a estos compañeros momentáneos. En su interior de aleación y ardor seguro que ellos sí vibran con cada  una de esas campanadas cercanas o distantes. Por un momento uno quisiera detener su viaje, cerrar con sus propias manos las puertas que dan entrada a este recinto, y condenarse a vagar sin fin por esta celda de piedra y hojas verdes con la esperanza de convertirse en una más de las estatuas que moran aquí, ajenas a la turbación humana, irónicas, bellas y faltas de sentimientos como Nefer-Nefer-Nefer o como Carmen, sujetas tan sólo a su propia inmutabilidad, a su personalidad sin empatías. Durante el tiempo por venir, y convertido ya en una de ellas o en locura caminante, sería posible intercambiar con todas diálogos apasionantes, relatos que se han venido repitiendo a lo largo de la historia del hombre una y otra vez: celos, asesinatos, envidias, codicias, lujurias y miserias vestidas a veces con golas y verdugados, a veces con corsés y casacas, pero siempre las mismas bajo esas apariencias diferentes. Cada una de estas estatuas guarda un mundo bajo la protección de estos jardines sin flores que las inmunizan del mundo exterior. El mundo, de hecho, se detiene y el tiempo se pierde en sus mezquinas contabilidades: este lugar es magia solidificada.

Londres, otra vez.

Iglesia de la Anunciación. Londres

Querida amiga:

¿Recuerdas, hace ya siete años, nuestro aterrizaje en Londres en aquel pequeño aeropuerto de Luton? ¿Aquel viaje desde el aeródromo, a través de la campiña, o countryside, hasta la ciudad? Lo he vuelto a repetir, esta vez solo. Totalmente solo. Iba leyendo con la cabeza baja, casi entre las páginas de una novelita a lo Corín Tellado, y no porque el libro me hubiera cautivado hasta ese punto -ya me conoces-, sino porque me costaba levantar los ojos y ver aquellos campos verdes cenicientos, bajo un cielo encapotado, manta de redes tupidas, trama de agua siempre amenazante. Era como mirar siete años atrás. Era como analizar en qué ha quedado aquel proyecto de persona que era entonces. Se me llenaba el corazón de congoja. No es que esté descontento con los resultados del proyecto (sí, claro, siempre un poco), lo que me apesadumbraba era ver que ya no queda ese TODO por delante, ese plan inicial y libre de quien acaba de terminar la carrera y mira al mundo cara a cara por primera vez.

Sigo siendo el mismo paleto de Madrid, pero quizá ya no soy el inocente muchacho encerrado en aquel cuerpo de joven. Tengo ilusiones, pero son realistas. Ya no creo en ganar ningún premio de prestigio nacional. Ya no dudo si comprarme un CD por cinco libras si realmente me gusta. Ni me parece que Marble Arch esté en el límite de Central London. Atrevida ignorancia que hacía de cada paso un descubrimiento, que me permitió enamorarme de Londres con la fuerza de la primera vez. Y, sin embargo, después de aquellos tres primeros meses, y de una docena de visitas posteriores a la ciudad sigo volviendo con el ánimo de seguirla descubriendo, piedra a piedra, iglesia a iglesia, parque a parque. Sigo siendo el joven que busca, con mirada ávida, saber cómo es el mundo, conocer la gran ciudad, convertirme en un hombre que no se pierde en este corazón de modernidad. Quizá esto es lo que queda de mi inocencia: un afán de búsqueda sin límite. Quizá en este punto siga siendo Peter Pan, volando de un lugar a otro de Nunca Jamás, solo que Nunca Jamás es una ciudad vieja e industrial, decimonónica y oscura llamada Londres.

 

Esta vez han sido las iglesias de St. Paul, frente al Covent Garden y La Anunciación , detrás de Oxford Street. Por desgracia la caterdral ukraniana de la Sagrada Familia en el Exilio no ha abierto sus puertas para mí.

Aledaños de San Paul.

Era de noche cuando llegué a Covent Garden. Había subido los casi doscientos escalones del metro por acumulación de gente en los ascensores (bien sabes que no es la primera vez que elijo las escaleras), y caminado hasta el Covent Garden con la idea -por lo demás bastante simplona- de ver la iluminación navideña que ya empieza a despuntar aquí y allá por la City (Bond Street con sus regalos, paraguas y anuncios de la nueva versión de Christmas Carol firmada por Disney; Regent Street con su redes de luces…). Di una vuelta alrededor y eché de menos aquella tienda de hadas y artículos encantadores que una vez hubo allí, como la desaparecida cadena Past Times (¿u Old Times se llamaba?). Tampoco esta allí el cuarteto de cuerda que hacía las delicias de este público siempre dispuesto a sentarse al aire libre para tomar una cerveza, sin importar cuánto frío haga. En su lugar un tenor con una camiseta con un mensaje supuestamente ingenioso, pero realmente ridículo, lanzaba voces al vacío. Todo resulta mucho más plástico y superficial: tiendas de regalos de boda, todos rosas, todos llenos de plumas y algodoncitos, todos vanos como la misma falta de sustancia. Aun así el reno de bombillas azules que recibe a los visitantes frente al mercado, tan alto como dos hombres subidos uno encima de otro; y los adornos colgantes del techo, brillos y pájaros, estrellas y reflejos de colores, me animaron ligeramente. Pero entonces, frente a mí, apareció la iglesia que siempre había ignorado: Saint Paul, encajonada en un jardín oscuro al que daba su atrio. Nadie alrededor a pesar de estar a dos pasos de un bullicio de gente que iba y venía realizando las últimas compras del día. Me acerqué al edificio por su espalda y bordeé el pequeño callejón de tierra hasta llegar a su fachada. El silencio, la paz, y una gran luz blanca que provenía de un interior muy rectangular, muy desnudo, me llamaban tanto como el medallón renacentista (¿sería un Boticelli?) de una Virgen con su Sagrado Niño en mitad del altar mayor.

Aquella iglesia tenía una relación evidente con los actores y las actrices ingleses, pues muchos de sus nombres estaban en placas conmemorativas a modo de alto zócalo alrededor de los muros interiores y, cerca del altar, una maqueta de escenario teatral lucía muy antigua bajo una vitrina. El tiempo se detuvo. Nadie diría que a cien pasos la música y la gente formaban un guirigay capaz de aturdir a cualquiera. Parecía que hubiese vuelto a alguna pequeña población en mitad del campo y asistiera a la desierta iglesia en mitad de la noche. Ya no atronaba la vida estresada de la ciudad, sino que estaba sumergido en un remanso para la meditación, como si recibiera una inmersión en agua templada. El lugar no parecía una iglesia, desde mi perspectiva católica de barroquismo español, pero sí reunía las características que la hacían centro ideal para la reflexión y el alto en el camino. La luz reverberaba por todas partes y el medallón del altar, así envuelto por la pared clara y desnuda, destacaba como un pequeño estallido de color que elevaba a la Madre , a la Virgen , a la Mujer que sostiene eternamente al Cristo-Bebé en sus brazos. No había nadie, aparte de mí, en el recinto sagrado. Nadie. Tal vez sea cierto que la iglesia anglicana, como se ha publicado recientemente, está también en un momento de crisis o recesión. Pero yo me sentía muy reconfortado en aquella soledad, en aquella tranquilidad luminosa y algo fría. El templo, aunque muy cúbico y despejado: una única nave de planta rectangular, pero casi cuadrada, era un espacio diáfano, un agujero en el tiempo; me sentía como si fuera el hombre contra el edificio. O el hombre frente a la mirada de la Madre , solos, en mitad de un vacío material.

 

Cuando di marcha atrás y salí del recinto, me sentía tranquilo, tanto que, la incipiente y aun tímida lluvia sólo vino a subrayar mi calma, cual bautismo natural y lento. Y cuando bajaba las escaleras del metro frente a la National Gallery , quince minutos más tarde, mi abrigo empapado no significaba apenas nada. Cierto es que no creo en la iglesia anglicana (¿es posible creer en alguna iglesia entendida como institución que interpreta la vida de Cristo o sólo en Dios?) pero eso no me impidió sentirme cerca de algo que me trascendía.

 

Mi segunda experiencia durante este viaje también estuvo relacionada con la lluvia y con un edificio de la iglesia anglicana. Imagina: últimas horas, últimos minutos antes de coger el autobús de vuelta que me llevaría al aeropuerto (aquel donde pasamos toda la noche rememorando nuestro divertido, intenso y melancólico viaje). Iba con mi maleta de mano a rastras (benditas ruedas), bajo la lluvia, por Oxford Street, con un paraguas recién comprado con la bandera nacional británica, camino de Marble Arch (centro neurálgico de mis últimas visitas a esta ciudad). Tenía intención de visitar unos jardines altos y escondidos tras muros de piedra. Finalmente tuve que abandonar la idea por la cantidad de agua que se deslizaba desde el cielo encapotado. ¿Qué esperaba? Esto es Londres. Decido encaminar mis pasos a otro templo, anglicano de nuevo. No, no hay riesgo, si algo me siento es católico; pero quiero conocer los rincones de esta ciudad y los edificios neogóticos del XIX siempre atraen mi atención.

Descubrí la iglesia por la más pura casualidad, en un paseo matutino, mientras evitaba las tentadoras tiendas de la pérfida Albión, y pensé en ella cuando la lluvia ya me había calado en aquel paseo hacia la parada del autobús. Pensé que podría hacer una parada, descubrir su interior, y descansar un poco antes del tramo final. Y así lo hice, para mi asombro: la fábrica de ladrillo amarronado y las altas ventanas no presagiaban el espectáculo de medievalismo que su arquitecto (Sir Walter Tapper, un adolescente huérfano que se hizo a sí mismo desde la humildad y la genialidad) había preparado para el visitante. Todo, desde las vidrieras a los arcos esbeltísimos, llevaba a una atmósfera propia del mejor Londres decimonónico. La Anunciación es una joya en el corazón del Londres de las compras. Una joya que se presta también a la espiritualidad fervorosa. Quizá por eso, frente a mí, había media docena de personas orando y no me atreví a entorpecer su rezo individual con mis pasos. Me quedé cerca de la entrada contemplando el espectáculo de luz de la gran vidriera tras el altar mayor que regaba la capilla con una luz grisácea, tímida pero veraz, que bañaba el hermosísimo Cristo crucificado sobre un arco (similar a carpanel), acompañado por la madre y el apóstol amado. Otro momento para la colección. Una atmósfera como esta debió de envolver a María el día que el ángel vino a darle la Buena Nueva. Aquí se eleva la vista para encontrar el Cielo, para acercarse a la divinidad y sentir el alma reconfortada. Otro día haré de turista.

 

Ahora que se acercan la Navidad , y el milagro del nacimiento está por celebrarse de nuevo, me pregunto si encontraré la luz de la estrella que guió a los Magos al portal. ¿Dónde la encontraré? ¿Será en Londres?

Me gustaría encontrarla en Madrid, y no en soledad. Es tiempo de celebrar, amiga mía.Ya estoy de vuelta.

Praga. Tras las melodías silenciosas del misterio.

13-noviembre-2009 · Imprimir este artículo

Por Guillermo Arróniz

Praga. Puente Carlos

¡Oh Praga, ciudad de misterio, corazón de Europa!

Has conservado para ti el secreto y el encanto:

en el silencio respetuoso de tus habitantes,

en las sonrisas blancas y hermosas de tus adolescentes,

en el perfil majestuoso de San Vito desde el puente,

en el perfil verdinegro del bronce que mira al cielo,

en la cuesta pronunciada de la calle Nerudova.

Has mantenido tu corazón protegido de nuestra banalidad turista,

tu espíritu alquímico escondido de los comentarios sin sustancia,

has sacrificado el Golden Lane, la plaza del Barrio Antiguo, tu sinagoga Vieja-Nueva…

pero a cambio sigues guardando intacto el sabor de tus pequeñas iglesias al anochecer,

las miradas de tus jóvenes bellos hasta el paroxismo,

el esqueleto juguetón que nos recuerda cada hora lo que significa la arena del reloj,

las torres de Tyn apuntando al más allá y los rezos de los fieles ascendiendo por ellas…

¡Calla muda tu esencia!, ocúltala de las masas, no compartas tu secreto

salvo con aquellos que te buscan desesperadamente, que te conocen de antiguo,

que te aman… como el Tiempo te ha amado, también desesperadamente.

 

Treinta días me separan del aterrizaje en la capital de la República Checa, la famosa y dulce Praga, la alquímica ciudad de Rodolfo II. Por desgracia la marea del negocio del turismo la ha llenado de filas de personas que le roban su niebla, su misterio, su pasado glorioso de centro esotérico. Sin llegar a los límites de Roma, Venecia o Londres, recorrida por miles de turistas hasta el punto de no reconocer habitantes locales en los llamados cascos antiguos o centros históricos, lo cierto es que la fama de la ciudad como “de cuento de hadas” la ha convertido en un destino bastante común.

Eso, sin duda alguna, los souvenirs de influencia rusa (matrioskas por todas partes), y las risas inopinadas y altisonantes de grupos variopintos convierten algunos de los lugares más famosos de la ciudad en una caricatura de su esencia. Praga, sin duda ninguna, mantiene ecos pasados, un velo de símbolos que nos hablan, al igual que su silencio y sus piedras ennegrecidas, de la muerte y de lo que hay más allá de ella, de lo que está por encima de nosotros en parte porque nos alejamos de todo ello atándonos a la materia. No pretendo enunciar ni apoyar ningún manifiesto “anti-sistema” o enarbolar las apolilladas banderas contra el capitalismo. Me refiero a la corriente cientifista entra los intelectuales y a la corriente “GranHermanera” y “reallityshowera” entre el llamado pueblo llano. Nadie quiere hablar de la muerte y nadie quiere reconocer el espíritu que habita en nosotros, que nos da hálito y sentido. No queremos parecer paletos y anclados en las costumbres de nuestros padres y abuelos y lo que parecemos es cobardes e insustanciales. Quizá precisamente por eso se ha maquillado el rostro de esta urbe que nos habla, a través de múltiples bocas y testimonios, de esa otra parte de nuestra realidad como seres que piensan y sienten. No es plato agradable ni cómodo para los turistas, que venimos a cambiar las imágenes de nuestro día a día con edificios bonitos, cerveza de calidad y tejados picudos como de castillo de Walt Disney.

 

Praga. Monumento a Jan Hus

Parece que, con mis primeras frases/versos libres de este artículo, hubiera querido traicionar a la ciudad dando a conocer su secreto, poniéndolo al alcance de profanadores, de burdos profanadores cargados de palomitas y hot dogs. Nada más lejos de mi intención. Hay mil rincones de esta ciudad que se escaparán siempre de la vacuidad de nuestro tiempo. Inevitablemente. Ni los ejércitos de visitantes con hambre de verbena, capaces de levantarse en medio de un concierto de arias de Haendel y poner pies en polvorosa, podrían devastar el encanto y la personalidad de este lugar centroeuropeo.

Aunque no deja de ser triste escuchar su ruido al marcharse dejando atrás los asientos de madera antigua, arduamente trabajados a mano, la iglesia en su claroscuro nocturno, las obras de mármol y fe, y la música que llega a lo más alto directamente de la cabeza y la garganta de una soprano de amplia experiencia: es la triste huella aburrida que imprimen en tantas partes quienes no han venido “a pensar”… ni a sentir. Su huella cenicienta de personas incapaces de valorar la belleza, el arte y la vida que les rodea.

De hecho Praga te envuelve de forma continua con el sonoro silencio del Más Allá. En la blanca iglesia de Nuestra Señora de las Nieves, proyecto truncado de nuestro emperador Carlos V, los claros muros se elevan con altura prodigiosa en esa quietud en la que es posible escuchar. En la que es posible rezar bajo los efectos purificadores de la luz.

En el sueño barroco de San Nicolás, oscuridad y brillos dorados, riqueza y armonía recargada, también es posible oír… oír antiguos mensajes pues se diría que nos miran las calaveras que nos anuncian aquí y allá lo que seremos. Como lo hace el pedestal de la escultura de San Francisco de Borja en el famoso Puente Carlos, como lo hacen las ánimas en el mismo lugar, el mencionado esqueleto del reloj astronómico: los huesos de aquellos tatarabuelos praguenses están por toda la ciudad, bien expuestos, bien representados. La relación con la muerte era otra muy diferente hace apenas un siglo. Tan diferente que ahora somos incapaces de comprenderla. Pero Praga es eso desde el punto de vista más ortodoxo/jesuita al más heterodoxo/esotérico con Rodolfo II, con Fausto y con Madame de Thebas, pasando por el legendario/hebreo con el Golem todavía descansando en el ático de la Sinagoga Vieja-Nueva y el cementerio frente a la misma, del que supuestamente han salido tantas voces para avisar a los vivos.

Caminar de noche por el Josehof te pone en la pista: calles oscuras, vacías, menos comerciales a medida que se interna uno en ellas. Tan sólo unos cientos de metros te separan del bullicio de la Plaza donde los restaurantes sirven sus trampas para turistas en todos los idiomas de la ONU y algunos otros dilectos ignorados. Pero el mundo ha cambiado diametralmente. Aquí no está más que uno mismo contra la oscuridad clareada con tímidas farolas que juegan a llenar de sombras las esquinas, contra el pasado de estas casas y estas sinagogas supervivientes. Incluso Hitler quiso reservar este rincón como museo de lo que, en su intención, iba a ser la extinta cultura hebrea. Algo, sin duda, debe tener.

 

Hay demasiada historia en los cimientos, en los huesos mismos de esta ciudad de defenestraciones, guerras religiosas (husitas a la cabeza), emperadores y alquimistas; de literatura decimonónica y leyendas que la vuelven inmune a los avances del griterío extranjero de paso. Nada de cariño tengo por la figura de Jan Hus, que tan poco favor hizo a la figura de la Virgen y propició numerosas revueltas y enfrentamientos con sus posturas (la pasión religiosa del cristianismo de la época es poco comprensible hoy) y sin embargo algo especial puede respirarse en la iglesia donde vivió y predicó, de muros que parecen páginas de códices miniados por los frescos en ellos representados. Hay otro tipo de atmósfera, ligeramente opresiva, densa, como en todos los rincones auténticos de esta ciudad. Se respira nuestra relación con otra realidad más allá, más compleja que aquella que nos resulta más cómodo admitir como la única.

Por no hablar de la educación (a veces algo seca) de sus habitantes. El silencio en los vagones del metro, en los tranvías, entre los grupos de adolescentes que entran a los restaurantes y cuya entrada y salida pasa totalmente desapercibida. No son gente de alboroto, pero son gente de música, más allá de los conciertos ad hoc para visitantes: los auditorios se multiplican, están en todos los edificios que son orgullo nacional. Los compositores siguen significando algo en esta ciudad que levantó su nacionalismo sobre las partituras encendidas de Dvorak o Smetana. Aquí compuso Mozart Don Giovanni y ésta fue la única ciudad que le guardó luto en la triste hora de su muerte. Quizá por eso son tan silenciosos los praguenses, porque quieren escuchar la profunda música que todavía sale de los tubos del órgano que tantas veces tocara Mozart, y la melodía de lo que viene del “Mas Allá”.

 

Y entre este silencio musical, proclive para el pensamiento, la belleza de sus jóvenes, auténticos modelos de Europa, demasiado esbeltos y rubios para ser Hércules y demasiado vivos para ser Adonis; un equilibro de la naturaleza.

Ante sus pieles traslúcidas, sus cabellos claros, sus sonrisas frescas, sus cuerpos atléticos y sus sonrisas prístinas y la presencia continua de las calaveras sólo cabe pensar en la Vanitas con el eco de un silencio distraído por esas músicas decimonónicas. Sólo cabe pensar. Vivir y pensar. Porque sus dulces rostros invitan a la existencia y las calaveras de sus antepasados a una reflexión sobre nuestro futuro.

Desde que entrase, por la Torre de la Pólvora, a las callejuelas de la ciudad (hay quien afirma, quizá con alguna cerveza de más de por medio, que las calles en esta ciudad pueden llegar a desaparecer o cambiar de sitio) estuve bajo este influjo, bajo este encantamiento que se rompía sólo ante las concentraciones en el Castillo, la Plaza o la terraza en lo alto de Mala Strana.

Es posible encontrar aún Praga, viajeros. Es posible y recomendable, porque, aquí dicen que se encuentra una de las pocas entradas al Infierno de las muchas que hubo por el viejo continente… porque hay una segunda realidad que se hace casi visible, táctil… todavía presente.

Londres. El eterno retorno.

Trafalgar Square

Será porque uno de los últimos símbolos de la ciudad es un “ojo” redondo que da vueltas sin fin, o porque según Samuel Johnson dijo en 1777 cuando un hombre se cansa de Londres está cansado de la vida, el caso es que siempre acabo regresando a esta ciudad.

Llegué a ella un mes de septiembre, en 2002, ante una perspectiva laboral madrileña triste, por decir algo, y con aparentes ganas de practicar un idioma que se suponía que hablaba bastante bien para la media española. Me encontré con unas estaciones de metro/underground diminutas pobladas por ratones grises noctámbulos que camuflándose entre las vías, con una libra que al cambio se cotizaba en 250 pesetas, ahí es nada, y una urbe enorme en la que no entendía ni papa. O ni pope.

Me pasé tres meses viviendo el ambiente navideño, que aquí empieza en octubre, cuando todo el mundo ha perdido con los regalos ya la poca cordura que le queda el resto del año. Regresé a España y fue tan sólo para tornar a la pérfida Albión, aunque esta vez con otro destino más al sur. Lo cual no evitó que la gran ciudad me atrajese como la gravedad me mantiene atado a la tierra: realicé varias escapadas al gigante de piedra y hormigón que me atrapaba con su tamaño y su historia. Dejé la isla en 2004 y en 2006 la visité brevemente, para reencontrarme con esta fuente de vida, adrenalina y soledad que es para mí London. Es mirando a las Casas del Parlamento, desde el puente, sobre el Támesis, donde me siento tan pequeño y vulnerable como frente al mar; pero aún más solo. Será porque estoy rodeado de gentes cuyo idioma sigue sonándome a lata isabelina, a lengua vampírica, a drama grabado con letras de oro, a romanticismo victoriano y prerrafaelita: tan extraño y seductor como una sirena milenaria. En 2009 me ha tocado regresar y he caminado por las calles en plena noche, perdiéndome donde es imposible hacerlo, sintiéndome una pequeña llama que baila en mitad del oscuro universo.

Es un tópico, pero lo encuentro real: aquí puedes encontrarte los estilismos más agresivos, incoherentes, coloristas, punkies, góticos, mafiosos y clásicos, y también los más cheese cursis sin que nadie se digne observarlos más de una décima de segundo: no importa cómo te vistas, no importa quién seas: la ciudad siempre tiene espacio para ti. Te acogerá y te ignorará como la insignificancia humana que eres.

He visitado París, Roma, Berlín, Lisboa, Ámsterdam, Toledo, Madrid… capitales de imperios, ciudades inolvidables; pero si alguna merece el apelativo de ciudad del imperio transoceánico por excelencia, ésa es el corazón de Inglaterra. A medida que vengo voy conociendo sus interiores, desde los grandiosos y populosos (una hormiga más entre las masas de turistas): Westminster Abbey, Saint Paul Cathedral, National Gallery, British Museum, Tate Britain, Tate Modern… y los íntimos rincones de personas que marcaron un estilo John Soane House, Haendel House, Wallace Collection… más me doy cuenta de que sigo sin conocer esta ciudad. Imposible abarcarla. Silenciosa y antigua cuando un domingo por la mañana The Mall, frente al St. James Park, está vacío o cuando se mira de cerca la madera de las ventanas todavía de estilo georgiano; o multicultural y turística cuando ponen en tu mano un panfleto anunciado Las cuatro estaciones en Saint Martin in the Field o cuando pides que te saquen una foto, henchido el pecho por tu perfecta pronunciación británica, y te contestan en castellano.

Me atrapa, me confunde, me pierde. La sede del reconstruido teatro The Globe (supuestamente recreando aquel escenario de Shakespeare que aún tengo que visitar); la casa de la Torre de Londres, sangriento lugar teñido de azul por el derramado líquido vital de tanta nobleza; el único emplazamiento donde una estructura de catedral contiene en realidad un museo con esqueleto fósil de dinosaurio en lugar de bancos para fieles creyentes, y unas vidrieras blancas que quizá pretendan dejar pasar sólo la pura luz de la verdad, sin colorearla.

Algo me dice que pasará mucho tiempo antes de que regrese. Y aunque aún no he salido de ella todavía, ya siento la nostalgia. No me hice adulto aquí, a pesar de tener que asumir mis primeras facturas. No me he hecho adulto todavía. Pero algo se rompió, algo crujió en mi interior con la primera foto que me hice saliendo de una cabina roja. Y parece que sólo vuelve a unirse cuando camino por estas calles… de enormes dimensiones, llenas de tiendas, abrumadas por el materialismo y la superficialidad de una sociedad que a duras penas recuerda sus orígenes.

Si alguien lo entiende, que me lo explique.

A pesar de todo… intuyo que volveré. Y lo deseo. Pero puede que no sea solo.

LibertySan Jorge

Guatemala. El viaje solidario.

28-septiembre-2009 · Imprimir este artículo

Por Guillermo Arróniz

Energía sin Fronteras

 ¿Se puede saber dónde, en qué rincón perdido de América, se encuentra Guatemala? ¿Y Nicaragua? Siempre fui un mal estudiante de geografía. Ni siquiera me sé los ríos de Europa (como mucho los nombres de aquellos en los que me he mirado el reflejo, lo cual habla no poco de un narcisismo idiota, porque desde los altos puentes del Sena, el Támesis o el Tíber no hay quien se vea en las aguas, que por demás suelen venir sucias de gran ciudad).

 Tendré que coger un mapa del continente colombino y buscar el susodicho país. Porque allí tengo una amiga, perdida en mitad de la selva, para llevar electricidad y agua potable a una pequeña comunidad indígena. Mi amiga, para más señas, es ingeniera o ingeniero no es que lo tenga demasiado claro ya en estos tiempos de correcciones políticas y vaciedades formales, y no se ha ido de vacaciones en agosto, ni está trabajando para una multinacional en estos momentos. Ha cogido su tiempo libre y lo está regalando, en horas de trabajo, para que cierto grupo de seres humanos puedan acercarse, en su día a día, a lo que entendemos por vida digna. Estudiando su calendario laboral y haciendo encaje de bolillos con el mismo, en mitad de un verano húmedo y cálido a más no poder, ha tomado un avión para aterrizar en Centroamérica, y trabajar en una comunidad llamada Las Conchas. Lleva ya algunos meses trabajando en este proyecto, dentro del seno de la ONG Energía Sin Fronteras (http://www.energiasinfronteras.org/), y ahora le toca movilizarse y poner las manos en el barro, valga la expresión, para levantar las estructuras necesarias que permitan la salubridad a un grupo de personas que actualmente tienen que caminar varios kilómetros para acceder al agua.

Yo, que sólo soy capaz de moverme para descubrir los restos culturales de civilizaciones muertas (la egipcia, la romana, la griega, la europea…), me fascino ante la capacidad de sobrevolar el Atlántico con el único fin de trabajar miles de horas al día… para beneficio de perfectos desconocidos. Dar dinero se revela entonces como uno de los medios para ayudar a la gente, pero no el único. Dedicar el tiempo y los conocimientos son igualmente importantes. Obviedades que uno no se plantea hasta que ve los preparativos de una buena amiga para desplazarse miles de kilómetros y preparar contactos con suministradores y autoridades, cálculos y especificaciones técnicas. Ella verá la selva, sentirá el calor húmedo de esa lengua de tierra llamada Centroamérica y olvidada por casi todos pues nuestra atención se centra en los grandes países del norte y del sur, importantes líderes mundiales o exportadores de petróleo o carne. Los estados pequeños, como de costumbre, parecen tener poco que decir. Ella viajará realmente al corazón de una forma de vida. Conocerá a las personas con quienes colaborará y a quienes enseñará el uso de las instalaciones que les dejen para asegurar su sostenibilidad. Ella vivirá el color de la tierra y los ruidos naturales. ¿Habrá pájaros de agudos trinos? ¿Sentirá en su blanca piel el ataque de cientos de mosquitos? ¿Verá asomarse el sol por encima de vegetaciones espesas de verdes oscuros? ¿Comerá las sencillas especialidades culinarias de los nativos? Entre sus preparativos ha tenido que soportar vacunaciones varias, estrés añadido, falta de sueño… Pero no lo hará por ocio, sino por un sentimiento de colaboración que se encuentra diluido en mi interior, por decirlo de una forma generosa conmigo mismo.

Podría yo pensar que, no siendo ingeniero, no estoy obligado a su hermoso gesto. ¿Qué podría hacer yo viajando a aquel rincón del mundo salvo estorbar? Sin embargo mi hipocresía sería tan grande como mi cobardía. Junto al ejemplo de Beatriz Fernández tengo el de Nuria Rita Sebastián. Ella es escritora y editora, y ha puesto los beneficios de su obra coral: ¿De otro planeta? al servicio de la alfabetización de mujeres nicaragüenses. Hala, otra vez al mapa. Otra vez a sufrir con el reconocimiento de mi ignorancia y mi insolidaridad. Ella también viajó miles de kilómetros para ayudar a gentes desfavorecidas por el mero hecho de haber nacido en puntos marcados por latitudes y altitudes donde no se “corta el bacalao”, ni siquiera para comer. Así de crudo. Allí estuvo ayudando a su hermano, quien formaba parte de otra organización cuyo objetivo era ayudar en el día a día a las poblaciones indígenas. Pero, a su regreso, puso su saber y sus medios, para seguir colaborando. No calcula cimientos, pero no le hace falta para cimentar la mejora de la vida de seres humanos como nosotros. Su viaje continuó a su regreso. Su viaje continúa todavía. Nuria es de esas personas que utiliza el paisaje para expresar estados emocionales, y lo hace maravillosamente. Sin duda alguna aquel viaje redobló sus perspectivas, ensanchó osu sabiduría como lo hiciera en Canterbury, en Soria o en el País Vasco. Ella todo lo mezcla y lo agita en su interior. Y los viajes son exprimidos hasta su última experiencia, por lo que imagino que Nicaragua no fue una excepción sino una potencia: allí conocería de primera mano a las mujeres que ahora quiere ayudar a alfabetizar. ¿Se escribirá con ellas ahora? Nunca habla de eso, y sin embargo me parece uno de los motivos más nobles del mundo para desplazarse: ahora esas nicaragüenses podrán leer libros, escribirle cartas, entender sus bellos párrafos sobre los pueblos perdidos del sureste inglés o la meseta castellana.

Y yo sigo sin dar un paso para otra cosa que no sea mi propia persona. ¿Aprenderé de ellas? La lección está impartida con generosidad, sin vanidad alguna, con el ejemplo de quien trabaja por los demás de corazón. De esta forma se reducen las distancias, estos viajes unifican las sociedades, unen a las personas, estos viajes son viajes humanos en la extensión más auténtica del verbo: se hacen por el hombre, para el hombre, desde el hombre, dicho sin machismos pues ellas son dos magníficas mujeres, hechas y derechas, como podría decir la Beauvior.

Lourdes. El viaje contado.

          ¿Quién no conoce la imagen de los vecinos pesados que te invitan a su casa para contarte el crucero por los fiordos noruegos? Con la evolución de las tecnologías se pasó de las fotografías y/o diapositivas a las películas caseras y, finalmente, a los vídeos que ya las propias agencias de viajes grababan y distribuían por un módico – o no tan módico precio- dejando a los maridos sin escudo al que asirse durante las vacaciones en ausencia de la radio y los partidos de fútbol. Sin embargo siempre me ha fascinado el porqué de este aburrimiento, de este sentimiento de rechazo que se sentía por los amigos, primos o conocidos que querían mostrarnos sus días por las arenas del Egipto faraónico o por las piedras blancas y refulgentes de los ruinosos teatros griegos. Siempre los hemos “confirmado” con el adjetivo de pesados, pero imagino que algunos, entre todos ellos, tendrían gracia para contarnos sus peripecias allá lejos, fuera en la exótica Thailandia o en el formal y laborioso Japón. Sin embargo la imagen da sopor. No importa quién haya ido, no importa que quiera mostrarnos fotografías o vídeos: tener que hacer esa visita es siempre un compromiso que no se puede evitar pero al que poca gente quiere ir. ¿No será acaso por la envidia que nos produce ver el fulgor en sus ojos, la ilusión que vibra en sus voces cuando recuerdan aquello de lo que no hemos sido parte, que no se nos ha dado? Podría ser, no me atrevería a negarlo categóricamente. De hecho cuando se trata de nosotros, olvidamos ese prejuicio o lo desechamos como algo que no nos atañe, y llamamos a los más cercanos para hacerles partícipes, en una tarde amenizada con el queso, el jamón y el vino o la cerveza, de nuestros anecdotarios viajantes. Tampoco olvido que nuestra sociedad no se paraliza por la aparición de libros de viajes (que arrasaron durante el siglo XIX); ni por los magníficos documentales que diferentes cadenas producen y emiten mostrándonos rincones del mundo. El viaje se ha banalizado, se ha democratizado y se ha afeado hasta convertirlo en un itinerario comprimido y obligado de destinos dentro de un destino donde no cabe la posibilidad de la aventura, ni de la sorpresa. El viaje es algo que se realiza para variar de escenario, a toda prisa, limitados tanto por el dinero como, sobre todo, por nuestra indiferencia ante lo que podemos contemplar: tras esta iglesia vendrá otra, mezclaremos sus nombres en el recuerdo, las obras de arte de los museos, los arquitectos y los artistas, si alguna vez nos tomamos la molestia y el tiempo de conocerlos. Todo son imágenes que se suceden: imágenes bellas, sí, pero que no se acompañan de ninguna reflexión. La reflexión parece volver pesados los viajes. Y hoy lo único que cuenta con nuestro beneplácito –que no con el de las compañías aéreas- para pesar son las maletas donde irán todos esos trajes y palmitos que esperamos lucir para asombro y admiración –que no serán tales- de nuestros compañeros de ruta. Pero dejando de lado todo esto, vanidad de vanidades vanas, yo quisiera centrarme en ese fulgor, en esa ilusión de las que hablaba antes. No hace mucho mis padres viajaban por segunda vez a la pequeña ciudad de Lourdes. Y hace apenas unos días nos reuníamos con una vecina que ha sufrido una pérdida muy reciente. Y fue bonito verlos a los tres recordar momentos de sus desplazamientos por España en aquellos primeros Seiscientos y en sus descubrimientos fuera de nuestro país, con la alegría del pionero avión y la descripción de las nubes vistas desde arriba y no desde abajo. Lourdes es un destino al que aún no me he acercado. Sobre todo espiritualmente. Creo que el viaje a aquel lugar, como a Fátima, Roma. Jerusalén o Santiago, hay que hacerlos cuando uno se encuentra en la órbita adecuada, con el alma abierta hacia los demás y hacia lo infinito, hacia Dios o hacia el sentido sobrehumano que habita en nosotros. Por lo tanto estoy a la espera de encontrarme con el desapego suficiente para encaminar mis pasos de peregrino hacia allá. (Sobre peregrinaciones, religiosas y personales, espero hablar en otras ocasiones, más adelante). Pero ellos han hecho el viaje dos veces ya y siempre vienen contando maravillas sobre la fe, la inmensa y continua hilera de enfermos, la grandiosidad que allí se respira y ciertas inevitables comparaciones con Fátima y sus hermanas procesiones de las velas. Allí se genera, por lo que cuentan, un sentimiento colectivo, un destino común de las oraciones que suben, por vía directa, hacia un cielo que muchos creen indiferente pero que allí se considera siempre atento a escuchar las súplicas, las atienda como se le pide o no por razones que se nos escapen. Escucharles es vivir un poco esa emoción y me resulta reconfortante, incluso cuando siempre me duela escuchar desgracias ajenas. Allí hay mucha aceptación del infortunio, mucho voluntariado desinteresado, mucha esperanza en algo que va más allá de los sentidos físicos. Algo que parece tener que ver con la humildad y la sencillez de la niña que un día vio, oyó y obedeció. Pero, en fin, no todo es esto tan profundo, tan elevado. También se mezclan las historias sobre las comidas (las gastronomías siempre dan para mucho cuando se pasa una frontera). Sus consejos sobre evitar las sopas y caldos franceses vienen ya de antiguo, cuando realizaron su primera incursión en el país vecino empezando por su capital. Según lo describen, aquel guiso es digno de los odios de Mafalda: un agua sucia, insípida y huérfana donde los fideos, escasos supervivientes de un holocausto tacaño, se esconden y se rehúyen entre las cucharadas tristes en su vaciedad de líquido y tan sólo líquido parduzco (sin que se sepa muy bien qué le da el color). También hacen amalgama otras sensaciones, otras remembranzas… asoman viajes antiguos; ciudades españolas donde se veraneaba en pensiones modestas, a veces casas de mujeres viudas que buscaban su sustento alquilando las habitaciones de sus casas a veraneantes sin grandes medios; playas desiertas; un Benidorm no masificado; lugares de alojamiento que se prometían capaces de albergar a toda una caterva de amigos y que se encontraban a muchos kilómetros de la ciudad anhelada; hoteles con encanto en mitad de la meseta castellana o percances en las duchas venecianas. En fin, todo un mundo improvisado de pequeños relatos que me deleitan y que me incitan a contar mis pequeñas idas y venidas, incluyendo las que he realizado por los intestinos de mi propia ciudad. No son pesados, son muy entretenidos cuando hablan, cuando se ríen de las peripecias que han vivido en sus carnes y que ahora cuentan sin poder evitar esa sonrisa cómplice de quien sabe ya que hay que disfrutar de cada momento venga como venga. Estoy deseando otro café, otra reunión de confidencias espontáneas, durante las que me llevarán otra vez de la mano por ese pasado, lejano y reciente, de viajes y diarios curiosos sin escribir… todavía.

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