Emociones y Nueva Escuela

Es imprescindible impartir una educación emocional para poder alcanzar una felicidad personal y una buena convivencia social.

La inteligencia emocional ha de enseñarse dentro del contexto escolar, atendiendo a las experiencias vividas que todos los días tienen, trabajando la habilidad de controlar los impulsos, la ansiedad, tolerar la frustración, motivarse a sí mismos, comprender a los demás.

Los conflictos son inherentes a la vida, manejar las herramientas básicas para resolverlos nos permite vivir de forma más espontánea, responsable y creativa.

Existe una interacción profunda entre la razón y las emociones, determinados aspectos del proceso de la emoción y del sentimiento son indispensables para la racionalidad.

Leroux considera que la influencia de las emociones sobre la razón es mayor que la que ésta última tiene sobre aquellas. Las emociones tienen una poderosa influencia sobre las creencias. En el fondo instintivo de nuestro ser no pensamos, sentimos.

La función intelectual es una función abierta al conocimiento de todo lo posible incluso de aquello que parece imposible. Aplicar la función intelectual al conocimiento de las matemáticas, la física, la filosofía o la economía, específicamente, o predeterminarla para tener éxito en el aprendizaje de las materias curriculares, limita la inteligencia, excluyendo o no reconociendo a todo aquello que no forma parte de las materias curriculares. Es una mirada miope, reduccionista de la inteligencia. Así, el sistema social establecido decide lo que es inteligente y lo que no lo es.

Nos llena de entusiasmo poder considerar ciertas habilidades como candidatas a una inteligencia, así nos lo hace sentir Howard Gardner en su libro “inteligencias múltiples” donde pone de manifiesto la existencia de siete inteligencias tales como la musical, la espacial, lingüística, lógica matemática, la intrapersonal, la interpersonal y la cineticocorporal.

Es imprescindible reivindicar la importancia que tiene introducir entre nuestros jóvenes el estudio de ciertas áreas, tales como las manualidades, el arte, la meditación, la agricultura, conocimiento de la naturaleza en vivo, cuidados de la salud, psicología humanísta….( el desarrollo del conocimiento en el campo de lo afectivo y en el de las relaciones interpersonales, el sentido de una vida en una comunidad).

Tenemos una sociedad desequilibrada entre los aspectos cognitivos y los afectivos, que potencia las funciones centradas fundamentalmente en el razonamiento y la reflexión en torno a temas que no están relacionados con lo personal, ni con los aspectos emocionales del ser humano, muy bien preparada para progresar en el campo de la tecnología, pero creando analfabetos emocionales. Por lo tanto, desarrollar el conocimiento en el campo de lo afectivo y relacional es una tarea prioritaria de la que debiera ocuparse la enseñanza obligatoria. Tener capacidad de criterio, de discernir, de ser responsables, útiles, buscar un sentido, una dirección, ha de empezar por lo privado, lo cotidiano, nuestro pequeño mundo afectivo, para poder derramarse a lo público.

La mayoría de los alumnos se cuestionan para qué les sirve aprender tantos ríos de memoria, cuántas veces han utilizado la raíz cuadrada fuera del contexto educativo… no tienen idea de la función que cumplen éstos conocimientos ni de su aplicabilidad.

Las materias curriculares deberían impartirse relacionándolas con experiencias vitales que permitieran al alumno otorgarles un significado y convertirlas en algo que les concierne. El aprendizaje artesano de un oficio supone liberar a nuestros hijos de una posición parasitaria en la sociedad.

Me pregunto por qué lo que se aprende en la escuela no se hace servir y lo que sirve no se aprende en la escuela.

¿Vemos a los jóvenes con su realidad, sus intereses, sus problemas? ¿O por el contrario alimentamos una neurosis donde el falso ser prevalece para poder sobrevivir en una sociedad de la que hay que defenderse separándose, compitiendo, comparándose, etiquetándose y consumiendo; donde no educamos para ser y poder desarrollar una conciencia sino para alimentar todos los mecanismos de defensa posibles en las relaciones con los demás; dónde ya no es cuestionable la utilidad de lo que se aprende ni de lo que se hace porque los trabajos son fantasmas encorbatados con mejores o peores resultados económicos?.

Los padres y los educadores en general tienen que trabajarse mucho para no reproducir los defectos educacionales que han recibido, tienen que romper con multitud de “deberías” perjudiciales para el crecimiento. Tienen que ir descubriendo su propia cárcel, hay que se muy humilde para poder educar, tener la capacidad de sentirse en una constante fase de creación con uno mismo. La autocrítica es el motor de todo cambio educativo.

La alegría nace al poder acercarse al otro no desde la autoridad sino desde el corazón y para esto no hay recetas, lo que sí me atrevería a animarles a todos esos adultos a que se bañaran en una ola de amor y de respeto a la diversidad.

Cada organismo es uno, no hay dos iguales, creo que esto nos da una idea de que en la biología hay algo divino, que hay multitud de enlaces y tejidos en la autorregulación organísmica que no podemos controlar, que la ciencia investiga constantemente para saber que cada vez sabemos menos y que ante esta incertidumbre sólo podemos inclinarnos y percibir de una manera más amplia, menos cartesiana, con un conocimiento no circunscrito a lo mental, con el corazón abierto.

Entrevista de Chinchetru al candidato liberal por Madrid

Espacio gratuito cedido al partido liberal

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El Toboso, tierra de Trinitarias.

Claro es como el agua virgen que nace en la roca, que la sonoridad del nombre de “El Toboso” no podrá ya nunca escaparse de los ecos cervantinos ni de una dama tan nombrada casi como la del Caballero de la Triste Figura: Dulcinea. Claro que, como tierra manchega, se relaciona con las migas de pastor, los duelos y quebrantos, las sopas de ajo y el queso con arrope; así como con los molinos y la impronta inconfundible del cine de Almodóvar. Claro que, a ciento veinte kilómetros de Madrid la localidad se muestra como el destino perfecto para el sábado o el domingo con la familia.

 

Pero hay mucho más bajo lo aparente, detrás de lo evidente y cristalino. En primer lugar porque no es tan común poder celebrar la conservación de un pueblo y la ausencia de atrocidades urbanísticas que rompan la deliciosa sensación de decorado del siglo XIX donde sólo farolas y señales de tráfico nos devuelven a la actualidad por necesidad. Y, además, porque es un hermoso ejercicio caminar por sus calles y sentir con cuánta facilidad puede uno salir del pueblo y entrar en contacto directo con el campo y los cantos de los pájaros que pican la tiera…para reconciliarse con la naturaleza y la llanura a un solo paso de las viviendas del hombre… para oler esa leña quemada que sigue ardiendo en las chimeneas y provocando esa vieja estampa de las chimeneas soltando su canción de humo. También puede uno pasar por las Clarisas (Franciscanas) y adquirir, en el tradicional torno los dulces de la tierra y la Literatura: los “caprichos de Dulcinea”. O descubrir la melancólica Glorieta de García Sanchiz, mezcla poética de esculturas y plantas, jardín tupido que limita con el muro del convento…

 

Lo cual, en su totalidad, resulta para una localidad de su tamaño proeza por sí mismo, pero es que además hay que añadir la ruta de los pozos, el Centro Cervantino con sus numerosas versiones del Quijoteen numerosas lenguas, o la llamada Catedral de la Mancha, la iglesia parroquial de San Antonio Abad, o la ermita del Cristo de la Humildad, curiosa talla de gran veneración en estas tierras. Pero no seré yo quien venga aquí a cantar las grandezas de los lares y lugares de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, pues es bien conocido de todos que yo soy más devoto de Quevedo y su Buscón que del manco de Lepanto y su magna obra, por no hablar de la poesía de ingenio brutal y exagerado del eterno rival del Conde Duque de Olivares. No vine aquí para seguir las huellas de Rocinante (en todo caso habría seguido las del entrañable Rucio). Vine a descansar y hallé descanso. Vine a comer bien y comí excesivamente bien. Vine a celebrar y celebré… tras las palabras del nombrado libro que adornan ciertas calles, y siguiendo las imágenes de su silueta y la de su escudero por las fachadas de las casas. Era imposible ignorar la presencia y la importancia del mencionado libro para El Toboso, que incluso ha restaurado la “Casa de Dulcinea” con su molino, su dormitorio con estrado y su cocina vieja.

 

Pero he aquí donde, además de todo lo previsible, vine a darme de cara con aquello que volvió mi viaje único y distinto. Para empezar la casa rural donde me hospedé, estaba decorada con una gran profusión de cuadros (parece ser que la dueña es propietaria de una galería en la cercana capital de España), y en el generoso patio cubierto me recibía una mezcla de Blake y Bacon inquietante pero hermosa, simbólico cuerpo de atleta de un color anaranjado enfermizo, doblado, a punto de echar a correr, con su gran tamaño de gigante épico y griego, por las paredes de la casa. Las habitaciones, tan solo seis, tenían, además, nombre de pintores, y por suerte o por fortuna me tocó la de Goya, aunque hubiera preferido la de Velázquez o la de Leonardo… incluso la de Sorolla. Pero tratándose de gustos artísticos estaba claro que en esta ocasión tendría que quedarme con genios que, gustándome, no eran mis favoritos, pues no se contaba El Greco entre los nombres de las Puertas. Desayunar en este lar, con la luz natural en un patio manchego, ricas magdalenas de la tierra puede que no fuera muy cervantino, pero era una delicia.

 

Y llegamos aquí al tesoro mejor guardado del viaje. Y no me refiero al contenido en el Museo del Convento de las Trinitarias, ya de por sí valioso, sino a la experiencia de la visita. De la mano de una hermana de nombre V., cuya edad, según mis cálculos, debía ser setenta y seis años (espero que a la dama bajo el hábito no le importe que eche números, pues son para alabarla), se nos abrieron las puertas a ropas eclesiásticas de más de doscientos años que parecían haber sido conservadas en arsénico… o en un reloj sin manillas, donde el Tiempo no pasa nunca; puertas a caligrafías de varios siglos; puertas a imágenes y pinturas de las escuelas de grandes artistas cuyos nombres aún resuenan en la Historia Universal. Pero no son los objetos en sí lo que nos transporta a otro mundo, sino las palabras de esa monja que nos guía con su pasión por la Historia y por el Arte, por estas dos salas que, a su lado, parecen un completo Museo Nacional. Es ella la que, con sus historias sobre el descubrimiento de esta o aquella pieza, o sus expresiones inocentes y puras, asombradas, convierte los objetos en protagonistas de leyendas. Una campanilla, en sus palabras, se transforma en vía de milagro; una seda bordada, en un viaje al Paraíso Terrenal. Con este entusiasmo y esta virginidad de espíritu, ¿quién no podrá maravillarse del tesoro que guarda en sí misma la hermana V.?

 

No quiero decir con esto que estemos ante alguien que ignora el mundo, una monja de clausura que ha perdido el contacto con la realidad, pues la hermana había viajado a Madrid las veces que había hecho falta y mencionaba programas de la televisión que dejaban ver que seguía conectada a la vida. Quiero decir que las maravillas son aquellas cosas que tomamos como tales, las obras que valoramos en nuestro corazón y en nuestra sensibilidad. Aquellas a las que dedicamos el tiempo para observarlas, comprenderlas y situarlas en su entorno, en su edad, en su época, y en las manos de quien las parió; aquellas a cuya conservación y cuidado nos dedicamos con esmero y con esfuerzo añadiéndoles aún más valor. Estas piezas de arte, estos pedazos de Historia, tardaron muchas horas en labrarse, pero cuando pasamos por un Museo apenas dedicamos unos segundos a apreciar las más elevadas muestras del genio humano. Así es posible decir que se valoran, pero es una expresión vacía, sin contenido. Es casi lo mismo que apreciar una fotografía de la cosa. Sin tiempo no hay dedicación, sin dedicación no hay amor, sin amor no hay milagro.

 

¿Cómo es posible que apreciemos las pinceladas y las mezclas de pigmentos del genio si apenas nos tomamos el tiempo de mirar el lienzo como quien pasa página de libro? La hermana V. sabe bien los tesoros que componen su museo. Ha estado presente en su catalogación y ha limpiado algunos de ellos; mandando otros a restaurar. Los ha visto y cuidado día tras día hasta verlos llegar a su posición actual en la colección, pequeña, pero hermosa. Y, con la encantadora pasión de su cuidado, las ha transformado para nosotros, que les hemos dedicado un poco más de tiempo del que lo habríamos hecho de otra manera. Frente a la enfermedad de Stendhal, fruto de la acumulación de arte, sí, pero también de la prisa por verlo, la virtud de la hermana V., que acumula paciencia y manos “de monja” para cuidar y apreciar las bellezas de las obras del hombre.

 

No sé qué sucede pero, últimamente, acabo siempre en universos paralelos durante mis viajes que se enriquecen inesperadamente con descubrimientos de viajero decimonónico. Será el espíritu de Washington Irving, que me precede…bajo las sombras de los grabados de Doré.