COLIPOTERRAS Y SUBVENCIONADAS

 

 Son una panda de personas inmisericordes, antinaturales, venenosas, sin honor ni principio alguno que las guíe, excepto un desenfrenado amor propio. Edgar Allan Poe.

 

Con estas duras palabras se refería el autor de La carta robada a “la pestilente sociedad de las literatas”. Más que probables, añado, antecesoras de las sufragistas. Estas últimas el germen político ideológico del feminismo,  quizás uno de los fenómenos sociológicos contemporáneos más artificiales, nocivos y amenazadores para la convivencia que hayamos contemplado en las últimas décadas. No en vano se las conoce en la calle con el apelativo de “feminazis”. Aun tengo presente en mi memoria lo acontecido con la publicación del libro de Hernán Migoya: Todas putas donde la Gran Hermana, a la que portan muchos rostros, dejó asomar su vocación inquisitorial. No obstante no suscribo la curiosa tesis, digna de investigación por cierto, que encontré en un blog filo-islámico de que el feminismo había sido fundado por el Ku Klux Klan.

La mal llamada “violencia de género” ocupa cada vez más espacio en las comunicaciones masivas (tiempo de emisión en los audiovisuales). No importa que gobiernen tirios o troyanos. Se diría que trata de inyectarse, como sea, en el público una inquietud y una enseñanza. El resultado es justo el contrario al presuntamente buscado, los casos se multiplican. Pasa un poco como con la educación general obligatoria: a mayor volumen de recursos corresponden resultados cada vez más pobres (¿la ley de los rendimientos decrecientes?) Salvo que se busque, expresa y aviesamente, extender la ignorancia o incentivar formas de violencia claramente divisivas desde el punto de vista antropológico y social. La división del trabajo, la compartimentalización y actitud mental que requieren el modo funcionarial y corporativo de pensar (hoy casi universales) hacen muy posible este pesimista escenario. Cada uno a lo suyo y el Gran Inquisidor contra todos.

Divide y vencerás: haz que tu elector deteste a su adversario, más que conseguir que a ti te acepte o postule. Viejo recurso que nuestros “bastardos de Voltaire” utilizan sin escrúpulos. Un nuevo cinismo.

Conseguir que reine la desconfianza, si no la hostilidad, entre hombres y mujeres permite gobernar,  más que tranquila, a la clase parasitaria que se va adueñando de los mecanismos del poder político, social y cultural en la era de la globalización y del crepúsculo de los estados nacionales. Una parte significativa de la izquierda radical se ha reconvertido a vivir subvencionada por la propagación dogmatica, vía marketing y propaganda, de variados postulados sexistas de matiz enfermizo y delirante.

¡Qué lejos estamos del noble objetivo del amor libre en una sociedad de hombres y mujeres libres!

Edward Bernays, sobrino de Freud e inventor de las relaciones públicas, comienza su opúsculo: Propaganda (Melusina  2008, 1927) de lectura inexcusable para todos los interesados en conocer de que va la “comunicación de masas”: 

La manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones de las masas es un elemento de importancia en una sociedad democrática. Quienes manipulan este mecanismo oculto de la sociedad constituyen el gobierno invisible que detenta el verdadero poder que rige el destino de nuestro país.

Este es el primer párrafo del librito en cuestión, bajo el significativo epígrafe que da titulo al capitulo primero: Organizar el caos. El librito termina con el siguiente párrafo, tras recorrer 11 capítulos (el último titulado significativamente: El funcionamiento de la propaganda):

La propaganda nunca desaparecerá. Las personas inteligentes deberán reconocer que la propaganda es el instrumento moderno con el que luchar por objetivos productivos y contribuir a poner orden en medio del caos.

Recomiendo al lector que vuelva una y otra vez a estas turbias y espurias aseveraciones para entender  mejor aquello que seguirá a continuación. 

 El caso de Jesús Neira, profesor de Universidad cuidadosamente depurado en su momento por marchar sus opiniones en contra de la corriente dominante (la cleptocracia, no exenta de cadáveres  bajo la alfombra, de Felipe González), aparece en el horizonte como un caso paradigmático del grado de demencia compartida y malestar que pueden inyectarse en una sociedad por parte de minorías motivadas, nada selectas, mediante la maquinaria persuasiva e hipnótica de los medios de comunicación de masas. Todo ad maiorem plebis gloriam, como compete a una democracia modélica como la que  existe en España. Y no me hablen de izquierda, ni de derecha, a mi me gusta caminar recto. Y si a usted, querido lector, no le va esto deje el texto aquí y tan amigos.

Como partidario de la higiene psíquica más elemental y amigo de Jesús, me negué desde el principio a seguir (y creer con fe bovina) la versión mediática que fue construyéndose en torno suyo tomando como punto de partida el desdichado curso de los acontecimientos que le llevaron a permanecer hospitalizado más de tres meses oscilando entre la vida y la muerte. Todo se hacía mas verosímil por la presencia, hecha pública,  de material procedente de una cámara de vigilancia y seguridad que daba cuenta de una parte, muda eso sí, de los eventos.

Me informé de primera mano, a través de amigos y parientes cercanos, negándome a considerar las informaciones mediáticas que iban configurando el “caso Jesús Neira” a la manera de las antiguas serpientes de verano. Pero en el pantano, antes o después, se te acaban por mojar las perneras de los pantalones. Y es que cuando la presunta víctima, en cuya defensa Jesús Neira pronunció unas palabras, señala que no fue maltratada las cosas comienzan  a caminar hacia el surrealismo. Mas no serán los hechos los que configuren nuestras relaciones cognitivas con el asunto en cuestión sino la campaña mediática que se desencadenó (y que aun no ha terminado),  casi desde la primera semana de los acontecimientos en agosto del 2008.  Con razón Edmund Burke aseveró como “en ocasiones la falsedad inventada en muchas cosas es más probable y conquista con razones la verdad desnuda.”

En la presentación en el Círculo de Bellas Artes (espacio cultural sacralizado fundamentalmente por generosas aportaciones dinerarias, tanto de corporaciones publicas como privadas) asistí a un más que repelente acto de promoción mediática de la versión oficial sobre el caso que tomaba como motivo, marcadamente secundario, como pude observar por el protocolo seguido, la presentación de un libro sobre el caso Neira coescrito por él y otro buen amigo. Jesús no estaba presente, en su lugar y en posición central se encontraba su mujer. El coautor había sido desplazado convenientemente a un extremo de la mesa. Tres mujeres más: la ministro de Igualdad, la directora de la editorial y la inefable presidenta de la Comunidad de Madrid, copaban la mesa. El público estaba compuesto fundamentalmente por periodistas y era mayoritariamente femenino. Las preguntas y sus consecuentes respuestas, realizadas tras las intervenciones, contribuyeron a un malestar que me duró tres días.

En esa habitación majestuosa, desde la que se observaba una panorámica privilegiada de Madrid (ciudad violada y degradada donde las haya), se impartían, urbi et orbi, simulacro y stress. Cierto que alguien tímidamente insinuó que posiblemente había habido negligencias medicas que habían contribuido a la difícil situación de Jesús. Las hubo y graves. Otra lumbrera habló de indemnizaciones… Finalmente se apuntó, por un cánido avezado muy posiblemente procedente de la prensa del corazón, que las relaciones matrimoniales y familiares de Jesús, que permanecía en el hospital, no eran todo lo felices que se insinuaba en los medios. Como podéis ver todo más que vomitivo. Así se forja la opinión pública: con recortes frankensteinianos de un acto retorico, falaz e intelectualmente detestable. Todos: Oposición, Gobierno, Cultura y la “Prensa Libre” arrimaron el hombro sin inmutarse. Sin inmutarse ante la pregunta obvia y no realizada por nadie: ¿Cómo y porqué se puede construir un caso de violencia de género cuando no hay evidencia testifical, ni física y la  presunta victima lo niega pública y remuneradamente (esto está dando pasta  a muchos)? ¿Hemos perdido todos  la cordura? Volviendo a Burke: “es un caso más en el que la ceguera de la mayoría colabora con el frenesí y la villanía de la minoría.”

Que Jesús interviniera, como intervino: caballeresca y verbalmente, reconviniendo a alguien ante una escena equívoca, no justifica: ni la alevosa agresión, ni la no menos deformada promoción de un simulacro elaborado por razones de conveniencia política por el gobierno socialista. Estamos ante una brutal agresión psicológica efectuada contra toda la ciudadanía, como lo es toda mentira ampliamente difundida, motivada por motivos políticos obvios como son: la desviación de la atención del público de otras cuestiones y la potenciación de políticas, más que criticables, sobre la relación entre los sexos.

Ni qué decir tiene que Esperanza Aguirre, potencial responsable política en último término del área de Sanidad donde se produjeron las presuntas negligencias, se ha apuntado al asunto con determinación maquiavélica. Y ha tratado de nombrar a Jesús Neira algo así como “Presidente del Observatorio para la Violencia Domestica de la  Comunidad de Madrid”.  Un fragmento más de la deleznable burocracia orwelliana que se va imponiendo globalmente directamente importada (¿impuesta?) de la Unión Europea y los Estados Unidos. Afortunadamente Jesús no tomará posesión de tan envenenada sinecura hasta encontrase completamente recuperado. El tiempo y la reflexión siento que aquí sí pueden hacer milagros.

A muchos les interesa convertir a Jesús Neira en paladín, inconsciente, de la incentivación de la lucha entre los sexos. Elemento clave en la guerra que contra los gobernados realizan las clases dirigentes postmodernas. Los nada inocentes, pero bellamente retratados en los media,  miembros  de la clase parasitaria antes citada. Los que están tratando de convertir a la Humanidad en una piara y al mundo en una Granja. Todo jurado sobre simulacros como la lucha antiterrorista a nivel global, el cambio climático, los mercados libres o la imposición del modelo USA de Derechos Humanos y democracia controlada al mundo entero. Mañana: el regreso de las Tres Imposturas…

Los años setenta vieron surgir, entre otros fenómenos, la crisis del petróleo (cuidadosamente fabricada), la implantación de los cambios flotantes por Nixon (un robo a mano armada perpetrado por determinados consorcios financieros y petrolíferos anglo norteamericanos al mundo entero) y la fundación consecuente de la Trilateral (¡criminales del mundo uníos!) como punto de partida del “nuevo orden” global. Entonces llamado “capitalismo transnacional” y considerado como “progresista” por los socialdemócratas del momento (a los que con justicia y precisión Stalin calificaba de “social-fascistas”) Es la época del inefable Carter (Nicaragua, Afganistán, Irán…), su asesor Brzezinski, su mentor David Rockefeller, los “derechos humanos” uber alles y todo eso. Es decir: era como ahora.

Una de las piezas básicas del “Nuevo Orden” que América “tiene” la misión de llevar al mundo es la implementación de la más abyecta ginecocracia en todas las sociedades, la misma en la que esta sociedad lleva inmersa desde hace ya muchas décadas. Como sabia y lucidamente denunció, entre otros, William Burroughs: América es un matriarcado intolerable.  En realidad nos encontramos, al margen de los efectos aculturadores y subversivos claramente buscados, con una ideología basada en postulados de recio matiz ariosófico matriarcal, netamente racistas y genocidas. Hay que ver lo que católicos (María “la mediadora”) y masones (la viudita alegre: Magdalenita y su prole meliflua y secreta) llevan perpetrando en la sombra hace siglos…  

La muy vociferante minoría feminista en España, motivada y subvencionada donde las haya (entre los eunucos de la Iglesia y estas amazonas de pega se reparten un buen pellizco), ha encontrado ahora en la prostitución una justa causa por la que batallar. Obviamente hay que prohibirla, hay que castigar a los clientes, hay que imitar a Noruega, la mujer no puede ser considerada un objeto (cuando obviamente es una diosa)… La izquierda puritana, como la derecha del mismo jaez, tiene poca imaginación y demasiada confianza en la pandilla de salteadores que se denomina a sí misma: el Estado. No va ser fácil que los usuarios de la prostitución se unan, aun siendo mucho más numerosos y cultivados,  si se decide convertir esto en un casus belli. Las honestas colipoterras de las que hablaba Cela, que tuvo siempre el buen gusto de no ser pro palestino, ni republicano, podrían tener sus días contados.  

Lo único que comienza ya a separar a las masas, cuidadosamente cegadas y adoctrinadas, de sus “ilustrados” y “progresistas” mentores (al margen de algunos mercenarios de la seguridad que arrojarán sus armas y uniformes en cuanto fallen “los incentivos”) es un muro recurrente de mentiras mediáticamente consolidadas. “El espectáculo” o la “oscuridad visible” (la conciencia como subproducto de los medios de comunicación), como mejor queramos llamarlo. Consecuentemente y después de esto, tras su inevitable desmoronamiento, sonarán los primeros toques de la Trompeta y advendrá el Dios Salvaje. Habrá entonces gran alegría.

Pero no funcionará, entre otras muchas cosas, el interruptor de la luz.

 

 

 

 

El viaje colectivo a través del sonido. Madonna en concierto.

 

El pasado jueves veintitrés de julio Madonna volvió a actuar en Madrid, en el Vicente Calderón. Su concierto comenzó muy puntual, poco después de las diez de la noche, y acabó también con puntualidad inglesa (será por aquello de que la artista tiene seis casas en Londres) recién dadas las campanadas de Cenicienta.

No quiero dedicarme a hacer crónica del evento, pues no es el objeto de este blog, aunque resulta inevitable hablar, siquiera brevemente del espectáculo. Se ha dicho, por ejemplo, que no llenó (y es cierto); se ha dicho que en Madrid no regaló ningún bis (pulcramente veraz); y se ha dicho que las entradas eran caras (sin duda). Pero lo que se vio y se escuchó valía el esfuerzo económico; no hizo falta mucho más pues las dos horas se hicieron muy intensas gracias a que la calidad de lo que se vio fue sobresaliente; y teniendo en cuenta el número de conciertos de su gira por España no es de extrañar que no se llenase el estadio de fútbol.

En cualquier caso unas treinta mil personas -¿tantos éramos?- escuchando y coreando a voz en grito los clásicos, desde aquel Holiday rescatado del baúl de los primeros recuerdos hasta el mítico Like a prayer, y los últimos éxitos como el broche final: Give it to me. Uno de los momentos más intensos del concierto fue el dedicado a rememorar al recientemente fallecido Michael Jackson al que Madonna reconoció como “El mayor artista de todos los tiempos”. La gente se entusiasmó con el bailarín vestido como el cantante que recordábamos en nuestra anterior reseña. Y, sin embargo, mi momento favorito fue el protagonizado por la canción She´s not me porque me hizo viajar -sí, sí, viajar- a una infancia/pasado de la cantante. ¿Crisis de los cincuenta? Creo que no. Lo que se vio sobre el escenario durante esos minutos tenía mucho que ver con alguien que quiere volver a jugar:  faldita roja corta, de vuelo seductor, medias altas con rayas en la parte superior, sudadera sin mangas, y gafas blancas con las lentes en forma de corazón; micrófono como quien lame un chupa-chups; dedos que se enroscan en el cabello rubio pajizo a la manera en que lo hacen las Lolitas para seducir… y cuatro bailarinas que reproducían imágenes bien identificables de la carrera de Madonna: el vestido largo a lo Marilyn del vídeo de Material Girl, el vestidito corto de novia del Like a virgin (inolvidable momento de la MTV), el corpiño de Vogue… Y hacia el final de la canción una pataleta rebosante de energía, sobre el último tramo de la lengüeta del escenario que acercaba a la diva al público. ¿Mira hacia atrás la exitosa mujer y dice de sí misma: Ella no soy yo? La puesta en escena estaba completamente al margen de la letra de la melodía, que habla de una seductora que consigue “robarle” el novio a una amiga imitando su forma de vestir, peinarse o hablar -será por aquello que dice Luis Racionero de que las mujeres son amorales- Pero eso no restaba fuerza al mensaje. Madonna volvía a su pasado, a su infancia, echaba la vista atrás, y nos decía a voz en grito: Esas no son yo… quizá sólo instantáneas pasadas que dan una visión distorsionada y avejentada de una persona capaz de reinventarse continuamente, tal y como se ha dicho repetidas veces, secreto por el que ha sabido mantenerse en la primera línea siempre, con independencia de la calidad o las escalas de su voz. Durante otro momento del concierto los avances técnicos hicieron las delicias del público: unos cilindros sobre los que se proyectaban imágenes (de diámetro más pequeño el inferior, y más grande el superior, como si se tratase de un caleidoscopio enfocado al cielo por un gigante tumbado en tierra, y las luces y los colores del artefacto salieran desde su interior a su envoltorio) contuvieron a la cantante a la que se podía ver a pesar de estar en aquella prisión de pantallas pues también salían focos luminosos de su interior. Era una apuesta muy hermosa, pues mientras nevaba en el exterior de aquella pantalla circular, nieve brillante que caía en diagonal a lo largo del inmenso cilindro, ella cantaba subida a un piano de cola y su imagen se fundía en aquel todo que atraía la vista y los sentidos como un imán mágico.

Por si quedase alguna duda sobre las ganas de jugar de la cantante el vídeo que iniciaba el concierto parecía sacado de Charlie y la fábrica de chocolate, y era una fantasía mecánica sobre la fabricación de un caramelo… y al final de todo las letras Game over daban por finalizada la partida a todo color.

 

Absolutamente inolvidable, al menos para mí, que disfrutaba por primera vez de un concierto de estas dimensiones.

Pero, como dije ya anteriormente, mi viaje y mi artículo no se centran en todo esto que acabo de comentar, sino en la experiencia iniciática de un gran número de personas cantando y moviéndose al ritmo de un mismo conjunto de sonidos que conforman parte de nuestra memoria y de nuestro pasado. (No diremos que sea música por no entrar en discusiones bizantinas y por esquivar otro tipo de opiniones que reducirían la música a lo que puede escucharse en un auditorio nacional). Temí que el número de personas me produjese ansiedad, o que el gran espacio abierto me impidiese centrarme en algunas canciones, diría íntimas. Llegué muy pronto al estadio y la luz todavía aclaraba todo un lateral de asientos, ni siquiera el telonero había empezado a darnos su música electrónica. Pero mi periplo ya había empezado con los nervios de la primera vez, con el gran tamaño del lugar, y con la visión de aquel escenario, lejano y cercano a la vez, con sus dos enormes emes en los flancos. Yo ya estaba en otro sitio para cuando el sol se había puesto y la noche cubría el cielo concediendo un fondo de lujo en el que la magia de las luces del espectáculo pudiera captarme con toda su energía. Allí estaba al fin: frente a una mujer a la que había escuchado una y otra vez enlatada, por cuyos acordes me había dejado llevar en locales, discotecas… y en mi propia habitación desde mi niñez. Ella salió y yo tardé en entrar en aquel ambiente inédito. El sonido, criticado por algunos, me parecía envolvente… es cierto, también ensordecedor, hasta el punto de hacer a mi corazón sentir las vibraciones del suelo. Era como la energía que me haría despegar. Me consta que no le faltarán razones a los otorrinolaringólogos para decir que este tipo de situaciones perjudican nuestros oídos, pero eso no impedía que gracias a aquel exceso empezase a percibir la fuerza en estado puro, un nuevo lugar al que acabaría de unirme cuando perdiese la conciencia de las pantallas, la gente, el espectáculo y la propia Madonna: había llegado a cerrar los ojos para entrar en comunión con mi pasado, con las veces que había cantado aquella canción (una de las primeras que aprendí en inglés), y al unísono, con un espacio fuera del tiempo, ni pasado, ni presente, ni futuro, pues la versión a través de los altavoces y con el acompañamiento de miles de gargantas, miles de pulmones, era algo nuevo, algo que explotaba desde mi interior y me ubicaba en un instante que no volvería a repetirse pero quedaría grabado en mis huesos con letras indelebles: con notas, con huecos en un pentagrama deformado coralmente. Allí estaba yo, y sin embargo, por unos instantes, no estaba.

Después volví a abrir los ojos, me encontré con la realidad, con gente a la que conozco y quiero y me había acompañado hasta allí, con toda la parafernalia de este tipo de eventos, y con un famoso maniquí, pequeño visto en la distancia, bailando y cantando, rodeado de otros maniquís, en este caso sin nombre. La magia había pasado, pero volvería a repetirse otras tres veces y en cada ocasión sería diferente.

Porque los viajes internos nunca son iguales y porque el sonido puede llevarnos a paraísos y a infiernos en fracciones de segundo para hacernos perder allí en aparentes eternidades que terminarán de forma efímera y, repito, inolvidable como aquel miserere becqueriano.

 

Un espíritu original

Mientras uno se dedica a disparar con pólvora del rey, haciendo grandes aspavientos y convencido en su adanismo que el mundo no volverá a ser el mismo después de leer sus palabras. Hay gente que decide, o se ve impelida por su propio espíritu glorioso y libre, hacer suyas las palabras de Chenier «Demuestra lo que puedes, haciéndolo tú mismo».  Y lo hacen ellos mismos.

Abraham es una de esas personas.

Si alguien leyera de un musicólogo, aparentemente serio y respetable, quizá con barba y hablando un dialecto ininteligible, que empezó escuchando cintas de Camela compradas en una gasolinera posiblemente no se le daría ni el beneficio de la duda. Abraham es capaz de escuchar por teléfono cinco segundos de una voz flamenca e identificar cantaor, palo, guitarrista, hacerte una breve reseña biográfica y contarte un chascarrillo antes de que te des cuenta. Y, sin embargo, esto no es más que una anécdota.

Él es capaz de apostarlo todo a la carta de la conciencia que es la de la felicidad. Convertirse en Veterinario  sólo ha sido la consecuencia lógica de su sensibilidad. De su amor por lo natural, por lo radicalmente natural. De su clarividencia a la hora de interpretar cómo hacer complementario su desarrollo personal con una profesión que aportara el imprescindible desahogo económico. Del imperativo moral de honrar el esfuerzo de su padre y su madre. Hacerse un Señor querido y respetado por todos los que lo conocen o han necesitado de su destreza antes de los 25 años no está al alcance de todo el mundo. Al suyo sí.

Una profesión que además es un servicio a un pueblo que se muere de viejo entre turistas de fin de semana. Un pueblo en el que las niñas quieren ser funcionarias y a los niños les da por perseguir el BMW y el placer efímero entre humos que no entienden, polvos mentirosos, pastillas rosas.

Actor aficionado en la impagable Asociación El Celemín, ahora anda metido de lleno, con la ayuda de un compañero de trabajo, también gran aficionado al folclore popular, en la recuperación y conservación de los cantes y bailes tradicionales de Castril. Honrando a sus mayores, insuflando vida en sus huesos doblados por el trabajo y el sol, valorando su sabiduría y enseñanzas desde el respeto y la admiración.

A él nunca le gustó Camarón, dice que dar voces no tiene ningún mérito. O no tiene tanto merito como cantar. Él me regaló el más preciado tesoro de mi Discoteca. Y me señaló a Chano Lobato.

Y lo mejor de todo, me llena el pecho de orgullo pensar que soy su hermano.

Suena You are my sister, de Antony & The Johnsons

Elena

27-julio-2009 · Imprimir este artículo

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Lo escuchamos en uno de esos bancos, que anuncian la Posada de las Almas, a la sombra de los chopos, entre bostezos y versos. Merendaba moras y a las chicas les daba un poco de miedo, luego se ocultaba en el bosque, camino de Lanuza. Para “Santa Elena“, nos dijo: La puerta que accede a la cueva, desde la ermita, no es arriba, es abajo. Ya no lo volvimos a ver.

Rusos

24-julio-2009 · Imprimir este artículo

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Han asesinado a Natalia como antes lo hicieron con Anna. Van con ella miles de asesinados, violados  y torturados, pero probablemente tú, tan activo en otras causas, no le has dedicado al genocidio checheno ni un post ni un mensajito en Facebook. Las plañideras del “aborto=asesinato” o del “genocidio” en Gaza guardan silencio ante la masacre “sovietica” que ejecuta con destreza criminal el pistolero y violador checheno. Somos muy pocos los españoles que hemos clamado en el silencio de una diplomacia y “blogosfera” que mira para otro lado cuando el rastro de sangre desemboca en el Kremlin de “nuestro amigo” Putin. Del Rey a Moratinos, vomitivo, por cierto,  con el dictador y torturador guineano, pasando por Aznar, amiguito del exKGB, todos son guardianes de la impunidad que ha asesinado a Natalia, Anna, Andrei

A CENTURY OF WAR

 Anglo-American Oil Politics and the New World Order.

William Engdahl.

Pluto Press 1992-2004 USA

 Un libro de lectura obligada para quienes quieran comprender los turbios vericuetos de la actual crisis económica, sus orígenes y sus desarrollos futuros. El libro comienza su andadura explicando la política imperial británica de la Balanza de Poder en Europa, que surge con la derrota de Napoleón, y va analizando minuciosamente las diversas vicisitudes de la historia europea, trasatlántica y colonial que nos han llevado hasta la actual Presidencia de Obama. El libro es en gran medida un estudio sobre la geopolítica del petróleo, desde sus orígenes hasta la actualidad. En el se analizan diversos colapsos económicos y financieros (1873, 1929, 1970, la crisis actual…) mostrando con nombre y apellido las tramas que los produjeron y aquellos que las manejaron. Las guerras mundiales, la de Viet Nam, la de Irak, la yugoslava y las sucesivas crisis en el Medio Oriente son iluminadas por una prosa exacta y sin pretensiones. La caída del Shah, como la de Mossadegh auspiciada por los Estados Unidos y Gran Bretaña, o la de De Gaulle (ídem de ídem), la destrucción de naciones como Irak o Yugoslavia, así como el acceso al poder de Hitler (en gran medida una marioneta del establishment anglo norteamericano), junto con una explicación inteligible e inquietante del porqué de la existencia (e insistencia) en la creación del estado de Israel, dan una medida del interés de esta obra. Tras su lectura las actuales perplejidades surgidas por la crisis económica, otra vuelta de tuerca de los mismos intereses financieros que fabricaron las dos guerras mundiales que buscan imponer un “orden” planetario de corte supuestamente democrático pero evidentemente totalitario, o las amenazas falaces de pandemias fabricadas ad hoc comienzan a tener sentido. William Engdahl, de origen germano norteamericano, se ha formado académicamente en Princeton y en Estocolmo y tiene conocimientos de economía, jurisprudencia e ingeniería. Colabora con diversas publicaciones asiáticas (Nihon Keizai Shimbum) y europeas (Foresight) Entre sus trabajos se encuentran: Full Spectrum Dominance: Totalitarian Democracy in the New World Order (2009) y Seeds of Destruction. The Hidden Agenda of GMO (2007). Este último un excelente trabajo sobre los cultivos transgénicos y su difusión. En las dos direcciones que abajo se adjuntan pueden los lectores encontrar numerosas colaboraciones del autor.

  http://www.globalresearch.ca/index.php?context=home 

 http://www.engdahl.oilgeopolitics.net/

Panticuto

18-julio-2009 · Imprimir este artículo

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Mi panticuto preferido es un perro vagabundo / de un blanco nada puro / y más sonado que las maracas de Machín. Un pastor insumiso y averiado que debe tener más años que Matusalén y que acompaña un rato a los caminantes. Conmigo siempre viene y va. Una vez me acompañó a las pistas, a la Ripera ya le dio cosa, pero me estaba esperando a la vuelta. Frente al perro pijo y obediente (de ciudad o rebaño) y leal al dueño, se alza este cabrón pueblerino de aire libertario y mirada honesta. Hoy le he visto acosando con dulzura a unos turistas y me ha reconfortado el alma. Este perro no es de nadie y es de todos. Siempre está. Hoy no me ha hecho ni puto caso y por eso me gusta más.

Lectura, ¿qué es eso?

17-julio-2009 · Imprimir este artículo

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 “El 40% de los españoles no lee ni por asomo”. Este titular lo encuentro en varios periódicos. Y aunque a mí me parece una noticia excelente resulta que la prensa lo comenta como un hecho terrible. ¿Sólo el 40 por ciento no humedece sus ojos en las letras? ¡Tantos leen! A juzgar por la situación del mundo, las ventas de los libros y la desidia cultural que reblandece al propio calor, un servidor creía que los no lectores ascenderían no a los cielos sino al 99 % y no de los españoles, sino de la raza humana.

Recuerdo, es un decir, porque un servidor no tiene nociones de su existencia por aquel entonces, a los vates que recitaban de memoria poemas, gestas y avatares de un pueblo, de una civilización… Recuerdo a ese ciego en la acrópolis de Atenas con la espalda algo encorvada en sentido inverso, es decir, en dirección al cielo, mientras su boca pespuntaba la ira de Aquiles, los viajes de Ulises, los amores de dioses, hombres y de los elementos… Los que escuchaban tales historias, los que conversaron con filósofos como Antístenes, Platón, Sócrates  o Diógenes se encontraban más próximos a la raíz de lo que llamamos cultura o conocimiento que la mayoría de los indígenas que hoy pululan por universidades y otros lugares de esparcimiento público.

Y otra cosa, ¿qué leen los que no forman parte del 40 por ciento? Porque uno puede dedicarse a rumiar la prensa, a dormitar con el best-seller de turno, a sentirse acompañado en el retrete con una revista del corazón, o a morir en vida con una de esas tediosas lecturas obligatorias de instituto que incrementan (o hinchan) las ventas de algunos autores hasta que la enfermedad, o la hinchazón, alcanza tal purulencia que la enfermedad se extiende por la sociedad y el susodicho autor venden los libros por impulso de los propios lectores. ¡Todo apoyado en la muleta de la publicidad literaria y aerostática si fuera menester!

Y es que, claro, primero en la vida uno tiene que formarse, que estudiar (¿es preciso que les hable del analfabeto latente que se oculta tras todo licenciado –vidriera- ?) , tras el esfuerzo conviene divertirse con la televisión o, mejor aún, con las desternillantes lucecitas de los garitos; además está el trabajo que ocupa el 80 por ciento del tiempo de muchas personas, luego es preciso dormir; con el calor, desde luego, de lecturas ni hablar, o, en todo caso, cosas ligeritas, como la ropa… Y en invierno, con todas las obligaciones, ¡para leer estamos…! Y además, que uno se duerme cuando se recuesta con un libro entre otras cosas porque está acostumbrado a las imágenes de una extrema violencia (me refiero a la velocidad de las mismas). Por otro lado que pensarían nuestros vecinos si nos encontraran acostados con un libro, luego vienen las murmuraciones y los cotilleos. Y, ¿quién va a leer algo en esas condiciones? Por otra parte el deporte es muy sano y tiene una ventaja: no es preciso saber leer para practicarlo.

Un editor  ha tenido una gran idea según supe por la prensa. Ha publicado un libro en un rollo de papel higiénico. ¡Eso sí! La leyenda de Jack Kerouac nos cuenta que él escribió el manuscrito de On the Road en tal soporte. No lean señores, ¿para qué? Así se evitarán problemas de pensamiento, palabra y obra. Ser idiota no puede ser tan malo, sino miren a su alrededor. Ya lo dijo un no-amigo mío. Pero ¡si se puede ser feliz sin leer! Lo que me suscitó la siguiente duda: si se la vida consiste en ser feliz, ¿por qué no nos sometemos en masa a una trepanación cerebral y asunto resuelto?

El viaje hacia el pasado. La tiranía emocional en el gobierno de los recuerdos. Diminuto homenaje a Michael Jackson.

Decía Tenessee Williams en The glass menagerie que “Memory takes a lot of poetic license. It omits some details; others are exaggerated, according to the emotional value of the articles it touches, for memory is seated predominantly in the heart”.Traducido de una forma un tanto pedestre sería algo así como: “La memoria se toma muchas licencias poéticas. Omite algunos detalles; exagera otros, de acuerdo con el valor emocional de los artículos que toca, porque la memoria se sitúa predominantemente en el corazón”.

La frase o frases no tienen desperdicio. Son humanidad en estado puro, según yo lo veo. Me han venido a la mente no sólo porque utilizara esta cita para frontón de mi novela Epitafio del Ángel, junto a otras de Saramago y Philip K. Dick, sino, sobre todo, porque tras la muerte de Michael Jackson he viajado al pasado alguna que otra vez y me he dado cuenta del carácter caprichoso de la memoria. O no tan caprichoso, pero desde luego sí selectivo. No suelo hacer homenajes a los muertos. Supongo que me da rabia no haber llegado a tiempo de hacerlos cuando el personaje estaba vivo y me siento hipócrita, falso como una moneda de trece con quince. Pero supongo que, si quiero ser honesto, me corresponde escribir éste, porque siempre tuve una cierta “querencia” por este cantante, bailarín, hombre espectáculo y niño atormentado.

El pasado domingo el XL Semanal de ABC incluía un dibujo de un niño negro, sentado en el suelo, acurrucando su espalda contra una esquina de una pared desnuda y con un micrófono en la mano, un micrófono de pequeña bola redonda, como si fuera de helado, con un largo cable. La mirada de ese niño está algo perdida, tiene grandes ojos negros donde apenas brilla la luz; y su boca parece querer sonreír pero es más un rictus plano. El dibujo viene acompañado de unas letras de Michael Jackson y su firma. Lo traduciría como “Antes de juzgarme, intenta firmemente quererme, mira en tu corazón y pregúntate si has visto mi niñez”. Se discute si el dibujo, de bastante buena fábrica, es de Michael, pero se acepta que la letra, análisis grafológico de por medio, sí lo es. Para mí es más que suficiente. Como lo es el hecho de que a su padre no lo haya mencionado en el testamento. Una prueba de que se vendió su infancia y él, que sólo recibió dinero y fama a cambio, nunca estuvo de acuerdo con el negocio, y echó de menos siempre la parte que había sido obligado a poner en la balanza de aquel intercambio.

Hace unos meses (un par, quizá tres) participaba en el programa de radio El abrazo del oso, de Onda Merlín, donde explicaba por qué no puedo juzgar las actitudes de Britney Spears o cualquier otro famoso planetario. Se trata de gente que muy pronto ha perdido su intimidad, y sus vidas se han transformado en un espectáculo de millones y falta absoluta de normalidad. ¿Dónde irán que no sean reconocidos? ¿Quién les devolverá sus vidas? ¿Podemos entender siquiera su día a día? ¿Hay quien pueda imaginarse la imposibilidad de dar una vuelta por el parque sin el acompañamiento de una docena de guardaespaldas? De Michael Jackson se hizo mucha leña porque resultaba rentable y fácil hacerla, pues su inseguridad permitía que la suspicacia creciera a su alrededor y se comiera lo que le quedaba de vida. No voy a justificarle ni a decir si hizo esto o no lo hizo, no voy a entrar en elucubraciones sobre las razones que tuvo para llevar a cabo esta operación o sacar a un niño por la ventana. Sólo voy a decir que su supuesta extravagancia me parece la más natural consecuencia de aquello en lo que se había convertido su existencia.

Y dicho todo esto, me centraré en mi viaje; en los viajes a los que me ha invitado su muerte. He vuelto al verano de 1988, frente a un viejo decomisos donde aún los casetes eran lo más novedoso de los formatos musicales. Once años tenía cuando me compré aquel Bad, lo que para mí era su segundo disco, pues ignoraba todo lo que no fuera Thiller en su carrera. Tuve que hacer aritmética aplicada y ecuaciones de tercer grado para ahorrar lo que costaba aquella cinta. Cuando fui a comprarla parecía que había estado pidiendo a la puerta del metro para reunir aquellas mil y pico de pesetas que te pedían por aquel pedazo de plástico que contenía el pasaje a otro mundo musical. Y, operaciones matemáticas y recolección de moneditas por en medio, mereció la pena. Me reconozco los nervios yendo y viniendo de la hucha a la tienda y de la tienda a la hucha. Me veo bailando como un muñeco con espasmos, en pleno agosto, con el volumen al máximo, por el comedor de mi casa, Smooth criminal y, por supuesto Bad. Siento que tuve niñez y que la disfruté en momentos como aquel, absoluta y deliciosamente libres. Es casi como su hubiera sido ayer. ¡Qué niño se era entonces (hace veinte años) a la tierna edad de once!

En el siguiente recuerdo relacionado con este hombre que ha muerto al alcanzar apenas la cincuentena, me veo esperando la aparición de un nuevo videoclip: Black or White, todos frente al televisor. Parecía que el mundo se paraba entonces, cuando nos presentaban algo nuevo de Madonna o de Michael. Todos nos congregábamos para ver con qué nos sorprenderían y dábamos por hecho que lo harían. Macaulay Culkin (otro niño sin infancia), bailarinas tailandesas… todo era poco para romper, para hacer lo nunca visto. También me veo esperando las imágenes (no llegaron a darlo entero aquel primer día) del Egipto recreado en Do you remember the time, con Eddie Murphy e Iman como los faraones de la decimoctava dinastía. Nada menos. Aquellas fantasías le hacían a uno soñar, aunque estuviera ya en la adolescencia o casi dejándola atrás. La capacidad de los equipos que trabajaban con él era prodigiosa, las posibilidades parecían infinitas. Ahora cuando aparece un nuevo vídeo sólo se enteran los que tienen el canal de la MTV y a casi nadie le llaman la atención. Como audiencia ya hemos perdido cualquier capacidad para el asombro, cualquier expectación. Sólo algunas presentaciones de jugadores de fútbol y el estreno de algunas películas reúnen a las masas de forma puntual y breve. Sólo los adolescentes gritan ya ante sus ídolos musicales, parece.

Luego todo se vuelve más borroso, incluso aunque se trata de momentos más cercanos en el tiempo. Las acusaciones por pederastia, Stranger in Moscow, su boda, la noticia de su bancarrota, la pérdida de Neverland… como sucesos inconexos, como breves teletipos que se hubieran ido acumulando ya casi sin interés. Miles de rumores, críticas feroces… No eran, desde luego, ilusionantes, y los viajes que producían eran a unas tierras tristes y apagadas, como quemadas, cenizas negras sin consistencia. Ni siquiera puedo ligarlos a momentos concretos de mi vida.

Está claro: me he hecho mayor. Pero también la sociedad a la que pertenezco se ha hecho mayor. No sé si ha madurado, pero ha envejecido. Por eso quiero agradecerle a Michael estos viajes a la infancia, a la adolescencia, al mundo de la efervescencia y el descubrimiento. Gracias por devolverme a la imaginación. Por un momento volví a tu lado, Peter Pan.

Mago

16-julio-2009 · Imprimir este artículo

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Antes de beber el vino negro, que pide la muerte, había soñado con osos en Arcadia, la estatuilla de Isis y la “g” pulida de Goya. Un tojunto delicioso para soñar a solas en la hora final. Era una hermosa conciencia.  Alma delicada de imaginación delirante. Dadaísta y Masón. En la Moleskine de la caja negra, junto a las claves de la cuenta Zuringo, había varias anotaciones: Sueño con grandes canales tranquilos. Con orillas saneadas, sin manchas del fragor de la utopía. Con ciudadanos embriagados de virtudes tolerantes. Un extraño mapa que parecía conectar el obelisco de la Plaza de Europa con un portal de la Calle Cervantes y un Gran Sol coronado por una estatuilla de Isis, ¿la del museo?, también descansa en su tumba.

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