Pedro Fernández Barbadillo

31-diciembre-2000 · Imprimir este artículo

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Por Valerio Padín

“O ESTÁS CON LOS NACIONALISTAS VASCOS O ESTÁS CONTRA ELLOS”

Pedro Fernández es escritor, profesor y periodista. Vasco residente en Madrid, ha escrito un divertido libro contra la perversión del lenguaje por parte de los nacionalistas. Bokabulario para hablar con nazionalistas baskos (editorial Áltera, ), denuncia, a través de muchos ejemplos reales, el uso político del lenguaje en el País Vasco.

Al leer tu Bokabulario para hablar con nazionalistas baskos he tenido la impresión de que más que para hablar sirve para señalar el uso tan peculiar e interesado que del leguaje ha hecho el nacionalismo vasco…. ¿Ese uso es real? ¿Qué fuentes has empleado?
Para elaborar el libro me he basado en lo que los propios nacionalistas dicen o escriben. Por un lado, he consultado sus libros y escritos. Muchas de las entradas incorporan una o más citas de personalidades del PNV, desde Sabino Arana a Juan José Ibarretxe. Por otro lado, gracias a mi implicación en la ideología abertzale (que he decir que ha acabado agobiándome) he podido reconstruir parte de su ideario y su lenguaje. El uso de palabras y expresiones como “maketo”, en el sentido de “no vasco o no uno de los nuestros”, es cotidiano.

Has escrito un libro cuyo resultado es humorístico, pero sobre un tema que no tiene ninguna gracia…

En efecto, el tema no tiene ninguna gracia. Se mata en el nombre de Euzkadi, por mucho que le irrite al lendakari que esto se diga. Desde los escritos de Sabino Arana, fundador del PNV, hasta los comunicados de ETA, el pilar del nacionalismo vasco es el odio, un odio acerbo y feroz contra el español, el mal vasco, el disidente, el tibio… Se odia también todo aquello que no pertenece al modelo abstracto de lo vasco, se trate del organillo (que sacaba de quicio a Arana) o de los vascos que fueron ministros en los gobiernos del franquismo.

Creo que el primer requisito para plantearse el asesinato de una persona por motivos políticos es la convicción de que no merece vivir, porque es un traidor o un opresor o un colaboracionista, y a esa conclusión se llega mediante un proceso intelectual en el que se convierte al vecino o al compañero de trabajo, en un desalmado sin derecho a vivir…

Dices en tu libro que “vasco” equivale a nacionalista, que convivencia significa en realidad “separación”. Estamos ante un lenguaje profundamente ideológico… ¿Alguno no lo es?
El lenguaje, como toda elaboración humana, nace para resolver unas necesidades, en este caso de comunicación. Para nombrar a las cosas y a las personas. ¿Qué ideología hay en el sonido o las letras que designan una mesa?
El carácter ideológico o partidista del lenguaje es una teoría que han difundido los marxistas, los comunistas, los nacionalistas, los fascistas, los nazis, las feministas… Todo movimiento totalitario pervierte el lenguaje que emplea. Primero vacía de contenido las palabras y luego las rellena con un nuevo significado. Así, como dices tú, vasco pasa de ser aquella persona que vive en el País Vasco o que tiene aquí su arraigo a ser el militante abertzale. De esta manera pueden alcanzar el rango de vascos los gallegos incorporados a ETA, mientras que quedan despojados de él quienes votan a partidos de ámbito nacional. A veces pienso que al nacionalismo le encaja mejor la definición de enfermedad que la de maldad.

Dices que la risa es un atributo del hombre libre… Aparte de que la gente se ría al leer tu obra, ¿qué otra reacción esperas que produzca?
Cuando el malvado o el tirano son objeto de burla, los hombres libres hemos ganado una batalla. Fíjate que todas las dictaduras, en la política o en la cultura, persiguen el humor, la sonrisa, la ironía. Las risas o no existen o sólo pueden ser consecuencia de chistes de sal gorda, como los que llenan El Jueves, una prueba más de que el sexo se usa en esta sociedad como un elemento de alienación. Si una revista como La Codorniz o unos escritores como Julio Camba y Pedro Muñoz Seca, son hoy impensables se debe a la vulgarización del pueblo.

Este es un libro hecho por un vasco no nacionalista que vive fuera del País Vasco. ¿Hay rencor o simple resistencia en sus páginas?

Por desgracia son los nacionalistas quienes nos han declarado la guerra a los demás. O estás con ellos o estás contra ellos. ¿Tengo que recordar las frases con que Arzallus (hijo de un requeté que combatió de manera entusiasta a las órdenes de Emilio Mola y de Franco) nos ha regalado los oídos casi todos los domingos durante veinte años? Recuerdo una declaración suya a los pocos días del asesinato de dos ertzainas. Arzallus dijo que entre los ertzainas había patriotas que se habían enrolado en la Policía para servir a Euzkadi, aunque también habían ingresado muchos que, después del servicio, en vez de pasar por el batzoki se quedaban en su casa. Uno de esos ertzainas asesinados encajaba en esa definición, porque se había mudado a Miranda de Ebro para disponer de una tranquilidad que le faltaba en Llodio. Iñaki Anasagasti, otro de los tribunos favoritos del nacionalismo, ha escrito varias veces que los intelectuales opuestos al nacionalismo lo son por beneficios económicos, como si sólo él se moviera por impulsos nobles y desinteresados. En el libro reproduzco una carta al director de Deia en la que un simple lector le aconseja al sacerdote Jaime Larrínaga, entonces párroco de Maruri amenazado por ETA, que si se siente a disgusto en su pueblo, que se marche a España, al extranjero…

¿No han llegado otros tiempos? Además de separatistas… ¿Existen los “separadores”?
El concepto de “separador”, que he recogido en mi libro, lo elaboraron los nacionalistas, para disponer de un reflejo cómodo que ridiculizar y con el que amenazar a los demás. Antes, a quien se oponía a las exigencias abertzales, los nacionalistas y sus admiradores de Madrid le acusaban de ser un “separador”; ahora, se les acusa de inmovilistas o de negadores del pluralismo. No niego que existen críticos al nacionalismo vasco y catalán que han caído en el insulto y la prepotencia. Sirva de atenuante que su actitud ha sido una reacción a las groserías y las mentiras de los nacionalistas. Por ejemplo, Francesc Cambó se inicia en política con unas protestas de los cachorros de la oligarquía catalana contra unas normas de protección a los trabajadores dictadas por el Gobierno. Y los primeros etarras sostenían que los emigrantes gallegos y castellanos en Vizcaya, que vivían hacinados en barrios obreros, eran una especie de agentes franquistas para españolizar Euzkadi.

Mundo Freaky

30-diciembre-2000 · Imprimir este artículo

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«Dejad en paz a los niños, y no les estorbéis de venir a mí; porque de los que son como ellos es el Reino de los Cielos».
(Mateo, capítulo XIX, versículo 19)

La muerte de la imaginación

Uno de los inconvenientes de vivir en una sociedad como la nuestra, que a pesar de estar al borde de la exterminación solamente piensa en llegar a fin de mes, es que determinados conceptos o estilos de vida que deberían ser tomados con normalidad resultan socialmente castigados. Cuanto más sutil es el concepto más y mayor el castigo. Posiblemente en España el más fustigado esté siendo la imaginación, redefinida por los señores del marketing con el término de «creatividad».

Tan fuerte es la agresión que antiguos y añorados conceptos han mutado de tal forma que ahora son casi irreconocibles. El concepto de freaky (homo frikisiensis), esa extraña especie que mochila en hombro y ataviado con una camiseta de Lobezno pululaba por tiendas de Rol y cómics de nuestro país, ha sido extorsionado hasta convertirse en los personajes que pueblan la telemierda. Ya todo vale y los términos se inventan y reinventan con total impunidad porque al otro lado del tubo catódico no hay nadie. El receptor ha dejado de existir.

Y es que, queridos amigos, a la imaginación la están matando la estupidez y la hipoteca y la está enterrando la televisión, con gran regocijo de los que dicen preocuparse por nuestros intereses. El freaky ha sido siempre un tipo que no quiere dejar de ser niño y que consume todo lo necesario para seguir atado a esa cándida etapa de reafirmación de identidad y ardores sexuales, sazonado todo ello por el impulso consumista del bondadoso capitalismo. Nada que ver, por lo tanto, con los espantapájaros desdentados que inundan las noches televisivas –y las tardes y las mañanas- de los españolitos cansados después de tanto curro y tan poco sueldo.
Visto lo visto, es de justicia hacer un recorrido por el auténtico mundo freaky del cómic, el rol y similares, antes de que pueda desaparecer, acuciado de una dolencia grave de realidad, necesidades artificiales y estupidez social generalizada.

¿Es un pájaro? ¿Es un avión?

El cómic está moribundo. Y es una lástima porque durante mucho tiempo -el desierto de la posguerra-, fue el medio favorito de expresión visual de toda una generación, que aunque nunca se la denominó freaky, vivió este arte como si lo fuera.
El gran problema del cómic occidental actual –del español no hablo porque con el cierre inminente de El Víbora nos quedamos en cuadro- es que su población de consumidores se ha frenado y ya no entra savia nueva. En el mundillo freaky del cómic seguimos estando los mismos que estábamos en la edad dorada de éste, los ochenta, aquel tiempo donde parecía que todo era nuevo.

1984, Conan o Cimoc fueron las referencias de los freaky de la España donde el entusiasmo intelectual –a pesar de cierto tufillo snob- contagiaba muchas de las facetas creativas que ahora tan solo son reductos de especies en extinción. Los adolescentes que antes perseguían el último cómic de La Patrulla X ahora persiguen el último móvil multimedia o la moto de Pedrosa.

Los americanos se han comido también un buen marrón en esto de la no renovación generacional. Sólo el cine últimamente ha logrado evitar la bancarrota de Marvel, la empresa americana que mayor rentabilidad había sacado a esos forzudos héroes con los calzoncillos por encima de los pantalones.

Sin lugar a dudas, el milagro comercial en España de las historias contadas a través de viñetas está siendo el Manga. Si hablamos de freakies, en lo referente al cómic japonés tendremos que hablar de Otakus -término despectivo en Japón e identificativo aquí- y que agrupa a todos aquellos que animan las ferias de cómics con sus disfraces, concursos de karaoke y ventas, cuentas estas últimas que son las que realmente importan al sector nacional. Desde que en el siglo XVIII el término Manga se uniera al de interpretación dibujada, el cómic japonés fue conteniendo su explosión hasta reventar en las últimas dos décadas del siglo pasado. No sabemos si las partículas generadas por las bombas de Hiroshima y Nagasaky dejaron una impronta invisible en los padres de la que sería la gran generación de dibujantes de Manga de los ochenta y noventa pero, sin lugar a dudas, esta forma de ver el mundo está siendo la influencia más importante de los últimos años en el planeta. Y que dure.

Rol is not a crime

De todos los numerosos y variados tipos de freakies, aquél que juega a Rol en nuestro país, es el peor mirado. Desde los tristes acontecimientos del mal llamado «crimen del Rol» -el crimen es crimen y punto- este juego, a mitad de camino entre los mundos virtuales y la creación mágica, ha sido vituperado por nuestros mal llamados también «medios de comunicación». Es normal que la gente tenga miedo al rol. Siempre se tiene miedo a lo que no se conoce. Y cada vez se conoce menos, o se tiene menos interés por conocer.

Y es que el Rol no es un juego cualquiera. Desde que Gary Gigax hace treinta años entara las bases de este entretenimiento y el chamán Greg Stafford desarrollara en ellos las visiones mágicas de mundos distantes que le acompañaban desde su más tierna infancia, los juegos de Rol se han convertido para muchos en la experiencia lúdica más interesante e intelectual de la historia. (Interesante e intelectual, dos palabras que su mera evocación en el fragor de nuestra vivencia diaria provocan el rechazo compulsivo de la masa).

La unión subliminal entre magia ceremonial y juegos de rol que encuentra Erik Davis en su fantástico trabajo «Calling Cthulhu», la apuesta por los mundos alternativos por el simple hecho de lanzar el dado que refleja Luke Reinhart en su libro «El hombre de los Dados», o la experiencia psicodramática de Michal Oracz convierten al juego de rol en un lujo estético de primera magnitud.

Después de años de bache en gran parte producidos por la aparición de formatos distintos a los habituales de «libro y dados» y la falta de reflejo mediático justo, en España los juegos de interpretación renacen de sus cenizas. El freaky del Rol ha comenzado a decir abiertamente que juega a él, pasando de estigma a signo de reconocimiento como una tribu urbana más. Cosas del Marketing…

Mundos virtuales

Con la llegada de los juegos de ordenador y consolas de última generación –antes simplemente llamados «maquinitas»- un nuevo freaky ha visto la luz. Participa de la virtualidad de los juegos de píxeles, utiliza palabras extrañas, y un motón de controles para manejar el mundo bastardo del rol a base de poliedros. Son los últimos en llegar y su medio de diversión es consecuencia directa de las nuevas tecnologías, aunando en ellos todos los defectos de la sociedad que los ha generado: soledad, aislamiento voluntario y lejanía. En Japón, siempre a la cabeza en todo lo que a mundos virtuales se refiere, ya empieza a hablarse de estos freakies como auténticas patologías: no salen de casa, se mantienen permanentemente conectados a Internet y no pueden desenchufarse de la tecnología multimedia. Aquí, al tipo de freaky en ciernes enganchado al ordenata, se les denomina «niños raros». Seguro que la definición que den los japos es más original.

Tristemente, también hay un asesino nacional: «el de la katana», y una vez más los mass media españoles se cebaron con el asunto de que el protagonista de la lamentable historia se cortara el pelo como el ídolo de su videojuego favorito. Para qué preguntarse nada más.

Sin lugar a dudas, este freaky sí que está en clara expansión. Generaciones de niños son callados por sus padres a golpe de consola para que no molesten. Ese sí que es el mejor caldo de cultivo: padres consentidores que piensan que si dan al botoncito sus niños, aparte de descansar ellos, de mayores serán «telecos».

Independientemente del medio en el que el freaky desarrolla sus anticuerpos a la madurez, ese ser sigue existiendo a pesar del ambiente, cada vez más hostil. La madurez, los lazos maritales o de pareja a jornada completa, la falta de tiempo para todo -salvo para trabajar- y la omnipresencia del bar de turno y la Champions ponen a prueba cualquier resistencia.
Algunos -aun a costa de sacrificar puntos de sociabilidad- seguimos participando en todo esto, aunque las corbatas pasen más tiempo del que queremos alrededor de nuestros cuellos. Unas buenas risas alrededor de una mesa, unos cuantos dados, un buen cómic antes de acostarse o una tarde «matando marcianos» siguen siendo para muchos, pese a quien pese, insustituibles.

Paul “versus” Yoko

30-diciembre-2000 · Imprimir este artículo

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Por Ruth Baza

Londres, 13 de septiembre de 1.993

21:00 horas. En el backstage del Earl´s Court…

Con la Leika y la FM2 cargadas de blanco y negro. Clic clic. Funcionaban a la perfección. Las tenía preparadas para disparar. Clic clic. Y yo estaba dispuesta a poner la bala donde me dictara el ojo. Clic clic.

Pasaban los minutos al son del des-concierto. Teclados, cuerdas, toc tocs en los micrófonos, tamborilazos limpios, pizzicatos elevados a la quinta potencia, risas y esputos, maldiciones y conquistas fruto de la improvisación. Mariposas en los estómagos. Saludos introductorios y hasta un beso en la mano. Uno detrás de otro. Los músicos iban y venían, cruzaban el escenario corriendo y fumando y hasta bebiendo agua con burbujas. Gárgaras y gorgoritos. Y todo este torbellino porque el escarabajo volaría al anochecer.

Insistí mucho en que mi bloc se quedara abierto por la primera página. Insistía a la vez que registraba cada secuencia que se cocía en la antecámara de la corte real. Registros de tinta y Kodak para enviar la crónica al periódico antes de las doce. Deprisa, deprisa, que dé comienzo el espectáculo, pensaba, y que no se acabe nunca, rogaba. Entonces, el cuaderno se quedó crucificado bajo el peso de mis notas frenéticas. Clic clic, sonaba también. Tan bien…

Era la noche de Paul. Y yo estaba de cuerpo presente. Estaba en el meollo de su suerte. Cerca del insecto negro. Cerca de la Historia del Rock.

Estaba con Paul. Y con Linda y su cámara soviética colgada en el pecho. Con Hamish el bajista, Blair el moreno percusionista, Robbie el vocalista guitarrero y Wix el obseso de los sintetizadores. Sí, era cierto que Paul is Live in the new world, allí y entonces, aquella noche de septiembre que ahora rememoro con nostalgia, de punta a cabo.

La recuerdo como si fuera ayer, a la noche y su estrépito me refiero. Recuerdo que afuera, decenas de miles de hormigas de todas las edades se citaban a las puertas del templo. Se congregaban fieles para ver el vuelo afinado del escarabajo. Se santiguaban de gusto. Se hacían de cruces. Se tambaleaban por culpa de los nervios y la curiosidad. Se auscultaban entre ellos. ¿Cómo será? ¿Qué pasará? ¿Es real? Aguantaban la cola y el chisporroteo de la lluvia con chulería. Se secaban el sudor de la frente con kleenex. Se bamboleaban como peonzas en el asfalto empapado de puré de guisantes. Se sentían afortunados, quizá, porque se intuían, igual que yo, cronistas de un acontecimiento único. Eran, ni más ni menos, un coro a punto de perder los estribos. Y, claro, como buenos vocalistas anónimos que eran, ensayaban a capella, monódicamente, en el mismísimo umbral del estadio que esa noche pertenecía al escarabajo más inteligente de la manada, todas, todas las canciones del repertorio de la humanidad. Quizá, porque casi todas las canciones de los Beatles son ya piezas naturales del inconsciente colectivo, tarareaban al unísono. ¿Cómo será en persona? ¿Qué le pasará por el cuerpo? ¿Será de carne y hueso? Un ja ja ja a una, multiplicado por cerca de 50.000 respiraciones, ya digo, de todas las edades, los sexos y las banderas.

Prólogo.

Nueva York, 17 de mayo de 1.997.

10:00 horas. En la cocina de Yoko.

El Dakota es el edificio de las gárgolas más imponentes de toda la ciudad. Más incluso, que las de Notredame. Aquí es donde Polanski rodó La semilla del diablo, donde vivió varias décadas encerrada Greta Garbo, donde Lennon murió tiroteado hace ahora 20 años a manos del amante virtual de Jodie Foster. Donde viven Yoko y Sean rodeados de cristaleras y pinturas más o menos abstractas, obra suya y de Clemente, Basquiat y del amigo Schnabel, de murales fotográficos, ristras de laureles y piezas de arte Zen. Aquí pasan la mayor parte del año, según me contaba delante de una cafetera de Alessi y una bandeja de donuts, muffins y pastas de té de Balducci´s, en mitad de su cocina de madera Ikeiana. Aquí tienen un taller de creación, una sala de partos, de la que salen pinturas y canciones. Las últimas acababan de envasarlas madre e hijo en un CD titulado Rising y que, en mi opinión, son casi más potentes que las recopiladas en la Beatles Anthology, publicada por la EMI más o menos en aquella época.

Me recibió descalza. Y, claro, yo me puse a su altura, y me deshice de mis Adidas. “Ponte cómoda, por favor, estás en tu casa” me dijo con la mejor de sus sonrisas. Porque Yoko se reía mucho y muy alto. Sonreía cada dos por tres. Y cuando lo hacía, un par de hoyuelos destacaban aún más su cutis de arroz, y claro, una no tenía más remedio que seguirle el juego y admirar su extraña belleza entre cálida y gélida, de mujer oriental, mujer maestra, mujer artista, mujer madre y mujer de duelo eterno.

Yoko con el pelo corto y ligeramente levantado sobre la frente, desteñido de henna en las puntas y despeinado. Plácida. Las dos nos pusimos de acuerdo, sin saberlo, y nuestra indumentaria era negra y de dos piezas. Coincidencias. Pantalones acampanados y camisas escotadas. Era una mañana de sol y los rayos se filtraban a través de las persianas, dejando ralladuras perfectas en el suelo de terracota. Sentadas en sillas de director de cine, una al lado de la otra. Ella con sus gafas Armaniescas, redonditas, y yo estrenando sombrero de la Belle Époque de la tienda de Barbara Feinman, la artesana de la calle 7 que mejor entiende a las mujeres que gustan de esconder sus cabellos bajo fieltros y rafias transformados en esculturas urbanas de otros tiempos.

La viuda de John y yo rajando hasta después del almuerzo.

Iniciación.

Otra vez, Londres de noche…

Un descanso para toda la banda. No cesaba el martilleo de los instrumentos y los nervios estaban a flor de piel. Todos temblábamos. Todos teníamos hambre y sed, la boca seca y las manos flojas, y de repente, como por arte de magia una chica amable y menuda de la discográfica, nos concedió el deseo de saciar nuestras gargantas y estómagos en una sala, acaso sin saber que estábamos desfallecidos. En la sala VIP habían desplegado un buffette de miedo. Emparedados de huevo y bacon, rollitos de primavera, croquetas de verduras, pollo tandoori, ensalada de col, judías con ketchup, patatas rizadas, uvas, ciruelas, todo tipo de refrescos con y sin burbujas y hasta Möet Chandom. El descorche. Calma. Remolino de platos y cubiertos de plástico. Crunch crunch. Y Paul, como los demás, comiendo a dos carrillos mientras charlaba con todos y cada uno de los allí presentes.

Pensé que los años no pasan en balde para el ex-Beatle a pesar de que su aspecto era de lo más jovial y despreocupado. A pesar de su melena y su delgadez quasiadolescente, las arrugas surcaban su mirada y tenía una hermosa papada. Pero a pesar del paso del tiempo (entonces tenía 51 años, según anoté en mi crónica para El Mundo), seguía manteniendo ese rictus entre Wildeiano y suburbial de Liverpool que tan famoso como Cristo le había hecho en los 60. McCartney era McCartney y punto.

Llegó mi turno. Y entre migas, humo de tabaco, bla bla de fondo y servilletas de papel, me estrechó suavemente la mano y se inclinó hacia delante, en una suerte de reverencia de perfecto caballero inglés. Me miraba directamente a los ojos. Franqueza, me dije para mis adentros. Nos acomodamos en un sofá de piel sintética. “15 minutos, rapiditos, por favor, que no tenemos mucho tiempo” nos ordenó la muchacha de promoción. Así que enseguida rompimos el hielo. Lo hizo trizas él con una enorme sonrisa. Y a mí lo primero que se me ocurrió espetarle, en respuesta a su amabilidad, fue que mi madre había estado en el concierto que celebraron en Las Ventas…

Paul: ¡Ah!, ¿sí? ¡qué gracia! ¿Sabes que me encanta España y la tortilla de patatas? Todavía guardo la montera de torero y una capa que compré en la Plaza Mayor, ¿se llama así, no?… Pues, tú no pareces española. Y ¿Dices que te llamas Ruth?

Ruth: Sí, Ruth. Bueno, es que no soy española del todo. Tengo sangre de todos los lados. Soy una especie de ciudadana del mundo, ¿sabe?. Aunque ahora resido en Madrid, me paso la vida viajando de un sitio a otro para asistir a conciertos y hacer entrevistas a gente como usted, y luego poder narrarlas en periódicos y revistas…

P: ¿Gente como yo? ¿Cómo es eso?

GXXI: Quiero decir que tengo la fortuna de conocer a artistas, músicos, actores, compositores, directores de cine, arquitectos, etc, que yo considero “grandes”… Ya me entiende… Aunque a veces, en realidad con mucha frecuencia, la grandeza también se encuentra en personas anónimas con las que me tropiezo por ahí… Usted es más famoso que el Papa, no me va a decir que no, y hasta que Jesucristo…

P: Eso lo dijo John, no yo, aunque en cierto modo, tengo que decir que estaba bastante de acuerdo con aquella afirmación porque la cosa se nos escapó de las manos. Nunca pensamos que llegaríamos tan lejos, que pudiéramos levantar tantas pasiones, que la gente, las chicas y también los chicos, se mataran por comprar nuestros discos y acudir a nuestros conciertos, que la prensa nos sacara en portadas, que todo el mundo quisiera imitarnos hasta en el infierno. Era demasiado para nosotros. Éramos muy jóvenes, inexpertos, de provincias… Luego, nos acostumbramos, teníamos que acostumbrarnos a la fuerza porque nuestra vida era un revuelo. Pero no fue nada fácil asimilar el éxito. De hecho, cuando John y yo escribimos Help, estábamos pidiendo ayuda a gritos. Era una verdadera locura…

GXXI: Pero ustedes eran ambiciosos.

P: Sí, pero jamás hubiéramos sospechado todo aquello. Trabajamos muy duro…

GXXI: Dígame una cosa, ¿quién llevaba la batuta realmente?

P: Los cuatro éramos como los Mosqueteros. No creo que ninguno de nosotros fuera más que los demás, lo que pasa es que a mí se me veía siempre delante junto a John, mientras que George y Ringo quedaban relegados a un segundo plano, quizá porque nosotros (John y yo) éramos las voces y los compositores de casi todos los temas, y George y Ringo nuestra “comparsa”.

GXXI: Uno para todos y todos para uno hasta que se disolvieron…

P: Era necesario que los Beatles pararan y cedieran el paso a otros grupos. Nada dura para siempre. Estábamos muy cansados y teníamos otras aspiraciones. Habíamos madurado. Nos habíamos casado, teníamos hijos y hasta una casa en propiedad.

GXXI: He leído que dijo una vez que no se pueden recalentar los suflés, refiriéndose a su separación y a la imposibilidad de reunirse de nuevo.

P: Es lo más aproximado que se puede decir acerca de ese tema. Ya digo, nada es eterno, y nosotros no íbamos a ser menos.

GXXI: Pero lo cierto es que los Beatles, todo lo que rodea a los Beatles, es parte de la Historia de la Humanidad. Ustedes son como una idea, un hecho, del inconsciente colectivo. No debe haber nadie en este mundo que no sepa quienes eran ustedes.

P: Eso es un elogio, de verdad. Si todo el mundo, como dices, nos conoce, conoce nuestra música, es porque hemos debido hacer algo mal…

GXXI: ¡Y yo que creí que lo de la simpatía por el diablo era cosa de los Stones!

P: En en fondo éramos buenos chicos, mucho mejor chicos de lo que la gente se imagina.

GXXI: ¿Qué añora de aquella época?

P: Nada porque tengo los recuerdos muy frescos. Fueron unos años maravillosos y durísimos al mismo tiempo. Recuerdo, sobre todo nuestra amistad. Eso era lo más importante, la compenetración que teníamos. También discutíamos mucho pero eso es normal cuando estás en la misma onda, en el mismo barco. Una amistad no es verdadera sino hay discrepancias y diferencias. Creo que lo que más echo de menos, lo único que echo de menos en realidad, es a John.

GXXI: Es que su muerte fue un palo…

P: El mundo está loco, loco.

GXXI: Y ante la locura, usted se impone revolucionar con una de las armas más poderosas que se puede tener: la música. De hecho, el propósito de esta gira en la que está embarcado es concienciar a la gente para que se comprometa a cuidar el planeta, a dejar de cometer atrocidades y masacres de especies en vías de extinción. Vamos, que aboga por un estilo de vida casi utópico.

P: Abogo por la paz. Ojalá The New World Tour sirva para algo. Ya sé que suena pretencioso, pero me encantaría poder resolver al menos uno de los grandes problemas del mundo.

GXXI: Usted es miembro activista de Greenpeace, ¿no?

P: Y de otras asociaciones benéficas. Intento echar una mano en todo lo que puedo.

GXXI: Hablando de hacer el amor y no la guerra, de vivir y dejar vivir, de autoabastecerse y no perjudicar a nada ni a nadie,¿qué tal anda su huerto? Porque usted es de los que se lo guisan y después se lo comen…

P: ¿Mi huerta?, excelente, bien surtida. Aunque tengo que confesarte que también hacemos la compra en el supermercado.

GXXI: Linda y usted llevan un régimen de vida bastante sano, según tengo entendido.

P: Intentamos no excedernos con nada. Somos muy conscientes de lo que ocurre a nuestro alrededor y pasamos de fomentar los problemas. Somos vegetarianos y nos comprometemos a dar lo que podemos, lo que esté en nuestras manos, al que lo necesite. Sí, tratamos de llevar una vida tranquila.

GXXI: ¿Llama usted tranquilidad a dar la vuelta al mundo una vez detrás de otra y a no parar de componer?

P: Lo de viajar continuamente, lo llevaba muy mal al principio porque me restaba tiempo para estar con mi familia y mis amigos. Pero ahora que los niños ya son mayores, y nosotros más viejos, nos lo tomamos con calma pero sin parar. A mí me tranquiliza la actividad, crear… Sembrar y recoger frutos, tocar la guitarra y por encima de todo, tener cerca de mí, el mayor tiempo posible, a la gente que quiero.

GXXI: ¿Se considera, pues, un hombre afortunado?

P: Creo que me puedo morir tranquilo, sí. He hecho y he visto muchas cosas en la vida…

GXXI: Corríjame si me equivoco, pero cuando era joven, rezaba por conseguir cosas tan supuestamente básicas como “mujeres, dinero y trajes”. Y sus ruegos se han visto más que compensados, no sólo con la realización de esos deseos, sino con la consecución de muchas otras cosas, como viajar, enamorarse y fundar una familia, conocer y codearse con gente de todo el mundo, y no quedarse nunca de brazos cruzados, porque usted es un tipo verdaderamente prolífico.

P: Ya te digo que el día que me pare, estaré muerto…

GXXI: Y usted está más que dispuesto a dar mucha guerra…

P: Hasta que el cuerpo aguante, sí. Cuando vea que me escasean las fuerzas, que soy demasiado viejo para sostener la guitarra y decir cosas cuerdas, me retiraré.

GXXI: No le veo aún de “patata de sofá”, la verdad.

P: Lo cierto es que no tengo tiempo ni para ver la televisión ni un sofá en el que ponga mi nombre. En casa lo compartimos todo, no hay derechos exclusivos ni sobre el sofá ni sobre la nevera.

GXXI: Suena bastante hippie.

P: Hemos educado a nuestros hijos de una manera muy diferente a como nos formaron a nosotros nuestros padres. Yo pasé una infancia y una adolescencia muy dura, no tenía ni donde caerme muerto y todo lo que sé lo aprendí a base de callejear…

GXXI: Y de mucha paciencia, porque usted es una especie de Job, obstinado, voluntarioso y autodidacta.

P: He tratado de sacar partido de la adversidad, eso es todo. En la vida hay que aprovecharse de lo bueno igual que de lo malo. Todo sirve más tarde o más temprano. Nada ocurre porque sí. Eso hemos inculcado a nuestros hijos, que la vida no es fácil y que hay que ganársela con esfuerzo, día a día. Les hemos enseñado a ser respetuosos y generosos con los demás. Les hemos dado la oportunidad de estudiar en buenos colegios y conocer otras culturas. Les hemos dado mucha libertad pero tampoco ha escaseado la disciplina. En ese sentido, creo que lo hemos hecho muy bien porque nuestros hijos son estupendos. Tengo mucha fe en ellos, y puedo afirmar, que ellos también confían plenamente en su madre y en mí. A veces, tengo la sensación de que más que padres e hijos somos un grupo de amigos. Hablamos, jugamos, discutimos y aprendemos cantidad los unos de los otros. Es sorprendente la cantidad de cosas que me han descubierto mis hijos…

GXXI: ¿Por ejemplo?

P: Las matemáticas y los videojuegos… No, es una broma. Como seres humanos tienen un fondo inmenso y de ahí es de donde extraen las cosas que me enseñan. Son grandes maestros para mí.

GXXI: ¿Le gustaría que alguno de ellos se dedicara a la música?

P: Si es su deseo, no me opondré en absoluto.

(En este preciso instante, la “introductora de embajadores” de la discográfica, se acerca a nosotros y se sacude el reloj con el índice y la mejor de sus sonrisas, en señal de que el tiempo de charlar se ha terminado).

GXXI: Dígame una palabra, sólo una, y le dejo libre, señor McCartney…

P: Me lo pones difícil. ¿Qué te parece, fin?

GXXI: ¿Honestamente? Se me queda corta.

P: Pongamos que digo revolución o calma detrás de fin. El fin es la revolución. La calma es el fin. ¿Te parece así mejor?

GXXI: Me parece un buen comienzo…

Deprisa y corriendo, me dio las gracias en español con acento de Liverpool y un beso en la mano, antes de asirse al brazo de la promocionara y salir pitando para el escenario. Las campanas doblaban ya por la reaparición del escarabajo mimoso, de ojos lánguidos y redondos como platos, que aquella noche vestía chaqueta de rayas diplomáticas, camisa blanca y chaleco con estampado de alas de aves marinas. Un escarabajo gentleman, que aquella noche de septiembre era el amo indiscutible de la Corte del Nuevo Mundo.

Se había convertido en una mujer internáutica casi de la noche a la mañana “porque Internet es como un libro abierto, un lienzo en blanco, en el sentido de que la gente puede comunicarse abiertamente con otras personas sin ningún pudor y encima en cualquier instante, sin límites horarios ni fronteras. La red es el mundo entero y nosotros estamos en ella ¿por qué no vamos a aprovecharnos de las ventajas que tiene? A mí me parece un “invento” genial, por decirlo de algún modo. Qué podamos comunicarnos entre nosotros, a cualquier hora y de esta manera tan horizontal, como yo digo, es un hecho mágico a gran escala”.

Yoko es una alquimista, una experimentalista nata y como tal, quiere probarlo todo. Expelía fuerza y un apetito contagioso. Cayeron varios bollos. Fumaba rubios, mientras que yo, en aquella época, sólo me liaba porros, al atardecer y la mayoría de las veces para mí sola.

Llevábamos más de una hora hablando y yo aún no había puesto la grabadora en marcha. No era pereza, sino comodidad. Allí, en mitad de la cocina-comedor me sentía realmente en casa. Caseras, nos tuteamos… De fondo, el tráfico, pitos y gaitas, y el repiqueteo de una excavadora.

GXXI: Así que no te consideras famosa.

Yoko: No, no creo que sea famosa. A mí la fama me parece más un concepto que un hecho, aunque exista como tal transferido a una persona, a cientos de personas de todo el mundo que hacen o dicen cosas que nos parecen prodigiosas y sagradas. Es como un ritual. El hombre siempre ha necesitado ídolos, alguien en quien mirarse y con quien identificarse, alguien a quien admirar. Por eso la fama tiene mucho de sacramental. Lo del sacrificio del cordero es real. El famoso es el cordero que se sacrifica en pos de una porción de la humanidad, muchas veces sin que éste de su consentimiento O séa que es asesinado o mutilado por los que le adoran. Otras veces, el cordero se deja matar porque está emborrachado de fama, sólo vive de su fama, no sería nada sin ella. La diferencia entre ellos estriba en que el primero vivirá la fama, en el mejor de los casos como un episodio de su vida que pasará algún día, y en el peor, como una gran desgracia de la que jamás se desembarazará; y el segundo la vivirá por inercia porque es la vida que ha elegido y no al contrario. El famoso de verdad, el cordero rey, es aquel que vive pendiente de su fama… Así que, ya ves, la fama es pura ambigüedad. Un arma de doble filo.

GXXI: Sentencia la mujer de uno de los hombres más famosos de la tierra…

Y: No creo que mis pensamientos fueran distintos aunque no fuera la viuda de John, te lo aseguro. Lo que si creo es que si no hubiera conocido a mi marido, no habría sabido nunca lo que es ser decapitada por la fama.

GXXI: ¿Así es como te sientes, desmembrada y herida casi mortalmente por culpa de la popularidad?

Y: En cierto modo, sí.

GXXI: Se podría decir, pues, sin ninguna duda ¿que la fama tiene mucho de infame, de ingrata y además de ser excesivamente perjudicial para la salud?

Y: Sí, porque no hay que olvidar que hay dos tipos de fama: la buena y la mala, aunque luego todo se reduzca a superficialidad y engaño, en muchos casos. Mira, John, por ejemplo, era un héroe pero también era una cabeza de turco, y a mí me tocó representar el papel de cordero degollado por y para el mundo. Lo cierto es que ambos perseguíamos un mismo propósito. Nadie forzó nada ni a nadie, a pesar de lo se ha dicho de mí a lo largo de todos estos años, que si era una manipuladora y una castradora, etc. John era el bueno, sinónimo de amor, y yo era la mala, el odio.

GXXI: Y ¿cómo llevas, cómo lo has llevado eso de ser la eterna mala de la historia? porque justificarse no sirve de nada cuando a uno le cuelgan la etiqueta de malvado. No tiene credibilidad… Como el bien siempre está por encima del mal…

Y: Duermo muy bien, la verdad. Nunca me han dolido demasiado las críticas y los insultos que me han dedicado, porque no me siento culpable de nada. Tengo la conciencia muy tranquila. Una veces lo habré hecho mejor y otras peor, eso no lo discuto, porque soy humana y tengo que cometer errores como todo el mundo, pero siempre he actuado como lo he creído más oportuno… Paso mucho de lo que se diga de mí, en serio. Tengo cosas más importantes por las que preocuparme que por los bocazas.

GXXI: Resistir o morir, ¿no?

Y: Resistir, sí, y vivir a tope y como me place, sin molestar a nadie, naturalmente..

GXXI: Y, además, de la forma más discreta posible.

Y: Mira, hay que discernir entre la imagen que proyectas públicamente y la que tienes en tu casa. Yo en ese sentido he aprendido a trazar una línea de separación entre ambas porque juntarlas sería demasiado peligroso. No es que finja, pero ahí fuera no me comporto como aquí dentro. Quiero decir que cuando te expones al público no puedes ni hacer ni decir ciertas cosas. No sería ético y además te condenarías a no tener una existencia propia.

GXXI: Tú guardas muy celosamente tu vida privada y eso está muy bien, porque haces y deshaces a tu antojo sin que nadie se entere.

Y: A mí no me interesa nada la vida de mi vecino así que a mi vecino no debería interesarle nada la mía, ¿no crees?.

GXXI: Pero hay mucho cotilla suelto, ya lo sabes.

Y: Pues que cotilleen en otra parte porque en mi propiedad está prohibido husmear sin mi permiso.

GXXI: ¿De qué tienes miedo, Yoko?

Y: ¡Uff! de muchas cosas, pero cuando hablo de que me niego a que vulneren mi intimidad no quiero decir que tema nada. Mis sentimientos van por otro lado. Yo tengo miedo de la guerra, de la destrucción, del miedo mismo, no de la prensa.

GXXI: ¿Te consideras una mujer guerrera?

Y: Hombre, lucho lo mío por conseguir lo que quiero.

GXXI: ¿Felicidad, estabilidad, respeto, tranquilidad?

Y: ¿No es todo lo mismo? Lucho para vivir mejor. Lucho mucho, sí, y a veces me cuesta seguir adelante, pero intento no detenerme, ni siquiera en la peor de las adversidades.

GXXI: Ciertamente, siempre has dado muestras de entereza, incluso cuando murió John.

Y: El dolor se combate con la resistencia, la objetividad y la relativización. No podemos ni debemos taparnos los oídos ni los ojos cuando nos ocurre una desgracia. Tenemos que crecernos ante el horror y seguir adelante. Yo he sufrido mucho, mucho, pero también he tenido la suerte de disfrutar momentos muy felices, y es de esos momentos de los que he extraído la esencia para no tirar la toalla. Escurrir el bulto es tan sencillo como matarse, y a mí, sinceramente. nunca se me ha pasado por la cabeza esconderme o desaparecer directamente.

GXXI: Supongo que no lo has tirado todo por la borda porque tú no eres solamente la viuda de Lennon. Ante todo eres una mujer, y una mujer que es madre y artista y aún tiene mucho que hacer y decir…

Y: Yoko es Yoko y además Yoko Ono y Yoko Lennon, eso es.

GXXI: Intuyo que la muerte no forma parte de tus terrores favoritos.

Y: No, porque creo que cuando morimos nos hacemos más fuertes y eso me seduce.

GXXI: Yo creo que la muerte también nos convierte en voyeurs.

Y: Sí, en una especie de periodístas, o más bien, de poetas que pueden verlo todo. Y eso es algo muy poderoso….

GXXI: No te quejes, que tú has visto bastante en esta vida.

Y: ¡Y lo que me queda por ver! No pienso perderme nada, te lo aseguro.

GXXI: ¿Aunque la fama te asedie?

Y: ¡Que yo no soy tan famosa!

GXXI: Antes de conocer a John eras una artista muy creativa, hacías muchas cosas, te metías en todo lo que olía a modernidad y trasgresión, tanto si era fotografía como si se trataba de vídeos artísticos o de experimentos musicales, y obviamente solo te conocían en el círculo artístico. Pero cuando te casaste con él, parece que dejaste todo eso de lado para concentrarte en seguirle y claro, te convertiste en el icono pareja del gran Lennon, en alguien muy popular. Este hecho, de alguna manera, ¿hizo que perdieras parte de tu libertad e identidad como artista?

Y: No, no perdí nada, al contrario me topé con un montón de cosas valiosas e inspiradoras para seguir creando.

GXXI: Ya, ya sé que no has parado de crear y, de hecho, ahora estás viajando de una ciudad a otra con una exposición de tus últimas obras, pero la sombra de la fama acumulada como mujer y después viuda de John Lennon pesa más que lo que hayas podido hacer en estos años por ti misma como artista.

Y: John nunca me hizo sombra. Quizá por fuera, cara al público, su fama me comiera algo el terreno, pero no por dentro. John y yo estábamos en la misma onda. Nos entendíamos a la perfección. Pero, ten en cuenta que yo era la mujer de John Lennon y no al contrario. Yo me había casado con él y no él conmigo, ¿entiendes?.

GXXI: Hablemos, pues, de la Yoko artista y de su obra.

Y: Bueno, ya sabes, yo era una artista de la avant-garde que consiguió hacerse un nombre y un hueco en el mundillo artístico gracias a sus excentricidades. Pero aquello de ser “la artista” era muy aburrido. Cuando estás en la cima ya no hay más adonde ir. El cielo es el límite. Es irónico porque se supone que cuando llegas arriba debes estar genial siempre, pero la verdad es que no estás genial casi nunca porque no puedes hacer más de lo que estás haciendo. Has llegado al tope y ahí te quedas. Aunque también puedes optar por bajar… Yo me incliné por quedarme donde estaba y sacar todo el provecho posible del rock, que era una novedad para mí. El rock me daba mucha energía creativa. Es mi fuente de inspiración más importante.

GXXI: O sea, que sin rock no hay fecundidad…

Y: Estaría bastante perdida sin él, sí. Lo peor que le puede pasar a un artista es estancarse porque después acaba secándose y se muere. Si no me hubiera revolcado por el barro con John durante un tiempo, creo que eso me hubiera sucedido a mí. Me habría muerto de asco y aburrimiento.

GXXI: Te incorporaste a la escena neoyorquina de fluxus con una sólida formación literaria y artística, igual que Dick Higgins, Takao Saito y Joe Jones, entre otros. Fluxus o el arte-diversión debía ser simple, ameno y sin pretensiones. Tratabais temas triviales sin necesidad de dominar técnicas especiales ni realizar innumerables ensayos, y sobre todo, sin aspirar a tener ningún tipo de valor institucional o comercial. Háblame un poco de cómo se mascaba aquello…

Y: Supongo que el fluxus nunca se redujo a un denominador común porque cada artista tenía su visión personal acerca del arte y el mundo. Lo cierto es que lo teníamos muy difícil para exponer nuestra obra porque cada uno procedíamos de un ambiente, de una cultura, y no había un nexo de unión entre nosotros, y a los mecenas de la ciudad les parecía una locura lo que proponíamos. Éramos un clan de artistas de varias nacionalidades que lo único que buscábamos era la confluencia de todos los medios de expresión: la pintura, el teatro, la escultura, el cine, la música, no forrarnos y tener nuestros 5 minutos de fama como decía Andy.

GXXI: Sin John Cage aquello hubiera resultado casi imposible, ¿no?, porque él, junto con George Maciunas, fue el promotor de esta corriente.

Y: Sí, John y George fueron los impulsores y nosotros sus acólitos. El fluxus fue la primera forma de arte desde el Dadaísmo que apostaba por la fusión de todos los géneros y las lenguas.

GXXI: Fusión y experimentación.

Y: Pero sin caer en el surrealismo.

GXXI: ¿Qué aportaste exactamente a la causa?

Y: Justo lo contrario de lo que se ofrecía en los happenings. Organicé conciertos en una sucesión de acciones acústicas y visuales para que el público pudiera participar activamente en ellos, y publiqué panfletos, matasellos fluxus o Mail Art, cintas musicales y cortometrajes, publicaciones que podían comprarse a un módico precio por correo o en Flux-shops especializadas, etc.

GXXI: Suena bastante Zen.

Y: Era catártico y analgésico, y además te mantenía ocupado todo el tiempo. No tenía tiempo para aburrirme…

GXXI: ¿Piensas que Fluxus ha servido de estímulo a muchos artistas de generaciones posteriores a la tuya, por ese carácter multimedia y libre del que hablamos?

Y: Sin duda alguna, pusimos los cimientos de todo lo que se está moviendo en el mundo del arte actual. Hoy el mestizaje prima sobre una idea única. La única diferencia que existe entre los artistas de los 90 y nosotros, es que ellos lo tienen más fácil que nosotros en aquella época para exponer sus propuestas. Hoy nadie se asusta por casi nada. Ya estamos acostumbrados a la diversidad y hasta a la irreverencia, porque el Arte es ante todo un símbolo de anarquía.

GXXI: Igual que eso de hacer una “camada” (el famoso bed-in con John)…

Y: Aquello fue una forma de reivindicar nuestra libertad individual y de decirle al mundo lo que le estaba pudriendo. Le conté a John la historia de la chica francesa que asesinó a Robespierre, desde la perspectiva, real en mi opinión, de que con su crimen cambió la Historia. Le dije que él no tenía que ser famoso, ni rico, ni poderoso para poder cambiar el ritmo de la Historia. Bastaba con hacer algo que no se le hubiera ocurrido a nadie nunca. Un acto de rebeldía. Y John me dijo que podíamos hacer algo original con connotaciones más positivas que el homicidio. Así que se nos ocurrió hacer la huelga en la cama del hotel. Yo ya había protestado varias veces en público en Trafalgar Square llevando mi bolso sobre la cabeza, por lo que estaba ocurriendo en Oriente, pero no sirvió de nada porque casi nadie me conocía. Sabíamos que si John participaba en un acto por la paz, el mundo entero se enteraría.

GXXI: Y así fue.

Y: Se enteraron pero no frenamos la barbarie…

GXXI: Y de hecho, las guerras, el exterminio, el hambre, sigue desolando el planeta.

Y: El otro día alguien me contó que en la Red se pueden conseguir varias fórmulas para construir bombas. Si hemos llegado a esto, significa que la paz sólo depende de cada uno de nosotros. Un hombre solo puede matar a miles de personas, ¿te das cuenta?. Es terrible…

GXXI: Deberíamos hacer mucho más el amor y navegar menos por esos polvorines virtuales.

Y: Dar una oportunidad a la paz como decía John, por favor, si no es tan difícil. Espero vivir lo suficiente para ver un mundo más habitable y cordial.

GXXI: Y poblado de menos famosos-corderos, que cada día surgen nuevos especimenes en todos los rincones.

Y: Sí, un mundo curado totalmente. Un mundo donde todos seamos iguales.

GXXI: Y donde la música no cese ni un segundo.

Y: Claro, porque la música es la terapia más potente que existe para sanar. Más que lo que ofrece la industria del entretenimiento. Es lo más saludable para el espíritu y el cuerpo…

GXXI: Lo que acabas de decir es uno de los pilares del Zen. “El silencio que sigue a una música es parte esencial de ella”…

Y: ¡Vaya! no lo sabía pero una verdad como un puño.

GXXI: Primero la música y luego viene, por culpa del sagrado rito del sacrificio, la fama. Y el arte, la fama y el arte y la fama se estabilizan en la misma dimensión. Juguemos a las paradojas. Dime el nombre de un artista, sólo un artista.

Y: Gustav Klimt

GXXI: Y ¿un famoso?.

Y: Andy Warhol

GXXI: Y, ¿Un artista famoso?

Y: John Lennon, pero eso ya lo sabes desde el principio.

GXXI: Me has pillado, Yoko. Y todo por mordisquear otro donut. Volvemos al punto de partida. Giramos en círculo. ¿Me pones un poco más de té, por favor?

Y: ¿Con crema o sin crema? Sí, estamos justo al principio pero sabemos un poco más que antes y además nos hemos atiborrado de pasta y té. No ha estado nada mal para comenzar el día… Un día redondo y con varios agujeros, como ves, en la calle.

Me apretó las manos con toda la tersura de sus manos de mujer oriental. Y como lotos en sillas de madera y tela, continuamos hablando y hablando durante horas, surcadas por los rayos del sol, ignorantes del parón en seco de la cinta, que no pudo grabar todo lo que salió en aquella cocina cruda como el sushi y cálida como un figón de barrio. Seguimos dando vueltas y desatando cabos. Haciendo el amor, en cierto modo, declarándonos la paz y una amistad que aún perdura en mi memoria. Una amistad de puchero. En el epicentro de nuestro amado bosque de las fresas, esa metrópoli acelerada que es Nueva York. Nueva York, Nueva York, Yoko y yo, un rato eternizado en este texto que a pesar de las apariencias no es un epílogo…

La verdadera fe del Imperio

29-diciembre-2000 · Imprimir este artículo

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En el Suroeste de los Estados Unidos de América, en la meseta que es Arizona entre el Gran Cañón y la región de Four Corners y el Cañón de Chelly, el cielo parece físicamente más grande. De horizonte a horizonte hay mayor cantidad de azul, como si allí la tierra estuviese más cerca del cielo y las personas estuviesen fuera de lugar. Las obras humanas, carreteras, edificios, silos, parecen diminutas y tenues, esparcidas por la llanura interminable. Entre los rascacielos de Nueva York, en cambio, el cielo apenas existe: tan sólo un fondo gris indistinto proporciona techo a los profundos cañones artificiales que minimizan a la gente hasta hacerla desaparecer.

Las dos Américas

En las praderas y montañas del corazón de Norteamérica la naturaleza hace pequeño al Hombre. En las ciudades de las franjas costeras es la arquitectura la que proporciona la humildad. Una grandeza remite a dios; otra, a la obra humana. Son las dos Américas, la roja y la azul. Una confía en sí misma, en su capacidad de domar la naturaleza y en su privilegiada relación con sus dioses, que les convierte en el pueblo elegido. La otra conoce las complejidades del matiz, el mundo y la historia; sabe que vencer a la naturaleza no soluciona todos los problemas, y es consciente de que los dioses a veces marcan a sus elegidos para la destrucción.

Paradójicamente cada fracción conoce bien los límites de aquello que venera. Los colonos del Medio Oeste supieron corregir a sus dioses con su esfuerzo, domesticando una tierra que les era ajena, y por eso son partidarios de la acción, de tomar su destino en sus propias manos. Los habitantes de las metrópolis de la costa están orgullosos de las monumentales obras de sus antepasados, pero llevan siglos sobreviviendo en medio de la arquitectura monumental; por ello son más cautelosos a la hora de actuar, pues aún las mayores obras del Hombre no resuelven todos los problemas. A veces los crean nuevos.

Las dos formas de ser estadounidense

Hay dos modos generales de ser estadounidense dentro de los Estados Unidos. Pero sólo hay una de serlo fuera, con respeto al resto del mundo. Y para entender por qué la religión divina no es la explicación de la victoria de George W. Bush en las elecciones estadounidenses, hay que entender la otra religión. Para lo cual hay que ir al principio. Hay que volver a Europa.

Rivalidad entre hermanos

Estados Unidos se fundó en oposición a Europa. Y, sin embargo, en ambas orillas del Atlántico nos parecemos mucho. Nuestras relaciones recuerdan a las de dos hermanos; a veces nos peleamos por nuestras diferencias, otras veces porque nos parecemos demasiado. Compartimos idiomas, una base cultural, una historia de amistades y enemistades, una idea del futuro, un régimen político, un historial religioso, muchas variantes distintas de dios…

Pero Estados Unidos se fundó en oposición a Europa. En su mito fundacional se creó para que un grupo de personas pudiese venerar a su dios a su modo sin la intervención de su gobierno; se fundó para rechazar las monarquías de la (ya entonces) vieja Europa, para ofrecer a quien quisiese vivir allí una política basada en la Razón y no en el Derecho Divino. Pues ha sido costumbre de los países europeos hasta muy recientemente la de matar a grandes cantidades de gente de modo organizado por causa de su religión, o su política, o ambas.

Huyendo de esa Europa nacieron los Estados Unidos de América, la ‘brillante ciudad de la colina’. El resultado hubiese podido ser un país sin religión. Conspiraron la historia y la geografía, y en su lugar nació un país con dos religiones.
Una de ellas tiene muchos nombres y dioses, infinitas sectas, decenas de libros sagrados, sacerdotes, jerarquías, iglesias, mezquitas, templos, cementerios y otras posesiones inmobiliarias. Más del 80% de la población estadounidense se declara creyente en uno u otro dios; más del 60% afirman que la religión es un factor importante en sus vidas.
La otra religión se llama patriotismo, se expresa en un desmesurado amor por el país, sus símbolos, su historia y su futuro; y a efectos prácticos la comparte el 100% de los nacionales.

La contradictoria, sabia y sutil idea fundacional de los Estados Unidos de América combinó el gobierno para el pueblo, la religión para el que la quiera, y ambas cosas separadas. Mil religiones en el cielo, y una sola en la tierra. Venera al dios que desees, pero ama sobre todas las cosas al país que te permite venerarlo.

Y ¿por qué no? Más que la mayoría de las naciones, los ciudadanos de los Estados Unidos de América tienen derecho a sentirse orgullosos de su país. Grande, poderoso, rico, en general noble, abogado de las buenas causas, casi siempre en el bando correcto, aunque sea tras haber, como ironizaba Churchill, probado todo lo demás… Hay muchas luces en la historia, toda luces y sombras siempre, en este país-continente. Mucho de lo que estar plenamente orgulloso.

Mil y una religiones

Y es que los Estados Unidos de América, afortunado país, no conoce las matanzas de religión, las cruzadas, las teocracias o la intervención de (o contra) la iglesia en el gobierno. No ha experimentado lo que ocurre cuando los servidores terrestres de un dios o sus adversarios alcanzan poder político. No ha tenido alguna interpretación religiosa, o su negación, inserta en sus leyes y hecha cumplir por policía y jueces.

Pero los Padres Fundadores de los Estados Unidos acabaron en Massachusetts huyendo de la monarquía británica, y lo recuerdan.

La Europa oficial no es atea por maldad, sino por necesidad. Hemos tenido abundantes gobiernos religiosos y antirreligiosos, y nos ha ido mal. Muy mal. No confiamos en las religiones. Tampoco en los gobiernos.

Estados Unidos de América, bienaventurado sea, carece de esta experiencia. La suya es una historia de coexistencia más o menos pacífica de religiones, de integración de pueblos con diferentes dioses que han sido capaces (con sus más y sus menos, pero capaces) de fundir sus diferencias para crear un país único, poderoso, rico; un ejemplo de gobierno para la Humanidad. Bajo un cielo enorme, en un terreno repleto de maravillas naturales, han demostrado que es posible superar sin olvidar las diferencias que traen cien países, mil idiomas, diez mil dioses, e integrarlas para así construir el País Indispensable.

Un país donde cada uno venera al dios que le da la gana con la menor interferencia de nadie de fuera. Un país cuyo éxito demuestra que sus habitantes son los elegidos de dios. De todos los dioses.

Y como todos los elegidos generosos, están llenos de celo misionero.

No sólo saben que la verdad está de su lado: ellos mismos son la prueba de que diferentes gentes y religiones pueden coexistir pacíficamente: tan sólo necesitan un sistema de gobierno adecuado para resolver enfrentamientos religiosos y políticos. Un sistema como el suyo. La democracia al estilo Estados Unidos de América, piensan, es la cura de todos los problemas. A ellos les ha funcionado. ¿Por qué no proporcionar su receta a quien la necesita?

Estados Unidos no es un país hipócrita. Toman la medicina que venden. Y su verdadero credo, el producto que ofrecen, su religión, es política: la democracia representativa y laica.

Éste es el credo que ganó las elecciones para Bush. No la Biblia, ni el matrimonio homosexual, la plegaria en las escuelas o acabar con el aborto. La Guerra Cultural que divide a la sociedad estadounidense desde los años 60 sigue ahí, sí, entre las costas y sus ciudades inhumanas por una parte y las praderas y montañas despobladas del centro continental por otra; entre los blancos y negros de la certeza y los grises de la indecisión. Pero el factor decisivo en estas elecciones ha sido otra guerra, y una posible forma de ganarla, especialmente atrayente para los generosos y creyentes fieles en los Estados Unidos de América: exportar democracia. Aunque sea a hostias.

No ha sido una guerra elegida. Los Estados Unidos fueron atacados, y en lo más hondo. Con la audacia de los seguros de sí mismos golpearon a quienes les habían golpeado, y barrieron Afganistán. Con el celo misionero de los fieles decidieron resolver para siempre el problema aplicando el único método que conocen: su Bálsamo de Fierabrás. Con la megalomanía de quien ha rehecho continentes a su imagen, decidieron reconvertir Oriente Medio en un paraíso de democracia, clases medias y consumo. Con la rapidez de los fuertes, actuaron.

La religión que propulsa a Bush no es sólo la de dios. Algo profundamente estadounidense se ha agitado. Algo que, coyunturalmente, separa de nuevo a los hermanos de ambas orillas del Atlántico.

Nosotros, aquí en Europa, pensamos que estas soluciones no funcionan. Quien más quien menos, todos los países de por aquí hemos intentado exportar civilización, progreso, medicina y religión a cañonazos. El Imperio Británico fue el ejemplo más duradero, pero todos (ingleses, franceses, españoles, alemanes, italianos, belgas, holandeses, etc,) hemos masacrado nativos con el entusiasmo de saber que es por su propio bien. Lo hicimos en toda América, en África, en Asia u Oceanía. Lo hemos hecho durante siglos, propulsados por una letal mezcla de sentimiento de superioridad patriótico y genuino amor por la Humanidad. Lo único que nos queda de todas esas aventuras misioneras es el convencimiento de su futilidad y el recuerdo del dolor causado, y soportado.

Dolor que nunca cesa

El Sahara español, Costa de Marfil, Argelia, Ruanda y Burundi, Nigeria, Etiopía y Somalia, India y Pakistán, son ejemplos de lugares donde Europa derrochó antaño entusiasmo, dinero y sangre propia y ajena en fútiles intentos de mejora que siempre han salido mal. Y que siguen sangrando mucho tiempo después de que Europa haga sus maletas y regrese a casa, dejando atrás la ilusión y una responsabilidad que jamás se borra del todo.

Contemplamos pues el vigor y el celo misionero de nuestro hermano de allende el charco con una mezcla de cansino cinismo y envidia de su vigor. Estados Unidos de América, a su vez, nos mira como al pariente viejo y cobarde, demasiado apoltronado y cansado de vivir como para protegerse siquiera de un enemigo poderoso y malvado.

Nada es tan sencillo. Ambos lados del Atlántico tenemos mucho que aprender. Europa deberá quitarse las telarañas del pasado y redescubrir al menos un poco de ese patriotismo que tanto vigoriza. Los Estados Unidos de América tendrán que aceptar que discrepar en los métodos no significa tener distintos objetivos, y tal vez escarmentar en cabeza ajena para evitarse daños en la propia. Nosotros contamos con nuestra historia; ellos, con su fe. De momento, seguimos siendo dos hermanos, peleados por una simple cuestión de teología. Peleados por la verdadera fe del imperio: la cósmica confianza en que uno tiene razón. Bendita fe.

¿Es posible ser feliz?

27-diciembre-2000 · Imprimir este artículo

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Por LUIS CENCILLO

¿Es la felicidad una “mariconada”? No es mía la expresión sino de un psiquiatra que en una terapia de grupo experimental, se descolgó con estas aladas palabras. El nombre de “felicidad” es cierto que suena cursi y que en castellano no tiene sinónimos de repuesto, como los hay en griego, salvo “dicha” que suena todavía peor…

El hecho social es, sin embargo, innegable: Todos quieren obtener un estado afectivo y práctico que sea distendido, difusamente gratificante, sereno, seguro y que suponga encontrarse francamente bien consigo mismo. Un estado de flexible autonomía capaz de logros importantes y seguros.

Autoestima y autoidentificación en relación con un poder de motivarse activamente, son la base de la llamada felicidad, si es que es posible. Y, desde luego, lo opuesto nadie desea experimentarlo, salvo algún masoca patológico (que si es lúcido acudirá a un terapeuta para salir de este tipo de emocionalidad deseante). Posiblemente nadie desearía estar confuso, no saber de sí, despreciarse, ser indeciso, inseguro, resentido y tender a ocuparse de tonterías o de cosas destructivas y arriesgadas. Pues bien, esto es lo opuesto a eso que se suele llamar “felicidad”.

Se trata de dos constelaciones de posibilidad: “dicha” y desgracia, buena o mala suerte. La última es frecuente y nos vemos en ella sin comerlo ni beberlo, casi solemos partir de ese riesgo como de un estado inicialmente forzoso; la primera es rarísima y hay que construirla como se pueda.

Pero la felicidad es asequible (ahora trataré de explicar cómo), y, desde luego, ¡no depende de los otros…! Sólo de nosotros. Supone crear un ser estable, no fácilmente vulnerable, y “autoposeído”. Aunque pueda ser atacado de muchos modos y tenga que luchar para no perder.

No se pierde la felicidad sino por quien lo cifra todo en la estabilidad del tener (“capitalista”). Así componen la felicidad conjuntamente estos factores:

– Autoposesión, l i b e r t a d no alienada y no arbitraria/destructiva: no dependencia de opinión y afecto ajenos.
– Integración Psicológica y social, ambas dinámicas y en una praxis. Poseyendo la claves de la propia comprensión.
– Lucidez de juicio y de valoración, capacidad de elaborar duelos y encontrar soluciones.
– Dominio mental claro sobre los factores, la relación de medios a fines y la previsión de amenazas reales.
– Aceptación objetiva para dialécticamente trasformarse.

Precisamente uno de los rasgos de la felicidad, es su independencia de la circunstancia, o mejor, su capacidad de superar los condicionamientos extraños que se le opongan.

Ganarse con cierto esfuerzo este estado anímico y existencial, le añade un sabor colateral. Parece que se es “más feliz” cuando se debe a uno mismo la estabilización segura de lo positivo e importante que se ha logrado. Pero aún hay más ingredientes de la llamada “felicidad”.

Es bastante desolador y estéril carecer de autoestima. No es humildad sino depresión, lo mismo que la autoestima no es soberbia sino justeza. No es imaginarse ser más de lo que se es, sino sentir lo que se es -poco o mucho- pero apreciarlo como propio y no tirárselo a la cara, resentidamente, a la providencia. Más vale lo poco, real y propio, que somos, que lo ajeno e irreal que fantaseamos ser. Sin autoestima y sin moderación no se puede ser feliz. Esto, vaya dicho ya de antemano.

Todo viene de una dicotomía absurda creada por Bender que divide a los humanos en perdedores y ganadores. ¿Perdedores de qué? Naturalmente este modo de hablar no tiene sentido tratándose de seres humanos. Lo único que significa, muy en el fondo, es que uno está perdido de sí mismo. Y así no se puede ser feliz. Lo mismo que sin autoestima.
Pero, ¿se puede ser feliz de alguna manera? ¿Se ha preguntado alguien alguna vez en serio qué es la felicidad? En serio sí, pero con un planteamiento inadecuado.

Hay quien no cree en la felicidad, como no cree en el amor… eppur si muove: hay quien lo experimenta al vivir.

El hombre es un animal utópico: no desea más que la felicidad y ésta no le es dada nunca. Al menos no con “F” mayúscula. Sólo se le promete y ello mediante una fe. O sea que la especie humana sólo puede sentir que tiene acceso a la “Felicidad” honda y completa desde la apuesta de una fe, no desde la demostración de las ciencias. Éstas hablan de buena salud y de economía saneada, y a lo más (la Sociología) de habilidades sociales y de éxitos de público. Y es la felicidad lo más importante en el humano existir. Luego lo más valioso es lo más inseguro.

La especie humana, en la incertidumbre de su deseo, trata de construir “un mundo feliz” sobre unas científicamente inciertas posibilidades de utopía dudosamente realizable.

La felicidad lograda no corresponde a ilusiones, sino a sólidas y asertivas conductas comprometidas. A pesar de que les parezcan ilusas a algunos. Y es que la realización personal radica en la dinámica de elaboración de duelos, maduración de afectos, modos de motivarse ilusionadamente -a pesar de las decepciones . No en otra cosa. Y esto es duro.

Desde luego, si se espera que todo sean facilidades y suerte, casualidades afortunadas y coincidencias favorables, nunca se verán realizadas las expectativas del deseo.

Ni quien espera la suerte ilusamente, ni quien trata de forjarla voluntarísticamente la encuentran: La suerte genera la felicidad sólo como una frágil asociación casi impensada de casualidad o tras tenaz dedicación. Y entre los pocos que llegan a obtener esta felicidad, la mayoría no repara y tropieza en las limitaciones que presenta su felicidad, para aguarse la fiesta.

Aun la felicidad mejor lograda y completa, tiene interrupciones, sombras y puede que también tenga un final, por lo menos con la muerte del hombre feliz… Si no, no sería humana.

¿De qué va pues la vida? La vida es la doma del deseo. No su anulación… Es el ir despertando la conciencia y la consolidación de sí mismo. Es una oportunidad de hacer y de hacerse, de amar y de amarse, de incrementar el propio ser actuante con la dialéctica cooperación de todas las cosas posibles (lúcidamente seleccionadas).

La vida no consiste en realizaciones perentorias ni en estados puntuales, sino en oportunidades de caer en la cuenta de quién se es y de qué son las cosas (¿grandes mentiras?).

Por esta razón, todo el que trate de actuar para su realización propia ha de pasar por la superación de su dependencia de las cosas y por el desenmascaramiento de las expectativas vulgares de su deseo. No es posible que nadie pierda si se gana a sí mismo. Sólo se pierden las imágenes de las cosas que no se tienen, pero que se cargan de libido deseante. Por eso desazonan.

Mas la felicidad pertenece al orden del ser, no al de tener ni al de aparecer; aunque algunos se sientan felices con sólo parecer que son más de lo que son. Y a veces parecen porque tienen o creen tener.

La felicidad es ante todo una vivencia.
Puede tenerse todo para ser “feliz” y no vivenciarlo así.
Desde luego nunca se tiene todo, por lo menos no por mucho tiempo, pero sí se puede llegar a tener:
La vivencia continuada de estabilidad
realizando bienes productivos y participativos
y solucionando cuestiones sustanciales.

La posesión de lo no productivo, de lo intransitivo, de lo que no es participable, ni enriquece a otros, no llega a reunir las condiciones de felicidad sustantiva.

El mal planteamiento clásico ha sido no centrar la felicidad en la vivencia, sino en el objeto: poder, placer, fama, dominio…

Todo esto nos descubre otras dos condiciones de la felicidad:

a) El no obtenerse a costa de nadie.
b) El poder realizarse en cada generación y época y no depender de una evolución macrohistórica de la praxis (que es el defecto condicionante de la teoría marxiana).

La felicidad ha de ser algo más sencillo y casero que el resultado macroeconómico de una “revolución mundial”.

El altruismo y el sacrificio del bienestar propio por el bienestar colectivo absolutamente nadie lo censura, salvo algún cínico, y sólo se atreven a hacerlo con un cierto tono humorístico.

Hay quienes son francamente desgraciados tan sólo por no tener ideas claras que les ayuden a elaborar sus duelos: se ahogan en sus problemas cotidianos. Y más sutil aún: cuando en una vida objetiva o aparentemente feliz no se llega a serlo, pues todo su estar en el mundo se halla minado por tensiones profundas de impaciencia, amor propio narcisista, deseos secretos e inconfesables de “ser más que nadie”, o que los demás y las circunstancias objetivas se plieguen al propio deseo.

Nadie comprende nada a fondo.

Hay, por lo tanto, dos grandes paradojas en la cuestión de una búsqueda de felicidad consistente: A. Gran parte de los seres humanos nutren su sensación de felicidad y de identidad valiosa a costa de humillación, sujeción, explotación de otros y de violencia. B. Gran parte se encastilla en aparecer como no es, adoptando modelos extrínsecos que falsean su autenticidad, para perecerse a figuras consagradas por cualquier moda, sin contenidos humanos ni “verdad”.

Podemos ya sistematizar distinguiendo cuatro grupos de tipos, bastante diferentes entre sí, de vida feliz:

Primer Grupo: Felicidad práxicamente productiva. En ella el aspecto negativo puede ser el afectivo amoroso, la soledad íntima o la incomprensión de la pareja exigente de atención. Y su riesgo, el narcisismo y el orgullo: creerse autor de la propia buena suerte y forjador de su brillante destino….

Segundo Grupo: Felicidad afectiva y amorosa en el seno de la familia (aunque profesionalmente haya sus contradicciones y luchas competitivas). Su gran riesgo es que el afecto, en lugar de ser un amor genuino y limpio, se haya convertido en simbiosis fijativa, que aliene en la fusión grupal las personalidades de los hijos (que ni siquiera lleguen a darse cuenta de ello y permanezcan por mucho tiempo adheridos al grupo o a la pareja parental). Aparte de que otro peligro frecuente en tales familias es que el grupo feliz y logrado se cierre sobre sí mismo y reduzca a los demás a objeto de beneficencia o sujeto de admiración obligada de sus logros modélicos.

Tercer Grupo: Felicidad procedente de la moderación del deseo y la sensatez cooperante con la praxis ajena y objetivamente orientada. Es la más sólida de todas y la que más carece de riesgos, pues la moderación y la sensatez evitan o ahogan los riesgos en su momento de ir a brotar. En esta línea, su grado máximo es la creatividad en apariencia fácil pero muy cualificada que resuelve las cuestiones con acierto a pesar de su aire de improvisación osada.
Cuarto Grupo: Felicidad laboriosa y dialéctica que sabe obtener la ácida satisfacción del logro de la elaboración de numerosos duelos y de la aceptación del duro e indudable “destino”, como lo inevitable, lo providencial y lo predestinado a uno mismo como vía de realización. Si a esta dialéctica de dolor y de logro se une fe en algo más que la praxis intrasocial y se adquiere una identidad escatológica, de modo que se logre vivir intensamente en otros planos más de diferente valor y trascendencia, tanto mejor. En este caso la felicidad puede ser más plena que la del primer grupo y por añadidura con la afectividad viva y abierta a todo y a todos y el respeto al otro (hijos incluidos) íntegro y objetivo.

Parece que lo más consistente y real es afirmar, como primera condición o componente la independencia del juicio ajeno (sin llegar a la insolencia, a la desconsideración y a la insensatez de no tener en cuenta las repercusiones del propio comportamiento). No puede ser del todo ni básicamente feliz quien se siente tributario de la aprobación de otros. Por lo tanto, la base sólida y firme de toda felicidad radica en aceptarse como se es:

sin ilusiones maníacas
ni temores paranoides

Con una dinámica genuinamente dialéctica de avance y de mejora desde la modestia de las posibilidades iniciales y con una tenacidad nunca crispada ni ambiciosamente motivada.

La felicidad no puede estribar en lo externo: radica en la actitud y la disposición de ánimo. Varios son los factores esenciales o requisitos de la felicidad, aun compatibles con hostilidades y contrariedades externas:

– Claridad mental y capacidad de discernir ideas, afectos, valores y logros.
– Aceptación de las propias limitaciones circunstanciales.
– En consecuencia capacidad de elaboración de duelos y contrariedades, pues unos y otras fatalmente se producen.
– Libertad elástica, tanto respecto de la opinión ajena como de los propios apegos.

Lo que no da resultado alguno es la dispersión de deseos, el tejer y destejer, el oscilar realmente de modo contradictorio y pronunciado entre contrarios, sin lograr establecer un equilibrio dialéctico entre ellos. La mayoría se malogra en esta oscilación perpleja. Y no llega a producir en concreto nada consistente. Lo más decisivo del tiempo se les pasa en proyectar, a veces minuciosamente, pero les falta decisión para dar el primer paso que cambie su ritmo de vida o su dedicación… Así no se puede ser feliz.

* Luis Cencillo fue terapeuta, antropólogo, psicólogo, filósofo y humanista.

Más cultura, señores… es la guerra

26-diciembre-2000 · Imprimir este artículo

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Por Jesús Palacios

Lo ha dicho el Reverendo Marilyn Manson, y su palabra va a misa (negra, desde luego): la política y la religión de hoy están en el arte. Yo especificaría que están en la cultura, en su sentido más amplio, y, especialmente, en la cultura popular. Mientras caen torres y vuelan estaciones de tren a nuestro alrededor (y sé bien lo que digo: la estación de Atocha está a diez minutos de mi casa), la televisión, Internet, la música pop, el cine, los multimedia, el cómic y todo lo que conforma nuestro entorno artístico y cultural cotidiano, son el campo de batalla experimental sobre el que se libran combates de los que depende nuestro futuro más inmediato y real. No exagero.

Todo está en los libros
Antes de que el terrorismo islámico comenzara su jihad mundial, destruyendo vidas con esa tranquila furia fanática que solo la religión puede imbuir en sus adeptos, Salman Rushdie había sido ya condenado por escribir novelas blasfemas. Antes de que los Estados Unidos recomenzaran su tarea imperialista de apoderarse de Oriente Medio, ya novelistas como Tom Clancy habían llenado la cabeza de sus lectores de amenazas islámicas y terroristas musulmanes imaginarios… Que ahora se han convertido en realidad. Incluso ETA, tiene un origen literario y artístico: los folkloristas y etnógrafos vascos y vascofranceses que, a finales del siglo XIX y principios del XX, reinventaron el euskera, “descubrieron” el origen atlante de los vascos y recrearon una mitología popular para los hijos de Aitor. Lo primero que ardió en la Alemania Nazi fueron los libros, mientras el “arte decadente” era retirado de los museos… Para ir a decorar los palacios privados de los altos dirigentes del partido. Z (pronúnciese Zi) Budapest, una bruja feminista americana, nacida en Hungría, cuyo culto excluye por completo a los hombres, lo ha expresado con lúcida sencillez: “La mitología es la madre de las religiones, y la abuela de la historia. La mitología es una creación humana, producto de artistas, narradores y gente del espectáculo, de todos los tiempos. Abreviando, los hacedores de cultura son los soldados de la historia, más efectivos que pistolas y bombas. Las revoluciones se ganan realmente en los campos de batalla culturales.”

El huevo mitológico antes que la gallina monstruosa
Por banal que pueda sonar esto cuando el gobierno de nuestro país ha cambiado de manos, en gran medida como producto de un atentado terrorista literalmente explosivo, una vez más no hay que olvidar que el huevo mitológico, religioso, cultural, va siempre antes que la gallina monstruosa que rompe su cascarón para salir al exterior, pisoteándonos como Godzilla. Es muy probable que todavía nos queden muchos horrores más que ver y sentir. Muchas torres pueden caer todavía, y los cimientos de nuestra falsa seguridad de civilizados individuos occidentales volverán, sin duda, a temblar en muchas más ocasiones… Pero el mundo del arte y la cultura nos está avisando con sus guerras particulares, privadas y públicas, y un atento análisis del mismo, puede llevarnos a evitar que sus monstruosidades más evidentes afloren en la realidad material de pérdidas humanas y daños irreparables. Un mundo en el que la televisión como espectáculo de la humillación humana, continua y constante (desde Gran Hermano hasta todas sus actuales variantes), es lo más visto y vendido, en el que se limitan las libertades informativas y las opciones estéticas de los espectadores y lectores sin que estos apenas sean conscientes de ello, prepara sin duda a sus habitantes para convertir la humillación moral en forma de vida, en el trabajo y la familia, y la censura en hábito mental, que no será siquiera necesario instituir políticamente.


Control, Manipulación, Censura

Continuamente el mundo del arte y del espectáculo es utilizado como campo de pruebas para nuevas y devastadoras armas, tan potentes como las peores armas químicas que nunca tuviera Iraq. En los informativos televisivos, según la cadena de que se trate, un mismo acontecimiento es completamente distinto, o se ignoran los detalles del mismo que puedan ser molestos, o inconvenientes, para sus espectadores. Este año, hemos visto la ceremonia de entrega de los Oscar de Hollywood, con cinco segundos de diferencia entre el tiempo real y su emisión televisiva… Tiempo de sobra para convertir ya la teta de Janet Jackson en todo un símbolo de la libertad de expresión y la libertad individual. En muy pocos años se ha evidenciado la guerra cultural entre quienes se pretenden enemigos de lo políticamente correcto, mientras aplican la corrección política en su propio entorno, contra quienes desconfiamos de cualquier tipo de corrección.

Elegir entre Tarantino o Ken Loach ha llegado a significar algo más que preferir un tipo de cine (por cierto, ¿qué oscura maniobra tramarán esos a quienes nunca gustó Tarantino y ahora alaban Kill Bill, su film más pop, violento, sangriento y aparentemente banal?). A lo largo de los 90 se han producido flagrantes casos de censura y prohibición, o al menos serios intentos de lo segundo, sometiendo a persecución mediática y judicial a dibujantes de cómic como Vuillemin o Miguel Ángel Martín, o a libros como Todas putas, de Hernán Migoya, sin que, salvo en este último y delirante caso, a nadie haya parecido importarle. Se pueden seguir las fluctuaciones del poder político atendiendo a los cambios de registro y a las subvenciones que reciben o dejan de recibir festivales de cine, música y teatro, mucho mejor que siguiendo las noticias políticas. Dice más sobre nuestros gobernantes o sobre ciertas comunidades y regiones el festival de cine que tienen, que su supuesta posición política o social. Tras una galería de arte moderno puede concentrarse un insospechado poder político y económico, mientras la globalización mundial es criticada por medios informativos que pertenecen todos a un mismo holding empresarial, que diversifica su capital creando empresas distintas solo en apariencia, mientras globaliza y monopoliza la opinión y la cultura de la misma manera que finge criticar políticamente la globalización.


El fin del mundo tal y como lo conocemos

Puede que este no sea el momento más apropiado para decirlo. Quizá por ello, convenga hacerlo: las bombas que estallan causando cientos de muertos y heridos, afectando a miles de ciudadanos inocentes, han estallado antes de forma aparentemente incruenta en el teatro bélico del arte y la cultura. Provienen del mismo fuego divino e infernal que ha quemado libros, condenado autores y censurado películas. Proceden del mismo universo cultural que ha creado o resucitado arquetipos míticos delirantes, desquiciados, prehistóricos… Pero útiles para sus fines. Fines que pueden ser el final de todo o, al menos, como decían REM en una de sus mejores canciones, “el fin del mundo tal y como lo conocemos”.

David Mora, novillero

26-diciembre-2000 · Imprimir este artículo

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Por Joaquín Albaicín

“EL OFICIO ES BÁSICO, PERO TAMBIÉN LA VOLUNTAD DE JUGARSE LA VIDA”

Sueña con la gloria y, para dar fe de lo legítimo de su aspiración, regó al final del estío con su sangre las arenas ocres de Las Ventas. Una breve pero entusiasta campaña ha colocado el nombre del novillero de Getafe en boca de los ‘veedores’ de futuros astros taurómacos. Ya la primera plaza del mundo cuenta con él para uno de los carteles inaugurales de la temporada entrante.

¿Cómo brotó tu vocación?
En mi familia no hay antecedentes, pero de niño tiraba mucho de mí el toro, el ambiente que se formaba en los pueblos alrededor de la corrida los días de fiesta. A los 14 años entré en la escuela taurina. Me decían en casa que adónde iba, que si estaba loco. Pero eran aficionados, y al principio todo es como un juego. Una vez debutas de luces, ya se acostumbran a que es una profesión.

Desciende la afición entre los jóvenes.
Tiran más por el fútbol, aunque también los hay apasionados de los toros. La gente, la verdad, está yendo poco, sobre todo a las novilladas. ¿Por los precios? No sé.

Pese a empezar algo tarde tu temporada, lograste sonar.
Sí. Llevo bastantes años queriendo ser torero, y ésta ha sido mi primera campaña seria, con más repercusión, por haber toreado en Madrid y en plazas cercanas: El Escorial, Móstoles… En total 14 tardes, porque resulté cogido en Borox y estuve 14 días parado. Reaparecí en Madrid, y cornada. Otros 15 días.

En tu cuadrilla forma Paco Alcalde. ¿Influye el calor de quien ha sido una figura del toreo?
Es esencial llevar buenos profesionales contigo, gente mayor que te dé consejos. Para quien realmente quiere ser figura todos los consejos son pocos, y, la verdad, un banderillero de 20 años no ha atesorado experiencia. No puede hablarte como quien ha sido un maestro. Le estoy muy agradecido, además, porque desde antes de que me apoderara Santiago García tuve siempre un espejo en él, fue el primero que se fijó en mí y me ayudó en cuanto pudo, entrenando conmigo a diario, buscándome un tentadero… ¡Con toda la gente que hay!

¿Qué factores han de confluir para romper?

Todos. Crucial, la suerte. Que te respeten los toros, que te sonría la fortuna en la plaza clave, que ese día te salga el toro adecuado. La cuadrilla, el equipo que te rodea, el apoderado… Por eso agradezco a Santiago que se haya volcado y me sacara de los pueblos, de las capeas de Guadalajara, donde mataba lo que fuera para intentar no aburrirme. Y claro, eso no es el toreo, lidiar un toro al que han tenido toda la mañana dando vueltas por las calles.

Catorce novilladas, y a Las Ventas. ¿Tanta seguridad en ti mismo te acompañaba?
Se dan muchas corridas donde antes nos hacíamos los novilleros. En un pueblo de dos mil habitantes, se monta una corrida. Hoy esto está muy difícil, pero tú debes también amoldarte a tus circunstancias, demostrar que pides un sitio. Y también hay que dejar su espacio a la suerte, confiar en que te echen un toro que pueda embestir. Y, si la fuerte falla, ir preparado para estar a la altura.

Bueno, el balance de tu debut no puede ser más torero. Vuelta con petición y cornada.
Quizá pequé de estar poco toreado, pero las ganas son lo más importante. ¿Atropellar la razón? El tren pasa una vez, estoy dispuesto a cogerlo, y para eso hay que estar en novillero, como se dice. El oficio es básico, pero también la voluntad de jugarse la vida.

¿En qué pensabas cuando te llevaban en volandas a la enfermería?
Me metían ya por la puerta y escuché la voz de Paco Alcalde: “¡No te preocupes, David! ¡Que lo vas a conseguir! ¡Que has estado muy bien!”. En esos ratos malos es cuando se ve al profesional, que te da moral y te infunde fe para seguir adelante.

La televisión dedica horas y horas a personajes de oficios y méritos ignotos y dos minutos a quien sale de La Maestranza a hombros o derecho al quirófano.

Así es. Culpa de los medios, pero también del público, en el que me incluyo. Nos habituamos a ver unos programas superficiales. El único espacio de toros, Tendido Cero, lo cambian de horario cada dos por tres. Se debería no, quizá, emitir más corridas, porque si echan muchas la gente se cansa y no va a la plaza, pero sí informar más sobre la actualidad del toro.

Coletas en tu panteón.

Muchos, cada uno con su corte: Ordóñez, Bienvenida, Dominguín… De ahora, José Tomás, Ponce, Joselito, toreros extraordinarios.

Tu temporada y la temporada en general.

Me hubiera gustado torear mucho más, pero… Esto ha de ir poco a poco. Mencionaría a un torero que está andando muy bien: César Jiménez. Ha hecho una temporada muy buena, al igual que El Juli o Ponce.

Tus objetivos en ésta.
Tras operarme e ir a rehabilitación por un tendón partido en el tobillo y otro en la mano, y dos o tres meses de convalecencia mucho, entrenar de cara a los compromisos firmados y por firmar.

Entre ellos Las Ventas, se supone.
Dejó buena impresión, fui herido y las puertas están abiertas. Nos han dicho que en marzo estamos puestos. Así que a hacer mucho campo y preparar alguna novillada para calentar antes de volver a Madrid. Y a abrir la puerta grande. A partir de ahí es cuando empiezan a rodar las cosas.

Un cartel para tu alternativa.
José Tomás de padrino, con Morante, Ponce o El Juli… Toros que embistan, una buena corrida de Domecq o de Jandilla.

Allí nos vemos, Dios mediante…

* Gracias a Baudi, Manolo y José de “El Burladero”, por su colaboración para la realización de esta entrevista en la taurinísima calle de Echegara

El gobierno de los sabios: SOS

25-diciembre-2000 · Imprimir este artículo

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Por Raúl Fernández Vítores

¿Qué hacer con la Universidad?

«La sociedad necesita buenos profesionales –jueces, médicos, ingenieros- y por eso está ahí la Universidad con su enseñanza profesional. Pero necesita antes que eso y más que eso asegurar la capacidad en otro género de profesión: la de mandar.».

Lo escribe Ortega en su famoso ensayo de 1930, Misión de la Universidad. La Universidad como formación del mando. No es nuevo. Ya Platón soñó con el filósofo rey. Por lo que toda su educación, la paideía platónica tiene como fin la producción del gobernante sabio. ¡Que uno sean sabiduría y poder! Y por eso a la cabeza de las cinco formas de gobierno concebidas por él puso la aristocracia, que literalmente significa gobierno de los áristoi, los mejores, y nada tiene que ver con el «color» de la sangre. Pero es verdad que sólo imaginó la democracia como antesala de la tiranía. Fue su alter ego, Aristóteles quien reconoció también en el gobierno del pueblo el rango aristocrático. Ortega prefería hablar de «nobleza». Pero no sigamos por esta vía que nos lleva a una idea mistificada de Universidad. ¡Escuela de gobernantes! Los poderosos siempre han podido ir a la escuela; bien es verdad que no siempre han querido. Quedémonos con la más modesta producción de profesionales.

Queda la Universidad como fábrica de profesionales. Y aún añade Ortega otra función, muy minoritaria: la investigación. Tres funciones, pues, asigna Ortega a la Universidad. Transmisión de cultura, que permite «estar a la altura de los tiempos», en primer lugar. No seguiremos por aquí. Ya lo hemos dicho. En segundo lugar: enseñanza de las profesiones… «altas»: jueces, médicos, ingenieros, no chupatintas ni contables. Y, por último, formación de nuevos científicos especialistas.

El profesionalismo y la especialización eran, a los ojos del filósofo español, las dos caras de la nueva barbarie que asolaba Europa. Pensaba él que el hombre europeo era un integrum roto. La profesión y el saber especializado debían ser «compensados» por la cultura. Cabe cuestionar, sin embargo, esta última prescripción. Cuando un cirujano me opera a corazón abierto lo único que deseo es que verdaderamente sepa de lo que se trae entre manos; sus reflexiones sobre el puesto del hombre en el cosmos me son del todo indiferentes. Y cuando un profesor enseña química lo primero y primordial es que sepa química, cuanto más mejor, no que sea un buen padre o tutor. Cabe dudar, sobre todo, de que una de las misiones de la Universidad haya de ser la compensación cultural. Tal vez ésta sea más propia de una enseñanza media o secundaria.

Enseñar lo que se puede aprender

El diagnóstico de Ortega es en extremo simple: la Universidad vive una crisis porque pretende enseñar lo que no puede aprenderse. Más simple si cabe es el remedio: «En vez de enseñar –escribe- lo que, según un utópico deseo, debería enseñarse, hay que enseñar solo lo que se puede enseñar; es decir, lo que se puede aprender…» Extremadamente simple, el diagnóstico, y, desde nuestra perspectiva actual, extremadamente optimista: «con inconcebible obcecación –se queja-, la enseñanza partía del saber y del maestro». Había, pues, maestros y había el saber. El error radicaba, a los ojos de Ortega, en no haber tenido en suficiente consideración al alumno. Vuelve su mirada a Rousseau. Y, efectivamente, en el Emilio encontramos una pedagogía natural y paidocéntrica, es decir, centrada en el aprendiz y ajena –esto último tiende a obviarse con pasmosa facilidad- al encierro escolar: ne substituez jamais le signe à la chose. (Y traduce Luis Aguirre Prado para la editorial Edaf: «no sustituyáis nunca el signo por la cosa». ¡Todo un síntoma!).

Las reformas educativas que ha conocido y sufrido mi generación se han hecho todas en nombre del paidocentrismo. En aras de esta tendencia pedagógica se aprobó en 1983 la LRU (Ley de Reforma Universitaria) que acabó con el predominio de la cátedra y el protagonismo de las asignaturas en los planes de estudios universitarios. Se respondía así al fenómeno de la masificación que, en apenas dos décadas, de 1960 a 1980, había multiplicado por más de nueve el número de alumnos universitarios, pasando de 71.000 a 650.000. Hacía cinco años que el Estado había renunciado «constitucionalmente» a intervenir en la ordenación y planificación de la educación superior. ¿Acaso no tenía ya necesidad de «buenos profesionales»?

Paidocentrismo hemos dicho. Pero entonces la crisis de la Universidad es antes que nada la crisis de la Enseñanza Media, hoy llamada –y con razón- «Enseñanza Secundaria». Si hay que adaptar el nivel de exigencia universitaria al nivel real del alumno que estudia en la Universidad, habrá que preguntarse entonces por qué todas las reformas educativas promovidas por el Estado desde finales de los años 60 hasta hoy han ido encaminadas certeramente hacia la destrucción del nivel académico del bachiller, es decir, de aquel que accede a los estudios universitarios. Dicho de otra forma: ¿por qué desde 1970 el Bachillerato, esto es, la vía general de acceso a la Universidad no ha hecho otra cosa que acortarse, pasando de los siete años que duraba antes de que fuese aprobada la LGE (Ley General de Educación) a los insuficientes dos años que dura hoy? Para contestar esta pregunta es necesario dar antes un pequeño rodeo.

La intervención del Estado en los procesos educativos se remonta en España a 1857, año de promulgación de la Ley de Instrucción Pública, propuesta por el ministro Claudio Moyano, que prescribía por primera vez la escolarización obligatoria. Se trata de una intervención de iure. De facto, esta intervención estatal comienza con el impulso ministerial de Romanones en los albores del siglo XX: «de lo que estamos faltos –decía el conde- es de obreros inteligentes, de obreros que tengan ese grado intermedio de cultura entre el que no sabe nada y el ingeniero facultativo, que no puede descender a las operaciones secundarias». El Estado buscaba entonces mano de obra cualificada. Aún no se había iniciado la revolución informacional.

La Ley Moyano prescribía tres años (desde los seis años de edad hasta los nueve) de enseñanza primaria obligatoria. En 1909, la escolarización forzosa afectaba a todos los niños entre seis y doce años. Desde 1945, se distinguía entre primaria «general», cuatro años (de 6 a 10), y primaria «especial» (de 10 a 12). Lo relevante es que a los diez años de edad, el alumno ingresaba (o no) en un proceso no obligatorio de formación y selección orientado fundamentalmente hacia la Universidad. Siete años de Bachillerato, que conoció diversas formas. En plena Guerra Civil, en 1938, siendo ministro Sainz Rodríguez, se instauró un Bachillerato «humanista» (o no «de ciencias») muy ideologizado que, no obstante, culminaba con un severísimo examen, el Examen de Estado, que era el que abría las puertas de la Universidad. Pero la «gran» ley de la cualificación media en España es la LOEM (Ley de Ordenación de la Enseñanza Media), propuesta por el ministro Ruiz-Giménez. Esta ley de 1953 contemplaba un ciclo elemental y común de Bachillerato (cuatro años en total) y un ciclo superior de dos años que podía cursarse en la modalidad de «letras» o en la de «ciencias»; a estos seis años seguía otro, el Preuniversitario.

La llamada «Ley Villar», en honor (más que dudoso) del ministro Villar Palasí, esto es, la Ley General de Educación de 1970 supuso una verdadera estocada a un modelo de Bachillerato perfectible pero en modo alguno revocable. Se acabó de un plumazo con el ciclo elemental de Bachillerato, precipitando sus cuatro años de duración en el indiferenciado mar de la Enseñanza General Básica. La obligatoriedad se había extendido ya (en 1964) hasta los catorce años de edad. El Bachillerato quedaba reducido a tres años de BUP (Bachillerato Unificado y Polivalente) y uno de COU (Curso de Orientación Universitaria). La puntilla la dio la LOGSE (Ley de Ordenación General del Sistema Educativo) de 1990, comprimiendo el Bachillerato en dos años y, eso sí, alargando todavía más el tiempo de escolarización obligatoria, dos años más, hasta los dieciséis.

¡Selección! Palabra maldita

A lo largo de todos estos años de reformas o más bien de contrarreformas se ha pasado, como quien no quiere la cosa, del «intransigente» examen al control «continuo», se ha hablado ad nauseam de la «autoestima» del alumno y han hecho fortuna expresiones muy desafortunadas desde el punto de vista académico. ¿Qué es ESO de «promoción automática»? La Ley de Calidad de la ministra Pilar del Castillo es a todas luces insuficiente y demagógica.

En un momento en que el Estado se ha puesto a régimen, adelgaza o más bien adelgazan sus prestaciones sociales hasta la anorexia, ¿qué cabe exigir al Estado en materia de educación? En primer lugar, cabe exigirle que la enseñanza sea verdadera enseñanza, es decir, un proceso de formación intelectual lo menos formalista posible, pero un proceso intelectualmente exigente y selectivo. ¡Selección! Palabra maldita, con inevitables ecos concentracionarios. Aun así, es preciso repetir y subrayar: selectivo intelectualmente, pues donde parece que no hay selección es porque ésta en realidad se realiza según un criterio exclusivamente económico. En segundo lugar, cabe exigir al Estado la total gratuidad de la enseñanza en todos sus niveles, también en los superiores. ¿Que se dispara el gasto? ¡Déjense de zarandajas! Porque, en tercer lugar, cabe exigir al Estado la drástica reducción del tiempo de escolarización obligatoria. ¡Que la enseñanza no siga siendo la coartada del control!

Manuel Hidalgo

25-diciembre-2000 · Imprimir este artículo

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Por Emilia Lanzas

Manuel Hidalgo ha publicado cinco novelas; cuatro libros, situados en la frontera entre géneros diversos, y numerosos guiones. Después de treinta años de trabajo periodístico, lo ha abandonado para dedicarse plenamente al articulismo y a la literatura. Recientemente, ha publicado su primer libro de relatos Cuentos pendientes, en la editorial Páginas de Espuma.

¿Por qué has tardado tanto tiempo en escribir trece cuentos? ¿Tiene que ver con la dificultad intrínseca del género?
Son cuentos escritos a lo largo de muchos años, por lo que más bien he tardado en publicarlos. Quería que tuviesen un sentido unitario. Mi deseo era reunir una colección con una temática común, lo que supuso una dificultad añadida. Finalmente, la encontré: el amor y el desamor.

Pero también están muy presentes la incomunicación y la falsedad de los sentimientos.
Sí, todos esos temas son compatibles y están en mi libro. Además de la inseguridad, el destino, las incidencias de azares y los elementos inquietantes que perviven en la vida cotidiana. Y, naturalmente, la falsedad, la incomunicación y lo efímero, que no dejan de ser componentes del amor y del desamor.

Complejidad y pluralidad, algo a lo que el cuento es propenso por su capacidad de sugerencia…
Esto es muy cierto, al lector se le ofrece algo abierto que debe construir por él mismo.

En tus cuentos se da un profundo distanciamiento del narrador, algo cínico, con respecto a la historia y los personajes.
Prefiero el adjetivo de narrador “distante” a “cínico”. El escepticismo y la ironía, el descreimiento, producen esa sensación de distancia: es una característica que está en toda mi escritura.

Y también hay bastante humor. ¿Un lector sin humor es indeseable?

Desde luego. El humor es un prisma excelente para abordar la vida, la experiencia y la literatura. Además, y es algo de consenso general, el humor es un claro síntoma de inteligencia, y los escritores queremos lectores inteligentes… Después, claro, tenemos que estar a su altura.

¿En qué crees que consiste la calidad literaria?
Creo que tiene que ver, principalmente, con tres cosas: una historia que provoque ideas o emociones atractivas, hondas y perdurables; un uso de la palabra eficaz junto a una expresión estética —lo que no supone hacer joyería—; y ofrecer una visión de la vida que sea sugerente e interesante.

¿Y qué define un buen cuento?
En el cuento no caben distracciones, ni existen ramas laterales, se debe saber administrar la economía de medios, la restricción del espacio y, a pesar de ello, poner en pie una historia, unos personajes… El cuento acota la realidad en un momento determinado pero, al mismo tiempo, tiene que contarlo todo.

¿Se escribe para permanecer o, principalmente, se busca el prestigio social?
Con toda modestia, no tengo la ambición de permanecer y creo, sinceramente, que a partir de ahora es cuando voy a hacer los mejores libros. Es un plan biográfico que me he trazado, porque el periodismo me ha alejado hasta ahora de la escritura. En cuanto a lo segundo, me temo que sí, que se escribe para tener prestigio. Pero entendido como un reconocimiento al trabajo bien hecho; no me refiero al prestigio social porque de eso nunca estamos seguros. Además, depende del círculo en donde te muevas; para algunas personas el ser escritor es algo deleznable, y lo único que les vale es que seas millonario o que tengas poder. Y, el poder yo ya lo he tenido siendo director adjunto de un periódico…

La vanguardia —en el sentido de movimiento trasgresor que se anticipa a su tiempo— es todavía posible en literatura, o es más permisible en el cine?
Éste es un grandísimo tema difícil de abordar. Yo creo que la vanguardia como tal ha fracasado en la literatura y en el cine en cuanto búsqueda de nuevas formas de expresión, de nuevas técnicas, de nuevos lenguajes. La literatura y el cine poseen un tronco común que procede de la novela cervantina y decimonónica, y en ninguno veo la manera de desplazar al formato narrativo; de romper la contradicción de contar sin contar. Desde luego, hay varios intentos que han aportado diversas posibilidades, pero que no se han generalizado. Reconozco más vitalidad en las artes plásticas y en la música; aunque queden escasas posibilidades de sorprender.
Volviendo al cine, creo que la vanguardia ya estuvo en sus inicios, en los soviéticos, en algunos franceses…

¿Y el cine oriental y árabe que está aportando nuevas formas de narrar?
No, no creo que los cambios en el cine vayan a venir de la mirada diferente de ese tipo de cine. Aportan, sí es cierto, una forma de contar distinta a la de la industria estadounidense, pero esa manera peculiar de narrar ya estaba en los años cincuenta. Abbas Kiarostami ya estaba en Bresson, y el cine oriental de hoy en los japoneses del período clásico.

En ese sentido, Al final de la escapada y toda la Nouvelle Vague, todavía se ve como un cine rompedor.
Sí, todo está ya hecho y desechado.

En una conferencia que diste en la Universidad de Navarra, declaraste que eras partidario de que los autores puedan polemizar con los críticos.

No me refería a una contestación directa a una crítica negativa; pero sí que sería beneficioso que se estableciese un diálogo entre ellos. Por ejemplo, si un crítico cinematográfico manifiesta que los directores jóvenes españoles están volviendo a la comedia de los años sesenta, que tienen mucho del cine de Ozores —algo que se afirma, verdaderamente— pues bien, ¿por qué el autor no va a responder con argumentos a esa afirmación, si no está de acuerdo? O, si está de acuerdo, defender su postura de continuar la línea de la comedia española ajena a la americana o, a lo mejor, defender que su comedia es berlanguiana… A eso me refiero. Y la polémica también debería surgir en la novela donde, por ejemplo, hay una tendencia crítica a confundir el realismo con el costumbrismo —algo que a mí ya me toca las pelotas—, pues bueno, vamos a hacer de ello una discusión teórica. Distinguir que el realismo supone una actitud crítica y el costumbrismo una complacencia con la realidad. Vamos a discutir. Antes era habitual —recuerdo ahora la polémica cinematográfica entre la Escuela de Barcelona y los seguidores de Saura—; pero ahora sufrimos los últimos estertores de la discusión, sólo hay navajazos traperos.

La vida cultural sólo se mueve por el mercado. Y las teorías están en crisis, no hay grupos… Sólo algunas individualidades o la integración total. Por ejemplo, Pérez Reverte ha sido un fenómeno clamoroso de integración que podría haber provocado un rechazo constante, pero como hoy todo vale… No existe crítica sustentada en teorías.

La removida

23-diciembre-2000 · Imprimir este artículo

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Por Victoria Diges*

La mitificada Movida Madrileña, que de tanto darle vueltas, en lugar de movida, se convirtió en removida, no ha dejado de ser el santo y seña referencial, en los últimos veinte años, cuando se habla de modernidad y cultura en este país. Y esto da que pensar… porque veinte años ¡son veinte años!, y dan mucho de sí como para que el tema de la movida no estuviera ya bien claro y bien zanjado, con todos los correspondientes méritos, condecoraciones y las obligadas menciones especiales para los muertos caídos en el campo de batalla, bien distribuidos entre el batallón de “nuevaoleros”. Pues fíjense que no, porque aquí los que más debieran de callar, son los que más ruido hacen, afanándose en atribuirse los puestos más elogiosos de aquella incipiente modernidad española y tratando de sacarle más punta al “negocio” en el que, los más avispados, han convertido aquellos años 80 que fueron testigo de su primera juventud. En cambio, aquellos que debieran hablar, porque de alguna manera, fueron los auténticos ideólogos (y me consta que esta palabra no es la más acertada tratándose de La Movida), los que aportaron algo más que juventud y ganas de salir por las noches, callan porque ya no están para contarlo, y los que sí que están y pueden hablar, lo hacen de manera esporádica y mesurada porque andan un poco hartos del tratamiento cansino y desmedido, que en muchas ocasiones, se le ha dado al tema.

Pero a pesar de lo visto y lo leído en los muchos testimonios, lógicamente parciales (porque cada uno cuenta la feria según le va), que nos han llegado por distintos cauces: libros dedicados al tema, reportajes dedicados al tema, suplementos dominicales dedicados al tema, artículos dedicados al tema, series documentales dedicadas al tema, entrevistas dedicadas al tema… seguimos sin tener una visión clara y bien estructurada del fenómeno, más bien de la consistencia profunda de La Movida como hecho cultural. Porque como es sabido, un movimiento socio-cultural de la índole y del tipo que sea, siempre se ha sostenido con pilares más sólidos que unas buenas dosis de maquillaje, alteradores de conciencia varios, música de importación y unas copas tomadas en Rockola. Y que conste que todo eso está muy bien, además es justo y necesario, pero no valida a la Nueva Ola como quintaesencia, en esto de los movimientos culturales. Ellos se manifestaban, pero sin manifiesto fundacional, tocaban, hacían cortos, algunos pintaban, los menos escribían, y la mayoría se consagraba al sano asunto de patrullar la ciudad amparándose en razones de alevosía y nocturnidad. Creando entre todos un espectro de tremenda heterogeneidad, lo cual siempre es una riqueza, y contrasta de manera gratificante con los tiempos que corren, en los que la singularidad es una especie en peligro de extinción, e incluso está mal vista por el conformado grueso social. Pero tanta diversidad personal, en aquel entonces, hizo que del grupo surgiera el grupito, y de éste, el grupúsculo; por lo que todavía era más difícil que se organizasen de alguna forma, para vehicular y dar sentido de cohesión al movimiento, que fluía y fluía sin orden ni concierto, ¡perdón! rectifico: sin orden pero con mucho concierto.

Obviamente, algo estaba pasando, y la incontrolable espiral de color que fue La Movida Madrileña, crecía y se alimentaba con unos y con otros, hasta llegar al paroxismo de la convulsión y de la forma. Y después de tantos años y de tantos estertores, contemplamos con asombro que España no olvida a los vástagos de La Movida, o quizás sean algunos de ellos los que se niegan a ser olvidados y relegados al, también mítico, baúl de los recuerdos.

A veces, un concepto se convierte en concepto, o una verdad en verdad, a partir de repeticiones constantes y taladrantes en la conciencia y en la memoria colectiva, y algo de esto ha pasado con el tema que hoy nos ocupa. ¿En qué momento se dejó de considerar a la Nueva Ola como eclosión, para darle un honorable rango de episodio entramado y organizado? Quizás desde que algunos de sus miembros, motivados por un justificable afán de pervivencia y validación, comenzaron a contarnos, una y otra vez, lo que acontecía en esos años desde una perspectiva sesgada, parcial y mitificadora. Cosa que, por ejemplo, nunca hicieron los integrantes de la, siempre dudosa como tal, Generación del 27. Ellos también hicieron cine, pintaron cuadros y escribieron magníficamente, aunque la verdad es que de música iban cortitos y en lo de salir por la noche en plan masivo, creo que tampoco estarían aprobados. Pero lo cierto es que coincidieron en un tiempo y un espacio concreto de pura creación y, paradójicamente, casi ninguno de ellos aceptó la denominación de “Generación del 27”, porque pensaban que lo único que les vinculaba era el hecho de compartir territorio y temporalidad durante unos años, pero nada más. Por eso no querían el respaldo de lo que consideraban una ficticia generación, y tal vez tampoco lo necesitaban, porque creyeron que su obra era aval suficiente para asegurar su entrada en la posteridad. Cosa que quizás no suceda con los pocos, porque son sólo unos pocos, los que se han apropiado de la memoria y la legitimidad de la sufrida y resignada Movida Madrileña.

En cualquier caso, está claro que entre 1980 y 1984 todo el espectro social se alteró, y hasta se sustantivó el verbo mover, para bautizar al fenómeno: “La Movida” que, por cierto, es un gran nombre por su plasticidad y capacidad de captar el espíritu de esta etapa desorganizada, desestructurada, donde nada estaba en su sitio y en ello radicaba su auténtica riqueza y su auténtica belleza. Estamos hablando de esa España del postfranciscazo, donde las ganas de desaprender lo enseñado, y de volver a crear con libertad y nuevos criterios, lo impregnaban todo. Tras cuarenta años de estancamiento, estaba todo patas arriba, todo por hacer, y bien es cierto que La Movida, en muchos sentidos, fue el primer paso para crear el posterior orden que siempre sobreviene al caos. Lo curioso es que los protagonistas de la Nueva Ola, ni siquiera habían nacido cuando la endogamia y el aburrimiento cultural ya estaban confortablemente acomodados en nuestro país pero, sin embargo, si tuvieron la necesaria receptividad para percibir la estéril herencia que nos había dejado el anterior régimen, y entender la urgente necesidad de realizar cambios mas a siniestro que a diestro. Y cada uno desde su ser y su estar se pusieron a ello como buenamente pudieron, quisieron y supieron desde ese ojo de huracán que era el Madrid de la época, y además tenían lo que hay que tener para estos casos: la edad perfecta. La juventud retozona de la época tomaba las calles, iban a locales recién inaugurados, quedaban en el rastro o en el “Penta” para hablar de tendencias, pegaban carteles y escribían fancines, diseñaban ropa de vanguardia, iban a Londres (y de manera automática quedaban convertidos en árbitros de la moda), dibujaban comics, y la música, que quizás es el rasgo de identidad más claro de este fenómeno, llegaba a todos los rincones en una sucesión interminable de conciertos, ensayos de los grupos, discos de importación y creación propia. Por primera vez, los grupos nacionales comenzaron a desarrollar unas corrientes musicales inéditas hasta el momento, y sembraron un caldo de cultivo que permanece vigente en la actualidad del panorama musical.

Todo este paisaje, como es lógico tras un largo período de dictadura, iba acompañado de exhibiciones extremas del uso de la propia libertad, por lo que se salía cada noche en busca de la empatía con el tópico del sexo, de las drogas y del rock and roll. Y muchos circunscribieron su presencia en las filas de La Movida, limitándose exclusivamente a esto último, y dejando el tema de la creación para otros más avispados y sagaces, que fueron los menos.

Podríamos, para ir terminando, decir que el fenómeno de la Nueva Ola, fue algo absolutamente lógico, teniendo en cuenta la coyuntura sociopolítica reinante. ¿Qué juventud no hubiera reaccionado en busca de su libertad y de sus cauces de expresión después de tantos años de imposición? Eran jóvenes, bellos y repletos de esa osadía provocadora que siempre otorga la falta de edad y la ausencia de prejuicios, no tenían nada que perder y todo que ganar, y una ciudad, por fin, abierta al cambio donde quedaban muchas cosas por hacer. Pero el problema viene ahora, cuando los otrora adolescentes de La Movida ya no lo son, cuando gozamos de una democracia más virtual que otra cosa, cuando los medios de comunicación bombardean nuestros cerebros con abyectos subproductos, cuando la tecnologización de nuestras vidas nos han convertido en cómodos animales de sofá y televisión, cuando el pensamiento único y falaz engaña a nuestros cerebros, y la cultura se nos muere a borbotones mientras que la juventud, en lugar de reaccionar y movilizarse como hacían nuestros amigos de La Movida, se contentan con estúpido aletargamiento y complacencia consumista, sin lograr entender que ideología y compromiso son términos que exceden en significado a los viejos panfletos del mayo del 68.

Por todo esto, vamos a dejarnos de movidas y de historias, y los melancólicos del período, en vez de dedicarse a dignificar, a golpe de recuerdo la Nueva Ola, que se dediquen a mantener vivo el espíritu del que tanto predican. Y fomenten la reacción de esta nueva juventud, que más que perdida, está no encontrada.

(Victoria Diges es periodista y directora del programa Musical La Conjura Pirata, que se emite de lunes a miércoles 22-23 horas, en Radio Intercontinental, 918 A.M. )

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