El fin de año, el nuevo libro…

De nuevo frente al calendario. Ese círculo imperfecto de segundos que nunca cuadra. Ese examen de conciencia más allá de la religión. Ese reflejo de nuestros actos que se nos presenta inevitablemente. Terrible por imperativo, por insoslayable. Uno puede no darle paso a la reflexión, pero el fin de un ciclo aceptado colectivamente -por la sociedad occidental- se manifiesta de muchas formas. Es casi imposible escapar a la propaganda que se hace del momento. ¿Qué hemos hecho con los trescientos sesenta y cinco días que nos dieron? ¿Cuántas horas hemos estado realmente despiertos, concientes de nuestro estado privilegiado, de la vida que se nos concede?
Y, por supuesto, la vista puesta en los nuevos días que esperamos que nos den, que esperamos vivir, y lo que queremos hacer con ellos, de ellos. Los famosos propósitos de año nuevo.
Un espejo que se nos proyecta o proyectamos, cuya luz nos ciega o nos alumbra el camino que queremos abordar. Predicciones mayas de por medio, y con la exposición londinense sobre el Apoocalipsis (http://www.tate.org.uk/britain/exhibitions/johnmartin/default.shtm) quisiéramos romper los malos presentimientos y defender que cada nuevo día es un universo de posibilidades que no puede ser desaprovechado… o al menos no debe. 2011 ha sido un año completo, complejo y desbordante para mí, y deja una herencia que parece se extenderá durante el 2012 en lo fundamental y en lo accesorio. No puedo quejarme. Demasiados regalos como para que pueda hacerlo. Deseos cumplidos y otros en camino de realizarse. Lleno, en tantos aspectos, tengo un propósito fundamental para el 2012. Y no es, desde luego, viajar tanto como lo hice en 2012 (será difícil) o celebrar tanto (tan importante será imposible). Se trata de un propósito que tiene mayor dificultad que dejar de fumar -aunque yo no fume- o dejar de zampar bollos -cosa que debería hacer teniendo en cuenta mi diabetes. Lo que realmente quiero es seguir profundizando en el conocimiento de mis seres queridos, aumentar la empatía y la inteligencia aplicada a la misma. Comprender lo que motiva, lo que hace funcionar de una determinada forma a aquellos de quienes me rodeo y cuyo amor es lo principal en la vida. Y a partir de ahí saber profundizar en lo que realmente necesitan, diferenciar entre lo que piden y lo que su realidad realmente carece y precisa. Y, sobre todo, en saber cómo explicásrselo, como facilitárselo, y cómo hacer que lo acepten, que vean el beneficio de todo ello. Poco menos que pedir la inspiración divina, lo sé. Pero quisiera tener la paciencia y el conocimiento para quererlos de la mejor manera posible, combinando el sentimiento con la cabeza, el corazón con la reflexión, la profundidad psicológica con la acción adecuada.
La paciencia, la asertividad, el amor y el saber. Ahí va mi carta a los Reyes Magos.
Seguida, por supuesto, de un gran apéndice o epílogo de agradecimientos por cuanto me han traído en el 2011: mucho amor, sobre todo amor, descubrimientos, viajes, libros, aprendizajes, y una cantidad tremenda de pequeños caprichos satisfechos en su mayoría de forma inmediata. Los Reyes Magos, como los ángeles, adoptan formas diversas, y me siguen regalando a lo largo de todo el año: pueden tener barbita, como es su imagen tradicional, aunque también variarla con un peinado con cresta; o pueden modificar su sexo sin cirugía y reducir su tamaño como si hubieran comido pastel de Alicia; pueden tener gustos orientales por las telas y las joyas exóticas; o pueden haber recién dado a luz a niños preciosos que son todo sonrisas; pueden adoptar máscaras de sumisión o mostrarse muy apasionados; pueden ser fanáticos de la obra de Luis Cernuda o realizar fotografías que parecen de otro mundo por su profundidad y perfección; pueden regalar cosas tan diversas como entradas para ver espectáculos musicales o de danza, exquisito aceite en finas botellas de cristal, libretas encuadernadas a mano, trajes y pañuelos de papel; o pueden velar porque mis viajes sean lo más cómodos posibles. Incluso pueden adoptar las figuras de mendigos que me regalan la bondad de sus miradas. Ah, tengo tanto por lo que sentirme dichoso que resulta difícil aceptarlo.
Y, como guinda del pastel parece que el próximo año os citaré a todos en torno a mi nuevo libro, del que os doy el título como primicia: Pequeños laberintos masculinos. No apto para todos los gustos, ni siquiera para todos los públicos. Espero que me pongan muchos rombos. Os iré adelantando más a medida que avance 2012. También pediré, de paso, que estéis ahí cuando el momento de que vea la luz llegue, aunque sé que a muchos no tendré ni que mencionároslo, estaréis allí, lo sé.
Y vosotros, ¿qué pediréis?
¡Feliz 2012!

LONDRES. La revisión del tópico; el renacer de un clásico.

Dónde radica la diferencia entre un tópico y un clásico en las ciudades es cuestión de opiniones… y de actitudes a la hora de mirarlos. ¿Es algo previsible visitar la Casa de Dulcinea en el Toboso, la Torre de Londres en la capital británica, la Puerta de Alcalá en Madrid, el castillo en Praga y la Sagrada Familia en Barcelona? Sí, en general lo es, a tenor de las hordas de turistas que pasan casi literalmente por encima de todos ellos. Y sin embargo la previsibilidad puede romperse.

Tras nueve años visitando la ciudad de Jack el Destripador (o la de la reina Victoria, según se mire), aún no había penetrado el recinto de la citada Torre. De hecho ni siquiera había pasado muchas veces por esta zona de la urbe. ¿Por qué? Conjunción de astros en el azul del cielo o sencillamente conjunto de circunstancias y decisiones, mezcla en el tiempo del azar y la voluntad. Diremos que vista desde fuera, al menos durante dos o tres años, me engañaba a mí mismo diciendo que no tenía ningún interés por ver las Joyas de la Corona Inglesa y hacer colas interminables para ver los signos de la realeza con los que se abre el Parlamento cada año. Pero, por supuesto, este lugar es mucho más que eso. Una vez despertada mi pasión por la figura de María I y la convulsa era Tudor mi interés aumentaba, puede decirse, casi por momentos. No veía el momento de ver las tripas del entramado de edificios desde el que había partido el cortejo de coronación de la desafortunada hija de Catalina de Aragón y Enrique VIII o donde había sido ajusticiada por traición Ana Bolena. Pero esperaba la ocasión propicia. Quería compartir este gran momento personal con la persona adecuada para hacerlo. Por eso la visita iba tomando, a medida que pasaba el tiempo, más y más significado, y vaciándose de los tópicos al uso. Empecé a investigar sobre la historia del edificio, leí una biografía de la reina, esposa de Felipe II, y fui enriqueciendo mi amor por la Torre al basarlo en el conocimiento. Vista por dentro la Torre Blanca parecía mucho más grande, y la capilla de San Juan mucho más silenciosa y trascendente de lo esperado: los turistas huían de este lugar mágico como si de un discurso político se tratara, algo los expulsaba de aquí. Su carácter sagrado trascendía los siglos que había sido usada como archivo. Todo este disfrute significativo venía potenciado por tener a mi lado a la persona con quien podía compartir la experiencia personal que estaba viviendo, por poder transmitirle mi profunda satisfacción, la vivencia de tocar las piedras que tanto habían visto de una Historia tan humana como brutal.

Por supuesto, había leído también la leyenda de los cuervos, la media docena de cuervos (hoy siete) que no deben abandonar estos muros o la Isla volverá a ser conquistada (como bajo los romanos y los franceses de Guillermo el Conquistador, que por cierto dio inicio al proyecto de la Torre Blanca, auténtico corazón de la fortaleza). Pero fue frente a ellos cuando aprendí cómo el tópico no sólo se convertía en un clásico, sino en una nueva experiencia. Los cuervos resultaban más grandes, y en concreto gruesos, de lo que esperaba o las fotografías me habían llevado a imaginar. Y aunque conocía su generosa dieta basada en carne, galletas bañadas en sangre y otras delicatesen similares, no había hecho el razonamiento lógico sobre su rebosante anatomía y su impresionante fuerza. Los vi realmente oscuros, agresivos, expectantes, violentos, fuertes y al mismo tiempo aristocráticos en su estado salvaje. Nosotros estábamos allí de paso, ellos eran los representantes de una estirpe antigua, habitante de la Torre por derecho propio. Fue el detenimiento de quien me acompañaba para observar y retratar a estos sorprendentes pájaros tan “góticos” lo que me permitió volar más allá de las palabras que constituían la mencionada leyenda sobre la que había escrito un cuento hace más de una década. Estas y otras circunstancias me hacían olvidar la presencia de turistas (en realidad no tantos) y el sambenito de “visita obligada” o “must see” marcado en todas las guías.

Mi sueño se hacía realidad y se revelaba nuevo, como planta que germinase nueva y efímera pues nuestra Torre sería sólo nuestra Torre, y no la Torre de Londres de las guías.

¿Qué puedo decir a estas alturas de la ciudad sobre la que tanto he hablado? Lo diré sin rodeos: que verla con quien puedes descubrirla de nuevo y compartirla íntimamente la convierte, la propulsa, la materializa en un nuevo milagro para ser vivido desde cero, desde los cimientos mismos, descubriendo el mercado de Camden Town como algo más que una sucesión de tiendas alrededor de un canal, con saris, inciensos y botas con tachuelas. Comprar aquí se convirtió en algo decimonónico, mucho menos en serie de lo que había sido hasta entonces. El regalo perfecto. La prenda diseñada para ser vestida por esa persona y nada más que por ella. Incluso la noche que apenas permitía adivinar las formas se volvía una aliada perfecta para encontrar un nuevo mercado donde antes estuvo el predecible “Rastro” de multitudes que suben y bajan las calles como un río desbordado y acéfalo.

Y así hasta el último momento, transformando una fotografía disparada millones y millones y millones de veces, en algo real, más allá de lo visto en los libros y las pantallas de televisión, pasando por el Londres irreal, falso, que conmemora la ciudad que un día fue: el Globe, magnífico fruto del empeño de un americano más amante de Shakespeare que muchos, que muchísimos británicos. Cierto es que este nuevo edificio ni siquiera está levantado en el lugar donde estuvo el teatro en el que se estrenaron las inmortales obras de William, sino a doscientos metros, por no decir que posiblemente ni uno solo de sus elementos constructivos procede de aquel antepasado glorioso. Y sin embargo, ¿qué mayor homenaje a aquello que fue que traerlo a nuestro presente para perpetuar su espíritu, es decir las famosas palabras pronunciadas una vez más por actrices y actores frente a un público probablemente tan entusiasta como el contemporáneo del autor inglés? Aquí uno puede ver como la astucia femenina salva el desastre seguro en El mercader de Venecia, como Marco Antonio arenga a las masas por la muerte de Julio César y Bruto se arrepiente, o cómo la sangre corre corroyendo la mente de Macbeth, hasta tal punto en que es posible olerla.

Y el clásico prevalece por encima del tópico si uno se toma el tiempo y el amor necesarios. Pues el clásico permanece vivo al renovarse continuamente y el tópico aburre por repetición. Y en este caso Londres está para mí más vivo de lo que lo estuvo nunca y lo estará de nuevo tan pronto como esos otros ojos me permitan verlo con la luz de quien va siempre más allá de las apariencias y los lugares comunes.

¡Volveremos!

Putin (o impasible el ademán)

18-diciembre · Imprimir este artículo

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Los americanos se llevaron una gran sorpresa cuando Yeltsin (elefante alcohólico) dejó el poder y un agente secreto enjuto y modesto se hizo cargo de Rusia. Se habían acabado los títeres como Gorbachov, los golpistas como Tejerov, los disminuidos como Yeltsin. Un hombre nuevo (madelman) surgido de las cloacas del Estado soviético, iba a tomar las riendas. Era frío y calculador, con pocas pasiones y escasos vicios. Sólo quería poder, como los vampiros. No pestañeaba, el funcionario de aluminio. Y nunca se sabía lo que pensaba.

Ese homo sovieticus llamado Putin haría del terrorismo su mejor argumento para desarrollar un poder que venciera la anarquía reinante tras la caída del Sistema. Cien millones de muertos parecían pocos a la última utopía planetaria. Por eso Rusia volvió a mirar para atrás y a soñar ser un Imperio de barbudos popes y señoras bien.

Lo primero era arreglar su patio trasero, “devolver la dignidad ” (esa palabra llena siempre de mentira) a los rusos y a las rusas (que diría Ibarreche). Para ello era necesario aplastar al nuevo Estado checheno y por eso mandó a sus coronelitos, asesinos profesionales, a reducir a los rebeldes, a quienes habían concedido la independencia previamente. La matanza costó cincuenta mil muertos. Putin decidió entonces acabar con cualquier forma de disidencia interna. Y lo consiguió. Mientras el terrorismo se cebaba con la población de ambos países, el mundo civilizado miraba para otra parte. Rusia tenía y sigue teniendo barra libre en Chechenia. Por eso muchos chechenos se echaron en brazos de los porcachones saudíes, siempre cachondos al ver sangre cristiana derramada y niñas rubias desnudas. Putin permaneció impasible ante los golpes de terror, que por otra parte legitimaban y ampliaban sus extrapoderes, como habían hecho antes Stalin o Lenin.

Era frío por escuela. Ni las madres ni los niños achicharrados le conmovían. Era el hombre que necesitaba la sufridora Rusia.

Un neofascismo gobierna Rusia mientras en Occidente se mira para otro lado. Nacionalcomunistas con trajes de Milano. Los generalotes mafiosos han aprendido que con este tío no se juega. Putin es el Estado y el Estado es Putin. Seguramente nos cae muy mal, pero a los rusos les recuerda a sus antecesores pero sin lastres ideológicos. Es poder en estado puro. Cada ruso lleva dentro un obediente ruso. A los anarquistas los mató la revolución. Por eso Rusia encuentra irresistible al inmutable. Sinceramente incomprensible para un occidental, Putin es un centrista por aquellos lares.

I love Icelandic (Islandia)

Antaño recuperé en el desván del pozo de las almas una cinta VHS que incluía, entre otras lindezas, una emisión televisiva antīqua en la que Manolo Escobar cantaba: ¡Qué viva España!”, tras los primeros segundos la señal comenzó a debilitarse y para mi sorpresa la letra mutó a “¡Qué viva Islandia!”. ¿Qué misterio ocultaba este cambio loco y sonámbulo?

Entonces leí la prensa del día y comprendí porque Manolo Escobar había transformado en una vieja cinta la letra de una de sus canciones más populares. Esa misma noche soñé que amaba Islandia por diversos motivos:

Amo Islandia porque ha encarcelado a los políticos y banqueros que llevaron al país a la bancarrota; amo Islandia porque ha mostrado sus blanquecinas nalgas al FMI (no confundir con  FBI); amo Islandia porque la formaron alrededor del año 800 unos indignados “nórdicos” de ayer y hoy que decidieron embarcarse en busca de nuevas tierras;  amo Islandia porque, contra las leyes de la economía, un año después de su desastre del año 2008 fue nombrado el tercer país más desarrollado del mundo; amo Islandia porque contra los pronósticos de los embaucadores economistas, tras enjaular a sus fieras, el próximo año crecerá de forma muy superior al del resto de sus acompañantes de mapa europeos; amo Islandia por sus escritos medievales donde apuntaban con minuciosidad hasta los mínimos y más lejanos cambios en los reinos europeos; amo Islandia porque Björk nació y cantó allí; amo Islandia porque allí nació la cantante Ólöf Arnaldo; amo Islandia por sus increíble proporción de poetas por metro cuadrado; amo Islandia por sus vates como Jóhann HJÁLMARSSON, Sigurdur PÁLSSON, Ingibjörg  HARALDSDÓTTIR; amo Islandia por sus volcanes y noches; amo Islandia por sus acantilados de mármol; amo Islandia por sus caballos melenudos y pequeños; amo Islandia por sus nutrias marinas; amo Islandia por sus sagas y sus sagaces ciudadanos con pancarta que han impedido que los más descocados, de entre los suyos, se oculten tras instituciones como diputaciones y mutuas; amo Islandia por su crítica de poesía; amo Islandia porque me permitirá un asilo político y existencial cuando el resto del mundo se haya vuelto repugnantemente (y económicamente) cuerdo; amo Islandia porque comparten mi placer por el Quijote, Dalí y los mamíferos marinos; amo Islandia porque su presidenta tradujo al islandés a Fernando Arrabal; amo Islandia porque Islandia ama el jazz; amo Islandia por sus cabañas cobrizas; en definitiva, amo Islandia.

Noticia sobre Islandia:

http://www.elpais.com/articulo/primer/plano/Islandia/enjaula/banqueros/elpepueconeg/20110403elpneglse_2/Tes