¿Indignarnos?

Estos viejos lo experimentaron todo: la Europa de los últimos sesenta años fue el banco de pruebas para experimentos con y sin gaseosa, desde el Estado del Bienestar hasta el paradójico aggiornamento de una Iglesia supuestamente eterna. Son los santos padres del 68, o del 56 o del 77, porque en todos estos concilios de la posmodernidad oficiaron como obispos in partibus infidelium. Los hubo que empezaron en la más estricta escolástica marxista (Garaudy) y acabaron dogmatizando de ulemas en las mezquitas de la gauche caviar. Otros, pasaron del Che a De Gaulle sin dejar de estar nunca de moda (Régis Debray). En definitiva, la vida les ha dado tantas vueltas y les ha equivocado tan a menudo que más vale no
hacerles mucho caso.

Estas rebeldías sirven para agitar las estancadas aguas del inmenso tedio socialdemócrata y dan un poco de vidilla a una izquierda que ya ha asumido el capitalismo y bombardea Libia, tortura talibanes y masacra afganos con el mismo desparpajo e impavidez que cualquier discípulo de Reagan. En eso, en lo de la mano dura con los desharrapados del Tercer Mundo, los muñequitos de Harvard y Georgetown han demostrado que no tienen nada que envidiar al hijo de Bush y a sus acólitos de las Azores. Al paso que evolucionan nuestros gobernantes, pronto seremos capaces de remedar la sabia estructura política de la joven democracia saudí.

Stéphane Hessel, un europeo de los de antes, trata de movilizar a la juventud en una rebelión pacífica frente a la tecnocracia, los medios de comunicación y esos armatostes ingentes e inútiles que son los partidos políticos. Su libro, Indignaos, bate récords, en parte por su corto tamaño, en parte porque sintoniza con un naufragio moral de la conciencia ilustrada, que todavía no ha sabido replantear una salida humanista al advenimiento del Mundo Feliz de Huxley, propiciado, además, por los poderes que se declaran herederos de Jefferson, de Voltaire y de Locke, es decir, de los padres ideológicos de la era moderna.

La indignación no puede ya con el escepticismo de unas nuevas generaciones que conocen los fracasos de las terribles utopías del siglo XX y que también intuyen que fuera de este sistema mecanizado, informatizado e hiperdirigido no parece haber sino un horizonte de miseria y de caos. Una sociedad mundial tan extremadamente compleja, con redes casi infinitas de interdependencia, parece destinada a funcionar por sí sola, sin apenas intervención humana. En estas condiciones, la
voluntad política es apenas un recurso retórico. Una de las preguntas que todos nos hacemos es: ¿Quién manda aquí? ¿Hay alguien de verdad al timón? Casi es mejor no intentar responder a este interrogante.

Rebeliones silenciosas, no hacer caso de los medios de comunicación, protestar frente al recorte de los derechos sociales… Todo eso parece sensato, pero sabemos de antemano que no puede llevar a nada. Las fuerzas dominantes (uno ya no se atreve a decir dirigentes) no podrían, aunque quisieran, cambiar la lógica de hierro de un sistema económico y político que funciona solo.

Pero este leviatán resopla, mantiene en mal funcionamiento un mundo superpoblado que difícilmente podría sobrevivir de otra forma. Los Saltos Adelante, las Revoluciones Rojas, Blancas o Verdes han demostrado que más vale no hacer caso del voluntarismo ni de los iluminados. Los números son tan antipáticos como implacables.

Tenemos ya el juicio suficiente como para admitir que no podemos sino tapar algunas de las goteras de este edificio en peligro de ruina. Quizá no nos quede más remedio que reformarnos a nosotros mismos, que volver la vista hacia el interior, hacia lo privado y escapar de un sistema por la única rendija que nos queda: la emboscadura, la renuncia a la Historia y a la Política y a las otras ilusiones de la Ilustración (la Ciencia, la Tecnocracia, el Trabajo) para escapar a las esferas donde
las infinitas burocracias y oligarquías dominantes no alcancen. Y estos paraísos artificiales, estos jardines cerrados, existen. No es tan difícil… La humanidad lo lleva practicando con éxito perpetuo frente a todos los tiranos y todos los imperios: desde los epicúreos hasta los hippies.

Comentarios

1 comentario en el artículo “¿Indignarnos?”

  1. Anónimo Español en 26-mayo 8:22 pm

    Lástima que el escepticismo de estos libertarios españoles no dé para más y no se salga de la crítica acrítica al “capitalismo” ese concepto manido del socialismo y del esquema socialdemócrata que critica: un sistema con la moneda no respaldada por riqueza real, por ahorro, que es pura deuda inflacionaria y monopolizada por los bancos centrales, no es una verdadera economía de libre mercado. Lo que vivimos no es capitalismo. Aunque lo llamemos así. Es mercantilismo o monetarismo de mercado. Hay que avanzar hacia un anarquismo indivividualista antisocialista, con fundamentos económicos fundados en la línea que apuntan los economistas austríacos. Esa es la única revolución posible: la del respeto a la propiedad privada individual, empezando por el cuerpo del individuo y el derecho a disponer de él y sus otras posesiones, cada uno del suyo, sin molestar a los demás, como le plazca. La revolución será anarcocapitalista o no será.

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