¿Quienés son los terroristas?

El telespectador estará perplejo: entre una boda real de boato, el recurrente aumento del desempleo nacional y el enésimo partido de fútbol del siglo disputado este año; imágenes con profusión de cuerpos yertos e hinchados, en localidades de exóticos nombres como Misurata, Taez, Dara o Manama, saturan todos los informativos diarios. Acaso, el televidente menos advertido, piense que debe haber comenzado la temporada de cosecha de cadáveres entre los musulmanes.

La feria de los horrores no cesa desde hace semanas: un lunático homúnculo yihadista, que actúa por libre, hace estallar una bomba en Marrakech; un dictador del eje del mal ordena a su milicia -la Shabiha-, que masacre a su propio pueblo en Damasco; la OTAN asesina en Trípoli a niños menores de cuatro años, cuyo gran delito parece consistir en ser nietos de un “extravagante amigo” de Occidente; un Premio Nobel de la Paz coordina la ejecución extrajudicial, en Abbottabad, del padre de la primera red de franquicias del terror fundamentalista; y los seguidores de este último, iracundos, claman venganza contra aquel y a cambio siembran el terror en Kandahar.

Además, todos los aliados quieren aparecer en escena como garantes del buen hacer en este flagrante regreso del Talión. Rusia continúa la sangría chechena en su particular y confusa ofensiva abierta contra el “terrorismo internacional”. La UE, siempre más pacata en sus actividades, se limita a cerrar fronteras mientras deja morir en el Mediterráneo a decenas de inmigrantes, provenientes de Libia, abandonados a la deriva.

Y el caso es que, hace algún tiempo, subieron al proscenio de este monstruoso escenario los ciudadanos de algunos países del Magreb y Oriente Medio, con radicales soflamas que desconcertaron al mundo entero. Aquella gente, que llegó a poder contarse por millones, exigía el fin del terror despótico y la instauración de democracias en sus países. Chocantes reclamaciones desde pueblos donde se presumía que, el que no se prosternaba ante los caprichos del tirano prooccidental de turno, debía ser un faccioso islamista.

Comenzó esta reacción en la dictadura socialista de un pequeño Estado, poblado por algo más de 10 millones de personas. ¿La radical Cuba de los Castro? No, el respetable Túnez de Ben Alí. Poniéndonos en antecedentes, podía leerse lo siguiente hace un año –el 25 de mayo de 2010-, en los dos últimos párrafos de una noticia publicada por el diario El País: “Las organizaciones internacionales de derechos humanos consideran que de todos los países de la orilla sur del Mediterráneo que han suscrito acuerdos con la UE -Libia no ha firmado ninguno-, Túnez es el más represivo”.

En sus cárceles, calcula Human Rights Watch, hay unos 800 presos de conciencia, la mayoría islamistas no violentos, mientras que en Cuba, con cuyo régimen la UE no mantiene ningún tipo de acuerdo, son menos de 60”.

El 17 de diciembre de 2010 en Sidi Buzid, una pequeña población del paraíso tunecino de la libertad y la democracia, un vendedor ambulante de 26 años llamado Mohamed Bouazizi fue extorsionado y agredido por la policía. Despojado de su negocio y su futuro, Bouazizi decidió inmolarse, quemándose a lo bonzo, en protesta por su situación desesperada.
Las revueltas populares que siguieron a su muerte, desencadenarían la Revolución de los Jazmines que, a la postre, terminaría con el derrocamiento del sátrapa Ben Ali el 14 de enero de este mismo año. Los acontecimientos inmediatos a nivel internacional son el paradigma perfecto de la profecía autorrealizada que definiera Merton. Y es que, si la teoría del efecto dominó comunista que preveía la doctrina Truman jamás se dio como tal, ese mismo efecto dominó se ha visto cumplido más de medio siglo después con las sucesivas oleadas de protestas orquestadas por diferentes ciudadanías musulmanas.

Tras Ben Ali, los resistentes egipcios consiguieron hacer caer a Hosni Mubarak gracias a una gran perseverancia y a las sucesivas manifestaciones, sobre todo en la plaza Tahrir. Estas dos muestras palmarias de la capacidad del poder popular para acabar con la tiranía, dieron alas a las poblaciones musulmanas que, desde Marruecos hasta Irán, presenciaron un albor de voluntad democrática. Pero una primavera de democratización en este territorio debía de ser una pesadilla para dictadores, terroristas, presidentes occidentales y fabricantes de armas.

Quizá por eso Libia se ha anquilosado en una guerra civil con la intervención de la OTAN, en tanto que el otrora panafricanista Gadafi amenaza a Europa con la invasión de “millones de negros” y culpa de la situación bélica a las drogas o a Al Qaeda, según el día. Acaso por idéntica razón, el presidente Bashar Al Assad, salvaguardia de la criminal utopía panarabista y socialista de la dictadura del Partido Baaz, acribilla a la población siria indiscriminadamente.

Igualmente sigue la represión en Yemen, aunque el presidente Ali Abdullah Saleh haya prometido no ampliar su mandato; y en el Reino de Baréin, donde la oligarquía sunita discrimina a la mayoría chií. Y aunque no todas las rebeliones populares han tenido consecuencias negativas –en Arabia Saudí, Kuwait, Jordania, Omán, Argelia o Marruecos se están llevando a cabo tímidas reformas-, parece que la estela democratizadora se apaga, al tiempo que la retórica y la acción belicistas continúan imparables.

Es difícil predecir cuáles serán las consecuencias de este nuevo despertar del Magreb y Oriente Próximo, pero todos los indicios apuntan a que, poco a poco, estos mayoritarios actores pacíficos serán acallados a causa del ruido de las acciones fanáticas de iluminados solitarios, insurgentes, dictadores y coaliciones democráticas. Si esto sucediere, y el indolente espectador se preguntara en algún momento quiénes son los terroristas en toda esta historia, habrá que explicarle, como haría José Hierro, que en nuestro mundo “las cosas muchas veces no son ni blancas ni negras, sino jueves”.

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