Los edificios vivos (El Escorial).

                Noche a mi alrededor. Noche, árboles, farolas encendidas… y una gran masa de piedra que empiezo a entrever. Estoy en El Escorial, rondo cerca de la medianoche, camino solo hacia la fachada posterior del edificio viniendo desde la Casita del Príncipe. Ya pasaron los primeros días de abril y la primavera se encuentra en pleno apogeo, pero hace frío, y baja de las montañas un aire que lame las paredes del monasterio antes de regresar a su hogar, como si quisiera hacer una visita secreta a su enamorado y, con su aridez, intentase ahuyentarnos a todos los visitantes no deseados. Esta estación parece hoy más una prolongación del invierno más riguroso, anciano blanco que se negase a dejar el trono tras el fin de su mandato y, más que sus barbas, nos enseñase las esquirlas de los huesos de sus dedos anclados en nuestros pulmones cada vez que tenemos que respirar en profundidad este aire lleno de estalactitas.

                Sólo mi sombra me acompaña, y mientras me acerco a este gigante de siglos y engañosa austeridad, apenas un automóvil pasa a mi derecha rompiendo el encanto. Una vez que su ruido y sus faros se han perdido definitivamente vuelvo a encontrarme con el edificio, a solas. Algo me atemoriza y no sé qué pueda ser hasta que creo ver luces encendidas cerca de la Iglesia, probablemente en alguna de las estancias del modesto palacio del Rey Prudente. ¿Vigilantes nocturnos haciendo la ronda? No me atrevo a evocar ningún fantasma histórico, pero mi inconsciente lo hace por mí. He imaginado la figura negra de los últimos años del monarca, con una eterna vela incapaz de apagarse, caminando por los aposentos de su palacio tantas veces “violado” , en tanto que penetrado, por plebeyos y, lo que es mucho peor, por ignorantes y herejes…  

La impresión dura bien poco pues me doy cuenta de que sólo estoy asistiendo al reflejo de las iluminaciones proyectadas sobre las fachadas que el juguetón cristal me devuelve evocando luces interiores.  Aun así me he quedado intranquilo… ¿qué haré yo aquí si podía estar, tan cómodamente, en la cama de la habitación, bajo la cálida sábana inglesa, soñando con novelas que nunca escribiré? ¿Qué necesidad tengo de sustos tontos y fríos de la sierra cuando ya sé bien que soy sugestionable y que he perdido resistencia a los rigores de las temperaturas bajas? La impresión aumenta cuando al llegar a la esquina tengo la visión de ambas fachadas, ahora también la principal, con su san Lorenzo como única figura humana en ese vastísimo lienzo de piedra y ventanas que contempla imperturbable el pasar de los días, los meses y los años como quien ve pasar o caer las hojas de los árboles: unas tras otras y sin darles autonomía ni importancia. El tamaño del complejo se hace evidente, impresionante, algo terrorífico. Incluso me parece mucho más alto que algunas torres del centro de la ciudad.  Intento acercarme a la fachada, pero algo me lo impide. Mi inquietud es demasiado grande para ello. Siento el mismo vértigo que cuando era pequeño y miraba hacia arriba muy próximo a la fachada de cualquier edificio alto, lugar donde la sensación de que se caía sobre mí era casi inevitable, una ley universal mucho más fuerte que la gravedad o el odio: una atracción que no se cumplía pero parecía exacta, matemática, real como no llegaba a serlo la realidad misma.

Aquí sí veo con claridad que hay luces encendidas. ¡Es la parte dedicada a colegio! Pero, ¿habrá alguien interno? ¿O serán los vigilantes en los que pensaba antes? Bajo las mansardas de los tejados de pizarra, tras dos de los vanos cuadrados, brilla una luz azul, de fluorescente de cocina. Me doy cuenta de que, para internos o no, el colegio sigue en uso en la actualidad, y que por lo tanto el complejo ideado por Felipe II es mucho más que un recipiente de obras de Arte y destino de turistas y viajeros. No es un Museo sin articulación. Es, en realidad, un edificio vivo que cumple cuatro de las cinco funciones que como construcción tenía en sí misma, por no hablar de su poder simbólico, de su bastión para el recuerdo de lo que un día fue la más grande monarquía del mundo, aunque algunos quieran llenarla de sombras, minimizarla y restarle importancia. A saber: el colegio del que hablo, la iglesia, el panteón real y el monasterio siguen en uso… y sólo el palacio ha pasado “a peor vida”, como corredores de paso para grupos heterogéneos de visitantes con prisa.

¿No es acaso escalofriante darse cuenta de la previsión de este rey que decían que quería emular a Salomón y a su templo? ¿Dónde se  forma el hombre? En la escuela. ¿Dónde vive? En su castillo (“mi casa en mi castillo”, que diría un británico, con quienes tuvo tantas historias y casi todas de desencuentros). ¿Dónde se encuentra con su creador? Donde reza. ¿Dónde reposa su resto material? En la tumba. ¿Quién reza por los muertos? Los hermanos que dedican su vida a la oración. Ahí están todos los tesoros de la vida y la muerte resumidos y materializados en este complejo de corredores, ventanas, puertas, patios y salas. Las estancias vibran cada mañana con el rezo auténtico de los religiosos; y con las voces inquietas e impulsivas de los niños y muchachos que estudian en sus aulas. En sus muros están adheridas miles de misas. En sus esculturas se han colgado, como si fueran telarañas brillantes, plegarias, Padrenuestros, Avemarías, Salves, Rosarios, Credos… Sólo la vivienda está vacía… quizá  porque, evidentemente, su propietario la abandonó hace muchas décadas, preparado para unirse a Dios, en quien había creído todo lo humanamente posible.

Pienso, una vez más, en ese Claustro de los Evangelistas, cerrado a mis ojos  y a mis pasos (y a los de todos aquellos cuya vida no está dedicada a la oración). Pienso que, en este momento, los hermanos estarán durmiendo sus sueños bajo la imponente mole, tras los últimos rezos de la jornada. Ahí no veré luz alguna… pues la luz nace desde dentro y no necesita proyectarse fuera.

Poco a poco el miedo desaparece. Al acercarme a este lado de la planta diseñada por Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera, sólo la impresión de soledad permanece, pero no la inquietud. Ya no evoco espíritus, ni el tamaño de esta obra del hombre, con ser notable, me hace temblar.

Vuelvo, en mi camino de regreso, a esa esquina que domina ambas fachadas y recuerdo cierta noche bajo la lluvia y el viento. Ya tampoco me siento solo… hay alguien que me acompaña y que se hace más y más presente a medida que, al dejar atrás el edificio, me aproximo a las ruidosas luces de la gran ciudad, ese Madrid que no descansa y donde duermes, soñando proyectos dignos de un rey que pueda financiarlos con oros y platas traídos de algún Potosí inagotable, como la propia Historia de este complejo, de esta ciudad del Hombre, de esta nave que surca la sierra madrileña con inmovilidad imparable, con actual eternidad, renovándose cada día, a cada momento, como las células de un cuerpo vivo.

LOS INFIELES (Francia, 2012) Director: Emmanuelle Bercot, Fred Cavayé, Alexandre Courtès, Jean Dujardin, Michel Hazanavicius, Eric Lartigau y Gilles Lellouche. Intérpretes: Jean Dujardin, Gilles Lellouche, Guillaume Canet, Mathilda May, Alexandra Lamy, Sandrine Kiberlain, Aina Clotet, Isabelle Nanty, Géraldine Nakache, Manu Payet, Lionel Abelanski, Clara Ponsot, Charles Gérard, David Allen Cluck, Cherry Vercher, Maëva Pasquali, Luca Lombardi, Partha Majumder, Johanna Nizard, Joan Riegert, Eddy Saccomani.

Cuando me comentaron, y averigüé, que esta película francesa (para mí: una comedia inteligente, divertida y accesible a todos los espectadores) estaba compuesta por episodios diversos, no era norteamericana (ni española) y El País consideraba que “el resultado es un tópico tras otro” decidí que no podía dejar de verla. En una sociedad decadente, mediocre y terminal, es bueno no coincidir con los fabricantes de opiniones “bien fundamentadas” y “políticamente correctas”. Más aún sobre el asunto sempiterno de “las señoras, el matrimonio y la infidelidad”;“las relaciones” como las califican ellas. Una de las mayores causas de miseria moral y económica en nuestro país; como bien saben decenas de miles de personas, añado.
Probé fortuna a visionarla con un amigo, convaleciente de una de esas “relaciones”, y no quedamos decepcionados. Por descontado no es perfecta y su humor, desigual, contiene sal gorda. Pero la sal gorda es necesaria para ingerir, tanto carnes rojas como proteínas piscícolas incluso vegetales.
En esta película colectiva, idea de Jean Dujardin, recientemente galardonado con el Oscar al Mejor Actor por The Artist, y en la que participa también Michael Hazanavicius (director también oscarizado del galardonado film francés) los episodios son desiguales, alguno genial otros menos. Especialmente estimulantes los breves sketches bizarros y traviesos que salpican los intersticios de los episodios. Varios, la mayoría, sazonados con numerosos elementos de “mal gusto”. No de otra manera puede hoy tratarse un tema cono la infidelidad masculina en el ambiente “matrio crático” de los, ya en desbandada, Estados Unidos de Europa. Los peores episodios1 serán, sin duda, los mejor apreciados por un público desorientado por las relaciones de pareja y su idealización mastuerza2 combinadas con la imbecilidad3 inmanente al tan difundido “buen rollismo” que nuestra idiotizada, provinciana y castrada clase dirigente (absolutamente corrompida) trata de inyectar en el personal a pie de obra.
La película, que no se acomoda a ningún género, y donde lo bufo, lo dramático, lo bizarro, incluso lo cómico satírico se manifiestan, resulta estimulante por su rupturismo de fondo con las convenciones antimisóginas. A mí me ha gustado particularmente, por lo redondo, el denominado: Infieles Anónimos, donde se entra a saco contra las verdades fundamentales del feminazismo.
Algún critico despistado ha visto en Los infieles, horrorizado, influencias del cine de Santiago Segura. Lo cual, si pensamos en las dos primeras entregas de Torrente y olfateamos la comedia española típica actual, no resultaría en absoluto desalentador sino más bien gratificante y novedoso. La sharia no es sólo patrimonio de los del turbante… No evito citar al crítico de marras: Los Infieles acaba siendo un chiste machista que hará gracia a aquellos que echen de menos las películas de Pajares y Esteso y a los que siempre les hubiera gustado ver un Torrente con más clase. Vamos que es de los que no quiere enterarse, con su pan y su señora (o su gigoló) se lo coma. Dujardin y Lellouch, más sofisticados, señalan: Queríamos ser libres en el formato y el tono para poder ir de lo profundo a la caricatura, mezclando géneros y permaneciendo sinceros.
Ni misoginia, ni machismo pues. Punto y pelota, para terminar de una vez con la alucinante imbecilidad pro feminoide, antiviril, rastrera y afectada de la cual nuestras “percebescas” clases medias socialdemócratas son vector privilegiado de transmisión y uso. Aquellos que siguen al pie de la letra los consejos inexcusables de El Pais Dominical. Y es que ser norteamericano por delegación, siempre y en todo caso un hipócrita, no deja de ser grotesco; por muchos aires de refinamiento que se gasten los retoños del 68 pasados por los “tragalá” del 23F y el 11M. Rehenes de un oportunismo cultural y social bien recompensado. Al menos por ahora.