El tiempo del hombre muerto/Blue notes/Presentación, I.

os quiero presentar mi segunda novela: El tiempo del hombre muerto:

¿Qué es una nota de Blues?

La Wikipedia  la define así:

Si a una escala pentatónica menor se añade una nota extra a distancia de cuarta aumentada (desde la fundamental), se obtiene una «escala de blues». Esta nota extra, que define la escala de blues y la sonoridad de este estilo recibe el nombre de «nota de blues». Amén.

La Blue note es la nota característica del Blues. Por ello, como complemento a la publicación en papel de El tiempo de el hombre muerto, y para devolverlo a sus orígenes “virtuales”, que no pierda la esencia de la improvisación no lineal, he dejado las notas aclaratorias -o no- de la novela para este espacio que hoy inauguro. Me propongo así que todo chirríe aún más en el adocenado oído occidental que ya no quiere escuchar los gritos de alarma y sí los silbatos que distraen una realidad que nosotros generamos al protestar virtualmente pero sentarnos en nuestras poltronas para ver el fútbol… así les justificamos, así tragamos con todo lo que nos echen, hermanos cerdos… esa es nuestra acomodaticia realidad.

 

Blue note: Presentación del Tiempo del hombre muerto/parte primera: Ensayo Z. Una antropología de la carne perecedera, de Jorge Martínez Lucena

 

El tiempo del hombre muerto es una visión de los últimos seis años de mi vida, nacida en directo en este blog al igual que La Cámara de Niebla… es una cara b de las servilletas de papel que emborronaba con mi lefa en garitos por donde me perdía en la era preinternet. Decir que es la cara b, no es menospreciar este escrito, ni situarlo por debajo de mi primera novela: La cámara de Niebla. Tradicionalmente, en las caras ocultas de los singles, el grupo musical nos dejaba una visión particular de su música, o una sorpresa, un algo que muchos consideraban que era su verdadero yo musical, así lo reiteraban en las entrevistas.

 

Al repasar lo que he escrito durante estos años aquí, en directo, entre la niebla, me he encontrado sin querer con un puzzle cuyas piezas cuentan una historia desde diferentes puntos de vista. Algunas de esas piezas esbozaron la Cámara de Niebla… pero otras no tuvieron cabida en ella porque tenían un tono algo diferente: eran más combativas, portaban en su interior una carga explosiva de mala hostia.


Esta mala hostia es la que ha compuesto este blues que ahora os presento. Sus orígenes se sitúan a principios de este año, cuando bajo el título de País Outlet, abrí un blog en el que fui recopilando estos escritos, sin pensar nunca en publicarlos en papel, tan sólo como contrapunto a este Blues entre la niebla que canto desde hace, en julio, seis años.


Ha sido un periplo acojonante, y desde aquí quiero agradecer a todos aquellos que me habéis acompañado, este libro va dedicado a vosotros, los que habéis tenido los arrestos de sumergiros en esta niebla y dejaros ir sin guía ni rumbo entre las palabras que se cantan a la luz azul de la luna en un cruce de caminos.


Sigue siendo un canto personal que busca alguna luz. Un constante diálogo en soledad. Una batalla con las sombras internas, un pacto con el diablo… de tú a tú, de cara frente a un espejo que se fracciona.


Es un canto improvisado, que nace de un interior rasgado que protesta, que busca desesperadamente una solución a su inmovilismo, que intenta recabar en sí las fuerzas necesarias para levantarse e iniciar un sendero que le saque del cruce de caminos en el que pierde su vida en la inacción.


Es un canto en contra de la sociedad que oprime, aunque el protagonista ya sabe que la opresión nace de él, que él es quien hace la sociedad y la hace todos los días con sus silencios, su miradas hacia otra parte, sus pataleos al saberse engañado, estafado… pero qué difícil es avanzar hacia uno mismo, intentar ser consecuente, conocerse, dar el primer paso para la auténtica revolución…


No es un canto pesimista. Considero que el pesimismo nace cuando no se puede o no se quiere encontrar una alternativa y es más fácil pararse, engañarse, y creerse un voyeur de la demolición desde dentro… Es lo más fácil: morir autoengañado. Así muere alguien que se castra a sí mismo y no tiene los cojones de luchar y morir de pie. Así muere un país. Así mueren los borregos que piensan que la libertad es esa puerta que te abren y que te lleva al matadero. Así mueren los zombis.

Pero a estos escritos les hacía falta un nexo de unión. Éste llego cuando Jorge Martínez Lucena me dejó un comentario en una entrada que titulé: Ases zombis, y en él me dio a conocer un libro que acababa de publicar: Ensayo Z. Una antropología de la carne perecedera

Ensayo Z. Una antropología de la carne perecedera 

Este libro intenta algo nada fácil. Propone la admisión teórica, en el campo de la filosofía continental, de un concepto como el de zombi. La idea de fondo es que lo zombi funciona a la perfección como metáfora antropológica de ciertas idiosincrasias del sujeto actual. Aquí se intenta, a modo de ensayo, un juego filosófico apoyado en la gran versatilidad como símbolo del zombi o, si se quiere, lo zombi. Ensayo Z describe el objeto del que vamos a intentar hablar, el zombi y todas sus polisemias, su historia cultural, su constitución como género en diversas artes, especialmente desde el cine. Igualmente nos presenta paralelismos entre los merodeadores o mordedores y elementos tan actuales y cruciales como la depresión, la crisis o la conflictiva diferencia entre el hombre y el animal. Además nos presenta la validez del zombi como categoría filosófica de deconstrucción a través de textos tanto de Foucault como de Derrida. Pero, sobre todo, este texto está guiado por un ánimo apocalíptico en un sentido muy distinto al que habitualmente se quiere significar con esta palabra. Este Apocalipsis, que según el autor sería deseable que nos aconteciera, está relacionado con la superación de una auténtica pérdida de visión que sufrimos frente a la alienación o inautenticidad en la que vivimos en nuestras sociedades de consumo. Superar este sopor existencial requeriría de una toma de conciencia y de una acción deconstructora posterior sostenida en coherencia, y no de ese mero seguir sobreviviendo que nos acerca a la zombificación. Este libro pretende ayudar a este cometido de la mano de textos de distintas procedencias: del cómic a la filosofía, pasando por la sociología, la psiquiatría y las más cercanas literatura y cinematografía.

Al ir leyendo este acojonante ensayo, me di cuenta de que ambos, cada cual en su estilo, teníamos un objetivo común: la reivindicación de lo oscuro:


Se me crea o no, quizás una de las mayores intencionalidades latentes en este libro sea ésta, la de preservar lo oscuro… Nos dice el autor en la página 102.


Creo que es un ensayo imprescindible para conocer esta sociedad que construimos entre todos. 


El 22 de marzo asistí a la presentación de la editorial Origami en Madrid y allí, Antonio Huerta, sin conocernos de nada, me pidió un libro para publicar… en una semana. Espoleado por los presentes, lo cuento en la novela, acepté el reto… y así me pasé casi dos meses sin dormir. Pero el armazón de lo que ahora puedes leer, si te place, lo hice en una semana… sin dormir, gracias infinitas al mate de hoja de coca que me traje de Perú.


Me acordé de lo que tenía hecho en el blog: País outlet, sí… pero me hacía falta darle una cierta forma, tampoco mucha, es mi parecer que si algo nace en un medio no puede perder la esencia de su nacimiento… por lo que al trasladarlo al papel, tiene que conservar algo de esa “incorrección” de lo espontáneo, en este caso buscada, en mí siempre buscada, cuya pretensión es entrar desde el contenido, no desde la forma… aunque, y no voy a extenderme en este punto, la forma y el fondo aquí sí van inextricablemente unidos… y es un paso más que complementa a la Cámara de Niebla en esa búsqueda personal de la unión de los contrarios… en cuya difusa frontera de niebla entre luz y oscuridad nació este blues, estas Crónicas para decorar un vacío.


Al releerme en País outlet, mientras leía a su vez el Ensayo Z, me di cuenta de que teníamos, como ya me avanzó el autor en el comentario, muchos puntos en común y que ellos, efectivamente, me llevaban hacia una palabra que no había entrado en mis premisas mentales hasta ese momento, como nexo de unión de lo que había escrito: Zombi.


En su Ensayo Z, Jorge Martínez Lucena disecciona desde un lenguaje académico pero cercano, así lo declara el autor y lo confirmo, la realidad que vivimos utilizando la metáfora del zombi como el ser adocenado por los intereses del capitalismo. 

Las coincidencias en el fondo se sucedían y fue cuando recordé un cuento que había escrito para la revista Al Otro Lado Del Espejo, y que se titulaba como esto que os presento. Ahí tenía el nexo, la orientación la tenía delante… no creo en las casualidades.


Por ello, así lo dejo escrito

Portada de Julia D. Velázquez para Origami

Se puede comprar a través de la página de Origami (entra en este agujerito en la Niebla)

Paseos por la tierra de la sorpresa y los engaños.

Paseos por la tierra de la sorpresa y los engaños.

 

Catalina de Aragón no era quien creíamos.

La escolta policial en moto nos tuvo en vilo.

El Photshop que usaba las palabras en vez de las teclas.

El aguja de Cleopatra no era de Cleopatra ni era aguja.

El pato regio.

Las ramas entre los leones.

Los ángeles gemelos, el leproso y el sano.

La reina sin palacio y el palacio sin reina.

 

Todo viaje lo es de descubrimiento. Si no lo fuera la esencia del desplazamiento se diluiría como una bolsa de polvo en una laguna. Pero a veces dejamos que se nos escapen los momentos, las sorpresas que salen a nuestro paso… quizá porque nuestro paso es demasiado rápido como para poder fijar la vista o la atención lo suficiente.

Camino, con alevosía y nocturnidad, por las calles de esta histórica ciudad, buscando un palacio que identifique con María I, encontrar algo de su esencia. La Torre de Londres me queda lejos, la Casa de la Joya, junto a las famosas casas del Parlamento está muy desvirtuada, y Hampton Court ni siquiera está en esta ciudad. Ningún libro en la tienda de la Westminster Abbey, donde está enterrada, ni en el British Museum, ni en la cripta de S. Martin’s in the Field he encontrado a lo largo de mis viajes que hablase –en exclusiva de ella. Es uno de esos personajes en los que se ha concentrado el odio, ha cristalizado como si de un icono se tratara, y su figura resulta, por decirlo suavemente, políticamente incorrecta. Ciertamente ni en vida ni después tuvo suerte. Como buena católica, su marketing ha sido espantoso.  Pero su fuerza de voluntad y su apasionamiento la hicieron reina y ganan mi corazón un día y el siguiente. Por no mencionar su humanidad, su capacidad para los errores y los remordimientos. No hay un palacio para tan inesperada reina… aunque ahora que lo pienso, St. James Palace, que sigue vinculado a la familia real y a las recepciones públicas, ni siquiera parece ya un palacio en el que ella firmase el tratado de rendición de Calais. Y para mí, si ella no está aquí, es un palacio sin reina.

Pero no dejo que la tristeza me embargue porque pronto dos gemelos dialogan su pétreo enigma que guarda una puerta tras la que, estoy seguro, hay un pasadizo secreto al infierno. Uno de ellos tiene un rostro demacrado, leproso o sifilítico, paga los pecados de su alma con un físico que se  rebela escatológicamente contra su dueño. Su perversidad queda oculta en su mirada fría, de ángel, y por lo tanto de sobrenatural indiferencia hacia los asuntos del hombre, ser diminuto al que seguramente desprecia por su desprotección y vulgaridad. Frente a él, bello, blanco e impoluto, su gemelo mira hacia los misterios del Altísimo y su Universo con cierto dolor de quien se sabe alto pero es incapaz de comprender la supremacía divina, falto de la Misericordia que caracteriza al Creador. Pequeñas llamas de su esencia espiritual recorren su cara. Tras ellos la puerta de madera que une el mundo terrenal con el dominio del Maligno. Vigilan, no quién sale, sino quién entra, porque no todos tienen abierto el acceso a este mundo ignoto y malinterpretado por la Humanidad.

Sigo mi camino tras un pequeño escalofrío al recordar mi tamaño minúsculo y sin embargo inmenso. Me siento como si estuviese al borde de un puente sobre un inmenso río sucio, y el aire me empujase con fuerza, enfrentándome a un gran espacio libre. No padezco de agorafobia pero la sensación, entiendo, debe ser similar. Me siento parte de unas fuerzas cósmicas que no puedo controlar cuando un mensaje de vida y voluntad sale a mi paso. En lo alto de un edificio centenario dos leones con escudos y fauces dispuestas a tragarse una hamburguesa de hombre sin pan ni nada encuentran un compañero bajo las lluvias de este plomizo junio: unas ramas de arbusto han nacido entre las piedras y crecen, contra todo pronóstico, delgadas y obstinadas, como nudosos dedos de rastrillo, hacia la luz del sol que hay tras las nubes. ¡Cuántas veces podemos agarrarnos a ese pequeño intersticio entre las piedras y encontrar en él el alimento que nos haga sobrevivir contra viento y marea! En las peores condiciones o cuando más fácil resulta nuestra caída parece que más fácil, nos aferramos a la vida y valoramos sus “pequeños” regalos como el mayor de los prodigios. En realidad lo son. Estoy cerca de un patio encantador, casi inconcebible en una ciudad “imperial” y decimonónica, pero Londres sigue teniendo estos rincones de Jack (the Ripper, ¡por supuesto!): apenas podrán ser veinte metros cuadrados pero un busto, una esfera armilar y una farola de antiguo diseño vuelven las fachadas de ladrillo en un lugar de encantamiento.

Nada que ver con tan agresivos vecinos de las esforzadas ramitas es mi siguiente protagonista, el pato que come entre la hierba, ignorando mi presencia, mi cámara, mi descaro, mi intromisión, mi calvicie y mi incongruencia en la combinación del traje de chaleco y chaqueta con la bolsa de viaje de tela con un estampado vacacional, demuestra su lugar de origen y su soberbia superioridad de ser ajeno a las desdichas. Él es un pato de los St. James Gardens o Jardines de San Jaime, y, si uno se fija en la instantánea que tomo del regio animal se puede ver, tras su cuello largo y flexible, la mole blanca del palacio británico más fotografiado por el cambio de la guardia… Su natural e inocente preocupación por alimentarse con lo que los turistas han dejado a su paso, le convierte en un ser vivo por encima de mi constante preocupación humana, tantas veces absurda, innecesaria e improductiva. Su majestad es absoluta pues lo es su indiferencia. Soy su súbdito y debo darle de comer y dejarme de pelotudeces (él es un pato muy internacional, pues por aquí pasan todo tipo de visitantes, y por supuesto ha aprendido a dominar todos los giros de todos los idiomas, incluido el argentino, viste).

Llego, a pasito lento, pero implacable, al Támesis, ese río que me da miedo pero me fascina. Ese río de la revolución industrial al que miran tantos edificios inolvidables. Caminando por su orilla uno viaja unos tres mil quinientos años en el tiempo para darse cuenta de que la publicidad siempre fue engañosa, mucho antes de que existiera la televisión y sus mecanismos de tortura aplicada a través de las ondas adictivas cargadas de aburrimiento. Me acabo de encontrar con la “Cleopatra’s needle”, es decir, la “Aguja de Cleopatra” que es como se llama a este obelisco originariamente erigido por orden de Tutmosis III en un templo de Heliópolis. No me importa que le quiten a tan belicoso y exitoso faraón la gloria de haber mandado construir tan impresionante  monumento pues parece que él quiso borrarle la gloria a su antecesora, la reina Hatshepsut, así que donde las dan las toman y callar es bueno, que podría decir cualquiera de mis tías o mi madre, baúles sin fondo de sabiduría popular. Pero vayamos algo más lejos, ¿aguja? Imagino que no será de coser, porque entonces Cleopatra no hubiera sido un icono del exotismo y la seducción, sino una giganta Carpanta que se hubiera comido a su pueblo condimentado con miel y especias del país del Punt. En resumen, que ni es una aguja, ni fue de Cleopatra, ni la reina faraona se dedicaba a coser jerséis de punto para cíclopes griegos. Pero ahí está el Clepatra’s Needle, mirando a un río bien distinto al que un día iluminó reflejando el sol. Nunca sabemos el destino que nos deparará la vida, do we?

Pero esto de confundir al personal no es que sea cosa de elementos arquitectónicos ni del pueblo llano y sus ocurrencias para poner sobrenombres y motes a todas las cosas.  Es parte de la salsa de la vida. Y de esa publicidad de la que hablaba antes. Ahí están los primeros Photoshop de la Historia (el programa no es un invento conceptual, sólo una innovación tecnológica de algo que se viene haciendo desde hace siglos): las pinturas. ¿O es que pensamos que los retratos que se enviaban los monarcas y los aristócratas eran modelos de hiperrealismo y veracidad? No. Había que venderse. Había que “mejorar” la imagen y no sólo con afeites y cosméticos, sino con ciertos “retoques del autor”. Por supuesto los panfletos panegíricos y las voces aduladoras siempre han existido, que es un Photoshop de las palabras, por decirlo así, pero nunca lo había visto llevado a la imagen. Y ahí estaba, en ese retrato de Mary I, el impresionante Photoshop hecho de palabras. Y era un retoque malo, malo, malo de verdad, porque se notaba “a la legua”. Sobre el fondo ¿azul cobalto?, se han pintado unas palabras en amarillo que rezan: LADI MARI DOVGHTER TO THE MOST VERTOVS PRINCE KING HENRI THE EIGHT. Por favor, ¿el más virtuoso? Se podrán decir muchas cosas de este monarca, que sin duda cambió la Historia de Inglaterra y le dio forma, pero precisamente virtuoso no fue, ni en lo personal ni en lo político. Ni siquiera supo hacer de la necesidad virtud. Pero “calumnia”, que algo queda. Igual algún ingenuo se lo cree cuando lo lea…

Claro que, de ingenuidad no ando corto, porque se me olvidaba comentar que, de camino a la oficina, la otra mañana, saliendo de la oficina para comprar almuerzo, me encontré con la calle Oxford paralizada, y no sólo por las obras –que llevan más de un año, para que luego nos quejemos de Madrid-, sino por una escolta policial en moto que paralizaba el paso a vehículos y peatones. La gente, turistas y autóctonos, lejos de quejarse, miraban fascinados pasar una moto tras otra, en espera del gran momento. Estuve tentado de echar a caminar en dirección contraria y buscar otro lugar del que inicialmente había pensado para comprar comida. Pero me detuve y decidí quedarme a ver quién pasaba por allí. Durante los interminables dos minutos de expectación, imaginé quién sabe qué aristocrática presencia; qué belleza del cine de los cincuenta; qué autoridad eclesiástica recamada de brocados y joyas; qué eminencia académica o literaria –orgullo, of course, de Oxford o Cambridge-; qué carroza real; qué fila de bellos caballos árabes ataviados con borlas doradas; qué escuadrón de soldados vestidos a la manera del siglo XVIII. Pero lo que pasó fue un coche gris, largo, feo, de lunas tintadas, a paso ni rápido ni lento, ni egregio ni urgente, ni nada de nada salvo mediocre y anodino. Habíamos esperado para nada. ¡Exijo que me devuelva los dos minutos, ciento veinte segundos, que me robó de mirar a las estrellas!

Y, hablando de estrellas, un ejemplo más de que no hay que fiarse de nadie, ni nuestra propia sombra. Ahí está la católica Catalina de Aragón, que nos la “ha jugado” a todos. Bueno, en realidad no ha sido ella, pues llevaba ya sus cien años durmiendo el sueño de los justos, penando en la Eternidad, incapaz de entender el desapego de su esposo, su corazón endurecido para con ella y para con su hija. Descubro que el retrato más famoso de sus facciones no es contemporáneo, sino del siglo XVIII, nada menos. Según los expertos que han restaurado el cuadro, el azul con que se pintaron las joyas de su tocado, no se descubrió hasta principios del siglo XVIII, y no se trata de repintes sobre el original, por lo que se abre el debate. ¿Responde este rostro al de Catalina? ¿Estamos ante una copia realizada décadas más tarde que el original? ¿Es una idealización del autor dieciochesco? ¿Es realmente Catalina la retratada? Puestos a dudar cabe preguntarse si los restauradores saben lo que dicen o, siquiera, si el lienzo es tal o sólo una fotocopia coloreada. ¡Ya no hay quien se fíe de nada! Ni que estuviéramos en los tiempos de los Tudor.

 

Lo que está claro es que esta ciudad sigue ofreciendo sus “viejas novedades”, sus rincones, sus sorpresas, sus delirios, sus grandezas, sus delirios de grandeza… a todos los visitantes que se tomen el tiempo de contemplarla ajenos a las indicaciones de las guías y los tópicos, incluso mirando a las Casas del Parlamento. ¿Quién sabe lo que se podrá averiguar con un poco de observación o lo que se podrá imaginar con un poco de ingenio? Ah, alguien me ha dicho, además, que se están preparando aquí unas Olimpiadas. La ciudad es olímpica, sin duda, pero no será, en mi opinión, por su organización deportiva. Está claro que no hay mejor ciego que el que no quiere ver y que cada uno ve lo que le interesa… o quiere ver.

 

 

La belleza masculina y Roma.

Será porque tengo quien vela por mis viajes (desde un San Cristóbal de Plata de trabajo impecable y torso fuerte, a una Virgen Ortodoxa con el Niño Jesús, flanqueados por dos ángeles dorados que parece a punto de echar a hablar lenguas místicas y musicales, incluyendo ángeles que me velan desde cirios, portadas de libros y monografías) o será porque tengo más suerte de la que se puede imaginar que existe, el caso es que la belleza sale a mi paso por dondequiera que me encuentro y Roma, por supuesto, no podía ser una excepción. En la que llaman Eterna, uno puede encontrar un crisol sobre otro crisol de culturas y nacionalidades. El mundo parece estar concentrado aquí, en un permanente movimiento que no termina nunca y que recorre siempre las mismas calles, los mismos monumentos: chinos, japoneses, pakistaníes, indios, estadounidenses, españoles (¡por todas partes!)… y por supuesto italianos. La urbe nos atrae de forma mortal, como la trampa a la mosca, pero con un sabor de miel excesiva, capaz de noquear a cualquiera y no sólo a Stendhal, a cualquiera que tenga la sensibilidad artística medio grado por encima del de una cucaracha.
La ciudad es exceso y es caos, y es Barroco explotando por todas partes; acumulación de iglesias y gelaterías; pizzerías y ruinas. Sí, eso ya es conocido por todos. Pero luego está la belleza. La perfección o imperfección que nos roba el alma y nos la devuelve impregnada de veneno. Un veneno adictivo y necesario para la vida. Una medicina perversa e imprescindible. Desde esos pies oscuros, pequeños y de venas marcadas, puro relieve, de algunas zonas surasiáticas, a los pies largos, grandes, suaves y blancos, con las leves líneas azuladas de algunos nórdicos que parecen extraídos de casas de techos altísimos donde todo hace eco y por eso ellos hablan tan poco. De la mandíbula cuadrada y apenas disimulada por una barba apenas de un día, pelos muy cortos, estudiadamente cortos, que no ocultan la línea pero la dulcifican; a los ojos azules e intensos, ausentes e intensos, en ese rostro tostado por el sol, raza caucásica pero  con algo de sangre turca. De las piernas larguísimas y pobladas de un vello también largo, finísimo, dorado, llama de espada de arcángel en momento de descanso, a los párpados que terminan en forma de ese tumbada, como de buda, dejando apenas una línea sugerente de iris y pupila a nuestras pesquisas, en medio de un rostro moreno, algo rojizo por el sol, de joven europeo, quizá siciliano. Del cabello desordenado y abundante, como de niño que acaba de correr con sus amigos, a la sonrisa beatífica del hombre dormido en el que se refleja la luz del sol por la ventana de un restaurante (que igual podría ser de un avión). Si uno no mira, de vez en cuando, al suelo horrible y fracturado de esta ciudad, aceras grises y feísimas, podría reventar, caer redondo de exceso, morir de una extenuación de belleza, de un cólico pantagruélico y “extasiante”. Mirando a estas criaturas maravillosas, ¿cómo puede dudar alguien que existe un Dios? La casualidad no puede dar para tanto.
No pretendo ser polémico ni blasfemo. Ni criticar creencia alguna (al menos no con estos párrafos). Sólo digo lo que siento cuando la perfección y el deseo, la admiración estética y la elevación espiritual se aúnan, se funden en una bebida que se toma por los ojos y que embriaga completamente. Pero su resaca ilumina suavemente con el recuerdo –algo picajoso de lo que se fue y no se repetirá, eso es cierto- la posible monotonía de la vida, en la que caemos por ignorar el milagro de las pequeñas cosas. Y aunque no conozco en carne propia las otras resacas, algo me dice oscurecen de ruido y dolor (hablo de oídas y de leídas, vaya).
Por esas carnes vivas que comento, por donde corre la sangre y la existencia, con un chorro bellísimo que el propio Leonardo hubiese querido penetrar (casi seguro), van cayendo mis miradas. No tengo miedo a que me critiquen por mi descaro. En esta ciudad cualquier esquina pondrá una excusa a mi comportamiento:
-          Excusi.
Y señalaré, con total desvergüenza, alguna estatua, cuadro, edificio, monumento, tiesto de flores encendidas o gato arqueólogo tras el sujeto quejoso. De todas formas no tengo que hacer uso de la estratagema. Nadie se queja. Intuyo que en parte porque aquellos que se den cuenta agradecerán “el cumplido” más que se molestarán por el atrevimiento. Sería hermoso creer que es así.
Frente a esos momentos de arrobo frente a unas manos de uñas perfectas y dedos equilibrados, serenos; o unos hombros redondeados como melocotones madurados al sol de una Toscana primaveral (imagino que los melocotones no crecen en aquella región, pero es mi deseo literario que así lo hagan); frente a esos momentos, digo, la ciudad compite con sus piedras, sus lienzos, sus frescos…  Frente al monumento al monarca de la reunificación, que los autóctonos llamaron dentadura postiza, tarta o máquina de escribir pues nunca les gustó, yo podría pasarme horas siguiendo las líneas de estos hombres desnudos: germánicos y angulosos los del friso que lidera Atenea o de suaves músculos clásicos en los grupos que hay en las “esquinas” de la inmensa arquitectura que los acoge a todos. ¿Cómo es posible que dos glúteos semicirculares, mitades casi matemáticamente semiesféricas y unos muslos tan enormes y poderosos resulten dulces, proporcionados, armónicos y no sólo deseables como potencia de la naturaleza? Se me ocurren tres respuestas y las tres tienen una raíz común: la propiedad lunar de la piedra, capaz de ser puro terciopelo al tacto; el talento del artista que plasma elaborando el material como si fuera su propio pensamiento; el diseño del cuerpo, puramente divino. A los pies del conjunto unos hombres barbados que me traen evocaciones de Neptuno y que quizá simbolicen ríos italianos, muestran sus torsos de dioses de posibilidades ilimitadas, de medida inalcanzable… pero inequívocamente masculinos en sus formas. Este lugar refulge y no sólo por la blancura de la piedra pulida bajo el sol romano. Refulge porque el arrojo y el valor representados, la voluntad, se visten de estas líneas enloquecedoras que hacen que las flores y las montañas; las plantaciones de arroz y los campos de girasoles; las tormentas más inspiradas y los lagos más plateados tengan envidia de lo que el Creador hizo con el hombre y el prodigio de sus miembros, las parábolas generadas por sus movimientos, y los mundos que afloran de sus ojos de colores cambiantes. Voy de uno a otro sacando fotografías con la primera cámara digital que me regalaron hace ya años bajo la mirada atenta y desconcertada de los militares o policías que velan del lugar que contiene una llama permanente en uno de sus puntos. No sé qué pensarán de mí, de mi ajetreo de un lugar a otro, de mi manía de fotografiar lo mismo de una y otra forma, desde este ángulo y desde aquel otro, en vertical y en horizontal, usando zoom para acercarme a detalles dignos de alabanza permanente como las venas que surcan las manos o las arrugas de los pies que adquieren posturas casi imposibles para dar al hombre el mejor punto de apoyo, la mayor estabilidad posible bajo el peso de escudos o resistiendo en equilibrio frente al horizonte amenazador. Me gustaría saberlo, cuando voy hacia lugares que ninguna otra de las decenas de personas que nos rodean se molesta en visitar. No sería tan extraño que estuvieran acostumbrados a apasionados del hombre y su salvaje, arrebatadora, potente y detallada belleza.
No quisiera salir de aquí, pero debo hacerlo. Y aunque me gustaría utilizar un altavoz para gritarle al mundo que si viene a esta capital europea debe pagar tributo a este cúmulo de perfecciones, a pesar del riesgo de quedar encadenado a su encantamiento; también tengo cierta tentación de guardarme para mí estos momentos de elevación hacia un estado de contemplación y erotismo estético, atesorarlos como algo propio y único.
En conciencia no puedo ser tan egoísta.
Me encamino, para seguir con mi caza de imágenes, hacia una parte de la ciudad que resulta secreta a pesar de su notoriedad. Un rincón para iniciados. No hay en esta urbe un “gueto” homosexual, por llamarlo de alguna forma; una concentración de locales y tiendas pensados para los homosexuales, lugar de reunión y protección frente a un mundo potencialmente agresivo. Y si lo hay es muy pequeño y está a la espalda del Coliseo, la gran mole del sacrificio y la fiesta del Imperio. (Y no, no voy a hablar de los músculos sudados de los gladiadores, ni de las carnes maltratadas de los mártires, lo primero por razones que no explicaré y lo segundo por respeto a la genialidad del fallecido Moix, que lo hizo mejor que nadie podría haber soñado hacerlo, y no, no fue un sueño). Hay aquí un par de restaurantes y bares y una tienda que generan ese microcosmos que está diseminado por toda la urbe y que, en su totalidad, no será ni una cuarta parte de Chueca o Soho, por citar los dos que conozco mejor.
La tienda se llama Souvenir, y no es precisamente souvenirs romanos lo que vende, aunque haya alguno, sino revistas, postales, libros, ropa y complementos que tienen como protagonistas a hombres, a cierto tipo de hombres. Ya se entiende.  El muchacho que atiende tras el mostrador me ayuda a encontrar algo especial: una obra que sólo podría apreciar en su justa medida alguien capaz de comprender la esencia del artículo que escribo, el arte de la fotografía y el don de la oportunidad. El objeto ya tiene dueño, por supuesto. El dependiente, (armonía fibrada y tersa, estatura media, tirando a baja; pequeñas orejas, negrísimas cejas, ojos traviesos pero no atrevidos, sonrisa abierta y ovalada) se añade a la colección de los primeros párrafos de este artículo. He aquí un rincón donde cierta belleza se hace posible a pesar de ciertos poderes en la sombra que no son capaces de impedir que se publiquen cómics de violencia extraordinaria o que se produzcan videojuegos de muerte y destrucción, pero sí de conseguir que no haya revistas temáticas como Attitude (inglesa) o Tetu (francesa), a la italiana. Quizá el modo de vida natural de aquellos que sienten deseo por otros hombres sea mucho peor y malvado que el de aquellos que se dedican a la muerte profesionalmente, la destrucción y la violencia. Supera mi comprensión. No diré más.
Como al lado, en un restaurante atendido por dos camareros inequívocamente italianos e inequívocamente atractivos también. La comida es excelente y las vistas de Coliseo no pueden sino acabar de redondear el momento.
Me preparo para la última búsqueda.  Me espera la estela de los Borgia. Santa María del Popolo tuvo los huesos de Vanozza Catanei, supuesta amante de Alejandro VI, de notoria piedad, en una capilla pintada por Il Pinturicchio, donde reposó incluso antes que ella uno de sus hijos, el renombrado Juan, el más querido por su supuesto padre, que tuvo la osadía que parecer, ya muerto y tras tres días en el fango del Tíber, más hermoso aún que vivo, lo cual turbó a no pocos. Sé bien que esa capilla ha sido víctima del tiempo, pero vengo a rescatar lo que quede de ella, aunque sea a evocarla, a las siete de la mañana, justo cuando abre sus puertas el templo. Apenas dos o tres personas pasean en todo el edificio y nada rompe el silencio que soñaba para este momento. Camino lentamente leyendo los carteles de todas las capillas. Por fin encuentro una mención a la que fuera la de los Borgia, reformada en el siglo XVII. Nada, absolutamente nada, al margen de esta nota, queda de aquel sueño de poder y astucia, de piedad y devoción a María que los caracterizaron. Viendo alguna otra obra del pintor mencionado en algún otro rincón del lugar, intento rememorarlos.  Compro un libro de la iglesia, a un sacerdote encantador, bajito, regordete, algo mayor, que me regala unas postales muy bonitas, con la esperanza de encontrar alguna reconstrucción “ficticia” o alguna información adicional. Pero la sombra de los Borgia es tan alargada como fantasmal y nadie parece querer hablar de ellos. No hay siquiera mención al nombre de la capilla que ha tomado su lugar. Y permitidme que, aunque lo sepa, lo guarde para mí. Sólo los “fanáticos” de esta familia, como yo, perderían diez minutos de su tiempo buscando algo que ya no existe.
Me estremezco de melancolía. Se han ido también de aquí. La belleza de Giovanni, salvo en el supuesto retrato contenido en El juicio de Santa Catalina, en los Museos Vaticanos, se ha perdido absolutamente. Y los autores ni siquiera se ponen de acuerdo de cuál de todos los personajes contenidos en la obra representa al que fuera Duque de Gandía…
No me descorazono, en esta última estela borgiana aún me queda una última belleza que buscar en esta ciudad que son muchas ciudades y muchas historias de esplendor. Una belleza cuyo rastro persigo desde hace una década… Y que me resulta denegada una y otra vez, quedando siempre oculta entre las nieblas de un tiempo que no ha perdonado a quien busco. Quizá por su perversidad no haya habido lienzo o pared dispuestos a guardar los rasgos de este Dorian del siglo XVI. Quizá sólo la envidia haya sido la responsable, la criminal que, destruyendo su efigie, ha creído destruir también su existencia, su legado político, histórico y pre-romántico, como los egipcios creían (mucho más acertadamente) que se podía condenar a la desaparición, que es el olvido, destruyendo el nombre de los muertos. Puede que el miedo haya sido el causante, o el odio por tantos poderes pequeños y mezquinos como estuvo a punto de extirpar de la farragosa, fragmentada y envenenada Italia del Renacimiento. He perseguido este rostro (hermano del citado Juan/Giovanni) por páginas de libros infames y ensayos magníficos; por espacios virtuales de la red; por Medina del Campo; por Játiva, cuna de su padre; por Valencia, por donde entró a España preso; por Londres y sus museos que todo lo contienen; por Roma ya antes… Y sólo he conseguido rumores, habladurías, algunos “se dice que el modelo del Cristo de este cuadro fue él”, también aquello de “este retrato de Leonardo a la sanguina podría contenerlo”… Y un impacto enorme en la catedral de Valencia, una pintura de Juan de Juanes, que no lo conoció y lo retrató décadas después de su muerte, en la que algún efecto que desconozco ha destruido la parte del ojo, parte de la carne, el pómulo mismo… De forma que es imposible sacar un mínimo de verosimilitud de aquella cara un día tan famosa. Digámoslo ya: hablo de César Borgia, el supuesto hijo del Papa; la inspiración para la figura del nuevo príncipe en el polémico ensayo de Maquiavelo; el amigo de Luis XII; el cuñado del rey de Navarra; el más misterioso de los personajes públicos de aquella etapa convulsa y única, mezcla sangrienta y excelsa de arte y desprecio por la vida humana. Vengo al palacio Venecia donde, he leído en antiguas biografías, se encuentra el retrato que le hiciera Altobello Melone, aunque también póstumo. He venido para mirarlo de cerca, para preguntarle en silencio si es realmente quien yo creo que es. Para descubrir si sus pequeños ojos ausentes y su barba predicen la suavidad de un cuerpo como el de los Cristos de torso desnudo, músculos dibujados, dulzura de la bondad. O si, por el contrario, se parece a esos Luciferes, a esos demonios de cuerpos fibrados pero gestos crispados como los que veo en Trinita dei Monti, en completa soledad, antiguos ángeles de masculinidad innegable, seráfica armonía corpórea pero rostro cruzado por símbolos de maldad o locura. Algo me dice que, mirando frente a frente esta obra podré preguntarle, podré saber, si realmente representa al más temido de los hombres italianos entre 1500 y 1503, si sólo se inspira en su figura pero el pintor no lo conoció (tenía diecisiete años cuando el Borgia moría en Viana, y llevaba ya años fuera de Italia), o si ni siquiera es él el caballero retratado.  El palacio, hoy museo, está en obras, y subo la escalinata de piedra entre andamios. Temo que el cuadro no esté expuesto por razones de seguridad. Tengo cierto grado de nerviosismo. Pregunto por él nada más llegar a la taquilla: ese lienzo no está en este museo. Esta pieza, no hace tanto atribuida a Giorgione, me dicen las amables muchachas que me atienden, parece estar en la Academia Carrara, en Bérgamo. Una vez más el hombre se escapa entre mis dedos. No consigo encontrarlo. Su efigie se desvanece como monumento de arena al sol; como pintura bajo chorros de agua ardiente: fantasma esquivo se aparece una y otra vez para escapar justo antes de asirlo. Tengo oído que en Forlí también hay un retrato (de autor desconocido)… Quizá, dentro de una década, me dedique a recorrer la Romaña tan sólo para buscar tu mirada fría, tu torso poderoso de hombre capaz de decapitar a un toro de un tojo, tus labios que tan bien supieron mentir y que debieron saber a miel amarga, a carne seca y aromática.
Cargado de belleza, sobrepasado de emociones, tengo diez horas de viaje por delante: sólo aeropuertos, trenes y autobuses, que me separarán de esta península insólita y me devolverán a mi Madrid natal. Llevo una iluminación interna, un deseo irrefrenable de cantar a la hermosura del hombre, a la línea masculina; un anhelo de volver a Catulo, a Petronio, a Fellini, a Sócrates, a Kavafis, a Lorca, a Whitman, a Ang Lee, a Wilde, a Cernuda, a Pombo, a Luis Antonio de Villena, a Mendicutti, a Tondelli, a Tennessee Williams… a mi adorado Moix.
Nunca probé otras drogas que la belleza y el amor y, aviso para navegantes, Roma distribuye la primera gratis y en cantidades desbordantes. La segunda ha de buscársela cada uno y encomendarse a San Luis Gonzaga.