Bestialismo

19-Noviembre-2009 · Imprimir este artículo

Por Antonio Dyaz

Cuando Roberto Carlos cantaba aquello de “Yo quisiera ser civilizado como los animales”, Greenpeace aún no tenía mucha influencia internacional, pero el estribillo del desaparecido vate escondía lúbricas inclinaciones. Sin ir más lejos, la temida gripe aviar es una consecuencia vírica de estas costumbres, cuyo origen se pierde en la niebla de los tiempos.

La bestia” es una maravillosa película que dirigió el fallecido Walerian Borowczyk en 1975. Una joven, guapa y calenturienta heredera se desplaza a conocer a quien habrá de ser su marido para poder acceder a la jugosa herencia, que resulta ser una gran hacienda inglesa, con espaciosas cuadras en las que podremos asistir a escenas de sexo explícito entre caballos y yeguas… La muchacha se impresiona vivamente al presenciar lo que cualquier caballo adulto calificaría como “Horse Hardcore”, y regresa a la mansión a dormir la siesta. Pero ¡Ay! Esas imágenes no se le van de la cabeza, y se entrega a todo tipo de fantasías de sobremesa, que el rijoso director no nos escatima (eran otros tiempos). La película, menos inocente de lo que sugiere su factura visual, nos empuja de bruces a una incómoda realidad: el sexo con otras especies animales puede ser GUAY (Véase la saga “StarTrek”).

Irnos a la cama (o al pajar) con animales no está tipificado como delito en el actual Código Penal, a no ser que alguien resulte dañado. Si usted sodomiza a un grillo, la Ley hará la vista gorda. Pero si llega al clímax en el interior de una jirafa, puede ser denunciado como un monstruo sin escrúpulos (sin que nadie se preocupe de interrogar a la chica del cuello largo).

Las imágenes de pastores desahogándose en los cuartos traseros de cabras, ovejas, burras… constituyen un elemento entrañable del acerbo popular. Pero hay que respetar las leyes del tamaño, pues a excepción de la burra, la vaca o algún ejemplar ovino de generosa entrepierna, los bichos sufren lo suyo con esta intrusión “contra natura”. Otra cosa sería que de esos encuentros bestiales surgieran entrañables retoños, gracias a las modernas técnicas de generación de quimeras in vitro.

Para no incomodar al lector más de lo estrictamente necesario (y sobre todo, para no excitar sus instintos más asquerosos), volveremos al cine, que es un pasatiempo inocuo. La mejor película sobre estos menesteres (y la más rigurosa) es la desasosegante “Max, mon amour” (Nagisa Oshima, 1986). Protagonizada por Charlotte Ramplig, que encarna a una elegante y fría esposa de un diplomático, en París. Ambos adquieren un chimpancé, al que llaman Max. La mujer y el lúbrico primate tienen una relación que no puede ser disimulada en las recepciones y cenas políticas a las que la pareja se ve abocada. Como dato curioso, la gran Victoria Abril interpreta a la criada de ambos, que resulta ser alérgica a los monos. Y todo dentro de la más exquisita burguesía de los años 80’s. ¡Resérvela ya en su veterinario habitual!

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