Bruselas. Ecos de castellano en el año internacional del cómic.

Nuestra Señora du Sablon

          La capital belga celebra este año el cómic y sus personajes. No es mal motivo para visitar la tierra de Tin-tin y los pitufos, que llenaron y llenan tantas horas de infancias y otras edades. Las fachadas decoradas con ilustraciones y viñetas se han multiplicado; en determinadas paradas de metro se pueden ver a los superhéroes por las alturas. En el suelo de la grandiosa Gran Place se ha dejado ver la famosa imagen del cohete del viaje a la luna de Tin-tin hace un par de fines de semana, y ha podido contemplarse incluso desde un estrado levantado a tal efecto que permitía, además, tener una visión del lugar a unos tres metros de altura y daba una perspectiva diferente de los soberbios edificios que hacen de este espacio uno único por su irregularidad y belleza.

            Quien más quien menos podrá decir incluso que el famosísimo Maneken Pis, con sus leyendas a cuestas, podría tenerse como un primitivo personaje de tebeo hecho estatua generosa en orines y cuyo ropero envidiaría el propio Mortadelo.

            Además, por supuesto, no habrá quien falte para recordarnos que Brujas, Gante, Amberes, y determinados rincones de la propia Bruselas son lugares de cuento, con sus casitas medievales (o decimonónicas, es decir, medievales hechas a medida), sus estrechas calles, sus plazas del mercado y sus torres góticas que desafían la ligereza de los metales.

            Pero no son estos los mayores encantos que han singularizado Bruselas para mí durante mi último viaje. La ciudad es, desde mi primera visita, un lugar de encantamiento, de descubrimiento y pequeño regocijo. Me la pintaron como una ciudad fea, un sambenito injusto que también le pesa a otras ciudades como Milán o Atenas, y a las que me siento igualmente apegado por diferentes motivos. Sin embargo Bruselas es una ciudad de esquinas sorprendentes.

            En este caso salieron a mi paso numerosas palabras de mi lengua materna que parecían buscarme: un mensaje aquí, otro allá. Nada al azar, por supuesto. Si bien es verdad que el francés y el flamenco desplazan en esta ciudad incluso al inglés, y que su naturaleza de capital de instituciones europeas la vuelve internacional y babélica, haciendo que en los lugares oficiales no se encuentren muchos carteles en nuestro idioma, pues se ahoga entre todos los demás, lo curioso es que numerosas personas en mi viaje hablaban, entendían, predicaban o explicaban en castellano.

            La primera en la frente en mitad del metro: nos preguntan si somos españoles y nos quieren ceder un asiento. La mujer se extiende diciéndonos que su abuela era española y que ella aún comprende algo del idioma. Parece emocionada. Le brilla la cara. Está, parece, orgullosa, de sus antepasados, de sus capacidades lingüísticas, de saber desentrañar la lengua de Quevedo. Supongo que su caso sería digno de estudio para las autoridades de ciertas comunidades autónomas españolas. Pero no es mi intención ponerme político.

            En Brujas acudo a una cita con el encargado de Patrimonio de la Catedral de San Salvador. Entiende algo de castellano y lo chapurrea, para mi asombro. Cuando le hablo de ciertos textos que espero traducirle me dice que no será necesario: una compañera de patrimonio domina a la perfección el idioma. Mientras espero su llegada, que abrirá rincones de la catedral para nuestro disfrute y para cierta investigación personal, con una amabilidad que raya lo inconcebible en medio mundo, mientras espero su llegada, digo, la encargada de los tickets del tesoro de la sede obispal nos confiesa que puede entendernos algo porque su familia vivía al sur de Francia.

            De vuelta a Bruselas visito iglesias donde encuentro capillas españolas, bandera nacional incluida, y en plena Notre Dame du Sablon, acercándome a la capilla bautismal un sacerdote predica en castellano (pero su acento delata que no se trata de su lengua materna, y a medida que lo escucho su vocabulario también), en un castellano bastante correcto, a una serie de familias explicando la naturaleza una y trina de Dios con la metáfora del sol, la luz y el calor. Los rayos del astro del que hablan se cuelan, a esas primeras horas de la tarde, por las coloristas vidrieras y llenan el templo de juegos de sombras y claridades donde resuenan las bellas palabras.

            El viejo imperio español en el que no se ponía el sol (lo cual resulta curioso, porque en esta ciudad que lo ve tan poco, siempre disfruto de cielos azules) parece no haber muerto del todo cuando paseo entre estas frases cuyo código aprendí durante la infancia como primer medio de comunicación oral complejo, perfecto, poético y con posibilidades quasi-infinitas.

            A la hora de volver, prosaico aeropuerto bruselense, el auxiliar de vuelo que embarca las maletas se descubre como un buen castellano parlante y nos relata sus viajes por Andalucía (que pronuncia Andaloussía) y su amor por esa tierra de alegría y fulgor. En su cara blanca surgen los colores del vino cuando habla de nuestro país y desgrana su pasión por España reconociendo incluso nuestras rivalidades territoriales.

            Una vez más, viajar sirve para descubrir el valor de lo que tenemos tan cerca…

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