Crónica de la Manifestación del Orgullo Gay. Madrid 30.06.12. Carta a Gaël.

Querido Gaël,

Fotografía por Qviron Lethebain.

La semana pasada cumpliste un añito y me hubiera gustado regalarte un bonito cuento con moraleja y personajes encantadores, de esos que hacen que los niños dejen volar su imaginación. Pero tengo que confesarte que nunca he sido capaz de escribir cuentos para niños. Quizá sea porque yo no tuve una infancia muy feliz (no fue dramática, no te apures, sólo un poco descentrada) o porque siempre me enamoró la idea de ser adulto, y ahora que lo soy estoy feliz con que mi deseo se haya cumplido. Cosa, por otra parte, bien rara, porque cuando un deseo se cumple se suele querer otra cosa o quizá que no hubiese llegado nunca su realización.

Sí, Gaël, los mayores somos muy peculiares. Te costará algunos años entendernos.

Estabas muy guapo el día de tu cumpleaños, con tus ojos grandes, tus rizos medio dorados y tus amiguitos y familiares celebrando ese gran día y yo, que aún sigo queriendo regalarte unas palabras, he decidido escribir esta crónica pensando en ti, porque quizá un día, cuando seas mayor, la leas y te cueste entender de lo que hablo. Sería algo muy hermoso.

El sábado pasado fui a ver y también, un poco, a formar parte, de la que llaman Manifestación del Orgullo Gay de Madrid. Es una Manifestación que tiene mucho de festivo y mucho de reivindicativo también. En realidad se celebran manifestaciones con el mismo nombre en muchas ciudades del mundo. Pero la de la capital de España es una de las más famosas y multitudinarias. Cosas del Destino, que es caprichoso y tiene predilección por este país que es una encrucijada o cruces de caminos entre el norte y el sur, entre Europa y América. No es que sea yo muy dado a acudir a las manifestaciones. No habré ido a más de una decena en mi vida, y sólo acudo cuando creo que el motivo es de gran peso. No por lo que se consiga con ellas, sino porque firmemente me siento en la obligación moral de ir. (Eso de la obligación moral es una cosa imposible de tocar y que mucha gente mayor utiliza como si fuera un arma o un blasón; o sea, más cosas de mayores).

Esta Manifestación, no obstante, como te digo, tiene algo de especial. En ella puede verse a gente disfrazada, escucharse mucha música, y gozarse de una alegría generalizada que difícilmente encontrarás en otras reuniones sociales o reivindicaciones populares. Desde que el mundo es mundo, o más bien desde que existe memoria del hombre y sus percances, se sabe que ha habido hombres que se sienten atraídos físicamente por otros hombres y mujeres que se sienten atraídas por otras mujeres. No son una mayoría, pero existen y son muchos. Muchos muchos. Muchos más que toda la gente que conoces de la familia, del vecindario y de la guardería. Muchísimos más que todos los niños de todas las guardarías de Madrid. Muchísimos más que todos ellos más todos los niños de las guardarías de la Argentina, de donde vino tu mamá.

Como se atraen, a veces se tocan, y se gustan, y se relacionan, e incluso llegar a compartir su vida, como lo hacen tus padres. Hacen vida de pareja. Y cada uno es de una forma distinta, como también lo son la pareja de tus padres y las de tus tíos, y la de tus abuelos maternos, y la de tus abuelos paternos. Porque cada persona es diferente de otra y tiene sus gustos y preferencias.  Sin embargo, hay gente a la que esto no le parece bien. Quieren que los hombres sólo se relacionen con mujeres y viceversa. Y por eso han castigado y condenado a estos hombres y mujeres distintos de la mayoría que se llaman homosexuales, lesbianas, gays, transexuales, bisexuales… pero que han recibido muchos nombres a lo largo de la Historia. Ya irás descubriendo, muy pronto, que esto del lenguaje y la comunicación es algo hermoso pero lleno de vericuetos, laberintos y trampas, un inmenso juego al que yo sigo jugando a mis treinta y cinco años.

Y hace cuarenta y dos años, en las lejanas tierras de América, un grupo de estos hombres y mujeres se cansaron de ser perseguidos por ser ellos mismos y querer a otras personas, y empezaron a quejarse con voz enérgica. Estaban cansados de aguantar. Cansados en sus personas y en las de todos aquellos que les precedieron y tuvieron que vivir en el silencio, la mentira, la ocultación y el miedo… o en condiciones terribles.

Desde entonces se ha venido celebrando esta Manifestación tan especial donde se reúnen grupos de personas con gustos muy concretos: osos, lobos, cachorros, cazadores, chubbies, leathers, musculados, drag-queens, travestis, transexuales (dentro de los transexuales hay una inmensa variedad de grupos también), lesbianas (butches, femmes, ursas)… y un largo etcétera. Junto a ellos se han ido uniendo heterosexuales, es decir, aquellos que forman parte de la mayoría, para darles apoyo y disfrutar de la fiesta. La fiesta original tiene el nombre en inglés y al hacer la traducción se cambió Manifestación de la Dignidad por Manifestación del Orgullo y esto ha dado lugar a no pocos debates y discusiones más bien tontas.

El caso, querido Gaël, es que yo había ido dos veces a ver esta Manifestación en Madrid y las dos veces había estado un rato, me había divertido, pero había pensado que esta no era la mejor manera de pedir derechos, porque, al ser tan alegre y desinhibida, pensaba que la gente no la tomaba en serio. Que para pedir derechos y un trato digno e igualitario era preciso vestirse de traje y corbata, hablar con voz profunda y decir cosas muy engoladas y bien pensadas. Vamos, dar un aspecto de lo que se llama en Occidente “respetabilidad”, que a veces sólo quiere decir “capacidad de aburrir hasta a las ovejas” y a veces sólo “disfraz de hipocresía”. Pero este año, el primero que veo el desfile completo, desde la pancarta inicial pidiendo igualdad en el trato de matrimonios del mismo o diferente sexo, hasta la última de las carrozas (sí, hay carrozas, como en la cabalgata de los Reyes Magos), he experimentado una transformación personal muy grande.

Fotografía por Qviron Lethebain.

Lo que realmente importa no es “aparentar” la respetabilidad, sino ser exactamente quien eres para que los demás lo sepan y empiecen a comprender que existes, que eres de esa forma, tan respetable como cualquier otra que no dañe a los demás. Es la única forma de reivindicar de manera real. Y si hay hombres a los que les gusta dejarse mucho pelo por la cara y por el cuerpo; y otros a los que les gusta vestir de cuero; y otros a los que les gustan las prendas coloridas y con vuelos; y a otros a los que les gusta enseñar su cuerpo… ¿qué de malo hay en todo ello? Nada. No sólo no hay maldad alguna sino que es tan respetable como ir vestido de traje de falda y pantalón, o de vaqueros y camisa. O como que te gusten los pasteles de limón, o las mujeres morenas. O los hombres bajitos o los candados. O los sellos o las esculturas contemporáneas. O los libros, o los peluches. En fin, el mundo es tan grande y tan variado que la oferta es casi infinita.

Este año vi hombres muy hermosos, hombres muy seductores, mujeres de cuerpos muy trabajados, hombres mayores disfrazados, mujeres que llevaban pancartas muy ingeniosas… y aunque había visto otros similares a ellos, nunca les había dado tanta importancia, tanta individualidad y valor a cada uno de ellos.

“Normal es un programa de mi lavadora”; “No sé por qué hay tanta homofobia con lo guapa que es mi novia”; “Soy mujer en paro y lesbiana en activo”; “La homofobia se cura, la homosexualidad no”… y otras consignas y mensajes eran lanzados para todos. Unos más graciosos, otros más ingeniosos, otros más serios, todos contenían una realidad profunda, una esencia del ser humano: la necesidad de respeto.

Te voy a dejar dos fotografías junto a este texto. Dos fotografías de un artista que ha sabido captar la complejidad y la belleza del momento. Una de ellas representa a un hombre con alas. Es un hombre que tiene un cuerpo musculado, equilibrado, un hombre muy bello según los cánones de nuestro siglo. Lleva unas alas de mentira, parte de un disfraz. Son una alas muy especiales, muy originales, con mucho trabajo detrás. Hablan del deseo del ser humano por tocar lo divino con las manos, del deseo de volar, de comprender a Dios y a sus criaturas; pero también de la artesanía y la creatividad humanas. Las luce ese hombre con una sonrisa casi permanente, con esa positividad y esa alegría que lanza otro de los grandes símbolos al mundo.

La segunda fotografía sería criticada por más gente que la primera. Bueno, la fotografía no, la actitud y el vestuario de quien la lleva. Se trata de un hombre joven; delgado; fibrado; de tez muy pálida; con un vaso de plástico en la mano derecha; con mochila a los hombros pero sin camiseta; varios pendientes en las orejas; mirada algo ausente o desafiante, o quizá indiferente; y el calzoncillo muy muy bajo, dejando ver parte del vello púbico, que se une a una mata de pelos que bajan, in crescendo, desde el ombligo, destacando con la casi “imberbidad” del resto del torso. Hay una pose, un deseo de mostrarse, de provocar, de seducir que perturba, que desasosiega a las mentes “biempensantes” que creen que no existe el sexo o, si existe, no debe hacerse evidente. Ah, es tan compleja esta imagen. Da lugar a tantas interpretaciones, que su riqueza me puede emocionar.

Querido Gaël, no quiero seguir hablándote sobre el casi millón de personas que dicen que nos congregamos en este evento, ni sobre las carnes prietas que vi, ni sobre las alegres canciones que escuché. Pero quiero invitarte a que, cuando seas mayor, si aún existe este evento (ojalá sólo sea por recuerdo y festividad, y no queden desigualdades sobre las que reivindicar) te acerques, lo veas, lo disfrutes y lo pienses. Porque es espectacular, especial y emotivo. Lleno de sentido humano y belleza.

Paseos por la tierra de la sorpresa y los engaños.

Paseos por la tierra de la sorpresa y los engaños.

 

Catalina de Aragón no era quien creíamos.

La escolta policial en moto nos tuvo en vilo.

El Photshop que usaba las palabras en vez de las teclas.

El aguja de Cleopatra no era de Cleopatra ni era aguja.

El pato regio.

Las ramas entre los leones.

Los ángeles gemelos, el leproso y el sano.

La reina sin palacio y el palacio sin reina.

 

Todo viaje lo es de descubrimiento. Si no lo fuera la esencia del desplazamiento se diluiría como una bolsa de polvo en una laguna. Pero a veces dejamos que se nos escapen los momentos, las sorpresas que salen a nuestro paso… quizá porque nuestro paso es demasiado rápido como para poder fijar la vista o la atención lo suficiente.

Camino, con alevosía y nocturnidad, por las calles de esta histórica ciudad, buscando un palacio que identifique con María I, encontrar algo de su esencia. La Torre de Londres me queda lejos, la Casa de la Joya, junto a las famosas casas del Parlamento está muy desvirtuada, y Hampton Court ni siquiera está en esta ciudad. Ningún libro en la tienda de la Westminster Abbey, donde está enterrada, ni en el British Museum, ni en la cripta de S. Martin’s in the Field he encontrado a lo largo de mis viajes que hablase –en exclusiva de ella. Es uno de esos personajes en los que se ha concentrado el odio, ha cristalizado como si de un icono se tratara, y su figura resulta, por decirlo suavemente, políticamente incorrecta. Ciertamente ni en vida ni después tuvo suerte. Como buena católica, su marketing ha sido espantoso.  Pero su fuerza de voluntad y su apasionamiento la hicieron reina y ganan mi corazón un día y el siguiente. Por no mencionar su humanidad, su capacidad para los errores y los remordimientos. No hay un palacio para tan inesperada reina… aunque ahora que lo pienso, St. James Palace, que sigue vinculado a la familia real y a las recepciones públicas, ni siquiera parece ya un palacio en el que ella firmase el tratado de rendición de Calais. Y para mí, si ella no está aquí, es un palacio sin reina.

Pero no dejo que la tristeza me embargue porque pronto dos gemelos dialogan su pétreo enigma que guarda una puerta tras la que, estoy seguro, hay un pasadizo secreto al infierno. Uno de ellos tiene un rostro demacrado, leproso o sifilítico, paga los pecados de su alma con un físico que se  rebela escatológicamente contra su dueño. Su perversidad queda oculta en su mirada fría, de ángel, y por lo tanto de sobrenatural indiferencia hacia los asuntos del hombre, ser diminuto al que seguramente desprecia por su desprotección y vulgaridad. Frente a él, bello, blanco e impoluto, su gemelo mira hacia los misterios del Altísimo y su Universo con cierto dolor de quien se sabe alto pero es incapaz de comprender la supremacía divina, falto de la Misericordia que caracteriza al Creador. Pequeñas llamas de su esencia espiritual recorren su cara. Tras ellos la puerta de madera que une el mundo terrenal con el dominio del Maligno. Vigilan, no quién sale, sino quién entra, porque no todos tienen abierto el acceso a este mundo ignoto y malinterpretado por la Humanidad.

Sigo mi camino tras un pequeño escalofrío al recordar mi tamaño minúsculo y sin embargo inmenso. Me siento como si estuviese al borde de un puente sobre un inmenso río sucio, y el aire me empujase con fuerza, enfrentándome a un gran espacio libre. No padezco de agorafobia pero la sensación, entiendo, debe ser similar. Me siento parte de unas fuerzas cósmicas que no puedo controlar cuando un mensaje de vida y voluntad sale a mi paso. En lo alto de un edificio centenario dos leones con escudos y fauces dispuestas a tragarse una hamburguesa de hombre sin pan ni nada encuentran un compañero bajo las lluvias de este plomizo junio: unas ramas de arbusto han nacido entre las piedras y crecen, contra todo pronóstico, delgadas y obstinadas, como nudosos dedos de rastrillo, hacia la luz del sol que hay tras las nubes. ¡Cuántas veces podemos agarrarnos a ese pequeño intersticio entre las piedras y encontrar en él el alimento que nos haga sobrevivir contra viento y marea! En las peores condiciones o cuando más fácil resulta nuestra caída parece que más fácil, nos aferramos a la vida y valoramos sus “pequeños” regalos como el mayor de los prodigios. En realidad lo son. Estoy cerca de un patio encantador, casi inconcebible en una ciudad “imperial” y decimonónica, pero Londres sigue teniendo estos rincones de Jack (the Ripper, ¡por supuesto!): apenas podrán ser veinte metros cuadrados pero un busto, una esfera armilar y una farola de antiguo diseño vuelven las fachadas de ladrillo en un lugar de encantamiento.

Nada que ver con tan agresivos vecinos de las esforzadas ramitas es mi siguiente protagonista, el pato que come entre la hierba, ignorando mi presencia, mi cámara, mi descaro, mi intromisión, mi calvicie y mi incongruencia en la combinación del traje de chaleco y chaqueta con la bolsa de viaje de tela con un estampado vacacional, demuestra su lugar de origen y su soberbia superioridad de ser ajeno a las desdichas. Él es un pato de los St. James Gardens o Jardines de San Jaime, y, si uno se fija en la instantánea que tomo del regio animal se puede ver, tras su cuello largo y flexible, la mole blanca del palacio británico más fotografiado por el cambio de la guardia… Su natural e inocente preocupación por alimentarse con lo que los turistas han dejado a su paso, le convierte en un ser vivo por encima de mi constante preocupación humana, tantas veces absurda, innecesaria e improductiva. Su majestad es absoluta pues lo es su indiferencia. Soy su súbdito y debo darle de comer y dejarme de pelotudeces (él es un pato muy internacional, pues por aquí pasan todo tipo de visitantes, y por supuesto ha aprendido a dominar todos los giros de todos los idiomas, incluido el argentino, viste).

Llego, a pasito lento, pero implacable, al Támesis, ese río que me da miedo pero me fascina. Ese río de la revolución industrial al que miran tantos edificios inolvidables. Caminando por su orilla uno viaja unos tres mil quinientos años en el tiempo para darse cuenta de que la publicidad siempre fue engañosa, mucho antes de que existiera la televisión y sus mecanismos de tortura aplicada a través de las ondas adictivas cargadas de aburrimiento. Me acabo de encontrar con la “Cleopatra’s needle”, es decir, la “Aguja de Cleopatra” que es como se llama a este obelisco originariamente erigido por orden de Tutmosis III en un templo de Heliópolis. No me importa que le quiten a tan belicoso y exitoso faraón la gloria de haber mandado construir tan impresionante  monumento pues parece que él quiso borrarle la gloria a su antecesora, la reina Hatshepsut, así que donde las dan las toman y callar es bueno, que podría decir cualquiera de mis tías o mi madre, baúles sin fondo de sabiduría popular. Pero vayamos algo más lejos, ¿aguja? Imagino que no será de coser, porque entonces Cleopatra no hubiera sido un icono del exotismo y la seducción, sino una giganta Carpanta que se hubiera comido a su pueblo condimentado con miel y especias del país del Punt. En resumen, que ni es una aguja, ni fue de Cleopatra, ni la reina faraona se dedicaba a coser jerséis de punto para cíclopes griegos. Pero ahí está el Clepatra’s Needle, mirando a un río bien distinto al que un día iluminó reflejando el sol. Nunca sabemos el destino que nos deparará la vida, do we?

Pero esto de confundir al personal no es que sea cosa de elementos arquitectónicos ni del pueblo llano y sus ocurrencias para poner sobrenombres y motes a todas las cosas.  Es parte de la salsa de la vida. Y de esa publicidad de la que hablaba antes. Ahí están los primeros Photoshop de la Historia (el programa no es un invento conceptual, sólo una innovación tecnológica de algo que se viene haciendo desde hace siglos): las pinturas. ¿O es que pensamos que los retratos que se enviaban los monarcas y los aristócratas eran modelos de hiperrealismo y veracidad? No. Había que venderse. Había que “mejorar” la imagen y no sólo con afeites y cosméticos, sino con ciertos “retoques del autor”. Por supuesto los panfletos panegíricos y las voces aduladoras siempre han existido, que es un Photoshop de las palabras, por decirlo así, pero nunca lo había visto llevado a la imagen. Y ahí estaba, en ese retrato de Mary I, el impresionante Photoshop hecho de palabras. Y era un retoque malo, malo, malo de verdad, porque se notaba “a la legua”. Sobre el fondo ¿azul cobalto?, se han pintado unas palabras en amarillo que rezan: LADI MARI DOVGHTER TO THE MOST VERTOVS PRINCE KING HENRI THE EIGHT. Por favor, ¿el más virtuoso? Se podrán decir muchas cosas de este monarca, que sin duda cambió la Historia de Inglaterra y le dio forma, pero precisamente virtuoso no fue, ni en lo personal ni en lo político. Ni siquiera supo hacer de la necesidad virtud. Pero “calumnia”, que algo queda. Igual algún ingenuo se lo cree cuando lo lea…

Claro que, de ingenuidad no ando corto, porque se me olvidaba comentar que, de camino a la oficina, la otra mañana, saliendo de la oficina para comprar almuerzo, me encontré con la calle Oxford paralizada, y no sólo por las obras –que llevan más de un año, para que luego nos quejemos de Madrid-, sino por una escolta policial en moto que paralizaba el paso a vehículos y peatones. La gente, turistas y autóctonos, lejos de quejarse, miraban fascinados pasar una moto tras otra, en espera del gran momento. Estuve tentado de echar a caminar en dirección contraria y buscar otro lugar del que inicialmente había pensado para comprar comida. Pero me detuve y decidí quedarme a ver quién pasaba por allí. Durante los interminables dos minutos de expectación, imaginé quién sabe qué aristocrática presencia; qué belleza del cine de los cincuenta; qué autoridad eclesiástica recamada de brocados y joyas; qué eminencia académica o literaria –orgullo, of course, de Oxford o Cambridge-; qué carroza real; qué fila de bellos caballos árabes ataviados con borlas doradas; qué escuadrón de soldados vestidos a la manera del siglo XVIII. Pero lo que pasó fue un coche gris, largo, feo, de lunas tintadas, a paso ni rápido ni lento, ni egregio ni urgente, ni nada de nada salvo mediocre y anodino. Habíamos esperado para nada. ¡Exijo que me devuelva los dos minutos, ciento veinte segundos, que me robó de mirar a las estrellas!

Y, hablando de estrellas, un ejemplo más de que no hay que fiarse de nadie, ni nuestra propia sombra. Ahí está la católica Catalina de Aragón, que nos la “ha jugado” a todos. Bueno, en realidad no ha sido ella, pues llevaba ya sus cien años durmiendo el sueño de los justos, penando en la Eternidad, incapaz de entender el desapego de su esposo, su corazón endurecido para con ella y para con su hija. Descubro que el retrato más famoso de sus facciones no es contemporáneo, sino del siglo XVIII, nada menos. Según los expertos que han restaurado el cuadro, el azul con que se pintaron las joyas de su tocado, no se descubrió hasta principios del siglo XVIII, y no se trata de repintes sobre el original, por lo que se abre el debate. ¿Responde este rostro al de Catalina? ¿Estamos ante una copia realizada décadas más tarde que el original? ¿Es una idealización del autor dieciochesco? ¿Es realmente Catalina la retratada? Puestos a dudar cabe preguntarse si los restauradores saben lo que dicen o, siquiera, si el lienzo es tal o sólo una fotocopia coloreada. ¡Ya no hay quien se fíe de nada! Ni que estuviéramos en los tiempos de los Tudor.

 

Lo que está claro es que esta ciudad sigue ofreciendo sus “viejas novedades”, sus rincones, sus sorpresas, sus delirios, sus grandezas, sus delirios de grandeza… a todos los visitantes que se tomen el tiempo de contemplarla ajenos a las indicaciones de las guías y los tópicos, incluso mirando a las Casas del Parlamento. ¿Quién sabe lo que se podrá averiguar con un poco de observación o lo que se podrá imaginar con un poco de ingenio? Ah, alguien me ha dicho, además, que se están preparando aquí unas Olimpiadas. La ciudad es olímpica, sin duda, pero no será, en mi opinión, por su organización deportiva. Está claro que no hay mejor ciego que el que no quiere ver y que cada uno ve lo que le interesa… o quiere ver.

 

 

La belleza masculina y Roma.

Será porque tengo quien vela por mis viajes (desde un San Cristóbal de Plata de trabajo impecable y torso fuerte, a una Virgen Ortodoxa con el Niño Jesús, flanqueados por dos ángeles dorados que parece a punto de echar a hablar lenguas místicas y musicales, incluyendo ángeles que me velan desde cirios, portadas de libros y monografías) o será porque tengo más suerte de la que se puede imaginar que existe, el caso es que la belleza sale a mi paso por dondequiera que me encuentro y Roma, por supuesto, no podía ser una excepción. En la que llaman Eterna, uno puede encontrar un crisol sobre otro crisol de culturas y nacionalidades. El mundo parece estar concentrado aquí, en un permanente movimiento que no termina nunca y que recorre siempre las mismas calles, los mismos monumentos: chinos, japoneses, pakistaníes, indios, estadounidenses, españoles (¡por todas partes!)… y por supuesto italianos. La urbe nos atrae de forma mortal, como la trampa a la mosca, pero con un sabor de miel excesiva, capaz de noquear a cualquiera y no sólo a Stendhal, a cualquiera que tenga la sensibilidad artística medio grado por encima del de una cucaracha.
La ciudad es exceso y es caos, y es Barroco explotando por todas partes; acumulación de iglesias y gelaterías; pizzerías y ruinas. Sí, eso ya es conocido por todos. Pero luego está la belleza. La perfección o imperfección que nos roba el alma y nos la devuelve impregnada de veneno. Un veneno adictivo y necesario para la vida. Una medicina perversa e imprescindible. Desde esos pies oscuros, pequeños y de venas marcadas, puro relieve, de algunas zonas surasiáticas, a los pies largos, grandes, suaves y blancos, con las leves líneas azuladas de algunos nórdicos que parecen extraídos de casas de techos altísimos donde todo hace eco y por eso ellos hablan tan poco. De la mandíbula cuadrada y apenas disimulada por una barba apenas de un día, pelos muy cortos, estudiadamente cortos, que no ocultan la línea pero la dulcifican; a los ojos azules e intensos, ausentes e intensos, en ese rostro tostado por el sol, raza caucásica pero  con algo de sangre turca. De las piernas larguísimas y pobladas de un vello también largo, finísimo, dorado, llama de espada de arcángel en momento de descanso, a los párpados que terminan en forma de ese tumbada, como de buda, dejando apenas una línea sugerente de iris y pupila a nuestras pesquisas, en medio de un rostro moreno, algo rojizo por el sol, de joven europeo, quizá siciliano. Del cabello desordenado y abundante, como de niño que acaba de correr con sus amigos, a la sonrisa beatífica del hombre dormido en el que se refleja la luz del sol por la ventana de un restaurante (que igual podría ser de un avión). Si uno no mira, de vez en cuando, al suelo horrible y fracturado de esta ciudad, aceras grises y feísimas, podría reventar, caer redondo de exceso, morir de una extenuación de belleza, de un cólico pantagruélico y “extasiante”. Mirando a estas criaturas maravillosas, ¿cómo puede dudar alguien que existe un Dios? La casualidad no puede dar para tanto.
No pretendo ser polémico ni blasfemo. Ni criticar creencia alguna (al menos no con estos párrafos). Sólo digo lo que siento cuando la perfección y el deseo, la admiración estética y la elevación espiritual se aúnan, se funden en una bebida que se toma por los ojos y que embriaga completamente. Pero su resaca ilumina suavemente con el recuerdo –algo picajoso de lo que se fue y no se repetirá, eso es cierto- la posible monotonía de la vida, en la que caemos por ignorar el milagro de las pequeñas cosas. Y aunque no conozco en carne propia las otras resacas, algo me dice oscurecen de ruido y dolor (hablo de oídas y de leídas, vaya).
Por esas carnes vivas que comento, por donde corre la sangre y la existencia, con un chorro bellísimo que el propio Leonardo hubiese querido penetrar (casi seguro), van cayendo mis miradas. No tengo miedo a que me critiquen por mi descaro. En esta ciudad cualquier esquina pondrá una excusa a mi comportamiento:
-          Excusi.
Y señalaré, con total desvergüenza, alguna estatua, cuadro, edificio, monumento, tiesto de flores encendidas o gato arqueólogo tras el sujeto quejoso. De todas formas no tengo que hacer uso de la estratagema. Nadie se queja. Intuyo que en parte porque aquellos que se den cuenta agradecerán “el cumplido” más que se molestarán por el atrevimiento. Sería hermoso creer que es así.
Frente a esos momentos de arrobo frente a unas manos de uñas perfectas y dedos equilibrados, serenos; o unos hombros redondeados como melocotones madurados al sol de una Toscana primaveral (imagino que los melocotones no crecen en aquella región, pero es mi deseo literario que así lo hagan); frente a esos momentos, digo, la ciudad compite con sus piedras, sus lienzos, sus frescos…  Frente al monumento al monarca de la reunificación, que los autóctonos llamaron dentadura postiza, tarta o máquina de escribir pues nunca les gustó, yo podría pasarme horas siguiendo las líneas de estos hombres desnudos: germánicos y angulosos los del friso que lidera Atenea o de suaves músculos clásicos en los grupos que hay en las “esquinas” de la inmensa arquitectura que los acoge a todos. ¿Cómo es posible que dos glúteos semicirculares, mitades casi matemáticamente semiesféricas y unos muslos tan enormes y poderosos resulten dulces, proporcionados, armónicos y no sólo deseables como potencia de la naturaleza? Se me ocurren tres respuestas y las tres tienen una raíz común: la propiedad lunar de la piedra, capaz de ser puro terciopelo al tacto; el talento del artista que plasma elaborando el material como si fuera su propio pensamiento; el diseño del cuerpo, puramente divino. A los pies del conjunto unos hombres barbados que me traen evocaciones de Neptuno y que quizá simbolicen ríos italianos, muestran sus torsos de dioses de posibilidades ilimitadas, de medida inalcanzable… pero inequívocamente masculinos en sus formas. Este lugar refulge y no sólo por la blancura de la piedra pulida bajo el sol romano. Refulge porque el arrojo y el valor representados, la voluntad, se visten de estas líneas enloquecedoras que hacen que las flores y las montañas; las plantaciones de arroz y los campos de girasoles; las tormentas más inspiradas y los lagos más plateados tengan envidia de lo que el Creador hizo con el hombre y el prodigio de sus miembros, las parábolas generadas por sus movimientos, y los mundos que afloran de sus ojos de colores cambiantes. Voy de uno a otro sacando fotografías con la primera cámara digital que me regalaron hace ya años bajo la mirada atenta y desconcertada de los militares o policías que velan del lugar que contiene una llama permanente en uno de sus puntos. No sé qué pensarán de mí, de mi ajetreo de un lugar a otro, de mi manía de fotografiar lo mismo de una y otra forma, desde este ángulo y desde aquel otro, en vertical y en horizontal, usando zoom para acercarme a detalles dignos de alabanza permanente como las venas que surcan las manos o las arrugas de los pies que adquieren posturas casi imposibles para dar al hombre el mejor punto de apoyo, la mayor estabilidad posible bajo el peso de escudos o resistiendo en equilibrio frente al horizonte amenazador. Me gustaría saberlo, cuando voy hacia lugares que ninguna otra de las decenas de personas que nos rodean se molesta en visitar. No sería tan extraño que estuvieran acostumbrados a apasionados del hombre y su salvaje, arrebatadora, potente y detallada belleza.
No quisiera salir de aquí, pero debo hacerlo. Y aunque me gustaría utilizar un altavoz para gritarle al mundo que si viene a esta capital europea debe pagar tributo a este cúmulo de perfecciones, a pesar del riesgo de quedar encadenado a su encantamiento; también tengo cierta tentación de guardarme para mí estos momentos de elevación hacia un estado de contemplación y erotismo estético, atesorarlos como algo propio y único.
En conciencia no puedo ser tan egoísta.
Me encamino, para seguir con mi caza de imágenes, hacia una parte de la ciudad que resulta secreta a pesar de su notoriedad. Un rincón para iniciados. No hay en esta urbe un “gueto” homosexual, por llamarlo de alguna forma; una concentración de locales y tiendas pensados para los homosexuales, lugar de reunión y protección frente a un mundo potencialmente agresivo. Y si lo hay es muy pequeño y está a la espalda del Coliseo, la gran mole del sacrificio y la fiesta del Imperio. (Y no, no voy a hablar de los músculos sudados de los gladiadores, ni de las carnes maltratadas de los mártires, lo primero por razones que no explicaré y lo segundo por respeto a la genialidad del fallecido Moix, que lo hizo mejor que nadie podría haber soñado hacerlo, y no, no fue un sueño). Hay aquí un par de restaurantes y bares y una tienda que generan ese microcosmos que está diseminado por toda la urbe y que, en su totalidad, no será ni una cuarta parte de Chueca o Soho, por citar los dos que conozco mejor.
La tienda se llama Souvenir, y no es precisamente souvenirs romanos lo que vende, aunque haya alguno, sino revistas, postales, libros, ropa y complementos que tienen como protagonistas a hombres, a cierto tipo de hombres. Ya se entiende.  El muchacho que atiende tras el mostrador me ayuda a encontrar algo especial: una obra que sólo podría apreciar en su justa medida alguien capaz de comprender la esencia del artículo que escribo, el arte de la fotografía y el don de la oportunidad. El objeto ya tiene dueño, por supuesto. El dependiente, (armonía fibrada y tersa, estatura media, tirando a baja; pequeñas orejas, negrísimas cejas, ojos traviesos pero no atrevidos, sonrisa abierta y ovalada) se añade a la colección de los primeros párrafos de este artículo. He aquí un rincón donde cierta belleza se hace posible a pesar de ciertos poderes en la sombra que no son capaces de impedir que se publiquen cómics de violencia extraordinaria o que se produzcan videojuegos de muerte y destrucción, pero sí de conseguir que no haya revistas temáticas como Attitude (inglesa) o Tetu (francesa), a la italiana. Quizá el modo de vida natural de aquellos que sienten deseo por otros hombres sea mucho peor y malvado que el de aquellos que se dedican a la muerte profesionalmente, la destrucción y la violencia. Supera mi comprensión. No diré más.
Como al lado, en un restaurante atendido por dos camareros inequívocamente italianos e inequívocamente atractivos también. La comida es excelente y las vistas de Coliseo no pueden sino acabar de redondear el momento.
Me preparo para la última búsqueda.  Me espera la estela de los Borgia. Santa María del Popolo tuvo los huesos de Vanozza Catanei, supuesta amante de Alejandro VI, de notoria piedad, en una capilla pintada por Il Pinturicchio, donde reposó incluso antes que ella uno de sus hijos, el renombrado Juan, el más querido por su supuesto padre, que tuvo la osadía que parecer, ya muerto y tras tres días en el fango del Tíber, más hermoso aún que vivo, lo cual turbó a no pocos. Sé bien que esa capilla ha sido víctima del tiempo, pero vengo a rescatar lo que quede de ella, aunque sea a evocarla, a las siete de la mañana, justo cuando abre sus puertas el templo. Apenas dos o tres personas pasean en todo el edificio y nada rompe el silencio que soñaba para este momento. Camino lentamente leyendo los carteles de todas las capillas. Por fin encuentro una mención a la que fuera la de los Borgia, reformada en el siglo XVII. Nada, absolutamente nada, al margen de esta nota, queda de aquel sueño de poder y astucia, de piedad y devoción a María que los caracterizaron. Viendo alguna otra obra del pintor mencionado en algún otro rincón del lugar, intento rememorarlos.  Compro un libro de la iglesia, a un sacerdote encantador, bajito, regordete, algo mayor, que me regala unas postales muy bonitas, con la esperanza de encontrar alguna reconstrucción “ficticia” o alguna información adicional. Pero la sombra de los Borgia es tan alargada como fantasmal y nadie parece querer hablar de ellos. No hay siquiera mención al nombre de la capilla que ha tomado su lugar. Y permitidme que, aunque lo sepa, lo guarde para mí. Sólo los “fanáticos” de esta familia, como yo, perderían diez minutos de su tiempo buscando algo que ya no existe.
Me estremezco de melancolía. Se han ido también de aquí. La belleza de Giovanni, salvo en el supuesto retrato contenido en El juicio de Santa Catalina, en los Museos Vaticanos, se ha perdido absolutamente. Y los autores ni siquiera se ponen de acuerdo de cuál de todos los personajes contenidos en la obra representa al que fuera Duque de Gandía…
No me descorazono, en esta última estela borgiana aún me queda una última belleza que buscar en esta ciudad que son muchas ciudades y muchas historias de esplendor. Una belleza cuyo rastro persigo desde hace una década… Y que me resulta denegada una y otra vez, quedando siempre oculta entre las nieblas de un tiempo que no ha perdonado a quien busco. Quizá por su perversidad no haya habido lienzo o pared dispuestos a guardar los rasgos de este Dorian del siglo XVI. Quizá sólo la envidia haya sido la responsable, la criminal que, destruyendo su efigie, ha creído destruir también su existencia, su legado político, histórico y pre-romántico, como los egipcios creían (mucho más acertadamente) que se podía condenar a la desaparición, que es el olvido, destruyendo el nombre de los muertos. Puede que el miedo haya sido el causante, o el odio por tantos poderes pequeños y mezquinos como estuvo a punto de extirpar de la farragosa, fragmentada y envenenada Italia del Renacimiento. He perseguido este rostro (hermano del citado Juan/Giovanni) por páginas de libros infames y ensayos magníficos; por espacios virtuales de la red; por Medina del Campo; por Játiva, cuna de su padre; por Valencia, por donde entró a España preso; por Londres y sus museos que todo lo contienen; por Roma ya antes… Y sólo he conseguido rumores, habladurías, algunos “se dice que el modelo del Cristo de este cuadro fue él”, también aquello de “este retrato de Leonardo a la sanguina podría contenerlo”… Y un impacto enorme en la catedral de Valencia, una pintura de Juan de Juanes, que no lo conoció y lo retrató décadas después de su muerte, en la que algún efecto que desconozco ha destruido la parte del ojo, parte de la carne, el pómulo mismo… De forma que es imposible sacar un mínimo de verosimilitud de aquella cara un día tan famosa. Digámoslo ya: hablo de César Borgia, el supuesto hijo del Papa; la inspiración para la figura del nuevo príncipe en el polémico ensayo de Maquiavelo; el amigo de Luis XII; el cuñado del rey de Navarra; el más misterioso de los personajes públicos de aquella etapa convulsa y única, mezcla sangrienta y excelsa de arte y desprecio por la vida humana. Vengo al palacio Venecia donde, he leído en antiguas biografías, se encuentra el retrato que le hiciera Altobello Melone, aunque también póstumo. He venido para mirarlo de cerca, para preguntarle en silencio si es realmente quien yo creo que es. Para descubrir si sus pequeños ojos ausentes y su barba predicen la suavidad de un cuerpo como el de los Cristos de torso desnudo, músculos dibujados, dulzura de la bondad. O si, por el contrario, se parece a esos Luciferes, a esos demonios de cuerpos fibrados pero gestos crispados como los que veo en Trinita dei Monti, en completa soledad, antiguos ángeles de masculinidad innegable, seráfica armonía corpórea pero rostro cruzado por símbolos de maldad o locura. Algo me dice que, mirando frente a frente esta obra podré preguntarle, podré saber, si realmente representa al más temido de los hombres italianos entre 1500 y 1503, si sólo se inspira en su figura pero el pintor no lo conoció (tenía diecisiete años cuando el Borgia moría en Viana, y llevaba ya años fuera de Italia), o si ni siquiera es él el caballero retratado.  El palacio, hoy museo, está en obras, y subo la escalinata de piedra entre andamios. Temo que el cuadro no esté expuesto por razones de seguridad. Tengo cierto grado de nerviosismo. Pregunto por él nada más llegar a la taquilla: ese lienzo no está en este museo. Esta pieza, no hace tanto atribuida a Giorgione, me dicen las amables muchachas que me atienden, parece estar en la Academia Carrara, en Bérgamo. Una vez más el hombre se escapa entre mis dedos. No consigo encontrarlo. Su efigie se desvanece como monumento de arena al sol; como pintura bajo chorros de agua ardiente: fantasma esquivo se aparece una y otra vez para escapar justo antes de asirlo. Tengo oído que en Forlí también hay un retrato (de autor desconocido)… Quizá, dentro de una década, me dedique a recorrer la Romaña tan sólo para buscar tu mirada fría, tu torso poderoso de hombre capaz de decapitar a un toro de un tojo, tus labios que tan bien supieron mentir y que debieron saber a miel amarga, a carne seca y aromática.
Cargado de belleza, sobrepasado de emociones, tengo diez horas de viaje por delante: sólo aeropuertos, trenes y autobuses, que me separarán de esta península insólita y me devolverán a mi Madrid natal. Llevo una iluminación interna, un deseo irrefrenable de cantar a la hermosura del hombre, a la línea masculina; un anhelo de volver a Catulo, a Petronio, a Fellini, a Sócrates, a Kavafis, a Lorca, a Whitman, a Ang Lee, a Wilde, a Cernuda, a Pombo, a Luis Antonio de Villena, a Mendicutti, a Tondelli, a Tennessee Williams… a mi adorado Moix.
Nunca probé otras drogas que la belleza y el amor y, aviso para navegantes, Roma distribuye la primera gratis y en cantidades desbordantes. La segunda ha de buscársela cada uno y encomendarse a San Luis Gonzaga.

Tarde de toros.

Corría aquella sangre como el agua del río del Belén tradicional de la casa española pudiente o la iglesia de pueblo: un ritmo similar al de la cascada cayendo sobre el musgo, que era el pelaje del toro. Pero no podía ser, claro está, mas antitético. Rojo y obtuso aquel denso chorro sobre un negro palpitante, significando la vida que se va, cuando el otro, el del montaje navideño simula la vida del desierto, los rebaños que pacen, las lavanderas que van y vienen y se ufanan en su labor. Pero no pude dejar de pensar en los dos al tiempo, porque su anchura y su corriente, su velocidad tras la labor del picador, eran similares. Perdí el curso del liquido burdeos, pues el torero y su capote se acercaban ya, pero la mancha de sangre en la arena llamó mi atención cuando se llevaron al toro, veinte minutos más tarde: era allí una mancha desteñida, una forma imposible y anaranjada al haber perdido su fuerza entre la multitud de los sedientos granos que, aparentemente inmóviles, a pesar del viento que visita siempre esta plaza, beben y se agitan bajo las patas de los animales y las recias piernas de los toreros y banderilleros. ¿Qué había sido de aquel profundo reguero que salía del boquete abierto por el picador? Desde lo más profundo el toro había bombeado su sangre, lugar ignoto como lo era el venero inescrutable del Belén que ofrecía misterio y rumor grato a mis infancia.
Era la corrida goyesca del dos de mayo y llevaba a dos expertos acompañantes, uno en el Arte Taurino, el otro en el Arte del Vestuario y la Estética. Yo me dedicaba, como es mi costumbre vampírica, a aprovecharme de la sabiduría que me rodeaba. El uno me explicaba que aquellas hombreras de los toreros eran una reinterpretación, y no de muy buen gusto, de los trajes centenarios. El otro como unas manoletinas habían llegado a salvar una tarde en Las Ventas. Y así, rodeado de peritos, con los ojos puestos en mil cosas a un tiempo -defectos del profano- veía la tarde pasar de sol a sombra.
La sangre se había quedado impresa en mi retina, ese borbotón que el exceso de faena del picador había provocado en el lomo del animal. Tenía el color de una ambrosía de dioses antiguos y crueles. Y la fuerza falsamente poderosa. ¿Cómo era posible que no manase como un torrente, sino como un riachuelo?

Teníamos buenas entradas, pero se habían convertido en excelentes pues a los toros, mansos y trotones, con querencia por la puerta de chiqueros, les dio por hacer cara a los espadas frente a nuestro tendido. Y allí el veterano, y los que no lo eran tanto, desgranaron su arte y su valor. Sin cotas sobresalientes de tarde egregia, pero con momentos de belleza y saber hacer. No había muchas mantillas; ni siquiera estaba medio llena la plaza, pero, por momentos, se entendía el fervor que el evento suscitó entre tantos aficionados en épocas pasadas y no tan pasadas cada vez que el soberbio cuerpo negro entraba bajo la tela del capote haciendo curvas limpias con sus cuernos ancestrales, mientras el cuerpo del hombre, postura desafiante, se elevaba hacia el cielo con su oración sin palabras.

Se encontraban en el coso una veintena de leales a la idea romántica de lo goyesco, y sus trajes, hechos por ellos mismos, o alquilados en tiendas baratas -por supuesto habla por mis palabras el  Maestro del Vestuario- querían rescatar algo de lo que fue, pero resultaba un poco triste por su falta de producción; o dicho de una forma con más sabor, por su falta de tronío. Ellos estaban felices, en su salsa, haciéndose fotos con turistas japoneses y jóvenes que posiblemente no sabían de donde procedía tal atuendo pero lo festejaban como una fiesta de disfraces. Este tema merece reflexión y artículo por sí mismo. Quién sabe si algún día me animaré, siempre es tentador hablar de la nostalgia, pero cierto es que este lance, este atrevimiento con los trajes inspirados en otras épocas –si no más gloriosas, desde luego más artísticas-, quedaba relegado a dos decenas de jubilados que rescataban quién sabe qué deseo infantil de ser otras personas en otros tiempos, o quizá de alcanzar una pequeña cota de protagonismo una vez al año, pero sin que su anhelo los hiciese egregios, sin que apostaran por ello con toda su alma.
Morenito de Aranda lucía una de esas plantas y esos rostros (Manzanares, Cayetano…) que siguen haciendo las delicias de las portadas de Vogue y aun algún videoclip como el (ya nada joven) de Madonna. La figura del hombre valiente; con un algo de desprecio por la vida; de rostro marcadamente masculino; coronado de belleza no ha pasado de moda. Eso queda claro. Morenito tenía apasionadas seguidoras que reclamaban para él una oreja como si en ello les fuera la vida, y concentraban su ardor en la rabia con que increpaban al presidente por no conceder el trofeo ante los pañuelos que, teniendo en cuenta la asistencia, eran bastante numerosos. Su figura destacaba entre las de sus compañeros, su halo era evidente, aunque no irradiase la fuerza del icono taurino. Sí, en cambio, la del hombre deseado, la del latin lover, siempre que se le quite a esta expresión el carácter sudamericano que algunos le otorgan y que nada pinta en este momento. Él era “el torero” aquella tarde y ni la actuación meritoria de uno de los banderilleros (hombre de profesión que mereció ovación del público) ni los trajes con sus bordados negros, conseguían eclipsar lo que ha sido la última expresión del icono y la fuerza de esta fiesta que antes adoraba al picador, y actualmente no mueve a las masas, sino a un grupo de adeptos, como una religión crepuscular.

El edificio, siempre objeto de mi admiración arquitectónica, habría sus intimidades para mí, mostrándome sus arcos, sus palcos, sus pasillos, y esos magníficos y severos contraluces que harían las delicias de los fotógrafos antes de entrar en el propio templo de los tendidos y el círculo casi sagrado donde se enfrentan a muerte el hombre y el animal. Parece antitético, como la comparación de la sangre y el riachuelo de agua, que un lugar tan abierto sea al tiempo un recinto tan oscuro, con un ritual tan arcaico (y no lo digo en sentido crítico), repetido a lo largo de las décadas, y heredero de una relación antiquísima entre el toro y los pueblos mediterráneos.

Brilla todavía el sol cuando nos alejamos.

Los edificios vivos (El Escorial).

                Noche a mi alrededor. Noche, árboles, farolas encendidas… y una gran masa de piedra que empiezo a entrever. Estoy en El Escorial, rondo cerca de la medianoche, camino solo hacia la fachada posterior del edificio viniendo desde la Casita del Príncipe. Ya pasaron los primeros días de abril y la primavera se encuentra en pleno apogeo, pero hace frío, y baja de las montañas un aire que lame las paredes del monasterio antes de regresar a su hogar, como si quisiera hacer una visita secreta a su enamorado y, con su aridez, intentase ahuyentarnos a todos los visitantes no deseados. Esta estación parece hoy más una prolongación del invierno más riguroso, anciano blanco que se negase a dejar el trono tras el fin de su mandato y, más que sus barbas, nos enseñase las esquirlas de los huesos de sus dedos anclados en nuestros pulmones cada vez que tenemos que respirar en profundidad este aire lleno de estalactitas.

                Sólo mi sombra me acompaña, y mientras me acerco a este gigante de siglos y engañosa austeridad, apenas un automóvil pasa a mi derecha rompiendo el encanto. Una vez que su ruido y sus faros se han perdido definitivamente vuelvo a encontrarme con el edificio, a solas. Algo me atemoriza y no sé qué pueda ser hasta que creo ver luces encendidas cerca de la Iglesia, probablemente en alguna de las estancias del modesto palacio del Rey Prudente. ¿Vigilantes nocturnos haciendo la ronda? No me atrevo a evocar ningún fantasma histórico, pero mi inconsciente lo hace por mí. He imaginado la figura negra de los últimos años del monarca, con una eterna vela incapaz de apagarse, caminando por los aposentos de su palacio tantas veces “violado” , en tanto que penetrado, por plebeyos y, lo que es mucho peor, por ignorantes y herejes…  

La impresión dura bien poco pues me doy cuenta de que sólo estoy asistiendo al reflejo de las iluminaciones proyectadas sobre las fachadas que el juguetón cristal me devuelve evocando luces interiores.  Aun así me he quedado intranquilo… ¿qué haré yo aquí si podía estar, tan cómodamente, en la cama de la habitación, bajo la cálida sábana inglesa, soñando con novelas que nunca escribiré? ¿Qué necesidad tengo de sustos tontos y fríos de la sierra cuando ya sé bien que soy sugestionable y que he perdido resistencia a los rigores de las temperaturas bajas? La impresión aumenta cuando al llegar a la esquina tengo la visión de ambas fachadas, ahora también la principal, con su san Lorenzo como única figura humana en ese vastísimo lienzo de piedra y ventanas que contempla imperturbable el pasar de los días, los meses y los años como quien ve pasar o caer las hojas de los árboles: unas tras otras y sin darles autonomía ni importancia. El tamaño del complejo se hace evidente, impresionante, algo terrorífico. Incluso me parece mucho más alto que algunas torres del centro de la ciudad.  Intento acercarme a la fachada, pero algo me lo impide. Mi inquietud es demasiado grande para ello. Siento el mismo vértigo que cuando era pequeño y miraba hacia arriba muy próximo a la fachada de cualquier edificio alto, lugar donde la sensación de que se caía sobre mí era casi inevitable, una ley universal mucho más fuerte que la gravedad o el odio: una atracción que no se cumplía pero parecía exacta, matemática, real como no llegaba a serlo la realidad misma.

Aquí sí veo con claridad que hay luces encendidas. ¡Es la parte dedicada a colegio! Pero, ¿habrá alguien interno? ¿O serán los vigilantes en los que pensaba antes? Bajo las mansardas de los tejados de pizarra, tras dos de los vanos cuadrados, brilla una luz azul, de fluorescente de cocina. Me doy cuenta de que, para internos o no, el colegio sigue en uso en la actualidad, y que por lo tanto el complejo ideado por Felipe II es mucho más que un recipiente de obras de Arte y destino de turistas y viajeros. No es un Museo sin articulación. Es, en realidad, un edificio vivo que cumple cuatro de las cinco funciones que como construcción tenía en sí misma, por no hablar de su poder simbólico, de su bastión para el recuerdo de lo que un día fue la más grande monarquía del mundo, aunque algunos quieran llenarla de sombras, minimizarla y restarle importancia. A saber: el colegio del que hablo, la iglesia, el panteón real y el monasterio siguen en uso… y sólo el palacio ha pasado “a peor vida”, como corredores de paso para grupos heterogéneos de visitantes con prisa.

¿No es acaso escalofriante darse cuenta de la previsión de este rey que decían que quería emular a Salomón y a su templo? ¿Dónde se  forma el hombre? En la escuela. ¿Dónde vive? En su castillo (“mi casa en mi castillo”, que diría un británico, con quienes tuvo tantas historias y casi todas de desencuentros). ¿Dónde se encuentra con su creador? Donde reza. ¿Dónde reposa su resto material? En la tumba. ¿Quién reza por los muertos? Los hermanos que dedican su vida a la oración. Ahí están todos los tesoros de la vida y la muerte resumidos y materializados en este complejo de corredores, ventanas, puertas, patios y salas. Las estancias vibran cada mañana con el rezo auténtico de los religiosos; y con las voces inquietas e impulsivas de los niños y muchachos que estudian en sus aulas. En sus muros están adheridas miles de misas. En sus esculturas se han colgado, como si fueran telarañas brillantes, plegarias, Padrenuestros, Avemarías, Salves, Rosarios, Credos… Sólo la vivienda está vacía… quizá  porque, evidentemente, su propietario la abandonó hace muchas décadas, preparado para unirse a Dios, en quien había creído todo lo humanamente posible.

Pienso, una vez más, en ese Claustro de los Evangelistas, cerrado a mis ojos  y a mis pasos (y a los de todos aquellos cuya vida no está dedicada a la oración). Pienso que, en este momento, los hermanos estarán durmiendo sus sueños bajo la imponente mole, tras los últimos rezos de la jornada. Ahí no veré luz alguna… pues la luz nace desde dentro y no necesita proyectarse fuera.

Poco a poco el miedo desaparece. Al acercarme a este lado de la planta diseñada por Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera, sólo la impresión de soledad permanece, pero no la inquietud. Ya no evoco espíritus, ni el tamaño de esta obra del hombre, con ser notable, me hace temblar.

Vuelvo, en mi camino de regreso, a esa esquina que domina ambas fachadas y recuerdo cierta noche bajo la lluvia y el viento. Ya tampoco me siento solo… hay alguien que me acompaña y que se hace más y más presente a medida que, al dejar atrás el edificio, me aproximo a las ruidosas luces de la gran ciudad, ese Madrid que no descansa y donde duermes, soñando proyectos dignos de un rey que pueda financiarlos con oros y platas traídos de algún Potosí inagotable, como la propia Historia de este complejo, de esta ciudad del Hombre, de esta nave que surca la sierra madrileña con inmovilidad imparable, con actual eternidad, renovándose cada día, a cada momento, como las células de un cuerpo vivo.

Imagined Lives. Portraits of unknown people. Varios autores. Viajando por el Pasado-Ficción

Imagined Lives. Portraits of unknown people. Varios autores.

(Vidas imaginadas. Retratos de personas desconocidas).
“I have also a falling collar in fine linen, but no other adornment, no sword belt, no seal upon my finger. I wish to stand as myself, for myself. I have no need of symbols”.
Página 4. From the Diary of Paxton Whitfield.
“Llevo también un cuello caído de excelente lino, pero ningún otro adorno, ni cinto de espada, ni sello sobre mis dedos. Deseo estar como yo soy, por mi mismo. No necesito símbolos”.*
Hay libros que inspiran nuestra vida, que nos hacen reflexionar sobre la existencia misma, su significado y el recuerdo que deja. Este, sin duda es uno de ellos. La famosa y peculiar institución que es la National Protrait Gallery es uno de esos lugares que no por su edad están menos vivos culturalmente. Más bien al contrario. Sus salas se llenan con actividades, charlas, cócteles, exposiciones de pequeño tamaño… En este caso sus venas se han llenado con dos sangres artísticas diferentes y el resultado ha sido un enriquecimiento del sujeto. La exposición que da lugar al libro del que a continuación hablaré, consiste en 14 cuadros, todos retratos, como no podía ser de otra forma en este museo, de personajes hoya anónimos, y que fueron sin embargo adquiridos al atribuírseles identidades de reinas y nobles de gran relevancia en la Historia de la isla. Actualmente siguen las investigaciones para darles su auténtico nombre a estos sujetos que nos miran misteriosamente a través del tiempo. Y, mientras tanto, su calidad artística como objetos los salvó de la quema o la pérdida entre otros cachivaches y obras “menores” en anticuarios de mayor o menor entidad.
Con motivo de su exhibición conjunta no solo se han impulsado las pesquisas en pos de saber a quiénes representan sino que se ha preparado una edición de catorce relatos cortos, de ocho autores de reconocido prestigio, como el guionista de Downtown Abbey y la autora de La muchacha de la perla (O, traducido mas literalmente, Muchacha con pendiente de perla). A estos escritores consagrados se les ha pedido que imaginen las vidas de estos retratados aún sin nombre, y en breves relatos, nos han llevado de su mano a diversas épocas y ambientes como la Isabelina, prestando mucha atención a la indumentaria y a lo que pudiera haber en todos ellos de retrato psicológico aunque cada uno con su acento propio y personal, lo cual enriquece el conjunto. Basta acudir a las solapas del librito para asistir a un desfile de premios literarios que deja impresionado al más pintado, y nunca mejor dicho. Premios que, a tenor de lo leído, fueron justamente entregados. La calidad es alta, y a veces la originalidad también despunta. Así podremos leer sobre una supuesta doble de María Estuardo, sobre una mujer que tiene que decidir sobre aceptar una propuesta de matrimonio ante el retrato de su pretendiente, un compositor pirata, un complot de asesinato… Todo lo cual, hay que decirlo, despeja dudas sobre una posible tendencia al texto erudito y aburrido. Mas bien lo contrario, pues aunque todos los autores demuestran una preocupación evidente por documentarse sobre la época de la que hablan, nos relatan historias que no han perdido su actualidad: la obsesión por ser recordado, los secretos políticos, el amor…
Ni que decir tiene que el resultado es de gran interés y nos permite reflexionar sobre la delgada línea que separa la ficción de la realidad y, por supuesto, sobre la veracidad de los textos considerados históricos, los ensayos e investigaciones sobre el pasado que, en una u otra medida se basan en suposiciones, escritos y documentos que recogen hechos y afirmaciones imposibles de comprobar y un largo etcétera de elementos que creemos porque queremos hacerlo, porque muestran coherencia en el conjunto de lo que “ya sabemos” o, lo que es peor pero no por ello menos cierto, porque responden a lo que más nos interesa o nos gustaría que fuera verdad.
Lamentablemente no conozco versión en castellano (probablemente no la haya) de tan fantástico conjunto de relatos acompañados (¿o es al revés?) de fotografías de las pinturas, y de detalles de las mismas. El resultado final es de gran belleza cultural, tanto literaria como pictórica y los sentidos se encuentran doblemente halagados. Al final unos apuntes sobre las obras y las investigaciones hechas sobre ellas redondean esta pequeña joya que entretiene, ilustra y hace pensar al lector con una pluralidad de voces de altura. Para amantes de la Pintura, para amantes de la Literatura, para amantes de la Historia, para amantes de la narrativa breve. Un gran acierto.
(Los autores son: John Banville; Tracy Chevalier; Julian Fellowes; Alexander McCall Smith; Terry Pranchett; Sarah Singleton; Joanna Trollope; Minette Walters).
*Traducción propia y bastante libre.

Los secretos del Tiempo congelado en piedra.

Decir Toledo es decir muchas cosas. Ciudad Imperial. Carlos V. Puerta de Bisagra. El Greco. Catedral Primada. Corpus. Custodia. Renacimiento. Tajo. El Entierro del Conde de Orgaz. Leyendas. Castillo de S. Servando. San Juan de los Reyes. Tres culturas. Mezquitas. Sinagogas. Mezquitas con nombre de Cristo (de la luz). Mazapán. Garcilaso. Hospital Tavera. Plaza de Zocodover. Alcázar. Cuestas. Pasajes. Puerta del Sol. Puerta del Cambrón. Santo Tomé. Santo Domingo… Hablo de memoria, pero podría seguir un buen rato hablando de personajes históricos, de Covarrubias al Marqués de la Vega Inclán; o de lugares de renombre por las circunstancias acaecidas en ellos o por su valor cultural y artístico, del Museo de los Concilios y la Cultura Visigoda a la Sinagoga del Tránsito. Por todo ello, por ser un pedazo concentrado de Historia y de Arte, en mayúsculas ambas, he querido siempre a esta ciudad. Me enamoré de ella por culpa de la mezquita de Bab al-Mardum y su exquisito arte mudéjar, y desde entonces no he dejado de soñar con sus encantos. Y ahora que tantos de mis sueños se han convertido en realidad vuelvo a sus calles y plazas, a sus museos e iglesias, para encontrarme con ese mismo embrujo que siempre tuvo, pero con algunas fachadas lavadas y una preocupación más evidente por su legado. Vuelvo bien acompañado. Muy bien acompañado, como lo hice hace siete años. Y la ciudad me parece el lugar perfecto para celebrar la fecha perfecta… Es Carnaval y la imaginación llena Zocodover y todas las calles aledañas, incluida la de la Sierpe, con disfraces mejor o peor finalizados, con los materiales más o menos lujosos, pero desbordantes de creatividad y revelando unas enormes ganas de divertirse.
Callejear por esta ciudad, por el día o por la noche, es viajar en el tiempo, disfrutar de Arte, encontrarse con la diversidad cultural y espiritual del hombre. Basta, además, con evitar los mayores tópicos para que el turismo con su ruido inevitable no te robe ese encantamiento… Aunque recinto cerrado y limitado por la propia naturaleza es lo suficientemente grande y prolijo en sus riquezas como para poder perderse sin escuchar más idiomas que el de los pájaros, que nunca rompe encanto alguno. Este adentrarse en calles minúsculas y empinadas, salvo por los cables eléctricos, resulta a veces lo mismo que ubicarse en el siglo XIX por decir un siglo, aunque también hay rincones que son trozos arrancados del XVI o del XVII. La foto se vuelve sepia y se espera ver salir, de alguno de estos portales de piedra, en cualquier momento, una pareja de la burguesía comercial, ella con su amplia falda, su sombrero y sus botines, él con su terno impecable y su reloj de bolsillo. Supongo que por eso también me engancha este sitio como si fuera un cebo con un gusano exquisito y yo un pez voraz. La capacidad de escapar a los siglos XX y XXI no es cualquier cosa porque aunque tecnológicamente muy cómodos y democráticamente más avanzados, no andan sobrados de encanto y de artesanía –individual, manual, única-, que digamos.
Pero, a pesar de haber pasado por esta ciudad ligada a nuestro único emperador-desde la Hispania de los primeros siglos de nuestra era- varias veces, parece que soy incapaz de agotarla, lo que, por supuesto es un alivio, una felicidad y un buen motivo para volver cuanto antes. Mis escapadas extramuros han sido pocas y siempre para encontrar un rincón verde y fresco donde comer. Pero esta vez tenía ya una cita con el enorme edificio del Hospital Tavera, frente e la bellísima caja abierta formada por las puertas de Bisagra. Y ni el renacentista lugar ni yo faltamos a la cita. Allí estaba la botica antigua, tal y como se encontraba en uso cuando en 1939 el edificio dejó de prestar servicios como hospital, con sus tarros de Talavera de la Reina y su armario de madera pintada para las piedras preciosas en polvo. Allí los enormes patios de numerosas columnas sin estrías, dóricas, elegantes, equilibradas, en la planta baja, jónicas en la superior. Allí una colección de cuadros que hacen del hoy palacio una pinacoteca selecta con su Carreño de Miranda, su Sánchez Coello, su Luca Giordano… Y por supuesto sus Grecos. Tres piezas de estas salas se me graban en la memoria como agujas de placer exquisito: el retrato póstumo del Cardenal fundador, la Sagrada Familia con Santa Ana y el Cristo Resucitado. Había también unas Lágrimas de S. Pedro y, en la imponente iglesia del conjunto, un Bautismo de gran tamaño, y sin embargo ya estaba colapsado por las tres anteriores y no pude prestarles la misma atención. Iremos de menor a mayor sensación y por lo tanto empezaremos por la Sagrada Familia con Santa Ana, un cuadro en el que el color de las pieles es todo un coro de maestría, pero en el que mi mirada no podía escaparse de esas manos imposibles, delicadas y exageradísimas, traslúcidas, divinas, almas de luz rosada con la esencia alargada de las varas de gladiolos, o encorvadas, amarillentas, cubiertas de edad pero tan protectoras como pueden serlo las de cualquier madre de madre. Pareciera que las modelos para las manos de la Virgen hubieran sido dos diferentes, una, dulce adolescente con las manos sin estrenar, que sujeta al niño; la otra madre de largos dedos que juguetea con los pequeños dedos de su bebé. Y, sin embargo, en este conjunto tan complejo de elementos tan distintos, con cielo tan poco visible, y sin embargo tan personal, indiscutiblemente suyo, consigue el Greco esa sensación que lo unifica todo, sobrenaturalidad que acapara la atención del público para no dejarla escapar nunca más, pues no pudo haber Sagrada Familia como esta en la mente de ningún otro pintor que no fuera él.

 

El segundo en la escala que asciende, es el retrato póstumo del cardenal Tavera, que ordenó la construcción del hospital. Pintado a partir de la máscara mortuoria del eclesiástico, nos trae un hombre más muerto que vivo, de carnes enjutas, secas; de rostro cerúleo, casi verdoso, Sus ojos, perdidos en esa cabeza, casi calavera, parecen mirarnos desde el Más Allá con un mensaje claro, aunque no sepamos interpretarlo. No hay tristeza en ellos, ni amenaza quizá: su idioma es desconocido para nosotros. Su boca calla, en un rictus, versión saturniana del enigma leonardesco: ha pasado el optimismo del Renacimiento y la Contrarreforma nos habla con su espiritualidad encendida. Los ropajes del cardenal desprenden luz, y de esa forma el púrpura se vuelve un color frío, espejeante, y el conjunto podría ser una aparición de no ser porque el libro y la mesa nos devuelven a la materialidad de la vida humana.

 

Por último he aquí el Cristo Resucitado, pequeña gran escultura del cretense, diseñado para estar suspendido sobre el tabernáculo que también él diseño y se encuentra hoy en la iglesia del conjunto, lugar para el que fuera ejecutada esta pieza. La belleza de la imagen es sobrecogedora. Su rostro es tan hermoso que nos habla de la Felicidad Eterna, del Sosiego Infinito, de la Plenitud del Cuerpo. Las líneas de ese cuerpo son alargadas algo que no debería sorprender en el artista, pero que según nos explican se debe a la posición que debía tener la pieza sobre el Tabernáculo en la Iglesia, donde la perspectiva le habría hecho parecer más proporcionado. Aun así, las medidas no son exageradas, ni recuerdan a las últimas obras del Greco, como ese grupo de Lacoonte. Por el contrario transmite armonía absoluta. No puedo dejar de imaginar la profunda impresión que ese Cristo elevado, con su mano levantándose como para unir cielo y tierra, apareciéndose sobre el tabernáculo donde se encontraría su cuerpo transfigurado en las hostias, debería causar en el creyente. No hace falta un gran tamaño. De hecho estoy convencido de que en el imponente espacio de la iglesia sólo habría ojos para esta Magnificencia, esta Serenidad Divina, esta Aparición Material que nos entrega su belleza desnuda para hablarnos de la pureza del alma.

 

 

 

¡Ah, Toledo! Cuántos secretos guardas y cuántas ganas guardo ya de volver a ti para que me los muestres, generosa y eterna, congelada en el Tiempo…

Gala Drag Alcorcón. Viajando a otros mundos.

Ayer tuve la ocasión de asistir a la I Edición de la Gala Drag de Alcorcón. Y he de decir que me alegré sobremanera de aprovecharla porque la ocasión la pintan calva y no hay mejor manera de vestir una calva que con una gran peluca drag que poder arrancarse dramáticamente en el momento adecuado.
Entre [email protected] participantes estaban Divax, triunfadora con unas plataformas como para tocar la luna; Vetada Bandolera, que obtuvo accésit con un magnifico traje de novia al que le siguieron dos rápidos cambios; La Marquesa de Sade, con un modelo que hubiera hecho rabiar de envidia a la Madrastra de Blancanieves y una sorpresa años veinte, que también obtuvieron accésit; Inés-Perada, con un elegante numero sobre los musicales y cambios sorprendentes en el escenario; entre otros como Botox o Violet Carson.

La gala estuvo presentada por La Terremoto de Alcorcón, ya que, por mucho que ahora resida en Mallorca, no hay símbolo más pop ni mas drag de este municipio. Su humor, equilibrio perfecto entre las formas gruesas y el ingenio rápido, amenizó con gran inteligencia el evento.

Entre las actuaciones, el también alcorconero David Non Guilty; las drags “Bandoleras” con un número de Princesas Disney que parecía la réplica moderna de las casadas de “La corte de Faraón”, una fantástica mezcla del humor chirigotero y el glamour de las Palmas; y los bailes de “Ponte Guapa”, gimnasio-escuela de baile de nombre jamás tan apropiado para ocasión como esta, con un dinamismo de nivel.

El certamen fue mucho más que entretenido. Una primera edición donde tuvieron su porción la inteligencia la vistosidad, el ingenio, la música, el baile, las plataformas (por supuesto), las pelucas (¡faltaría más!); los cambios de ropa con vestuarios de infarto; y el mejor de los espectáculos… Y todo ello me hizo pensar sobre el trabajo que se realiza para llevar toda esta fantasía a la gente. Toda la labor que se esconde tras unos números que no son valorados en su justa medida por todos los públicos. Me hice una pregunta que se ha lanzado muchas veces al aire, ¿qué es realmente una drag?

No soy ningún experto en el tema, pero diría que una drag es un producto para el espectáculo. En ese espectáculo hay elementos imprescindibles y otros que también se esperan pero que quizá no forman parte de la definición por sí mismos. ¿Es el transformismo o el travestismo uno de ellos? Más diría lo primero que lo segundo. Una gran transformación es precisa, pero no tiene por qué ser en mujer, los seres extraordinarios que vemos moverse por el escenario tienen un género confuso, ¿importa acaso su género? Yo creo que no. Están por encima del género. El Arte siempre lo está. Sin embargo sí es necesaria la música con la que una drag se mueve. Una música en la que cabe mezclar modernidad con “clásicos” del cabaret o del pop, incluso heavy o rock, aunque estos ya son últimos avances en el mundo drag. Una música que puede ir acompañada de frases en off de películas o espectáculos bien reconocibles para el público o que inciden en la actuación de forma significativa. Esas irrupciones deben tener una importante carga de humor, bien sea ácido, bien sea blanco. Pero humor. Porque este es otro de los elementos comunes de una actuación drag que se precie. Y el humor, que duda cabe, exige inteligencia. Otro elemento que define a la drag es el aspecto “espectacular”, basado tanto en maquillajes de fantasía como en pelucas imposibles y trajes que van de lo femenino extremo o lo imposible –capas inmensas, faldas como carpas de circo, corsés de materiales insospechados-; y mención singular de ese aspecto hay que hacer de las plataformas. Cuanto más altas mejor, y no sólo por la habilidad que exigen para moverse llevando semejantes alturas, sino porque la altura aporta vistosidad al conjunto, medidas sorprendentes, y una vez más, espectaculares. Porque de eso se trata, de dar espectáculo: vistosidad, color, humor, música y una combinación explosiva de todas ellas.

Basta ver un camerino para saber las horas de trabajo que lleva un solo número de [email protected] [email protected] Trajes, maquillajes, pelucas, CDs, maletas y muchas ganas de brillar con todas las lentejuelas, brillos y purpurinas posibles y no posibles. Hace falta mucho talento, y no sólo mucho valor –para enfrentarse a las críticas y a la incomprensión de mucho público- para hacer todo esto. Hace falta la inteligencia con la que coordinarlo todo, la cultura musical y visual (las canciones vienen a ser de las divas del pop nacional e internacional, o mezclas de house y techno, pero no siempre; y a eso hay que sumar las entradas de películas o programas televisivos que ponen la nota de humor), el conocimiento de la costura para montar esos trajes que no pueden encontrarse en ninguna tienda (o bien el dinero para pagar a quien los diseñe y los ejecute), el equilibrio para no matarse sobre esas plataformas, la energía para llenar un escenario, la ciencia del maquillaje, y muchas ganas para coger todos los bártulos e ir donde se puede tener un espacio para brillar y asombrar.

En un momento en el que se habla del ingenio y del trabajo para salir de la crisis no puedo dejar de alabar todo el despliegue de medios e imaginación para construir las fantasías con las que podemos escapar de nuestra vida cotidiana hacia mundos desconocidos, que existen solo en las mentes de [email protected] privilegiados seres, hasta que quieren compartirlos con nosotros.

Ya estoy deseando que llegue el próximo viernes 17 para ver La Gala Drag Queen de las Palmas de Gran Canaria. Será a las 21:00 horas y el mundo volverá a hacerse más variado, grande e ingenioso. Como durante la tarde-noche de ayer. No puedo esperar a seguir viajando…

Madrid Nocturno. Madrid Literario.

            Un día que empieza con una obra de arte en las portadas de varios periódicos de tirada nacional se convierte ya en una jornada excepcional. Lamentablemente siempre es del mismo (parece que sólo Leonardo hubiera sido un hombre del Renacimiento, que hubiera existido ni Leon Battista Alberti, a veces ni siquiera Miguel Ángel). En cualquier caso la mañana empezaba con una imagen de Arte donde suele haber muerte, hambre, catástrofes, guerra, vulgaridad o política de escasa altura. Era un comienzo soberbio.
            Y luego el frío, ese frío intenso, ese aire fino que, traspasando el cuerpo (parece que lo hiciera) me devuelve a la conciencia del pequeño trozo de masa corpórea que realmente soy, barro, polvo mojado por el líquido inconstante y caprichoso de la sangre, diapositiva repetida que emula el movimiento. Un viento que “barría” la noche de Madrid y me permitía encontrarme con la ciudad en la belleza de la noche, desde el fantástico Quevedo sobre su pedestal de musas, mirando a la calle Fuencarral y dando la espalda a Bravo Murillo, con las vistas generosas de las anchas calles y la fuente parada; hasta el Antiguo Hospicio, recientemente reformado, con su barroca fachada digna de la mayor de las imaginaciones.
            Tengo, desde hace años, la idea de empezar una serie de artículos sobre las bellísimas esculturas que adornan esta ciudad, pero luego la pereza o la vorágine de una vida que quiero que dé para varias, me puede, y dejo un proyecto tan grande siempre para un mañana que espero que no se eternice. Pero cuánta historia contenida en estas obras de los olvidados artistas como por ejemplo el soberbio Agustín Querol o el emotivo Ángel García Díaz… La tarea de este tipo de genios ha sido eclipsada por la omnipresencia de la pintura, pero su contribución a las ciudades es mucho mayor de la que pensamos habitualmente.
            El destino de mi paseo no era otro que la presentación de dos libros: La sexagenaria y el joven de Nora Iuga e Interior de Constantin Fântâneru, presentados por Gustavo Dessal, Alberto Estévez y Miguel Ángel Alonso en un entorno con exquisito gusto como es la Librería Tipos Infames, Libros y Vinos, situada en la castiza calle de S. Joaquín. Empezaré por hablar precisamente por el entorno que proporcionaba el lugar: paredes blancas, cristal, estanterías, libros, mesas blancas, sillas blancas: todo un entorno de luz y claridad que contrastaba con el rojo oscuro, con el negro rojizo de los vinos y sus botellas. Un magnífico lugar para adquirir un libro, pedir una copa de buen néctar y empezar a leerlo allí mismo, sin esperar a llegar a casa, con la impaciencia del niño que siempre se es cuando se inicia una lectura, cuando se está a punto de descubrir un nuevo mundo, el que constituye el otro, el escritor. En el sótano también una sala de paredes blancas, impolutas, con una exposición de cuadros contemporáneos pero figurativos. Óleos con la suavidad del pastel en los contornos y algunas narraciones contenidas en ellos: personajes que ven con sorpresa cómo una mano los pinta y les pone un fondo, hombres que parecen salidos de un cuadro de Sorolla por su vestimenta y la luz, pero que van hablando por el móvil, una familia “en torno” a unos papeles sobre la mesa… La Literatura estaba en el ambiente.
            Durante la presentación sabias palabras de sutiles lectores con amplios y profesionales conocimientos sobre el alma/psique humana y un editor (tres editores) a quien deseaba conocer cara a cara desde hacía tiempo. La Editorial que organizaba el evento era El Nadir, una de esas a las que me gusta volver de forma fiel por su apuesta por libros diferentes, por terminar de hacer mortal la pirueta de una profesión “destinada a desaparecer” como decían ayer mismo los presentadores. El editor, al que llamaré B., con unos ojos que miraban hacia un horizonte muy lejano hablaba de “reparar olvidos” sobre cierta Literatura centroeuropea como la rumana, buena Literatura, pero considerada “marginal” frente a la reputada obra húngara. Ah, cuántos “viajes” no habré hecho yo de la mano de estas publicaciones, incluido el que realicé a las cruzadas protagonizadas por niños, hacia una Jerusalén nunca tan real aunque fuera imaginada… y a una Transilvania rural y costumbrista.
            Cuando uno de los presentadores, con su voz y su entonación de radio dice, leyendo un fragmento de la obra: “Siempre me ha gustado hacer el amor con los ojos y las palabras” siento que me ensancho por dentro. ¡Tengo que leer a esa autora! Un poco después extrae otra perla del libro: “Es estupendo poder decir todo lo que se te pasa por la cabeza al lado de otro. Es como estar solo sin estarlo”. No es una obviedad, es una valiente confesión, una honesta y valiente confesión que también tiene que ver con el viaje interior que se hace en los viajes. Viajo de las palabras a las imágenes que me rodean, las cabezas de los asistentes al acto, las risas compartidas. Hay un ambiente literario… aunque la magia se rompe cuando se termina la última de las tres voces que presentan para dar la palabra al público. Nadie pregunta. Nadie comenta. Los críticos han dejado un nivel tan alto de análisis que da miedo decir nada, resultar obvio, decir una necedad…
            El silencio se hace dueño, por un instante de la situación… y maduran las palabras, encuentran su engarce en el momento para que luego pueda mascarlas, contemplarlas mientras el frío viento de la noche sigue limpiando las calles en las que apenas me cruzo con veinte o treinta personas en un paseo de veinte minutos por el centro de la ciudad, un centro urbano que siempre me ha enamorado y que lo sigue haciendo cada vez que miro uno de esas terrazas acristaladas de la Glorieta de Quevedo, con su hierro forjado, reflejando desde las alturas la noche –hoy algo más silenciosa que de costumbre- de este Madrid invernal. Paseo como en una especie de nube, hacia mi cálida casa, observando la belleza de la arquitectura de ciertos rincones, balcones, ménsulas, atlantes, pequeñas torres y fachadas, mientras resuenan los ecos de esa presentación en la que una treintena de personas llenaban la sala (y la totalidad de las sillas, hasta obligar a algunos al suelo o a la posición erguida, como quien se levanta en la misa para los momentos sagrados, o como quien contempla un lienzo centenario de belleza atemporal). Estoy ebrio de Literatura, ya que no he probado el vino, y me tambaleo mentalmente de camino a casa, de una reflexión a otra, sabiendo que la soledad y el silencio de este paseo terminarán en breve.
            Cerraré con otra sentencia extraída de La sexagenaria y el joven: “Más allá de las glándulas todo es Literatura”.

El fotógrafo llegó antes.

El fotógrafo llego antes, y al poco lo hizo el escritor. El estudio era estrecho, bien equipado y estaba situado en el centro de la ciudad, casa antigua reformada con una asepsia incapaz de borrar los vestigios de encanto pasado como la chimenea no tapada o el enrejado de los balcones de lo que había sido el salón.
Al poco sonó el timbre. Era la maquilladora con sus ojos grandes, de un verde complejo, futurista, gatuno y oliváceo al tiempo. El último fue el modelo, con gesto de haberse perdido, algo azorado pero puntual.
El escritor miró al modelo: la envidia.
La cosa empezó de forma ágil. El fotógrafo recordó a la maquilladora lo que habían hablado sobre los efectos que se debían conseguir y ella empezó a trabajar con destreza de pintora, como un Anguissola que pintase un retrato del monarca sobre un rostro en lugar de sobre una tela.
La maquilladora miro al modelo: la concentración.
El fotógrafo miro a la maquilladora: el escrutinio.
El escritor miro a la maquilladora: la envidia.
El modelo cerro los ojos.
Una vez listo el estilismo se empezaron a hacer pruebas de luz. Fotómetro por aquí, focos por allá. Alturas, ángulos, fondos, sombras, perspectivas… un muestrario de luminosidades capaces de multiplicar la realidad.
Se colocó la cámara y empezó a enfocar. El fotógrafo miro al modelo a través del aparato: la búsqueda.
El modelo miro a la cámara: el camaleón.
La maquilladora miro al fotógrafo: la curiosidad.
El escritor miró al fotógrafo: la envidia.
Después de unos cuantos disparos procedieron al primer cambio. El modelo quedó medio desnudo, vaqueros y tirantes sin camisa. La cámara lo miró: el chispazo.
Tuvo que cambiar mucho los materiales para darle el aire que un estilo de ropa mucho mas antiguo exigía, mezcla de cine mudo y dandi muy masculino. Afortunadamente siempre llevaba un maletín grande con sombras y maquillajes muy distintos capaz de dar matices muy variados. La maquilladora miró al modelo: la satisfacción. El modelo miró al espejo: la sorpresa.
Las últimas fotos resultaron muy especiales, una mezcla de osadía y siglo viejo. El fotógrafo miró al modelo: la felicidad.
Se despidieron amigablemente. La envidia me hizo escribir este cuento.

Página siguiente »