El racismo, una pasión que viene de arriba

25-noviembre-2010 · Imprimir este artículo

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Versión extractada del discurso del filósofo Jacques Rancière con ocasión del simposio Los romaníes, ¿y quién más?”, celebrado el pasado 11 de septiembre en Montreuil, cerca de París.

Me gustaría proponer algunas reflexiones en torno a la noción de «racismo de Estado» que se oponen a una interpretación muy extendida de las medidas adoptadas recientemente por nuestro gobierno, desde la ley sobre el velo integral hasta las expulsiones de los romaníes. Dicha interpretación ve en estas medidas una actitud oportunista que busca explotar los temas racistas y xenófobos con fines electoralistas. Esta pretendida crítica lleva implícita la presuposición que hace del racismo la reacción temerosa e irracional de las capas más retrógadas de la población. El Estado es acusado de faltar a sus principios al mostrase complaciente de cara a estos sectores.

Ahora bien, esta disposición adoptada por la crítica «de izquierdas», es exactamente la misma que aquella en cuyo nombre la derecha lleva promulgando desde hace ya veinte años toda una serie de leyes y decretos racistas: diversas molestias causadas por los inmigrantes y clandestinos pueden desencadenar reacciones racistas si no ponemos orden.

Se trata de un juego que consiste en dar a las políticas racistas de Estado una coartada antirracista. Va siendo hora de dar la vuelta al argumento, porque en realidad es la razón de Estado la que alimenta el racismo, confiándole la gestión imaginaria de su legislación real.

Hace unos quince años propuse el término racismo frío para designar este proceso. El racismo que hoy nos ocupa es, en efecto, un racismo frío, una construcción intelectual y una creación del Estado. La naturaleza misma del Estado es la de ser un Estado policial, una institución que fija y controla las identidades, los lugares y los desplazamientos, una institución en lucha permanente contra todo excedente del recuento de las identidades que gestiona. Este proceso se ha intensificado por el orden económico mundial. Nuestros Estados son cada vez menos capaces de contrarrestar los efectos destructores de la libre circulación de capitales, en tanto que no tienen el más mínimo deseo de hacerlo. Así las cosas, toman como objetivo específico el control de esa otra circulación, la de personas, y como meta general la seguridad de los nacionales amenazados por estos migrantes, es decir, la producción y la gestión del sentimiento de inseguridad.

De ahí se deriva un uso de la ley que cumple dos funciones esenciales: una función ideológica, que consiste en dar un cuerpo al sujeto que amenaza la seguridad; y una función práctica, que consiste en reordenar continuamente la frontera entre lo de dentro y lo de fuera, creando sin cesar identidades flotantes. Legislar sobre la inmigración ha significado crear una categoría de infra-franceses, hacer caer en la categoría flotante de inmigrantes a gente que ha nacido en Francia de padres nacidos franceses. Legislar sobre la inmigración clandestina ha significado hacer caer en la categoría de clandestinos a «inmigrantes» legales. Es la misma lógica la que ha ordenado la noción de «franceses de origen extranjero» y la que apunta hoy contra los romaníes, creando, contra el principio mismo de libre circulación en el espacio europeo, una categoría de europeos que no son verdaderamente europeos. Para crear estas identidades en suspenso el Estado no se sonroja ante sus propias contradicciones. Por un lado, crea leyes discriminatorias y formas de estigmatización basadas en la idea de la universalidad ciudadana y de la igualdad ante la ley. Pero por otro lado, crea en el seno de esta ciudadanía igual para todos, discriminaciones como la que distingue a los franceses «de origen extranjero». Así que por un lado todos los franceses son iguales, y ojo con los que no lo son, y por el otro no son todos iguales, y ay de aquellos que lo olviden.

Las últimas campañas racistas no llevan en absoluto la impronta de la extrema derecha llamada «populista». Han sido organizadas por una intelligentsia que se reivindica de izquierdas, republicana y laica. Se argumenta en nombre de la lucha contra el «comunitarismo», de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley y de la igualdad de género. Con esta forma de argumentar se pretende crear la amalgama entre migrante, inmigrante, retrógado, islamista, machista y terrorista para identificar al indeseable. El recurso a la universalidad opera en beneficio de su contrario: para establecer un poder estatal discrecional a la hora de decidir quién pertenece y quién no a la clase de aquellos que tienen derecho a estar aquí. Ese poder tiene su correlato en el poder de obligar a los individuos a ser en todo momento identificables, a mantenerse en un espacio de visibilidad integral frente al Estado. Vale la pena, desde este punto de vista, volver sobre la solución que el gobierno ha dado al problema jurídico planteado por la prohibición del burka. Era difícil hacer una ley que apuntara específicamente a algunos centenares de personas de una religión determinada, así que el gobierno hizo una ley que prohibía en general cubrirse el rostro en un espacio público. El pañuelo se convierte así en el emblema común del musulmán retrógado y del agitador terrorista. Para esta solución, adoptada (como muchas otras medidas sobre la inmigración) con la benevolente abstención de la «izquierda», es también el pensamiento «republicano» el que ha dado la fórmula.

Mucha energía se ha gastado contra una cierta figura del racismo –la que ha encarnado el Frente Nacional– y una cierta idea de este racismo como expresión de los “white trash”, blancos xenófobos de las capas sociales atrasadas. Una buena parte de esa energía ha sido recuperada para construir la legitimidad de una nueva forma de racismo: un racismo desde arriba.

Traducción: Álvaro García-Ormaechea

Vía | MediaPart

Internet, Ebriedad y Orgasmos fingidos

Quieren fragmentar Internet. ¿Fracturarlo?. Premium para unos y corrientucho para nosotros. Lo cuenta uno de los papás de la criatura y en Nación Red, donde nuestro jefe-II hace horas extras. Al fondo de la barra, claro. Como en los buenos tiempos.

Creo que ha habido trifulca entre un bloguero cinco estrellas y el Senado de Madrid. Aquí uno y aquí otro en representación del Senado de una nación que está en crisis desde que nació. La pobre.

Internet y política es un tema que me aburre. Lo que no quiere decir que mi disposición a defender Internet sea mayor que muchos de los que no levantan el culo ni aunque tiemble el epicentro. Me enteré tarde que tuvimos concentración de máscaras frente a la SGAE. Allí habría estado como una anonYma más. Además ese día me estaba dando un baño de Arte Total en Sitges y me hubiese podido acercar. Otra vez será. En Madrid no me esperéis. No puedo con Gallardón.

Siento tener que hacer esta crónica politizada pero es una orden de arriba. Se rumorea que viene un nuevo accionista. El último se asomó y al ver la hoja de maría que tenemos por cartel, como que se aplanó. Esto es lo malo de ser libertarios, que no salimos de pobres. Aquí se defienden los derechos humanos. De esta política radical si que me gusta contaros cosas. Soy libertaria y os quiero, es el amor lo primero.

La cosa está muy mal, queridos. En el cerro de los alternativos la crisis era una bomba de racismo y los héroes ya no estaban. Ha pasado más de un año, se fue Fraga, el libertario. Huérfanos estamos pero aquí estamos.

¿Os tengo que hablar de orgasmos? Eso hace subir la audiencia y le encanta a la derecha. ¿Quién se lo hace mejor? ¿La Nebrera o la chica del PSC metiendo la papeleta? Se preguntan los muy guarretes que todavía no han visto el spot electoral. Búscalo tú que yo soy una chica decente y española hasta la muerte sin pasar por la frontera, ni falta que hace, morena. Esto me decía mi abuela, seguidora del marqués que era fijo de Berlanga. Ahora no tiene fuerzas pero de ella heredé la gracia, y una casa en la playa. Por eso me voy a Sitges. La Nebrera tiene abuela, andaluza de Baeza, pero casi no la entiende.

¿Te han parecido interesantes los pornotubes electorales? Como siempre el análisis sutil en la blogosfera se hace presente de modo inteligente. Ebria me siento de encontrar lo que presiento

Yo prefiero a la Nebre vestida. Sobre todo de esta guisa. Con bandera y barretina. Me encanta esta chica. Ebria de libertad. Como yo escribiendo aquí. Liberada de ese blog /de ese grupo tan potente/ que no paga a los que escriben desde hace la tira de meses y además te autocensuras. Se queja Nebrera de eso, la dictadura en los medios. Me gusta tanto esta chica.

Alternativa sin votos.

Politécnica + Complutense = Solidaridad

24-noviembre-2010 · Imprimir este artículo

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La Universidad Politécnica de Madrid y la Complutense han firmado un acuerdo que se extiende a las asociaciones Solidarios para el Desarrollo e Ingeniería sin Fronteras para impulsar conjuntamente acciones de desarrollo en los países y sectores más desfavorecidos de la sociedad.

El objetivo de la iniciativa es establecer un espacio de colaboración desde el que las cuatro entidades trabajen conjuntamente para impulsar y coordinar acciones permanentes y eficaces de Cooperación al Desarrollo. La finalidad es contribuir a mejorar las condiciones de vida y la formación de las poblaciones con menor nivel de desarrollo humano.

Esta colaboración es consecuencia de un convenio suscrito por Javier Uceda, rector de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM), Carlos Berzosa, rector de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), Miguel Ángel Pantoja, presidente de Ingeniería Sin Fronteras-Asociación para el Desarrollo (ISF-ApD), y Cristóbal Sánchez, presidente de Solidarios para el Desarrollo.

La UPM y la UCM comparten el Campus de Excelencia Internacional en el Campus de Moncloa, una iniciativa conjunta de ambas universidades que tiene como objetivo transformar de modo sostenible este Campus en un referente internacional en investigación, formación e innovación.

El convenio suscrito permitirá mantener esta colaboración, y traducirla en convenios específicos de actuación. El objetivo, explicó Miguel Ángel Pantoja, presidente de Ingenieros sin Fronteras, es aprovechar las “sinergias de las cuatro instituciones para extender su actividad”. Junto a la UPM, universidad en la que surgió en 1991, esta ONG ha realizado acciones para promover el desarrollo humano y contribuir a mejorar las condiciones de vida de las poblaciones más desfavorecidas. Se suma ahora a este proyecto para impulsar actividades en defensa de la justicia, igualdad y los derechos humanos, ya que “no hay peor vulneración de los derechos humanos que la pobreza”, indicó su presidente.

Desde su creación, Ingeniería Sin Fronteras ha constituido uno de los instrumentos esenciales en la política de cooperación de la UPM, explicó su rector, Javier Uceda. Como muestra de este firme compromiso, la UPM creó hace unos años una estructura de cooperación y dotó a estas actividades de recursos presupuestarios, lo que permitió alcanzar un “cambio cualitativo” en la organización de la cooperación en esta Universidad madrileña.

Solidarios para el Desarrollo se creó hace más de 20 años integrando a miembros de las diferentes Escuelas y Facultades de la UCM. “La base social de esta asociación es la Universidad Complutense de Madrid y el ambiente universitario, su caldo de cultivo”, explicó su presidente, Cristóbal Sánchez.

El espíritu universitario impregna toda la actividad de esta asociación sin ánimo de lucro, que tiene entre sus fines la realización de actividades que redunden en beneficio de la humanidad, sobre todo de personas en riesgo de exclusión social, de los marginados, la infancia, los mayores, los indefensos y los empobrecidos.

El esfuerzo conjunto de las cuatro entidades permitirá la realización de proyectos, sensibilización y educación para el desarrollo, y la investigación, además de promover la concienciación de los universitarios y el voluntariado en torno a dichos objetivos.

14.000 becas para cursos de inglés

24-noviembre-2010 · Imprimir este artículo

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El Ministerio de Educación y la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) ponen en marcha el amplio programa de becas para realizar un curso de inmersión en lengua inglesa. Se concederán un máximo de 14.000 ayudas de entre 850 y 1.000 euros cada una para estos cursos de inglés de cinco días de duración (40 horas lectivas) y se desarrollarán de domingo por la tarde a sábado a mediodía. El programa cubre además el alojamiento en habitaciones dobles y manutención.

Un total de 10 ciudades serán sede de estos cursos que imparte la UIMP desde el 21 de marzo hasta el 12 de diciembre de 2011. En concreto tendrán lugar en Santander, Madrid, A Coruña, Cuenca, Valencia, Sevilla, Granada, Tenerife, La Línea de la Concepción y Barcelona.

Los grupos se compondrán de 15 alumnos organizados en tres niveles distintos, cada uno de los cuales dispondrá de tres profesores nativos que rotarán cada día. Asimismo, habrá un auxiliar de conversación por cada diez alumnos que además participará con ellos en las actividades, comidas y demás acciones en tiempo libre. Por lo que respecta al contenido del curso, será exclusivamente oral como figura en la convocatoria, e incluirá sesiones de conversación tanto individual con los profesores como sesiones conjuntas en las que participarán un máximo de siete estudiantes.

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Jameson Notodofilmfest

24-noviembre-2010 · Imprimir este artículo

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Un corto de Cesc Gay, protagonizado por el actor Álex Brendemühl y dos de Jaime Fesser han inaugurado la sección “cortos del jurado” del festiival de referencia del cine breve nacional. Se trata de dar ejemplo y no lo han podido hacer mejor.

Se espera los trabajos del resto de los miembros jurado (Daniel Monzón, Mar Coll, Álvaro Fernández Armero y Miguel Bardem). Lujo español para juzgar a los cineastas que vienen. Será en corto, son anticipo o aperitivo, pero también arte en si mismo, de lo mejor que se está haciendo detrás y delante de una cámara.

En el primer corto exclusivo del jurado para el festival, Gay se acerca con humor y sarcasmo a los entresijos de la preproducción de un cortometraje llegándose a convertir incluso en personaje de la trama.

Pero hay más noticias relacionadas con Notodofilmfest. Nada más y nada menos que Fernando Trueba escribe el pie de acto de un guión para la categoría Una Película De, en la que ya se puede participar. Además, se inaugura una nueva categoría: el Premio John Jameson, un galardón que reconocerá al corto más atrevido.

El festival ha incrementado en un 24 por ciento el total de películas vistas, registrando 470.000 cortometrajes visualizados en la red desde que esta edición comenzara el pasado 27 de septiembre. Ya se han presentado casi un centenar de cortometrajes a concurso. El plazo de recepción de películas finalizará el próximo 21 de diciembre.

Jameson Notodofilmfest es un festival de cine que nace en el año 2001 con la vocación de apoyar y servir de escaparate a los jóvenes creadores audiovisuales a través de un nuevo medio, internet; y que además rompe con las barreras de producción y distribución de películas.

Jameson Notodofilmfest es una iniciativa de Notodo.com a partir de una idea original de Javier Fesser: un festival que pone Internet al servicio del cine como fórmula para descubrir el nuevo talento, para poder experimentar con un nuevo medio al alcance de todos, y para conseguir una muy amplia difusión.

Con ocho ediciones a sus espaldas, Jameson Notodofilmfest es ampliamente reconocido en España como la convocatoria de referencia del cine en Internet.

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Sobre la infelicidad de la obra

24-noviembre-2010 · Imprimir este artículo

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Todavía es posible imaginar, cuando la escuchamos quizá en el metro tocada por algún músico ambulante, la felicidad absoluta que debió acompañar a la creación de una obra como, por poner un ejemplo muy conocido, la Primavera de Vivaldi. La palabra “acompañar” es sin embargo aquí inexacta: mucho más que añadirse, tal felicidad debió ser el acaecimiento mismo, el desplegarse fisiológico de la melodía. En efecto, como en ocasiones se ha señalado, las reglas no fueron durante el clasicismo la ocasión de un constreñimiento, una limitación o una imposición que adviniese desde fuera a la construcción de la obra. Fueron, de hecho, mucho más, la felicidad de la obra, su armonioso reticulado de retornos, su respiración misma o la urdimbre inmóvil de su milagro.

Todo eso es lo que habremos perdido. Si hay todavía una felicidad de la obra, cosa dudosa, al menos para las obras realmente importantes, esta felicidad ya no coincide con la obra, no encuentra ya su momento ahí, sino en otro lugar, antes o después o a un lado, pero en todo caso en un enclave al que la obra no puede acceder sin haber cesado. Dice F. Kafka: “Es seguro que todo lo que he ideado anticipadamente, con buen ánimo, palabra por palabra, o bien de modo incidental pero con palabras precisas, al intentar transcribirlo en mi escritorio, queda seco, alterado, inmovilizado, molesto para cuanto me rodea, pero sobre todo fragmentario, aunque nada haya sido olvidado de la idea original. En gran parte esto se debe a que sólo ideo algo bueno cuando estoy libre de papel, sólo en el momento de exaltación, más temido que deseado, por mucho que realmente lo desee; a que luego, sin embargo, la plenitud es tan grande, que debo renunciar, o sea que sólo extraigo de esa corriente torrencial lo que puedo tomar a ciegas, azarosamente, de suerte que lo obtenido, al escribirlo con reflexión, no es nada comparado con la plenitud en la que cobró vida, es incapaz de dar salida a esa plenitud, y por ello resulta malo e incómodo, porque atrae inútilmente” (15/11/1911).

En este caso la felicidad de la obra parece que está antes de la obra, el momento de un entusiasmo eufórico y henchido que, sin embargo, a la vez, presenta algunos rasgos inquietantes. Si se trata de algo desmesurado, de una plenitud o exaltación, también es algo temible y aterrador, “por mucho que realmente lo desee”, según dice, y una fascinación que a la postre resulta inútil y hostigante. Finalmente, se trata de algo vano y vacío, algo en lo que coinciden la euforia torrencial y el vértigo de la nada. O más bien, ocurre que fundamentalmente es un movimiento irreductible a la reflexión y a la obra, aquello que la obra comienza por traicionar y que no puede decir, pese a que en ella “nada haya sido olvidado”. Hay la previsión o la promesa de la felicidad, pero que sólo se da a costa de quedar interrumpida. Hay el anuncio o el brotar espontáneo de algo que parece prometer o prometerse a la obra, a la realización, como hecho de la misma sustancia que ella, “palabra por palabra”, sólo habría de acoger y desplegar o reflejar, pero que en cambio no se deja “transcribir”, resiste a la obra y permanece, acaso, en ella, pero tan sólo como lo que no ha dicho.

La plenitud es entonces a la vez un hiato, un esguince, una interrupción. La felicidad es lo que no tiene continuidad ni comunicación, el riguroso afuera de la obra. Si comparece en la obra, es para arruinarla. Esta exigencia nueva del exilio, de la página en blanco o del fragmento, es lo que ha desplazado al sistema de retornos en el que lo dicho encontraba, a cada momento, su lugar. En esta interrupción de la obra, en esta obra imposible, infeliz, es donde comparece ahora la literatura: en la posibilidad para ciertas obras de asimilarse a la ruptura que les ofrece ocasión, y de la que asumen, en adelante, una consistencia plenamente exterior. La felicidad como tal es lo fragmentario, “sobre todo lo fragmentario”. Todo lo que define a la obra, la completitud, la unidad, la organicidad, y en cierto modo todo lo que ella vehicula, es infeliz y traiciona y falsea su verdad. Sólo la interrupción radical de la obra es, puede ser, feliz, pese a ser inútil y vacía, fascinante.

Pesadilla entre los brazos de la muerte

24-noviembre-2010 · Imprimir este artículo

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Su madre le ha tapado la boca con la bufanda antes de salir casa. “hay que cerrar la puerta, que se escapa el gato”. Va de la mano con su padre camino del colegio y ante él aparece un paisaje de pasamontañas y botas de goma, de niños sobreprotegidos a los que apenas si se les ven los ojos.

Las lombrices del charco lo saludan divertidas sabiendo que no tiene tiempo para molestarlas partiéndolas en dos o en tres, según el aburrimiento, según la crueldad infantil.

De pronto un hecho sorpresivo y misterioso le hace olvidar su nostalgia del barrizal y de los cebos que en él habitan. De la boca de su padre, aún soñoliento, escapa una bocanada de humo. ¿Desde cuando es un dragón?

Imagina unos hombrecillos haciendo fuego en un hueco del estómago, junto al píloro. Han conseguido hacer lumbre pese a las oleadas nefastas de jugos gástricos; en ella, calientan sus pequeñas manos subdesarrolladas. Uno de ellos canta una canción marinera y las tripas de su padre, que aún no ha saboreado el primer café de la mañana, rutan completamente desconsoladas.

Una nueva bocanada escapa de la boca del progenitor. El pequeño busca sin resultados una pipa o un puro, imagina volcanes y úlceras de hiato.

Acostumbra a tener pesadillas en la oscuridad, pero el cielo raso de los días nevados es también alucinante.

Está apunto de mearse encima, cuando el nudo que su madre hizo en la bufanda amaina y su boca y sus dientes de leche, algo temblones, quedan al descubierto.

Cuando observa que también él es capaz de producir alguna que otra fumarada, adquiere la conciencia de ser monstruo. Una conciencia que acompañará el cambio de la voz, el crecimiento vello genital y la primera erección un día al despertar. Da miedo hacerse mayor.

Se abraza dentro del anorak como para que ningún carterista le quite la infancia.

Ilustración: Aarón Lobato

Un ejercicio de imaginación

Hagamos un experimento mental. Imaginemos a Johann Einhach Vorbild. Johann vive en Munich, en 1930. Johann entra por accidente en un armario dimensional. Tras cruzar un túnel lleno de estrellas, Johann aparece en los multicines de un centro comercial de Madrid.

Johann, que es todo un cinéfilo, busca marquesinas con nombres como Lang, Murnau o Wiene pero sólo encuentra los carteles de Híncame el Diente, Salt, Resident Evil 4: Ultratumba o Step Up 3D.

Y si el desdichado Johann quisiera saber quién ha dirigido estas películas necesitaría lupa y paciencia para bucear en un muro de texto tamaño pulga hasta encontrar su crédito. A menos, claro, que estuviéramos ante una película del director de Batman.

Si Johann hubiera crecido en nuestra época, le habrían influido películas como Blade Runner, 2001 ó Pulp Fiction; constituirían los raíles de la mayoría de filmes que se verán de finales del S. XX a principios del XXI. Y no es de extrañar, porque los directores de esas películas se han alimentado directamente de los grandes (John Ford o Hitchcock) y, tras admirar y adquirir la técnica, han creado sus propias obras maestras que marcan en sí un hito del cine contemporáneo.

Los inicios del “Cine de autor” están marcados por grandes directores; tanto Eisenstein como Griffith sentaron las bases de todo el lenguaje de la imagen en movimiento, pilares que hasta el día de hoy constituyen la Biblia del cine. Esos creadores ganaron la reputación y el renombre de “padres”.

Pero habría de pasar poco tiempo para que las tornas cambiaran; poco después surge en el celuloide un acontecimiento no ocurrido hasta el momento. Algo en la pantalla hace redirigir la atención del espectador del continente al contenido. Un tipo que nos mira directamente con un pequeño bigote pintado con betún, sombrero ajado, bastón y ropa harapienta, requiere toda la atención del espectador. La gente ya no va al cine a ver la ultima película de su admirado director, no se aprecia la sombra o voz que da órdenes al actor por detrás, cómo está enfocado el ángulo, ni si la luz está bien proyectada; todo el mundo va a pasar un reconfortante rato con Charles Chaplin. La industria cinematográfica comienza a redirigir su mirada al actor, que poco a poco tendría más peso en las cifras de beneficios que el propio director.

El tiempo y la taquilla han dejado claro que hay actuaciones que hipnotizan en la pantalla hasta el punto de ejercer en el espectador un efecto de única atención. Pero ¿hasta qué punto se compra una entrada en taquilla porque el protagonista de la obra es Brad Pitt? No sólo resulta reclamo el magnetismo o galanería personal; sino que se reconocen en esa persona -más que su atractivo- su profesionalidad, su versatilidad y capacidad de idónea adaptación a los papeles encomendados. Con el tiempo los roles han cambiado; y el reclamo principal de la cartelera que se estrena todos los viernes es el actor protagonista, más quizá que el propio director de la obra.

Esta tendencia alcanzó el paroxismo del delirio a finales de los años 80, llegando hasta bien entrados los dosmiles, con actores que han construido toda su carrera en torno a un mismo personaje con diferentes nombres. Johann podría pasar una vida entera con Bruce Willis, Julia Roberts, Robert DeNiro o Drew Barrymore y no distinguirlos de sus personajes habituales. Y el espectador medio encuentra tan familiares a estos character actors que no se pierde una de sus películas, votando con su dinero por las apuestas seguras y asfixiando la creatividad de un medio al que en otro tiempo llamaban la fábrica de los sueños.

El papel e importancia del director, por otra parte, se ha transfigurado de manera clara a lo largo de las últimas décadas. Si bien en un principio era él el que organizaba y controlaba cada detalle de su película, la libertad para obrar que tiene actualmente es más reducida de lo que se desea. Directores como Hitchcock, Orson Welles, Kubrick o Tarantino son excepciones; su impronta queda patente más allá de las productoras.

El cine es, a partes iguales, industria y arte y los proyectos más creativos a menudo son de financiación independiente.

Johann lo tendría complicado para ver una buena película de autor, sin directa intermediación de empresarios que velan por intereses meramente comerciales.

¿Alquien se anima a acompañar a Johanna los Cines Renoir?

Elogio de la fugacidad

24-noviembre-2010 · Imprimir este artículo

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“Convertidas en humo

llegarán a la gloria

precaria e inestable del bosque de las nubes”.

Un dibujo de octubre.

“Soy extranjero en esa tierra. En todas

seré extranjero. Al regresar, mi patria

habrá cambiado. Y no estaré ni estuve.

Mi única tierra es una calle ajena

de hojas aún verdes que el otoño entrega

al hondo invierno y a su helada lumbre”.

Old Forest Hill Road.

“En un mundo erizado de prisiones

sólo las nubes arden siempre libres.

[...]

Tejidas de alas son flores del agua,

arrecifes de instantes, red de espuma”.

Nubes

“Suprema

sabiduría de la embriaguez:

El clavo

que ha bebido pared

durante muchos años rencorosos,

de repente se dobla y se viene abajo

con su carga de pesadumbre”.

Clavo

Se tiende a decir que los premios literarios (y los no literarios también) están dados de antemano. El rumor, sin duda, tiene mucho de envidia, pero se sustenta en casos flagrantes de injusticia y descaro. Sin embargo el libro que ha caído en mis manos es el ejemplo vivo y claro de que ciertos jurados saben identificar y galardonar grandes obras y trabajos, y que no todos los premios son iguales, sino que cada uno tiene su carácter, su personalidad, casi casi como los seres humanos.

Elogio de la fugacidad es la selección de una poética de gran calidad, de una Literatura pensada, sentida, que fluye por las venas del escritor, que no son las del juglar, pues José Emilio expone en sus versos que no recitará su obra, pues uno de sus objetivos es que encuentre otras voces que la declamen, que sus “palabras sean tu voz”, como indica en Contra los recitales.

De esta antología queda, para mí, un sabor bastante concreto. A pesar de los diversos poemas, formas estróficas y temas, queda un leit motiv: lo pasado, la ruina, lo destruido, el adiós. Lo señala en Contraelegía:

“Mi único tema es lo que ya no está.

Sólo parezco hablar de lo perdido.

Mi punzante estribillo es nunca más”.

En algunas ocasiones se puede rastrear una cierta ironía y/o un humor tranquilo, pero otras el poema es una pura melancolía reflexiva que deja al lector sumido en una niebla de pasados (nunca grandiosos o idealizados, sin embargo), una niebla que imprime un respirar vago, una especie de atmósfera amniótica o somnolienta. Una nostalgia contagiosa aunque no se sepa muy bien de qué, seguramente del mero hecho de que “no volverán”. (Sólo un grande se atrevería hoy en día a rescatar el poema becqueriano, si es que de tal se trata, como entiendo).

José Emilio Pacheco, vate de las palabras precisas, escoge bien cada término, con mimo, con atención de entomólogo o precisión de cirujano, con paciencia de constructor de miniaturas. De hecho admira este trabajo selectivo de amor a la lengua en otros como Gustave Flaubert, a quien canta en su centenario. Detallista, cuidador del idioma, no presume ni va en pos del término rebuscado para presumir de cultura. Transmite aquello que desea de la forma más directa, aunque sea también una forma herida mortalmente (ruinosamente) de belleza, metafórica. Poesía en estado puro con ritmos tan musicales algunas veces que uno se deja llevar igual que por la nostalgia o sensación de lo perdido.

Se muestra, también, “amigo” de los poetas muertos, de quienes cree que ayudan a quien escribe, inspirándole, velando, observando por encima del hombro inclinado del autor. Una vez más lo que ya se fue permanece, está la memoria, la ruina, el recuerdo, la reminiscencia que nos hace evocar ese naufragio del que ni siquiera quedan los restos del barco, tragado definitivamente por la noche.

Hacia el final del libro los poemas se amargan ligeramente, y el indigenismo, a la par que la remembranza de crímenes que nadie recuerda y la pérdida de los cielos limpios y los aires puros vuelven más angustioso su tono, justamente para dejar un poso profundo sobre el que flotan ciertos hilos de la nostalgia que impera en casi tres cuartas partes de la antología.

Una obra de gran belleza, inteligencia, calidad, profundidad y veracidad para leer en las tardes nubosas y oscuras del otoño como quien acompaña el verano con las aguas salinas del mar, momento propicio.

Elogio de la fugacidad.
Antología poética. 1958-2009.
José Emilio Pacheco.

Foto | Historias Inflamables
Fondo de Cultura Económica 2010.

Félix Rodrigo Mora (o la Disidencia)

24-noviembre-2010 · Imprimir este artículo

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Por Frank G Rubio y Javier Esteban. Ser desobediente es una rareza en estos tiempos de sometimiento. Intelectual y luchador, el escritor Félix Rodrigo Mora es una rara avis. Experto en la edad media y en la cultura rural, acaba de sacar un libro sorprendente. La democracia y el triunfo del Estado (Editorial Manuscritos) no deja títere con cabeza.

Leyendo su obra, no tenemos la impresión de vivir en el mejor de los mundos posibles, sino en una civilización terminal de esclavos… Por lo que dice en su libro, la sumisión de la población de las grandes ciudades aparenta ser total: ha emergido una nueva especie de hombre dócil, una especie de termita humana.

La noción de “modo docilis” no la he inventado yo pero, en efecto, vivimos en una sociedad servil, poblada por desventurados sujetos cuyo rasgo definitorio es el servilismo, la desestructuración intelectiva y la mudez: tales son las consecuencias de la proscripción de la libertad de conciencia por “la sociedad de la información y el conocimiento”. Recuperar aquella, que es el fundamento mismo de la libertad política y de la libertad civil, asimismo inexistentes (salvo como parodia), resulta perentorio para rehacernos como seres humanos. Ello exige una gran revolución política y axiológica, que es lo que preconizo en La democracia y el triunfo del Estado.

Quizá llamamos democracia a la dictadura más potente que ha conocido la historia… Usted habla de 250 años de dictadura total.

No existe la democracia sin comillas donde todo el poder de decidir reside en ciertas elites, en una amalgama de jefes del ejército y de las policías, altos funcionarios de los Ministerios, jerarcas del aparato universitario, jueces y magistrados por nadie elegidos, directores de los media, intelectuales subsidiados, supuestos genios del “arte” extravagante, politicastros profesionales y grandes capitalistas. Ellos disfrutan de un poder omnímodo, como nunca ha existido en la historia, de manera que ejercen una dictadura política total, que encubren con un simulacro de participación y representación. Este sistema, que organiza la infausta Constitución Española hoy vigente de 1978, se estableció por vez primera con la Constitución Política de la Monarquía Española de 1812, y es la negación más rotunda de la libertad política.

¿Desde cuándo se hace trasparente el estado de dominio bajo el que vivimos? Usted habla de un punto de inflexión cuando se procede a la desintegración de la comunidad popular rural tradicional, aniquilada por la modernidad…

Para la gran mayoría, intelectivamente triturada por el más grande aparato de adoctrinamiento de la historia, que ha reducido a nada la libertad interior, tal estado de dominio no se ha hecho, por desgracia, transparente, y no es fácil que se haga alguna vez, salvo con una revolución política que asiente un régimen de libertad de opinión, expresión e información equitativo para todos, destruyendo los actuales monopolios educativos, mediáticos, partidistas, de la industria del ocio y otros varios. El actual sistema lo instaura la revolución liberal y constitucional, que continúa el orden despótico del Antiguo Régimen pero haciéndolo incomparablemente más potente y agresivo. En ese tiempo, en efecto, su adversario fue la sociedad rural popular tradicional, dado que a ella pertenecía el 90% de las clases populares.

En el caso español, usted achaca todos los males al liberalismo.

No, al aparato estatal: ha sido éste, en particular su cuerpo principal, el ejército al que acometió esa gran carnicería que fue la revolución liberal y constitucional, con los tristemente famosos espadones al frente, de Riego a Franco (el franquismo es el último capítulo de aquella, realizado bajo la cobertura de la ideología fascista). El Estado, ya desde el siglo XVIII, con la Ilustración, es el responsable de la sangre vertida en nuestra historia, desde hace más de 250 años, el mismo que ahora se disfraza de Estado de bienestar, mojiganga que cuenta con el aplauso entusiasta de la izquierda e izquierda radical, para las cuales ni la libertad ni la condición humana ni la civilización son nada, puesto que su meta es satisfacer los apetitos del vientre.

¿Es usted un ultramontano, un retrorromántico, un roussoniano, un anarca?

Desde los 18 años he estado en primera fila de las luchas obreras y populares, y en ello sigo. No tengo ideología concreta, y no deseo tenerla, porque las heredadas del pasado son más o menos erróneas e insuficientes. Necesitamos una nueva cosmovisión que oriente la lucha por la libertad de conciencia, política y civil. Mi mundo es el rural castellano, hecho de campos de trigo y centeno, de encinares y hayedos, de iglesias románicas y casas de piedra, de prados comunales y sistemas de ayuda mutua, de asambleas concejiles, fiestas por participación, afecto de unos a otros y miles de años de historia. Mi sistema de convicciones es sencillo, pues se fundamenta en la libertad, la verdad, la sociabilidad, el bien moral, el esfuerzo desinteresado, el colectivismo y la virtud, es decir, en todo lo que la sociedad actual denuesta y atropella. Mi libro de cabecera es Los deberes, de Cicerón, y leo con gusto a Simone Weil, en particular cuando la recuerdo incorporada a la columna Durruti.

¿Cuál sería el papel de los intelectuales (la pedantocracia, como la llama usted) en relación a este fenómeno de dominio y control sobre las poblaciones?

Tampoco he inventado el vocablo pedantocracia, que nombra el poder, tan inmenso como ilegítimo, de los sabelotodo en las sociedades de la modernidad. Ellos han hecho una contribución fundamental a la destrucción de la verdad concreta, la erradicación de la sana sabiduría popular, la conversión de las gentes en una masa informe de seres irreflexivos y sometidos, la sustitución del saber verdadero posible, experiencial y reflexivo, por un sinfín de teorías, nociones abstractas y sistemas doctrinales que han triturado la capacidad del sujeto medio para pensar por sí mismo. A través de la lucha por la verdad concreta, nos espera la tarea de ir constituyendo paso a paso un nuevo saber ateórico, que ha de provenir en primer lugar de la experiencia.

¿Qué opinión le merecen los canonizados por el género intelectual, los santones Habermas, Foucault y Derrida?

Son eso, santones, sin apenas ningún mérito en el terreno intelectual, profesores-funcionarios cuyo rasgo común es el odio a la verdad por mor de la razón de Estado. Habermas es un socialdemócrata, tan ramplón como el resto; Foucault un funcionario del aparato universitario que deseaba hacer una carrera profesional exitosa perorando sobre “las barricadas” y Derrida un pérfido que, careciendo de cultura y moralidad, se gana el pan denostando todo lo que es bueno y elevado, la amistad por ejemplo, azuzando la guerra de todos contra todos, imprescindible para el poder constituido. Sus libros son un compendio de atrocidades tediosas, que han logrado imponer porque son funcionarios del Estado, con un poder descomunal. Despojados de ese poder no son nada, meras nulidades intelectuales que en una sociedad con libertad de conciencia causarían sorpresa y risa. Pero su tiempo ya ha pasado.

Usted es un estudioso de la edad media, hablemos del concejo abierto como alternativa a la falsa democracia que padecemos.

El régimen concejil, en efecto, fue un sistema de gobierno por asambleas, aunque con un embrión de monarquía, surgido en la Alta Edad Media (no existió en al-Andalus, donde el orden político era despótico y militarizado), el cual ha perdurado hasta nuestros días. Nótese que de él jamás se trata en las escuelas, de tal manera que algo tan decisivo es desconocido por la gran mayoría. Pero sean cuales fueren las mentiras académicas, el esplendor y sublimidad del régimen de concejo abierto están ahí, y nadie lo podrá mancillar. Además de La democracia y el triunfo del Estado, mi libro Naturaleza, ruralidad y civilización (del que ahora preparo la segunda edición) se refiere a él, que es lo más magnífico y épico de nuestro pasado.

¿Qué ideas rescataría usted como inspiradoras de la tradición rural? ¿Es ella una alternativa a nuestros modos de vida o una simple alucinación?

El mundo rural popular tradicional está ya muerto, lo han aniquilado la monarquía “absoluta”, la Ilustración, el liberalismo, la I y II repúblicas, el franquismo y el vigente parlamentarismo, esto es, el ente estatal en todas sus formas. De ese modo 1.200 años de civilización han sido desbaratados para imponer el actual orden de incivilidad y barbarie. Ahora nos queda recoger sus aspectos positivos. Entre ellos destacaré: el régimen de autogobierno por asambleas; la centralidad de la propiedad comunal, colectiva o concejil; el espíritu de convivencia, reciprocidad y ayuda mutua; el respeto por el medioambiente; la austeridad, autodominio y templanza; el aprecio por el vigor físico y el trabajo manual; la vitalidad y alegría proveniente de la optimización de la convivencia; la desconfianza hacia el dinero y la riqueza material junto con el aprecio por los bienes y cualidades espirituales, el recio humanismo, que hacía de la persona lo más importante; la ausencia de sexismos; el cariño por las niñas y los niños; el amor por las y los ancianos. Fue una sociedad convivencial, en la que lo determinante era el afecto y amor de unos a otros, justo lo contrario que la actual, que busca ampliar el desamor, aborrecimiento y rencor de todos hacia todos, para que, al ser incapaces de estar juntos y convivir, el Estado maximice su poder, siempre ilegítimo, de ordenar y mandar.

Una cuestión conspiranoica: usted sostiene que hay unas fuerzas empeñadas en la trituración de los fundamentos últimos de la vida. ¿Quiénes? ¿Cómo? ¿Por qué?

El aparato estatal, desde su reconstitución en el siglo XIII hasta hoy, no ha hecho más que crecer, en lo cualitativo y cuantitativo. Una prueba de ello es la progresión de, por ejemplo, la policía, descomunal desde 1812 precisamente. Eso es algo que se puede exponer con simples datos y mi libro lo hace, pero quien desee estudiarlo en autores consagrados tiene una obra de expresivo título El Poder. Historia natural de su crecimiento, de Bertrand de Jouvenel. También están Platón, Maquiavelo, Hobbes o Nietzsche, sin olvidar a la izquierda estatolátrica, lanzada a constituir un mega-Estado que sea el naufragio completo de la libertad y la rectitud moral.

Contra toda esta “realidad”, ¿qué se puede hacer? ¿Hay luz al final del túnel?

Creo más en la lucha que en la victoria. Todo logro es finito y decepcionante mientras que la lucha permanece siempre. Nos constituimos a través del esfuerzo desinteresado y el servicio a causas superiores: así nos hacemos lo que somos, seres humanos. No deseo, pues, tanto hallar la luz al final del túnel como exhortar a formular un compromiso interior, de cada uno de nosotros y nosotras consigo mismo, sobre que hemos de esforzarnos y luchar por la libertad, la verdad, el bien, el autogobierno y la virtud durante toda la existencia, sin desear nada, personal o corporativo, a cambio. En definitiva, mi concepción del mundo se expresa en una frase de Simone Weil, “el sufrimiento salva la existencia”.

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