Imagined Lives. Portraits of unknown people. Varios autores. Viajando por el Pasado-Ficción

Imagined Lives. Portraits of unknown people. Varios autores.

(Vidas imaginadas. Retratos de personas desconocidas).
“I have also a falling collar in fine linen, but no other adornment, no sword belt, no seal upon my finger. I wish to stand as myself, for myself. I have no need of symbols”.
Página 4. From the Diary of Paxton Whitfield.
“Llevo también un cuello caído de excelente lino, pero ningún otro adorno, ni cinto de espada, ni sello sobre mis dedos. Deseo estar como yo soy, por mi mismo. No necesito símbolos”.*
Hay libros que inspiran nuestra vida, que nos hacen reflexionar sobre la existencia misma, su significado y el recuerdo que deja. Este, sin duda es uno de ellos. La famosa y peculiar institución que es la National Protrait Gallery es uno de esos lugares que no por su edad están menos vivos culturalmente. Más bien al contrario. Sus salas se llenan con actividades, charlas, cócteles, exposiciones de pequeño tamaño… En este caso sus venas se han llenado con dos sangres artísticas diferentes y el resultado ha sido un enriquecimiento del sujeto. La exposición que da lugar al libro del que a continuación hablaré, consiste en 14 cuadros, todos retratos, como no podía ser de otra forma en este museo, de personajes hoya anónimos, y que fueron sin embargo adquiridos al atribuírseles identidades de reinas y nobles de gran relevancia en la Historia de la isla. Actualmente siguen las investigaciones para darles su auténtico nombre a estos sujetos que nos miran misteriosamente a través del tiempo. Y, mientras tanto, su calidad artística como objetos los salvó de la quema o la pérdida entre otros cachivaches y obras “menores” en anticuarios de mayor o menor entidad.
Con motivo de su exhibición conjunta no solo se han impulsado las pesquisas en pos de saber a quiénes representan sino que se ha preparado una edición de catorce relatos cortos, de ocho autores de reconocido prestigio, como el guionista de Downtown Abbey y la autora de La muchacha de la perla (O, traducido mas literalmente, Muchacha con pendiente de perla). A estos escritores consagrados se les ha pedido que imaginen las vidas de estos retratados aún sin nombre, y en breves relatos, nos han llevado de su mano a diversas épocas y ambientes como la Isabelina, prestando mucha atención a la indumentaria y a lo que pudiera haber en todos ellos de retrato psicológico aunque cada uno con su acento propio y personal, lo cual enriquece el conjunto. Basta acudir a las solapas del librito para asistir a un desfile de premios literarios que deja impresionado al más pintado, y nunca mejor dicho. Premios que, a tenor de lo leído, fueron justamente entregados. La calidad es alta, y a veces la originalidad también despunta. Así podremos leer sobre una supuesta doble de María Estuardo, sobre una mujer que tiene que decidir sobre aceptar una propuesta de matrimonio ante el retrato de su pretendiente, un compositor pirata, un complot de asesinato… Todo lo cual, hay que decirlo, despeja dudas sobre una posible tendencia al texto erudito y aburrido. Mas bien lo contrario, pues aunque todos los autores demuestran una preocupación evidente por documentarse sobre la época de la que hablan, nos relatan historias que no han perdido su actualidad: la obsesión por ser recordado, los secretos políticos, el amor…
Ni que decir tiene que el resultado es de gran interés y nos permite reflexionar sobre la delgada línea que separa la ficción de la realidad y, por supuesto, sobre la veracidad de los textos considerados históricos, los ensayos e investigaciones sobre el pasado que, en una u otra medida se basan en suposiciones, escritos y documentos que recogen hechos y afirmaciones imposibles de comprobar y un largo etcétera de elementos que creemos porque queremos hacerlo, porque muestran coherencia en el conjunto de lo que “ya sabemos” o, lo que es peor pero no por ello menos cierto, porque responden a lo que más nos interesa o nos gustaría que fuera verdad.
Lamentablemente no conozco versión en castellano (probablemente no la haya) de tan fantástico conjunto de relatos acompañados (¿o es al revés?) de fotografías de las pinturas, y de detalles de las mismas. El resultado final es de gran belleza cultural, tanto literaria como pictórica y los sentidos se encuentran doblemente halagados. Al final unos apuntes sobre las obras y las investigaciones hechas sobre ellas redondean esta pequeña joya que entretiene, ilustra y hace pensar al lector con una pluralidad de voces de altura. Para amantes de la Pintura, para amantes de la Literatura, para amantes de la Historia, para amantes de la narrativa breve. Un gran acierto.
(Los autores son: John Banville; Tracy Chevalier; Julian Fellowes; Alexander McCall Smith; Terry Pranchett; Sarah Singleton; Joanna Trollope; Minette Walters).
*Traducción propia y bastante libre.

Los secretos del Tiempo congelado en piedra.

Decir Toledo es decir muchas cosas. Ciudad Imperial. Carlos V. Puerta de Bisagra. El Greco. Catedral Primada. Corpus. Custodia. Renacimiento. Tajo. El Entierro del Conde de Orgaz. Leyendas. Castillo de S. Servando. San Juan de los Reyes. Tres culturas. Mezquitas. Sinagogas. Mezquitas con nombre de Cristo (de la luz). Mazapán. Garcilaso. Hospital Tavera. Plaza de Zocodover. Alcázar. Cuestas. Pasajes. Puerta del Sol. Puerta del Cambrón. Santo Tomé. Santo Domingo… Hablo de memoria, pero podría seguir un buen rato hablando de personajes históricos, de Covarrubias al Marqués de la Vega Inclán; o de lugares de renombre por las circunstancias acaecidas en ellos o por su valor cultural y artístico, del Museo de los Concilios y la Cultura Visigoda a la Sinagoga del Tránsito. Por todo ello, por ser un pedazo concentrado de Historia y de Arte, en mayúsculas ambas, he querido siempre a esta ciudad. Me enamoré de ella por culpa de la mezquita de Bab al-Mardum y su exquisito arte mudéjar, y desde entonces no he dejado de soñar con sus encantos. Y ahora que tantos de mis sueños se han convertido en realidad vuelvo a sus calles y plazas, a sus museos e iglesias, para encontrarme con ese mismo embrujo que siempre tuvo, pero con algunas fachadas lavadas y una preocupación más evidente por su legado. Vuelvo bien acompañado. Muy bien acompañado, como lo hice hace siete años. Y la ciudad me parece el lugar perfecto para celebrar la fecha perfecta… Es Carnaval y la imaginación llena Zocodover y todas las calles aledañas, incluida la de la Sierpe, con disfraces mejor o peor finalizados, con los materiales más o menos lujosos, pero desbordantes de creatividad y revelando unas enormes ganas de divertirse.
Callejear por esta ciudad, por el día o por la noche, es viajar en el tiempo, disfrutar de Arte, encontrarse con la diversidad cultural y espiritual del hombre. Basta, además, con evitar los mayores tópicos para que el turismo con su ruido inevitable no te robe ese encantamiento… Aunque recinto cerrado y limitado por la propia naturaleza es lo suficientemente grande y prolijo en sus riquezas como para poder perderse sin escuchar más idiomas que el de los pájaros, que nunca rompe encanto alguno. Este adentrarse en calles minúsculas y empinadas, salvo por los cables eléctricos, resulta a veces lo mismo que ubicarse en el siglo XIX por decir un siglo, aunque también hay rincones que son trozos arrancados del XVI o del XVII. La foto se vuelve sepia y se espera ver salir, de alguno de estos portales de piedra, en cualquier momento, una pareja de la burguesía comercial, ella con su amplia falda, su sombrero y sus botines, él con su terno impecable y su reloj de bolsillo. Supongo que por eso también me engancha este sitio como si fuera un cebo con un gusano exquisito y yo un pez voraz. La capacidad de escapar a los siglos XX y XXI no es cualquier cosa porque aunque tecnológicamente muy cómodos y democráticamente más avanzados, no andan sobrados de encanto y de artesanía –individual, manual, única-, que digamos.
Pero, a pesar de haber pasado por esta ciudad ligada a nuestro único emperador-desde la Hispania de los primeros siglos de nuestra era- varias veces, parece que soy incapaz de agotarla, lo que, por supuesto es un alivio, una felicidad y un buen motivo para volver cuanto antes. Mis escapadas extramuros han sido pocas y siempre para encontrar un rincón verde y fresco donde comer. Pero esta vez tenía ya una cita con el enorme edificio del Hospital Tavera, frente e la bellísima caja abierta formada por las puertas de Bisagra. Y ni el renacentista lugar ni yo faltamos a la cita. Allí estaba la botica antigua, tal y como se encontraba en uso cuando en 1939 el edificio dejó de prestar servicios como hospital, con sus tarros de Talavera de la Reina y su armario de madera pintada para las piedras preciosas en polvo. Allí los enormes patios de numerosas columnas sin estrías, dóricas, elegantes, equilibradas, en la planta baja, jónicas en la superior. Allí una colección de cuadros que hacen del hoy palacio una pinacoteca selecta con su Carreño de Miranda, su Sánchez Coello, su Luca Giordano… Y por supuesto sus Grecos. Tres piezas de estas salas se me graban en la memoria como agujas de placer exquisito: el retrato póstumo del Cardenal fundador, la Sagrada Familia con Santa Ana y el Cristo Resucitado. Había también unas Lágrimas de S. Pedro y, en la imponente iglesia del conjunto, un Bautismo de gran tamaño, y sin embargo ya estaba colapsado por las tres anteriores y no pude prestarles la misma atención. Iremos de menor a mayor sensación y por lo tanto empezaremos por la Sagrada Familia con Santa Ana, un cuadro en el que el color de las pieles es todo un coro de maestría, pero en el que mi mirada no podía escaparse de esas manos imposibles, delicadas y exageradísimas, traslúcidas, divinas, almas de luz rosada con la esencia alargada de las varas de gladiolos, o encorvadas, amarillentas, cubiertas de edad pero tan protectoras como pueden serlo las de cualquier madre de madre. Pareciera que las modelos para las manos de la Virgen hubieran sido dos diferentes, una, dulce adolescente con las manos sin estrenar, que sujeta al niño; la otra madre de largos dedos que juguetea con los pequeños dedos de su bebé. Y, sin embargo, en este conjunto tan complejo de elementos tan distintos, con cielo tan poco visible, y sin embargo tan personal, indiscutiblemente suyo, consigue el Greco esa sensación que lo unifica todo, sobrenaturalidad que acapara la atención del público para no dejarla escapar nunca más, pues no pudo haber Sagrada Familia como esta en la mente de ningún otro pintor que no fuera él.

 

El segundo en la escala que asciende, es el retrato póstumo del cardenal Tavera, que ordenó la construcción del hospital. Pintado a partir de la máscara mortuoria del eclesiástico, nos trae un hombre más muerto que vivo, de carnes enjutas, secas; de rostro cerúleo, casi verdoso, Sus ojos, perdidos en esa cabeza, casi calavera, parecen mirarnos desde el Más Allá con un mensaje claro, aunque no sepamos interpretarlo. No hay tristeza en ellos, ni amenaza quizá: su idioma es desconocido para nosotros. Su boca calla, en un rictus, versión saturniana del enigma leonardesco: ha pasado el optimismo del Renacimiento y la Contrarreforma nos habla con su espiritualidad encendida. Los ropajes del cardenal desprenden luz, y de esa forma el púrpura se vuelve un color frío, espejeante, y el conjunto podría ser una aparición de no ser porque el libro y la mesa nos devuelven a la materialidad de la vida humana.

 

Por último he aquí el Cristo Resucitado, pequeña gran escultura del cretense, diseñado para estar suspendido sobre el tabernáculo que también él diseño y se encuentra hoy en la iglesia del conjunto, lugar para el que fuera ejecutada esta pieza. La belleza de la imagen es sobrecogedora. Su rostro es tan hermoso que nos habla de la Felicidad Eterna, del Sosiego Infinito, de la Plenitud del Cuerpo. Las líneas de ese cuerpo son alargadas algo que no debería sorprender en el artista, pero que según nos explican se debe a la posición que debía tener la pieza sobre el Tabernáculo en la Iglesia, donde la perspectiva le habría hecho parecer más proporcionado. Aun así, las medidas no son exageradas, ni recuerdan a las últimas obras del Greco, como ese grupo de Lacoonte. Por el contrario transmite armonía absoluta. No puedo dejar de imaginar la profunda impresión que ese Cristo elevado, con su mano levantándose como para unir cielo y tierra, apareciéndose sobre el tabernáculo donde se encontraría su cuerpo transfigurado en las hostias, debería causar en el creyente. No hace falta un gran tamaño. De hecho estoy convencido de que en el imponente espacio de la iglesia sólo habría ojos para esta Magnificencia, esta Serenidad Divina, esta Aparición Material que nos entrega su belleza desnuda para hablarnos de la pureza del alma.

 

 

 

¡Ah, Toledo! Cuántos secretos guardas y cuántas ganas guardo ya de volver a ti para que me los muestres, generosa y eterna, congelada en el Tiempo…