Entrevista a Raimundo Guerra

15-diciembre-2005 · Imprimir este artículo

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Por Rafael Millán

“Nadie se libra de pertenecer al club de la neurosis”
Raimundo Guerra es Doctor en Psicología de amplia formación y autor de numerosos volúmenes, entre ellos, Tratado de la insoportabilidad, la envidia y otras “virtudes” humanas y Tratado del amor, la suerte y la felicidad (de próxima aparición). Dos obras rebosantes de crítica, ojo clínico y sentido del humor. Charlando con él comprobamos, además, el valor humano de este “oso leonés” del psicoanálisis…

Entre tanta Escuela psicológica, ¿cuál es “la buena”?

No hay curas–tipo. El modelo y la escuela deben ajustarse al paciente y no al revés. Ciertas terapias pueden funcionar con problemas superficiales, pero con trastornos densos o muy arraigados es necesario un enfoque amplio, con base antropológica y filosófica –la psicología no debe olvidar sus orígenes como un “nuevo rico”–, y eso sólo lo da la psicología dinámica o psicoanalítica. Muchos pacientes nos llegan “desahuciados” de varios psicólogos y psiquiatras que van sólo al síntoma.

¿No hay que atacar al síntoma?

La mayoría de los problemas son existenciales y “profundos”. El ser humano es como una casa. Alguien puede tener una gotera en el tejado, que sería la conducta; pero si reparamos sólo el techo, no aguantará demasiado hasta que la fachada o los pilares empiecen a resquebrajarse. Hay que ajustarlo todo, hasta las ventanas, que son las cogniciones. Y por supuesto comprobar y reparar el subsuelo y los cimientos, es decir, la vida inconsciente que todos tenemos.

¿Quién está enfermo?

No me gusta ese término, es más exacto patología o desajuste. Yo siempre digo que nadie se libra de pertenecer al “club de la neurosis”. Todos tenemos tics e inercias psíquicas. Lo que hasta puede ser positivo en procesos de creatividad. Ya Platón habla de la “divina locura”.

Y, ¿por qué enfermamos?

Desde que nacemos, la sociedad y la familia castran nuestros procesos creativos, nos limitan. Luego tenemos que crearnos una imagen de cara a los demás como una máscara. Así vamos perdiendo nuestra identidad en detrimento de “lo que gusta” o lo vigente. Es una “falta de personalidad”. La adolescencia es el campo de pruebas de todo lo construido. Ahí, al “salir del nido” empiezan a manifestarse los trastornos que se han ido gestando en la familia, como en un calo de cultivo.

Entonces, ¿hay que “matar a la familia”?

Los padres no tienen la culpa de todo. Si eres un alcohólico, al final, la copa te la sirves tú. No se trata ni de odiar al padre ni de amarlo siempre. Hay que verlos como son, ni más ni menos, y reconciliarse con ellos. El análisis es una prueba de realidad que acaba cuando se comprende que los padres también tienen su propia neurosis y que han hecho lo que han podido hasta donde han podido. Además no hay que dar “artillería” al paciente: si cree que la culpa es de otros, lo utilizará como excusa para no cambiar: “es que me han hecho así, ¡aguántenme como soy!”.

O sea, que elegimos enfermar “libremente”…

El que no se vuelve loco es porque no quiere. Razones para “enloquecer” hay a punta pala. Pero siempre disponemos de un gradiente de libertad, por eso las terapias funcionan. Aprendemos a dedicarnos a cualquier otra cosa que no sea neurotizarnos. Y aquí se da una paradoja: el ser humano tiene un miedo tremendo a su propia libertad, que es, junto al amor, lo único que puede sanarle.

¿A quién le vendría bien una terapia?

A casi todo el mundo, aunque sea para “ponerse a punto” o prevenir. Por eso la psicoterapia debería estar en la seguridad social, como en algunos países nórdicos. En España estamos muy atrasados.

¿La enfermedad es del alma o del cuerpo?

La enfermedad empieza en la mente y acaba en el cuerpo. Se puede tener un burnout de caballo y desarrollar una úlcera. Pero luego el síntoma es autónomo y hay que ir al médico. El cuerpo no se cura por “sugestión psicológica”. Eso sería engañar. Las psicoterapias, eso sí, pueden ayudar mucho y prevenir. Pero casi todas las dolencias tienen las dos vertientes: son psicosomáticas.

¿Cómo es un buen psicólogo?

Lo más importante no se enseña en las escuelas: ser buena persona. Si no, el paciente lo nota y, lógicamente, no colabora. También hay que estar muy bien psicoanalizado para no contaminar a los demás con tus propios sesgos y fantasmas. Además de una formación teórica continua.

Hablemos de roles sexuales. Los hombres y las mujeres, ¿somos iguales?

Debemos ser iguales jurídicamente, en oportunidades y en derechos. En todo lo demás somos diametralmente opuestos. Y la diferencia es bonita y necesaria. La mujer expresa mejor las emociones y puede ser madre que es la labor más solidaria y altruista que hay. El hombre es más contumaz y puede poner su “agresividad” al servicio de una buena causa. Pero todos somos un poco las dos cosas. Ya Jung decía que el hombre contiene un arquetipo femenino, el anima, y la mujer uno masculino, el animus.

¿Y la homosexualidad?

La homosexualidad no es más que otra opción perfectamente lícita del homo sapiens. Esto no es negociable. Es así y punto. El que diga que es “antinatural” o algo parecido, no tiene ni idea de antropología.

Como psicólogo, ¿qué cambiarías en esta sociedad?

Precisamente se acusa a los psicoanalistas de querer constituirse en “el faro de occidente” desde donde juzgar y denunciar la sociedad. Para mí no es una crítica, sino un deber ético y profesional. Yo empezaría por cambiar el cinismo y la hipocresía: no queremos ayudar al vecino por “no meternos en sus cosas”, pero luego estamos enterados de todos los cotilleos del barrio. Cambiaría la competitividad, ya que no se puede empatizar con un potencial competidor. Cambiaría la rivalidad, el odio, los celos… Cosas con las que no nacemos, sino que las aprendemos. Nuestra sociedad es psíquicamente muy negligente. Culpabiliza muchísimo crea vínculos materialistas absurdos, hasta llegar a confundir el ser con el tener. Además estamos anestesiados con la tele, la copita de fin de semana, la droguita de turno… Por eso, la mayoría de nosotros, somos “carne de diván”.

Entrevista a José Antonio Ullate

12-diciembre-2005 · Imprimir este artículo

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Por Pedro Fernández Barbadillo

“MUCHOS ESTÁN ANSIOSOS POR LEER CUALQUIER ENORMIDAD SOBRE LA IGLESIA”

El mayor ‘best-seller’ de los últimos años es El Código Da Vinci. Pese a que su autor presenta la novela como una descripción fidedigna de hechos y objetos, los errores se suceden casi en todas las páginas. José Antonio Ullate, ex redactor jefe del semanario Alfa y Omega y del suplemento Fe y Razón, del diario La Razón, acaba de publicar en la editorial LibrosLibres La verdad del Código Da Vinci, en el que expone las falsedades de la novela de Dan Brown y explica su éxito.

Tu libro demuestra que El Código Da Vinci está lleno de errores, como la dedicación de los Juegos Olímpicos por los griegos no a Zeus sino a Venus, que era una diosa romana, o la homosexualidad de Leonardo da Vinci. ¿Cuáles crees que son los más groseros?

La mentira fundamental es la negación de la veracidad de la Iglesia: Jesucristo no es Dios. El reverso de esta negación es la adhesión a un culto feminista de naturaleza gnóstica. De ahí se deduce toda la interminable lista de errores particulares: que Jesús estuvo casado con María Magdalena, que tuvieron descendencia carnal, que esa descendencia prosigue todavía hoy, que la Iglesia es una vasta conspiración para acallar un supuesto culto a “la diosa”…

¿Cómo estas equivocaciones, algunas imperdonables en un profesor de Historia del Arte, no han perjudicado la difusión de la novela y el crédito que muchos le prestan?

Lo que intento explicar en mi libro es precisamente que no basta con refutar la abultada lista de errores, sino que hay que reflexionar sobre por qué tantos errores han sido buscados y creídos por tantos. En realidad, lo más desastroso es que hoy en muchas personas hay una sed de una religiosidad de “bendiga”, una forma de vida irresponsable y, lógicamente, para todos los que buscan una aprobación incondicional de su forma de vivir la Iglesia aparece como una madrastra. Muchos están ansiosos por escuchar o leer cualquier enormidad sobre la Iglesia.

Mucha gente afirma que El Código Da Vinci es sólo una novela, una manera de pasar el rato. ¿Lo crees así?

No existe tal cosa. Nada es “sólo una novela”, ni sólo “una forma de pasar el rato”. Somos especialmente receptivos a los estímulos que recibimos en nuestro ocio, precisamente cuando somos menos críticos. Pero, además, esta novela es más que una banalidad. Es un vehículo para transmitir una doctrina de naturaleza religiosa y anticristiana.

Parece que vivimos en una época que ha conseguido erradicar a Dios de la vida de millones de personas; sin embargo, el éxito de este libro demuestra que hay un interés por lo religioso…

Pero se trata de una coincidencia aparente. Cuando hablamos de religión queremos decir reconocimiento de un Dios y obediencia a su voluntad. La religiosidad que hoy se extiende es precisamente la antítesis de esto. Se busca la “tranquilidad” de lo espiritual, sin la carga de ningún dogma.

¿En qué consiste la herejía gnóstica de la que habla en la última parte de tu libro?, ¿forma parte de ella el movimiento ‘New Age’?

Las gnosis han sido siempre formas parasitarias de la auténtica fe, primero israelita y luego cristiana. Consisten fundamentalmente en otorgar al adepto una sensación de superioridad y de poder al hacerle partícipe de una “explicación” de la realidad; entonces, el gnóstico se siente por encima de las ataduras morales de los demás hombres, meramente materiales. Las gnosis son formas de rebelión anárquica, rechazan toda ley, sea espiritual o civil. La New Age es una etiqueta amplísima que designa a las versiones contemporáneas y de amplia difusión de los viejos gnosticismos.

El conocimiento está al alcance de cualquiera, pero ¿no da la impresión de que un sector muy grande de la población está dispuesto a creer en cualquier conspiración o absurdo histórico?

Las teorías de la conspiración no son patrimonio exclusivo de los gnósticos, pero son una forma muy extendida de abdicar de las propias responsabilidades, sea en el ámbito personal o en el social o el religioso. En todo caso son una forma pueril de auto exculpación ante la pasividad vital: la culpa de todo siempre es de otro u otros. Las conspiraciones reales están formadas por seres humanos. Otra cosa totalmente distinta es la presencia del diablo en la historia. Pero aun contra las fuerzas preternaturales, los cristianos tienen medios superabundantes.

A la vista de libros como El Código Da Vinci y otros (La Santa Alianza, Cinco siglos de espionaje vaticano, Illuminati), junto con diversas películas (Amén, de Costa Gavras, Dogma), ¿cabe deducir que la Iglesia se ha convertido en el malvado oficial? ¿Por qué no sucede lo mismo con los musulmanes, los masones o los comunistas?

Por dos razones: la primera porque la Iglesia es de origen divino y pese a estar hoy afligida por las debilidades de sus miembros, no pierde ese sello divino, que es reconocido –paradójicamente- con más claridad por sus enemigos. La otra razón, obvia, es porque la misma debilidad actual de los cristianos, aparentemente dispuestos a soportar vejaciones sin límite, les convierte en chivos expiatorios ideales y pasivos. Los musulmanes no se dejan burlar tan complacientemente. Dios quiera que las cosas no sigan así.

¿Sabes quién es en realidad Dan Brown?, ¿qué pretende con su libro: ganar dinero, ser reconocido como el fundador de una nueva religión, vengarse de la Iglesia…?

No juzgo las intenciones, pero aparte de comprensibles aspiraciones monetarias, él mismo ha declarado que es un “creyente” del culto a la diosa.

¿Esperas extirpar en algunos lectores los prejuicios y tópicos que les ha inoculado Brown?

Soy así de ingenuo.