Limpieza de bajos/ imagen XIII o la banda sonora: notas desafinadas

Miramos atrás y no hallamos hechos

que nos deparen

alguna prueba de nuestra existencia

en esos años.

 

Joaquín Piqueras, Concierto non grato

la cuestión era adaptarse, cediendo lo que fuese necesario, pero adaptarse, a toda costa, ese el tema de fondo, el que yo no quería escuchar, aunque lo sufriese todos los días, perdido en mis variaciones, investigando, intentando crecer, los eternos bucles de la deriva, así andaba como perdido, no desorientado, no, hoy lo sé, fueron largos años de búsqueda, sin encontrar una ubicación dentro de mí, algo muy jodido, no ser productivo ya, no publicar ya, no ganar premios ya, dinero, fama, sí, ya, hoy lo sé, pero me daba igual, no me iba a integrar, ese no era mi tiempo, pero no encontraba el mío, adolecía de un territorio, nada a lo que asirme, por eso iba y venía, eso creía, sin saber de dónde venía, como una pequeña fuga sin voz, que siempre retorna al mismo cruce de caminos, aunque el contrapunto, ese que una vez nos unió, se iba diluyendo, pues ella se desplazaba cada vez más, como la barra en una composición de Iannis Xenakis, Metástasis, esa era, pues avanzaba como los días que se sucedían infectados por la desidia, supongo que eso buscan, matar la emoción en una composición programada por computadora, con una línea que avanza barriendo bits, o lo que sea que para ellos somos, que nos descomponga, barriendo la vida en todo caso, desplazándose cada vez más hacia lo que parecía la convención social, ese terreno insulso y tétrico, diseñado por otros, al que te amoldas quizá para que te reconozcan, ser grupo, siempre gregario, lo que ella buscaba al ceder, al ponerse bajo su clave, de lo que yo intentaba huir, allí donde la mayoría traspasaba los límites, la frontera en donde te integras o inicias la caída, esos abismos internos, por donde empecé a escurrirme en silencio, antes de que me barriese la línea, quedando en una especie de limbo, pese al papa de ojos vendidos, como nota que huye, aferrado mentalmente a otra línea menos filosófica, la única que me daba una cierta vida en esa frontera, pendiente también del abismo, en este caso del culo de la francesa, desde donde veía cómo eran alcanzados por esa línea, cambiando al pasarla, disfrazándose y enterrando en la frontera su yo auténtico, ya ves, y yo rodeado de cadáveres, buscando algo original, en ello sigo, algún indicio voy encontrando, de mí, de otros, pues todavía quedan personas que no han vendido su conciencia, que no han transmutado su esencia en esquelas con su avatar, y son los que han de construir después del derrumbe, éste que no empieza ahora, ni mucho menos, deja de engañarte, cuando la música de fondo ya es la melodía principal, tan evidente y repetitiva que no se escucha, y las notas fueron vaciándose de sí mismas hasta que nació el silencio, poco antes de la muerte de la última palabra desgastada, poco antes, de la confusión mediática que nos bombardea, adocenándonos con catástrofes que buscan la sumisión, desorientados, así los veía, buscando su estética correcta como nuevos dioses, vaciándose, disociados y traumatizados, odiándose y odiando, pero a la vez serviles hasta el esperpento, dicotomía que pudre, siempre extirpando lo que los hacía únicos, en ellos, adaptándose al modelo de dioses clonados, vacíos, y yo sin nada, invisible, sin máscara, cosechando cadáveres, buscando la protección de un calderón, a modo de escudo, y evitar, al menos intentarlo, la marcha asesina de la línea en el compás donde vivía, donde la escuadra cuadricula, buscando algún sonido propio, desafinado con sus tiempos lineales y correctos, y prolongarlo hasta el fin…

 

y al final…

 

hoy sé lo que sentimos, cuál era ese rumor que me paralizó, tuve miedo, el rumor de la masa, el avance del rebaño mediatizado, voraz, todos creyéndose libres en la toma de decisiones, pero todos hacia un mismo lugar, el sonido de las cadenas, estremece, siempre estaba ahí, aún en la sucesión de sonidos que se colapsaban, unos enmascaraban a otros, los anulaban, aunque sólo auditivamente, pues el sonido sigue y sigue ahí, como algo que no sabes qué es, siempre ahí, tras la máscara, el aleteo de una mariposa monarca, que dirige a todos hacia los pastos prometidos, allí donde todos pueden sentirse dioses propietarios, jugando con el destino de otros, sin reconocerse siervos ante el espejo, gran trabajo el de los psicólogos del sistema, esclavos buscando esclavos, todos con sus asesorías, sus abogados, la ansiedad era pólvora en comprimidos y yo no encontraba mi chispa, los portones se abrían, ellos esperaban bajo sol, calle arriba calle abajo, de la sombra surgían las voces que reclamaban esclavos sin papeles, pues si los tenías, pobre iluso, no servías en aquel pueblo llamado Colmenar, simple reflejo de este país, donde todos se creyeron abejas reinas en sus nichos, soy fedatario, ahora os sobran nichos y os molestan, vosotros los trajisteis, buscasteis estandarizar vuestro propio pensamiento, el sistema te alimenta a base de instantes, te crea la voracidad de lo inmediato, el espejismo donde había para todos, todo un rebaño prevaricando y esquilmando la hierba, pero las alambradas ya estaban, los barrotes, y los visteis y os hicieron pensar que eran para protegeros, ese fue el engaño de la música de fondo, la que yo oía y me asustaba, por ello no adapté mis receptores, no me inhibí ni me habitué, sin embargo, os vi entrar a saco en el palacio virtual, creeros cortesanos sobre alfombra roja, así os recibían en su catedrales, firmar unas capitulaciones sin leerlas, transmutaros en marionetas absolutistas, si nada dentro, con el culo siempre abierto y receptivo a las manipulaciones, por eso huía, he tardado años en darme cuenta, necesitaba una palabra, la buscaba, esa que nos sitúe cuando todo se desmadre, que nos recuerde que todavía queda algo por dentro, que nos hable a ese algo que es lo único, con el advenimiento de la nada, a que aferrarnos cuando nos intentan disociar de la realidad… para contar o contarnos ese tiempo en el que quizá fuimos sueños, y sacudir de mí la palabra descreída de este presente, y, al rebuscar en mi mente la palabra olvidada en la sombra, hallar de mí fragmentos con los que seguir emborronando el papel de ese tiempo en el que no estuve, fuga de voces entre la niebla en mi cabeza, buscando una nota para arañarla y, desafinando, prolongarla hasta el fin…

 

y al final,

sólo el silencio del que observa,

ese era mi tiempo,

el correcto

 

(lo único que crece en este número desafinado)

Arabia: Asomando la cabeza por la puerta del desierto.

Este será el viaje más largo que he hecho en mi vida. Aproximadamente catorce horas de puerta a puerta: dos aviones y cinco mil kilómetros. Me siento nervioso, lleno de preguntas, como un tonel de cerveza con la espuma que sube y sube, pero no debo pensar demasiado en ello o acabaré por obsesionarme. Siempre me ha gustado viajar, aunque nunca lo había hecho a un país que no habría elegido como destino de turismo. La distancia, llega un momento, en que no resulta relevante. El acto de voluntad no puede dejar de serlo. Me siento inquieto, pero también lleno de curiosidad sobre el “Nuevo Mundo” que encontraré.

La impresión del avión es más grande de lo que esperaba: Business Class… el asiento se hace cama, tiene vibración, te sirven de todo en todo momento… Es sorprendente. Si hasta dan bombones de Godiva (a mí no, que tengo menú de diabético jajaja, bendita Travel Manager que está en todo).

Almohadilla, mantita, auriculares supersónicos, películas a la carta, juegos 3D… Y sobre todo el espacio, la amplitud del asiento-cama y el hecho de tener sólo un asiento a mi lado y unos cómodos pasillos a derecha e izquierda que hacen cobrar sentido a esos anuncios de automóviles donde se afirma que el espacio es el auténtico lujo. Supongo que la imagen que doy no es precisamente la de un hombre de mundo, pero me alegra pensar que aún tengo cierta inocencia infantil para descubrir placeres en la vida. La Business Class de este tipo de vuelo de larga duración es algo de lo que siempre había oído hablar pero uno no acaba de hacerse a la idea de que sea posible dormir con el cuerpo completamente horizontal, y pedir champange Chardonnay todo en el mismo habitáculo con alas. Esta es la “oficina” más lujosa en la que he trabajado nunca, sin duda.

Treinta y cinco mil pies de altura, lo que vienen a ser unos diez mil metros; unos cincuenta grados centígrados bajo cero ahí fuera; unos cinco mil kilómetros de camino –se me ha quedado grabado- y aproximadamente siete horas de vuelo por delante…

Trabajo; leo El abisinio un libro que por mí mismo no habría elegido nunca pero con el que me obsequian y me sirve para leer un texto sencillo, sin metafísicas; devoro un artículo sobre la poética ciudad de Shiraz en la revista del avión… Como a eso de las 4:30 a pesar de haber comido en el aeropuerto a la una, ceno unas tapas de verduras sobre finas rodajas de pan y frutas cortadas en tiras, vuelvo a trabajar mientras escucho música de Bollywood (la mejor alternativa en el menú interactivo musical del avión incluía el Imagine de Lennon y todo tiene un límite). Las horas vuelan. La experiencia, inesperadamente, es enriquecedora. Los asientos son tan cómodos que ni siquiera me molesta el trasero en el que suelen clavárseme los huesos al cabo de dos horas en cualquier tipo de silla, sillón o banqueta:

En la pantalla del avión vemos información sobre el vuelo en tiempo real: ahí está el mapa dado la vuelta: el norte abajo, el sur arriba… y Cádiz queda por lo tanto en la parte superior. Luego la trayectoria va marcando nombres con sobrada resonancia para mí: Cuenca, Valencia, Roma, Atenas… La velocidad del cacharro es realmente apasionante, especialmente porque la sensación de estabilidad y el silencio son mucho mayores que en cualquier otro avión que haya tomado nunca. Impresiona sobrevolar la tierra así. Habrá quien ya no lo note, pero me parece un prodigio poder aunar distancias de esta forma. Lástima que no sirva para aproximar entendimientos, aunque estos no se avienen ni entre vecinos separados sólo por un muro casi de cartulina.

La sala de espera de la First Class del aeropuerto de Doha parece un restaurante posh/snob de Nueva York (tengamos en cuenta que mi única referencia son las películas, sobre todo porque no he estado nunca en Nueva York), con sus grandes ventanales, sus pantallas desproporcionadas, su servicio de restaurante, su masaje automático… todo gratis. A pesar de que son más de las doce de la noche el tax free está abierto. Es caro. Pregunto por el precio de unas pequeñas cajas pintadas a mano con motivos como un músico de bello rostro, un ¿derviche?, o un camellero en el desierto. La más barata cuesta más de cien dólares. La “dejo ir”, con pena y esperando encontrar algo con el mismo encanto en Arabia… Con el pasar de los días descubriré que aunque sean una típica compra en este país no son producto nacional sino, como las alfombras, de Irán. Un producto de hueso pintado por artistas, me lo confirman. Luego veré algunas más pero ninguna tendrá el encanto de aquellas que encontré en este aeropuerto y no volveré a preguntar precios.

El embarque es muy rápido. El autobús que nos lleva al avión a la gente de business, apenas tiene diez o quince plazas, es tan cómodo como el avión o la sala de espera. El recorrido por las pistas dura varios minutos, el aeropuerto parece gigante en mitad de la noche, lleno de luces que se mueven… aunque es posible que el cansancio me haga sentir más grandes las distancias que recorremos. Es una vigilia extraña, mitad de ensoñación, mitad sin sueño. Apenas he notado la bofetada de calor los pocos pasos entre el edificio y el autobús que me lleva al avión, pero a pesar de ser ya casi la una de la madrugada no debe haber menos de 30 grados de temperatura. El aire es abrasador y pesado de polvo, arena desgastada de chocarse contra ella misma.

En el segundo avión apenas pasamos cuarenta minutos y nos dan zumo de naranja, una ensalada, fruta cortada… Es casi tan lujoso como el primero salvo por el detalle de que el asiento no puede convertirse en cama.

Después el desembarque es directamente a la terminal, sin autobús, sin cruzar pistas, a través de uno de esos brazos mecánicos que unen los edificios con los aviones. Salgo de los primeros y es uno de los mejores momentos en los que he decidido tomar la delantera: al final de unos interminables pasillos (una vez más el cansancio por las catorce horas que han pasado desde que salí de casa en Madrid, y el sueño por la hora me hace ver todo mucho más interminable y pesado) llego a la aduana. Solo hay tres policías en la aduana y solo uno de ellos es para el tipo de visas internacionales que yo llevo. Delante de mí hay como once indios -¿o serán pakistaníes?- y compruebo con desolación que tardan varios minutos para un solo control: toman las huellas dactilares de todos los dedos, primero cuatro de la mano derecha, luego cuatro de la mano izquierda, luego los pulgares; toman fotografía –sin gafas-; anotan en el ordenador los datos del pasaporte y la tarjeta de embarque… Calculo una hora más de espera, de pie, con temor a que mi taxista se largue y me deje en tierra sin saber si encontraré taxistas que hablen en inglés (doy por sentado que ninguno lo hará en castellano) para explicarles dónde voy.

Pero la suerte me acompaña y después de veinte minutos, un segundo policía se hace cargo de los siete indios que quedan y yo puedo pasar por fin y encontrar camino a la salida donde un cartel con mi nombre me hace respirar aliviado: el conductor sabe lo que es este país y lo que es la aduana y no se ha ido a ninguna parte.

Siguen cuarenta minutos de circulación en silencio por autopistas de tres carriles por cada lado, ligeramente por encima del desierto, que a veces se asoma y llena la mediana de ondas de arena gracias a la colaboración del viento. Las luces aparecen difuminadas por esta atmósfera de polvo que todo lo envuelve, la visibilidad es reducida y no solo por la oscuridad de la noche… Entre el horizonte, además de las pequeñas matas grisáceas que no distingo muy bien y que no entiendo cómo pueden sobrevivir nutriéndose de la sal y el polvo, empiezan a aparecer edificios: hoteles a medio construir, fábricas de coches, adosados residenciales de pésimo gusto, automóviles cuyos cristales están casi cubiertos de arena… Esto parece un cinturón industrial de ciudad, pero además rodeado de desierto rebelde y ventoso. Esta impresión será la que me confirme la ciudad de Al-Khobar: toda ella parece ser así: terrenos baldíos donde aparece el desierto continuamente, seguidos por manzanas de casas de hormigón, habitualmente bajas y con poca gracia y altos monstruitos de cristal y acero, muchos a medio construir. Y, de tarde en tarde modernos centros comerciales con los nombres de las marcas más occidentales que puedan imaginarse. El concepto de cruce de calles totalmente pobladas y estructuradas no aplica a Al-Khobar.

Apenas nos cruzamos con otros coches. La ciudad está callada. Cuando giramos a la derecha para abandonar la autopista me siento aliviado: estamos llegando al destino. Y cuando por fin veo el hotel me alegro de haber buscado fotografías en Internet, es como si fuera la primera cosa “conocida” en este viaje que desasosiega por la hora, por el destino y sus leyes, por la soledad y la duración del mismo. Se trata de un edificio de una sola planta, con pasillos alfombrados y aire acondicionado ruidoso pero necesario: afuera la noche es infernalmente seca y cálida, más bien seca como un cadáver momificado. A pesar del ruido del aparato caigo rendido en la cama: en tan solo cuatro horas tengo que levantarme. Ha sido un día tenso y cansado.

El despertar me trae un día sonámbulo, irreal, algo torpe, incluso. Viene a buscarme en un todoterreno, algo muy común aquí, un español llamado J., encargado de la seguridad y de mil pequeños quehaceres. Para mi sorpresa el camino dura aproximadamente dos minutos. La oficina casi forma parte de la muralla del  complejo residencial (está justo detrás), pero nadie va andando por el sofocante calor que hace pesados los pasos y dura la respiración. Me presentan a mucha gente cuyos nombres no consigo retener el primer día… Empieza mi larga sucesión de entrevistas, tan apretadas que no nos da tiempo a salir del compound para comer. El restaurante de la “urbanización” está frente al hotel y tienen un buffet de comida india y europea. Todo en la zona, salvo tres o cuatro edificios empresariales, son viviendas y locales bajos que van perdiendo en lujo según uno se aleja de la puerta principal para convertirse casi en chabolas cuando se trata de las casas de filipinos e indios que atienden el hotel y el restaurante. El contraste me golpea un poco. Este será un recinto muy europeo o americano (las urbanizaciones de casas bajas con pequeño jardín me recuerdan a un libro de Cunningham), pero no todo es nivel europeo. Por las dos noches siguientes caminaré después de la cena por todo el lugar. Me gustará el edificio de una gran compañía china, especialmente. En su fachada dos fotografías de ¿príncipes árabes? de gran tamaño. Llevan el pañuelo tradicional sobre sus cabezas y esas medias barbas tan características. El petróleo construye inesperados entramados internacionales, y funciona como un magnífico pegamento líquido para unir materiales tan supuestamente distintos como la porcelana asiática y la esencia árabe.

            Por las noches, que caen mucho más rápidamente que en la península ibérica a estas alturas del año, el cielo no llega a ser negro, sino de un morado oscuro sin estrellas que se aclara casi en un blanco manchado hacia la línea del horizonte. Llego a ver a unos jóvenes intentando jugar al baloncesto en una cancha cercana al edificio empresarial que mencionaba antes, y a un hombre haciendo footing. Me pregunto cuánto tiempo llevan aquí para haberse acostumbrado a esta atmósfera y ser capaces de hacer ningún tipo de ejercicio a pesar de la misma. También veo a algún caminante solitario como yo… ¿Dónde irán? ¿Tendrán algún destino en este campo de casas, algún amigo al que visitar? ¿O deambularán en busca del tiempo perdido hacia la nada, mero cruzar el espacio y el presente al igual que lo hago yo?

            El segundo día no se diferencia gran cosa del primero. La sensación de ser un filete de carne en el microondas es la misma en cuanto que salgo de la oficina, cosa que hago solo ya avanzada la tarde, para seguir trabajando en el hotel. Creo que esas ondas del famoso cacharro que ha revolucionado la vida de la cocinera casera, invisibles pero que remueven las moléculas por dentro, son algo similar a estas bolsas de aire ardiente donde la arena y la polución no se ven (puro polvo que se entrechoca años y años contra sí mismo hasta hacerse microscópico) pero igualmente remueven por dentro y calientan los pulmones y los órganos, empequeñeciéndolos, abrasándolos.

            La mayor diferencia consiste en la comida. Salimos en coche y recorremos diez minutos una carretera en obras, rodeada de desierto y, a más de medio kilómetro,  también por algunas casas. En lo más inopinado del ¿camino? surge un moderno Holiday Inn que brilla europeo y moderno. Y en su interior, tras una recepción con tienda y agencia de viajes incluidas, un restaurante de buena comida norteafricana/árabe: humus, ensaladas de garbanzos… e india. Bufet riquísimo que termina con una amplia mesa de delicatesen dulces donde reinan los baklavas y tras ellos, reyes invitados de la Francia del XVIII, los macarons minúsculos. La riqueza culinaria y cultural es tan grande que puedo sentirme feliz con el eclecticismo y el tesoro humano que tenemos siempre al alcance de la mano en el mundo en el que vivimos.

Pero es el tercer día el que hace saltar por los aires algo que parecía el orden establecido para todas las jornadas de mi estancia. El Jefe de la Oficina ha regresado de un viaje y él me abre las puertas de Arabia. Lo conocí hace un par de años en Madrid y nos unió la Cultura, el Arte, la Historia. En un mundo de ingenieros no es común compartir este tipo de ¿aficiones? Pero entonces, en aquel primer encuentro, estaba lejos de descubrir al hombre que entreveo durante los dos días que restan de mi estancia: ciento cuatro países a su espalda, cientos de nombres, calles, plazas, personas, monumentos y rincones registrados en una memoria prodigiosa y toda una existencia de continuo crecimiento y contacto directo con el mundo que lo convierten en un baúl sin fondo de conocimiento. Él me llevará a Baréin y me mostrará ciertas tripas de la ciudad en la que estoy trabajando estos días. En su sangre hay, desde el nacimiento, una combinación de nacionalidades que encuentra un equilibrio perfecto entre el caballero inglés y el caballero español, con el sentimiento profundo de anfitrión árabe que siempre provee la mejor hospitalidad.

Baréin es una pequeña isla que, en palabras de mi cicerone, vive de la buena voluntad de Arabia a la que está unida por un puente y viaducto combinado de 26 kilómetros, construido por una empresa holandesa y conocido como la Calzada del Rey Fahd. A pesar de sus 25 años resulta contemporáneo, sólido, convincente, muy avanzado para su tiempo. Los novedosos rascacielos, alarde de ingeniería, tienen algo que llama mi atención y es su gusto por el color, algo que puede también verse en los letreros luminosos que adornan y anuncian los comercios de la ciudad. Pierdo la ocasión de mirar al cielo a los pies de uno de ellos, pero no de disfrutar de una cena exquisita en un piso cincuenta y dos desde donde la urbe se muestra, encendida y nocturna, moderna y, a pesar de todo, ancestral, misteriosa. ¿Será quizá por el calor del desierto que subyace al hormigón, al acero y al cristal?

La visita se completa con un paseo por un Centro Comercial donde las marcas internacionales lo copan todo: Zara, Starbucks, H&M, etc. Es casi inevitable comentar el prodigioso caso de Amancio Ortega y su estudio por universidades británicas de prestigio. Sin embargo, el edificio tiene el gran acierto de mantener pequeños detalles de la arquitectura musulmana tradicional: arcos de herradura, los elementos que evocan celosías para ver sin ser visto, cúpulas gallonadas… Esta arquitectura moderna que al menos rinde su respeto a las raíces culturales me reconforta… “Ay del pueblo que olvida su pasado / y a ignorar su prosapia se condena” (Manuel Machado dixit). Para gustos muy sensibles o puristas la mezcla de ingeniería, objetivo comercial, marcas occidentales y guiños a la cultura y al pasado es tan ecléctica que resultaría venenosa en grado sumo.

He de lamentar tan solo una cosa: el monumento a la perla ha sido destruido porque en torno a él se concentraban las protestas que se han generalizado en el norte de África y parte de la península arábiga en este 2011 del calendario gregoriano. Me cuenta mi guía que estos pueblos, antes de la aparición del petróleo, eran pescadores de perlas, y aquella era la escultura que evocaba ese origen. Mi mente vuela imaginando a los nadadores que se sumergían en las olas para encontrar su tesoro y su sustento y recuerdo cuentos africanos muy antiguos que mi prima ML me regaló hace ya muchos años. Se trata de formas de existencia ancestrales en las que ya el hombre había identificado la joya y su belleza, el brillo nacarado de ese grano de arena convertido en pieza de adorno de cuerpos y armas y muchos años más tarde también de libros, por ejemplo. La belleza como concepto que salva, que hace la vida mejor, va más allá del precio, del valor comercial que el objeto, por escaso, pueda alcanzar. Y ya los antiguos los sabían perfectamente.

Es de noche mucho antes de emprender el regreso. Me siento pletórico: aunque sólo hayan sido unas horas, he pisado otro país y otra ciudad terriblemente diferentes de Arabia y Al-Khobar de los que solo veintiséis kilómetros de mareas los separan.

El último día  la suerte vuelve a hacer acto de presencia en mi vida. En verdad me pregunto si ha dejado de hacerlo; he nacido bajo el auspicio de una estrella dulce cuyo brillo aumenta cuando ya estoy preparado para aguantar su nuevo grado de calor. Las dos últimas entrevistas se cancelan por razones ajenas a mí: uno de los candidatos es enviado a una obra lejos de la ciudad donde estoy; al otro, lamentablemente, le informan del fallecimiento de un familiar. Esto se traduce en dos horas que puedo adelantar mi salida de la oficina y, por lo tanto, multiplicar mis visitas a la ciudad y mis visiones sobre ella.

Pero empecemos por la mañana, durante la que visito una institución pública inmensa. De camino a la misma veo por primera vez a la luz del día las calles de la ciudad. No conozco un mapa aproximado de la misma, ni su orientación. No sé si estoy en el centro o más bien en las afueras, pero la luz lo ilumina todo volviéndolo blanquecino o amarillento… Profesional y personalmente este es un gran paso para mí. La citada hospitalidad árabe sale también el paso y me invitan a probar ese café árabe que volveré a beber dos veces más durante el día de hoy. Ese grano no tostado, sino calentado como té que le da al agua una calidad de oro… o mejor de cobre. El sabor es intenso, evocador e intenso. Tiene un último regusto a óxido, a metal añejo pero también brillante.

Por la tarde empezaré por una librería donde he pedido ir para encontrar algún volumen sobre este país en el que estoy ; después me llevarán a una tienda de alfombras donde la belleza de los diseños (de los 2.000 nudos de seda por centímetro cuadrado poco sé y de la técnica para llegar a estos resultados tampoco, aunque el número asombra) me atrapará dejando mi espíritu perdido entre los laberintos de motivos vegetales y geométricos de estas finísimas obras de arte que parece mentira que hayan sido diseñadas para estar bajo el pie del hombre. A mi mente regresan viejas clases de Arte de la escuela: lacería, ataurique… prohibición de la imagen humana que, a pesar de todo, aparece en algunos de estos productos fabricados en ese Irán donde nació la civilización y el refinamiento continúa hasta el día de hoy. Y terminaré esta primera visita por la ciudad en una joyería yemenita donde los anillos y las pulseras, las gargantillas y las sortijas son delicadas y elegantes, especialmente cuando reproducen modelos orientales; y en una tienda de regalos, si puede denominarse así, donde se dan cita los objetos marroquíes como las lámparas, los muebles de oscuras maderas, los trabajos indios y algunos productos de la artesanía local como armas enmarcadas.  Después este guía excepcional me devuelve al compound donde me reencontraré con J., quien completará mi visión de la ciudad con un paseo en coche por la noche “Al-Khobareña”: el barrio elegante con su gran avenida, la corniche con su Burger King y su McDonalds y finalmente las tiendas de ropas tradicionales, monedas austriacas y esencias y llaveros con gotas de petróleo. J. sabe mucho del Islam, pero también de Historia. Y resulta ser un gran conversador que ha desarrollado un importante conocimiento sobre un imperio que siempre he ignorado: el otomano. De ahí, me explica, o cree él, que puedan encontrarse en este rincón del mundo monedas austriacas de la época de María Teresa, pues los turcos estuvieron dos veces a las puertas de Viena, aunque en ambas ocasiones fueron expulsados. Me olvido de preguntarle si conoce que precisamente de esas incursiones bélicas nació el capuchino y el cruasán, que evolucionaron a lo que hoy llamamos de igual manera aunque hayan variado de forma.

En este entramado de calles donde un centro comercial (sobre todo de tecnología por lo que me parece ver) comparte espacio con casas bajas de dudosa estabilidad, veo mil nacionalidades: indios, pakistaníes, indonesios (¿o serán chinos?)… y por supuesto sauditas traicionando la visión tradicional que se tiene desde fuera del país. Veo mujeres de rasgos orientales, una de ellas hablando enérgicamente por teléfono, y ninguna de ellas con el rostro tapado, ni siquiera los brazos. Después de la imagen de la esposa tradicional, acompañada por el marido, y a la que las negras telas le cubren todo salvo los ojos (a los que no se debe mirar) lo que sorprende es esta libertad “occidental”.

Terminamos en un restaurante, comiendo en el suelo, con la mano, el famoso arroz con cordero, menos dorado y crujiente que el español pero de rico sabor. Aquí tomo la mayoría de las pocas fotografías que me he tenido oportunidad de echar a lo largo de este viaje que termina. La decoración, con un desierto de colores contrastados en rojos y amarillos y camellos que lo atraviesan parecen una “trampa para turistas” ávidos de aventura… pero no por ello resulta menos bello, especialmente cuando se estampan contra ellos las sombras de las lámparas. Aquí lo habitual es comer deprisa y volver a los quehaceres que sean. Nada de la sobremesa que nos caracteriza en España, con la charla, el café, y el detenimiento entre plato y plato. Aunque algo de eso le imprimimos nosotros a este momento.

Apenas he observado por la mirilla de una puerta a este mundo musulmán y a este país de miles de kilómetros de desierto pero puedo decir que me ha noqueado por las diferencias con el nuestro, por la dureza del paisaje, por la variedad de sorpresas que salen a mi encuentro…

En la última etapa del viaje apenas duermo dos horas para que J.J. me lleve al aeropuerto a las dos de la madrugada. Es un conductor indio, tranquilo y sonriente al que le gusta la música country (que vamos escuchando mientras las dunas del desierto juegan a dola a ambos lados de la carretera) y Shakira. ¿Quién me iba a decir a mí hace tan solo cuatro años que tendría la ocasión de pasar una madrugada oyendo viejos hits de Shania Twain en un 4×4 en las desérticas y oleosas tierras de Arabia? Es un final tan peculiar y heterogéneo como ha sido toda mi visita. Tengo que pensar, pero estoy demasiado somnoliento.

Es hora de volver a casa.

MANIFIESTO DE LAS OVEJAS NEGRAS

Pesando y midiendo actos, situaciones y hechos de la vida, y comparando algunos proyectos con sus resultados, es fácil concluir que generalmente los desafinados somos nosotros y no la vida o los proyectos o sus resultados; apenas nosotros, los pocos que obstinadamente insistimos en pedirle peras al manzano; los raros que no renunciamos a buscar hormigueros en el asfalto; los extravagantes que preferimos ser sordos en un discurso y mudos en un concierto, porque lo que realmente nos ocupa y preocupa son las pequeñas preguntas que desafían, y no las grandilocuentes respuestas que satisfacen.

Somos lo que habitualmente se define como verdaderas y abominables ovejas negras, y no tenemos vergüenza de confesar sin rubor que tal “acusación” nos honra mucho, ya que por temperamento y vocación preferimos cultivar ideas en el jardín del fondo de nuestra vida, a tener que envidiar los rosales que nos miran desde el jardín de nuestro vecino; optamos siempre por plantar un árbol en la esquina de nuestra propia verdad, antes que caer en la tentación de podar los que dan sombra al camino por el cual transita la verdad de nuestros adversarios; siempre elegimos cuidar el pasto que crece entre las estrofas de nuestro ideario o en las entrelíneas de nuestros fracasos, a tener que cortarlo para satisfacer el gusto ajeno; y principalmente, elegimos lavar y planchar nuestras viejas y maltrechas utopías – ésas que aún respiran y nos miran de reojo desde el fondo del cajón de las buenas intenciones – a tener que bajar los brazos y aceptar las órdenes perentorias y casi siempre sin sentido de esa déspota llamada Realidad; y vaya uno a saber qué más, aunque lo único fundamental e inaplazable es que todos tratemos de ser más felices de lo que merecemos y mucho menos infelices de lo que merezcamos, y nada más, ni nada menos.
Es imperativo desear que el tiempo nos enseñe a sintonizar con mayor precisión la frecuencia en que se transmiten los intereses del prójimo, y quien sabe, como premio, ese mismo tiempo haga que el prójimo sea un poco más tolerante cada vez que se enfrente a una idea que propongamos, a un pensamiento antagónico que manifestemos, o a una ideología diferente que defendamos, ya que por más que le demos vueltas, lo que todos estamos buscando son puentes y no precipicios; son temas que obliguen a pensar, y no distracciones que inviten a olvidar; son batallas dialécticas que forjen nuestro carácter, y no simples victorias que lo deformen.
En razón de lo expuesto, proponemos:

1.- Que se suspenda el derecho del gris plomo a participar del arco iris.

2.- Que se degrade al Odio a la categoría de Antagonismo, perdiendo los beneficios que el grado anterior le concedía, como matar sin pedir permiso o pintar de sangre a las palabras y vestir de luto a los discursos.

3.- Que los dedos no más sean usados para apretar gatillos, ni las manos para clavar puñales, ni los ojos para matar mirando, ni la boca para escupir condenas, ni el verbo para sembrar desgracia, ni el dinero para comprar silencio.

4.- Que se prohiba morir por la Patria y se invite en todos los canales a vivir por ella.

5.- Que el discurso de las horas, de los días y semanas, de los meses y los años, produzca instantes repletos de gozo, minutos llenos de alegría, horas cargadas de placer, días plenos de sol, semanas húmedas de ternura, meses rellenos de mañanas, años teñidos de esperanza.

6.- Que se suspenda definitivamente el patrocinio comercial de todas las guerras por más o menos santas que sean, y que se de los fabricantes de la ignominia.

7.- Que se permita el regreso de la inocencia perdida, del injusto destierro al que ha sido condenada, y se la invite a ocupar el lugar de honor que le corresponde.

8.- Que nunca más florezcan muertos anónimos en los jardines de los cementerios clandestinos, y que jamás la desvergüenza vuelva a plantar desaparecidos en la conciencia de los pueblos.

9.- Que las bombas inteligentes se jubilen y se cubran de telarañas en los sótanos de los museos, y que los líderes nada inteligentes se marchiten y sus nombres se borren para siempre de las páginas de la Historia que ayudaron a manchar.

10.-Que la paz rompa las cadenas y que los puños cerrados se abran en manos extendidas hacia el otro, y que la verdad sea la dueña y señora de la última.

D/A

MANDO A DISTANCIA por Lorenzo Abadía

Deponer al ineficaz,

Castigar al corrupto.

Ese es el Mandato del Cielo.

 

En Mando a distancia (2011, Editorial Manuscritos) de Lorenzo Abadía, libro de gran interés para comprender la mecánica y la deriva de nuestra infausta política, uno podrá encontrar aseveraciones tan sensatas como las siguientes:

España no vive en democracia. El sistema político existente no permite la representación, no deja espacio a la división de poderes, no faculta la participación y no desarrolla la deliberación pública. Hasta aquí un certero aunque incompleto, como veremos más delante, diagnóstico. Continuemos: El régimen político español, portador de la tradición continental europea que secuestró la libertad política al ciudadano, ha generado unos partidos políticos omnipotentes  oligárquicos que, instalados en el Estado, no representan a la sociedad y además, se encuentran fuera de control.

El problema real no son los dirigentes que tenemos sino el sistema que los mantiene. Lo que implica que otra renovación de las personas en la responsabilidad de gobierno no solucionará el problema económico español. El gasto público insoportable, el mal uso de los fondos públicos, las prebendas a muchos dirigentes, la corrupción y la connivencia con la oligarquía financiera no constituyen una casualidad en España.

Hoy, al contario que en la época medieval tan mal entendida por los modernos, no es el consentimiento el principal configurador de la representación sino la unidad y la voluntad de ese artificio soberano al que llamamos “nación”, que funde los designios e impulsos individuales en una totalidad en gran medida espuria. Es decir, y hablando en plata,  otorgando el control a una nomenclatura autodesignada.

Y es que por mucho que duela reconocerlo, y como muestra detalladamente Félix Rodrigo Mora en La democracia y el triunfo del Estado (Editorial Manuscritos), el secuestro de la libertad política del pueblo en España es obra del liberalismo decimonónico.

En cuanto a la democracia de masas, no la democracia de los antiguos ininteligible por proceder de una matriz simbólico-religiosa inasimilable para nosotros (herederos de la farsa judeocristiana prolongada agónica y arteramente por el progresismo ilustrado), está permeada de un totalitarismo de fondo de corte milenarista secular e inquisitorial que la mayor parte de los ciudadanos y especialistas se niega obstinadamente a percibir.

Tanto la propuesta del distrito uninominal, como la elección directa del Presidente del Gobierno en una circunscripción nacional sin intermediarios o la postulación de un poder judicial independiente, sin duda cuestionarían de modo radical el parlamentarismo partitocrático que permite a la oligarquía financiera y mediática su dominación. Pero ¿cómo llevar esto a buen puerto? ¿Quién le pone el cascabel al gato?

¿Acaso ignoramos que los actuales sistemas parlamentarios  fueron impuestos  en Europa tras la guerra por los Estados Unidos, manu militari sobre las ruinas, precisamente por su carácter oligárquico para mejor garantizar la hegemonía de Norteamérica y facilitar la realización de sus planes geopolíticos de dominación planetaria hoy mas visibles que nunca?

Cierto que la defensa de la representatividad y responsabilidad de los electos y el control recíproco de las funciones evitan la tiranía pero a mi no me queda claro que una sociedad como la española actual cuya clase política, casi una casta, colusiona con los intereses “privados” (no sólo “nacionales”) sirviéndose para ello de potentes clientelas sitas en las burocracias estatales, autonómicas y municipales, esté dispuesta de buen grado a modificar su trayectoria. Los países donde surgieron estas mecánicas de limitación del poder, basadas en “checks and balances”, son hoy, paradójicamente, los máximos exportadores de desorden y corrupción. Sin contar que llevó décadas o siglos de procesos evolutivos llegar en ellos a esos supuestos grandes logros.

No se puede negar que las herramientas digitales, en las que el autor deposita a mi modesto juicio excesiva confianza,  pueden generar un potente movimiento renovador en la opinión pública pero lo decisivo no está en el plano de las ideas sino en el acceso al control de los engranajes básicos del Estado: moneda, comunicaciones, justicia, seguridad, educación, etc. Mejor aún: en la posibilidad de suprimir ese acceso a los que ahora lo detentan. Y para que engañarnos: cuando uno se embarca exitosamente en estas aventuras se pierde, como mínimo, la inocencia. El Príncipe fagocita a los sublevados, es ley de muerte. Sin contar claro las innumerables posibilidades de fraude que permiten las maquinas de votación o los referéndums vía sms. Panaceas supersticiosas configuradoras de zoones-granja. El escrutinio de las votaciones fuera de ser un procedimiento protocolario adventicio es parte cabal de una democracia en condiciones. Incluso hay elementos de sorteo y los ciudadanos, designados al azar, contemplan con sus propios ojos el conteo de las papeletas. Lo contrario seria entregar a los expertos y a empresas privadas o publicas, ¡qué más da!, un cheque en blanco que sería aprovechado, como ya lo ha sido en diversos países, para el fraude.

Las “revoluciones de color”, que impulsadas por los Estados Unidos y Europa han desmontado diversos regímenes presuntamente maléficos (Serbia, Ucrania, Georgia, Egipto, Túnez etc.), a las que creo alude el autor de modo sibilino, no han hecho otra cosa que empeorar drásticamente la situación vital de los habitantes de estos países. Fueron revueltas implementadas, en gran medida, con instrumentos digitales que sirvieron para llevar al poder a élites leales al proyecto global de dominación euroamericano. Montajes de una vileza estremecedora, con coartadas retóricas “democráticas”, de muchos de los cuales aún nos queda  por apurar el cáliz amargo de sus consecuencias en un futuro cercano nada prometedor. Mas allá de la propaganda grotesca basada en los “derechos humanos” y las aberraciones  globalizadoras y jesuíticas de las organizaciones no gubernamentales, vectores estas últimas en la mayor parte de los casos del más impúdico de los imperialismos, está el mundo de las realidades tangibles.

Este libro que nos ocupa, inteligente y sintético, que llega treinta años tarde muestra con coherencia los hechos y el diagnóstico pero falla en los remedios. Las propuestas tienen un aroma seráfico e irreal preñadas de lo que Gustavo Bueno ha calificado con lucidez como “fundamentalismo democrático”. Vivimos en el marco anómico y aculturador de la sociedad global. La “golemización” de las masas vía conexión electrónica, etapa final de la movilización total de la muchedumbre solitaria, nos traslada a un mundo de manipulación total y locura, social y mediáticamente legitimadas. Nuestro mundo. Por eso hablar, como hace el autor, de que España tiene problemas para adaptarse a la globalización, en el actual escenario de guerras crudelísimas, revoluciones de pacotilla y crisis económica brutal y provocada, resulta intelectualmente desesperanzador.

Las élites, que nada tienen que ver con las aristocracias del mundo antiguo, se han encumbrado al pináculo de la sociedad mediante el control financiero y tecnocrático sumiendo a las poblaciones, mediante el urbanismo, la educación, la vigilancia policial y el control mediático, en la más abyecta de las esclavitudes. Y todo jurado sobre los ídolos de barro de la filantropía y el espectro del estado asistencial y terapéutico.

Ya en la presentación del libro en el Ateneo de Madrid escuchamos diversos cantos de sirena en las intervenciones desarrolladas durante el debate. Destacaré dos: 1 La emergencia supuesta y decisiva de un cerebro colectivo gracias a la red y a sus usuarios y 2 la necesidad de dar a luz a un tercer partido en España que, más allá de los dos de siempre, nos traiga algo de luz y soluciones pues “así lo han determinado los Grandes Maestros”.

La Red, como colofón de un proceso iniciado en la Revolución Industrial con la inicua factoría,  ha conseguido, junto con la espectacularización mediática y el hacinamiento urbano, empujar lo real y lo convivencial a un lado sustituyéndolo por una galería de espejos virtual que, no es accidental, se ha convertido en vector de comercio, de vigilancia y de difusión sistemática de la estulticia. Lo que los neoliberales (¿también los masones?) veneran y nombran como la Gran Sociedad. Absolutamente indistinguible en lo fundamental de los ensueños utópicos colectivistas del comunismo soviético, tanto ruso como chino. Puede que estemos accediendo a un cerebro colectivo pero dudo que sea un cerebro valioso. Nada que ver con la especulación literaria de Theodore Sturgeon en Más que humano, por poner un ejemplo.  Yo desde luego veo  ya el off futuro y percibo el descerebramiento individual generalizado en el  presente.

En cuanto a los Grandes Maestros y al supuesto paradigma de “la nueva sensibilidad”, que se nos trata de meter hasta en la sopa, basado en ecologismos, feminismos, Nueva Era rebuznante y danzante, religiosidades recuperadas, teoría de la relatividad para bobos y crédulos sin límite y la aberración cognitiva y estética de lo que se ha dado en llamar “inteligencia emocional” ¿qué puedo añadir que no hayan hecho ya numerosas obras literarias consagradas a describir distopías? Cada segundo nace un iluso. Pero contra la estupidez los propios dioses, como señalaba el poeta, luchan en vano.

Volviendo al libro: no queda refutado en modo alguno el pesimismo de la Escuela de la Elección Pública (Public Choice), ni se da respuesta a las incógnitas que suscitan tanto la paradoja de Arrow como el Dilema del Prisionero. Como señala Gordon Tullock: no ha habido ejemplo alguno en la Historia de insurrección popular exitosa en la medida que los aparatos de seguridad permanecieran leales al gobierno y este permaneciera unido[1]. Lo demás son buenas intenciones que sabemos bien adonde conducen.

Bien está  buscar crear un estado de opinión contrario a la injusticia  y defensor de la libertad pero cuando la ciudad alegre y confiada, permítaseme el símil, cae en manos de  los más aviesos criminales, como es el caso del mundo occidental actual, hay que remitirse a clásicos  del western como: Sólo ante el peligro o El cobarde para intuir una solución aceptable al dilema. Que, como en La Odisea, sólo puede ser contundente y violenta.  El éxito está siempre del lado de aquellos en quienes se reúne el coraje, la buena fortuna y el favor de los dioses antiguos y perfectos.  Es ineludible  además la neutralización de los criminales, el Diablo incluso puede ayudar un poco.

Lo demás, como señalaba George Washington, sólo es viento en los árboles.

 

 


[1] A truly ruthless leader with loyal troops and good internal intelligence service does not need to worry very much about popular uprisings. “Popular risings” from “Autocracy “(1987)