LA ESPERANZA

La esperanza no es fingir que no existen los problemas.

Es la confianza de saber que estos no son eternos, que las heridas curarán y las dificultades se superarán.

Es tener fe, es una fuente de fortaleza y renovación en nuestro interior, …que nos guiará desde la oscuridad hacia la luz.

Cuando el amor de tu vida no te quiere, cuando la llamada que esperas nunca llega, cuando no consigues el trabajo que deseas, cuando no recibes la invitación que esperabas… el mensaje no es que no te lo mereces… el mensaje no es que no eres importante… el mensaje es que tu mereces algo mejor. Cada vez que sientas decepción por no recibir lo que deseas o esperas, no lo veas como rechazo o mala suerte… simplemente piensa que es una tremenda oportunidad a algo mucho mejor de lo que esperabas.

La vida esta está hecha de millones de momentos, vividos de mil maneras diferentes. Algunos buscamos amor, paz, armonía. Otros, sobrevivimos día a día. Pero no hay momentos más plenos que aquel en el cual descubrimos que la vida, con sus alegrías y sus penas, debe ser vivida día a día.

Más plenos que aquél en el esta es el conocimiento que nos otorga la verdad más maravillosa. Aunque vivamos en una mansión de cuarenta cuartos, rodeados de riqueza y siervos; o luchemos de mes en mes para pagar el alquiler, tenemos el poder de estas totalmente satisfecho y vivir una vida con verdadero significado.

Día a día tenemos ese poder, gozando cada momento y regocijándonos con cada sueño. Porque cada día es nuevo, flamante, y podemos empezar de nuevo y realizar todos nuestros sueños…
Cada día es nuevo, y si lo vivimos plenamente, podremos realmente gozar de la vida y vivirla en plenitud…

Tarde de toros.

Corría aquella sangre como el agua del río del Belén tradicional de la casa española pudiente o la iglesia de pueblo: un ritmo similar al de la cascada cayendo sobre el musgo, que era el pelaje del toro. Pero no podía ser, claro está, mas antitético. Rojo y obtuso aquel denso chorro sobre un negro palpitante, significando la vida que se va, cuando el otro, el del montaje navideño simula la vida del desierto, los rebaños que pacen, las lavanderas que van y vienen y se ufanan en su labor. Pero no pude dejar de pensar en los dos al tiempo, porque su anchura y su corriente, su velocidad tras la labor del picador, eran similares. Perdí el curso del liquido burdeos, pues el torero y su capote se acercaban ya, pero la mancha de sangre en la arena llamó mi atención cuando se llevaron al toro, veinte minutos más tarde: era allí una mancha desteñida, una forma imposible y anaranjada al haber perdido su fuerza entre la multitud de los sedientos granos que, aparentemente inmóviles, a pesar del viento que visita siempre esta plaza, beben y se agitan bajo las patas de los animales y las recias piernas de los toreros y banderilleros. ¿Qué había sido de aquel profundo reguero que salía del boquete abierto por el picador? Desde lo más profundo el toro había bombeado su sangre, lugar ignoto como lo era el venero inescrutable del Belén que ofrecía misterio y rumor grato a mis infancia.
Era la corrida goyesca del dos de mayo y llevaba a dos expertos acompañantes, uno en el Arte Taurino, el otro en el Arte del Vestuario y la Estética. Yo me dedicaba, como es mi costumbre vampírica, a aprovecharme de la sabiduría que me rodeaba. El uno me explicaba que aquellas hombreras de los toreros eran una reinterpretación, y no de muy buen gusto, de los trajes centenarios. El otro como unas manoletinas habían llegado a salvar una tarde en Las Ventas. Y así, rodeado de peritos, con los ojos puestos en mil cosas a un tiempo -defectos del profano- veía la tarde pasar de sol a sombra.
La sangre se había quedado impresa en mi retina, ese borbotón que el exceso de faena del picador había provocado en el lomo del animal. Tenía el color de una ambrosía de dioses antiguos y crueles. Y la fuerza falsamente poderosa. ¿Cómo era posible que no manase como un torrente, sino como un riachuelo?

Teníamos buenas entradas, pero se habían convertido en excelentes pues a los toros, mansos y trotones, con querencia por la puerta de chiqueros, les dio por hacer cara a los espadas frente a nuestro tendido. Y allí el veterano, y los que no lo eran tanto, desgranaron su arte y su valor. Sin cotas sobresalientes de tarde egregia, pero con momentos de belleza y saber hacer. No había muchas mantillas; ni siquiera estaba medio llena la plaza, pero, por momentos, se entendía el fervor que el evento suscitó entre tantos aficionados en épocas pasadas y no tan pasadas cada vez que el soberbio cuerpo negro entraba bajo la tela del capote haciendo curvas limpias con sus cuernos ancestrales, mientras el cuerpo del hombre, postura desafiante, se elevaba hacia el cielo con su oración sin palabras.

Se encontraban en el coso una veintena de leales a la idea romántica de lo goyesco, y sus trajes, hechos por ellos mismos, o alquilados en tiendas baratas -por supuesto habla por mis palabras el  Maestro del Vestuario- querían rescatar algo de lo que fue, pero resultaba un poco triste por su falta de producción; o dicho de una forma con más sabor, por su falta de tronío. Ellos estaban felices, en su salsa, haciéndose fotos con turistas japoneses y jóvenes que posiblemente no sabían de donde procedía tal atuendo pero lo festejaban como una fiesta de disfraces. Este tema merece reflexión y artículo por sí mismo. Quién sabe si algún día me animaré, siempre es tentador hablar de la nostalgia, pero cierto es que este lance, este atrevimiento con los trajes inspirados en otras épocas –si no más gloriosas, desde luego más artísticas-, quedaba relegado a dos decenas de jubilados que rescataban quién sabe qué deseo infantil de ser otras personas en otros tiempos, o quizá de alcanzar una pequeña cota de protagonismo una vez al año, pero sin que su anhelo los hiciese egregios, sin que apostaran por ello con toda su alma.
Morenito de Aranda lucía una de esas plantas y esos rostros (Manzanares, Cayetano…) que siguen haciendo las delicias de las portadas de Vogue y aun algún videoclip como el (ya nada joven) de Madonna. La figura del hombre valiente; con un algo de desprecio por la vida; de rostro marcadamente masculino; coronado de belleza no ha pasado de moda. Eso queda claro. Morenito tenía apasionadas seguidoras que reclamaban para él una oreja como si en ello les fuera la vida, y concentraban su ardor en la rabia con que increpaban al presidente por no conceder el trofeo ante los pañuelos que, teniendo en cuenta la asistencia, eran bastante numerosos. Su figura destacaba entre las de sus compañeros, su halo era evidente, aunque no irradiase la fuerza del icono taurino. Sí, en cambio, la del hombre deseado, la del latin lover, siempre que se le quite a esta expresión el carácter sudamericano que algunos le otorgan y que nada pinta en este momento. Él era “el torero” aquella tarde y ni la actuación meritoria de uno de los banderilleros (hombre de profesión que mereció ovación del público) ni los trajes con sus bordados negros, conseguían eclipsar lo que ha sido la última expresión del icono y la fuerza de esta fiesta que antes adoraba al picador, y actualmente no mueve a las masas, sino a un grupo de adeptos, como una religión crepuscular.

El edificio, siempre objeto de mi admiración arquitectónica, habría sus intimidades para mí, mostrándome sus arcos, sus palcos, sus pasillos, y esos magníficos y severos contraluces que harían las delicias de los fotógrafos antes de entrar en el propio templo de los tendidos y el círculo casi sagrado donde se enfrentan a muerte el hombre y el animal. Parece antitético, como la comparación de la sangre y el riachuelo de agua, que un lugar tan abierto sea al tiempo un recinto tan oscuro, con un ritual tan arcaico (y no lo digo en sentido crítico), repetido a lo largo de las décadas, y heredero de una relación antiquísima entre el toro y los pueblos mediterráneos.

Brilla todavía el sol cuando nos alejamos.