Alfonso Guerra

19-noviembre-2009 · Imprimir este artículo

Por Paco Obrer

Al final, aquel rojo barbudo que parecía un personaje de Mortadelo y Filemón se ha convertido en un señor. El terror de la clase burguesa se ha aburguesado. Es el diputado más antiguo y quizá uno de los más sensatos -no es difícil- de nuestra democracia. Algo de apandador tenía, con aquella familia de pobres sevillanos que eran más pícaros que otra cosa y que tantos disgustos le costó. Hoy aquellos robos parecen hurtos, comparados con las comisiones y pelotazos millonarios y la pornografía capitalista que se ha instalado en nuestra sociedad.

Algo debía de tener este personaje sibilino, culto e ideológico cuando su divorcio con Felipe supuso que aquél se perdiera, rodeado de embaucadores que iban de liberales y las hacían de todos los colores.

Lo cierto es que a Alfonso no le apartó del poder lo del hermano pícaro, sino la misma caída del muro, que hizo imposible su utopía socializante para países en vías de desarrollo. Aquel discreto poeta metido a político, mago del insulto, tiene hoy más sentido común que muchos miembros de su partido, quienes se han olvidado de lo básico: los débiles y la nación.

Ha dicho Guerra que tocar la Constitución es peligroso e insolidario. Y tiene razón. El viejo socialismo en esto era más consecuente. Bajo el pretexto de las diferencias de etnia, historia o lengua se hará más grande la distancia entre los ricos y los pobres en España. ¿Es eso de izquierda?

Los enemigos de Alfonso dicen que ha sido la tenia solitaria de nuestra democracia y que quería acabar con la división de poderes para que el PSOE fuera tan dominante como el PRI. Algo de eso había, pero más por ignorancia y por pasión que otra cosa. Alfonso conocía los colegios electorales como si fueran sus juguetes. El Estado de partido que añoraba Guerra estaba al servicio de unos ideales que hoy parecen tiernos y se echan de menos. Transformó España hasta el punto de que no la reconoció, como él dijo, ni su padre. La mayoría de las cosas fueron para bien. A Guerra, por cierto, tampoco lo reconocería hoy su padre.

Alfonso tiene algo entrañable que recuerda a la caspa de los Machado y al limonero de Sevilla: es uno de los pocos políticos que podemos considerar un intelectual (lo intelectual es ya ucronía). Aunque parezca casposo, el sentimentalismo de este personaje viene a cuento en un mundo de egoísmos y nacionalismos rampantes. Alfonso es una folclórica fina con muchas letras, que ha pasado del ciclostil conspirador al senado de las ideologías.

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Ilustración: Malagón

Comentarios

1 comentario en el artículo “Alfonso Guerra”

  1. David Ballota » Blog Archive » Los Verdes EcoNacionalistas en 1-septiembre-2010 7:04 am

    [...] primo Nipho, desterrado en el Averno, me hace ver que su pálpito jacobino lo ha compartido nuestro querido Alfonso Guerra. Estaba Joan Herrera en la tribuna cuando explicó a sus señorías los problemas de [...]

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