La pobre caldera

23-agosto-2008 · Imprimir este artículo

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La hoja que arranqué al periódico hace un tiempo, además de detentar algunas manchas de café, se está “marchitando”. La intención era hacer (imaginándome una columnista profesional) un artículo sobre la información que contenía esa página, sobre todo impulsada por el éxito de mi primer artículo – según mi mamá, familiares y amigos-. Es de sobra conocido que soy pusilánime y veleidosa (pero no soy mala), aún así, esta noche de viento serrano contaré con arrojo combativo porqué lo que arranqué del periódico es un simple reportaje a Jesús Caldera. Este es uno de esos reportajes en los que la periodista de EL PAÍS almuerza con los entrevistados y, entre pollo y tortilla, pregunta va, pregunta viene – aunque en este caso comieron parrillada de verduras con crepe de calabacín, lomo de merluza y brocheta de pescado-. En la entrevista también aparece el nombre del restaurante y los precios de lo almorzado; no se sabe si es una propaganda/degustación mientras se va haciendo una entrevista o lo contrario. Pero ese no es en absoluto el tema. El tema es la entrevista al Señor Caldera, ex “Ministro-estrella” según palabras de la periodista y ahora “estrellado” según cuanto da a entender el reportaje. La estrella/estrellada aparece en una foto, sonriente, en el centro de la página; es una sonrisa lejana, triste, forzada. En el fondo, me da un poco de pena o más bien conmiseración –a pesar mi gran “incompatibilidad” con los socialistas-. Según nos cuenta la periodista Caldera tenía una “legión de secretarias” (el redactor políticamente correcto se olvidó del miembro o secretario) y ahora tiene sólo “cuatro colaboradores” el pobre. Pero la esperanza es lo último que se pierde y “su amigo José Luis Rodriguez Zapatero le ha quitado la cartera para endosarle una tarea ‘de la máxima importancia’: poner en marcha una fundación para renovar el pensamiento progresista” (no entiendo: ¿a un pensamiento progresista hay que renovarlo?, ¿cómo diablos se hace para hacer progresar al progesismo?), y sigue: “un think tank de izquierda”. Pero la periodista no es Blancanieves -ni Caldera Bambi- y le increpa: “dicen que los compañeros del alma se han distanciado. Que el jefe le ha mandado a galeras”. Él se revuelve y habla del “poder de las ideas”, le da un bocado a su brochete de pescado y luego jura que los viernes va en mangas de camisa sumándose al casual Friday que rige en Ferraz que “es comodísimo y ecológico, porque se ahorra en refrigeración”. Hay que decirlo: las grandes ideas nunca vendrán si uno no hace casual Friday, lo que es a su vez imprescindible para crear un think tank (además de saber pronunciarlo, of course).

La periodista, Luz Sánchez-Mellado, que no parece distraerse ni abandonarse en los brazos del “oficialismo” (no olvidemos que sus jefes son siempre Ellos como los Otros los del otro periódico), dice con gran perspicacia “aunque aún no ha bajado del carro oficial –llega con escolta y a bordo de un Citroen del partido- se notan sus esfuerzos por tomar tierra”.
¡Tomar tierra es la clave! La mayor parte de los políticos que nos gobiernan no viven en nuestra tierra. Y los que tienen que tomar tierra forzosamente lo pasan fatal porque les toca vivir la realidad de miles de ciudadanos.

Otro ex-Ministro, Pimentel, escribió brillantemente en un artículo titulado “¿Hay vida después de la política?: “Aunque algunos cargos siguen aportando con su valía y experiencia, muchos se limitan a vegetar, vencidos por el cinismo de la realidad. A éstos deberíamos recordarles que existe vida fuera de la política, donde se afanan millones de ciudadanos corrientes, sin otros privilegios que el de sus propios derechos constitucionales. Para muchos ex políticos no resulta fácil adaptarse a una vida laboral ordinaria. Acostumbrado a salir en los medios de comunicación, se sienten ninguneados si los flashes no disparan en su honor. Quién basó su prestigio y su éxito personal en el poder, no logra adaptarse a las circunstancias de la normal ciudadanía. Se sienten despreciados, minusvalorados por el resto. No logra encontrar su hueco en un trabajo ordinario. El mal de las alturas no les abandonará en mucho tiempo. El inefable Pío Cabanillas afirmaba que lo que más notaba cuando perdía poder era que “los teléfonos no suenan”.
Muchos de ellos tienen que demostrar que están la altura de los demás ciudadanos, que son “uno más”, en definitiva tienen que justificar que son HUMANOS.

Y volviendo al pobre Caldera: habló también de sus hijas y quiso recalcar que “son poco más que mileuristas”. El querer señalar este particular significa: “mis hijas no tienen más privilegios que los hijos del común de los mortales, ergo, yo –como mi partido- soy muy justo”. Es un lenguaje engañoso (es evidente que los hijos de una persona con contactos políticos influyentes tienen más oportunidades que los que no tienen esos contactos); además son ellos los que gobiernan y deberían haber erradicado el problema de los jóvenes overqualified mal pagados.
Pero este no es un error del pobre Caldera, es un común denominador en los políticos, sobre todo los “progres” que son siempre guay y predecibles en su arengar (sabes lo que van a decir pero nunca sabrás lo que piensan).

En un artículo sobre eufemismos, el Catedrático Antonio Elorza decía que “el partido socialista es muy dado a los eufemismos. El PP, casi nada: prefiere la hipérbole”. La cuestión de los eufemismos, tan pegados al poder, recuerda a la advertencia del descreído Humpty Dumpty de “Alicia a través del espejo”: “La cuestión no es saber qué significan las palabras, la cuestión es saber quién manda”.

Lamentablemente la imaginación nunca llegó al poder, y son estos hombres y mujeres -miembros y miembras- que conforman los “partidos” y que nos gobiernan. Manuel Pimentel dice, en el artículo citado, una triste verdad: “un porcentaje significativo del aparato de nuestros partidos está constituido por personas que echaron los dientes en la política. Se afiliaron jóvenes al partido de sus ideales y le dedicaron los mejores esfuerzos de su juventud. Con estudios universitarios o sin ellos, la mayoría nunca tuvo oficio fuera de los cargos del partido o institucionales. Nada saben de la vida de la empresa, ni de las cuitas de los trabajadores o de los funcionarios. La calle les da miedo y sufren el horror del vacío del exterior. Sin el partido no son nada, son dependientes de su estructura. Ofrecen docilidad y trabajo a cambio de continuidad”.

Pero ¿cómo responde la “gente común” a esta decadencia oligárquica?:

- En España, un 45% se declara insatisfecho con el funcionamiento de la democracia (El País, martes 21 de noviembre de 2006).

-La institución mas valorada es la policía, seguida por el ejército, la monarquía y el Defensor del Pueblo. Los tribunales de Justicia y el Senado son los peores puntuados seguidos por el Congreso de los diputados.

- En una nota de prensa del periódico italiano La Nazione (domingo 8 de julio del 2007) titulada “Nuestros Políticos: Son los mas ricos del mundo: lujos, derroches, salarios astronómicos. El Parlamento pesa al bolsillo del ciudadano italiano 5,76 veces más que en Estados Unidos.”

-También sobre Italia las encuestas muestran un creciente desprecio hacia la clase política y las instituciones (El País, Roma – 25/05/2007) “(…) Los sondeos resultaban claros: sólo 1 de cada 10 ciudadanos expresaba confianza en los partidos, y sólo 2 de cada 10 confiaban en el Gobierno y el Parlamento.”

-Según el LatinoBarómetro 2006, más de un tercio de la población (34 por ciento) de América Latina cree que la democracia puede funcionar sin partidos políticos.

- En el mismo índice los partidos figuran como la menos confiable de las 18 instituciones más relevantes de la democracia.

Estoy convencida de que el cerebro de estos humanos se atrofia por la carrera hacia el poder. ¿Poder de que? De estar ahí. De estar, porque el que se mueve, no sale en la foto.
Finalizando su entrevista el pobre Caldera dice estar “obsesionado con la crisis alimentaria. La subida del precio del arroz se debe en gran parte a la especulación. Es un crimen contra la humanidad”. Y termina su brocheta con arroz.

El problema con el ateísmo

En una charla en la conferencia de la Atheist Alliance que tuvo lugar en Washington D.C. el 28 de septiembre de 2007, Sam Harris dejó caer una idea que desde entonces ha tenido profundo impacto en la prensa humanista de todo el mundo. ¿Hasta qué punto debe el humanista secular hoy en día celebrar ser considerado “ateo”? ¿No han sido ya el nihilismo o el existencialismo movimientos de una más expresiva militancia atea, y sin embargo modelos éticos de una naturaleza completamente distinta? Tom Flynn, editor de Free Inquiry, resumió a la perfección la inquietud de Harris. Merece la pena sin embargo reseñar la charla completa, uno de los manifiestos humanistas más provocativos redactados durante el presente siglo. Sam Harris Para empezar, me gustaría tomarme un momento para reseñar cómo de extraño resulta que una reunión como esta sea de hecho necesaria.

Estamos en 2007, y todos aquí hemos tenido que robarle tiempo a nuestras atareadas vidas, y algunos que viajar grandes distancias, sólo para poder reunirnos para pensar una estrategia para sobrevivir en un mundo en el que la mayor parte de la gente cree en un dios imaginario. América es una nación en la que viven 300 millones de personas, que influyen en el curso del mundo más que cualquier otro grupo en la historia humana, y aún esta influencia queda corrompida, y se muestra decadente, porque 240 millones de estas personas aparentemente están convencidas de que de un momento a otro Jesús va a volver y a orquestar el fin del mundo con sus poderes mágicos. Por supuesto, podemos especular con cuánta de esa gente que dice creer en esas cosas, realmente lo hace. Sé que Christopher —Hitchens— y Richard —Dawkins— son optimistas acerca de que el resultado de este tipo de sondeos de opinión realmente refleje lo que la gente profesa privadamente.

Pero no hay duda de que la mayor parte de nuestros vecinos realmente actúan como si creyeran este tipo de cosas, y de que dichas profesiones han tenido un efecto desastroso en nuestro discurso político, en nuestras actuaciones públicas, en la enseñanza de la ciencia y en nuestra reputación ante el mundo. Aún si sólo una tercera o una cuarta parte de nuestros vecinos creen realmente en lo que luego profesan, creo que tenemos un buen problema del que preocuparnos. No me encuentro a menudo en un salón como éste, rodeado de gente con la que más o menos tengo la garantía de estar de acuerdo en el tema de la religión. Al pensar en lo que podría deciros esta noche, me pareció que podía elegir entre arrojar carne fresca a los leones del ateísmo, o llevar la conversación a un terreno en el que podríamos no estar de acuerdo. Me he permitido, a riesgo de afectar a vuestro humor, elegir la segunda opción, y decir un par de cosas que podrían crear controversia. Dada la ausencia de evidencias de la existencia de Dios, y la estupidez y el sufrimiento que aún hoy surgen bajo el manto de la religión, declararse a uno mismo “ateo” podría parecer la única respuesta adecuada. Y es la posición que muchos de nosotros hemos adoptado orgullosamente en público. Hoy voy a sugerir que nuestro uso de esta etiqueta es un error, y un error con consecuencias.

Mis inquietudes con el uso del término “ateo” son filosóficas y estratégicas. Hablo desde una posición de alguna forma inusual e incluso paradójica, dado que soy una de las voces públicas del ateísmo. Sin embargo, nunca me consideré a mí mismo ateo antes de ser invitado a hablar como si lo fuese. Incluso no utilizo el término en The End of Faith, que sigue siendo mi crítica más sustancial a la religión. Tal y como razono brevemente en Letter to a Christian Nation, creo que “ateo” es una etiqueta que no necesitamos, de la misma forma que no necesitamos una palabra para definir a los que no creen en la astrología. No les llamamos “no-astrológicos” ni nada parecido. Sólo necesitamos palabras como “razón”, “evidencia”, “sentido común” y “caca de vaca” —N. de. T. bullshit en el original, ciertamente un término favorito de Harris— para poner a quienes practican la astrología en su sitio. Lo mismo debería poder hacerse con la religión. Si la comparación con la astrología parece demasiado fácil, considérese el problema del racismo. El racismo es probablemente el problema social más intratable que hemos tenido en este país. Hablo de convicciones realmente enraizadas. Estoy seguro de que todos hemos visto fotos de linchamientos durante la primera mitad del siglo pasado, donde pueblos enteros del Sur, miles de hombres, mujeres y niños; banqueros, abogados, médicos, profesores, prelados, editores de prensa, policías, o de vez en cuando senadores u hombres del congreso, se pasaban por sangrientos carnavales en los que un joven de color era torturado hasta la muerte y después empalado en un lugar público a la vista de todos. En esas fotos, los pueblerinos, con sus mejores ropas de domingo, se hacían felices fotos de postal bajo jóvenes de color linchados, lacerados e incluso quemados. Gente normal, por supuesto religiosa, que se llevaba a casa souvenirs para enseñar a sus amigos; dientes, orejas, dedos, trozos de rodilla, órganos internos. Incluso los mostraban en sus lugares de trabajo.

No pretendo sugerir, por supuesto, que el racismo ya no es un problema en este país. Pero sí que quien piense que el problema es tan serio como siempre lo ha sido simplemente ha olvidado o nunca ha aprendido cómo de serio llegó a ser en realidad. Así que, nos podemos preguntar, ¿cómo ha llegado la gente de bien y de sentido común a decidirse a combatir el racismo? Estaban los movimientos por los derechos civiles, por supuesto. El KKK fue desplazado a los límites de la sociedad. Hubo cambios importantes y, pienso, irrevocables en la forma en la que se hablaba de la cuestión de la raza —en particular nuestros periódicos dejaron de publicar artículos de opinión manifiestamente racistas, tal y como sí hacían hace un siglo—. Ahora pregúntese, ¿cuántos de nosotros hemos tenido que identificarnos a nosotros mismos como “no-racistas” para participar en este movimiento? ¿Existe en alguna parte una “alianza de no-racistas” a la que me pueda apuntar? Darle a algo una etiqueta comporta responsabilidades, especialmente si la cosa que estás nombrando ni siquiera es una cosa. Y el ateísmo, me atrevo a discutirlo, no es “una cosa”. No es una filosofía, tal y como el “no-racismo” tampoco lo es. El ateísmo no es un punto de vista sobre el mundo, a pesar de que mucha gente lo vea así y lo ataque como si lo fuera. Los que no creemos en Dios estamos colaborando en este malentendido consintiendo ser llamados o incluso llamándonos a nosotros mismos así.

Otro problema es que al aceptar una etiqueta, particularmente la de “ateos”, parecemos estar consintiendo ser vistos como parte de una subcultura maniática. Estamos permitiendo que nos vean como un grupo con un interés marginal que se reúne en las salas de billar de los hoteles. No digo que reuniones como ésta no sean importantes; no estaría aquí si pensase que no lo son. Lo que afirmo es que desde el punto de vista filosófico somos culpables de confusión y desde el punto de vista estratégico, hemos caído en una trampa. Una trampa, además, que ha sido deliberadamente puesta bajo nosotros, y a la que nos hemos lanzado con los dos pies por delante. Es un honor encontrarme continuamente asociado con Dan —Dennett—, Richard —Dawkins— y Christopher —Hitchens— como si fuesemos una persona con cuatro cabezas. Sin embargo, esta noción de “nuevos ateos” o de “ateos militantes” ha sido utilizada para mantener nuestras críticas a la religión bajo cuerda, y ha permitido a muchos rechazar nuestros argumentos sin pensar en necesitar realmente replicarlos. Mientras que nuestros libros se han hecho notar realmente, creo sin embargo que nuestro discurso sobre la lucha entre fe y razón o entre religión y ciencia ha sido y va a seguir siendo marginalizada con éxito bajo el letrero del ateísmo. Así pues, voy a hacer explícita mi propuesta, un tanto sediciosa; no nos llamemos a nosotros mismos “ateos”. No nos llamemos a nosotros mismos “secularistas”. Tampoco “humanistas” o “humanistas seculares” o “naturalistas” o “escépticos” o “antiteístas” o “racionalistas” o “librepensadores” o “brillantes”. No nos llamemos a nosotros de ninguna forma. Simplemente sigamos siendo gente decente y responsable, encendamos el radar y enfrentémonos a las malas ideas allá donde las encontremos. Porque resulta que la religión es más aún que una sarta de malas ideas. Sigue siendo el único sistema de pensamiento donde el proceso de mantener esas malas ideas en una perpetua inmunidad a la crítica se considera un acto sagrado. El acto de la fe. Y sigo convencido de que la fe religiosa es uno de los más perversos malos usos de la inteligencia que la humanidad ha ideado nunca. Así que seguiremos, irremediablemente, criticando el pensamiento religioso. Pero, por favor, no nos definamos ni nos nombremos a nosotros mismos a partir de nuestra oposición a esa forma de pensar.

Así que, ¿qué significa esto en términos prácticos, aparte de que Margaret Downey tenga que cambiar el letrero? —Risas.— Bien, mejor que declararnos “ateos” en oposición a las religiones, creo que no deberíamos hacer nada más que declararnos a favor de la razón y de la honestidad intelectual; lo que nos hace colisionar, no con la religión como tal, sino con creencias religiosas específicas. Porque para nosotros no existe “la religión como tal”. El problema es que el concepto de ateísmo nos impone la falsa carga de tener que permanecer obsesionados con las creencias de la gente sobre Dios y con nuestro tratamiento de la religión. No deberíamos darle un tratamiento fijo a nada. De hecho deberíamos tener la habilidad de apuntar rápidamente a la diferencia entre religiones; por dos razones: Primero; las diferencias hacen aparecer a las religiones como contingentes, y de ahí estúpidas. Considérense las características únicas del mormonismo; el cual podría jugar un importante papel en las próximas presidenciales. El mormonismo me parece objetivamente un poco más idiota que el cristianismo. Lo cual es lógico dado que el mormonismo es cristianismo más un par de ideas realmente estúpidas. Por ejemplo, los mormones piensan que Jesús volverá a la tierra y administrará sus mil años de paz, al menos temporalmente, desde el estado de Missouri. ¿Por qué esto hace del mormonismo un movimiento más improbable que el cristianismo? Porque no importa cómo de pequeña sea la posibilidad que le des a la idea de que Jesús va a volver, la probabilidad de que lo haga a su casa de verano en Jackson Country es aún más pequeña.

Si Mitt Romney quiere ser el próximo presidente, deberíamos hacerle llegar nuestra incredulidad sobre el mormonismo. Podemos incluso hacer causa común con los cristianos. ¿En qué cree este hombre? El mundo debería saberlo. Y existe la garantía de que nos avergonzaría a muchos, incluso a quienes creen en el Dios bíblico. El segundo punto de atención hacia las diferencias entre las distintas religiones es que dichas diferencias son hoy en día asunto de vida o muerte. Hay pocos de nosotros preocupados o sin poder dormir por las noches pensando en los Amish. No es accidental. No tengo duda de que los Amish hacen mal impidiendo que sus niños tengan una educación adecuada; pero no secuestran aviones y los estrellan contra edificios. Considérese cómo nosotros, como ateos, tendemos a opinar sobre el Islam. Los cristianos suelen quejarse de que los ateos y el mundo secular en general, solemos equilibrar nuestras críticas al extremismo islámico con críticas al extremismo cristiano. La tendencia usual es considerar que ellos tienen jihadistas y nosotros gente que asesina a médicos abortistas. Nuestros vecinos cristianos, incluso los más tarados, tienen sin embargo razón al quejarse de esta pretensión de equilibrio, dado que la verdad es que el Islam asusta más y es más culpable hoy en día de la miseria humana de lo que el cristianismo lleva siendo durante siglos. El mundo debe despertar ante este hecho. Los musulmanes mismos deben. Y pueden. Recordarán un artículo reciente de Thomas Friedman sobre Irak, informando de que milicias sunníes colaboran con las fuerzas americanas en la lucha contra los jihadistas. Cuando Friedman preguntó a un militante sunní sobre esto, respondió que hacía poco había visto a un miembro de al-Qaeda decapitar a una niña de 8 años, y que esto le convenció de que el invasor americano era el menos malo de los dos males. Así que, hasta un militante sunní puede distinguir entre el Islam ordinariamente loco y el Islam extraordinariamente loco, una vez que se encuentra con la sangre derramada de niñas. Es suelo para la esperanza.

Pero tenemos que ser devastadoramente honestos con lo que hay al otro lado de esta línea. Esto es contra lo que estamos el mundo civilizado y el semicivilizado; contra la locura fanática y la barbarie en nombre del Islam. Dignificadas por mucha de la teología convencional, me entristece decir. Cuando intentas ser justo al hablar sobre el problema con el Islam es cuando malentiendes dicho problema. El refrán “todas las religiones tienen sus extremismos” es simplemente basura. Es el que hace que muchos occidentales se hayan echado a dormir. No todas las religiones tienen extremismos así. Algunas nunca los han tenido. En el mundo musulmán, el apoyo al extremismo no es extremo en el sentido de que es raro. En una reciente encuesta se reveló que la tercera perte de los musulmanes británicos querrían vivir bajo la ley de la Sharía, y otros tantos opinaban que la pena por apostasía debería ser la muerte. Y son musulmanes británicos. El 68% piensa que aquellos de sus vecinos que insultan al Islam deben ser arrestados, y que los caricaturistas daneses deberían ser llevados ante la justicia. Son gente que simplemente no tiene ni idea de lo que es una sociedad civil. E informes así viniendo de comunidades musulmanas que viven en nuestros países deberían preocuparnos mucho; más de lo que cualquier otra cosa sobre cualquier otra religión debería hacerlo.

El ateísmo es un instrumento sin punta cuando intentas usarlo en momentos como éste. Ahora tenemos un panorama espléndido de la ignorancia humana, con sus picos y sus valles; pero el concepto de ateísmo hace que nos fijemos en sólo una parte de este panorama; la parte relacionada con el teísmo. Porque para ser consistentes como ateos tenemos que oponernos, o hacer como que nos oponemos, a todas las fes por igual. Esto es una pérdida de tiempo y energía, y destruye la confianza que de otra forma tendríamos de muchos que fácilmente estarían de acuerdo en muchos de nuestros razonamientos. No estoy sugiriendo que debemos considerar intocables las creencias religiosas profundas y la fe —soy el tipo de tío que escribe artículos con títulos tan resbaladizos como La ciencia debe destruir la religión— pero me parece que no tenemos que perder de vista distinciones muy importantes y muy útiles. Otro problema con llamarnos a nosotros mismos “ateos” es que cada religioso piensa que tiene un argumento decisivo contra el ateísmo. Ya nos sabemos esos argumentos, y vamos a seguir oyéndolos tanto tiempo como insistamos en llamarnos a nosotros mismos “ateos”. Cosas como; el ateo no puede probar que Dios no existe o el ateo reclama saber que no hay Dios, y eso es arrogancia. Tal y como Rick Warren lo dijo cuando debatimos para Newsweek, un hombre razonable como él “no tiene la suficiente fe como para ser ateo”. La idea de que el universo puede haber sucedido sin un creador necesita, para él, la mayor fe de todas. Por supuesto, como argumento para la verdad de cualquier doctrina religiosa, es puro travesti. Ya sabemos cómo salir de esta situación; tenemos la tetera de Russell, miles de dioses antiguos muertos, y ahora incluso el Monstruo Spaghetti Volador. Y la no-existencia de ninguno de ellos puede ser probada; aunque la creencia en los mismos sería de inmediato considerada una ridiculez por cualquiera. El problema es que tenemos que seguir con el mismo argumento una y otra vez; y tenemos que hacerlo sólo porque seguimos utilizando el término “ateos”. Lo mismo con el argumento de los mayores criminales del siglo pasado. ¿Cuántas veces tenemos que enfrentarnos a la acusación de que Stalin, Hitler y Pol Pot son la cumbre del ateísmo? Tengo noticias para vosotros; este argumento no va a desaparecer. Ya lo discutí en The End of Faith, y me fue devuelto a la cara en cientos de revisiones del libro como si no lo hubiera mencionado. Así que lo volví a argumentar en el epílogo a su edición de bolsillo y me volvió a ocurrir lo mismo.

A riesgo de aburrir a la gente, volví a argumentar en Letter to a Christian Nation, Richard hizo lo mismo en The God Delusion y Christopher lo dio también de pasada en God is Not Great. Os aseguro que tendremos este argumento encima por tanto tiempo como sigamos etiquetándonos como “ateos”. Y es que a los religiosos les convence. Convence a los moderados y a los liberales. Demonios, incluso convence a los ateos ocasionales. ¿Por qué tenemos que caer en esta trampa? ¿Por qué tenemos que situarnos obedientemente en el pedazo de realidad que nos aloja el esquema conceptual de la religión teísta? Es como si antes de empezar el debate, nuestros rivales dibujasen la silueta de la víctima con tiza en el suelo, y nosotros fuésemos y nos tumbásemos encima. En lugar de hacer esto, considérese qué ocurriría si simplemente usásemos palabras como “razón” o “evidencia” ¿Cuál es el argumento contra la razón? Unos pocos morderán el anzuelo y argumentarán que, en sí misma, la razón es un problema, que la Ilustración fue un proyecto fallido, etc. Pero la verdad es que hay muy pocos ahí afuera, incluso de entre los fundamentalistas religiosos, que se reconozcan a sí mismos como enemigos de la razón. De hecho estos fundamentalistas tienden a verse a sí mismos como campeones de la razón; pensando que existe una y muy buena para creer en Dios. A nadie le gusta reconocer que cree cosas basadas en una pésima evidencia.

El deseo de saber cómo funciona realmente el mundo es difícil de competir. Mientras aparecemos como ahítos de ese conocimiento, nos mostramos como duros de pelar. No es un deseo reducible al de un grupo de interés; no es un club, no es algo a lo que simplemente te apuntas. Y si lo ves así, reduces su influencia. El último problema con el ateísmo del que me gustaría hablar es de cómo se relaciona con algunas de las experiencias que yacen como núcleo de muchas tradiciones religiosas, quizá no todas, y que se suelen definir con mayor o menor claridad en la literatura espiritual y mística. Quienes hayan leído The End of Faith saben que no estoy del todo en línea con Dan, Richar y Christopher en mi tratamiento de estos temas, así que me gustaría tomarme un poco de tiempo para discutirlo. Mientras que siempre uso términos como “espiritual” o “místico” entre comillas, me tomo la molestia de desnudarlos de metafísica. La correspondencia que recibo de mis camaradas me sugiere que muchos encuentran problemático mi interés en estos temas.

Permítaseme primero describir el fenómeno general al que me refiero. Esto es lo que generalmente ocurre; una persona, en sea cual sea la cultura en la que vive, descubre que la vida es difícil. Incluso en los mejores momentos —tiene salud, nadie cercano ha muerto, la nevera está llena de cerveza, hace buen tiempo afuera— descubre que su experiencia del momento es tal que parece siempre estar moviéndose buscando la felicidad, y sólo apartándose momentáneamente de esta búsqueda. Todo lo hemos notado. Buscamos agradables vistas, sonidos, sabores, sensaciones, actitudes. Intentamos satisfacer nuestra curiosidad intelectual y nuestro deseo de amistad y romance. Nos hacemos conocedores del arte, de la música y del cine. Pero nuestros placeres son, por naturaleza, perecederos. Y no podemos hacer otra cosa que simplemente recuperarlos tan a menudo como seamos capaces. Cuando se disfruta de un éxito profesional, nuestro sentimiemto de plenitud es vívido, intoxicante, durante unas horas, quizás un día, pero entonces nos empiezan a preguntar “¿qué vas a hacer ahora?” “¿Qué hay en tu libro de planes?” Steve Jobs lanza el iPhone, y probablemente no pasaron veinte minutos hasta que alguien preguntó “¿cuándo lo vas a hacer más pequeño?” Nótese que muy pocos, en este punto, y sin importar lo grande que sea lo que han conseguido, dicen “lo hice, he conseguido todas mis metas, ahora me voy a quedar aquí comiendo helado hasta morir delante de ti.” Incluso cuando todo va todo lo bien que puede llegar a ir, la búsqueda de la felicidad continúa, y el esfuerzo requerido para apartar la duda, la insatisfacción y el aburrimiento continúa momento a momento. Aún cuando nada más lo hace, la certeza de la muerte y la experiencia de perder a los seres queridos apuñala la existencia mejor ordenada y más gratificante. En este contexto, algunos se han preguntado tradicionalmente si existen formas más profundas de bienestar. Si hay, por decirlo así, alguna forma de felicidad que no depende de reiterar placeres y éxitos y evitar dolores. Si hay alguna forma de felicidad que no depende de poder poner en la lengua la comida favorita de cada uno, de tener a todos los amados al alcance de los brazos, de disponer de buenos libros que leer, o de tener un buen plan para el fin de semana. ¿Es posible ser simplemente feliz antes de que nada ocurra, antes de que los deseos sean gratificados y a pesar de las inevitables dificultables de la vida, del dolor físico, de la vejez, la enfermedad, la muerte? Esta pregunta, creo, rodea la periferia de la consciencia de todos. Vivimos, hasta cierto punto, nuestra respuesta a esa pregunta; y muchos de nosotros vivimos como si la respuesta fuese no. No, no hay nada más profundo que repetir placeres y evitar el dolor. No hay nada más profundo que buscar la satisfacción, la sensorial y la intelectual. Muchos pensamos que lo único que hay que hacer en la vida es pisar el acelerador hasta que la carretera se acaba. Pero algunos, por el motivo que sea, sospechamos que la experiencia humana puede aspirar a mas. De hecho muchos lo sospechan gracias a la religión, a las reivindicaciones de gente como Buda o Jesús o muchas otras celebradas figuras religiosas. Y esa gente puede empezar a practicar varias disciplinas de la atención, a menudo llamadas “meditación” o “contemplación” como una manera de examinar su experiencia tan cercanamente como sea posible para averiguar si alguna forma más profunda de bienestar es realmente encontrable. Tal persona podría encerrarse en una cueva, o en un monasterio, durante meses o años, para facilitar este proceso. ¿Por qué hacer eso? Bien, en realidad es un experimento simple. Ésta es la lógica; si hay alguna forma de bienestar psicolófico que no es dependiente de simplemente repetir placeres, entonces debería estar disponible incluso si esas fuentes de placer ya no están.

Si existe, esa felicidad debería poder alcanzarse incluso si se ha renunciado a las posesiones materiales, se ha renunciado a una relación con la chica que te gustaba del instituto, y se ha cambiado el lugar de residencia por una cueva o por cualquier otro punto definitivamente incompatible con la satisfacción de los deseos y las aspiraciones ordinarias. Una pista sobre cómo puede llegar a asustar un proyecto vital de este tipo es el hecho de que el confinamiento solitario —de lo que estamos hablando— se considera un castigo incluso dentro de una prisión. Incluso cuando estás rodeado de homicidas y violadores, prefieres su compañía a estar solo en un recinto cerrado. Aún así, durante miles de años, los contemplativos han reivindicado haber encontrado un bienestar extraordinariamente profundo mientras perdían mucho tiempo en soledad total. Me parece que, como seres racionales, sin importar si nos llamamos a nosotros mismos “ateos” o no, podemos elegir cómo vemos este asunto. Bien la literatura contemplativa es un mero catálogo de ilusiones religiosas, fraude deliberado y psicopatología, bien realmente hay quien ha tenido experiencias interesantes bajo la etiqueta de “espiritualidad” o “misticismo” durante miles de años.

Permítaseme afirmar, a partir de mi propio estudio y experiencia, que no tengo ninguna duda de que a través de prácticas tradicionales como la meditación, mucha gente ha mejorado su vida emocional, su entendimiento, sus intuiciones éticas, e incluso han llegado a un profundo conocimiento de la subjetividad. Por supuesto, dejando de lado la metafísica, la mitología, y otras chorradas, lo que contemplativos y místicos llevan miles de años reivindicando haber descubierto es que hay una alternativa a simplemente vivir a merced del siguiente pensamiento neurótico que nos traiga nuestra consciencia. Hay una alternativa al hechizo permamente de la conversación que tenemos con nosotros mismos. La mayor parte de nosotros, al ver a alguien caminar por la calle hablando en voz alta con sí mismo, no siendo capaz de censurarse frente a los demás, pensará que está mentalmente enfermo. Sin embargo, todos nosotros hablamos con nosotros mismos durante todo el día, pensando, pensando, pensando, recuperando conversaciones recientes, pensando en lo que dijimos, en lo que no dijimos, en lo que deberíamos haber dicho, abrumándonos a nosotros mismos con lo que esperamos que suceda, lo que ha sucedido, lo que casi sucede, lo que debería haber sucedido… Pero como sabemos hacer que esta conversación sea privada, lo consideramos normal. Compatible con la salud mental. Bien, esto no es lo que la experiencia de millones de contemplativos sugiere.

Por supuesto, no estoy negando la importancia de pensar. No hay duda de que el pensamiento lingüístico es indispensable para nosotros. En gran parte es lo que nos hace humanos. Es la fábrica de cada cultura, y de cada relación social. Es la base de toda la ciencia. Y es seguramente responsable de nuestra capacidad cognitiva, de la más rudimentaria, integrando creencias, planes, el aprendizaje, el razonamiento moral, y muchas otras capacidades mentales. Incluso hablar con nosotros mismos en voz alta, en ocasiones sirve una útil función. Desde el punto de vista de nuestra tradición contemplativa, sin embargo —llevado a una versión caricaturesca que ignora por completo cualquier disputa esotérica— nuestra identificación habitual con el pensamiento discursivo, nuestro fallo al reconocer que los pensamientos son simplemente pensamientos, es una fuente importante de sufrimiento humano. Cuando alguien rompe esta cadena, pasa a disponer de una fuente de liberación extraordinaria. El problema de una reivindicación contemplativa de este tipo es que no puedes tomar prestadas las herramientas de otro para ponerla a prueba. El problema es que para ponerla a prueba cada uno tiene que construirse sus propias herramientas contemplativas, algo que también sirve para apreciar con qué distracción llegamos a tomarnoslo en primer lugar.

Imagínese cómo sería la astronomía si fuese necesario que cada uno tuviese que construirse un telescopio incluso antes de llegar a la conclusión de que merece la pena perder el tiempo con ella. No haría que el cielo fuese más o menos interesante de observar, pero sí habría hecho inmensamente más difícil establecer que la astronomía es una ciencia. Para juzgar las reivindicaciones empíricas de los contemplativos, te tienes que construir tu propio telescopio. Juzgar una reivindicación metafísica es otro asunto; es fácil descartarla como mala ciencia o incluso mala filosofía simplemente pensando sobre ella. Pero para juzgar si determinadas experiencias son posibles, y de ser posibles, son deseables, tenemos que utilizar nuestra atención de una manera determinada. Tenemos que romper nuestra identificación con el pensamiento discursivo al menos por unos momentos. Y esto requiere mucho trabajo, como mínimo porque no es un trabajo sobre el que nuestra cultura sepa gran cosa.

Un problema del ateísmo como pensamiento, es que aparece como sinónimo de no estar interesado en lo que alguien como Buda o Jesús podrían haber experimentado. De hecho, muchos ateos rechazan esas experiencias de antemano, como imposibles, o si posibles, en absoluto interesantes. Otro error común es imaginar que dichas experiencias son necesariamente equivalentes a estados mentales con los que ya estamos familiarizados; la fascinación científica, la apreciación estética, la inspiración artística, etc. Como alguien que ha hecho sus modestos progresos en este área, permítaseme asegurar que cuando una persona se retira en soledad y se entrena a sí misma en la meditación durante 15 o 18 horas al día, durante meses o años, en silencio, no haciendo nada más, no leyendo, no hablando, no escribiendo, sólo haciendo un esfuerzo sostenido, momento tras momento, para simplemente observar qué contiene su consciencia, no perdiéndose en el pensamiento; experiencia cosas que muchos científicos y artistas no saben que es posible experimentar, a no ser que hayan hecho el mismo esfuerzo de introspección. Y que estas experiencias dicen mucho de la plasticidad de la mente humana y de las posibilidades de la felicidad. Así que, además de llevar vuestra atención a estos fenómenos, me gustaría apuntaros que, como ateos, nuestro rechazo a este tipo de experiencia humana nos pone en desventaja. Porque millones de personas han tenido estas experiencias, millones de personas creen haber estado cerca de tenerlas, y nosotros, como ateos, las rechazamos de principio porque siempre han tenido asociaciones religiosas. Dado que muchas veces estas experiencias constituyen el momento más decisivo y transformador de la vida de una persona, no reconocer que son posibles e importantes nos hará fácilmente aparecer como menos sabios que incluso los más locos de nuestros oponentes religiosos. Mi miedo es que el ateísmo pueda llegar fácilmente a la posición de no interesarse en ciertas posibilidades útiles. No sé si el universo es, como decía Haldane, “no sólo más extraño de lo que suponemos, sino más extraño de lo que podemos llegar a suponer”. Pero estoy seguro de que es más extraño de cómo nosotros, como “atéos” tendemos a representarlo mientras promovemos el ateísmo. Como ateos damos a los demás, e incluso a nosotros mismos, la sensación de que estamos muy avanzados en la tarea de despojar al universo de misterio.

Sin embargo, como representantes de la razón, sabemos en realidad que el misterio va a estar mucho tiempo entre nosotros. De hecho hay buenas razones para creer que el misterio no se puede erradicar de nuestra circunstancia humana dado que por mucho que sepamos siempre habrá hechos que no podemos representar y que simplemente debemos dar por entendidos si queremos tener explicación para todo lo demás. Igual es un problema epistemológico, pero no es desde luego un problema para la vida y la solidaridad humanas. No despoja de sentido nuestras vidas. Y no es una barrera para nuestra felicidad. Nos encontramos, sin embargo, ante el desafío de contagiar este punto de vista a los demás. Nos encontramos ante el desafío de persuadir a un mundo infectado por mitos que el amor y la curiosidad son suficientes y que no necesitamos consolar o asustarnos a nosotros mismos y a nuestros hijos con cuentos de hadas de la edad de hierro. Creo que no hay ninguna batalla intelectual que sea más importante ganar; hay que combatir desde cien frentes, al mismo tiempo y sin detenerse. Pero creo que esa lucha no ha de librarse en filas ordenadas y vistiendo las casacas rojas del ateísmo. Finalmente, creo que es útil dar una visión de cómo será nuestra victoria. De nuevo, la analogía con el racismo me parece instructiva. ¿Cómo aparecerá la victoria contra el racismo, si alguna vez llega ese día feliz? No será ciertamente un mundo en el que muchos se profesen no-racistas. En su lugar, será un mundo en el que el concepto de las razas distintas habrá perdido su significado. Habremos ganado nuestra guerra de ideas contra la religión cuando el ateísmo sea incomprensible como concepto. Nos encontraremos simplemente en un mundo en el que la gente no se agrede pretendiendo saber cosas que en realidad no sabe. Es un futuro por el que merece la pena luchar. Podría ser de hecho el único futuro compatible con nuestra supervivencia a largo plazo como especie. Pero el único camino entre ahora y entonces, el único que diviso, pasa por que seamos rigurosamente honestos hoy en día. Creo que la honestidad intelectual ya es, y va a ser siempre, algo más profundo y más fácilmente contagiable que el “ateísmo”.

Rubisco

21-agosto-2008 · Imprimir este artículo

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INTRODUCCIÓN: Pifia periodística

Muchos pensamos que los medios de comunicación de este país deberían prestar más atención a la ciencia y dedicarle más páginas o minutos. Tendría que ser lo normal poder abrir el periódico cada día y buscar directamente las noticias científicas, como quien va a la tira cómica, pero en lugar de eso uno tiene que sorprenderse gratamente cuando ve alguna noticia de esa naturaleza, aunque sólo le hayan dedicado un espacio residual en alguna esquina en la que no sabían que poner.

Hace unos días me encontré con una de esas noticias mientras leía el ADN de Mallorca. Aún no había terminado mi sorpresa cuando llegó el desengaño. El titular decía: La UIB logra multiplicar las cosechas casi sin agua. Y la noticia se podía resumir en estas líneas: <>

De decir “están trabajando en” a “logra multiplicar” hay un trecho, pero este fallo queda relegado a un segundo plano si seguimos leyendo. Buscando la misma noticia en otras publicaciones, encontramos los mismos errores en una redacción casi idéntica. He aquí un par de perlas:

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Trataré a continuación de desfacer el entuerto.

EPISODIO I: ¿Qué es la rubisco?

El principal error que cometen los periodistas es decir que la enzima rubisco (ribulosa-1,5-difosfato carboxilasa oxigenasa para los amigos) ha sido detectada en las Islas Baleares, concretamente en Limonium gibertii. La rubisco es conocida desde hace mucho tiempo, y se sabe que existe en todos los seres fotosintéticos, no sólo plantas, sino algas, bacterias y arqueas. De hecho, se cree que la rubisco es la enzima más abundante del planeta.
Una enzima es una proteína con una estructura que le permite interaccionar con otras moléculas y catalizar determinadas reacciones químicas. La rubisco juega un papel fundamental en la fabricación de nuevos compuestos que se da durante la fotosíntesis, al incorporar a las moléculas en proceso de síntesis CO2 que la planta toma del aire.

EPISODIO II: La torpeza de la Rubisco.

Aquí vuelve a errar la noticia. Se puede leer que la rubisco tiene una alta afinidad con el CO2, pero si comparamos esa afinidad con la que tienen otras enzimas por sus respectivos sustratos, veremos que queda en muy (pero que muy) mal puesto. Para empeorar las cosas, hay que añadir que no sólo reacciona con CO2, sino también con oxígeno molecular, O2 (de ahí lo de “oxigenasa”), lo cual da lugar a unos procesos químicos distintos, conocidos en su conjunto como “fotorrespiración”. Puesto que en el medio celular, además de dióxido de carbono, también hay oxígeno disuelto, esto ocurre con relativa frecuencia, constituyendo una pérdida de tiempo y energía para la planta. Por así decirlo, la rubisco trabaja con CO2 y de vez en cuando se “equivoca” y toma un O2, dando lugar un proceso distinto e inútil. Precisamente porque se trata de una enzima tan patatera los fotosintetizadores necesitan grandes cantidades para funcionar a un ritmo decente, y de ahí su abundancia.

EPISODIO III: C4 y C3 (no hablamos de las CAM)

En realidad hay indicios de que la fotorrespiración podría cumplir ciertas funciones fisiológicas, sobre todo de protección ante un exceso de luz, aunque los resultados de los estudios al respecto son contradictorios. En cualquier caso, parece bastante claro que a la planta le interesa reducir la fotorrespiración al mínimo. De hecho, existen plantas en las que es casi inexistente. Las llamadas C4 poseen mecanismos mediante los que mantienen una elevadísima concentración de CO2 en el medio en el que se halla su rubisco. De ese modo, la probabilidad de que tome un O2 en lugar de un CO2 desciende al mínimo, y trabaja más eficientemente. Gracias a esto, pueden reducir el consumo del agua cuando ésta escasea, pues al cundirles más el CO2 pueden tener los estomas menos abiertos, lo cual disminuye la transpiración. Algunos ejemplos de plantas C4 son el maíz, el arroz o la caña de azúcar.

Las plantas C3 no incorporan estos mecanismos, pero eso no ha impedido que lograsen colonizar hábitats en los que el agua escasea. Existen multitud de estrategias, como la presencia de hojas duras y pequeñas o ciclos vitales determinados. También se han observado adaptaciones en cuanto a la eficiencia en el uso de carbono se refiere. Las temperaturas cálidas favorecen la fotorrespiración y la sequía disminuye la capacidad fotosintética de la planta. Por ello, no es de extrañar que la evolución haya dado lugar a rubiscos con un mayor factor específico en las especies que habitan ambientes en los que el estrés hídrico es elevado. El factor específico de la rubisco es una medida que relaciona la capacidad carboxilasa de la enzima con su capacidad oxigenasa. De este modo, cuanto mayor es la capacidad carboxilación en comparación a la de oxigenación, mayor es el factor específico, el cual se expresa con un número sin unidades.

Ignoro qué oyó o interpretó cuando le hablaba su interlocutor la periodista que escribió que la rubisco tiene una alta afinidad por el CO2, pero desde luego, no se puede decir que sea cierto. Lo que sí sería más correcto decir es que Limonium gibertii es la planta C3 cuya rubisco tiene un mayor factor específico de cuantas se conocen, lo cual no significa que sea alto, ni tampoco que sea el mayor de todos los fotosintetizadores. En la rubisco de L.gibertii es de aproximadamente 110 a 25ºC, mientras que en determinadas algas rojas oscila entre 225 y 240.

L.gibertii, autóctona de las Baleares (donde se ha determinado su factor específico), pero no endémica, vive en costas rocosas y en acantilados, lugares en los que el agua utilizable escasea.

EPISODIO IV: La investigación

La investigación de los fisiólogos de la UIB, desarrollada junto con científicos del Reino Unido y Australia, busca modificar genéticamente plantas C3 para que sinteticen la rubisco de L.gibertii, en lugar de la suya propia, y así aumentar el rendimiento de los cultivos y su resistencia a la sequía. La aplicación de este “truco” no sirve con las C4, puesto que, como se explicó antes, apenas presentan fotorrespiración, y los efectos del cambio serían imperceptibles.
Diversas especies que sí podrían verse beneficiadas de forma notable por esta modificación son el tabaco, el trigo, la vid o las espinacas.

Según me informó Jaume Flexas, el miembro del grupo entrevistado por la periodista de Europa Press, en estos detalles ya no yerra la noticia… salvo tal vez en el punto en el que tratan al tabaco de cultivo balear. Aunque yo creo que no hace falta tener muchos estudios para detectar ese fallo, al menos si se es de la región. ¿Se leerán los periodistas el material que les envían las agencias de información?.

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Galmés J., Flexas J., Keys A.J., Cifre J., Mitchell R.A.C., Madgwick P.J., Haslam R.P., Medrano H., Parry M.A.J. (2005) Rubisco specificity factor tends to be larger in plant species from drier habitats and in species with persistentleaves. Plant, Cell and Environment, 28, 571–579.

M.A.J. Parry, J. Flexas & H. Medrano. (2005) Prospects for crop production under drought: research priorities and future directions. Annals of Applied Biology, Volume 147, Number 3, pp. 211-226(16)

Lamentación y triunfo de Maribel Moreno

21-agosto-2008 · Imprimir este artículo

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A imitación de la antigüedad el mundo contemporáneo ha instaurado cada cuatro años los denominados juegos olímpicos. Aunque se proclama con terquedad un clima de sana competición, en estos enfrentamientos “deportivos” también subyacen intereses políticos, económicos o de simple orgullo patrio. Del mismo modo que la idea de “éxito”, sobre todo en las sociedades occidentales, progresivamente se va enquistando en un propósito de triunfo por encima de límites autoimpuestos de ética, moral o de cualquier esencia de humanismo, o de sentido común; como decía, esa misma presión por el triunfo que encharca la mayor parte de los compartimentos de la sociedad, también se percibe, como no podría ser de otra forma, en el entorno del deporte. ¿Acaso alguien esperaría algo diferente con las premisas de la popularidad, el enriquecimiento o la victoria competitiva por encima de cualquier cosa, incluso de la dignidad propia, o del respeto por la de los demás? ¿Acaso que la comunidad internacional acceda a desarrollar estos juegos, ante los posibles beneficios económicos que se obtendrán de colaterales acuerdos económicos, en un país que acomete la masacre impune de toda una cultura y de un pueblo, no demuestra esa falta de escrúpulo “mundial”? ¿Es preciso que mencione otros ejemplos de ese “todo vale” si los bolsillos se ensanchan hasta que cedan las costuras? ¿Acaso es preciso que me refiera a la tímida respuesta internacional ante la invasión de Georgia por el presidente Vladímir Putin?

En el mundo del arte y de la literatura se mide el valor de una obra por la posición que alcanza en la cifra de ventas, o por el valor que adquiere en una subasta, ¿alguien puede pensar seriamente que el deporte posee algún salvoconducto para excluirse de ese ambiente?
Los encuentros olímpicos contemporáneos tuvieron, a mi entender, su máximo exponente en la Alemania nazi. Allí todo resultaba más nítido por la desfachatez del propio régimen: Lo importante era que se demostrara la superioridad aria para justificar lo que vendría después. ¿Cuántos gobiernos no envían en la actualidad a sus atletas con el propósito de mostrar al mundo la superioridad de un país, de una religión, de un sistema político? Y si no, ¿a qué viene ese énfasis patriótico que ciertos sistemas fomentan en torno a toda competición deportiva? ¿Es preciso que aclare, a estas alturas, que la exclusividad que caracteriza a toda fuerza nacionalista, aunque ésta no conforme una nación reconocida, siempre desemboca en el fascismo, puesto que su “razón de ser” parte del error de creerse “diferentes” –de ahí a considerarse superiores sólo resta un paso- por oposición a otro grupo?

Ahora en la televisión nos vemos obligados a soportar un anuncio lastimero donde se nos informa que muchos atletas no se ganan la vida con el deporte. ¿Y cuántos investigadores, músicos, escritores, pintores y otros colectivos, no sobreviven sólo con su talento? ¿Cómo se puede alcanzar tal nivel de desfachatez pública?

Todo lo anterior viene motivado por el caso de Maribel Moreno. La ciclista, al parecer, ha dado positivo en un control antidopaje. Los periódicos y los medios de comunicación han asaltado a la deportista, al tiempo que políticos y entidades, que hasta ahora subvencionaban a su equipo, se han mesado los cabellos, para luego quemar las camisetas y derramar las cenizas sobre sus cabezas. Tras la lectura de abundantes proclamas no me sorprendería que se reinstaurara la inquisición en España para juzgar el “gravísimo” caso de Maribel Moreno.

Después de todo lo expuesto al comienzo de este artículo, ¿todavía se puede culpabilizar en exclusiva a la deportista? Todas esas voces de tanta altura moral que gruñen contra Moreno muestran su auténtico rostro pidiendo la quema del reo, demuestran el nivel de hipocresía de los alborotadores que solicitan la “cabeza de turco” de la pobre Maribel Moreno.

Todo vale en este mundo para lograr el éxito siempre que no se sepa, por supuesto, o que, al menos, se posea una buena excusa para justificarse. El triunfo de Maribel reside en la ocasión que este desagradable incidente le brinda para su fortalecimiento personal tras su encuentro con verdugos y legisladores falsarios.

Señores inquisidores, el mal del dopaje se encuentra en la raíz de este sistema desnaturalizado. En última instancia, ¿qué son las olimpiadas? Un encuentro costosísimo para comprobar quien mea más lejos. ¡Encantador! ¡Fiel reflejo de nuestro mundo!

Efectos de la servidumbre (I)

Los auténticos males y peligros del gobierno representativo pueden reducirse a dos: la ignorancia y la incapacidad general, y el peligro de hallarse bajo la influencia de intereses distintos a los del bienestar general de la comunidad.

John Stuart Mill

Ha llegado la hora de dejar de hacer concesiones, de otorgar el beneficio de la duda, de mantener y reforzar a los garantes del engaño:

El reciente pacto para reforzar la politización de la justicia es la gota que ha colmado un vaso lleno de pactos ocultos, abusos autonomistas y servidumbre subvencionada:

La sociedad española está tan contaminada por los partidos políticos y por la partitocracia que ni siquiera es capaz de saber que la Justicia española no necesita renovarse sino limpiarse, ganar la batalla de la independencia y ser verdaderamente democrática. Voto en Blanco.

Y la reciente demostración vía doble sentencia judicial de que la disidencia crítica ante la partitocracia tiene el límite de la crítica a la partitocracia, con el agravante de que la crítica tampoco está permitida a los designados por la G. de Dios, ni a los hijos de sus hijos.

Nos gritan a la cara que el gobierno representativo se halla bajo la influencia de intereses, no ya distintos, sino contrarios a los del bienestar general de la comunidad.

La ignorancia y la incapacidad general arropadas por la mala fe tienen un botón de muestra más en la reciente opereta que ha supuesto la visita del presidente venezolano, con sus consecuencias inmediatas vía nacionalización de bancos españoles, reflejo de la desastrosa política exterior que se ha desarrollado (por exceso o por defecto) en tiempos en que la tierra es plana. Y en unos resultados económicos en apariencia satisfactorios pero tal vez idolatrados sobre pies de barro.

El llamado Pacto de la Transición se aceptó poco ambicioso e imperfecto porque la sociedad consintió un reparto del poder entre las ruinas del régimen y los oligarcas de la oposición. El objetivo aparente era evitar un nuevo e improbable conflicto cainita, en aras de un equilibrio y estabilidad efectivamente conseguidos.

Sin embargo, cuando el acuerdo ha terminado por obviar todos los objetivos planteados el fraude emerge de nuevo con su fétido olor:

El consenso, así planteado, no fue, como se pretende, el catalizador de un proceso democrático sino su negación, la afirmación de un acuerdo entre oligarquías, un pacto entre la oposición y la clase política franquista, a espaldas de una opinión pública carente de defensas intelectuales, por efecto de cuarenta años de censura, frente a tal maniobra. Pecados Originales.

Hoy urge construir un sociedad civil que se erija como regulador y contrapoder ante la asfixiante intromisión de la política en la esfera indivudual y la vergonzante renuncia de la justicia a garantizar nuestros derechos individuales.

Hoy urge actuar y sólo caben dos opciones: seguir confiando en que las cosas puedan cambiar desde dentro, y por eso votar a UPyD, C’s o en Blanco; o ser algo más realista y optar por la Desobediencia Civil.

Suena Anarchy in the UK, de los Pistols.