Entrevista a Joselito Romero

Por Joaquín Albaicín


“NADA MÁS HAY UN SOLO DÍA”

El bailaor vuelve el 6 de Mayo a los escenarios madrileños con “Son Son Cinco”

José Maya Serrano -Joselito Romero en los afiches- nació, como tantos otros gitanos, en una familia de artistas y desde niño afrontó el desafío de mirar cara a cara a los públicos para regalarles una brizna de milagro. ¿Precocidad, que se dice tan corriente en el universo del arte? No sería la palabra exacta. En el mundo gitano, más que precoz, o se es desde el principio y hasta la muerte, o ni se es al principio ni nunca. Se es, o no se es. Punto.

Por su pertenencia a una estirpe de artistas -no sólo de flamencos: también de pintores, escritores, actores, escultores, toreros…-, su baile no podía ser típico ni tópico ni cargar el peso en muros con la argamasa ya desprendida. Amasado en barro y cocido a fuego, emerge de las profundidades de un océano de claroscuros que, temperamentalmente, recuerda las pinceladas del Caravaggio ante cuyas obras maestras tantas horas ha pasado en los museos. El día 6 hace de nuevo el paseíllo en el Teatro Albéniz con “Son Son Cinco”, un espectáculo que ya triunfó en el Centro Cultural de la Villa y cuya vuelta a la programación es indicativo del magnífico éxito cosechado. Habrá, sin embargo, algunas modificaciones en el cartel.

-La idea inicial -recuerda el bailaor en los estudios de la calle de las Huertas donde ensaya- fue de Lola Greco, María Vivó y Rafael Amargo, que nos llamaron a mí y a José Serrano para completar el elenco. Pero, como Lola está de gira y Rafael ensayando con su compañía, vienen en su lugar Mayte Bajo, una bailarina espléndida del Ballet Nacional, y Juan de Juanes, que se descubrió en la compañía de Canales. Somos cinco solistas que hacemos una introducción de contemporáneo y luego bailamos un solo cada uno. En mi caso, una alegría en la que va ser importante el apoyo del piano de José Ramón Jiménez.

-Todos los artistas han tenido en su carrera una hora, un día, un toro… ¿Cuándo ha salido ese toro con que poder emborracharse a Joselito Romero?

-En un festival en Murcia. Bailé por siguiriyas y, en realidad, lo improvisé casi todo. Me salió así, yo mismo me dejaba llevar. Y es que se trata de jugar con los tiempos, de no olvidarse de que lo importante es la creatividad. Lógicamente, monto mis coreografías, elijo las músicas, monto los pasos, es decir, sé lo que voy a hacer cuando subo arriba, pero, precisamente porque me sé de memoria la música, porque lo tengo todo metido en la cabeza, una vez ahí puedo hacer lo que quiero. Cuanto me sale en el escenario está basado de principio a fin en mi coreografía, es decir, hay un trabajo detrás, pero siempre dejo la puerta abierta a la inspiración, a la improvisación. Porque imagínate si montara un baile con los músicos, cada marcaje, cada patada, todo mecánico, y nunca improvisara. Haría diez galas y la gente se hartaría, ¿no?, me habría visto diez galas igual. Hay que llevar montada sólo la estructura y, sobre ella, proyectar tu energía.

-¿Con qué bailaores de tu generación te picas?

-Yo me pico con muchos músicos, no solamente con bailaores, sino con cantaores, con músicos clásicos, con pintores…

-Ahí queda esa respuesta. Y, ¿qué ecos te inspiran para bailar?

-Pues la gente que te sube, que te empuja para arriba. Me gustaba muchísimo -evoca con emoción- “El Indio Gitano”. Precisamente una de sus últimas actuaciones, unos dos meses antes de… Bueno, tuve el gusto de llevarlo a Albacete para que me cantara, luego ni pudo, porque el pobre no se encontraba bien, pero… También me cantó en Austria, donde me tocó Pepe Habichuela. Llevar a ese gitano conmigo ha sido un orgullo, porque su presencia cantando era de otra galaxia. ¿Quién más? Me gustan Miguel “El Rubio” y su hijo Antonio. Y Dieguito “El Cigala”, también.

-¿Con qué te quedas y qué rechazas del baile actual?

-Hombre, rechazo ante todo la comercialidad, el mercantilismo que lo ha invadido todo. Y quedarme… ¿Con qué me quedo? Me encanta -afirma con tajante tranquilidad, sin rodeos- el concepto del baile de Mario Maya.

-Y, ¿de hoy?

-Hombre, un Camarón o un Paco de Lucía del baile, yo no lo veo ahora mismo… La verdad es que nuestra generación, pues… Somos jóvenes, ¿no?, hay mucho derroche de facultades, tenemos a lo mejor más técnica que los antiguos, pero yo creo, sinceramente… ¡Mi bailaor, ahora mismo -corta por lo sano y zanja la cuestión frunciendo con fiereza el entrecejo-, es Yul Brynner! Ese es un bailaor, el gitano, el de “Los Diez Mandamientos”. Ese es quien mejor baila de todos nosotros.

“Quiero decir -prosigue, por si el alcance de sus palabras no hubiera quedado lo bastante claro- que creo que en el baile hay algo más que la pura técnica: una energía, como por ejemplo en Lola Greco, esa mujer no sólo es técnicamente alucinante, porque su formación es clásica, es que luego tiene un sentido, una energía, y eso es el espiritu, un baile espiritual, eso es lo que me gusta. Esos dos: Lola Greco y Yul Brynner.

¿Proyectos inminentes de Joselito Romero? Varias actuaciones en Dublin y Londres en “Racial”, nuevo espectáculo de Carmen Cortés en el que también se pondrá los botines Rafael de Carmen, una de las revelaciones de la última Bienal de Sevilla. Allí bailará por farruca, uno de los palos más solemnes y comprometidos del flamenco en el que brillan estrellas como “El Güito” y “Manolete”: “Sí, me voy a atrever. No es un baile de facultades, es un baile de mandar en el escenario, pero no a base de fuerza física, sino de presencia, de peso, de aguante, de… No sé cómo explicarlo. Es por lo que digo que hay algo más que eso de la preparación, algo aquí dentro, una energía justo debajo del ombligo…” Después, unos meses de estudio en Nueva York en una de las más prestigiosas escuelas de danza, para la que espera ser becado. Joselito Romero no es de esos flamencos que, cuando asientan sus reales y guitarras en Vancouver, Delhi o Utrecht se pasan la gira entera emparedados en el hotel mirando la calle desde un décimo piso con cristales insonorizados. En todos y cada uno de sus gestos se adivina el porte y destino de un ave que vuela sola. ¿Una declaración de principios? Rodeados como estamos de espejos engañosos, su respuesta brota con los colores de un sosegado reto a los falsos oropeles de la vida mundana, como una demanda del aristocrático derecho a vivir en paz:

- Me gustaría -suspira- ir despacio. Paseando. Disfrutando. Tocar lentamente las teclas del piano. No me interesa el día de mañana tener una compañía ni estar en un teatro un mes, me conformo con dirigir mis espectáculos, pero… nada de un mes. Un sólo día. Porque… nada más hay un solo día.