Vértigo,

asomarse a todo lo que cabe entre un Dama Blanca

Suena Virgen de la Caridad, del Trío Matamoros.

y una Viuda Negra

Foto: Telegraph.co.uk

Suena Chor Javon Four Fellas de n.A.T.o.

Tango

El tango es pasión por la vida. Es “Voluntad de Poder”: esa fuerza volcánica y arrebatadora que nos embriaga en su inigualable espectáculo de belleza. Nos sobrevuela por su alada esencia rindiéndonos ante él. Y se sitúa, como un dios, en la más elevada cumbre riéndose del resto de los mortales. El tango envuelve todo y todo queda engalanado de él. Gracias a él la vida se normaliza. Todo está bien después de un buen tango. La pena amarga ahoga como si de un buen vino se tratase… “Todos los éxtasis convoca” –que diría Baudelaire.

Y es ante todo: Ese caminar abrazados en la soledad –como lo define el poeta Rafael Flores Montenegro. El abrazo que nos reconforta, que nos da vida y alma… capaz de devolvernos hasta la inocencia. Es también el sueño de la más vera utopía: un entrañable abrazo de culturas.

El tango es el dios que abraza en lo más profundo de su ser lo Dionisíaco y lo Apolíneo a un tiempo:

En lo referido a su lado Dionisíaco, es un abrazo intimísimo desbordado de sentimiento. Es la expresión de un poema extraído de las “Flores del mal”. Es pasión, locura y deseo. Un diálogo profundo, cómplice y extremado en sensualidad. La manifestación de selecta y exquisita elegancia. Sobre todo es: silencio. Oceánico silencio colmado de misterio. De secretos que jamás llegan a develarse y quedarán para siempre salvaguardados en noches boreales. Es hacer el amor en cada gesto: la entrega a través del alma y del último recodo estremecido de tu cuerpo. Es volar… “Soñar y nada más”.

Por otro lado -y ya en su aspecto Apolíneo-, el tango es técnica. De esta manera se nos aparece como una superación a cada instante. Un ejercicio de perfección sublime. Sería, en este caso, la belleza formal e inefable de versos Gongorinos: “A batallas de amor / campo de pluma”. Versos de materia divina, como de dioses es también el movimiento preciso y exacto del tango -técnicamente hablando-, por ejemplo: ese eje que tanto cuesta no perder. Aquí la pasión cede el protagonismo a la razón. Sin ella se producirían “monstruitos” danzantes.

Pero lo cierto es que ambos aspectos han de estar presentes a la vez. Si no está la técnica: haremos el pato en la pista. Si está ausente la pasión: nos faltará vibrar… nos faltará el latido de la vida… “L´élan de la vie” -que diría Bergson.

Logrado todo lo anterior se alcanza el éxtasis milonguero de sobrevolar el tango. Lo que me empeño en llamar el Punto A. Me refiero -metafóricamente hablando- al “Punto Arquimédico”: ese punto desde el cual poder agitar la tierra de lugar.

Los nacionales sin Nación

25-marzo-2010 · Imprimir este artículo

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Cabalgar nuestro propio destino. De las naciones a las redes: jinetes neovenecianos. La nación red, que no es Nación, está habitada por unos seres autosuficientes que escoltados por una princesa han atravesado el desierto. Nadie es la patria. Ni siquiera el jinete. Nos vemos en otra aventura (más). Saludos desde el desierto.

Viaje al corazón del mendigo, o el sentido de la vida.

San Martín y el mendigo. El Greco. (Detalle)

Hay viajes que se hacen corazón adentro, que nos llevan a replantearnos nuestro día a día… aunque sólo sea durante unos segundos. Nuestras prioridades y preocupaciones vienen marcadas muchas veces por asuntos de escasa importancia, aunque no somos capaces de verlo. La inmediatez de las pequeñas cosas las hace tomar peso y volumen a nuestros ojos. Los pintores del Románico, o los egipcios, por ejemplo, atendiendo a la simbología, representaban de mayor tamaño a los personajes de mayor importancia, aunque estuvieran en la misma línea que el resto. Desde el punto de vista técnico no habían aprendido o desarrollado la perspectiva; desde el punto de vista emocional no habían desaprendido todavía. Asumimos nuestra salud, por ejemplo, como una obligación que se nos debe, un bien adquirido de tal manera que ni siquiera es un bien por el que dar gracias, en el que pensar. La nuestra y la de los nuestros. Es algo sobre lo que se ha hablado mucho y muy a menudo, pero no por ello es menos cierto y, lo que es peor, no por eso lo aprendemos y lo disfrutamos. Pero no se trata sólo del bienestar de nuestro cuerpo.

Hay viajes que no se hacen subiendo a aviones, ni a trenes, conduciendo automóviles o reservando camarotes de primera, sino mirando a nuestro alrededor. Fijando bien la vista y pensando sobre lo que hay frente a nosotros. Pero cuesta hacer cualquiera de las dos cosas, no digamos ya hacerlas simultánea o consecutivamente. Nos obsesionamos por un ascenso, por un modelo de coche, por el último disco de nuestro cantante favorito o por conseguir entradas para el último concierto que dará en nuestra ciudad. Dejamos que la posición de una fotografía nos amargue el día y discutimos por la forma en que doblamos las camisetas. Obviamos decenas de detalles que nuestros seres queridos tienen con nosotros a lo largo del día, pero nos enrabietamos cuando no conseguimos ponernos de acuerdo. Cientos de pequeños disgustos son tan absurdos como innecesarios. Pero seguimos sin entenderlo.

A lo largo de la semana tan sólo tengo unos segundos de lucidez en que consigo comprenderlo. Hago un viaje al sentido mismo de la vida y recibo una luz que aprovecho apenas. Tengo la costumbre familiar de visitar todas las semanas una pequeña y antiquísima iglesia de las muchas que pueblan mi ciudad, Madrid, de la que siempre prometo hablar. Allí hay una imagen muy venerada por el pueblo madrileño, cuya boca entreabierta transmite una respiración dolorosa pero contenida de aceptación de un Destino grande como ninguno pero sacrificial, doloroso. Sin embargo, no es la talla la que me hace reflexionar, aunque el lugar, como templo, invita al recogimiento.

En las inmediaciones del edificio y de su torre de ladrillo hay, siempre que voy -probablemente porque soy hombre de costumbres que tiende a volver a las mismas horas a los mismos lugares- encuentro tres pobres cuya imagen me duele. Gracias a ellos soy persona, aunque sea tan sólo unos segundos. No se trata de que sean gente sin dinero o sin trabajo, los pensamientos que esto me provoca los puedo tener en cualquier vagón de metro, en cualquier esquina del centro de nuestra ciudad o de muchas otras del mundo donde los desfavorecidos esperan con la mano extendida un giro de la fortuna o sencillamente la consecución de la supervivencia un día más. No se trata tampoco de que procedan de otro país (¿quizá Rumanía?) lo que me lleva a considerar las diferencias que el mismo nacimiento implica para las personas y sus posibilidades, algo tan arbitrario como triste. Se trata de la pureza de sus miradas, de la claridad de sus ojos, tranquila aunque melancólica. Hay luz en sus rostros. En los tres rostros. Son dos hombres y una mujer. Jóvenes. No entraré a describirlos pues no es mi intención que se los identifique, baste decir que son diferentes entre sí, pero transmiten bondad, resignación, aceptación de su existencia. Con lo cual tampoco deseo decir que no quieran mejorar su situación, o que se hayan acomodado a que otros les den lo imprescindible para vivir. No. He hablado con ellos brevemente y sé que buscan empleos, que se mantienen gracias a instituciones religiosas que los acogen por las noches, que cuando consiguen encontrar alguna actividad laboral envían dinero a sus familias. Su salud es precaria, sobre todo la de uno de los hombres, lo cual no es sorprendente puesto que aguantan los días de lluvia y de frío, a veces envueltos en una manta, apenas cubiertos a la espera de la generosidad de los que visitan la iglesia. Pero a pesar de todo, sus voces, sus palabras transmiten una serenidad del alma, una sencillez de deseos que me parte el corazón. Por comparación me siento vacío, hueco, egoísta, vanidoso, orgulloso de mi nada y mi pequeñez, mezquino y muy absurdo. Ninguno de los tres alcanzará siquiera la edad de Cristo, deberían tener todo el futuro por delante, todas las realidades para ser devoradas por sus cuerpos aún fuertes y vitales. Pero están, con su pequeño vaso de plástico (hasta la hucha es precaria), esperando la misericordia de quienes visitamos la iglesia, mirando al horizonte como quien tiene las esperanzas reducidas, vapuleadas, hechas a la medida de las circunstancias.

Cuando los veo se me olvidan todas mis historias, todas mis preocupaciones. Siento un gran deseo de abrazarlos, de invitarlos a comer, de charlar con ellos sobre su vida, sobre su país. Pienso en quién o en cómo podría ayudarles a conseguir un empleo, una situación menos precaria… aunque mi pensamiento no da frutos, lamentablemente. En su presencia se me llenan los ojos, y entro a la iglesia pidiendo perdón, de verdad, por mis pecados. Miro al rostro de la talla religiosa y busco en sus ojos la reprobación por mi incapacidad para aprender, por mi tontería obcecada, por mi cerrazón materialista. En esos instantes de veras siento el arrepentimiento por mi ambición o mi egoísmo, corto de miras, por ende. Quisiera ser el amigo de la Humanidad completa y viajo a los sentimientos más nobles de los que es capaz mi corazón. Mi anhelo es compartir, comprender, establecer lazos con quienes soy incapaz de hacerlo a lo largo de la semana. Me siento ahogado de agradecimiento por haber recibido tanto sin haber hecho nada para ello: el lugar de mi nacimiento, mi hogar, mis padres, todo el inmenso amor que me rodea, mi trabajo, la salud, los sentidos y todo cuanto se ha puesto frente a mí y que puedo disfrutar de forma continua, sin pagar más canon que la mera existencia. Todo es un cúmulo de pequeñas y grandes gracias que no sé valorar en su justa medida.

Se trata de un periplo luminoso, templado, una alucinación cálida que me recorre por dentro. Me brota una luz, un color blanco acongojado pero feliz al mismo tiempo.

Salgo de la iglesia para encontrarme de nuevo con sus rostros y desearles una feliz semana, que no pasen frío, que tengan suerte. Son tan agradecidos como dulces cuando te responden, y eso hace que uno vuelva a sentirse injustamente bien tratado por la vida. ¿Qué hice yo para merecer estas diferencias? Unos pasos más y los habré dejado atrás, y con ellos mi momento de claridad mental, mi regocijo del alma, mi girar el rostro a Dios y sentirme parte de algo cierto que va más allá de los estrechos lindes de este mundo inmenso. A los cien metros una taberna con azulejos representando cuadros de Velázquez y escenas chulapas disipará mis propósitos de enmienda. Al medio kilómetro las multitudes que abarrotan el centro de Madrid mantendrán mis sentidos ocupados para encontrar el camino sin ser arrollado. Me faltarán siete días para viajar de nuevo al corazón del mendigo libre de acritudes y envidias, pues así los imagino cuando leo en la claridad de sus ojos, verdes u oscuros. Siete días de oscuridad profunda en la noche del materialismo menos inteligente. Siete días envuelto en brumas y equivocaciones. Siete días estancado, por mucho que no deje de caminar y coger medios de transporte hacia todos los rincones de la ciudad o incluso de Europa.

Esta semana no podré visitaros, ni dejaros mi mezquina limosna. Pero he pensado en vosotros. Y me habéis devuelto, unos minutos más, el escalofrío de la vida. Ojalá pronto el mundo os sonría y, cuando lo haga, no se lleve, como mala marea, esa pureza transparente de vuestras pupilas cansadas.

Joven Mendigo. Murillo

Limpieza de bajos, novena imagen

unos vagos, inútiles, llorones, liantes, no recuerdo si por ese orden, y además que mueren pronto, dejando a la mujer con la carga de su féretro, toda una vida dedicada a ellos para nada, todo el día rezongando, borrachos, y mi hermana ahora sola, que decía, toda su vida dedicada a ese… y se callaba y se santiguaba… yo no tiño mi ropa, eso que gano, que los veo todos los días en Cáritas, todos señoritingos que se han comido hasta la vergüenza, vagos, vagos que sólo saben llorar, así va este país, nadie tiene cojones, a tomar por culo que nos vamos, te lo digo yo, todos los días, sí, mucha clase mucho apellido, drogados, borrachos, apolillados, que no sirven ni pa tomar por el culo, y miraba al seminarista que se encogía e intentaba escabullirse por el pasillo, pero no acusándole, que pa eso ya estaba yo, sino como buscando una connivencia en su mirada, una bendición de alguien que, supongo que suponía, estaba más allá de estas cuestiones terrenales, o así debería ser, si alguna vez lo fue, visto cómo está el percal en el clero, la de Dios, tú, y todos persignándose cuando deberían hacerse cruces a fuego en los bajos, pues muchos son como los políticos, que se pasan los votos por el forro, todo unívoco de palabra y equívoco en la obra, no como ella, pues su palabra tenía ley, esa ley que hemos olvidado, la ley del acto que es consecuente con la palabra, no con los vientos que soplan, aunque pa viento su voz, con la que el seminarista desplegaba alas buscando un refugio, es curioso, esta paisana tenía más cojones que todos los que presumen de ellos, lo que da buscarse la vida desde niña, desde luego más que el seminarista, vendida como criada a unos señoritos de Madrid, más que yo sin dudarlo, que no me los encontraba de olvidados que los tenía, y seguro que se cobró su pequeña venganza con esos señoritingos de los que hablaba, pues nunca dudé de su palabra, cerril muchas veces, pero con el peso de un epitafio, así era su mirada,

  • vago, vago, vago…
  • trabajo doce horas de noche, C., y tengo insomnio…
  • vago… a ti te cogía yo y te hacía currar de verdad, que eres un desastre… todo el día tirado en la cama leyendo mierdas, así no se va a ninguna parte… todos los días doy de comer a quienes se creen artistas bohemios… todos como tú, unos vagos que no han dado un palo al agua en su vida… Vagos…

sin apelación posible, pues es una de esas personas a las que nada puedes replicar, por muy listo que te creas, pues ella trabajaba también por las tardes limpiando oficinas, y al regresar se encerraba en su habitación a hacer cuentas, algo acojonante, alguien debería hacer un documental a esta gente, ahorrando desde los doce años para poder regresar al pueblo como una señora, se las sabía todas, aunque no supiese expresarse por escrito, bueno, como hoy en día y sin necesidad de hacer el paripé en una escuela, los títulos sólo sirven si se los da uno mismo, con esfuerzo y el trabajo interno, los demás, es cierto, sólo sirven para decorar, así se lo decía al seminarista, que estaba acabando un máster de cooperación humanitaria para irse a iberoamérica, supongo que con el objeto de hacer los votos allí, porque el de castidad, aunque después se pasase unos días buscando confesión, pero con un brillo especial en la mirada, no lo ejercía aquí, pues le daba el bajón, lloraba por las esquinas, quería irse pero no quería irse, ese era su dilema, y me temo que Chueca no se lo resolvía, aun cuando, en las últimas semanas antes de su partida, parecía que el trabajo de campo lo hacía en ese barrio, hasta que un día salió del salón con cara de iluminado y anunció su partida, al parecer le llamaron desde allí y le cantaron unas canciones, no voy a ser malo, tipo recital de los de antes, vía teléfono con guitarra y todo, y la patrona respiró, pues era el único al que permitía entrar al salón, que para los demás sólo se abría el fin de semana, si queríamos ver cómo lo limpiaba, pero sólo un momento, que si no te endiñaba una mopa, joder, el pastón que tenía encerrao en ese pedazo salón, no sé, tampoco entiendo cómo en muchos pueblos las casas tienen dos cocinas, un pastón,  lo dicho, para sólo utilizar una, y quizá, como muchos hoy en día, aun viviendo en urbanizaciones de lujo, para acabar comiendo en Cáritas, que de todo hay en este desmadre que ya preconizaba la patrona C., hace ya diez años, joder que tenía razón la paisa: todos unos inútiles, ufff… lo que hemos sido capaces de correr para llegar antes a la crisis…

Antonio Fernández Molina: 5 años de ausencia

24-marzo-2010 · Imprimir este artículo

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El pasado 20 de marzo se cumplieron 5 años de la muerte del poeta, escritor y pintor Antonio Fernández Molina (1927-2005). Y digo poeta en primer lugar, aunque añada después otros adjetivos, y digo bien, porque como tal se consideró con independencia de la disciplina artística en la que se expresara.

Después de su muerte varias muestras han recordado su vida y su obra en Zaragoza, Ciudad Real, Guadalajara, Madrid, Figueres, Alcázar de San Juan… Algunas han sido exhaustivas (con la intención de mostrarle en todas sus facetas: pintor, editor, crítico, poeta, narrador, cinéfilo, creativo impeniente…) como la realizada, a los pocos meses de su desaparición, en el Paraninfo de Zaragoza bajo el título: El poeta multiplicado. Otras se han ocupado de aspectos concretos de su obra como: Visiones poéticas, en la Galería Aleph de Ciudad Real, donde se mostró una selección de su obra gráfica.

Durante estos 5 años Ester Fernández, una de sus seis hijas, ha elaborado diversos textos para acompañar  estas exposiciones-homenajes. Ella nos ha regalado acercamientos a la obra de su padre desde diversas ópticas, acompañada en ese camino, cuando así ambas lo han estimado oportuno, por Josefa Echeverría, esposa y musa del poeta. También se han abierto al mundo calles con el nombre del poeta en Zaragoza y Alcázar de San Juan, localidad de nacimiento del autor y corazón de la mancha.

La última vez que vi a Fernández Molina fue un viernes durante la caída de la tarde. Me acerqué a su casa, en la calle Zurita de Zaragoza, junto al poeta José Antonio Conde. En los últimos meses mi maestro había entrado y salido varias veces del hospital. Llegó el momento de la despedida y se quedó mirándonos, protegido por su bata, desde la puerta de su casa, mientras aguardábamos la llegada del ascensor. Escuché que el poeta  cerraba la puerta una vez que el engendro mecánico iniciaba su caída libre. Aquello lo sentí como  una despedida, pero aparté entonces de mi mente los augurios. Al día siguiente, tras asistir a una versión teatralizada de los Crímenes ejemplares de Max Aub, Antonio Fernández Molina murió en su casa. Supe tarde de la desgracia y no pude asistir al funeral. La desaparición de mi amigo y maestro supuso para mí una sangría terrible en todos los sentidos, de la que, en cierto modo, todavía no me he repuesto. Los que me rodean saben que le nombro a menudo, y digo Antonio habría hecho esto o lo otro, Antonio sobre este asunto pensaba tal cosa…

Quienes conocieron a Fernández Molina en la superficie de su transoceánica personalidad no me comprenderán. Mas me importa poco. Otros habrá que leerán estas líneas y que sabrán del motivo de mis palabras.

Durante estos 5 años de ausencia se ha hablado de un reconocimiento unánime que no llega. Personajes hay que le ningunearon en vida y que, incluso después de su muerte, intentan rematar la faena. En España no se perdona la independencia, ni la libertad. La sinceridad tampoco. Antonio Fernández Molina tropezó con el academicismo disfrazado de técnica y con asnos empingorotados, a los que otros les regalaban los oídos llamándoles “excelsos artistas”, él no se calló  ante los rebuznos y  aclaró que el emperador mostraba sus vergüenzas, que no existía el supuesto traje. Eso explica la insistencia de algunos en negar lo evidente: la genialidad de Antonio Fernández Molina en sus diversas facetas, ya sea como dramaturgo, articulista, crítico, biógrafo, narrador, novelista, autor de microrelatos, de géneros inventados, de poemas, de fantasías, de rapsodias húngaras, rumanas, bizantinas y de otros actos malabares. Por supuesto, el mediocre perdona cualquier cosa excepto el talento… Y, por tanto, mis queridos lectores, si se tropiezan con un “mentidor” que pretende rebajar el interés de la obra de mi maestro, no tengan la menor duda: el espécimen es un mediocre. Un mediocre en lo artístico, en principio, mas, si insiste en la falacia, también en lo personal. Y es que si no es compatible el acatar, con  la cerviz a ras del suelo, la poesía tantas veces previsible y hueca de la generación “oficial” de los 50, con la degustación de autores de la denominada “otra” generación de los 50… Entre sus filas los injustos olvidados: Carlos de la Rica, Federico Muelas, Gabino Alejandro Carriedo, Lorenzo Gomis, Eduardo Chicharro, Félix Casanova de Ayala… También, salvando las distancias, fue un olvidado Juan Eduardo Cirlot, por fortuna recuperado hoy para el canon oficial.

Ester Fernández y Luis Vidal han trabajado durante dos años en el documental AF Molina un poeta incómodo. Lo presentaron el pasado domingo en Alagón donde, gracias a la persistencia del poeta Carlos Sierra, un Centro Cultural ostenta el nombre de Antonio Fernández Molina. El resultado final de tanto esfuerzo me ha sorprendido por la acumulación de datos y la concordancia, desde diversas ópticas, en los rasgos de la identidad del poeta. Ofrecen su visión de Fernández Molina, entre otros, la ilustradora de poesía María Luisa Madrilley,  Fernando Arrabal, Ángela Ibáñez, Antonio Leyva, Antonio Beneyto, Camilo José Cela Conde, José Antonio Labordeta, Rafael Amengual, José Luis Calvo Carilla, Josepe Suaréz de Puga, Josefa Echeverría, viuda del poeta…

A modo de retablo el documental se divide en tres ciudades: Guadalajara, Mallorca y Zaragoza. Los entrevistados coinciden en lo fundamental: el conocimiento absoluto que tenía Antonio Fernández Molina de autores y obras en principio desconocidos, aunque  más tarde tenidos por fundamentales, su inspiración perpetua y su personalidad a contracorriente, explosiva, arrolladora, extrema…

La pasión por el movimiento postista, su labor al frente de la revista Papeles de Son Armadans y su relación con Camilo José Cela, su estrecha vinculación con pintores, su amistad con Miguel Labordeta o Vicente Aleixandre, su pericia como aglutinador de todo un universo creativo y su PASIÓN, sí, PASIÓN con mayúsculas, con todos los significados y acentos, en que convirtió su vida por y para la poesía.

Una lección de vida, al menos para mí, un ejemplo a seguir por encima de la medianía, el conformismo, tanto el artístico como el vital…

Sólo queda el deseo, demasiado postergado, del reconocimiento sin paliativos para el poeta, el reconocimiento cabal… Es urgente la reedición de sus novelas ejemplares como Solo de trompeta o Un caracol en la cocina, la inclusión definitiva del autor en manuales, no como un raro o un heterodoxo, aunque también lo sea, sino como una de las figuras más emblemáticas del extinto siglo XX. Y si alguien no cree que lea. Y si aún así no cree, que aprenda.

Más sobre Antonio Fernández Molina en:

http://antoniofernandezmolina.blogia.com/

Momento de dulce y confortable entumecimiento

Me queda la duda de qué habría pasado con la repercusión del corto si la BBC no hubiera dado el primer paso.

Vía Cine y Política

Cuando se acaben las balas

23-marzo-2010 · Imprimir este artículo

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-Es importante cuidar la munición. Ahora no queda nada. Pero cuando la tengas, no puedes derrocharla. Cuando estás en medio de una emboscada te das cuenta de que cada vez hay menos tiempo y menos munición. Y más peligro, más cansancio, más muertos. No se trata de matar. Se trata de cómo hacerles sufrir más. Nunca te conformes sólo con matar. Si tienes tiempo, piensa qué puede ser más doloroso. Y no lo dudes. Lo mejor que puedes hacer es empezar desde abajo hacia arriba. Primero un pie, luego una rodilla. Así hasta la cabeza. Se retuercen y echan espuma por la boca. Te suplican y rezan. Tardan varias horas en irse del todo. El cabo nos felicita cuando hacemos bien las cosas. Tienes que estar preparada en todo momento y seguir las órdenes. A los rebeldes muertos los pateamos y escupimos, les robamos la droga, las municiones y las provisiones. Me da risa verles muertos. Intenta llevarte todo lo que puedas. Hay que conseguir cada vez más cosas, porque cada vez hay menos. Si hay algo que no te puedas llevar tú, quémalo. Así no se lo lleva nadie más. Hay que destruirlo todo. Todo es para nosotros o para nadie. Y no puedes abandonar, podrían enfadarse contigo.

¿Por qué crees que somos más fuertes? ¿Por qué crees que merecemos ganar? ¿Por qué estamos dispuestos a todo? ¿Por qué siempre queremos más? ¿Por qué estamos cada vez más cerca? ¿Por qué no podemos conformarnos ahora?

Porque lo hacemos por el bien, no somos como ellos, lo hacemos por el bien.

- ¿Pero qué pasará cuando acabe todo?

- ¿Qué quieres decir? Cuando todo acabe, cierras la boca. No has hecho nada, tú no has hecho nada. Eres demasiado joven para hacer nada. Ni siquiera tienes “la edad” para hacer nada. Eres demasiado joven.

- El mundo se acaba. Venimos al mundo y el mundo se acaba.

- Mira, a éste ya se lo están comiendo las moscas. Cada vez hay más moscas. Nada se acaba.

- No sé hablar inglés ¿y tú?

- ¿Crees que sin alas podrían seguir comiéndose sus ojos?

- Sin inglés no puedes ir a Europa, te meten en la cárcel. En Europa no puedes hacer lo que quieras, tienes que saber inglés. Cuando todo acabe, habrá que saber inglés para empezar de nuevo. Ni siquiera sé leer un libro. No sé de qué hablan los libros ni de qué hablan los hombres. No sé hablar con los hombres mayores. No sé casarme. No sé si tengo la sangre enferma. Si tienes la sangre enferma no puedes casarte.

-¿Para qué quieres saber inglés? ¿Crees que se va a arreglar algo? No hace falta saber nada… Nos van a seguir haciendo daño aunque sepamos todo el inglés del mundo. Nosotras no tenemos nada que hacer en Europa. En Europa no les gusta cómo olemos.

En Europa se apartan de nosotros. En Europa no nos miran a los ojos. Creen que vamos a robarles en cuanto se descuiden. Creen que comemos carne humana. Creen que somos asesinos, delincuentes, ladrones, maleantes, estafadores, indigentes y sobre todo, creen que somos vagos. Creen que no nos gusta trabajar y que por eso vamos a Europa, para trabajar menos y ganar más, para mendigar, para quitarles lo suyo. Lo único que sé es que si los europeos vienen a preguntarme no voy a contarles la verdad. Porque ellos no quieren saber la verdad. No quieren saber qué es lo que pasa aquí en realidad, no quieren comprender. No hay nada que comprender. Sólo quieren una historia más para conmoverse y olvidar. Y no voy a ser yo la que alimente su compasión. Sé lo que quieren oír, sé la historia que quieren llevarse a Europa. No quieren la verdad.

Nunca permitas que se acerquen los europeos. Quieren sacarte del ejército y educarte. Quieren enseñarte a olvidar, quieren que dejes de tener sed. Como si fuese tan fácil. No dejaré que eso ocurra. Te cuidaré mejor que todos los europeos del mundo. Están obsesionados por quitarnos las armas. Nos quitan las armas, nos quitan las armas. Qué podemos hacer sin armas. Qué tienen de malo las armas. Qué hacemos sin armas si vienen los rebeldes, si nos cruzamos con uno de ellos. Quieren que hagamos como si no hubiese pasado nada. Eso es lo que quieren los europeos, que hagamos como si no hubiese pasado nada. Y tú quieres saber inglés… Cuando todo acabe, nadie querrá saber nada de nada. Nadie va a empezar a desenterrar a los muertos. Nadie sabrá la cifra exacta de muertos. Alguien se inventará una cifra, una cifra cualquiera. Dirán que matar no es un delito tan grave. Si matar fuese un delito grave todos los hombres de este país serían encarcelados. No pueden hacer eso, no pueden encarcelar a todos los hombres. ¿Quién violaría a las mujeres entonces? No pueden encarcelar a todos los hombres. Por eso dirán que matar no es un delito tan grave. Nosotros sabemos quién ha matado a quién, y con eso basta. Tenemos que aprender a apretar los dientes, mordernos la lengua. Aquí no hay nadie a quien se pueda culpar. No es tan fácil como en Europa. Aquí es distinto. ¿Sabes tú cómo se llama nuestro presidente? No lo sabes, porque no tenemos presidente. Ha habido muchos, cada día hay un nuevo presidente, alguien que toma el poder y alguien que se lo roba. No sabemos el nombre de nuestro presidente.

- Y si hubiese un presidente…

- Nadie va a devolverte a tu madre.

- Vámonos de aquí.

- Nadie va a devolverte a tu madre.

- Por favor, vámonos. Me ahogo.

- Son ellos. Se les ha escapado el alma. Por eso huelen así.

- Vamos a enterrarlos.

- No.

- Pero me ahogo…

- Aquí estamos más seguras. Aguanta. Así podrás odiar a los rebeldes todavía más. Este olor es necesario. El mundo entero debería conocer este olor. Sólo los débiles entierran a los muertos.

2012

Brian D´Amato es escultor de éxito y escritor versátil. Es autor de un excelente thriller (Belleza mortal) publicado en 1993, traducido al castellano y editado por Plaza y Janés.

2012 es un impactante thriller tecno-científico que cuenta, sin embargo, con el hándicap de una excesiva extensión (736 páginas).

Un descendiente de los mayas, con una mente magníficamente dotada para las matemáticas y especializado en los juegos del GO y “de la adivinación maya”, se encuentra involucrado en un escenario apocalíptico cuando en nuestro mundo comienzan a hacerse verosímiles las consecuencias de la Teoría del Punto Cero. Ésta predice que, cuando el Sol culmine su revolución completa en torno al centro de la Vía Láctea, la Tierra empezará a girar en sentido contrario invirtiendo los campos magnéticos. Si a esto añadimos un atentado terrorista en Disneylandia y la posibilidad de transferir la conciencia de un ser humano al pasado remoto, tenemos servida una trama muy atractiva donde se entremezclan la ciencia ficción y el thriller apocalíptico. Sólo el protagonista, con su mente transferida al interior del cráneo de un maya del año 664 AD, puede interrumpir la cuenta atrás e impedir que el cambio de era, que los mayas dan por sentado ocurrirá el 21 de diciembre de 2012, implique un desenlace desastroso para la humanidad. Sergio Parra, con razón, ha dicho que está escrita “con brío y una documentación enciclopédica”. No obstante pienso que hubiesen bastado 400 páginas y menos concesiones a los lectores masivos. Pero eso sería vivir en otro planeta. En otro planeta en el que no nos estuviésemos encaminando parsimoniosa, inevitable y minuciosamente a 2012.

2012
Brian D´Amato
VíaMagna Ediciones, 2009

El otro: Un paisaje violento

21-marzo-2010 · Imprimir este artículo

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Cuando colocado en presencia de un hombre que es mi Tú le digo la palabra fundamental Yo-Tú, él no es ya una cosa entre las cosas, ni se compone de cosas. Martin Buber

Pese a que nuestras sociedades son las más seguras que han existido nunca, nosotros, el “mundo europeo”, vivimos sumidos en un profundo miedo, miedo que, si se me permite, es descargado en innumerables ocasiones en forma de xenofobia.

Dice Bauman que nuestra sociedad es la más proclive a todo aquello que tenga que ver con la seguridad y la prevención, mucho más que el resto de habitantes de las sociedades conocidas. Vivimos rodeados de cámaras y sistemas de seguridad, cuya tecnología no sirve sino para profundizar, todavía más, ese sentimiento de incertidumbre y desconfianza. Parece posible afirmar que nuestra inseguridad, que nuestro miedo, está en relación directamente proporcional con el modelo de nuestra alarma de prevención de intrusos. Cuanto más sofisticados son nuestros dispositivos de prevención, mayor es nuestro miedo. La nuestra es una sociedad que se construye en el terreno pantanoso e inestable de la desconfianza. Castel indica que la inseguridad actual se distingue por el miedo al crimen y al malhechor, predomina la desconfianza en los demás ya que no existe para nosotros la posibilidad de compañerismo humano. El problema es que el peligro se nos presenta como algo indefinido, como un mal endémico. Según Castel, esto se produce por dos razones, a saber, frente a las trabas que imponía un red social muy densa antaño, nos hallamos ante un individuo liberado, pero el precio de esta liberación va a ser la vulnerabilidad y la fragilidad que van a marcar al sujeto contemporáneo. Como si de una epopeya clásica se tratara, asumimos el papel del héroe y, a cambio, hemos perdido la polis. Nuestros intereses no se hallan en nuestra propia ciudad y poco importa lo que en esta suceda. Contrariamente al inmigrante, carecemos de deseos localistas, de lazos vecinales, nos encontramos solos ante nuestras vidas y la ansiedad que esto nos produce deriva en una competencia exacerbada que sustituye a la solidaridad.

Nuestra sociedad no es ya una fábrica, sino un producto, y si en la Modernidad las clases sociales desfavorecidas habían sido convertidas en excedente, en el tiempo de la Modernidad líquida, como diría Bauman, las nuevas clases sociales han sido convertidas en residuos. Ya no se trata de un estado temporal que dará paso a la integración, sino que estas nuevas clases son inasimilables, se las excluye permanentemente.

Todos conocemos el episodio ocurrido en Suiza con relación a lo minaretes de las mezquitas. La prohibición de su construcción es en realidad una guerra iconoclasta entre dos comunidades incapaces de comprenderse mutuamente, pero destinadas a compartir un territorio. Roger Bartra afirma que el siglo XXI nace en Occidente bajo los signos del terror y la otredad. Es cierto que el terrorismo florece en la defensa de alteridades religiosas o étnicas que se sienten amenazadas, pero de ningún modo es justificable el manejo del miedo que se ha hecho por parte de las autoridades suizas, queriendo vender el problema de las altas torres (símbolo de potestad por excelencia) que son los minaretes, como un problema de terrorismo. En realidad nos hallamos ante el inconveniente de la visibilidad del “gran otro”, el Islam. Un paisaje, el europeo, que se encuentra violentado ante la representación del inmigrante en su sociedad. La visión del extranjero molesta, irrita, hay que retirarlos a las zonas apartadas. Es triste pensar que el resultado del mismo referéndum hecho en un país como España o Francia, por citar alguno, hubiera tenido similares resultados.

Suele decirse que se tiró el muro de Berlín y se levantó el del Estrecho. A la luz de este referéndum, quizás sea conveniente que nos planteemos si lo que deseamos es una ciudad de murallas, una estética de la seguridad que presida todo tipo de construcciones e imponga una lógica basada en la vigilancia y el asilamiento. Una vida de urbanización frente a una experiencia real, frente al estar-en-el-mundo que propugnaba Heidegger. El Dasein al que hacía referencia Heidegger, nos habla de la comprensión de un sujeto en el que aparecen los otros, un mundo en el que los otros aparecen junto conmigo. No se trata de poner en relación un yo frente a los otros, sino que yo existo en los otros, soy parte de lo que denominamos los otros, no me distingo de ellos. El Dasein es un mundo en común, es el con-vivir cotidiano. Dejo de ser yo para ser uno; si me refiero a un tú, me comprendo a mí mismo en esa afirmación y viceversa. Compartir nuestro espacio es una tarea imposible de eludir. Los extranjeros están ahí, son parte de nuestra sociedad, de nuestras ciudades, y hay que buscar una solución de vida conjunta que no pase por el relativismo, que no contribuya a implantar una falsa tolerancia enmascarada de buenos sentimientos. Detrás del relativismo se esconde la división basada en la concepción de supremacía del yo occidental. No se pueden legitimar, como propios de una cultura, actos que atenten contra la democracia. Debemos encarar la realidad que se nos presenta y no esconderla en los barrios marginales.

Ahora, es necesario recuperar la polis y con ella, el sentimiento de hospitalidad al que nos debemos.

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